lunes, 31 de diciembre de 2012

Lucía, la cristiana.


A Víctor M.

La cosa era igual cada sábado. Me levantaba a las siete de la mañana, servía dos o tres tazas de café y me las sambutía con prisa. Mientras bebía el café también leía los diarios de la única forma en que eso puede hacerse, rápido, mirando titulares y leyendo dos o tres líneas de las notas más importantes. En menos de diez minutos ya me había leído todo el periódico y tenía tres tazas de café encima. Después corría al baño a tomar una ducha mientras escuchaba a Rossini o a Mozart. Acto seguido me vestía, siempre de la misma forma. Me ponía un traje negro, una camisa blanca y una de mis tres únicas corbatas. Peinaba para atrás mis cabellos y salía disparado a mi reunión cristiana sabatina. La reunión era siempre en Casa sobre la roca, en la Villa Olímpica que está sobre Insurgentes.

            Así fue durante todos los sábados de un año. El día siempre empezaba de la misma forma. A las ocho de la mañana, después de caminar por veinte minutos, estaba ahí. Entraba por una puerta exclusiva que tiene Casa sobre la roca en Insurgentes esquina con Periférico. Esto me parecía una fortuna porque no tenía la necesidad de rodear toda la Villa y llegaba puntual. A las ocho entraba victorioso por la puerta exclusiva y veía a lo lejos a Lucía.
            Lucía  estaba ahí desde las 7:30 a.m. Era la encargada de una división de jóvenes y devotos fieles a la palabra de Cristo. La acompañaba su hermana, Pamela, que tenía quince años y pocas ganas de estar ahí, desvelada, en un sábado por la mañana. Lucía tenía la tez pálida, los cabellos amarillos y el cuerpo robusto pero sólo lo suficiente para lucir con buena pinta. Su hermana, por el contrario, tenía la piel blanca, los cabellos amarillos y un cuerpo espectacular. De haber podido escoger, sin duda, me hubiera enamorado de Pamela, pero vi primero a Lucía y de ahí surgió todo este rollo.

            Las veía a lo lejos y las saludaba con entusiasmo. Caminaba despacio hacia ellas. Siempre intentaba no mostrar mi gran exaltación por ver a Lucía. Para ella yo sólo era un devoto más de la palabra de Cristo, un hombre que se levantaba todas las mañanas de sábado para ir a la reunión. Sin embargo, la cosa era muy distinta. Si yo me levantaba cada sábado tan temprano era sólo porque quería verla a ella. Vamos, en realidad sólo quería ganarme el derecho a tirármela. Mientras me acercaba, pacientemente como he dicho, imaginaba siempre las mismas cosas: Lucía tendida sobre la cama, desnuda, con sus largos cabellos amarillos cubriendo el colchón y sus brazos tendidos hacia mí. Lucía en la regadera, desnuda, mientras yo tallaba su hermoso cuerpo. A veces también imaginaba a Pamela desnuda, aunque siempre estaba Lucía en la misma escena. Esos eran los sábados que más me gustaban. La imagen sabatina de las dos hermanas desnudas para mí reconfortaba mi día y también toda la semana. Sin embargo, cuando llegaba hasta ellas, esos pensamientos se iban y llegaban a mí unos más puros. Ya no imaginaba a Lucía desnuda en la cama, sino a Lucía conmigo en el cine o en el teatro o en un restaurante elegante. Nos imaginaba cogidos de la mano en un parque mientras comíamos helado y hablábamos de nuestras vidas. Después del saludo, todos los sábados, Lucía se volteaba, caminaba hacia el recinto donde se lleva a cabo la reunión y me dejaba atrás. Entonces yo le miraba el trasero y no pensaba en otra cosa más que en tenerla pegada a mí, desnuda, gritando ¡Cristo!, pero por el placer que sentía al dejarse penetrar. Pamela se quedaba conmigo pero no hablábamos mucho. Caminábamos juntos, más despacio que Lucía, hasta la reunión. En esas mañanas nunca pude mirarle el trasero a Pamela.

            Si bien, mi principal objetivo era tirarme a Lucía un sábado, jamás logré mi cometido. Todos los sábados era lo mismo. Entrábamos a Casa sobre la roca. Lucía por delante y yo un poco más atrás junto con Pamela. Tomábamos asiento (generalmente hasta adelante para no perder detalle de la reunión), y esperábamos a que dieran las ocho y media para que empezara todo el embrollo. A las ocho treinta, bien puntual, el auditorio estaba lleno de jóvenes entusiastas dispuestos a escuchar la palabra de Cristo. Un hombre que dirigía la ceremonia nos regalaba unas cuantas palabras (con esto de unas cuantas quiero decir que en realidad el discurso se extendía por más de media hora). Después, un integrante de la comunidad daba un discurso. Podía ser cualquiera, siempre y cuando ya fuera un miembro más de la familia. Leía algún pasaje de la Biblia y lo analizaba. En esto nos llevábamos una hora. Al final venía la parte más esperada de todas: el concierto. El grupo musical de Casa sobre la roca cantaba canciones de rock mientras alababa a Cristo y hablaba bien de los jóvenes como nosotros que estábamos ahí tan comprometidos con Cristo y con nuestra vida. Lucía a veces era la voz oficial del grupo. Me gustaba como cantaba.

            Conocí a Lucía porque fue mi alumna en una escuela del sur de la ciudad. En esa época yo daba una clase de Historia del arte en ese colegio. La escuela estaba, por situarla en algún lado, cerca de Barranca del Muerto, junto al café Murmullos, donde pasé tantas tardes a lado de Martin Petrozza oyendo a gente hablar sobre El señor de los anillos. Cuando la vi inmediatamente me gustó. Debo decir que yo era su profesor pero le llevaba escasos dos años de diferencia. Lucía, por cuestiones de la vida, había atrasado sus estudios. La vi y quise hablarle, saber más de ella, conocer todas esas cosas que siempre quieren conocer los enamorados. Por fortuna, descubrí que era muy noble y que tenía un gran corazón. Siempre la veía ahí, escuchando las conversaciones de todos y dando opiniones sinceras. Fue gracias a eso como se me ocurrió inventarle una historia. Me inventé a un primo al cual le puse Víctor y a ese primo le coloqué una serie de defectos. Lo hice drogadicto, mujeriego, andariego, alcohólico, fumador y hasta asaltante. Yo me acercaba a ella siempre preocupado por el estado mental, físico y económico de mi primo. Le pedía consejos, le hablaba de lo mucho que me hacía sentir mal su situación y lloraba furtivamente en su hombro. Ella me veía con tristeza pero a la vez con gran admiración. No podía concebir que un hombre pudiera sentir tanta preocupación por un familiar suyo. Todo eso le encantaba a Lucía y, gracias a mi generosidad, nos hicimos amigos.  Los meses pasaron de la misma forma, como todo con ella. Ella iba a la escuela, se sentaba en el primer pupitre y yo hablaba dos o tres cosas de Monet, de Manet, de Gauguin y de cualquier pintor posterior. Ella escuchaba atenta, con sus ojos verdes bien abiertos y sus cabellos amarillos bien amarrados. Al finalizar la clase nos quedábamos en el salón platicando del pobre de Víctor y de sus múltiples problemas.

