lunes, 11 de febrero de 2013

Petrozza, el titiritero.

Petrozza me lo había contado algunas veces y, aunque le creía, no fue lo mismo hasta verlo con mis propios ojos: había un montón de gente hablando de Whisky en las rocas. Petrozza recibía invitaciones a comer o beber y gente deseaba conocerlo. No faltaba quién le invitara el trago. Podría decirse que se hacía famoso. Y con él, el Whisky y todos nosotros.

 Recibía correos electrónicos de todas partes del mundo solicitando leer los textos de autores desconocidos para dar consejo o consentimiento. Por supuesto, no los leía. Hacerlo hubiese sido decepcionante. Petrozza dándoselas de gurú; eso iría en contra de todos sus principios; lo más justo era, cómo me lo hizo saber, no leer ninguno. La opinión que él pudiese tener sobre los textos de estas personas no serviría de algo en absoluto. En todo caso, podría joderle la vida a alguno haciendo un comentario negativo; no importa si fuese sincero, aún siendo sincero, ¿es mi sinceridad juicio suficiente para criticar a alguien?, decía. Solía responder los correos disculpándose por no ser capaz de criticar la mínima frase, y advirtiendo: no sometas tu trabajo al juicio de alguien, no vale la pena. Si eres buen o mal escritor es igual, la cosa es apasionarse escribiendo. No hay buenos o malos escritores, sencillamente hay gente que escribe, y escritores. Si eres escritor lo sabes en el fondo de tu alma y no es necesario preguntar a un hijo de vecina como yo, o cualquiera. Si dudas de tu destino como escritor, deja de escribir. Si puedes hacerlo, déjalo: no habrás nacido para escribir.

 No sólo recibía correos electrónicos, sino gente venía a visitarlo. Deseaban escuchar su opinión sobre cualquier cosa. Algunos le trataban como a un maestro, y otros, venían a cuestionarle la vida. A todos los trataba con respeto y agradecía el empeño puesto en su persona. Si alguno confesaba abiertamente su disgusto para con la literatura de Petrozza, él respondía: vale, gracias por leer, por venir, por la bebida, por la crítica y por la historia. Pensaba que todos los encuentros, en todas partes, a todas horas, con todas las personas, podían darle una historia que contar. No dejaba pájaros en el alambre. Hacía de todo un texto literario, y estaba agradecido. Solía decir: hay escritores que pierden la cabeza buscando el valor literario de las cosas, buscando la historia más extraordinaria de sus vidas. No se dan cuenta: el escritor no busca, es la literatura quien llega al escritor, en todos lados, a todo momento; y quien es capaz de ver, que vea.

 Me sumergí en el mundo de Petrozza, un mundo donde realmente se puede vivir sin dinero, o con muy poco, sin padecer de hambre o sed. Sobre todo sed. Petrozza bebía, por mucho, más de lo que comía. Una cosa sustituía a la otra y se andaba en el camino con pan y vino, como la antigua usanza. Nuestro alimento era la palabra escrita.

 Recorríamos los bares de la colonia Roma y la Zona Rosa, pero no como lo haría cualquiera. Visitábamos bares donde la cerveza costaba quince pesos en 2013; algo como comprar joyas a precio de piedras. Bares oscuros, escondidos en las entrañas de colonias donde el dinero es despilfarrado a raudales. Una cerveza, cuarenta pesos. En medio de todo eso Petrozza encontraba el precio justo.

2

Simona habíase acostumbrado a este ritmo de vida, o a este estilo de vida, o lo que sea. Permitía a Petrozza hacer y deshacer, salir y entrar de la casa a sus anchas; visitar bares o entrevistarse con lectores.

 Los lectores de Petrozza, dicho sea de paso, siempre eran un caso especial. Algo para analizar. Borrachos pendencieros, estudiantes rebeldes, mujeres de moral relajada, hippies, punks, viejos amargados, madres solteras, brujos, escritores anónimos, neuróticos, mujeres al borde del suicidio, menores de edad embarazadas, fanáticos de Charles Manson, anarquistas, adolescentes desubicados… y, envidiablemente, algunas mujeres bellas y dispuestas a pagar las cuentas del señor Petrozza. Algo de lo que ni las estrellas de rock pueden presumir, pues las estrellas de rock se hacen de mujeres pagando sus cuentas. Las mujeres de Petrozza eran, al menos, desinteresadas. Lo sabían: en esta feria hay que pagar por el tiovivo. 

