martes, 22 de enero de 2013

¿Cómo llegué aquí?



Cómo llegué aquí, era la pregunta de rigor en mi vida, aludiendo, generalmente, a mi existencia humana.

 Sin embargo, todos los días a las nueve de la mañana el sentido de la pregunta giraba en torno a mi estancia en este maldito curro de mierda. Curro de mierda es un pleonasmo. Lo peor, que me había costado sangre estar aquí. Tenía un curro, me cagaba en él, y encima debía agradecerlo. Debía dar gracias al Señor por darme la oportunidad de congelarme el culo todas las mañanas, etc., etc., etc. Claro, también estaba el dinero… pero el dinero es cosa aparte; no puede ponerse precio a la libertad de un hombre.

2

De un tiempo para acá, la palabra proveedor aparecía un número sospechoso de veces en mi vida. De manera indirecta, pero siempre dirigida a mi persona despectivamente. Jamás imaginé que una palabra pudiese estar cargada de tanto odio, de tanto reproche, de tanta mala leche. La escuchaba salir de boca de mi padre, de boca de los hermanos de mi madre, y sobre todo, de boca de la madre de mi novia. La escuchaba todo el maldito tiempo, incluso en connotaciones diferentes, y no podía evitar dotarla del sentido malévolo del que deseaban todos embarrarme.

 En pocas palabras, según la opinión de toda esta gente un hombre no puede vivir con una mujer sin jugar (está obligado a jugar), el antiquísimo papel de proveedor. No importa si ella es capaz de proveerse a sí misma, aun así (siendo así, peor) el hombre debe buscar el modo de opacar sus ingresos y asentar de este modo su lugar como amo y señor de la casa, y el Universo. Un universo, diminuto, por cierto. Quien piensa así debe tener un complejo muy grande metido en el seso; un lápiz en el culo.

3

Había algunas mujeres, pero ninguna que valiese la pena. La nariz de la más joven hubiese ganado un concurso de zanahorias, y aunque hubo poetas a los que no importaba nada de esto, yo no iba a enrollarme con algo así. Al menos no sin emborracharme antes. Todas las demás pasaban los cuarenta tacos, y si hubiesen sido jóvenes, el concurso se hubiese puesto reñido.

 De todos modos me pegué a la más joven. Luego de mirarla mucho tiempo no estaba tan mal. Cuando mirabas al resto de las mujeres podías encontrar belleza en una tabla; comparada con una tabla J. era algo pasable.

 Los rumores de una relación entre J. y yo comenzaron a correr inmediatamente. El resto de los tíos estaban celosos. J. era capaz de causar celos a esta jauría de viejos. Esto me hacía sentir mejor, incluso con ganas de follarme a J. para que todos lo supieran. Sin embargo, una vez a solas, en el cuarto de hotel… no sé si podría. El tiro podía salirme por la culata. Si J. no lograba excitarme lo suficiente en el curro se sabría que no se me para. Luego, todos irían sobre J. sabiendo lo sencillo de ligarla. J. adquiriría un poder reservado a las mujeres bonitas. Definitivamente no sería yo quien desequilibrara el mundo de esta manera.

4

Todo este rollo es un tema delicado. No estoy pregonando en contra del hombre que lleva pan a la mesa (le admiro), sino en contra del prejuicio, del muro mental impuesto por una sociedad hipnotizada.

 El hombre trabaja y la mujer holgazanea. El modelo tradicional; en realidad no conocemos otro, es impensable. A lo más, la mujer cría a los hijos y se ocupa del hogar; gana el pan traído por el hombre. Este pan, en muchos casos, se gana con sexo. Nadie mira defectos en esto. Ni siquiera las madres de las hijas; son las primeras en mandar a las niñas. Ni siquiera ellas, siendo mujeres, se atreverían a derrocar el dominio masculino. Encuentran comodidad en la sumisión y desean heredar esta comodidad generación tras generación. Han hecho de esto un modus vivendi. No se casan con hombres, lo hacen con salarios, casa, rentas, herencias, cargos públicos, etc. Nadie las juzga, ni hombres ni mujeres se espantan de estas calamidades. Los hombres están dispuestos, para muchos no hay otro modo de agenciarse una mujer.

 Este intercambio de antivalores da como resultado la cultura tanto tienes, tanto vales  y la cultura de valorar a las mujeres por sus atributo físicos o sexuales, o desear de ellas sirvientas antes que esposas.

5

Enloquecieron cuando me presenté a la plática de bienvenida.

 Todos los jueves a las cuatro daban una plática para recibir a la gente de nuevo de ingreso, y yo estaba ahí. No estaba en la lista, pero di mi nombre y la secretaria me dejó entrar. No era una secretaria con mucho seso. Le importó poco no tener mi nombre impreso en la lista.