            Un día, al verme tan afligido (me parece que ese día me habían salido más lágrimas de lo habitual), a Lucía se le ocurrió una gran idea: invitarme a una de sus reuniones cristianas en Casa sobre la roca. Dijo que estando ahí iba a saber qué hacer, pues Cristo siempre tiene la respuesta para todo. A decir verdad la idea me pareció un tanto descabellada porque asistir a una reunión en sábado, a las ocho de la mañana, era el último de mis planes en la vida. Sin embargo, pensé que esa era una buena manera de acercarme a ella para hacerme su novio y entonces sí, poder culminar lo que tantas veces había querido. Así que asistí a Casa sobre la roca un sábado y luego otro y luego otro más. Pasaron algunos meses donde la vida giraba en torno a lo mismo.

            Como mi meta era ligarme a Lucía, me propuse ser no solamente cristiano, sino el mejor cristiano de todos. Esto gracias a que un día, mientras hablábamos de cuestiones personales, me dijo que sólo podría ser novia y esposa de un hombre que perteneciera a su orden religiosa. ¡Casarse!, Dios mío (con el perdón de Cristo), si era lo que yo más quería en la vida en ese entonces. Así que, como quería ser el mejor cristiano de todos, me puse a estudiar la Biblia, asistía a las reuniones de la Orden, tanto a las del sábado como a las extraordinarias; e incluso, una vez, fui el encargado de dar el discurso principal de la reunión. Me involucré tanto que la gente me quería y reconocía. Llegué a ser parte de su comunidad.

            Para efectos de esta historia, lo que pasó en Casa sobre la roca más allá de eso sale sobrando. Lo importante es que, gracias a mis acciones de cristiano puro y a mi primo el desorientado, pude intimar más con ella. Ya no sólo la veía en Casa sobre la roca y en la escuela, sino en otros lados. Por ejemplo, algunas veces íbamos a comer al Vips de Plaza Universidad y algunas otras íbamos a comer al Vips de Plaza Universidad. Acto seguido, dábamos una vuelta por la plaza y después se iba en su Mercedes plateado a su casa del Pedregal. Yo me quedaba ahí, trazando un plan para ir a otro maldito lugar que no fuera ése. Por cierto, en la comida hablábamos de Cristo, de la Biblia, de Víctor y de nuestras vidas.

            Por increíble que pareciese, con el paso del tiempo, los lamentos en la escuela, las reuniones en Casa sobre la roca, las comidas en el Vips y las pláticas en la plaza y en el estacionamiento, Lucía empezó a acercase más a mí. A veces me tomaba de las manos para que rezáramos juntos y así nos manteníamos durante cinco o diez minutos. Ella rezando en voz alta y yo soñando con que sus manos eran sus senos. También, a veces, tocaba mi pierna con su pie. Cuando tenía más suerte se acercaba tanto a mí que parecía que me iba a dar un beso. A veces, también, me hablaba de amor. Decía que quería encontrar una pareja con la cual estar toda su vida para formar una familia. Hoy en día, analizando la situación desde fuera, creo que todos esos comentarios los hacía pensando en mí. Pero en esa época yo estaba tan enamorado de sus ojos verdes y su cabello amarillo que, de habérmelo dicho, nos hubiéramos casado en cualquiera de esos días.

            Una tarde, por fortuna, nuestra relación llegó más lejos. Un sábado por la mañana, al llegar a Casa sobre la roca, me dijo que, si no tenía nada que hacer por la tarde, fuera a comer a su casa. Ese día habría una comida especial porque era noséquécosa de Cristo (hoy en día ya no recuerdo casi nada del tema). Por supuesto acepté. La reunión pasó eterna, la mañana pasó eterna pero a las tres de la tarde ya estaba ahí, tocando el timbre de su casa de la calle Serranía.

            Lucía misma fue quien me abrió la puerta. Llevaba puestos unos vaqueros negros y una blusa de lona. Su cabello amarillo bailaba suelto por los aires. Me saludó efusivamente con dos besos en las mejillas y me invitó a pasar a la casa. Pasé con cierta timidez. La casa es enorme, cuenta con cuatro pisos, una cochera para doce carros (por lo que pude contar), jardines y es de color amarillo con marcos cafés en las ventanas. En el primer piso se encuentra la cocina, el comedor y un cuarto que yo imaginé bar pero que sólo está lleno de mesas y cuadros de pintores impresionistas. Los demás cuartos estaban cerrados ese día. Subimos unas caleras y llegamos al segundo piso, donde ya se llevaba a cabo la reunión con los pocos invitados que estaban. Este piso, a mi parecer, fungía como sala. En realidad, la sala de esta casa está divida en tres partes. Tenía tres sillones de piel en un costado, tres sillones de mimbre en otro y otros cuatro sillones junto a una alberca que adorna el centro del lugar. Saludé a todos, quizá unas cuatro personas y me senté a contemplar la reunión.
 
            Lucía no estuvo conmigo sino hasta el final. Andaba de un lado al otro paseando su blusa de lona y sus cabellos amarillos como la portada de la nueva gramática de la RAE. De vez en cuando se acercaba y me preguntaba cosas como: ¿cómo ha estado Víctor?, ¿ya lo llevaste con el psicólogo? ¡Qué bien se ve tu camisa negra! No sabía que te gustaba Luis Miguel. Este último comentario lo hizo porque en una de esas veces que se acercaba a mí, me encontró cantando uno de sus éxitos que sonaba en el estéreo para matar el tedio. La cosa hubiera ido bastante mal sino hubiera aparecido de pronto Pamela vestida con unos vaqueros a la cadera y una blusa a la moda de color vino. Sus cabellos amarillos estaban bien peinados y tenían una diadema. Se acercó y se sentó junto a mí no porque le cayera bien sino porque estaba igual de aburrida que yo. Me contaba de su novio y de cómo no podía invitarlo a la reunión porque no era cristiano como su familia. Al parecer el novio vivía también en el Pedregal, aunque en otra calle, y lo conoció porque su escuela (exclusivamente de varones) estaba a lado de la escuela de Pamela (exclusivamente de mujeres). Los hombres de esa escuela siempre van (supongo que ahora lo siguen haciendo), a la hora de salida, a cazar una que otra mujer a la escuela vecina. En esa época el novio había cazado a Pamela. Lo que más llamó la atención fue que dijo, no sin cierta picardía, que afortunadamente Lucía tenía a su novio en la fiesta porque él sí era cristiano. Naturalmente se refería a mí.
     
            Yo le dije que Lucía no quería nada conmigo y que a las pruebas me remitía. Llevábamos unas horas ahí sentados y sólo se acercaba para ver cómo estaba. Lucía es así, pero te quiere, aunque no seas cristiano, dijo Pamela como para sacarme de la farsa. Me contó que Lucía no se había dado cuenta de que sólo iba a Casa sobre la roca para verla pero que ella, por estar irónicamente más tiempo conmigo, sí que lo había hecho. Esa noche le confesé a Pamela la verdad. Naturalmente no le importó y hasta le pareció gracioso. Al final de la reunión llegó Lucía a platicar y Pamela nos dejó solos.

            Lucía platicó conmigo alrededor de unas tres horas más. No hablamos de Víctor, no hablamos de Casa sobre la roca y no hablamos de Cristo. Esa noche sólo platicamos de nosotros. Le confesé, por primera vez, que estaba interesado en ella, que me gustaba mucho y que me gustaría en algún momento ser su novio. Ella juró nunca darse cuenta de mi amor. Dijo, también, que en un futuro, si seguíamos así, tal vez podríamos pensar en tener algo más. Después seguí hablando de otras cosas. Le conté que me gustaba, por primera vez, la literatura.

