martes, 29 de enero de 2013

Que venga lo que tenga que venir.


Al menos dos veces por semana salíamos en plan de desmadre, y cuando esto pasaba terminábamos metidas en un lío. Un lío con el colegio, un lío con los padres, y un lío con nosotras mismas, que de por sí, éramos la encarnación de la palabra lío. Cuando se nos metía la… cómo decirlo… cuando… cuando nos daba por echar relajo no había fuerza, terrestre o celestial, que se opusiera a nuestros designios. No teníamos designios. Quiero decir, nada de planes o de ideas preconcebidas: vivíamos al día, lo que saliera, lo que viniera, la cara que el destino deseara mostrarnos.

 Teníamos diecisiete años y no lográbamos terminar el cole. Nos importaba un rábano: lo importante era divertirnos. No sé de dónde nos vino la idea, pero éramos tan fieles a ella como los musulmanes a su dios, o eso. Como ya dije, una o dos veces por semana, cuando mínimo (a veces nos agarrábamos toda la semana completa, caray) nos íbamos de pinta a casa de alguno. Bebíamos, bailábamos, jugábamos a desnudarnos y a veces (cada vez con más frecuencia) hacíamos el amor con chicos mayores. Los conocíamos en los pocos bares donde permitían la entrada a dos menores de edad. Los retábamos a salir con nosotras. No todos tenían las pelotas bien puestas; la mayoría salía con el rollo del estupro y cosas. A esos los mandábamos a volar. La cosa era hoy, ahora; la calentura no dura más que unas horas y es cosa de aprovechar. Si no quieres, tú te lo pierdes… y otro se lo gana.

2

Con sólo mirarlas sabías de qué iba la cosa: eran unas guarritas calentorras de colegio. Se les notaba la urgencia en la cara, en las sonrisas, en los ojos, en las piernas, en las tetitas que florecían como un par de rosas en el pecho. Se lo dije a Juan, pero él pensaba diferente. No creía buena idea enrollarse con algo así. Según él, un amigo suyo, o el amigo de un amigo suyo, o alguien, maldita sea, había enrolladose con unas mujercitas como estas y había acabado en la cárcel. No seas tan exagerado, le dije, no pueden hacernos algo por beber un trago o dos con estas conejitas. Además, estaban que te cagas de buenas. Venían enfundadas en esas blusas cortas, las que te hacen pensar en bailarinas exóticas. Sobre sus glorias no llevaban algo excepto una falda tan corta como un cinturón. Eran niñas vestidas para matar, reí. Era gracioso, en serio: dos niñas vestidas como la más experta sexoservidora. Y el pelmazo de Juan quería pasársela sentado sin ir a por ellas, qué mamón.

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Era demasiado temprano para ir a un bar. Eran las diez de la mañana o así. Estábamos en casa de Brenda; sus padres la dejaban sola todas las mañanas, hasta las dos de la tarde, cuando regresaba la madre;  maestra de una escuela primaria. Era jueves o algo y yo tenía unas ganas inmensas de beber un vodka con zumo de naranja, pero el único lugar donde podría conseguirlo abría a las ocho de la noche.

 Supongo que fui yo, siempre era yo, la primera en comenzar a probarme cosas. Me probaba por probar. Me ponía una falda, una chalina, un gorro. Cambiaba de ropa una centena de veces sólo por pasar el rato. Era ropa de Brenda, lo que aumentaba mi entusiasmo: mi ropa la conocía de memoria y estaba harta de ella. Si por mi fuera me pondría las cosas una vez y las tiraría al terminar el día; no soporto tener que reutilizar la misma ropa. Ni hablar, mis padres son pobres, y  por consecuencia, yo también. Dicen que una escoge a los padres antes de nacer, allá en el Cielo, y cosas. Dios mío, o estaba borracha cuando elegí, o es mentira ese cuento. Yo jamás hubiese escogido por padres a un par de empleados del gobierno.

