martes, 26 de marzo de 2013

Keats

Durante mi estancia en la casa de Petrozza, bajo la influencia de Simona, releí los poemas de  J. Keats. Quiero decir, releí a conciencia los poemas de Keats; encontrando en su poesía el reflejo de una parte de mi alma. Simona era lectora asidua del señor Keats, motivo por el cual, Petrozza le consideraba cursi y afeminada.

 Fue una noche de marzo cuando los escuché discutir al respecto. No pudiendo quedar al margen de una conversación sobre poesía, me inmiscuí. Petrozza y Simona cenaban, sobre la mesa del comedor ella; sobre las piernas, sentado en el sofá, él. Simona, sentada sobre sus asentaderas, espalda recta, cuidadosa al llevarse la comida a la boca, opinaba de Keats como el poeta más romántico sobre la faz de la Tierra e ingenioso hasta la muerte (citó el epitafio del poeta: “Aquí yace un hombre cuyo nombre ha sido escrito en el agua”). Petrozza, encorvado como roedor, comiendo con los dedos y batiéndose la camisa, sin el menor cuidado de tirar la comida del plato a la boca (luego lo recogería con los dedos y se lo zamparía), decía de Keats que era un poeta estupendo en los fondos, pero malo en las formas; formas muy generales, poco ingeniosas, arquetípicas y simples.

 Aquí entré yo, defendiendo a Simona, ensalzando a Keats precisamente por sus formas, y desmeritando, en todo caso, sus fondos, arquetípicos, sí, como toda la literatura. Petrozza me ignoró, no tomaba esta discusión en serio, le daba lo mismo ganar o perder. Simona, fiel admiradora de mi opinión sobre poesía, dijo que a ella le parecía estupendo y punto. Petrozza rió; tomaba a juego las discusiones con Simona porque con ella no se podía discutir seriamente: salía con cosas como estas, donde un “y punto” valía para dejarla satisfecha. Si se hacía una opinión, le bastaba para darla por sentada y todo cuestionamiento lo consideraba querella. Así no podía llegarse a algún lado, ciertamente. No podíamos decir: Keats es el poeta más maravilloso sobre la faz de la Tierra, sólo porque Simona había dicho. Era cansado hablar con ella, sobre todo en lo tocante a debates o críticas literarias. A pesar de ello, la poesía me apasionaba y era imposible quedarse callado.

 Llegué demasiado tarde (o justo a tiempo): Simona se levantó. Llevó los platos a la cocina y saliendo se fue a su habitación. Quedamos Petrozza y yo, y por supuesto, cigarrillos y cervezas para poder charlar. Petrozza fue por las cervezas, los cigarrillos los puse yo. Discutimos el tema alrededor de quince minutos. No logramos nada nuevo. Ambos entramos y salimos pensando exactamente lo mismo. También salimos borrachos.

2

Al día siguiente desperté a las dos de la tarde. Las costumbres Petrozzianas se adueñaban de mí: comer poco, beber mucho y dormir hasta tarde. Lo primero que hice fue coger un libro de Keats. Me acomodé sobre la cama improvisada, de frente a la ventana. Recibía el sol de lleno y bebía el resto de una botella de ron, acompañada de un cigarrillo (costumbres ajenas acogidas durante mi estancia aquí). Leía, bebía y fumaba. Todo lo que un escritor debe hacer antes de escribir, según el maestro Petrozza. Cualquier otra actividad interrumpe las labores artísticas del escritor (excepto follar, que puede alimentarlas).

 En el cuarto contiguo estarían Petrozza y Simona, durmiendo como focas hasta el atardecer. Se levantarían cuando se cansasen de dormir (se acostarían cuando se cansasen de estar despiertos). Petrozza comería los restos de la cena de ayer o una más lejana mientras Simona cocinaría el desayuno, del que también tomaría parte Petrozza. Con las barrigas llenas, tomarían la ducha juntos, como era su costumbre. Pasado esto, Simona atendería los negocios (era dueña de un par de tiendas en la colonia Roma) y Petrozza daría comienzo al día (a las tres o cuatro de la tarde) con su matutina (se empeñaba en llamarla matutina) visita al bar. Esto era un martes cualquiera en la vida de la familia Petrozza.
3

A las cinco de la tarde, Petrozza entró a mi habitación, sin tocar o avisar, como era su costumbre, y dijo: alístate, Salmo, nos vamos al bar. Yo no sé con qué dinero, dije, porque no pensaba darle un centavo más a Petrozza, ya me había sacado mil pesos y… tengo cuenta, interrumpió mis pensamientos. Hasta ahora Petrozza no lo había mencionad, y de ser así, ¿por qué demonios no utilizó su cuenta para gastarse lo que yo tuve que gastar? Es nueva, gritó antes de irse, como adivinando mis pensamientos.

