martes, 12 de marzo de 2013

3.86



Me mudé a aquella habitación por 2007. En aquel entonces no tenía un centavo sobre mis espaldas; acepté la habitación, a pesar de sus chinches y de sus vecinos, principalmente por ese motivo. No tenía nada que perder; ni todas mis pertenencias juntas llegaban a calcular mil pesos de valor. Todas mis posesiones eran un par de cobijas, algunas ropas y un ordenador viejo incluso en 2007. Un monitor enorme, con un CPU enorme, con un sistema 3.86 o algo.

 No tenía empleo; cursaba un seminario de titulación en la Universidad politécnica, y todos mis ingresos provenían de la caridad de mi padre, que en ocasiones, se culpaba a sí mismo de haber procreado a un hijo inútil para todas las cosas. Cuando esto pasaba, me citaba en algún restaurante del centro de la ciudad, me pagaba una comida y me estiraba pasta apenas suficiente para sobrevivir una semana. Luego desaparecía por un par de meses o así. Esa fue la etapa de mi vida en la que aprendí cómo estirar el dinero a proporciones casi insospechables.

 En resumen, era un adolescente mal parido, huevón, hijo de puta y borracho que cursaba un seminario para conseguir el título de una carrera que jamás ejercería, porque además, estaba loco como una cabra: se le había metido la idea de escribir, ¡virgen María santísima!

 Todo lo que hacía era leer, beber y ligarme a una de las muchachas del seminario. Cuando estaba de humor, escribía.

 Lo escrito en dicho cacharro debía darse por perdido. La cosa no era compatible con ninguna impresora actual;  sus periféricos de salida eran el disco de tres cuartos, o un cable cuyo nombre ni siquiera recuerdo, inconseguible. Era como escribir sobre la arena del mar. Sin embargo, escribía. Lo consideraba parte de mi entrenamiento. No me importaba conservar aquellos libracos que hacía por 2007. No me importaba nada, excepto la imposibilidad de escribir. No me importaba morir de hambre y carecer de todas las comodidades que en más de cuatro mil años de sociedad había logrado el ser humano. Coches, aires acondicionados, televisiones de plasma, estufas eléctricas, hornos de microondas, calentadores de agua, teléfonos con cámaras fotográficas y de video… Yo vivía en la prehistoria. Me transportaba a pie, me atenía al clima del planeta Tierra, no miraba televisión, cocinaba al estilo de mi bisabuela: en una estufa que enciende con cerillas, me duchaba con agua fría, no tenía teléfono móvil. El aparato más moderno en mi habitación era el ordenador IBM. Llegué a tomarle cariño a aquel viejo trasto.

2

El asunto con la muchacha iba de maravilla. Era mayor, por unos cinco años, casada, y al mismo tiempo, deseosa de aventuras. Era una presa fácil. Sobre todo porque era una borracha de primera.

 Todos los días, de lunes a viernes, asistíamos al seminario, a las siete de la mañana, en la Universidad. A las diez de la mañana, éramos libres. La mayoría regresaban a sus casas o corrían a sus trabajos. Ella y yo caminábamos a La Puerta Negra. Un barecillo a dos cuadras de mi casa, con la categoría suficiente para brindar servicio las veinticuatro horas del día. En realidad, era la casa de un hombre inteligente: montó algunas mesas en el patio y dijo: esto es un bar. Era como beber en tu propia casa, pero con el ambiente de un tugurio de mala muerte. En mi caso, era casi lo mismo beber en casa.

 Le pegábamos al trago hasta las cinco de la tarde. Lo hacíamos con el dinero de su marido. Fumábamos, bebíamos y no parábamos de reír. Beber con ella era como entrar a un estado hipnótico donde el mundo no importaba absolutamente nada. Las horas y los días pasaban ante nuestros ojos, como las nubes pasan sobre nuestras cabezas. Nos importaba poco si echábamos a perder nuestras vidas, nuestra juventud. Ninguno de los dos creía en los estudios; lo hacíamos por hacer. Yo deseaba ser escritor, es lo que deseaba de verdad. Ella no deseaba nada. Era un filósofo; no buscaba nada de la vida excepto evitar el sufrimiento. Era una mujer con mucho sufrimiento. Se consideraba inútil, tonta, buena para nada. No sabía guisar, tenía treinta años y no lograba coger un empleo. Estas dos cosas le atormentaban al grado de hacerla llorar. Cuando estaba muy bebida se soltaba con el rollo de su ineptitud y lloraba sobre la mesa del bar. Yo deseaba consolarla, pero no sabía cómo. Dentro de mí pensaba: después de todo es verdad, es una vieja inútil y tonta; mejor que lo sepa.

