viernes, 1 de marzo de 2013

Reiteración.


Texto por: Roberto Araque

En primer lugar esto no sucedió,  por lo tanto es falso que en algún sitio sobre la tierra alguien reculó el martillo de un revolver hasta accionar su trinquete de traba. Por lo tanto el barrilete ni rotó ni se alineó con la recamara del cañón. De igual forma no se oprimió el gatillo para liberar el  trinquete, gracias a esto el martillo no retornó abruptamente a su posición original y el percutor no golpeó el culote para generar la presión necesaria con la cual se produce el súbito aumento de temperatura que desencadena un estallido de baja velocidad. Sin esa explosión no acaeció la transferencia de energía que promueve la deflagración de la pólvora contenida en la bala.  Debido a hechos no ocurridos en el interior de un mecanismo altamente eficiente un proyectil no emergió disparado del cañón con un ángulo de 45 grados y  una velocidad de 350 m/seg.  Asimismo es falso que, posterior al disparo, el barrilete volvió a girar y enfilarse con la recamara del tubo a la espera de una nueva descarga. Ni que emergió del cañón una ligera humareda, tampoco microscópicos fragmentos de pólvora se incrustaron en la mano del tirador. Pues nadie enfundó su pistola ni miró el horizonte con la sonrisa de niño al momento de recibir un regalo, ni bebió el ron de la botella la cual sostendría con su mano derecha  si hubiese usado el revólver Colt tipo King Cobra calibre 357/ 38 que le había entregado su compadre.

 Él no se desveló la noche del siguiente día por la intranquilidad generada al leer la última página de un periódico. De igual forma no escuchó las quejas de su esposa por el olor a pólvora en la camisa que le regaló en su décimo aniversario. Tampoco sus lamentos por un incidente que, evidentemente,  no sucedió  un segundo con dos milésimas después de las 2 y media de la tarde.

 El proyectil no giró alrededor de un eje longitudinal paralelo al del centro geométrico. Ni siquiera logró elevarse a 2500 metros sobre el nivel del mar para luego descender con una velocidad superior a los 450 m/seg. Menos aún atravesó de palmo a palmo una ciudad, por tal motivo la fuerza de la gravedad y la resistencia creada por el rozamiento con el aire no pudieron desviarlo para que, en su caída y a pocos metros del suelo, no perforase un balón con el cual unos niños jugaban fútbol. Del mismo modo no desvió su camino después de impactar contra un poste de luz, tampoco, posterior a la colisión, giró caóticamente alrededor de su centro de masa. No destrozó el vidrio de una ventana ubicada al frente de una de las casas pertenecientes al padre del niño que fungía como portero del equipo que perdía por cinco goles antes que el balón, inexplicablemente y después de ser pateado por el chico que marcó 4 de los 8 goles de su equipo, se espichara. Ni cruzó la sala que limpió la madre del goleador del día. De igual forma no pasó a 15 cm de la yugular de la madre del portero cuando veía su novela favorita ni rozó un jarrón de porcelana sin quebrarlo.  No surcó el pasillo que termina frente a la habitación de un joven. Asimismo tampoco agujereó una puerta de madera ni pasó frente a un monitor ni tumbó una lámpara.

 El muchacho no sintió una punzada mientras anudaba su corbata. Tampoco faltó a una entrevista de trabajo convenida a las 4 y media de la tarde en la planta de tratamiento de aguas residuales ubicada a 17 km al noroeste de la ciudad.  No gritó  ni vio cómo se tiñó de rojo la camisa recién planchada por la madre del goleador del día. De igual forma no caminó en dirección a la sala enterado de que una bala había impactado a un costado de su pecho y perforó todas las capas de su piel. Asimismo ignorante de que impactó la segunda costilla esternal derecha y, al despedazarse,  los fragmentos se incrustaron en los pulmones, clavícula y, la gran mayoría, atravesaron las arterias carótidas comunes izquierda y derecha. Y sin embargo no llegó a la sala, no porque se detuvo frente a la puerta de su cuarto mientras su madre lo veía caer. No por eso, pues simplemente nada de eso ocurrió.

