viernes, 18 de enero de 2013

Que se jodan los criticones.



Texto por: Roberto Araque


Creerse bueno y ser malo. Criticar y ser peor. Juzgar sin ser señalado. Soy menos que mierda. Y no más, me rindo porque estoy cansado. A veces leo otros autores y pregunto cómo pueden ser tan malos y celebrados al mismo tiempo. Y el ego responde: Tú eres mejor. En este mundo sólo se aplaude al que tiene dinero, al simpático o al bonito. Sin embargo, no me he detenido a pensar que mis puertas se han cerrado no por prejuicios sino por indigno.

 Ayer leí algunos poemas, me pareció una sarta de cursilerías, sin embargo, muy aplaudidas. Me dije: estos son una cuerda de farsantes que se aplauden unos a los otros. No quiero pertenecer a esos grupillos de zalameros, prefiero caminar. Andar bien lejos y saludarlos con hipocresía. Pero qué tal si soy un envidioso y mis fracasos no son más que el natural desenlace de una tragicomedia bien argumentada.  No le temo al espejo, mas sí a la imagen que sonríe. Es que me veo guapo, casi como Bradd Pitt y eso que soy negro, bembón y narizón. Es gracioso, pero el espejo no miente.

 La cuestión podría ser una suerte de comedia intergaláctica. Sí, mi vida es un chiste ¿Qué podría ser peor que ver un payaso mofarse de su público? Plasmar tu corazón en papel y entender que no son más que rayas. Es duro admitirlo, es más fácil creerse rodeado de mierda. Y como la mierda aplaude guate, ser silenciado es meritorio. Tan grande como los adelantados que inundan las páginas de libros de historia. Desgracia; identificarse con  esos genios incomprendidos. El 99% de la población cree formar parte del 1% que inventa, destruye y preserva. Detestan a los ladrones, pero a la primera no dudarían en serlo porque forman parte del 99% que caminan tal cual borregos al matadero. En cuanto a mí, pido opiniones y escucho silencio. Tal vez nadie se atreve a decir: “Eres  malo. Dedícate a otra cosa.” Así como cuando me dijeron que no podía ser pintor. Siempre alguien aplaudía, pero no muy tarde entendí que llegaría a ser uno más del montón. Ni el amor por el pincel pudo con el temor al fracaso. Tal vez porque de niño se nos dijo que todos somos especiales, pero también es una forma muy sutil de indicar que somos iguales. En ese instante, cuando entendí, colgué el pincel y me convertí en uno de esos tipos que va a los museos para admirar cuadros que le hubiese gustado pintar.

 El amor va con el arte, pero ¿Acaso Van Gogh amó más el arte que el pintor de mi calle? David Alfonzo – el pintor de mi calle- me simpatiza. Se esmera y creo que tiene talento. Ama su arte, pero no entiendo qué dibuja. No soy pintor. No puedo juzgar, pero sus lienzos son como garabatos multicolores.  El día que lo conocí presumió humildad. Sí, se puede presumir eso; la gran mayoría lo hace. Pocos entienden que ser humilde no significa menospreciar tu obra, es algo más complejo. La humildad es la ausencia del miedo a parecer arrogante, soportar burlas con una sonrisa, mas no agachar la mirada. En aquella oportunidad el hombre habló filosofía y halagó a uno de sus colegas. Se definió como precursor de artistas. Dijo que su tiempo había pasado, que era hora de abrir camino a las nuevas generaciones. También dijo que despreciaba la fama y el lujo; sólo le bastaba con vender su obra. Pensé que no lo volvería a ver en ferias y cuestiones culturales.

 Tiempo después escuché que en la feria del artesano alguien rebajó el precio de sus cuadros porque fueron muy criticados. Pensé en aquellos tipos que pregonan ser pequeños ante la grandeza del universo, compararse con algo tan vasto ya es ser vanidoso. Sonríen y dejan escapar una perlita de vez en cuando. Van con las olas; si dicen azul, pinta el cielo o si dicen rojo, pinta sangre. No hay manera de saber qué piensan porque se esconden tras una cortina de amabilidad. Y este tipo rebajó el precio de su trabajo. No era el pintor de mi calle, pero le busqué a ver qué sabía del incidente.

 -Hay gente rara en este mundo-  Eso fue lo único que dijo. Cambió el tema de conversación. No he vuelto a saber de aquel pintor. Sólo vendió sus cuadros y se marchó. Por allí estarán sus obras, a la espera del tiempo. Cuando pienso en él, también recuerdo a los que me han mofado. A todos  los que me han llamado loco los guardo en mi mente. Trabajo con esmero para surgir y mirarlos por encima del hombro. Sueño el día en que pueda pisotearlos. Pero ¿qué tal si soy carbón y no grafito? ¿Y si mi destino es arder y no brillar?  ¿Y soy como aquel pintor que sólo propuso, vendió y se fue?

 Nada es seguro en esta vida, o quizá sí pero no lo queremos admitir. Por cada paso suena una campanada, anuncia la llegada de quien entra sin invitación. Es probable que me encuentre desprevenido, eso me molesta. Pero la rabia se me pasa rápido porque no importa si soy carbón y no grafito. Me agrada lo que hago. No soy bueno y tampoco dejaré una huella imborrable, pero eso me interesa tanto como la mancha que dejo en el papel de baño después de limpiarme el culo pues que se jodan los criticones porque si mi destino es arder, lo haré con gusto.  


Texto por: Roberto Araque


4 comentarios:

  1. De lo mejor que he leído en esta pagina

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  2. Excelente. La autocrítica siempre es terapéutica.

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  3. No es lo mejor de esta página. Sí té fijas bien veras que hay errores graves en este relato. En realidad pienso que no existe lo bueno ni lo malo, todo es relativo y esa.concepción tan ambigua es cuestión de gustó. Pero el hecho que té agrade el relato - cosa que me honra- no té da el derecho de menospreciar el excelente trabajo de estos colegas que para mi son mejores. Gracias y saludos.

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  4. Carlos Cervantez Hernández28 de enero de 2013, 19:43

    Muy buen texto, breve y sustancioso. Felicidades y a seguir escribiendo, es un buen camino y ya está trazado.

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