 A las cinco de la tarde, como quien despierta de un largo letargo, L. corría a casa. Debía llegar a casa antes que su marido para no levantar sospechas de algo. En el trayecto debía bajarse la borrachera y el llanto, fingir que todo iba bien. Fingir era su postura ante la vida. Yo nunca lo hubiera logrado: beber durante siete horas y llegar a casa como si no hubiese pasado nada. Era una maestra en su arte. Esa fue la etapa de mi vida en la que aprendí a beber durante todo el día sin emborracharme.

3

Para regresar a casa debía mantenerme en mis cinco sentidos. Era un barrio peligroso, decenas de gandules rondaban la zona en busca de incautos, niños, mujeres o borrachos a los que pudieran amedrentar. No buscaban dinero (nadie con dinero caminaba por aquellas callejuelas), su satisfacción provenía de la violencia. Nacieron en violencia, buscaban la violencia; eran la encarnación de la violencia: como perros con rabia, enfermos de un virus.

 Me temían, lo mismo que me odiaban, porque era el único en aquel barrio que atravesaba las puertas de la universidad en calidad de estudiante y no de lavabaños. Me odiaban porque me acostaba con una mujer de la Universidad. Me temían porque era capaz acostarme con alguna mujer, y temían que sus mujeres se acostaran conmigo. Odiaban la Universidad y todo lo que provenía de ella. Odiaban a los profesores y a los alumnos (los apañaban en grupo, les aventaban petardos, rayaban las puertezuelas de sus autos). Odiaban los libros y el estudio, y todo lo que tuviese que ver con ser alguien en la vida. Todo, para ellos, era digno de odio. Sus madres se odiaban a sí mismas por haberlos parido, y ellos se odiaban a sí mismos por haber nacido. Por mi parte, los libros y el estudio eran todo lo que importaba (no las instituciones, pero sí el estudio). Éramos enemigos naturales.

 Debía salir del bar antes del anochecer y tener los ojos bien abiertos. A la vuelta de cualquier esquina podían estar ellos, fumando marihuana, en espera de su víctima. No estoy hablando de jugar al gato y al ratón, pero hay que ser honestos: me partirían la cara si se lo propusieran. Todas sus energías se concentraban en eso.

 Todos los días era la misma cosa: asistir al seminario, beber con L. y salir del bar con mucho cuidado, para no caer en las garras de aquellos gamberros. Desde algunos (casi todos) ángulos de vista, mi vida era un infierno. Y lo era, hasta cierto punto. Hasta el punto en que llegaba a casa y me ponía a escribir en mi vieja carcacha. Escribir era el modo de escapar al fracaso. De negarse al fracaso. De asirse a un alfiler en medio de un tornado.

4

En ocasiones L. y yo salíamos unas horas antes de las cinco de La Puerta Negra. Cuando esto pasaba, ocupábamos aquellas horas en hacer el amor. Caminábamos hasta mi casa y lo hacíamos sobre las sábanas que hacían de cama en mi habitación. Era una lata porque la señora M., mi casera, odiaba que sus inquilinos masculinos ocuparan sus habitaciones para eso. La señora M. era una vieja viuda que vivía de sus rentas; era respetada en este infiernillo de barrio, y se decía que si llegaba a echarte, no saldrías de allí sin una golpiza. Sus hijos eran miembros de algunas de las pandillas más importantes del vecindario.

 Saliendo del bar íbamos hechos una risa, pero llegando a casa debíamos bajar la voz y entrar a hurtadillas. Si corríamos con suerte, la señora M. no estaría en casa. Si no estaba, podíamos desenvolvernos más: gemir, gritar, hacer sonar las paredes con nuestro sexo. Sin embargo, pocas veces se ausentaba una señora que no tenía nada qué hacer. Aún ausente, esa vieja bruja tenía ojos y oídos en su propiedad. Vecinos lameculos que correrían gustosos a delatarte con tal de ganar la simpatía de la casera. Esta simpatía no les serviría de nada, la señora M. era una puta bruja hasta con los niños que salieron de sus entrañas. Nada ablandaría su corazón.

