viernes, 22 de marzo de 2013

Sara.



Aroma de ciudades. Pestilencia de alcantarillas, de humo, de basura sin recoger. Aroma de panaderías, de tostadas calientes, del perfume de ejecutivas de traje de chaqueta que se mezcla en el metro con el sudor de la muchedumbre arremolinada en un estrecho vagón. Susurro de hojas secas arrastradas por el caminar y el crujido de una rama que se quiebra oculta bajo nuestros pasos. Remolinos de hojarasca agitados por la brisa de la mañana. Es otoño. Así sucede siempre. El mundo se enrolla ahora sobre sí mismo, la página que no hemos querido pasar es sucedida por la siguiente y por la siguiente a velocidad vertiginosa: la tierra repite el cielo y tenemos celos de Dios, los rostros que antes creían reflejarse en un mundo estrellado desaparecen ahora en una penumbra progresiva o en un haz de luz cegador. Esa hierba seca que ahora pisamos ocultaba en sus tallos los secretos que servían al hombre para su supervivencia, sus raíces conocidas. Ahora ya no disponemos de esa hierba para camuflarnos, para parapetarnos: se he convertido en maleza. Las utopías conocidas han perdido su inocencia y ahora sentimos que no tenemos nada en las manos. Lo que antes eran irrealidades ahora vienen cargadas de realidades más tangibles que nunca; y en el soñar despierto, que es el que nos conduce al porvenir, se puede ya esbozar lo que puede acontecer en el futuro en el que ya vivimos, al que ya hemos llegado. La ciudad plantea la trampa de ser el único lugar donde poder vivir. La civilización actual se interpreta ya como compleja, laberíntica. Lo demás ha dejado de existir y en ella converge todo por tierra, mar y aire. Y aún no comprendemos esa poética naciente en el nuevo siglo que interpela las transformaciones y los nuevos símbolos de la época en la que nos sentimos perdidos. Y mientras, nosotros miramos atónitos los cambios sin saber qué hacer ante este nuevo viaje hacia las profundidades desconocidas de nosotros mismos en un entorno enigmático. Y de ahí es de donde surgen los nuevos monstruos.

 Ella caminaba a su lado respirando en silencio ese aroma de fogatas que llegaba desde lejos. Aroma de café de los bares próximos, barrios parapetados en sus antiguas costumbres, resistentes a los cambios: desayunos de domingo en las terrazas cercanas. Había vuelto aquella misma mañana suplicando casi por un paseo por el antiguo parque cercano a la que era su casa, suplicando casi por un poco de aire puro y helado, del que quema la garganta y los pulmones a su paso. Había tomado una taza de café. Se había cepillado los dientes casi histéricamente para eliminar cualquier resto de sabores o de olores o de alientos. Se había duchado escuchando el sonido del agua caer, oculta tras una espesa cortina de vapor, y se había vestido protegiéndose del frío extremo del exterior: la mañana estaba teñida de un azul, blanco y añil afilados, dolorosos, resplandecientes. Se puso sus botas y salió a la calle donde él ya la esperaba pacientemente. Casi no la miró para no hacerle sentir su culpabilidad, para evitarle un cruce de miradas incómodo, la conocía y sabía que detrás de toda aquella desarmada ternura ella necesitaba la confesión. Caminaron sin hablar durante un tiempo indeterminado que pareció eterno. Ella, en algún momento, se había colgado de su brazo, posiblemente derrotada por el agotamiento. ¿Ella está bien? Entonces él le preguntó. Rossie no contestó inmediatamente. Aún debieron caminar durante muchos minutos hasta que lo hizo. Está obsesionada con los sueños. Con sus sueños. Cree que si tuviese acceso a todos sus sueños tendría un conocimiento preciso de sí misma. Algo así dice. Creo que delira. Camina por el filo de un acantilado y no quiere detenerse… La dejé dormida cuando me marché. Toma pastillas para estimularse y toma pastillas para dormirse. Él ladeó la cabeza. No sentía celos. No sentía dolor. Tomó bastantes pastillas antes de cerrar los ojos y soltarme la mano. Le dije que cuando se durmiese me iría. Hasta la próxima vez.