            En esa época ya no era mi alumna. Tenía unos meses que había acabado el curso. Ese día Lucía me acompañó a la puerta de su casa, cuando fue hora de partir. Le dije que nos veríamos el siguiente sábado, a las ocho de la mañana, en la entrada de Casa sobre la roca. Me dio un beso en la mejilla pero cerca de la boca. Me sonrió con unos labios tiernos y se fue meciendo sus cabellos. Yo pensé, por primera vez, que sí tenía alguna oportunidad con ella después de todo. Salí feliz de aquel lugar.

            Sin embargo, nunca regresé a Casa sobre la roca y hasta el día de hoy, no he vuelto a saber algo de ella.


sábado, 29 de diciembre de 2012

Me arruinaron el tango (confusión en tres actos).



Texto por: Adrián Silva.


Otro día más. Pero este es particularmente distinto, acabo de despertar con la sensación de un hermoso sueño, aún percibo su enervante atmósfera. Lástima que cuando viré la cabeza me encontré con ese tedioso bulto cotidiano y obstinado. ¡Demonios! Maldito momento ríspido e insolente, me estaba saboreando los idílicos pies de esa pelandusca, cuando de repente me vengo a encontrar de nuevo a esta pusilánime a mi lado, acurrucada, como si de verdad nos amáramos. ¡Qué ridículo! Pero así es esto de los compromisos, al principio todo marcha como un endemoniado paraíso artificial, sí, en efecto, trae uno su cara de pendejo y cómo no, si está uno bien pinche drogado. Federico ya me lo había advertido, pero yo, iluso, quise “probar” un poco de la absurda idealización de la convivencia afectiva con el sexo opuesto. Pensé que se trataba simplemente de fluir y que las cosas sucedieran bajo una libre, incluyente y tolerante coexistencia pacífica; pues naturalmente, se trata de una complejidad que va más allá de los discursos platónicos y psicoanalíticos que todo el mundo ofrece (pues claro, no se los está cargando la chingada). Ay, ese pinche Federico, qué haría yo sin él. El cabrón anda bien clavado en esas mamadas de Budismo y no se qué, pero cómo le sirven. Me acuerdo de ese día en la Vora, andábamos flameadones (gracias a un exquisito vino, por supuesto) y comenzó a filosofar de una manera magistral. Toda la noche insistió en el sentido que le damos a las cosas y que de hecho ahí está la clave de todo. Afirmaba que todo lo que realmente nos interesa se debe a cuestiones semánticas, es decir, que cuando nos interesaba demasiado una persona era porque la significación que interiorizábamos de ella la dotaba de un ropaje muy peculiar, digamos que el hecho de que esa persona haya cobrado sentido en nuestras vidas es porque comenzábamos a idealizarla (por mínimo que sea, sucede). En esa idealización, las proyecciones se convertían en atisbos de esperanza, una esperanza patológica y hasta mesiánica. Así es, comenzamos a esperar cosas, y ahí se jodió todo el asunto, porque es en ese momento en el que comenzamos a anclarnos psicológicamente a nuestra pareja y eso se traduce en apego. ¡Madres! Me quedé atónito con esas palabras, porque entonces quería decir que este pinche bulto que estoy viendo en este momento y del cual estoy soportando sus pinches ronquidos ya es una extensión psíquica de mí. ¡Diantres! O sea que si me quiero separar de ella no será nada sencillo, a menos que desintegre de un sopetón los doce años que llevamos soportándonos.

II

Bueno, bueno, estaba en lo de mi sueño…ahhh, qué hermoso sueño. Claro, hermoso en términos muy sui generis. Pero ¿para qué queremos ordinarieces?

 Ahora lo recuerdo, yo era narrador y protagonista, ¡Vaya! Todo comenzaba en aquellos amaneceres turbios, pero (en cierto modo) gratificantes. Entonces me preguntaba ¿Qué carajos…?

 Apenas despierto y nuevamente me duele horrible la cabeza. Otra vez con resaca. Claro, más que recuerdos tengo lagunas, impresionantes y misteriosas lagunas de lo que pude haber dicho y, aún peor, haber hecho el día de ayer. Lo más peculiar de todo esto es que aún padezco el eco de cierta melodía y las miradas de ciertas meretrices. Atisbos, sí, ambiguos atisbos…mmmmm, la tonada, me parece, era “tenían razón mis amantes, en eso, de que antes, el malo era yo…”jajajaja, ¿y por eso emerge de mi rostro una siniestra sonrisa? Y además me duelen los huevos, como si los hubiesen succionado con una furia desbordante. Junto con este aroma a perfume barato, me pregunto qué chingados pasó ayer.

 Y nos dieron las diez y las once, las doce, la una, las dos y las tres, tara ra ra ra ra ra ra ra…qué buena rola, y para que hayamos estado escuchando esa canción quiere decir que vino ese pinche Luis, al cabrón le encanta Sabina y siempre que viene a la casa revienta nuestros tímpanos a capela. Es muy probable que haya traído consigo ese pinche libro que adora tanto y que siempre comienza a declamar en medio del bullicio: Los paraísos artificiales de Charles Baudelaire. ¡Ah! Recurrencias, esa cita tan pronunciada en mi sala “El vino es semejante al hombre: Jamás se sabrá hasta qué punto es posible estimarlo y despreciarlo, amarlo y odiarlo, ni de cuántos actos sublimes o fechorías monstruosas es capaz. No seamos entonces más crueles con él que con nosotros mismos y tratémoslo como nuestro igual”, jajajaja, ¡ahuevo! Ese carnal del Luis es mi tope. Simplemente es todo un Ditirambo. Siempre discutimos acerca de esa ambivalencia que posee tanto el hombre como el vino, aunque me parece sorprendente cómo, con esta cruda de titanes y con este apuntalante dolor de huevos, recuerdo tantas pendejadas. ¿Será mi siniestra sonrisa? Porque sucede que cuando nos ponemos una hermosa peda, y de ella se ramifican otras exóticas vivencias, pues amanecemos de excelente humor, aún cuando nuestro rostro denote unos llamativos ojos azafranados y unas ojeras de bolsa de mandado.

 Jajaja, yo y mis disertaciones y aún no he esclarecido el origen de este fétido perfume y mi dolor de testículos. Tengo una especie de flashazos acerca de lo que pudo haber acontecido. Segura y naturalmente vinieron a mi casa esa magra sensual de mirada prostituible y, desde luego, la pusilánime, siempre de presencia casi ficticia. Lo afirmo así, puesto que recuerdo su particular comportamiento mancebo y desmandado. Mordisqueos sutiles en los lóbulos de la oreja, para pasar a un estrujante y violento estregón genésico; un pésimo sexo oral (acompañado, incómodamente, de edentecidas chupadas) y una irritante cara de puta ligada a ciertos gemidos chillones de adolescente menospreciada.

 En fin, a veces, en mis más ríspidas resacas, oigo decir al vino, que después de cada danza suprema en mi cabeza, algo se transforma. Y, así sucede, cambia la apreciación de las apariencias…la puta es más puta; y Baudelaire ensordece a los más mojigatos.
A veces me parece que oigo decir al vino…

 Demonios, me quedé dormido de nuevo. ¡Pero qué sueño! ¡Madres! ¿Pero cuál de los dos?