 Bueno, como sea, el chiste es que aquel día nos metimos mucho en eso de probarnos ropa. Encontré entre los trapos de Brenda una falda pasable. Me la puse. Doble casi la mitad para enseñar pierna. Brenda la miró y dijo: no mames güey, a qué no te sales así a la calle. Como si no me conociera, no hacía falta decirlo dos veces. Le pedí aguja e hilo y cosí el dobladillo. Luego sacó una blusita de su hermana menor, caray, una cosa diminuta. Me la puse, y… bueno… debo confesarlo: me sentía sucia y depravada. Me gustó la idea de salir vestida así, nomás para ver cómo los babotas de los hombres se embobaban. Se lo propuse a Brenda, total.

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 Arturo se volvió loco nomás verlas. No podía creer que un par de niñas así estuviesen frente a nosotros. Propuso acercarnos a ellas antes de perder la oportunidad (recién entraban al bar y aún no había lobos a su alrededor). Cuando cumplí dieciocho años mi padre dejó claro los cuidados a tener en estas cosas del sexo. Había dos reglas importantísimas; romperlas podría significas la cárcel o la muerte, o ambas. Las reglas eran: nunca lo hagas sin condón, y nunca lo hagas con una menor de edad. Evidentemente estás personas eran menores de edad. De esas menores que aparentan más edad, pero menores, al fin y al cabo. Podías saberlos por el modo de vestirse y maquillarse. Por el modo de entrar al bar, casi con miedo de ser descubiertas por los guardas de seguridad.

 Venga, no voy a negarlo: estaban más buenas que muchas mujeres de la edad que deseaban aparentar, pero… ¡eran menores de edad! Acercarnos a ellas era como acercarnos al filo del abismo. Quedaríamos a un paso de la muerte. Es bien sabido que el hombre encuentra, muy en el fondo, cierto deseo de morir. No es bueno retar a los más oscuros instintos.

 Arturo no entendía de razones, había dejadole de funcionar el cerebro. Había entrado al modo piloto automático.  Cedió las riendas de sí mismo al instinto más bajo y somero del ser humano: el instinto de reproducción. Reprodúcete, reprodúcete, reprodúcete..., decía la voz en el fondo de su cerebro. Ahora, Arturo era esclavo de la orden divina más antigua de todas: pueblen la tierra y reprodúzcanse.

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A Brenda le gustó el juego. Ambas nos vestimos estrafalariamente, en plan de broma, y nos retamos mutuamente a salir vestidas de ese modo. Antes, Brenda se metió al cuarto de sus padres y trajo de allí la cosmetiquera de su madre.

 Nos salimos muertas de la risa como a eso de la una y media. Caminamos por la colonia y no pasaron ni cinco minutos cuando llegaron los primeros silbidos. No sé por qué, pero nos daba mucha risa. Nos silbaron los camioneros de la avenida,  algunos gamberros del barrio, nada para tomar en serio. Sin embargo, había algo adictivo en ello. Algo adictivo en ser el centro de atención. Supongo que algo así deben sentir las desnuditas, pensé, y ya pensando en eso supuse que yo sería una desnudista muy buena. La verdad, Brenda también. Cuando volteé a verla, la muy puta estaba parando el culo a un coche lleno de hombres que pasaba. Silbaron, pitaron y gritaron todos los piropos habidos y por haber. Brenda se dio una nalgada y eso desató el infierno. El coche bajó la velocidad con intención de aparcar.

 Bajaron del coche un par de señores con pinta de carretoneros. Nada de buenas ondas. Estos hijos de la chingada nos hubieran violado allí mismo sin pensarlo dos veces. Entre risas y jugueteos, sin dejar de mandarles besos, le dije a Brenda que nos largáramos ¡ya! Corrimos como locas por toda la calle hasta el centro comercial. Ni volteamos atrás, llegamos al centro, nos metimos, y una vez en dentro sacamos todo el aire que contuvimos. Quedamos con la lengua de fuera, sin dejar de reír por el riesgo (verdadero o falso, nunca lo sabremos) corrido. Era tan excitante como peligroso.

