lunes, 4 de marzo de 2013

Despertamos a las once de la mañana, en un cuarto de hotel, en Potenza, Italia.


Despertamos a las once de la mañana, en un cuarto de hotel, en Potenza, Italia. Las últimas semanas habíamos pasado más tiempo en aeropuertos y aviones… Scott estaba vuelto loco. Entrábamos a la tercera semana de nuestra luna de miel; un recorrido por todos los países donde Scott tuviese familiares o conocidos políticos. Deseaba mostrar a todos su triunfo: casado con Verónica Pinciotti, la mujer de las fotografías que enviaba a sus amigos. Sí, esa, de la que dudaban su existencia, en cuerpo y alma, casada con él, Scott F., futuro funcionario público. Tenía estampada en la cara una sonrisa, y sobre la sonrisa, un orgullo patético que envilecía todo lo noble o bello de una sonrisa sincera. El orgullo de los hombres que consiguen lo que quieren gracias al dinero, y no a sus virtudes humanas.
 Finalmente llegamos a Potenza, donde nos encontraríamos con mi padre, el Sr. Pinciotti, y toda su familia. Mi padre estaba orgulloso, y todos los Pinciotti, de mi casamiento con un hijo de empresario y político que aseguraba una vida de comodidades a mi persona, y una buena imagen al apellido, que desde generaciones atrás se había cuidado tanto.
 Habíamos acordado pasar las noches de esos días en casa de un primo de mi padre, pero Scott, que habíase vuelto más engreído, no aceptó la propuesta; consideraba de mal gusto hospedarse en casas ajenas teniendo dinero suficiente para pagar hoteles. Al menos, eso fue lo que dijo a mi padre, su nuevo suegro, y terminamos hospedados aquí, en La Primula. La verdad era otra, porque en París dormimos en casa de un amigo suyo, y en Barcelona, lo mismo. La verdad era que despreciaba a mi familia italiana porque consideraba a los italianos poco cuidadosos de la higiene personal. Me lo confesó una vez encerrado en el cuarto de hotel. Teníamos instrucciones precisas de mi padre: una vez llegados a Potenza un coche con chofer nos recogería en el aeropuerto de Salermo y nos llevaría directo a casa del primo de mi padre. Scott lo sabía, y, por primera vez en la vida, lucía angustiado de seguir una orden (seguir órdenes al pie de la letra era su mayor virtud; motivo por el cual sería funcionario público y empresario con rentas millonarias aseguradas en contratos firmados bajo nombres prestados). Habló con el Sr. Pinciotti.  Se disculpó, pidió, casi rogó, que su decisión no fuese considerada una falta de respeto; pretextó la indecencia de hospedarse e incomodar a familiares, y aseguró que lo pasaríamos mejor hospedados en la ciudad, la cual, dijo, deseaba conocer desde hace mucho tiempo. El Sr. Pinciotti, que es un hombre ligero a estos asuntos, no miró nada malo en el cambio de planes y dio el beneplácito a su muchacho para hacer de la vida de su hija lo que él considerase mejor; por qué… vamos, a mí nadie preguntó si deseaba hospedarme en un hotel o en casa de mis familiares, o siquiera venir a Potenza, o no digamos ya… casarme con Scott.
 Gradualmente, y sin darme cuenta, la fuerza de la llama de mi juventud rebelde, menguaba. A los quince años jamás hubiese imaginádome haciendo algo que no fuera la voluntad de mis ovarios, o de mis caprichos, sea la cosa más importante de mi vida, o la más insignificante. En pocas palabras, a los quince años no movía un maldito dedo si no lo deseaba verdaderamente. Y ahora, yo, la señora Verónica Pinciotti de F., no era considerada en opinión ni siquiera para estos menesteres. Mi tiempo, mi cuerpo y mi alma habían sido cedidos en contrato legal a quien pudo pagar con creces los cargos e intereses de mi persona y mi posición social.  El último enunciado es falso. Es verdadero para ellos, y dentro de los límites de cierta realidad; pero falso en los límites de otra: la mía, donde cedí por voluntad propia someterme a esta esclavitud moderna a cambio de bienes materiales, comodidad y poder. Mucho se habla de lo terrible de ambicionar bienes, y tienen razón; yo no los ambiciono, sencillamente: si tengo la oportunidad de vivir en opulencia, la tomo. Quien tiene la oportunidad y la deja pasar es un loco. Se puede ser Brahaman en medio de una montaña solitaria; ¿por qué no podría serse en medio de una residencia en Lomas de Chapultepec? A fin de cuentas, el Universo está dentro de uno mismo, ¿no?
 Generalmente Scott no tenía iniciativa, pero en algunas cosas (en las más rastreras) era un hombre metódico y determinado. Resultó que los señores F. teníamos reservación en La Primura, con antelación de siete días.
 Nos recibieron y encaminaron a la suit que sería la prisión de oro donde podría encontrarme a mí misma. No tendría nada más interesante que hacer entre todos esos desconocidos a los que debía llamar familia. Ponerme a meditar y alcanzar el Nirvana montada en la silla mecedora era lo menos aburrido que podría hacer.
 Nuestra estancia en Potenza puede resumirse en un centenar de besos y abrazos por parte de la familia italiana de mi padre: congratulazioni, figlia. Tuo marito è un grande uomo. No lo conocían; ni siquiera me conocían a mí. No necesitaban conocernos, no necesitaban conocer a dos personas para felicitarlas si se sabe que entre ellas hay un matrimonio y mucho dinero. Un arquetipo anidado en la mente de las mujeres. Los niños, no importa de qué país sean o que lengua hablen, aprenden a decir mama; y las niñas aprenden a oler los buenos partidos.

