lunes, 4 de febrero de 2013

Paola, Goethe y una habitación en Arles.


¿Tienes un cigarro? Me dijo Paola a las diez de la noche cerca de la margarita que adorna la terraza de la casa. Volteé a verla, con suspicacia. El cabello rubio, suelto, se reflejó en mis ojos cafés y éstos en sus ojos verdes. La miré hacia abajo, signo inminente de su baja estatura. El reflejo llevó mis ojos hacia un cuerpo delgado ataviado con unos jeans ajustados y una chamarra roja, de cuero. Saqué la cajetilla de Marlboro fresh y le tendí la mano. Cogió un cigarrillo y se lo llevó a la boca, con nervios, como si éste fuera el primero que fumara. No le prendí el cigarro pero le presté el encendedor. Mientras veía cómo encendía su cigarrillo tiré mi ceniza en la maceta de la margarita. Cuando hubo dado la primera bocanada dijo gracias y se fue derecho, hacia la parte del jardín donde estaban todos los invitados de la fiesta.

            Esa noche había asistido solo a una reunión en Interlomas. Días atrás, un alumno del colegio me rogó durante días para que fuera a su fiesta y tomara unas cervezas mientras platicábamos de cualquier cosa. Generalmente no suelo ir a esas fiestas, primero porque Interlomas no es mi estilo, segundo porque un profesor tiene prohibido salir con sus alumnos; y tercero y más importante, porque no tenía nada en común con aquella bola de jóvenes que apenas están aprendiendo cómo inhalar el humo de un cigarrillo. Recordaba todo eso mientras veía como se perdía Paola en el mar de gente.

            Llevaba una hora ahí y no había hecho otra cosa más que observar a todos cuando pasaban. Julián, quien me invitó a la fiesta, apenas sí había platicado conmigo por escasos cinco segundos. A decir verdad no me importó. Hubiera preferido cualquier cosa antes de tener que entablar una conversación forzada en medio de un tumulto de hombres y mujeres que iban de aquí para allá tomando cerveza y gritando leperadas. De vez en cuando veía a Paola porque me gustaba observar sus cabellos rubios y su sonrisa de niña. Yo sabía cómo se llamaba  porque la conocía desde hace un año. Ha sido mi alumna y hemos platicado un poco, en el colegio. Así que cuando se acercó a pedirme el cigarrillo la vi con naturalidad y también acepté con la misma naturalidad que se fuera. Sin embargo, en ese momento algo cambió. Dejé de observar a la gente y me centré en ella.
           
Paola iba con el mismo grupo de amigas de siempre. Ana Gabriela, Soledad y Teresa. De todas ellas la que más me gustaba era Ana Gabriela porque siempre tenía una forma precisa de sacarme de mis casillas. Además era inteligente. Paola me caía bien porque tenía sonrisa de niña y una mirada inocente. De vez en cuando un grupo de hombres se acercaba a hablar con ellas y se quedaban ahí, charlando, por el largo transcurso de varios minutos. Desde mi laberinto de observación jamás llegué a escuchar de qué iban las conversaciones pero tampoco importada demasiado. Yo me conformaba con ver cómo se movía Paola y cómo se movía Ana Gabriela mientras todos los demás reían, gritaban, se tocaban o dejaban pasar unos instantes de silencio.

            Y es aquí, en este preciso punto donde yo me encuentro recargado en la maceta de la margarita, fumando el décimo Marlboro fresh de la noche mientras cargo con mi mano izquierda una botella de cerveza Guinness y mis ojos se postran en Paola, que empieza el punto clímax de esta historia. Veo ,de pronto, a Ana Gabriela hacer una mueca de sorpresa. Esa noche, por alguna razón, ella lleva una flor azul adornando sus cabellos. Después un hombre de cabellos rubios se acerca lentamente y le dice algo al oído. También lleva un suéter negro amarrado a la cintura y diversas pulseras en la mano derecha. Ana Gabriela se separa del hombre de cabellos rubios y corre directo hacia Paola quien, con una cara de sorpresa, hace un gesto de negación. Ana Gabriela voltea a ver hacia donde yo estoy y se da cuenta de que la observo. Deja, en gesto desafiante, sus ojos puestos en los míos hasta que está segura que será ella, en vez de mí, quien gane la guerra de miradas. Acto seguido me volteo y, cuando regreso la vista, ella ya ha desaparecido de la escena. En realidad han desaparecido del cuadro varios integrantes de la pintura que me creo a través de los ojos. Paola sigue ahí, quitándose la chamarra de cuero roja y meciendo, gracias a ello, sus cabellos rubios. También está Teresa que se quita las gafas para limpiar el paño que se ha creado gracias al humo del cigarro. Veo que Paola prende un nuevo cigarrillo, está vez heredado por el hombre de cabellos rubios que forma la tercera esquina del triángulo de mi pintura. También bebe un sorbo de una cerveza Guinness.