 La gente del centro nos miraba de reojo. No podían creer nuestro modo de vestir y nuestra actitud. Las señoras nos miraban y desviaban la vista inmediatamente, como si hubiesen visto al Diablo. Hombres había de todos tipos: mirones, disimulados, cínicos, pelados, mustios. 

6

Como el pinche Juan estaba de mamón con eso de comportarnos según nuestra madurez, lo hice por mí. Pensé: no voy a desperdiciar una oportunidad así por alguien como Juan. Por nadie. La cosa es mía. Si soy yo quien desea ir, ¿qué hago preguntando a Juan? A la mierda, no puedo quedarme aquí sentado. Si no lo hago yo, lo hará otro, pero esas pollitas no salen de aquí con plumas.

 Me levanté dejando a Juan con la palabra en la boca. Me acerqué a ellas. Me presenté y las invité a beber una copa con nosotros. Aceptaron de inmediato, ¿quién imaginaría la facilidad de este asunto?

 Tuve una erección en cuanto se sentaron. Las faldas dejaban ver casi todo lo que hay que verle a una mujer. Estar aquí con ellas, Dios, haber nacido en 1978, en la Ciudad de México, y coincidir en este bar con el producto de un par de nacimientos de 1996 o 1997, de sexo femenino, calentorras como sus putas madres, buenísimas, cachondísimas… era como ganar la lotería; y eso, joder, era algo así como resolver la ecuación del universo, o algo. Sí, señor, eso le diría a Juan para hacerlo entender. Así era él, muy filosófico, muy pensador. No podría objetarme que este encuentro era como la milenaria alineación de los planetas del Sistema Solar, o como dar con un unicornio. Sí, sí, este era el mítico encuentro de un par de treintaiñeros con unas menores de edad bien dispuestas a pasarlo bien. Si no era capaz de ver, era idiota.

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Caminamos sin rumbo, levantando ánimos y pasiones. Los silbidos dejaron de interesarnos pronto. Todos provenían de hombres desagradables. Los hombres agradables no serían capaz de silbar a una mujer; en eso estábamos equivocadas: pedíamos peras al manzano.

 Luego, no recuerdo bien cómo, llegamos a un bar abierto, cosa que agradecimos como haber encontrado un lingote de oro. ¡Un bar abierto a las dos y media de la tarde!

 No había nadie en la entrada recibiendo a las personas. Pasamos tratando de ocultar la timidez. Conocíamos la vida de bares, pero siempre temíamos ser echadas por los guardas de seguridad.

 Afortunadamente un chico se acercó a nosotras; nos invitó a su mesa y pudimos colarnos sin tanto rollo: cuando un guarda mira que vienes con alguno que está dentro es más fácil. Sobre todo cuando la gente de dentro es, evidentemente, mayor de edad. Aceptamos la invitación, por supuesto.

 Eran dos, como de unos treintaitantos años, ni muy guapos ni muy feos; pasables, al menos para tomar un vodka y platicar. Se presentaron como Arturo y Juan. Nosotras dijimos ser Claudia y Fernanda. Nunca dábamos nuestros nombres reales. Era una estupidez, como si eso fuera a protegernos de algo. Si alguien va a violarte lo hará te llames como te llames. No intentará confirmar el nombre de su víctima.

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Juan era una buena persona, eso me quedaba claro.  Arturo era un creído. Sin embargo, Carla se empeñaba en hablar con Arturo, en darle alas y hacer como si la estuviera enamorando con sus babosadas. Así es ella, una cabrona, le encanta tener a los hombres en la palma de su mano.

 Yo le seguía el juego siempre porque era una amiga a toda madre y habíamos vivido muchas cosas juntas. Ahora lo pienso y digo: ¿muchas cosas juntas? ¿Qué tantas cosas pueden vivirse con una persona en dos años de preparatoria? Dos años parecen mucho cuanto tienes diecisiete años, pero ahora, dos años no son nada. Si volviera a ver a Carla se lo diría: eres una perra de mierda, no tengo ningún sentimiento para contigo.