II


Rossie había vuelto de su trabajo cerca de las cuatro. Había comenzado a hacer las tareas domésticas, como de costumbre, ese acto que más que aborrecer la aterrorizaba. Había comenzado por las camas y después por los platos y tazas medio vacíos del desayuno. Posos de café y migas de pan tostado sobre la mesa.  Habían salido apresuradamente porque posiblemente llegasen tarde a sus trabajos. No hubo sexo aquella mañana entre ellos.  

 El teléfono sonó algo más tarde y Rossie levantó el auricular temerosa de no saber negarse. Temerosa de saber quién llamaba. Era ella. Sollozos al otro lado. Lágrimas evocadas desde una botella de vodka y un buen montón de benzodiacepinas. Farmacopornografía telefónica, lo llaman. Amenazas. Chantajes. Rossie colgó el teléfono con una mano mientras con la otra agarraba su impermeable amarillo. Salió de la casa sin dejar una nota. Sin dejar una señal de su ausencia ni de su paradero. Él sabía. Él conocía los datos. No hacían falta notas. Encendió un cigarrillo pese a que no fumaba más que cuando estaba con ella. En la calle la lluvia era horizontal. El viento la arrastraba y la reconvertía en otra cosa, una silueta encorvada. Se puso la capucha y comenzó a caminar lo más rápidamente posible hasta la boca de metro. Había un largo trayecto aún por recorrer. Era viernes. Un viernes parecido a muchos otros y sabía que los viernes a ella no le gustaba estar sola. Su llamada no la sorprendió.

III

Vivo en los bajos fondos del lado femenino de la ciudad, ese lado que socialmente fue inventado pero que no existe. Sé que tu marido me compara con las trabajadoras sexuales, con una actriz porno… Me relaciona con la insumisión sexual porque adoro los comics lésbicos y el punk y los vampiros y los dildos, y los consoladores y el sexo con las máquinas y el ultrasexo crudo y el género cocido. Pero todo eso a tu entorno no le va y sin embargo tú estás aquí. Esta noche trabajaré sirviendo copas. Podrías venir con él. Al fin nos conoceríamos.

 Sonrió con tristeza. Sonrió desafiante. Rossie la miraba desde el sillón de enfrente de la cama. Se cubrían con las sábanas tan sólo. Eran los últimos vestigios de su desnudez.
Intento que comprendas que debemos vivir en una plataforma artística y sexual para desmantelar los dispositivos políticos que nos oprimen. Si no me hubieras conocido hace tantos años me habría conformado con mi insaciable instinto de penetración. Pero tú eres una reina que lo quiere todo y que lo tiene todo,  la reina de las perras que dispone de todas las formas de sexo posible… Y es a mí a quien tu marido crucifica. Pero, al parecer, ese pacto vuestro te autoriza a hacer de mí un agujero de puta perpetuamente abierto a tu disposición y a la suya. Dejarte follar por mí es dejarme follar por él. Eso me denigra.

 Yo no me siento oprimida. Dijo Rossie. Simplemente vivo en medio de tensiones que no controlo pero eso no es opresión. Todos hemos dejado de controlar nuestra vida. La realidad, la que ahora vivimos, no es tan tonta como para hacernos saber que nos están violando. Al contrario. Nos acaricia, nos halaga.

 Sara dio una larga calada a su cigarrillo y se lo extendió a Rossie. Encendió otro para ella. Encendía uno detrás de otro y el color de sus dientes, de sus pómulos, de sus mejillas, el color de sus ojos, de las cortinas viejas y de las molduras de los techos,  todo ello, estaba suavemente barnizado por una pátina amarilla. Extendió una mano y le agarró la muñeca. Sus dedos y sus uñas también eran amarillos.

