lunes, 25 de febrero de 2013

Las últimas palabras.


Escuché la puerta abrirse. Sería Petrozza, o Simona, o amigos de Petrozza que entraban y salían del apartamento como Pedros por su casa. Yo era uno de esos Pedros. Me encontraba en la habitación que asignaron para mí, pensando en mi exnovia Estela. Hace tres semanas la abandoné en el Estado de México; a ella, a su padre (mi patrón), y a mi abuela. Lo abandoné todo porque me agobiaba vivir en un mundo certero donde yo era la pieza de un engranaje prediseñado para que no pasase absolutamente nada. Mi vida, en aquel escenario, estaba asegurada hasta el día mi muerte gracias a un empleo, una herencia y una mujer dónde incubar mi descendencia. Todo iba sobre rieles. Necesitaba salir de la jaula a la que llaman seguridad, y adentrarme al oscuro mundo de mí mismo. Encontrarme. Para ello, abandoné y me fui a vivir a casa de Petrozza. Y ahora, en la soledad de este cuarto improvisado, me preguntaba: ¿qué será de ella?, ¿por qué no llama?
 Abrieron la puerta de la habitación. Era Petrozza. Venía hecho polvo. Había salido con un grupo de lectores suyos; le invitaron a beber en la cantina Jalisciense, al sur de la ciudad. Venía fumigado como una cucaracha. Abrió la puerta y dejó caer la carta.  Para ti. Fue todo lo que dijo antes de salir. Lo vi arrastrar los pies al irse. Llevaba la camisa de fuera y el pelo alocado. Dejó un tufillo a alcohol más fuerte que una caña.

 La carta cayó al suelo. La miré caer sin ánimo, porque no sabía lo que era; me impresionó más mirar a Petrozza en ese estado. Es cierto que bebía, solía hacerlo, pero su energía nunca caía tan bajo. La más de las veces bebía en casa a pesar de haber bebido fuera; incluso bebía con ánimos pues pocas veces bastaba lo que bebía con otras gentes. Ahora sí le habían llenado el tanque aquellos estudiantes de la UNAM.

 Tomé la carta del suelo. Efectivamente era para mí. El remitente era Estela, precisamente en quien pensaba; cosa curiosa que suele ocurrirme: pensar en alguien y recibir noticias prontas de ese alguien.

 Antes de continuar, debo aclarar mis sentimientos. Contrario a lo esperado, no eran sentimientos de felicidad o nostalgia. No sentía tristeza de haber hecho lo que hice, ni consideraba la posibilidad de un arrepentimiento tardío. Tampoco eran cínicos mis sentimientos; el orgullo no me abrazaba por recibir una carta de la mujer abandonada. Tristeza no sentía; hace mucho dejé de entristecer por situaciones como ésta. La gente antepone la felicidad de otros a la suya. Yo antepongo mi felicidad a la búsqueda de un camino.

 La carta venía en un sobre. El sobre estaba sellado con cera. Dentro, la carta. Escrita a mano con pluma fuente, sobre papel opalina. Se ha esforzado, pensé.

 Tomé un cigarrillo de la caja, que estaba sobre el escritorio. Lo encendí con una cerilla que encontré junto al teléfono; la última en la caja de cerillas. Di la primera bocanada antes de leer. Abrí la ventana antes de leer. Fumé medio cigarrillo recargado en la ventana antes de leer. En el fondo, no deseaba leer. Temía mostrarme débil ante las palabras de la mujer amada. Temía desmoronarme si la carta era de amor, o desmoronarme si la carta era de desprecio. Temía desmoronarme tan solo pensar en su voz escribiendo esto. Abandonar es como suicidarse: no hay vuelta atrás y si el mínimo cabo nos ata al pasado, todo ha salido mal. Se debe hacer de tajo, sin titubeos, nada del mundo nuevo debe recordarnos el viejo. Una carta es un peligro en estos menesteres. Una carta es un puente; más de uno se han caído desde puentes. Debía decidir entre leer o quemar la carta. Mirara atrás, o no mirar atrás.

 Antes de decidirme, encendí otro cigarrillo (con la colilla del primero). No me permitiría leer antes de acabar con este cigarrillo. Me paseé por la pieza, de un lado a otro, mirando las cosas: la máquina en la que Petrozza escribía, sobre un escritorio. Junto a la máquina, un cenicero grande y profundo. Alrededor de la máquina, libros. También había libros en las paredes, puestos sobre repisas. Sobre la duela del suelo, cobijas. Sobre ellas dormía yo. Junto a las cobijas, botellas de whisky o cerveza vacías, de desveladas pasadas con Martin Petrozza. Me asía a éstas cosas para no regresar: Estela envió una carta. La carta estaba sobre el escritorio, junto a un libro de Walt Whithman. El libro era mío y estaba junto a otro, de Chomsky.