Pero en ese entonces sí lo tenía. No era un sentimiento real, es decir, no para con ella. No era mi mejor amiga ni nada; era sencillamente, ahora lo sé, todo lo que yo deseaba ser: desinhibida, coqueta, popular y valemadrista. Con ella me venía el valor para hacer cosas que no haría sola. Beber, salirme del cole, acostarme con desconocidos, faltar a casa una noche completa.

 9

Bebimos unas buenas horas, todo en plan de ligue y desmadre. A fin de cuentas estas chiquitas me salieron más cabronas que bonitas. Pedían vodka como si fueran vasos con agua. Esto costaría mucho dinero y seguramente estas hijitas de la chingada no pagarían una sola gota de lo bebido.

 Me disculpé para ir al sanitario. Una vez dentro eché una meada y revisé la billetera. Si  continuábamos bebiendo así pronto acabaríamos en la calle. Debía impedirlo. No sería difícil, habíamos convivido lo suficiente para proponerlo sin parecer depravados.

 Pero antes debía decírselo al pendejo de Juan. Este cabrón me la haría de pedo, seguro. Ni hablar, tampoco podía hacer otra cosa: el coche era suyo.

 Se lo propuse por mensajes de celular. Envié un mensaje a Juan, para disimular, donde le explicaba el plan: llevarlas a mi casa, donde podíamos comprar una botella de vodka antes de acabar con nuestro dinero. El muy payaso contestó: ¿nuestro dinero? El que las invitó fuiste tú. Se estaba pasando de la raya. Juan, el mismo pendejo que rescaté en la preparatoria, cuando era un ñoño de mierda y todos querían pegarle por ser tan… pues tan Juan, Dios, ahora resultaba ser un traidor. Todo mundo lo sabe: cuando se está con mujeres la cuenta de ellas se reparte entre los hombres. No importa quién las haya invitado.

 Bueno, bueno, le dije por mensaje, entonces larguémonos ya, antes de que se evaporé mi dinero, ogete.

10

La cosa se estaba poniendo buena, hasta me hubiera besado con Arturo con tal de no parar la fiesta, pero su amigo, el tal Juan, alzó la mano y ordenó la cuenta. Lo hizo de la nada, sin avisar y yo grité si no lo estábamos pasando bien o qué. Arturo me calmó, dijo que ya era hora de cambiarnos de lugar. Eso me animó bastante. Arturo era buena onda, no como su amigo; ese me recordaba a Pablo, el menso del salón: siempre con su cara de sabelotodo y mesurado al hablar. A esa gente nomás no le gusta divertirse.

 No lo notamos; ya estábamos borrachos. Salimos del bar y caminamos unas calles. Ni Brenda ni yo sabíamos adónde. Arturo y Juan discutían. No lo notaban, pero ellos también iban bebidos. La situación era la siguiente, según puede comprender: Arturo estaba embelesado con nosotras, lo teníamos en el bolsillo. Arturo deseaba seguir la fiesta en su casa, pero Juan era el dueño del coche al que nos encaminamos. Juan no deseaba ir a casa de Arturo, deseaba descansar. Eso escuché decir; ambos discutían discretamente.

 Brenda y yo nos miramos. Le guiñé el ojo, como diciendo: no hay bronca, que sea lo tenga que ser. Entonces llegamos al coche, por fin. Arturo abrió la puerta trasera y nos hizo subir. Primero a mí. Se notaba que iba conmigo. Luego hizo entrar a Brenda. Antes de subir me miró y volví a guiñar el ojo. Que sea lo que tenga que ser. Estábamos borrachas, daba lo mismo; estar borracho es fantástico por eso: todo da lo mismo cuando estás borracho, el peso de estar vivo cede al goce de estar ebrio.

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No sé por qué, pero cedo siempre. Arturo insistió en irnos a su casa, en mi coche, con este par de mocosas depravadas. Cómo es posible, ¡a su edad! Peor  Arturo, a su edad  comportándose como un púbero caliente. Sin embargo, no puedo desobligarme de todo, la culpa es mía desde hace veinte años, cuando cursaba la preparatoria y conocí a Arturo. Nos hicimos amigos, aunque, más certeramente, fuimos algo así como Don Quijote y Sancho Panza. Yo hacía de Sancho. Le había seguido todo el tiempo, en todas sus aventuras, desde faltar al colegio, hasta emprender un negocio de planchaduría que fracasó hace tres meses… y ahora esto: seguir como perrito faldero los deseos de una quinciañera coqueta. ¡Ay, mísero de mí!, ¡y ay Infelice!