 Me enteré de la plática por la señorita de Recursos Humanos. Me entrevistó en un cubículo diminuto. Las preguntas de rigor. Había intentado coger un curro tantas veces en mi vida… La cosa fluyó. Hice un par de guiños, respondí correctamente a preguntas como: ¿por qué le interesa trabajar para nosotros?, ¿de qué ha vivido los dos últimos años de desempleo?, ¿qué nos asegura su permanencia en la empresa? Este tipo de preguntas no son fáciles de contestar. Son koans malditos. No hay modo de engañarlos, pueden mirar en tus ojos la verdad. La primera pregunta es capciosa; lo saben: no te interesa trabajar con ellos ni con nadie, ¿a quién es sus cinco sentidos le interesaría trabajar en lo que fuere? La segunda es chismorreo. ¡Y a usted qué le importa! La tercera pregunta se responde con otra pregunta: ¿qué me asegura a mí la permanencia en esta empresa?

 Al terminar me llevó a otra área; me hizo sentar en un pupitre y me estiró una hoja y una pluma. Me pidió que resolviera la cosa y se largó. Había mucha gente esperando por ser atendida.

 La hoja ponía: seleccione la palabra que más lo describa con una paloma, y la que menos lo describa con una cruz. Con paloma marqué las palabras tenaz, líder, alma de la fiesta, temeroso de Dios, comprometido… y puse cruz en solitario, depresivo, bebedor, escéptico, apático… Sencillo, todo era cosa de ser lo contrario a mí mismo.

 Una vez terminado me mandaron a entrevista con el Gerente de Tienda…

 La plática de bienvenida trataba de enlistar y ensalzar las virtudes de la empresa. Hacerte creer que habías llegado a la NASA y eras un condenado suertudo de estar aquí, entre toda esta gente, y de algún modo, ellos y tú, eran justo lo necesario para laborar en esta NASA. A esto lo llamaban ganar-ganar. No dejaban de repetirlo: ganar-ganar para nuestros clientes, ganar-ganar para nuestros empleados, ganar-ganar para la competencia.

 Me pasé la plática pensando en las posibilidades de ganar la Lotería, dejar toda esta mierda e irme a Hawái y dedicar mi vida al surf. Quizá si diseñaba un programa para computadora que calculara todas las posibilidades… Pero yo no sabía programar ni mi puta vida. Lo mejor sería pagar a un clarividente; ofrecer el diez por ciento del premio cobrado. Probablemente no sea tan difícil; si compro un billete al día es cosa de probabilidades, ¡debo ganar al menos una vez en mi vida!

 Cuando llegué a casa llamaron. Era la señorita de recursos humanos. ¡Señor Petrozza, qué hacía usted en la plática de bienvenida! Vale, dije, pues pensando un par de cosas, ¿por qué? Quiero decir que usted no debía estar en esa plática. El gerente consideró su perfil no apto para laborar en nuestra empresa. Lo siento mucho, tendré que pedirle que no vuelva a presentarse en nuestras instalaciones.

6

 En algún momento las mujeres desearon trabajar. Se aburrieron de las escobas y los biberones, o muy probablemente, de la esclavitud implícita en depender económicamente del hombre. Desearon ser independientes, libres. ¡Qué falacia! Salieron de las garras de los maridos para entrar a las garras, peores, de los empleadores. El resultado de esto: un montón de madres solteras luchando rencorosamente por salir adelante.

 Hombres y mujeres trabajando. Las empresas deben estar contentas de nuestra propia estupidez: ahora todos somos productivos. Irremediablemente, el giro de ciento ochenta grados se anuncia tímidamente: alguien debe holgazanear.

7

El Gerente de Tienda podrá ser un vendedor de puta madre, pero de reclutamiento no entendía un cacahuate. Me hizo sentar frente a él, ante un escritorio de imitación madera. Hubo un silencio. No sabía cómo empezar a entrevistarme. Le estiré mi currículo, a ver si eso le ayudaba a darse una idea. Leyó en voz baja. Luego, dijo: ¿hace cuánto fue tu último empleo? Hace más de dos años, Señor, respondí. ¿Y qué has hecho todo este tiempo? Bueno, pensé, aquí vamos de nuevo.

 No hay modo en el infierno; no lo entenderán jamás. Mantenerte sin empleo es más meritorio que trabajar. Es más duro que trabajar. Y también, es mejor que trabajar. Cualquier cosa es mejor que trabajar. No iba a explicárselo a este pelagatos en menos de cinco minutos.

 Ya, dije, pues soy escritor. ¿Cómo?, preguntó. Venga, dije, soy escritor. ¿Y qué haces? Escribo. ¿Y cómo vives? Vivo. Hubo un silencio. ¿Tienes experiencia en ventas? Jo, si la tengo. ¿Ha escuchado hablar de la teoría compradores-vendedores? No. Bueno, es como sigue: el hombre se divide en dos: compradores y vendedores. No hay más. Todos en esta vida somos compradores o vendedores. La mayoría son compradores. Un vendedor puede, por momentos, ser comprador, pero un comprador será comprador toda su vida. Compradores y vendedores. Y yo soy vendedor. Hubo otro silencio. Verá, dije, me interesa mucho vender casas para ustedes. El gerente se rascó la barbilla. No se tragaba el cuento. En realidad, me daba lo mismo vender casas para ellos o para otros; los traicionaría en cualquier momento. Con plata baila el mono, y no hay nada peor que un mono necesitado de dinero.

