viernes, 25 de enero de 2013

¿Acaso la moral es tan sólo una ilusión? (se preguntaba Federico).


Texto por: Adrián Silva.


Federico estaba decepcionado (con cierto aire de hastío, pues era sumamente notorio en su semblante). Se preguntaba si acaso la moral era tan sólo una ilusión, una suerte de absurda e hipócrita heteronomía. En lo particular, coincidía con él, me parece que, aún en esta realidad de apariencias, de alguna manera funciona, digo, no todo el mundo se está golpeando, segregando y violentando ¿o sí? Existe, en cierto modo, una disimulada atmósfera de orden. Sin embargo, también existen aquellos que poco a poco menguan toda codificación, explícita o implícita, de valores. Valores que de alguna manera (y sin afán de mojigatería) mantienen sanas las relaciones de amistad (por lo menos). Precisamente, por esa falta de respeto al otro, esta noche me encuentro realmente afligido; no entiendo porque hay personas a las que simplemente ciertos códigos morales les parecen exiguos. Federico me contó una anécdota que personalmente me dejó desconcertado. Desde que me la contó no he podido dejar de pensar en ella y en lo débil que es la moral hoy en día. Ciertamente, pareciera que todo parte de la libido. Hay personas que han perdido todo sesgo de cordura y, evidentemente, no se pueden contener, ya que sus sedientas gónadas orquestan la dinámica de su vida. Este era el caso de Lépido Mores, un sujeto con aspecto enfermizo (parecía como si se odiase). Exageradamente obeso, que hasta parecía que iba a morir de un infarto en cualquier momento, puesto que jadeaba como animal en celo (y en reposo), pues, a pesar de su sobrepeso, fumaba en exceso; además de que su manera de beber era descomunal, engullía el whisky de una manera cuantiosa: una botella completa la bebía en escasos treinta minutos, era un exceso en sí mismo y su cuerpo lo denotaba. Se trataba de uno de esos típicos burócratas sin bachillerato que presumen ser licenciados, con su trajes de oferta (de supuesta marca italiana), cubiertos de artilugios y artificios adquiridos a crédito (pura pretensión virtual), o sea, se trataba de un muy particular “wanna be” y más ridículo aún, un aspirante visual a Michael Corleone.

 Federico solía tener ese leitmotiv, siempre hablaba de burócratas y pretenciosos, entre otras curiosidades citadinas, claro. Siempre reíamos a carcajadas por ello. Él me habló de ese sujeto tan encarnizadamente nefasto y, además, morboso; de hecho algún tiempo fueron amigos, aunque no puedo entender el por qué. En serio que es increíble que Federico haya aceptado a alguien así como su amigo, siempre fue muy flexible y amistoso, pero esta vez había ido al extremo. En fin, el idiota de Mores (así me expreso de él porque nunca me agradó el infame) es de esos esperpentos que fluyen despreocupadamente en esta ciudad, exhibiendo su risible y ridículo disfraz de supuesto pequeño burgués. No entiendo como las personas no asumen su condición social. Insisten en encajar en donde no pertenecen y se convierten en una especie de rémoras del glamour, por supuesto, los burgueses los miran como a unos nacos de mal gusto. Pues este Sr. Mores era todo un personaje, además de ser una farsa como persona, su nefastez se alimentaba de una mustiedad ejemplar. Fingía magistralmente gentileza y buena educación, era diestro para agradar en todo contexto. Quizá por ello se ganó la confianza de Federico, lo curioso, me parece, es el por qué le gustaba tanto su compañía. Alguna vez pensé que tal vez Mores estaba enamorado de Federico o de su pareja, no lo sé, a veces las cosas más descabelladas, que aparentemente son inconcebibles, se cristalizan ineludiblemente.

II

-¿Lo besaste? ¿Te tocó?
-¡No! ¡Cómo crees! ¿Cómo te atreves a preguntarme eso? ¡No mames!
-¿Pues que puedo esperarme de ese maldito embustero? Siempre fue un astado impostor, no entiendo cómo pude brindarle un sesgo de mi confianza.
-Dime entonces ¿porqué chingados aceptaste salir con él?
-Porque quería confesarme una situación…un tanto incómoda.
-¿Qué maldita situación?
Dalia no pudo contestar, se quedó absorta.