III

¡No! Vale madres, ya se despertó. ¿O fui yo? En fin, comienza otra faena de hastío encofrado. Lo que no me terminó de comentar ese día el pinche Federico fue cómo desvanecer ese hilado psíquico que nos ancla a una persona. Sé que se trata de buscar la pérdida del sentido, puesto que entre menos sentido tenga algo para nosotros comienza atenuarse la importancia de lo que lo dotábamos. Bueno, pues es hora de tomar un baño, desayunar, beber un rico café y escuchar un placentero tango para animar la mañana. Se me antoja Remembranzas de Juan D´Arienzo, ¡una maravilla!

 -Mi amor, bájale a esa música…

 Maldita sea, sólo espero que este realmente (u oníricamente) sea un sueño.



Texto por: Adrián Silva.


lunes, 24 de diciembre de 2012

Virus de promiscuidad o algo...



Yo no sé qué pasa ahora, es como un virus de promiscuidad o algo, dije, pero cuando yo tenía quince años las niñas de quince años no hacían el amor. Cuando yo tenía quince años, ¿dónde estaban todas esas cachorras calientes? Incluso ahora, seguí, ¿dónde están? Todo el mundo habla de ello, dicen: ¡esta juventud desenfrenada! Sin embargo, a mi ninguna quinceañera ha venido a menearme las pelotas. Encendí un cigarrillo y continué: probablemente estoy en el lugar equivocado. En estos bares de mala muerte, exclamé al tiempo que extendí los brazos y paneé el lugar, la más joven tiene treinta o cuarenta tacos.

      Salmoneo me miraba como si estuviese hablando en hebreo. Quizá, para él lo estaba haciendo. Este tío tenía un problema psicológico y es que a sus veintiséis años no era un pervertido. Algo así hay que tratarlo con un profesional; no puedes tener esa edad y sentarte a ver cómo pasa la primavera de tu vida ante tus ojos. ¡Allá afuera hay niñas de quince que mueren por probarlo! ¡Hay que salir y buscarlas! Follarlas a todas; coger las manzanas que tira el manzano.

      Para Salmoneo yo estaba loco. Se pensaba inútil y efímero salir a la caza de las presas cuando uno puede pasar el día leyendo a Rimbaud o a Rilke, y, dijo, si una tiene que llegar… llegará. Consideraba al sexo como un acto vacío y ese era su problema. El muy cabrón se las daba de Buda. Buscar el amor, buscar la compañía… eso sí llegará cuando tenga que llegar; las menores son como perlas en el mar y hay que cazarlas. Principalmente porque ellas no buscan el amor o la compañía. Buscan vivir, dije, ¡vivir! ¡Y yo estoy vivo y voy a darles vida!

      No todo en la vida es hacerlo, exclamó Salmoneo en el tono característico de los filósofos asexuados. Aquí terminamos la conversación. No iba a perder el tiempo con uno que prefiere pajas a hacerlo de verdad. Claro, en el supuesto de que al menos se pajeara. Lo que es yo, me las iba a buscar.

2

Mira, Pinciotti, dije, una cosa me queda clara y es que las hormonas de las niñas se encienden desde los trece años, así que no me vas a decir que no puedo cepillarme a una niña sólo porque no es ético o moral. La naturaleza no se anda con cuentos de moral, prende los motores y ya está. Si una niña tiene ganas de hacerlo, ¿por qué lo abría de evitar? No estoy hablando de violarlas, Dios, estoy hablando de darles lo que piden.

      Verónica levanto la manó y ordenó al mesero otra ronda de whisky en las rocas. Estábamos en la cantina Jalisciense del centro de Tlalpan y bebíamos y hablábamos que es lo que mejor se nos daba. Generalmente de literatura, que era nuestra vida, pero en aquel momento yo tenía una espina clavada en… en el corazón, digamos. Estaba enloquecido con el rumor de una juventud desenfrenada. Las niñas se habían vuelto locas, ¡por fin! Llevaba más de siete años esperándolo. Mirando en vídeos porno a señoras disfrazadas de menores. Me habían vendido la idea de que follarse a una menor era lo mejor que podía pasarte en la vida. Y la había comprado, porque… bueno, no era difícil de creer; desde que yo era menor de edad me gustaban las menores, y hasta la fecha, me siguen gustando. No he crecido mucho en ese sentido.

      Vale, dijo Verónica al tiempo que bebía la primera bocanada de la segunda ronda de whisky, pongamos que es así, que tienes razón… en realidad la tienes: una niña de trece años tiene deseos, sexualidad, por lo menos en su cabeza. Así que es cierto, puedes intentarlo… puedes salir y buscar, pero… el día que encuentres, recuerda que serás juzgado. Por Dios, por la ley y por los padres de esa niña a la que seguramente piensan el tesoro más sagrado. A nadie le gusta que se follen a su hija de trece años, ¿capicci? Di un trago al whisky y me callé. Por Dios no temía, ni por los padres de esa mujer; pero lo que es la ley… no era justo pasar la vida en una celda sólo porque le has hecho el favor a una niña.

A Verónica le daba igual. Ella misma fue de una de esas niñas desenfrenadas. Su primera relación sexual la tuvo a los catorce años con un profesor de filosofía de su Instituto. Ya no lo recuerda, no habla de ello; pero yo sí lo recuerdo, lo recuerdo siempre que la miro y siempre me preguntó cómo pudo... Venga, exclamé, pero si tú misma… Verónica me interrumpió diciendo que ella era un caso aparte. Siempre es así, todos nos creemos un caso aparte. La gente fuma y bebe y cuando encaras a un bebedor y le haces ver que es un borracho, siempre tiene una excusa y se considera un caso aparte. Yo mismo me considero un caso aparte. Bebo, sí, pero al menos, soy un borracho que lee.

      Anda, Pinciotti, dime, ¿cómo es que pudiste hacerlo con ese señor? No es para tanto, dijo, cómo dices tú: a esa edad una ya tiene el desarrollo fisiológico suficiente para… ¿Entonces?, exclamé, ¿por qué demonios se condena lo que la naturaleza permite? Control, dijo Verónica alzando los hombros y dando un trago a la bebida. Control de masas, lo mismo que el matrimonio y la familia; lo mismo que el soccer y la democracia. Ya, exclamé. Me empiné el whisky, no estaba de ánimos para beber despacio. Quería salir de mí y de mi mente que busca explicaciones. No tengo las respuestas. Solo soy yo, un hombre viviendo una vida de hombre, no puede ser de otro modo. Tengo anidado en las pelotas el deseo de una menor. ¿Es culpa mía? ¿Quién puso dentro de mí el deseo?

      Bebimos algunas copas más y me perdí. Quiero decir que me puse borracho. No podía lidiar con mis ganas de hacerlo. Las tenía dentro de mí y me estaban comiendo. Necesitaba salirme de allí, escapar a un lugar sin razonamientos. Necesitaba beber, beber, beber… y bebí, bebí, bebí.

3

Bueno, aquella noche era de sábado así que me fui directo a casa de Garrison. Esto por dos razones, a saber, primero, porque hace más de dos años que me había condicionado a ir allá los sábados por la noche. No importa lo que pasase o hiciese antes, siempre que las circunstancias lo permitían, hacíamos las reuniones allí. Sin embargo, de todos, yo fui el único que continúo con la tradición e invariablemente, y a pesar de que Salmoneo y Verónica dejaron de ir, seguía yendo. La segunda razón era que allí, en su casa, nunca faltaba el whisky gratis. Creo que esto fue lo que verdaderamente me condicionó. Era sábado por la noche y mis papilas comenzaban a salivar.