 Enlista tres de tus cualidades, soltó de repente. Esta vez hubo un silencio de mi parte. Tres cualidades era demasiado. Ya, dije… en ese caso pondría… como cualidad número uno… ¿Por qué es tan puñeteramente difícil?, pensé. Bueno, verá, suelo ser muy comprometido con mis proyectos… llegar temprano a todos lados, sí, soy puntual como el Expreso de medianoche… y… bueno, alguna gente piensa que me parezco a Roland Barthes.

 No hace falta decirlo: hubo un maldito silencio. Luego dije: también puedo enlistar mis defectos si lo desea. No es necesario, dijo, y me acompañó a la salida.

 En la salida me estiró la mano. No dijo algo respecto a mi contratación; di por sentado presentarme a la plática de bienvenida. Después de todo no me rechazó directamente.

8

Les hice saber mi versión. Según yo (y era verdad) el Gerente de Tienda no me rechazó. Ellos se empeñaban en hacerme creer lo contrario. No me hubiese presentado a la plática sin ser aceptado, dije.  La señorita neceaba. El Gerente de Tienda  había informado de mi rechazo y no me tenía contemplado para laborar. La cosa estaba así, pero yo neceé también. Insistí en hablar con el Gerente de Tienda, cara a cara. La señorita no tuvo problemas, pidió dos minutos para agendar la cita. Mientras tanto me dejó colgado del teléfono.

 Lo siento, dijo, el Gerente está ocupado y no puede atender la llamada. Ya, dije, no importa, ¿para cuándo la cita? Volvió a pedir tiempo y dejarme colgado. Al final salió con el cuento de las muchas ocupaciones del Gerente de Tienda. No me darían la cita ni me dejarían hablar con él. Siendo así, me aferré: en serio, dije, puedo asegurar en su cara lo sucedido: jamás me rechazó, el trabajo es mío. Lo siento, señor Petrozza, pero él es el único apto para dar luz verde o roja a su contratación. No iban a contratarme si ese capullo de mierda no decía lo que verdaderamente pasó.

 Amenacé con presentarme en tienda, yo mismo, sin orden de nadie y exigir al maldito Gerente que me contratara. Tenía puntos a mi favor, por ejemplo: si el Gerente realmente rechazó mi entrada, ¿por qué la señorita no me llamó antes de ir a la plática anunciándomelo? Esto ponía en duda el buen desempeño de la señorita. Ella no deseaba hacer la cosa más grande. Amenacé con ir a tienda y de no resolver nada, presentarme con el jefe de la señorita, el Gerente de Recursos Humanos y explicarle cómo fui víctima de engaños y malos entendidos. Amenacé, amenacé, amenacé. Al final lo logré: la señorita dijo que por a mor a Dios guardara la calma; ya vería ella el modo de arreglar mi situación, darme trabajo en otra tienda u otra área.

 Después de dos días eso fue lo que pasó: me dieron trabajo en la Tienda de Madero, en el centro de la ciudad. Sí, señor, ¡había ganado! Me había salido con la mía y tenía un trabajo.

 Ahora, todas las mañanas, al llegar al curro hecho un cubo de hielo, cansado, desvelado y con ganas de morir, me preguntaba: ¿cómo llegué aquí?


11 comentarios:

  1. Como diablos llegamos a donde estamos...... Muy bueno

    ResponderEliminar
  2. Excelente!!! Catártico a más no poder. Saludos!

    ResponderEliminar
  3. Daniel Hipólito Fernández22 de enero de 2013, 18:08

    Excelente! Gracias por compartirlo

    ResponderEliminar
  4. Luis Abraham Hume23 de enero de 2013, 7:47

    Con plata baila el mono... empresas necesitadas en colgar la soga en alguien que le acomode como si fuera parte de el, una extremidad mas en su cuerpo, empresas aterrorizadas frente a un tal que dice -yo no quiero estar aquí, sin embargo lo estoy. Dicen ese es el que hace lo diferente lo que siempre he querido hacer, y entonces por primera vez en su agotadora vida tienen miedo.

    ResponderEliminar
  5. jajaja muy buena, la misma pregunta me hago cuando me voy a trabajar jaja... y me quedo sobre todo con "no puede ponerse precio a la libertad de un hombre"

    ResponderEliminar
  6. Joel CuevasTellez23 de enero de 2013, 7:49

    Extrardinario Petrozza leer sobre parte del infierno cotidiano de muchos, escrito sin concesiones y con un sesgo humano e intimidante peculiar en tu estilo.

    ResponderEliminar
  7. Jajajajajajaja... Ahora jodidamente pienso, quién, de todos los trajeados vendedores que recorren Madero, habrán hecho algo similar...

    Como siempre, un placer leer a MP... Jajajajaja

    ResponderEliminar
  8. ESO SÍ NO TIENE VUELTA DE HOJA, LLEGASTE AHÍ... NACIENDO, IGUAL QUE LO HEMOS HECHO CUALQUIERA DE NOSOTROS...

    ResponderEliminar
  9. Quien no se hizo esa pregunta alguna vez?la segunda que te haras es :porque tengo que irme ?

    ResponderEliminar

Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com