III

Como todos los sábados, Federico se encontraba tranquilamente con Dalia en casa, como a eso de las nueve de la noche recibió una llamada de Mores. Dalia hizo una indisimulable mueca (pues le cagaba en demasía que Federico se largara a tomar con Mores cuando estaban intentando compartir un buen momento juntos) Éste lo invitó al UTA, un antro que se encuentra en el centro de la ciudad. A ambos les encantaba la música que ahí sonaba. Se volvían locos con Billy Idol. Ya en aquél lugar buscaron un sofá y pidieron un par de cervezas y, como de costumbre, cuando Mores comenzaba a embriagarse relataba sus más atroces argucias (era de esos mustios, que aunque tenían facha de perturbados, forzaban una apariencia de decencia, que por supuesto disminuía con cada trago). Le excitaba contar la historia de Magda. Era su compañera de trabajo, pero siempre la deseó. Por ello la invitó a cenar cierto fin de semana. Cual vil wanna be la quiso impresionar llevándola al Italianis. Muy hipócritamente, con cara de conocedor (y hasta supuesto refinado) le hizo el clásico ademán ridículo de la silla, se la extendió y la ingenua de Magda se sentó cayendo presa (paulatinamente) de la irrisoria farsa de Mores. Cenaron animosamente, bebieron vino y los ánimos se desbordaron entre una conversación ordinaria y falaz. Más tarde, ya ebrios, alevosamente, Mores la invitó a un hotel, de esos baratos que se encuentran sobre calzada de Tlalpan. Lo que hizo en ese lugar fue desconsiderado e irreverente. Ebria, se recostó en la cama para tomar una siesta. El impostor de Mores se acostó a su lado, fingiendo que la cuidaría sin propasarse. Sin embargo, cuando Magda cayó en un sueño profundo, fue despojada de sus textiles y penetrada analmente por el irreverente Mores. -Le “rompí el orto”- solía decir con singular brutalidad. Sin duda, Mores estaba enfermo, porque cada que lo narraba comenzaba a sudar de ansiedad como si quisiera volver a repetirlo, jadeaba y reía a carcajadas. Federico le seguía el juego, porque pensaba que sólo eran meras fantasías y proyecciones de ese patético sujeto. Vaya ingenuidad la de mi amigo…


IV

Cuando Federico se enteró no lo creyó en un principio, sin embargo, más tarde descubrió que era verdad. Pobre Federico, nunca se imaginó que Mores deseara perpetrar sus artimañas con Dalia, así es, Mores la deseaba, la deseaba con locura.
 Cierta noche Dalia buscó a Mores. Él encantado aceptó que se reunieran. El motivo de Dalia aún es incierto, sin embargo, después de esa noche la relación entre los tres cambió para siempre…

V

-¿Qué hicieron cabrón? ¡Ya dime! ¡No te hagas pendejo!
-¡Te juro que no hicimos nada! sólo fuimos a comer unos tacos en La Joya.
-¡Qué poca madre! ¿Qué se traen cabrones?
-Nada, cabrón. ¿Acaso crees que yo te traicionaría? Eres la única persona que aprecio y que me comprende, no chingues.
-¿Entonces por qué chingados lo hicieron sigilosamente? ¡Ahora sí te pasaste de pendejo! ¡Con ella no! Habiendo tantas viejas…pero, no, ahuevo con ella. ¿La tocaste maldito enfermo?
-¡No! ¡Te juro que no! Sólo conversamos.
-¿De qué pendejos?

VI

El plan de Mores siempre fue joder la relación de Federico. Dalia fue presa de sus mentiras y siempre lo defendió, afirmaba que era un gran sujeto, que sólo estaba frustrado y precisaba de cierta comprensión. Pero en realidad Mores envidiaba la vida de Federico, se irritaba cada que le iba bien, no soportaba que fuera delgado y tuviera una profesión. Todos los días moraba en su pensamiento como una lastimosa daga, la envidia corroía su ser, era insoportable, por ello decidió sabotear su relación.

 Federico estaba realmente decepcionado. Y entendió que la moral, en efecto, es tan sólo una ilusión, pero una ilusión necesaria. Sin embargo, hoy en día es prácticamente una prostituta. Yo siempre le dije que tuviera cuidado con sus supuestas amistades, pero él sostiene que en el fondo la gente es buena y que sabe respetar códigos, códigos que, en su mayoría, están implícitos. Honestamente yo no creo en esa basura. Hoy en día ya nadie respeta algo tan simple como la amistad (y mucho menos otras cuestiones). La amistad vale madre cuando existe una fémina de por medio. Por primera vez Federico me dio la razón, la última vez que lo vi me dijo que definitivamente la magia ridícula se conquista con la retórica que afloja los músculos, concuerdo en con él, pero le agregaría que además de la retórica se necesita ser un maldito mustio, es decir, ser diestro en las aguas de las apariencias. Al fin a las mujeres, en general, les encanta lo falso, lo pretensioso, lo quimérico; y a los hombres, lo eminentemente libidinoso.




Texto por: Adrián Silva.

2 comentarios:

  1. cualquier parecido con la realidad no es casualidad ja..

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  2. Una de las formas más sucias de tener sexo anal con una mujer, y con sucia lo digo de forma metafórica.

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