lunes, 18 de marzo de 2013

Apenas lo que se había ganado.


Anoche celebraron el cumpleaños de Vicky, mi hermana menor. Vinieron familiares de todas partes; quizá por eso mis padres se escandalizaron cuando avisé que no asistiría. Prepararon un pachangón… como si Vicky se fuese a enterar si quiera: cumplió dos años, ¡caray! Tenían planes para esa noche; siempre tenían planes para todo; para la vida de todos. Jamás preguntaban a los interesados si realmente les interesaba. Controlaban la fiesta de Vicky (que en realidad era una fiesta para ellos) porque tenía dos años, pero yo tenía quince y no iba a dejarme mangonear por nadie; mucho menos por mis padres, que me tenían hasta la coronilla con su impecabilidad.

 Prometí estar con ellos hasta las ocho de la noche, pero ni un minuto más. Por supuesto, no estuvieron de acuerdo; gritaron que si salía por esa maldita puerta ya podía darme por abandonada. Echarían llave a todas las puertas de la casa y no querrían volver a verme nunca jamás. ¡Me tenían hasta la coronilla! No permitían que viviera mi propia vida, ¡caray! Traté de explicarme, de hacerles ver que el cumpleaños de Vicky no significaba nada para mí, ni para nadie; todo el mundo vendría a beber y jugar entre adultos, y yo, bueno, no encajaba en ese mundo, ¡ni siquiera me dejaban beber con ellos! Madre era capaz de entender, en el fondo de su podrido corazón lograba comprender el peso de mis razones: ¿qué haría yo en una fiesta de adultos? A menos que fuese Vicky, nada. Al menos Vicky podría dormirse; ella no tenía las necesidades adolescentes que cargaba yo sobre mi pobre alma.  

 Padre, bueno… ese sí no entendía nada de nada. Le bastaba decir no sales para acabar con el mundo de otra persona. Eso es lo que hacía, matar a una hormiga o un mosquito: tengo mis asuntos, como un mosquito tiene los suyos. Desde la perspectiva de papá, mi mundo es insignificante. Los libros que leo, la música que escucho, las películas que veo; mis amigos, mis novios, mis intereses y motivaciones en la vida; mi forma de pensar. Para él existe una sola regla y una sola ley: su palabra y sus tanates. Estos últimos los tenía bien puestos, pero ya era hora de que alguien…

2

Llamamos a Martha por última vez, si no iba a venir, mejor; es una lata salir con ella, siempre con el rollo de su padre, de pedir permiso, de avisar a casa; ¡por favor, ya tiene quince años! Pero Pablo no quería irse sin ella, es un desgraciado; nomás porque lo trae de culo esa mojigata: a leguas se mira que no va a coger, esa gatita es de casa y a esas no les gusta la reata. Bueno, sí les gusta, pero se dan a desear… como si fueran la última cocola del desierto. Dijo que vendría, aunque, ¡no mames, ya teníamos una hora esperando!

 Paulina estaba de mi parte, a esa vieja le caía en la punta del pie salir con Martha; siempre nos retrasaba las cosas o nos hacía salir temprano de las fiestas, con tal de llevarla. Los más que la dejaban era a la una de la mañana, ¡no manches!, a esa hora apenas comienza lo mero bueno.

 Piche Pablo, me cae: está más enculado que Romeo por Julieta. Se lo cuento a Pau, lo de Romeo y Julieta, y dice: tú ni has leído eso, cállate. Piche vieja, es una cabrona; por eso me cae bien, porque dice las cosa como van. La neta no he leído nada, qué voy a leer yo, si tengo mejores cosas que hacer. Por ejemplo: esperar a la puta de Martha, chinga, me encabrona.

 Bajamos a fumar, recargados sobre el coche de Pablo. Le ofrezco un cigarro a Pau y acepta; hasta crees que se va a negar, pienso, si está acostumbrada a que le den todo. Ojalá fuese así de sencillo acostarse con ella. Dicen que es fácil, pero le gusta la gente mayor. Como si tuvieran vergas más grandes, ¡nomás vea la mía no me dejará descansar! La cosa es esa, ¿cómo la convenzo la primera vez? Con la primera vez basta, ¡nomás que me tenga encima! Tiene unas pinches nalgotas de no mames. Ojalá fuese tan valiente como Ricardo, ese güey se la pasa arrimándole la pistola. A veces hasta le manosea el culo y ella no dice nada. ¿Cómo hacen algunos para tener facilidad? Yo soy bueno para hablar con ellas, con las mujeres, pero de ahí no paso. Ya me estoy cansando de ser el confidente de todas. Si sigo así voy a terminar siendo Padre de una iglesia, no me chingues.