 Whithman, Chompsky. Whithman, Chompsky, Whithman, Chompsky. Whithman, Chompsky, Whithman, Chompsky, Whithman, Chompsky… no podía pensar en otra cosa, no deseaba pensar en otra cosa. Temía perder el control y lo estaba perdiendo. Aún no leía la carta y ya me sentía desfallecer. Estaba seguro: La carta estaría emponzoñada por el odio de una mujer abandonada. Estela me odiaba, no podía ser de otro modo; pagaría punto por punto mi patanería. No tuve valor suficiente para hacer cara al rompimiento. Abandoné. El cristal con que miraba las cosas, cambió. Si antes consideré un acto valiente el abandono rotundo y sorpresivo, el tirar por la borda toda mi vida como la conocía hasta el momento… ahora lo miraba con la claridad de un águila: sólo un cobarde dice iré por cigarros y no vuelve.

2

Abren la puerta de nuevo. Es Petrozza, otra vez. Dice: ¿es que no piensas salir? No respondo, no comprendo lo que dice. Estela vino, ¡está fuera!, exclama mi amigo y la sangre se me hiela. Estela trajo la carta ella misma.

3

Simona, la novia de Petrozza, también estaba allí, en la sala, sentada junto a Estela, hablado entre mujeres. Fue la primera en verme al entrar. Me echó una mirada, como diciendo: te pasaste de listo con esta mujer. Estela daba la espalda al pasillo por el que yo salía; miré su silueta y lo supe: venía deshecha. La curvatura de su espalada se interpretaba en llanto. La posición de sus pantorrillas, la una sobra la otra, demostraba angustia.

 Simona se levantó, se disculpó, y nos dejó a solas. Estela volteó el cuello como una lechuza, y, para mi sorpresa, no lloraba ni lucía afligida. Dijo hola. Apenas tres semanas ha, esta mujer era mi novia. Ahora, mi cerebro la registraba como a una conocida muy lejana. La mente es una maquinaria muy poderosa, si un engrane se mueve, se mueve todo. Hola, contesté. Preguntó si había leído la carta. ¡La carta! No la había leído ni la tenía conmigo, la olvidé en el cuarto. Al menos debí leer la carta, para no acrecentar su irá o su desdicha. Titubeando respondí que estaba a punto, pero… Mejor así, dijo, ya la leerás cuando me vaya. El tono de su voz era el de un muerto: sin matices buenos o malos; lo equivale a decir que era un mal matiz.