            Mientras miro me pongo a pensar en frases de Goethe: “la mano que empuña la escoba el sábado es la que mejor te acariciará el domingo”, “sólo por una incesante actividad es como se manifiesta el hombre”. ¿Habrá Paola, alguna vez en su vida, agarrado una escoba?, ¿habrá alguna vez corrido un Maratón? Pienso en un poema malo que critica, en cierto sentido, a Whitman: la poesía y la verdad me son incompatibles/ el cabello de las tumbas no lo peino/ y a los grandes presidentes detesto. Paola toma más sorbos de su cerveza Guinness. Ana Gabriela regresa a escena, dixit. Pienso en los gatos de Monsiváis y en los gatos de Remedios Varo. Si hubiera sido amigo de alguno de los dos me hubiera llevado la mierda, con lo alérgico que soy a los gatos. Recuerdo la frase de un autógrafo que me regaló Xavier Velasco: Para Guillermo en el influjo del viajero del siglo. ¿Qué será de Andrés Neuman?, ¿dónde estará Martin Petrozza? Paola bebe otro sorbo, y después otro sorbo y después otra cerveza, otra cerveza, otra cerveza. Yo me fumo otro cigarro y doy otro sorbo a mi cerveza. Ana Gabriela me gusta más con la flor en la cabeza que sin ella. Y entonces, a la mente, un poema dadaísta y una Paola que toma otra cerveza: cabeza perro mocos nitroglicerina efervescente y cabra/ la cabra conejo con caparazon y cresta coqueta con cocos cantantes comediantes con calzones cocacoleros/Cabra conejo va al cabral: coÒo!!!/y deja caparazon en la cresta coqueta con todo y los cocos cantantes calzoneros y comendiantes con cocacola. Y así, la mente no tiene faltas de ortografía. Yo bebo otro sorbo de cerveza y también Paola. ¿Paola querría de mascota una cabra-conejo? Seguro Ana Gabriela sí que la querría aunque lo niegue.

            Ana Gabriela se despide y Paola se queda platicando y bebiendo cerveza con el hombre de cabellos rubios. Es su primo, dicen. Yo pienso que me robo unos calcetines del cuadro La habitación en Arles de Van Gogh. Mientras, sigo fumando cigarros y viendo cómo Paola bebe cerveza. Ella está conmigo en ese pensamiento: En algún momento del pensamiento decidimos subir a la segunda planta. En ella había una habitación y un pasillo que conducía a aquello que llamamos nada y se decodifica en pared. Entramos a la habitación. Yo iba con cierto miedo de encerrarme en el famoso cuadro.  Para mi sorpresa, la habitación sólo era una simple habitación; había una cama, una silla vieja y un closet; las paredes estaban adornadas con el blanco de la pintura; era un cuarto austero, digno de un pintor decimonónico. Al no encontrar mayor distracción que la soledad, decidimos abrir el closet y revisar los cajones. Todos estaban vacíos salvo uno donde estaban postrados unos calcetines que olían a viejo; una mezcla de tabaco impregnado y el paso de los años. Se me hizo fácil tomarlos y guardarlos en mis bolsos, mi acompañante hizo una mueca de temor pero no dijo nada. Dejó que los tomara y pronto salimos del cuarto. Cuando salimos nos agarran unos cinco policías disfrazados con máscaras de Gauguin y ahí se acaba el pensamiento.

            Paola, después de varias cervezas, se acerca otra vez al lugar en donde yo me encuentro. Me mira con sus ojos verdes y su sonrisa menos inocente. Paola, ¿dónde estabas? Le digo. La última vez que te vi nos estábamos robando unos calcetines. Me observa fijamente y vomita toda la cerveza en la maceta de la margarita. Le doy una palmada en la espalda como para tranquilizarla y le cuento cualquier cosa. Paola, ¿sabías que en náhuatl un poeta es aquel que recoge flores? In tequi xochitl o mejor dicho xochitequi, se dice. Los poetas nahuas recogen flores y tú vomitas en ellas. Eres una musa, una revelación. Le digo y me convierto un poeta de Nobel. Recojo margaritas con vomitada. Llegan dos valientes héroes a salvar a Paola, uno moreno y uno blanco. Yo me alegro de que haya gente valiente todavía y me alejo de la escena. Veo por última vez la margarita. Decido salir de la fiesta, rumbo a mi casa. Cuando estoy en la puerta volteo hacia la terraza buscando la margarita vomitada y me pregunto dónde diablos estará Paola, todavía no hemos terminado de sacar los calcetines de la casa.



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