 Después de dos cigarrillos la vemos venir, por fin, a la pedorra de Martha. Viene metida en uno de esos vestidos de niña tonta. No sé cómo Pablo puede morir por ella, Dios, es una pendeja. Paulina mira el reloj en su muñeca, un cacharro del tamaño del mundo. Ahora nomás falta que tenga una hora de libertad, me susurra al oído. Ya no contesto, ya conoce mi actitud para con Martha. Escupo al suelo y me trepo al coche, desesperado. Luego sube paulina, a la parte de atrás, conmigo, y esperamos que los tórtolos, o tóntolos, se saluden de beso y todo. Cuando lo han hecho, Pablo hace subir a Martha por delante. Sube y la miro. Después de todo tiene tetas; ya casi comprendo a Pablo; son un par de puta madre, eso que ni qué. El vestido no está mal, deja ver la mitad de la carne. Soy un pervertido, nomás ando pensando en viejas. Aún así, yo no saldría con ella, es una pesada. Apuesto un dedo a que antes de llegar nos hará parar para ir al baño.

3

Llegamos a la fiesta a eso de las diez, no manches. Quedamos de vernos a las ocho, pero Martha se retrasó, para variar. Antes de entrar me lo advirtió: debía estar en casa antes de la una. Eso, menos el tiempo de traslado, me dejaba apenas dos horas para estar con ella. Era mucho menos de lo que deseaba; total, algo era algo, no podía gritarle: ¡no me chingues, una hora y media de estarte esperando y para esto! Debía calmar los nervios, porque la neta, me los alteraba. Y encima con esa actitud suya, de niña buena, como si las niñas buenas valieran de algo. Lo que quiero es cogerte, puta, chinga, déjate de babosadas y no llegues a casa, vámonos a un hotel saliendo de aquí. Sí, cómo no. Martha no es de esas. Maldita la hora en que mis testículos se encapricharon con ella. Ahora tengo que joderme, por pendejo. Se me pasa el enojo nomás la veo; ¡tiene unas tetas!

 Bailamos dos piezas antes de la bronca. La bronca se armó precisamente por eso, por bailar. Como ya había perdido mucho tiempo, me di a la tarea de tomar a Martha de la mano, inmediatamente, y llevarla a la pista. No se molestó por esto, claro; se molestó porque según ella yo tenía las manos muy despiertas. No tengo la culpa, chinga, si llegamos tarde, justo a la hora en que ya todos estaban bebidos y calientes, no es culpa mía: debíamos ponernos al nivel. Total que se encabronó porque según ella, yo era diferente y   ahora resultaba ser como todos. ¡Qué putadas! Claro que soy como todos, porque soy humano y tengo instinto; lo que ellas quieren es salir con un extraterrestre o un marica que nomás las quiera estar llevando y trayendo y de cama nada. Eso no existe en este mundo, aquí hay instintos, hay calor, mami.

 Edgar y Paulina se enteraron de la cosa. El ogete de Edgar estaba chingue y chingue. Ya mándala al carajo, déjala que se vaya como pueda, pinche cenicienta, decía. No le culpo, ganas me faltaban pocas, pero… no mames… no iba a perder los meses invertidos en esta mujer por un enojo. Paulina no decía nada, pero me miraba como diciendo: eres un pendejo, ya déjala. Martha se puso en un plan de la fregada. Se paró en una esquina con los brazos cruzados, haciéndose la víctima. Yo la miraba de lejos, para no darle a entender que me moría por ella. Mientras tanto bebía.

4

A mí me valía madre, si el pendejo de Pablo quería perder su tiempo con esa niña, me daba igual. No me quitaban el sueño sus aventuras románticas, pero esto era el colmo. La pendeja nos había hecho esperar casi dos horas y  ahora salía con su drama. Que no joda, si Pablo le ha demostrado, ha estado tras ella más de dos meses y la pinche escuincla nomás no afloja. Por eso me cagan las niñas de papá, porque se creen el último culo del mundo.