 Hacíamos el amor, cuando se podía, y dormíamos veinte minutos antes de las cinco. A las cinco, L. debía salir de su letargo y correr. Beber, fumar, hacer el amor, y en cinco minutos despertar de todo ello y hacerse pasar por una estudiante decente y abstemia. Jamás dejará de impresionarme la capacidad de la mujer para mentir al hombre.

 Estos eran los mejores días de mis últimos meses de estudiante. Quiero decir, cuando L. y yo hacíamos el amor. A las cinco de la tarde la miraba vestirse con la prisa de un demonio de Tazmania. No me levantaba, la dejaba hacer sus cosas. Antes de salir me pegaba un beso en los labios. Cuando salía, podía voltearme y dormir un par de horas. Al despertar escribiría, me decía antes de dejarme ir al mundo de los sueños.

 Una vez despierto, me levantaba y prendía el ordenador. Daba tiempo de fumar un cigarrillo antes que encendiera por completo. Hacía ruidos, como un viejo coche. Daba la impresión que hacía tareas descomunales: limpiar el planeta de la polución atmosférica, o robar información confidencial de la NASA. En realidad abría un procesador de textos, de los más básicos en el mercado.

 Escribía durante horas, a veces casi hasta el amanecer. Al día siguiente estaba fumigado. Mi principal motivación para ir al seminario era L. Si no fuese por ella lo hubiese dejado. Debo agradecerle a esta mujer mi titulación.

5

Bueno, así iba la cosa por 2007; no pensé que llegase a cambiar de un día para otro. Los estudios, la bebida, L. y el ordenador. Eso era toda mi vida. Sin embargo, pasó. Un mal día, de esos en que la vida se ensaña contigo, L. no asistió al seminario. Todas las mañanas la esperaba en la entrada del edificio que era nuestro cadalso, fumando un cigarrillo; para entrar juntos. Aquella mañana no entré a tomar el curso. Dieron las siete y media y L. no llegaba. Fumé catorce cigarrillos en espera de mi motivación, pero no llegó. La gente comenzó a salir; el curso había terminado y L. definitivamente no llegó.

 Un presentimiento o algo, no sé, una voz en la cabeza, me lo decía: se acabó; L. fue descubierta por su marido.

 Pensaba regresar a casa, pero la nostalgia (o el vicio) no me lo permitió. Era cosa de caminar dos cuadras más. Entré a La Puerta Negra, me instalé donde solía hacerlo con L.: en la rincón más oscuro del patio de esa casa, y me ordené una cerveza. Le extrañaba, Dios. Un hombre conquista a una mujer hasta que cae en cuenta que es él, quien ha sido conquistado.

 Bebí poco, pues sin la ayuda económica de L. no era lo mismo. Regresé a casa a las dos de la tarde, no demasiado; ni siquiera tiempo suficiente para que esos gamberros hijos de puta hubiesen despertado.

 Entré a la habitación sin pensarlo. Me había acostumbrado tanto a mi rutina diaria que un miércoles a las dos de la tarde en casa me parecía algo excepcional y pesado. ¿Qué se supone que haga?, pensaba. Mi cuerpo lo exigía. Me tumbé sobre las sábanas y me masturbé hasta quedar dormido. No podía hacer otra cosa en ausencia de L.

6

 Me levanté  con una sensación de hastío. Beber a medias causaba en mí mayor resaca que beber hasta caer rendido. Pensaba en L. y en sí mañana asistiría al seminario o sería ayer la última vez que la miraría. No es que L. fuese una mujer importante en mi vida, pero lo era para mi soledad. De eso precisamente escribiría aquella tarde…

 Fui al sanitario y oriné. No podía sacarme de la cabeza la idea de un infortunio. El presentimiento de algo maldito. Quizá fue mejor así; lo aceptaba de antemano, casi como si lo supiera en el fondo de mi alma: me habían robado el ordenador.




3 comentarios:

  1. jajajaja yo tambien tenia una computadora asi buen texto muy divertdo y para pensar

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  2. Alejandro Toribio Sanchez15 de marzo de 2013, 20:29

    Excelente!!!

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  3. Muy buen texto me encanta esta pagina gracias

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