 Incluso aquellos lectores en apariencia normales, resultaban ser la encarnación de complejos psicológicos socialmente aceptados. Verdaderamente, un mundo de personas sobre las cuales escribir. Entre ellos Luz, la duranguense de los ojos verde, Betty, Sally y Penny, Lobo, el señor Raphael Dominé, Carolina, Helen, un vago apodado TracyMcVille, el escritor Eric Uribares, El chico narco, y, por supuesto, la bella Simona, que leyéndole quedó enamorada de ese perro callejero, como solía llamarlo. “Puedes sacar al perro de la calle, pero no puedes sacarle la calle al perro”, solía gritar cuando Petrozza hacía de las suyas en casa: comer del suelo, usar trastos sin lavar, orinar con la puerta abierta, dormir en el suelo, etc.

 No tuve la fortuna de conocerlos a todos; algunos habían salido de la vida de Petrozza hace mucho tiempo; continuaban siendo parte de su mundo gracias a los textos nacidos de estas fantásticas personas. Viviendo juntos, tuvo tiempo para contarme un sinfín de aventuras y todo sobre las gentes conocidas a lo largo de tres años de hacer literatura. Cada una de ellas valía su peso en oro; personas con vidas increíbles, incluso sin saberlo ellas. Petrozza hablaba y me mostraba los textos y yo decía: pagaría diamantes por conocer a la duranguense, o beber con Tracy McVille. Personajes ensalzados por la lengua y pluma del compañero Petrozza al grado de crear el deseo de tenerles enfrente. La fórmula: individuo X + Martin Petrozza = Whisky en las rocas.   

Un día con dinero de Simona, otro día invitados por algún lector de Whisky, otro gracias a un evento literario, pero nuca faltaba el trago en nuestra rutina diaria. Tampoco el tabaco, las tertulias literarias, las mujeres y la poesía.

 Petrozza vivía, ciertamente y sin exagerar, la mítica vida bohemia del escritor empírico, casi anónimo y peleado con sus demonios internos. Había creado alrededor de su persona un mundo donde sus reglas rigen: no trabajar, beber sin pagar, fumar cuantos cigarrillos aguante el cuerpo, no discriminar a la hora de follar y follar a la menor provocación. Sobre todo esto: leer y escribir. Preferiría perder los huevos a perder la  capacidad de escribir, decía, y me consta que valoraba sus huevos.

3

En todo esto de la fama o la vida de Martin Petrozza había rumores, por ejemplo, la edad de Petrozza. La gente imaginaba a un señor de cincuenta años escribiendo las vivencias de su adolescencia; frustrado, apático, majadero y experimentado en las ramas más oscuras de la vida. Hubiesen acertado, de no ser porque Martin nació en 1984 y estábamos en 2012. La única diferencia entre un viejo y Petrozza es que Petrozza tenía 27 años.

 Otro rumor era el arte de beber del Sr. Martin Petrozza. Todos los visitantes llegaban cargados con whisky o cerveza, como si fuesen a alimentar a un elefante. La mayor parte de ese alcohol se quedaba en la alacena de la casa. Esto daba la impresión de un abastecimiento sempiterno y gratuito.

 Ahora bien, de todo esto, los demás escritores Whisky en las rocas no podíamos salir ilesos. Guillermo no estaba lejos, algunos lectores habían salido con Martin y él, o sólo con él. Podían buscarle en las clases que impartía en el Tecnológico de Monterrey, mandarle correos electrónicos preguntando cosas sobre Lengua o Semiótica, encontrarlo en el café La Selva, centro de Tlalpan. Se le había visto, junto con Petrozza, en las presentaciones de los libros Whisky en las rocas, en charlas sobre Literatura, en juntas con editores. En general, las personas tenían cierto acceso a su vida privada y profesional.

Ahora bien, si Petrozza era la puerta abierta, Verónica era todo lo contrario. A pesar de recibir centenares de correos electrónicos, no los respondía, o de hacerlo, mandaba a volar a casi todos. La mayoría eran hombres con deseos de oler su piel. Tenía razón: es en vano salir con alguno salido de Internet. Jamás se había presentado en público; marcó tajantemente, desde el inicio, la línea que separa su vida pública de su vida privada. Escribo relatos autobiográficos, decía, contesto más preguntas en un texto que en privado. Si los lectores de Petrozza eran heterogéneos e interesantes, los de Verónica eran una masa homogénea de machos acomplejados.

 Lo que es yo, era un caso aparte. Me había convertido en un mito. Cuando Petrozza me presentaba con los lectores o amigos se impresionaban sobre manera. Algunos de ellos no podían creerlo; no sabían qué los impactaba  más, si la existencia ficticia de mi persona, o la existencia real y corpórea de mi persona. Quiero decir: corría el rumor de que yo, el poeta Salmoneo Gutiérrez, nacido en 1986 en la Ciudad de México, era una creación de la mente del escritor Martin Petrozza.