      Fue curioso, porque cuando llegué, estaba solo. Me saludó animado, dijo que deseaba contarme algo. Entonces pasé dentro y me sentó en una silla. Puso un vaso con whisky. También me estiró una caja con cigarrillos y pidió que le escuchara. Vale, dije, escúpelo. 

      Se confesó enamorado y eso no me causó ninguna gracia. Lo había visto enamorado decenas de veces, yo mismo me había enamorado decenas de veces; ambos sabíamos que él y yo nos enamorábamos en cada esquina, de cada cabello o de cada par de pies, o de cada culo bien formado. ¿Por qué la urgencia y la necesidad de decírmelo como si se tratase del más grande de los secretos?

      Di un trago al whisky y encendí un cigarrillo. Garrison me miraba como si yo no hubiese comprendido y luego agregó que  la mujer de la que estaba enamorado vivía en el Estado de México. Ya, dije, qué lata eso de la distancia, ¿no? Asintió con la cabeza y dio una fumada a su cigarrillo. Yo no comprendía por qué tanto misterio. Uno se enamora siempre, de cualquier cosa, pensaba mientras miraba a mi amigo compungido por decirme lo que tenía atorado en el pescuezo. Vamos, dije, ya dime lo que te traes, porque no te creo que la angustia te venga solo de haberte enamorado.

      Esto que dijo fue la confirmación de mis sospechas. Yo no era el único, no estaba solo. Allá afuera había un montón de niñas deseosas, pero también, un montón de adultos sedientos de esas mieles. Un montón de Capuletos y Montescos paradigmáticamente peleados, en guerra continúa, inventando penas y condenas a las uniones de estos dos. Injustamente, porque, como ya dije, la unión de estos dos es completamente natural.

      Lo que dijo Garrison fue: tiene quince años. Entonces bebí un gran trago y cuando terminé de hacerlo reí. Dije que eso era estupendo. Él se asombró porque no se lo había dicho aún a otras personas por temor a ser juzgado. Por temor a ser señalado como un maldito pervertido. Pero los pervertidos son aquellos que han juzgado. Aquellos que tergiversaron la moral. Aquellos que condenan al Infierno una unión natural entre dos congéneres. Han olvidado que el amor antes de la mayoría de edad es el amor más limpio y más puro que existe. No está envilecido por el sexo o por la conveniencia. Y en todo caso, que el amor entre un mayor y una menor es un amor más noble. Un deseo natural de crecer; un deseo natural de regresar. Quizá, es la armonía perfecta. La juventud y la experiencia. Aprender y enseñar.

 Garrison preguntó si en verdad yo no creía que él estaba loco. Confesé mis deseos de follarme a una menor. Se lo conté todo desde el principio, le expliqué lo del desarrollo biológico, etc. Al final Garrison opinó que esto era diferente. Que él era un caso aparte, Dios. Dijo que estaba realmente enamorado de esa mujer, pero no porque fuese menor, sino porque su alma era compatible con la suya (que es más o menos por lo que siempre se enamora uno cuando se enamora de verdad). Si ella fuera una vieja de cuarenta años, dijo, lo mismo me hubiese enamorado. 

      Estábamos como en el principio. Yo podía entender a Garrison pero él no podía entenderme a mí. Incluso yo dudaba de la veracidad de sus palabras: si su enamorada tuviese más edad, estoy seguro, él no se hubiese enamorado. Si ella tuviese cuarenta años de edad, sería como una retrasada.

      Lo discutimos un par de horas o así. Al final Garrison tampoco estuvo de acuerdo en mi deseo de desflorar vírgenes quinceañeras. En el supuesto, claro, de que a los quince años hubiese alguna que conservase su virginidad. Yo no sé qué pasa ahora, es como un virus de promiscuidad o algo.
le='mar\ � 0 m `� �o� ottom:.0001pt;text-align:justify;text-indent:35.4pt; line-height:150%'>Uno de los médicos (eran dos) salió de uno de los consultorios y anunció que ya podía pasar el siguiente. Un niño con su madre se levantaron y entraron con él. Y los demás, nos recorrimos en las sillas. Me levanté, pero  ya no me senté en la silla donde antes estuvo la señora porque odio sentarme en lugares calientes del culo de otras personas. 


¿No se va a sentar?, me preguntó un hombre que estaba formado detrás de mí, y que venía con su mujer. No, dije. ¿Puedo sentarme yo?, preguntó. Ya, dije, supongo que sí. No esperó a que terminara de decirlo, antes estuvo sentado y aplastado como el más cómodo. Y como yo estaba de pie, y había quedado muy cerca de él, me preguntó por qué asistía al médico. Bueno, pensé, ¿qué coños le importa a la gente porque los demás vienen al médico? Eché una mirada; todos los pacientes esperaban al tiempo que contaban sus penas. Había un pequeño placer en contar sus penas, irresistible, y un placer en escuchar las penas ajenas. Ya, dije, creo que tengo una hemorragia interna. El hombre abrió los ojos y dijo que eso era muy grave, que alguna vez su cuñado, o alguien, pasó por lo mismo y terminó hospitalizado. Ya, dije. Esto no le pareció, él quería que yo me asustara. Dijo: debería checarse bien, eso es gravísimo, mi cuñado… Pensé: ¿cómo le explicó que él y su cuñado, y las hemorragias internas, me importan un pito; que en todo caso, lo que más deseo es morir en santa paz?

Los pacientes continuamos recorriéndonos de lugar a la par de los que salían. Pero yo estaba de pie, así que de vez en vez encargaba mi lugar al cabronazo del cuñado, y salía a fumar cigarrillos. La segunda vez que lo hice, el hombre me dijo que yo no debería hacerlo, que si tuviese una hemorragia interna no era recomendable que yo… Ya, interrumpí, no se preocupe (esto lo dije sarcásticamente) la verdad vine por una gripe. Otra vez abrió los ojos, no se lo podía creer, que mintiera. Era evidente que mentía, ya sea en una u otra cosa, o en ambas. Pero ya no dijo nada, me echó la última mirada, de incredulidad, y gracias al Cielo ya no dijo nada. 

 5

Mi turno para entrar llegó. Saludé al doctor de mano y le narré todo lo que había pasado. Riendo, exclamó, estamos en México, compadre, y me palmeó la espalda. Ya lo sé, dije, eso me ha quedado muy claro. Ahora, dígame si tengo la maldita hemorragia o no. Entonces me auscultó y me miró la boca, los ojos, y todo ese rollo. Me tocó los costados y me preguntó si sentía dolor. Ya, dije, pues me han dado una paliza, claro que lo siento. 

Al final resultó que no había hemorragia, sólo hematomas. Así lo dijo: hematomas, y creo que se esperaba que yo preguntase qué mierda es eso, porque cuando asentí con la cabeza, repitió: sólo hematomas. Ya, dije, muy bien. Y luego hizo un gesto, como diciendo: bueno, bueno, pues eso es todo, ¿está usted seguro que sabe lo que son los hematomas? Le estreché la manaza y me largué de allí lo antes posible. 

Al salir por el pasillo me despedí del paciente detrás de mí, le dije que no hubo hemorragia, sólo hematomas. Me miró asombrado, seguro que pensó que yo estaba loco, y me dijo: menos mal. Sí, reí y salí del local. 