 Lo peor no fue eso, sino lo que pasó después, cuando la princesa quiso irse a casa, no me jodas. Eran las doce de la noche, acabábamos de llegar, había hecho su numerito de niña buena y ahora exigía a Pablo regresarla a casa; no le habían dado más permiso, ¿y Pablo qué culpa tenía? Y de paso nosotros, Edgar y yo, que veníamos con Pablo, ¿es que debíamos someternos a la ley de su padre?

 Yo me negué rotundamente, dije que no, no y definitivamente no. Pablo trataba de convencernos. Quería que fuéramos con él  a dejar a Martha y de ahí a otro lado. La fiesta estaba bien, ¿por qué irnos?, ¿sólo por los berrinches de esa? No movería un dedo por alguien que no es capaz de comprender a Pablo.

 Edgar también se negó. Incluso peor que yo, puso a Pablo contra le espada y la pared. Edgar y yo éramos los mejores amigos de Pablo, y le dijo: si te vas con ella te olvidas de nosotros. Edgar hablaba en serio, no se anda por las ramas en esas cosas. Pablo lo sabía; nos conocíamos desde la infancia, jamás nos habíamos abandona, si Pablo lo hacía ahora…

 Esto enloqueció a Pablo, de verdad, quiero decir enloquecer. Movió la cabeza, casi llorando porque ya había bebido y porque, en general, era sensible; no soportaba la presión de perder a sus amigos. Pensé que actuaría maduramente, que el planteamiento de Edgar le haría poner los pies sobre la Tierra: ya estaba bueno de volarse por esa. Sin embargo, esta vez nos sorprendió. Hasta Edgar piensa que se pasó de la raya.

 Lo vimos ir con Martha, suponiendo que hablaría con ella por las buenas, hasta llegamos a pensar que caería en sus garras y tendríamos que regresar con él (porque dejarlo solo, nunca). Lo vimos hablar, sí, y a leguas se notaba que gritaba. De hecho, la gente dice que eso hizo. Se plantó frente a ella y le gritó un montón de cosas.  Ya nadie las recuerda con exactitud, poco importa, lo importante es que el pinche Pablo le pegó una cachetada, Dios. Desgraciadamente no lo vi, me enteré cuando pararon la música. Encendieron las luces, pararon la música y todos exclamaron. Hubo algunos que se le fueron encima a Pablo,  ya sabes, de esos que dicen que a una mujer ni con el pétalo de una rosa. No digo que estuviera bien, pero tampoco era pa´ tanto, se lo merecía en el fondo.

 Pablo logró detener a todos, con su actitud. En serio, estaba enloquecido, fuera de sí, poseído. Ninguno fue capaz de interceptarlo o ponerle un dedo encima.  Edgar y yo lo seguimos. Se metió a su coche. Nos vio y dijo: nos vamos. Subimos de inmediato, no lo podíamos creer, pero dejar allí a esa mustia nos daba alegría. Edgar abordó en el asiento copiloto y yo atrás. Bajó la ventanilla de su puerta y gritó: ¡eso te pasa por apretada! Fue la última vez que vimos Martha aquella noche. Lástima daba, pero tampoco era para tanto, apenas lo que se había ganado. 



7 comentarios:

  1. muy buen texto ¡ linda narrativa ¡¡

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  2. Maruja Castro Tilleria18 de marzo de 2013, 12:46

    excelente...

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  3. yo amé la palabra: "pachangón"

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  4. Ya es el segundo que leo...me deleitan muchísimo. "Según ella...yo tenía las manos muy despiertas...." una genialidad. Gracias por compartir. buena tarde. Se/sean felices !

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  5. Maria Isabel Perez Rivera18 de marzo de 2013, 15:16

    bello gracias por compartirlo un abrazo

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  6. Ana Ruth López Calderón19 de marzo de 2013, 20:06

    Excelente aporte a la lectura, gracias, un abrazo.

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  7. él, ella, el otro, Que Pablo, que Martha, que Edgar.. y ella???... me gusto como se mezclan los narradores... que en realidad eran personajes... :)

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