 ¿Acaso no recuerdas cuando me llevaste a aquel lugar de pequeñas casas encaladas, tan blancas, donde podíamos coger los racimos de uvas por los prados de los alrededores?. Todo era blanco allí. Cuando llegamos debimos hacer en la playa lo que luego hicimos más tarde y dormirnos hasta que la temperatura de la mañana fuese la misma que la de nuestros cuerpos. Y sentadas, fumando y bebiendo el vino blanco que habíamos comprado en un supermercado que tú conocías me hacías preguntas sobre mi vida, sobre mis años en la universidad, sobre los amantes que había tenido y te ponías impaciente por escuchar mis respuestas que yo demoraba y ya no recuerdo quién hacía la comida de las dos o si la hacíamos las dos ni el equipaje que habíamos llevado en tu coche pero durante la semana que estuvimos allí (¿fue una semana o fue más o fue menos?) aquel equipaje fue nuestro pequeño mundo de mochilas y zapatillas rotas pero tú querías que te contase y desnuda te echabas sobre mí y hacía calor en aquella casa y yo te abrazaba a la altura de tus nalgas y tú te levantabas para abrir una ventana por la que entrase el aire y escapase el horror de la vuelta y entonces yo te preguntaba, te preguntaba también que con cuantos amantes habías estado en aquella casa y tú te sentías incómoda y caminabas hacia nuestro sofá cama desnuda y yo te veía tan guapa. Pero a la vuelta todo cambió. O mejor dicho: todo volvió a la normalidad de nuestro mundo clandestino de suburbios de ciudad. Es tan fácil amar y odiar… Siento la tierra caer sobre mí cuerpo y sobre mi alma y esta cama me recuerda a mi propia sepultura cuando tú no estás. Sé que todo terminará y yo no sabré a dónde ir. En realidad no tengo ningún lugar definido a dónde ir pero no me importa demasiado. Creo que te amo más de lo que tu me amas a mí pero no eres culpable de ello, nadie lo es. Como te digo, todo terminará, esta inmunda realidad, pero tú, que eres tan bella, inteligente y triunfadora te sentirás sola al llegar a tu casa. El amor no es algo natural para personas como nosotras, Rossie. No mientras sintamos caer la tierra sobre nuestra sepultura. Y mientras tanto seguiremos follando desde nuestro pequeño escondite de la ciudad de los sepultureros.

 A veces creo que la ciudad no existe. Dejó de existir.

 Tú ya eras esa una burguesita que sigues siendo ahora pero sin embargo sigues aquí, conmigo, ahora. Siempre que te llamo vienes y dejas que haga lo que quiera contigo. Le has contado todo a tu marido y él consiente que vengas a acompañar a esta activista lesbiana que te pervierte y que conoce tus esfínteres mejor que tu ginecólogo. Lo entiendo menos a él que a ti. Pero,¿ que hubieras hecho los próximos años de tu vida si yo no hubiese aparecido en ella? Probablemente hubieses malgastado tu tiempo, hubieses malgastado tu vida y tu talento, ese talento que sé que posees, no sé exactamente para qué pero que sé que está ahí, silente, conviviendo contigo. Hubieses malgastado tu vida cocinando para él, limpiando las tazas del desayuno, limpiando los suelos, la ropa… Las cosas aquí no son tan blancas, Rossie. Están mugrientas y huelen tan mal como esta habitación. No tengo dinero pero no me importa. Durante aquel viaje que hicimos tampoco lo teníamos pero no lo echábamos de menos. Te miraba desnuda y te veía tan bella…

 Tiró de la muñeca que antes le había agarrado y la atrajo hacia ella. Ninguna de las dos llevaba apenas ropa, tan sólo la sábana las cubría. Entrecruzaron las piernas y se acercaron la una a la otra, fusión de las carnes, laberinto de piernas, brazos, dedos y corpúsculos. Roce de cartílagos y besos silenciosos y húmedos. Silencio que se quiebra por un gemido. Poco que más que esperar.