Fuera miré a la señora que estuvo delante de mí. La habían atendido y ahora estaba en la esquina de la calle, intentando cruzarla, y me paré a su lado. No me reconoció o algo, y cuando tuvo oportunidad, cruzó la calle. A la mitad de la calle la miré soltar el papel que antes usó de pañuelo. Pero mi atención se desvió porque un camión de transporte público casi me atropella; el muy hijo de puta no se detuvo con el semáforo en rojo y casi me mata a mí y a otro colega que cruzaba al mismo tiempo. Y por si fuera poco nos gritó desde la ventanilla que tuviésemos cuidado. Claro que no lo dijo así. Entonces el colega le mentó la madre aunque no sirvió de mucho, y cuando estuvimos del otro lado, riendo, dijo: ¡estamos en México! Y yo pensé: si vuelvo a escuchar aquello, ¡mato al que lo haya dicho!, al fin que eso no me supondrá la cárcel, ¡estamos en México!




viernes, 21 de diciembre de 2012

Ana Gabriela.



Su nombre es Ana Sarti. ¿Era linda? Sí, y mucho. ¿Tenía buen culo? Sí, definitivamente.  ¿Tenía Tetas? No, pero se las hizo tamaño familiar. ¿Era puta? Mucho, pero estaba enamorado. Cuando la conocí no me había fijado en ese detalle, tampoco que no tenía alma.

 Ésta es la historia de no cualquier chico pobre que se enamoró de no cualquier chica, también pobre. Dios es grande y justo. Cuando no da inteligencia proporciona un par de tetas o un buen culo. No es mentira, pero sí sexista. Soy machista, lo admito. También resentido. No porque me haya rechazado una mujer. Me han desechado infinidad de veces, lo que duele es que le haya triunfado en la vida. En mi casa siempre se dijo: “Estudia, trabaja, se honesto, responsable, humilde… y serás alguien en la vida”.  Pero ella, después de 13 años, es millonaria, con dos hijos y un marido de 70 años que usa sarcillo y se dejó crecer el cabello hasta los hombros a pesar de tener una calvita. Y nunca trabajó o estudió con esmero, lo obtuvo todo fácil. Sí, lo acepto. Soy un envidioso, mas no hipócrita. No deseo bien a las personas que me hacen daño y no es que ella me haya hecho algún mal. Sólo me rechazó, aunque dolió debo admitir que no es algo para guardar rencor. Lo que deseo está mal, pero no puedo evitar querer verla en paupérrimas condiciones. Para un humano es imposible ser, precisamente, humano. Lamentablemente es así, somos los seres más inhumanos que habitan en el planeta. Por más que trato, no puedo dejar de ser una mierda de persona; envidioso, egoísta, mal intencionado y otras cosas más. En cuanto a ella, además de millonaria y tener dos preciosos niños, es feliz y eso me irrita.  Siempre he sido trabajador, honesto y responsable, pero  aún viajo en bus, estoy soltero y desempleado. Además,  resentido y frustrado. No entiendo; Dios es injusto o soy un pendejo.

 Mi vida transcurre lentamente. Vivo en el pasado; en lo que quise decir y no dije, en lo que quise hacer y no hice, en la que quise besar y, obviamente, ni una teta rocé. La conocí a los 19 años, ella es un año menor que yo. Desde el primer momento que la vi nos hicimos amigos, teníamos algunas cosas en común; éramos pobres, ambos estudiantes y de otra ciudad. Pero ella estaba buena y yo no. Siempre fui una persona aplicada al estudio, lamentablemente nervioso. Apenas veía la hoja de examen olvidaba todo. En cambio ella no, en cada evaluación se copiaba sin mayor premura. Nunca la descubrieron, siempre quise que lo hicieran. Porque estudiaba para obtener una buena calificación, sin embargo, rara vez lo logré. Por otro lado, ella nunca estudiaba, siempre había alguien que le pasaba las respuestas, se copiaba del libro, el profesor la ayudaba o suspendían el examen. Lo cierto es que sacaba las mejores calificaciones de todo el curso sin merecerlo.

 Cuando nos hicimos amigos era novia de un chiquillo adinerado, un hijo de papi y mami. Eso no duró mucho. Después de un tiempo se hizo novia de un tipo dueño de varias licorerías. En ese lapso nunca iba a clases y siempre me pedía los apuntes. A veces llegaba de madrugada a mi casa para que le explicase una que otra cosa de matemáticas o física. Luego dejó al tipo de los licores y se hizo novia del gerente de una transnacional petrolera. Ese señor la ayudaba; le regaló libros, un auto y joyas.  No sé qué haría, pero se hizo muy amiga la esposa del señor. Un día me invitaron a su casa porque ella les habló de mí. Me hice amigo del Señor, a los pocos meses me enteré que encontraron su cadáver en un hotel. Sufrió un accidente cerebro vascular, nunca supe los detalles de su muerte porque no quise preguntar. Podría decir que Ana lo amó hasta la muerte, aunque su esposa también podía decir lo mismo. Eso fue una cuestión muy extraña que me hubiese gustado saber.

 Mantuve el contacto con Ana hasta la mitad de la carrera. No sé si fueron las hormonas o porque tenía un poquito más de autoestima, pero le planteé mi  situación; le dije que la amaba como a nadie en este mundo y no me importaba lo que ella hiciera con tal de estar a su lado. También le expresé que no tenía mucho que dar, pero sí amor, respeto, honestidad y responsabilidad. Fue un discurso de más o menos media hora. Cuando terminé  ella me miró a los ojos, tomó mi mejilla y besó mi frente. Luego dijo: “Gracias por todo Roberto”.  Se marchó. Recuerdo que cuando me vio, lo hizo con su potente mirada. Era como si escudriñara lo más profundo de mi ser y cuando al fin descubrió lo que buscaba, besó mi frente y me dejó clavado al suelo. No he olvidado esa mirada. Ese día no dormí pues encontré una botella de ron que había dejado mi compañero de cuarto y bebí como nunca lo había hecho, también fumé y lloré – aunque no por el rechazo sino por otras cosas que venían acumulándose-. Desde ese momento me dediqué a la bebida. Abandoné mis estudios y frecuenté prostíbulos. No  bebía whisky porque era pobre, tomaba ron blanco y del barato. Como no alcanzaba el dinero para beber, visitar putas, pagar el alquiler y comprar algo de comida, busqué un empleo. Encontré un trabajo como empaquetador en una fábrica de cajas. Trabajé allí por un tiempo, durante ese periodo les mentía a mis padres acerca de mis progresos universitarios y bebía ron como un hijo de puta.  Después fui despedido de la fábrica y me dediqué a vender bolsas plásticas en el mercado municipal. Hice mucho dinero, hasta que me atracaron mis competidores. Luego laboré en una fábrica de tapas donde conocí a un obrero que me aconsejó y, por último, en un periódico donde tomé el gusto por la lectura y escritura. Ya para cuando trabajaba en el periódico había pasado cinco años, pero había adelantado algunas asignaturas gracias al consejo del obrero que no me quería ver en su empresa, sin embargo, mis padres parecían estar más preocupados porque aún no me graduaba.