2

Despertamos a las once de la mañana, en un cuarto de hotel, en Potenza, Italia. Scott estaba de buen humor; lo que significa: besos, sonrisas, compras matutinas y muchos halagos a mi sangre Italiana. Odiaba a mi familia, y en general, creo que  comenzaba a odiar a Italia, pero, estaba de buen humor y era capaza de decir cosas buenas de este país y esta gente. Podías adivinar su hipocresía, no debías ser muy listo para ello, pero Scott era incapaz de notar el tono de su voz y los gestos que hacía. Una marioneta hubiese convencido mejor a un público adulto.

 Scott era mi marido, pero sobre todo, mi objeto de estudio masculino. Era la muestra del universo, encarnaba perfectamente al grueso de la población de su sexo; un espécimen perfecto para indagar, examinar y experimentar sobre la raza humana.

 Lo primero que hizo al despertar fue darme los buenos días, pegarme un beso en labios y decirme lo hermosa que lucía, etc. Más o menos como en los comerciales, las telenovelas, o el imaginario colectivo. Eso es lo que odiaba de él, que siempre actuara según el imaginario colectivo, es decir, con muy poca imaginación. Sus sorpresas (rosas, osos de peluche enorme el 14 de febrero, serenatas, desayunos a la cama) eran muy poco sorpresivas. Yo me quedé en cama, sobre sábanas de seda limpísimas y blanquísimas, pensando en cómo es posible que el mundo siga girando fuera de las paredes que me rodean. ¿Si no lo veo, no lo escucho, no lo huelo, no lo toco ni lo pruebo… cómo existe? Me pasó mucho en aquel viaje; la sensación de solipsismo, de incredulidad ante la realidad ajena. A veces, no podía creer  que Scott fuese algo real. Mi padre, mi familia, todo el mundo que me rodeaba no podía estar fuera de las paredes de este cuarto de hotel, existiendo, pensando, moviéndose…

3

Despertamos a las once de la mañana, en un cuarto de hotel, en Potenza, Italia. Scott tomaba la ducha y yo reposaba el peso de mi cuerpo sobre algo llamado cama. Eran las once de la mañana, en Potenza, Italia. Dentro de dos horas nos encontraríamos con mi padre e iríamos a casa de un primo suyo. Ese primo suyo era un hombre y existía; tenía un nombre, una edad, señas particulares. Su existencia era independiente a mi credulidad. Podía decirse que tenía una vida hecha. Yo lo había visto tres o cuatro veces en toda mi vida; siempre bajo el mismo nombre, pero con diferente edad. Si sus pensamientos habían mutado en cada visita, nunca me lo hizo saber. Ahora era padre de un niño. Scott tomaba la ducha. Al mismo tiempo, centenas de mujeres daban a luz a niños y eso no afectaba la ducha de Scott. También, mucha gente moría en este instante, en que yo, Verónica Pinciotti, estaba tumbada en una cama en el país de Italia, en La Primura.

 Sabía que lo haría, no podía ser de otro modo. Scott saldría con la toalla en la cintura, al estilo Playboy y se tumbaría en la cama junto a mí. Intentaría seducirme para hacerlo antes de partir. Me negaría primero, pero finalmente le dejaría. Yo exigía de él demasiado: dinero, comodidad, seguridad, estatus, protección, alimentación… él sólo exigía de mí ésto.

4

Despertamos a las once de la mañana, en un cuarto de hotel, en Potenza, Italia. Scott había tomado la ducha y hacíamos el amor. Scott se había vuelto ágil para esto. Al menos, ya no debía ser yo quien llevara todo el asunto. Podía dejarme ir y confiar que sabría hacerlo.