 12

El muchacho se atravesó, de eso sí estoy segura. Lo vi antes del accidente, lo vi venir y no dije nada. No lo hice porque pensé que Arturo lo había visto, además, esas cosas nunca pasan, pensé.

 Cuando estuvimos a punto de chocar contra él, grité. Juan también gritó, algo así como: ¡no mames, no mames cabrón! Carla no lo vio venir, nomás gritó cuando había pasado todo, pero de susto, no de sorpresa. Arturo estaba pálido y mudo. Dejó de ser el Arturo que encontramos en el bar y se convirtió en un mimo. Hacía señas para expresar su asombro. Se las hacía a Juan. Juan tampoco pudo hablar. Yo fui la primera en bajar del coche. Corrí hacia la esquina de la calle y allí me puse a llorar. El segundo en bajar fue Juan. Se acercó al atropellado. Le tomó el pulso o algo, y yo estaba en espera del veredicto: era en vano, sabía que habíamos matado a un hombre.

13

Comprendí lo ocurrido hasta ver la sangre sobre el parabrisas. Al principio ni siquiera pensé en sangre, pero cuando algo así sucede, el instinto o algo, te dice: has matado a un hombre. Es una cosa aterradora; no es algo que pase todos los días, sin embargo, cuando te pasa, lo reconoces. Lo sabes. No hay modo de engañarte, cuando has matado a alguien lo sabes, maldita sea, lo sabes, lo sabes, lo sabes.

14

Tuve el presentimiento cuando Arturo me pidió las llaves del coche. El mamón no podía ir de copiloto en un coche con mujeres. Si había mujeres, debía manejar. Ir de copiloto le acomplejaba. Iba bebido y no debí dejarlo. Al menos yo no hubiese manejado así. Soy moderado por naturaleza y apuesto que llevaba encima dos litros menos de bebida.

 El hombre salió de la nada, no puedo culpar a Arturo del todo; quizá le hubiese pasado a cualquiera, no sé. El golpe se escuchó muy fuerte y seco. El estéreo sonaba alto; aun así el golpe opacó la música. Incluso, si no recuerdo mal, apagó el estéreo. No recuerdo haberlo pagado yo, ni visto a Arturo hacerlo. Íbamos escuchando música antes del accidente, de eso estoy seguro.

 Arturo no reaccionaba. Me hacía señas y cosas pero no era capaz de hacer algo. Escuché la puerta trasera abrirse. Por un momento olvidé por completo a nuestras acompañantes. Dios mío, ¿cómo es posible? Una noche no podía salir tan mal: bebidas alcohólicas, un hombre atropellado delante y menores de edad en la parte trasera.

 Una de ellas había escapado. Abrió la puerta y echó a correr. Al Diablo, por mí mejor: si podíamos deshacernos de un mal, mejor. Bajé del coche a mirar la gravedad del asunto. En vano, algo dentro de mí lo sabía: en la calle, a unos metros, hay un cadáver.

15

Vale, vale, vale, salió de la nada, no fue mi intención, os lo juro por Dios, chingada madre. El cabrón salió de la nada. Sí, sí, yo iba manejando, pero, joder, uno no puede frenar de repente, así como así. Además era noche, no lo vi ni venir.

 Cuando pude reaccionar, todos estaban abajo. Busqué a las chicas. Estaban en la esquina, abrazadas y muertas de miedo. Ya, me dije, al menos las niñas siguen vivas. Eso me tranquilizaba. Si todo salía bien aún podíamos pasarlo de maravilla. Era cosa de subir a Juan al coche. Conociéndole, no querría dejar la cosa así: largarnos, darnos a la fuga, chinga, aún tenemos tiempo.