 En cierta oportunidad asistí a la universidad. De verdad que odiaba ese sitio, pero debía ir. No hubo actividades porque se realizaría el acto de graduación. Allí fue cuando volví a verla. Tenía su toga y birrete. Se veía hermosa. Ella notó mi presencia, pero fingió no advertirla. Me quedé pasmado. Me alejé un poco y decidí ver el acto de grado. No sé porqué lo hice. No me sorprendió que la llamaran para dar el discurso, a pesar que había obtenido el cuarto mejor promedio de notas. El chico que obtuvo el mejor promedio permitió que ella diera el discurso, le cedió ese honor sin importarle el protocolo. Observé todo el acto de grado sentado en un banquito, cuando terminó me marché. Decidí terminar lo que había comenzado. Empezar desde cero. Tal vez porque me había leído un poema de Kipling en esos días, o porque era hora de dar un giro a mi vida. Lo primero que hice fue llamar a mis padres, les conté que apenas iba a la universidad, aprobaba dos o tres materias por semestre y no quería ser ingeniero, deseaba ser escritor.  También dije que la mayoría de los estudiantes rehuían mi presencia y llegué a repetir una materia en cinco oportunidades. No me entendieron, pero sí me apoyaron porque era su obligación mas no porque quisieran. Más por compromiso que por otra cosa terminé la carrera ocho años después de haberla comenzado.

 Cuando pienso en la Universidad, en el tiempo que pasé allá, en lo que hice y dejé de hacer, recuerdo el día en que Ana me miró a los ojos y se marchó. Ella lo sabía. He llegado a creer que en verdad me amaba con el alma, pero cuando escudriñó dentro de mi ser entendió que no la amaba sino que la odiaba a muerte. 


Texto por: Roberto Araque


lunes, 17 de diciembre de 2012

Dueños de nosotros mismos.


La primera en caer fue Gabriela. Eduardo llamó a casa, dijo: ¡a qué no adivinas! No adiviné. ¡Gabriela está embarazada!, dijo. Gabriela tenía dieciséis años. Resultaba increíble que una chica de dieciséis años fuese tan ingenua; ahora, las chicas de dieciséis eran más despiertas. Se procuraban estudios: aseguran su independencia. Estaban cansadas de depender de hombres. Sin notarlo y por su propia mano, se habían salido de la esclavitud conyugal, para entrar a la esclavitud de las empresas. Los hombres dijeron: ¿quieren ganar el pan con sus propias manos?, háganlo. Fueron más independientes, pero no más felices. El resultado: una horda de madres solteras convencidas de su fortaleza y su talento, con dos roles: madre y padre, sobre sus espaldas.

 Naturalmente, Gabriela dejó de ser amiga nuestra. Los inconvenientes del embarazo imposibilitan la vida social del adolescente en tiempos modernos, tiempos donde las niñas no se embarazan bajo ningún motivo, donde los bolsos de estas niñas están cargados de anticonceptivos. Dejó la escuela y le perdimos el hilo. Gabriela daría a luz. Era definitivo, limpio e irrefutable. Poco a poco, pero con bastante rapidez, se convertiría en una molestia para ella misma y los demás. Su hijo estaría marcado con el estigma de un niño indeseado, hijo de una madre adolescente, soltera, y poco madura. Ocho de cada diez hombres sufren del mismo mal. Ocho de diez hombres deberían ir al psicólogo.

2

El segundo fue Eduardo. Tengo algo que contarles, dijo. Nos citó en su casa y nos dio la noticia: sería padre. En aquel entonces Eduardo tenía veintitrés años. Cursaba una carrera universitaria, contaduría pública. Tendría un hijo con la que en ese tiempo era su novia formal. Dejó de serlo tres años después, cuando Eduardo y ella, sencillamente, no se soportaban. No podían verse las caras sin pelear. Los gastos, por supuesto. El nacimiento de este niño se convirtió en un infierno. Al principio, como la mayoría, fingieron felicidad… hasta que fingir dejó de ser útil. Abiertamente, e incluso con cierta madurez, decidieron separarse. El verbo sobra, realmente, nunca vivieron juntos. Ella se hacía cargo del hijo en casa de sus padres.

 Al escucharlo le felicitamos. Era joven; hubiese sido mejor esperar, pero la cosa estaba hecha y al menos no tenía dieciocho años. Embarazar a una mujer a los veintitrés años era algo que a cualquiera podría pasarle. Un error, al fin y al cabo, pero un error que se puede sobre llevar. No era para quitarse la vida. El producto de dicha relación tenía, por decirlo de algún modo, derecho a nacer. Los padres de jóvenes como Eduardo tuvieron a sus hijos a la misma edad o antes. Podían soportarlo. Evidentemente, la mayor carga sería para ellos (principalmente la económica), pero en el fondo había algo de deseable en todo esto: la última oportunidad de procurar vida a la especie, de cuidar, amara y proteger antes de entrar definitivamente en la ancianidad. Esta es toda la dicha de un abuelo que puede cargar en brazos a los hijos de sus hijos. Es un proceso natural y está permitido. Eduardo fue rodeado de amor y comprensión, tomaron su descuido con alegría. Su hijo sufriría los estigmas de haber sido criado por los padres de sus padres, y nos los propios.

3

Con el tiempo, el mundo cambió drásticamente. De ser un mundo acostumbrado a mirar parir niñas de trece años, cosa que era buena, dio un giro de ciento ochenta grados, hasta convertirse en un mundo donde reproducirse era aberrante. Tener hijos era cosa de locos. Mas, si no se tenían los recursos y la madurez suficientes. En pocas palabras, tener hijos, ahora, era de mal gusto. Privaba al hombre de su independencia. Salir de la dependencia familiar para entrar a otra dependencia, más oscura; una dependencia degenerada que no otorgaba ningún beneficio individual, excepto la ilusoria y consoladora bendición de ser padres. Ser padre no ayuda al individuo a madurar (la madurez se alcanza en la soledad y en la libertad), en todo caso, te obliga a procurar pan a una familia. Dicho de otro modo: acelera el proceso de envejecer. Ser padre, además, podía dejarte en un plano aletargado, carente de experiencias. Esto era directamente proporcional al a la juventud con que se tuvieran los hijos. La forma de hacerlo ahora era salir de la dependencia familiar para asentar la existencia individual por medio de la soltería o de la unión libre. Acumular el dinero y la experiencia necesaria para reclamar tu lugar en el mundo: para ser tú mismo. Esto no se lograba criando hijos. Los hijos consumen la vida de los padres. Nos habíamos vuelto más egoístas (?).

 Nuestro grupo de amigos se declaró libre. Es decir, declaramos que jamás tendríamos hijos. Nuestras razones, las razones de nuestra época: el individualismo. Deseábamos ser nosotros mismos, y no lo que pudimos ser de nosotros mismos.

4

El grupo rondaba los treinta años. Para ese entonces sabíamos (o creíamos saber) quiénes éramos y qué queríamos. También, lo que no queríamos. Así, cuando nos enteramos del embarazo de Roberta, ella no pudo negarlo: odiaba haberse embarazado. Iba en contra de sus principios y de los nuestros. Era como ayer fue tener treinta años y no estar casada. No era feliz, era muy, muy infeliz. Este error lo pagaría por el resto de sus días. Es así cuando se tienen convicciones, sean las que fuesen.