 Algunos hombres me han preguntado en qué pienso cuando hago el amor. Bueno, en lo mismo que pienso cuando me ducho, o cuando conduzco un auto, o cuando miro una película. El cerebro humano es así; divaga todo el tiempo. Particularmente, aquella mañana, pensé en lo maravilloso que sería vivir en una selva tropical, desnuda, alimentándome de frutos maduros y bañándome en el río. Como una salvaje de ensueño, o como el paraíso de Dios. Disfrutaba el aire sobre mi cuerpo desnudo, el roce de la hierba en mis tobillos, la sensación del agua en mis pechos. Sobre todo, disfrutaba la soledad. Ser la única mujer sobre la faz de la Tierra, en armonía con los pájaros y los animales.

 Después de todo yo era tan parca de imaginación como cualquier otro. Mis ensoñaciones eran tan arquetípicas como los regalos que Scott me hacía.

 Esto me aterrorizó. Yo era parte de un grupo: la humanidad, y no podía zafarme. Por más empeño que pusiera en librarme de mi lado más humano, en ser diferente, en pensar contra la corriente… todo estaba fríamente calculado. Mis sentimientos, mi pensares, no eran totalmente míos. Todo lo que yo pudiera pensar ya lo habría pensado otro. Todo lo que pudiera sentir, ya lo habría sentido alguien más… antes o después.

5

Despertamos a las once de la mañana, en un cuarto de hotel, en Potenza, Italia. Hicimos el amor, tomamos la ducha juntos, y nos preparamos para aquello a que habíamos venido: presentarnos en sociedad ante la familia de mi padre, nos gustase o no, porque la vida es así.

 Ahora, yo era la Sra. Verónica Pinciotti de F. Aquella F. a la que había depositado todas mis esperanzas y toda mi vida, con tal de escribir. Debía escribir. Escribir sería lo único que me salvaría de este infierno mundano. Escribir era lo único que me diferenciaba de una golfa o una prostituta. Escribir era lo único que me alejaba, a ratos, dentro de mí misma, del resto de mujeres que se han casado con un hombre por dinero. 

 Si no escribía, me hundiría con todos ellos: con mi padre, con Scott, el padre de Scott y con toda esta gente italiana que me felicitaba por algo abominable. Escribir era el lazo tendido al pozo, y debía aferrarme a él, con todas mis fuerzas.


12 comentarios:

  1. Eres grande, Pinciotti. Me deleita tu forma de escribir y me identifico. Perturbador.

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  2. aunque no tiene un toque tan erótico como el que me encanta de mayor parte de sus escritos, éste me gustó bastante, gracias Whisky en las rocas =)

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  3. El orgullo difiere del honor.

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  4. Lo que me gusta de Whiskey es que cada uno de los que publican allí ( Martín, salmoneo - si es que existe - y Veronica ) tienen su sello; algo que los define sin importar el tema que aborden. No siguen pautas, no tienen miedo, no imitan ni se endulzan por otros escritores; son ellos mismos -valga la redundancia-. Por un lado está Martín con su estilo desenfadado y urbano, por el otro salmoneo con una visión muy particular de la vida y, por último pero no menos importante, Veronica que representa la feminidad y, en algunos casos, cierto erotismo implícito- aunque creo que es más por la imagen que se tiene de ella que en los textos como tal- Todos forman uno. Son tres visiones, tres letras, tres mundos, tres vidas y también tres muertes... para morir cada noche y renacer por la mañana. Saludos desde Venezuela. R.A

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  5. Lástima, tanta insatisfacción es una pérdida de tiempo en la vida actual... No te cases con F... Si lo hiciste: escribe más... Jajajajaja, broma.

    No sé si eso de los "viene" sea un error o así se escriba en italiano... ¡Ilústrame!

    Gracias, buena vibra.

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  6. Mauricio Cartagena5 de marzo de 2013, 8:14

    Parece una parrafo de Rayuela

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  7. Carlos Cervantez Hernández5 de marzo de 2013, 20:30

    Buen texto, felicidades.

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  8. El precio de la ambicion de una mujer la paga bien caro,,,

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  9. Paco Moreno Estela5 de marzo de 2013, 21:06

    me gusta como escribes besos buenos días

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  10. Isai Garcia Lopez5 de marzo de 2013, 21:07

    Mi mente vuela y puedo descubrir esa triste historia para la chica..ella como un trofeo de triunfo.!!..el un ganador perdido en el poder del dinero y fortuna.!!

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  11. el hombre mas rico,.. no es aquel que mas tiene...sino el que menos necesita..... salu2

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