 El bar estaba a una calle de la casa, sobre Medellín, en la parte de atrás del edificio donde está el Rincón Cubano. Un bar, definitivamente, al estilo de mi amigo. La cerveza a doce pesos antes de las nueve de la noche. Una oferta así sólo se consigue si se sale con Petrozza, no hay otro modo. ¡Un bar en la colonia Roma, con cervezas a doce pesos! El nombre del bar no estaba impreso en ningún lado, como todos los sitios a donde voy con él. El nombre de estos bares, es, generalmente, el nombre que la gente ha dado a algo así. La puerta negra, el Nomás no llores, la Casa de mamá, la Bodega, el Recreo, el Baño, las Escaleras, etc. Ninguno tiene razón social ni operan bajo las normas de la ley.

 Entramos y saludamos al mesero del bar, que era amigo del dueño, que era amigo de Petrozza y nos abrieron cuenta. Petrozza no mintió, beberíamos sin pagar un centavo, como era costumbre de este perro loco.

 Cerveza en mano, Petrozza se soltó. Salió con un tema que lo tenía pensando los últimos días, según dijo: la existencia real de las cosas hipotéticas, o la existencia hipotética de las cosas reales. Petrozza era así. Podía ser un borracho cualquiera, pero su conversación no era la de un borracho.

 Explicó su incredulidad a los fenómenos físicos operantes dentro del campo de la realidad. Por ejemplo, podemos decir un perro cruza la calle. Este fenómeno es real siempre y cuando se cumplan ciertas condiciones, a saber, que un perro cruce verdaderamente la calle. ¿A qué llamamos verdaderamente? En este momento (en cualquier momento) uno puede decir un perro cruza la calle sin necesidad de atestiguar el juicio y no por ello mentir. Sabemos que un perro existe en este momento (en cualquier momento) y muy probablemente cruce la calle, o se orine sobe sobre el neumático de un coche. Pero decir que un perro cruza la calle sin verlo, es casi tan ilusorio como afirmar el pretérito de la misma acción. Un perro cruzó la calle. La acción pasada es algo tan vano, incluso si alguien miró al perro hacer, como decir que anoche soñamos con mariposas de dos cabezas. Nadie puede ser testigo del pasado. Así, Petrozza afirmaba que todas las cosas pueden ser o no ser, y es lo mismo. La historia del hundimiento del Titanic es hoy tan real (o ilusoria) como la historia del capitán Ahab. Incluso, la historia de cualquier libraco de ficción, en tanto que sucede en la mente del lector, ¿está cerca de aquello que llamamos realidad? ¿De qué depende exactamente la realidad? Escuchar en las noticias que un niño en China muere torturado por su padre, sin estar en China ni mirar al niño morir, y dar al enunciado el valor de realidad es tan ingenuo como afirmar que un perro cruza la calle sin estar presentes en el momento justo de la acción. Nunca he mirado a un niño Chino, ni a un torturador ejecutando a su víctima; sin embargo, puedo creer a pies juntillas que en China un niño ha muerto a mano de su padre. Puedo afirmar que en este momento alguien hace el amor, porque el amor es algo que se hace comúnmente  pero mi juicio tendrá la misma validez que si dijera alguien salta cincuenta metros. Otro ejemplo es el de Jesús o Papá Noel, dos personajes de ficción. Uno lo tomamos por verdadero, otro por falso, aunque se encuentran en el mismo plano.

 Cuando preguntó mi opinión le di la razón en todo (no deseaba discutir a profundidad) y ejemplefiqué la vida de los escritores. ¿Hasta dónde es real que Hemingway mataba leones con las manos; y hasta donde importa que eso haya pasado? En todo caso, ¿qué tiene que ver eso con su literatura? Saber, o creer, que Hemingway mataba leones con las manos (o escopetas) le pone en ventaja frente a otros escritores. Nadie puede probar que Hemingway matara nada, no es necesario ya. Creerlo es importante; no es importante que haya pasado de verdad. Lo mismo con todos, ya se sabe: el sufrimeinto de Dostoievsky, la locura de Kafka, la genialidad de Capote, el alcoholismo de Poe, la homosexualidad de Rimbaud.  Di muchos ejemplos, pero era uno al que deseaba llegar. Al hombre cuyo nombre fue escrito en el agua. ¿Puede esta frase mezclarse al campo de las frases reales? Nadie ha visto a alguien escribir su nombre en el agua, pero al pensarlo, ¿es posible? El nombre de Keats fue escrito en el agua, me consta, en tanto que lo creo, y creerlo basta, como quien cree en Jesús o la Virgen María que parió sin hacer el amor con alguien. Si algo así es posible, yo creo en Keats.