 El encuentro duró unos minutos. Traía consigo una bolsa. En algún momento la puso sobre sus piernas y me la estiró. Tus cosas, dijo. La tomé y la abrí. Fotografías, discos, poemas, una playera y una memoria USB. Gracias, dije. No supe decir otra cosa. Hizo una mueca, quizá esperaba un llanto de arrepentimiento, pero… sencillamente, no había dentro de mí un llanto de arrepentimiento.
 Nos miramos a los ojos; en busca de una veta de arrepentimiento, de nostalgia, de melancolía, de amor. No encontramos una veta de nada. La cosa se había acabado.
 Te manda esto tu abuela, dijo de repente y me dio un sobre de papel manila, media carta. Lo tomé sorprendido. ¡Abuela! También a ella la abandoné y no le había dicho nada. Debía estar llorando de preocupación. Pregunté a Estela por abuela y dijo que no me preocupara, estaba bien: lo comprendía todo, igual que ella y su padre, y todos en el Estado de México.
 Intenté mirarla de nuevo, a los ojos, pero fue en vano. No se dejó mirar. Se levantó y anunció el final de la velada. No supe cómo reaccionar. Supongo que era el momento de hacer algo, de decir algo, de impedir que el amor de mi vida se fuera por la puerta. Sin embargo, no supe cómo reaccionar. No puedo negar que una parte de mí deseaba retenerla, tomarla por el cuello y besarla, pedir perdón por mi desfachatez… pero… otra parte me decía que lo hecho hechos estaba y no debía ceder; hacerlo significaba retroceder a la vida que renuncié. ¿Qué caso tenía? No iba a regresar a casa, ni al trabajo, ni a… a Estela sí, ella no me hostigaba. Estela era el sacrificio al que me empojaba la vida poética. Quizá estaba loco, pero era un loco convencido: debía escribir en soledad. Alejarme de todo. Irme a un monte o a una playa: vivir fuera de la sociedad humana. No sería fácil ni siquiera el principio. Podría morir de hambre antes de escribir buenos versos.
 La miré levantarse. La miré pasar su cabello por su nuca. La miré acercarse a mí, darme un beso en la mejilla. La escuché decir adiós. La miré salir por la puerta, sin despedirse de nadie. Me quedé parado, mirar cómo Estela se iba, y con ella todo mi pasado.
4
Petrozza entró a mi habitación. Me encontró tirado en el suelo, sobre las cobijas que me servían de cama, pensando. ¿Se puede?, preguntó pero para eso ya estaba instalado junto a la ventana, sentado en una silla y cigarro en mano. Lo miré como diciendo: ya estás dentro.
 Tomó una botella de whisky, de debajo de la ventana, medio llena, y se pegó un trago. Luego encendió su cigarrillo y dio una buena calada. Dijo: ¿y bien? Tardé en contestar. A punto estuve de soltarme con un rollo, la explicación (si es que la tiene) de todos mis sentimientos encontrados, pero, finalmente, dije: nada. Se ha ido. Petrozza me estiró la botella. La tomé indeciso… y… di un buen trago, total.
 ¿Y eso?, preguntó Petrozza mirando hacia la bolsa de cosas. Mis cosas, respondí, ya sabes, fotos de nosotros y eso. Petrozza movió la cabeza negativamente. Eso no, dijo, eso. Se refería al sobre papel manila. No lo sé, dije, cosas que manda abuela. Se levantó de la silla y cogió el sobre. No se lo impedí, era mi amigo íntimo y daba igual. Lo peso en sus manos, sospechando. Lo abrió con una sonrisa. ¡Joder!, exclamó. Levanté la mirada para ver. ¡Dios santo!, exclamé. ¡Era un fajo de billetes grandes!
 Petrozza contó el dinero como un experto. Pasaba los billetes con los dedos como un cajero de banco. Decía: mil, dos mil, tres mil, cuatro mil, ¡cinco mil!, ¡seis mil!, ¡siete mil!... Eran quince mil pesos, en billetes de todos colores. Nunca antes había poseído tanto dinero. Incluso me parecía falso, ilusorio, como billetes de juego.
 Tomé el dinero y lo guardé en el sobre. La sensación del dinero en mis manos, no sé, era como tener un arma. Habrá quien diga que quince mil pesos no es mucho dinero, estoy de acuerdo, pero en mi situación era una fortuna. Podía largarme a Tijuana, o Cuba, o El salvador. Podía darme tiempo para escribir un poemario y concursar por más dinero. Podía montar un negocio pequeño. Podía ligar a una mujer. Podía comprar todos los libros que tenía por leer. Podía estudiar. Podía editar un libro. Podía comer algo más que comida chatarra. Podía, podía, podía. El sustantivo dinero aviva el verbo poder. Es como echar fuego a la pólvora.
 Por supuesto, también podía invitar a Petrozza a un buen bar, con mujeres, charla, peleas callejeras, oscuridad y música baja, que es lo que Petrozza considera un buen lugar. Lo propuso de inmediato. Se levantó, anunció que iría por su chaqueta y me dio cinco minutos para estar listo. Antes de salir por la puerta, advirtió: si pregunta mi novia, dices que vamos a mirar una película de terror. No le gustan las de terror. Acto seguido, salió a toda prisa. Total, pensé, una migaja al pan no afecta en nada.
5
Fuimos a una cantina en Monterrey y Campeche, donde servían caldo de camarón como botana. No estaba mal el lugar, sólo que mujeres no había. Se lo dije a Petrozza, pero se defendió estirando la mano por todo el lugar. Bueno, había mujeres, sí, pero ninguna menor a cuarenta. Así era él, en lo tocante a la palabra mujer no ponía restricciones.
 Ordenamos cerveza. Bebimos la primera hora a solas, hablando de Estela. Yo habla y hablaba y mi amigo, bueno, debía escuchar pero no lo hacía. Se lo pasó mirando alrededor, en busca de algo bueno. Lo encontró antes del clímax de mi soliloquio, cuando estuve a punto de llorar. Un par de chicas, no muy malas, pero tampoco buenas, a las que invitó sin pensarlo dos veces a la mesa. Era ducho para estos menesteres, sobre todo si bebía.
 Las chicas se instalaron e intercambiamos nombres. Eran unas chicas muy risueñas. No paraban de reír. Eran desinhibidas y buscaban acción. Petrozza sabía oler a las indicadas. Les invitamos algunas rondas y nos abrazamos a ellas. Yo de mala gana, no es lo que buscaba ahora, pero Petrozza nadaba como pez en el agua.
Todo esto costó mil pesos. Petrozza era una amistad bastante cara.
6

Al despertar, por la tarde del día siguiente, no encontraba la carta. !La había perdido en el bar! La había metido al bolsillo antes de salir, y ahora no estaba. Pensaba leer en compañía de Petrozza en el sitio al que fuéramos, pero... Quizá se resbaló por el bolsillo y terminó en la banca de ese sucio bar. O, se la llevó alguna de esas mujeres, secretamente, para reír de los sentimientos de un congénere. El caso es que ahora jamás conocería las últimas palabras de mi ex amor... y no sé si estaba triste o feliz, con un peso menos encima. 


8 comentarios:

  1. El sustantivo dinero aviva el verbo poder... Me gusto el relato y está bien.

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  2. El sustantivo dinero aviva el verbo poder... Me gusto el relato y está bien.

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  3. El sustantivo dinero aviva el verbo poder... Me gusto el relato y está bien.

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  4. Excelente literatura mexicana. Ni sabía que existía.

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  5. Petrozza es muy Bukowskiano, pero es muy bueno. Tiene un punto original, suyo. Me sorprendió.

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  6. Carlos Cervantez Hernández28 de febrero de 2013, 21:04

    Este relato tienen vasos comunicantes con algún otro relato enviado, quizás sea del mismo autor.

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