 Bueno, una cosa así es como encontrarte en la Dimensión Desconocida, una dimensión donde no existes. La gente ha oído hablar de ti, ha leído tus textos, ha criticado tus textos, y cuando te presentas frente a ellos se les cae la boca, como si se tratase de un fantasma. Tuve la impresión de haber escrito y existido desde ultratumba. ¿Cómo sería yo la invención de Petrozza? Pensar en ello era fascinante, lo mismo que aterrador. Miraba a Martin sentado a la mesa, fumando todos esos cigarrillos, y a los presentes, gente lectora de Whisky en las rocas, mirándonos como si Petrozza fuese el doctor Víctor Frankenstein y yo, su abominable creación. Es verdad mi parquedad de palabras, mis asentimientos de cabeza y mi pasividad. La cosa sería más fácil si poseyera más personalidad.

Finalmente aceptaron mi existencia, algunos tranquilos de haber leído a un vivo, otros, curiosamente, decepcionados. Habían creado en su cabeza un mundo completamente justificado. Algo así como Tolkien en la Tierra Media, o el que sea que haya escrito la Biblia en todo ese cuento de Dios. Tenían hipótesis y confirmaciones de estas hipótesis sobre la probabilidad de un heterónimo Petrozziano. Algunos juraban por sus madres que yo no podía ser real. Comparaban textos, estudiaban las fechas de esos textos y las similitudes narrativas entre los textos de Petrozza y los míos. Miraban con lupa cada palabra escrita, sospechaban de una influencia entre todos los escritores Whisky en las rocas, o de un truco, de una mente maestra, creadora de cuatro personalidades "vivas" por medio de  Redes Sociales. Sí,  había algunos incrédulos no solo de mí persona, sino de Verónica, de Guillermo e incluso, ciertas personas decían que Petrozza no escribía sus textos; daban por sentado a un títere, alguien que daba la cara a cambio de dinero. Ya lo he dicho: los lectores de Petrozza estaban locos. 

 Simona moría de risa. Hacía bromas sobre mí y la manera de enfrentarme a los rumores: haciéndolos crecer con mi negación a mostrar fotografías mías en la Red. No me importaban las habladurías, me impresionaban. Hubiese esperado todo de la literatura excepto esto. Podría decirse: daba mi vida, mi existencia, en nombre de la literatura. 

4

A todo esto Petrozza me propuso participar en el próximo evento, la presentación de un tercer libro Whisky en las rocas, o en la convención de escritores latinoamericanos organizada por los editores del proyecto WR. Dijo que ya era tiempo de nacer públicamente.

 El deseo de hacerlo, de salir a la luz, recibir invitaciones, estar siempre rodeado de gente dispuesta a proveerme felicidad me atrajo por un momento, aunque no con la suficiente fuerza. No me miraba a mí mismo aceptando todo ese rollo de fama efímera. Si bien es cierto que Petrozza no caía en las redes de la banalidad, cosa lograda gracias a su carácter solitario y desapegado, también es cierto que yo, siendo menos convencido de mí mismo, podría caer en el abismo. Petrozza era apto para caminar sobre el fuego sin quemarse, pero yo…

 Prometí salir de casa de Petrozza lo antes posible. No quería vivir en su mundo, precisamente porque era suyo, o mejor dicho, porque no era mío. La meta a mi partida de casa era, precisamente, encontrar mi lugar, mi camino; llegar al mundo mío, no quedarme en el de alguien más.



7 comentarios:

  1. Excelente relato. Buen dominio de la técnica narrativa y un poder de síntesis incuestionable. Gracias por compartirlo. Saludos.

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  2. Joel Cuevas Téllez11 de febrero de 2013, 21:23

    "...No sometas tu trabajo al juicio de alguien"...apasiónate haciéndolo...

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  3. Es bueno. Vaya que si, la vida de un escritor.

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  4. Como siempre, muy buenos los textos con Whisky en las rocas.

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  5. Carlos Cervantez Hernández14 de febrero de 2013, 15:01

    Muy bien por esa corte de los milagros a la mexicana brindando con whisky y cervezas en honor de la mitificación de San Martín Petrozza, santón, gurú y maestro de literatura para incipientes escritores.

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  6. Me gusta, sobre todo la imagen que da mucho a entender. La vida de un/a escritor/a es interesante n..n

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