 Juan venía hacía mí cuando bajé. No tuvo que decirlo: hombre muerto. Podías olerlo a la distancia. Nadie debía explicarlo: el transeúnte ese estaba más muerto que  una roca.

 Vámonos, güey, vámonos, le dije. Juan no respondió. Carajo, Juan, súbete al maldito auto y vámonos. Súbete, cabrón, le gritaba, súbete; yo voy por las chicas. Juan no entendía. Sacó su teléfono móvil. ¿Qué carajos vas a hacer?,  pregunté con miedo. De verdad, ese cabrón era capaz de denunciarnos a la policía. Llamar una ambulancia, dijo, ¿qué más? ¡Qué más!, grité. ¡Qué más, hijo de la chingada!, ¿por qué no llamas también a una patrulla?

 Nomás lo dije, apareció. No sé cómo lo hacen, pero aparecen cuando menos las necesitas.

16

Cálmate, cálmate, le decía a Brenda al tiempo que la abrazaba. Estaba deshecha la pobre. Lo matamos, decía, lo matamos. Lo mató él, dije yo. Tú y yo somos inocentes. No, no, decía Brenda, tú no entiendes: lo matamos todos, todos somos culpables. Ni  madres dije, lo mató ese pendejo de Arturo.

 La luz de una patrulla iluminó la calle. Maldita sea, pensé, ahora sí no salimos de ésta. Afortunadamente no nos miró. Estábamos en la esquina, bajo la cornisa de un balcón. La patrulla aparcó rechinando llanta. Bajaron cuatro oficiales, al estilo Hollywood. No pasaron ni dos segundos cuando tenían a Juan y Arturo contra la pared. Les abrieron las piernas y los tiraron. Yo lo vi: les pegaron con las macanas antes de preguntar algo. 

 Uno de ellos lampareó hacia nosotros. Me agaché, no deseaba entenderme con ellos. Vestidas así, ni loca. Venga, dije a Brenda, vámonos, pendeja. Brenda chillaba. Comenzó otra vez con el rollo de haber matado a alguien. Cállate, pinche vieja, si nos escuchan nos agarran.

 Me costó hacerla entrar en sí. En realidad, no estoy segura de haberlo logrado, pero al final corrimos. Corrimos como locas por la calle, como verdaderas yeguas desbocadas, por instinto, miedo, o lo que sea. Corrimos, tropezamos, y volvimos a correr como un millón de kilómetros, hasta que el cuerpo no dio para más. Corrimos un chingo, como nunca en nuestras putas vidas. Al mismo tiempo llorábamos y nos arrepentíamos. Pero me dije: corre, Carla, corre chingada madre. Corre por tu vida, pendeja… y que venga lo que tenga que venir.


15 comentarios:

  1. Gracias estimad@s, lo subí a mi bio de face...

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  2. Una casual noche sexual se vio modificada por el alcohol infernal. Muy rico .n.n.

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  3. Carlos Cervantez Hernández30 de enero de 2013, 20:24

    Excelente texto, muy bien narrado, la utilización de las voces narrativas van dando cuenta de la intensidad de la anécdota y el perfil de los personajes. Un lenguaje desenfadado y magníficamente empleado. Felicidades por este cuento que atrapa al lector desde la primera frase.

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  4. Fabian Marcelo Fernandez30 de enero de 2013, 20:41

    Bueno....como siempre

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  5. Miguel Ángel Pastor30 de enero de 2013, 20:44

    Me gusta esa filosofía de la vida.

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  6. Lo lei. Me encanto.

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  7. Edgar De La Cruz Viazcan31 de enero de 2013, 19:07

    muy ciertoooo para reflexionar .. a todos nos a pasadooo .. recordar es vivir!!

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  8. Asombroso. Me encantó el cambio de narradores y la manera en que fue progresando la historia. Está genial.

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  9. buena narrativa ¡¡

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  10. Me mantuvo en intriga... bien!!

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  11. Deteste a 3 de los 4 personajes, en verdad, los odie. Me llenaron de bilis. ¡Excelente!

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