 Ni en sueños la madre del goleador del día, mientras colgaba la ropa en el tendedero, brincó del susto al escuchar el estruendo generado por la bala cuando destrozó el vidrio de la ventana. Ella no llamó a su hijo, ni lo mandó a hacer la tarea minutos más tarde. Ni La madre del portero sintió una punzada sobre su cien en el instante en que escuchó el gemido del joven que se anudaba la corbata. Los chicos no se lamentaron al ver el balón caer desinflado sobre el pavimento. Menos aún el portero, minutos después, dijo:

-No ganaron porque quedamos en que el partido era para 10 goles.- mientras los chicos del otro equipo se burlaba.}

 La madre del chico que se ataba la corbata no atravesó la sala ni lo encontró con la camisa ensangrentada al final pasillo frente la puerta de su habitación. No lo observó míseramente, mucho menos él se desmayó. Tampoco llamó a la señora que fungía como servicio con un grito:

-¡Aurora…!-

 Ese día no se apareció una ambulancia,  similarmente paramédicos no dejaron caer al chico de la camilla al intentar llevarlo al hospital. No pretendieron colocar una gasa impregnada de alcohol debajo de su nariz para revivirlo, ni curiosos se asomaron al portal de la vivienda con la ventana rota. Mucho menos un fotógrafo empujó a unos de los niños que se aglomeraron frente a la casa del muchacho que, mientras se anudaba la corbata, no recibió un impacto de bala que reduciría su vida a 5 minutos. Es invento que el padre, después de escuchar la noticia, sufrió un infarto.
Un hombre dijo:

-Guarda eso- Su compadre le enseñó un revólver que compró, quería que él lo usara. Bebieron ron, bajaron la colina y, antes que oscureciera, cada quien agarró por su lado.

 El hombre quería llegar temprano porque su mujer estaba rara. Dijo que tenía varias semanas encabronada, el compadre le encargó que se la cogiera bien de vez en cuando. De igual forma, de regreso y después de dejar a su compinche de toda la vida con sus problemas maritales, se encontró con el malandro que le vendió la pistola. Hablaron un buen rato y, un instante antes que se fuera, le pidió municiones porque sólo le quedaba una bala.

 El compadre continuó su camino y el tipo que le vendió la pistola, mientras se iba sin rumbo, pensaba, con la sonrisa en el rostro, en lo mierda que era. Esa misma tarde atracó a un niño quien horas antes marcó 8 de los 10 goles que obtuvo su equipo en una caimanera de fútbol sala. Se convirtió en héroe cuando dejó la portería y suplió a un delantero. Recibía los pases del compañero que moriría tres días después en la sala de la casa de la novia del chico que no murió ese día mientras se ajustaba la corbata. Luego realizaba unos quiebres, amagues y chutaba en dirección al arco. Su alegría terminó en el instante en que un negro con un diente de oro se acercó sonriente. Sin decir ni pío arrancó a correr, pero besó el pavimento. Previamente había tropezado con la hermana menor de la mujer que laboraba como servicio en su casa.

 Salió de una quinta ubicada a dos cuadras de la plaza Bolívar y, sin darse cuenta, tumbó a un niño. No se quiso complicar y se alejó lo más rápido posible. Regresó muy tarde, encontró a su esposo tirado sobre la cama y a sus tres hijos en la calle. Inmediatamente formó un alboroto porque su marido estaba rascado. El inconveniente no era que estuviese borracho sino que a altas horas de la noche le pedía culo y a ella no le gustaba porque era muy rustico.

 El problema no era tanto su esposo, pues era trabajador, fiel y ganaba bien –relativamente-. Tampoco que no arreglara las luces, el fregadero, los lavamanos, el techo, la cama ni nada  El peo estaba en que después de haber visto el interior de una quinta todo en su casa parecía mugre. Hace tres semana se le vio en la planta de tratamiento de agua en busca de un trabajo. Allí buscaban un contador, sin embargo, eso no la desanimó porque tenía otras dotes.

 La mujer del amigo del hombre que no disparó el revólver compraba en una panadería. Escuchó un grito y miró – como la gran mayoría de los presentes- en dirección al origen. No atendió a los berrinches del guaricho, sino a la mujer que se alejaba. No le prestó atención al asunto, o por lo menos en ese momento, y continuó en lo suyo.