IV

Él tenía voluntad de creer en aquella relación que, visto de alguna manera, le parecía incluso artística. Las nuevas formas del arte. ¿No es arte acaso la línea continua que une todas las zapaterías de Madrid? No era fe religiosa. No era cinismo.  Aunque sabía que aquella relación que ella mantenía de forma paralela a su matrimonio había perdido la decepcionante inocencia  inicial, con el paso de los encuentros había aceptado silenciosamente convertirse en vértice a cambio de una confesión, de una narración detallada de lo que ocurriese en aquella habitación en la que jamás había estado pero que conocía escrupulosamente a partir de las descripciones de Rossie. Pensaba que se trataba de una tendencia morbosa innegable del tiempo presente, un nuevo deambular de las relaciones y sus variantes entre hombres y mujeres: los lazos y los valores se redefinen hoy en una tendencia a la inestabilidad creciente pero que por repetición del uso acabará convirtiéndose en estabilidad… Nuevo maquinismo humano. Los antiguos motores ya no producen lo suficiente. Terminó la botella de agua sentado frente a su ordenador. Ella había vuelto la mañana anterior y casi no habían hablado. Después de comer en silencio él se había acercado a ella y ella había aceptado. No había duda de que ambos creaban un inconsciente artificial tal vez para motivarse dentro de su matrimonio y, una vez apartado, volvían a sus vidas con aparente normalidad. Mientras él le hacía el amor ella comenzaba a hablar de su último encuentro con Sara, de cómo la había encontrado tumbada en una cama con un cenicero en una mano y algo parecido a un porro en la otra. Le contaba como la había recibido con un tibio beso en los labios, como ella le había introducido su lengua casi a la fuerza, le había separado las piernas con violencia y excitación y como había hundido su cabeza y había atraído el cíclope hacia su boca hasta hacerla retorcerse como un alambre. Él la escuchaba y trataba de abrirse paso hacia las profundidades hasta que el calambre llegaba recorriéndole la espalda. Entonces dejaba caer la cabeza sobre su hombro.

V

Pero, ¿qué se puede hacer cuando uno es feliz, y libre? La solución es suicidarte o buscar alguna manera de autodestruirse. Las antiguas aberraciones sexuales son el síntoma más elocuente de esta descripción de la sociedad moderna: son una transformación de la libertad en una necesidad caprichosa, en una flagelación voluntaria. Rossie fotografiaba a Sara en actitud provocadora y erótica. La hacía vestirse con cinturones eróticos de los que golgaba un pene de tamaño extraordinario, casi onírico, y le tapaba la cara con un verdugo. Llegaban a pactos sexuales en las que intercambiaban sueños eróticos. Rossie la fotografiaba; Sara la ataba o la sodomizaba o le proponía sexo en un ascensor o en alguna zona concurrida. Rossie luego mostraba las fotos-cuerpo a su marido pero nunca el rostro y lo envenenaba con historias que él le pedía que le contase, historias de las que ella era protagonista. También ellos habían llegado a sus pactos: él consentía aquella relación; ella le narraba todo aquello mientras le quitaba la ropa, lo que ocurría antes y después de aquellas fotos fantásticas, los detalles de cada seducción en aquella habitación de un apartamento secreto, los orgasmos que tenían mientras conducían un coche o en el sexo en cualquier playa remota. Ella utilizaba su poder y en aquellos momentos se situaba al mismo nivel de lo divino, de las máquinas, de lo monstruoso. Debajo quedaba él. Debajo quedaba Sara y su inframundo de vino blanco, de reuniones y pequeñas fiestas carentes de sentido y al otro lado su obsesión por la farmacopornografía, ese término que no recordaba dónde había leído, el sistema planetario de Sara corría en paralelo a algo que aún no existía. Y después de aquello caminaban confingida normalidad por parques de farolas ya iluminadas por la llegada del otoño incipiente, cogidos del brazo, como si el mundo fuera lo de menos. Hablaban del menú de Navidad y discutían sobre la ornamentación de la ciudad, del último libro leído y del insomnio de la noche anterior. Rossie continuaba con su trabajo y él preparaba su próximo viaje de negocios de donde le traería unos zapatos o un anillo con estratégico cinismo y sentados sobre un sofá él le preguntaría si tal vez aquella noche podían hacer el amor, le insinuaría si había visto a Sara durante su ausencia, si le contaría alguna historia nueva que lo excitase... Y mientras, tal vez en el avión, tal vez en el silencio de la noche en la habitación de hotel ya había soñado con ello, recordaría a Rossie pero no con él. La recordaría caminando con su gabardina en su descenso a los infiernos de sus deseos escondidos. Pensaría en que tal vez, sólo tal vez, parecería que más bien es necesario esforzarse por crearse un inconsciente a la altura de nuestras preguntas y entonces, durante el rato en el que los dos estaban en la cama ella hablaría, hablaría del cuerpo de Sara rozando el suyo, de los labios de Sara rozando los suyos, del sexo se Sara entrecruzado con el suyo y él se volvería loco con aquel relato de prohibiciones permitidas.