 En mi pensamiento estaban los poemas de Keats, las formas de Keats, los fondos de Keats, sus metáforas y versos, sus rimas, sus cantos a Fany… y las sonrisas de Simona. Estaba en mi cabeza Simona leyendo a Keats, soñando con las manos tibias aún que llenan de caricias antes de enfriarse eternamente. Creía en Keats y en la fuerza con que Simona creía en el como el poeta más hermoso que haya pisado la Tierra. Bastaba que Simona dijera: es el mejor poeta del mundo, para ser cierto, al menos, del mismo modo que un perro cruza la calle, o un niño en China muere por las torturas de su padre, o Jesús nos salva de nuestros pecados, o Papá Noel reparte juguetes a los niños bien portados, o Hemingway mató leones con las manos, o… O yo creía que Simona era la mujer más bella, etc.

4

A las nueve de la noche salimos del bar. Petrozza no estaba dispuesto a pagar más de doce pesos por cerveza. Caminamos hacia el parque México. Rondaríamos las calles, cosa que disfrutábamos, pensando en cualquier cosa.

 Aquella tarde jugamos al juego de y si. Nos apasionaba, podíamos inventar historias de más de treinta minutos. El juego consistía en pronunciar un enunciado, cualquiera, después de la frase y si… El enunciado podía (debía) ser fantástico, pero apegado a las reglas de realidad, es decir, crear fantasías que pudieran ser. Yo dije: y si… entráramos a un banco y lo robáramos como cuentan que lo ha hecho una señora: entregando un papel al cajero que diga esto es un asalto, deme el dinero de la caja o le mato. La cajera entregó el dinero y nadie pudo culparla; no iba a arriesgar su vida ni la de todos los presentes por la cantidad que estuviese en la caja a su cargo. La señora salió del banco con toda calma, subió a un coche y se largó. Cuando la señora salió la cajera cayó en desmayo. Luego se supo todo el rollo. Nadie se explicó cómo mataría la asaltante a la cajera, en ningún momento se declaró armada o algo, tenía sesenta años; un niño hubiese podido evitar el atraco. Sin embargo, nadie culpó a la cajera; ninguno podía saber qué hubiese pasado si… La amenaza era real o ilusoria, pero dio resultado. Petrozza y yo podríamos hacer lo mismo, entrar y dar a la cajera una carta donde se explique el porqué debe entregársenos el dinero de otras personas.

 Petrozza continúo el juego diciendo y si… agregamos a la misiva una invitación a salir a la cajera; con toda esa pasta pasaremos de ser tú y yo, ipso facto, a dos buenos partidos. ¿Y si… acepta con la intención de entregarnos a la policía? Y si… nos arrestan y estando encarcelados nos encontramos a nosotros mismos y escribimos libros desde dentro, como el Marqués de Sade, y luego la gente dice: Petrozza y Salmoneo escribían dentro de sus celdas, sobre papel higiénico que compraban haciendo quehaceres a otros presos… ¿Y si… nos ponen a lavar mierda? Y si… escribimos sobre cómo lavábamos mierda para sobrevivir en la cárcel y la BBC nos entrevista desde dentro… Y si… Simona nos visita y nos lleva tartas de fresa con una lima dentro… Y si… vendemos las tartas por permisos para no lavar los baños…

 Podíamos estar así por horas, caminando y fumando por las calles de la colonia Roma, semiborrachos, ausentes de la cotidianidad, lejanos a todos aquellos que paseaban a sus perros; lejos incluso chocáramos con ellos.  

 Anduvimos así hasta la media noche. A la media noche regresamos a casa, hechos una risas, abrazados como compadres haciendo del juego una broma sarcástica de nosotros mismos. Abrimos la puerta, subimos las escaleras, entramos a la casa. Dentro estaba Simona, sentada sobre el sofá, leyendo. Esta imagen de ella me hizo callar, porque me impactó; como un trueno que cae sobre un árbol, cayó sobre mí la realidad. ¿el enamoramiento es una cosa real o ilusoria?, pregunté en voz alta, delatando mis sentimientos. Petrozza me dio una palmada en la espalda, y arrastrándome al cuarto dijo: yo te exorcizaré el enamoramiento, cabronazo. Te lo voy a sacar por el culo, mamón.

 Por supuesto, bromeaba. Hizo meterme al cuarto porque deseaba estar allí, pégandole al trago hasta el amanecer, que era la hora en que solía dormir. Tomamos media botella de whisky y hablamos sobre el destino de mi dinero. Petrozza deseaba regresarme a la realidad.




4 comentarios:

  1. La realidad es como la mercadotecnia, la TV, la historia, tus padres quieren que sea... mejor engáñate tú ¡sé fantástico!

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  2. Alejandro Toribio Sanchez27 de marzo de 2013, 8:00

    Excelente!!!

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  3. Maria Isabel Perez Rivera27 de marzo de 2013, 8:04

    Durante mi estancia en la casa de Petrozza, bajo la influencia de Simona, releí los poemas de J. Keats. Quiero decir, releí a conciencia los poemas de Keats; encontrando en su poesía el reflejo de una parte de mi alma. Simona era lectora asidua del señor Keats, motivo por el cual, Petrozza le consideraba cursi y afeminada...gracias es bello

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  4. Maruja Castro Tilleria27 de marzo de 2013, 19:32

    excelente..

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