 Días más tarde la mujer del amigo del hombre que no disparó la pistola comentó lo sucedido a su marido. Este no le dio importancia, pero la idea quedó en el aire.
Al tercer día – el día en que murió el niño que hacía los pases en el partido de la remontada- El hombre que no disparó el revólver invitó a su amigo a una reunión. Él lo ignoraba, su amigo lo sospechaba y la mujer del amigo aseveraba que la esposa del hombre estaba en la quinta. Ella no la vio entrar, tampoco salir, sin embargo, estaba tan segura que le dijo, en privado, haberla visto frente de la panadería de Don Julio. Cuando esta lo negó supo que mentía. No insistió porque no era su problema.

 La esposa del hombre que no disparó el revólver aparentó no interesarle el comentario, cambió el tema. Pero, como suele suceder con las cosas importantes, eso la distrajo; pensó en lo que le haría su esposo si se enteraba.

 El amigo del hombre que no disparó el revólver visitó a su compadre, llevó carne para asar. Fue al patio mientras su esposa conversaba con la mujer que trataba de ocultar algo que la mitad del barrio sabía. Lo encontró triste. Trató de animarlo, luego preparó la parrilla y envió al hombre que no quiso usar su revólver por unas cervezas.

 Uno de los hijos del hombre tomó el revólver. Se lo mostró a su padre mientras jugaba dominó, este ni se dio cuenta. Luego entró a la casa, cruzó la sala y fue al cuarto donde estaba su madre. Ella hablaba por teléfono, seguidamente le apuntó con el arma y esta dijo que no molestara. Salió. En la calle se encontró con unos amigos. Ellos le pidieron la pistola. Sólo dejó que uno lo tomara, este se cansó de apuntar y lo devolvió, después dijo que era de juguete. Al rato fue al cuarto donde dormía su hermano. Encendió el televisor. Su hermano despertó,  le quitó el arma y fue al cuarto de su madre, quien aún hablaba por teléfono, para preguntar si podía quedárselo. Ella respondió que sí. Regresó al cuarto y echó a su hermano.

 Después él entró, tomó el revólver y se marchó. Primero fue a la cocina, pasó justo al frente del compadre. Éste lo miró, le pidió el revólver, lo examinó y dijo:

-Parece de verdad.- Lo hubiese observado con más detalle, pero  pasó la hija mayor de su compadre en faldas, con una franelilla y sin sostén.  Devolvió el revólver y quiso saludar a su ahijada. El niño se cansó de andar con la pistola y la dejó en el sitio donde la encontró.

 Justo antes de hacer algo indebido con su ahijada, pues estaba en la entrada de su cuarto, se acordó que el niño le había mostrado una pistola muy parecida a la suya. No sintió la pistola en su cinturón, pero sí algo que le subía por la garganta. Buscó su revólver sin llamar la atención; la encontró donde lo dejó.

 El niño se sentó a un costado de su padre mientras lo veía jugar. Como los mirones son de palo, el padre le dijo que se fuera a jugar para otro lado.

 El amigo disimuladamente trató de tomar el revólver. Alguien trancó el juego y el padre del niño que hizo los pases para la remontada en el partido de fútbol se levantó. Casi que de inmediato observó al compadre y le preguntó por la pistola. No esperó respuesta. Primero lo regañó, luego se la quitó.

 Ella aún hablaba por teléfono cuando escuchó el disparo. 

***

Años más tarde el chico que no murió mientras se anudaba la corbata realizaba su habitual jornada de inspección en la planta de tratamiento de aguas residuales. Observó una mancha negra en el agua. Llamó a su supervisor quien, minutos más tarde, apagó las bombas de suministro.



Texto por: Roberto Araque.

6 comentarios:

  1. Deborah Sofia Bonelly1 de marzo de 2013, 18:11

    Muy interesante

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  2. Carlos Alberto Contreras2 de marzo de 2013, 20:13

    EXCELENTE GRACIAS

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  3. Casi al final hay un error con un artículo y por allí hay un verbo que se repite en una oración. Gracias por sus comentarios.

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