VI

¿No tienes miedo? ¿Acaso no tienes miedo? El miedo es más temible y doloroso cuando es difuso, cuando no sabes en realidad qué es lo que está sucediendo. El miedo es más terrible cuando no es claro, cuando flota libremente a tu alrededor y no sabes por dónde puede aparecer. El miedo es más terrible cuando no es nítido. Miedo es el nombre que damos a la insoportable incertidumbre. Pero mis miedo son personales, son sólo míos…

 Rossie encontrar algo en lo más profundo del lago, algo que no sabía qué era pero que…  Sentada en un banco de cualquier parque mientras se preguntaba quién era realmente y dándose respuestas a si misma cada vez más delirantes. Mi personalidad se ha vuelto ondulante, espumosa. Soy resbaladiza para todos incluida para mí misma. Soy líquida y gaseosa a la vez. Vivo sola en mi placenta impenetrable mientras pienso en la huida o en la desaparición sobrevenida, algún lugar donde encontrarme, tal vez a orillas del Ganges convertida en cenizas o en el cementerio de Montparnasse… quién sabe…

 La placenta aquella que fue mi primera cuna aún perdura en mí y yo en ella pese al paso del tiempo. Las de los demás son desechadas por el médico en el momento del nacimiento pero no la mía. La mía perduró y ahora aún espero, espero a que llegue el momento de salir de ella. Mientras miro hacia las profundidades de este lago espumoso, de residuos y vegetación de nenúfares entre los que aún navegan larvas y batracios. Yo misma los veo salpicar, asomar en la superficie llegados desde las profundidades y creo que me miran, por un instante creo que me miran como yo los miro a ellos. Sara me espera en el hospital. La mantienen fría y cubierta por una sábana parecida a la que cubría y descubría nuestros cuerpos en su habitación de alquiler. Aquel lugar…. Sé que estará más bella que nunca. Mi bebé inquieto decidió saltar al vacío desde su placenta. El universo no tiende al equilibrio. No para Sara. Llegó el tiempo del perdón para ella. Llegó el tiempo de que ella perdone todas aquellas pequeñas cosas que la rodearon y que la dañaron. Sara, antes del final, tuvo recuerdos de algo que definitivamente nunca existió.


2 comentarios:

  1. Alejandro Toribio Sanchez24 de marzo de 2013, 10:57

    Excelente!!!

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  2. Que Talentazo tienes Coluccelli..... el relato, sencillamente GENIAL ¡¡¡¡¡ en tu línea.... Enhorabuena ¡¡¡ No dejes de regalarnos tus relatos ..... MJ

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