 Roberta había dicho tantas veces que no tendría hijos… tenerlos era doblemente estúpido. Estaba socialmente comprometida, y la sociedad no perdona nuestros errores. Es de sabios cambiar de opinión; la dificultad de ser sabio radica en el antepenúltimo enunciado. Habíamos hablado tanto acerca del tema; le sería difícil encontrar juicios que la justificasen, ideas que le devolvieran la felicidad (si es que alguna vez la tuvo). Sobreescribir la cinta que se había metido durante años en la cabeza: tener hijos era absurdo, aberrante, y lo peor que te puede pasar en la vida.

 Por supuesto, tenía otra alternativa; la única según la lógica de esta nueva moral: el aborto. El problema con el aborto es que hablamos poco de él (no es práctico hasta que sucede), parecía tan lejano, no lo tomábamos en serio: no estábamos preparados. Dar a luz es algo irremediable; un aborto es algo irremediable; no estamos listos para las cosas irremediables. El hombre cambia, es voluble, y no es irremediable: siempre estará allí la opción de suicidarse, otra cosa en la lista de nuestras incapacidades intelectuales: afrontar la muerte por voluntad propia. Estás cosas se hacen o no se hacen, no son decisiones racionales, y el humano es un animal racional.

 Roberta tuvo a la niña (fue una niña). Los últimos cinco meses de embarazo se alejó del grupo. Volvió con el bebé en brazos. Al parecer, lo había aceptado: sería madre y se casaría. Nos invitó a la boda y fuimos. Frente a ella jamás tocamos el tema, no era necesario. Todos lo aceptamos. Roberta seguiría siendo amiga nuestra. No hay nada que pudiésemos hacer, después de todo no era cosa nuestra.

 Sin embargo, todo cambió drásticamente. Las salidas con Roberta menguaron. Teníamos que verla por las tardes, no muy noche; dejó de beber y comenzó a ir a grupos budistas. Necesitaba encontrarse, aceptar su destino y reivindicar sus decisiones. Se aferraba a ser joven, abierta y carismática; a no perder la libertad arrancada. Era una lucha constante contra las demandas de una hija. Tarde o temprano sucedería: se alejaría definitivamente. No podía participar de todas la actividades. Estaba vetada de viajes,  reuniones que acabasen al otro día, salidas improvisadas.  No podía evitarlo, pesaba sobre sus hombros los compromisos de una madre y de una esposa.

 En el grupo, a sus espaldas, tocábamos el tema. Pensábamos: dejémosla ir, ahora pertenece a otro mundo. También pensábamos: ¿hasta cuándo podremos nosotros seguir a flote con esta idea a la que nos encadenamos? Todas las convicciones, por muy liberales que sean, encadenan al hombre. Sería más sencillo no tener ideas ni convicciones. Ser libres de verdad. Dejar que la marea gobierne nuestras vidas. Pero eso, es algo contra lo que habíamos luchado los últimos quince años. Deseábamos ser dueños de nosotros mismos, si es que eso es posible. Un hombre que vive conforme a la moral de su época, no es libre.

5

 No importa cuánto se luche por alcanzar la libertad, el hombre es un ser encadenado. No pude tomar siquiera la decisión de nacer, de ser hombre; ni la decisión de nacer en un país u otro, o ser rico o pobre. Cada nacimiento es una tirada de dados, una vida que comienza sin saber cómo, ni dónde ni cuándo, ni  por qué. Cada hombre es un tablón a la deriva del inmenso mar. Un tablón no puede comunicarse con otro tablón. Un hombre tampoco con otro hombre. La comunicación es una quimera. No hay modo de decir a otro lo que se piensa honestamente, lo que se siente. Dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo. Tampoco dos mentes, dos cerebros, pueden ser uno. El vínculo de los hijos con los padres, no significa nada. Todos estamos solos, y somos libres, en la medida que nos convencemos de ello. El convencimiento de nuestra libertad es todo lo que tenemos. Somos  presos encarcelados en un cuerpo. 


Risto Kuulasmaa

viernes, 14 de diciembre de 2012

El palo del ahorcado.


Texto por: Démian Jacros

Por aquella loma pelada, después de las últimas casas del barrio, se encuentra el palo del ahorcado. Un árbol viejo y seco que levanta al cielo sus ramas como una gran mano negra tratando de arañar el cielo. Cada cierto tiempo se suele encontrar colgado a uno que otro fulano, al que el peso de la vida es mayor que sus propias fuerzas  y prefieren mejor, danzar en el aire un rato.

Los motivos son muchos y cada uno tiene sus propias razones, pero hay una historia en especial que se ha quedado en mi memoria, la historia de Toñito, aquel niño que primero llenó de ternura y amor a todos los que le conocían, pero que la  vida cruel le convirtió  en un ser desalmado  y violento. Todos recuerdan con gusto aquella mañana en que fuimos a descolgar su cuerpo, no sin antes solazarnos unos buenos minutos ante el  justo espectáculo de la muerte.

A diferencia de su infantil apodo, Toñito era uno de los más sanguinarios matones que había parido esta comuna. Su infancia transcurrió normal pero la miseria que es un habitante muy común por estos lados, hizo insoportable la vida para su familia. Así que un buen día su padre, don Manuel, decide abandonar y parte  hacia las minas de Múzo con la consigna de buscar un mejor futuro pero nunca más se volvió saber de él. Como si fuera el designio de estas mujeres, Transito, toma ahora la cabeza del hogar y trabaja lavando ropa desde que sale el sol hasta que se oculta y Toñito es educado por la escuela más dura de todas, la calle.

El que en otra época fue un inocente, había ya vivido la furia de esta selva humana y pronto comprendió la ley de los más fuertes. Comandaba una de las más temidas bandas de toda la comuna los Chacales.  Aquellos ladronzuelos de barrio que robaban cigarrillos en el supermercado, se convirtieron con el tiempo, en una feroz banda de sicarios y matones que tenían enemigos por doquier y no les temblaba la mano para sacar sus fierros y mandar al que se cruzara en su camino “al barrio de los acostados”.

Siempre que coronaban una vuelta toda la banda se reunía en el bar de Macario, un ser desagradable y ruin que les compraba las cosas robadas y atendía El Oasis, un antro oscuro y miserable, con un olor a orín que se podía sentir desde la entrada. La tierra de la calle polvorienta se mezclaba con el sudor y el humo del cigarrillo, formando una capa pegajosa que se adhería a todas las cosas, hasta el tiempo parecía detenerse en una atmósfera pesada y mortecina. Los únicos clientes eran los Chacales y uno que otro borracho lo suficientemente sensato como para marcharse tan pronto hacían su aparición los demonios.

Aquella calurosa tarde de julio, la bandola en pleno celebraba su último golpe, llevaban tomando desde la noche anterior, bebiendo y metiendo perico como si quisieran olerse el mundo. Había sido un golpe grande, un atraco bien planeado. Un primo de Toñito hizo la inteligencia, fue la empresa en la que trabajaba como mensajero, les dio los datos del día y hora del pago de la nomina y allá llegaron, como jinetes del Apocalipsis, escupiendo fuego, iniciando el Armagedón.

Excitados recordaban como el pollo, mientras los demás se hacían al botín, tomó como rehén a una secretaria a la que le manoseaba el sexo por debajo del vestido mientras le sostenía el revólver en la frente, tal fue el pánico que sintió esta, que no pudo contener la orina.

— ¡Eso fue lo más chimba! ¡Huy! es que estaba muy buena parce –celebraba el pollo mientras se metía una línea del tamaño de una cordillera, todos rieron, todos menos Toñito.

Corría el rumor en el barrio de un hombre que hacía varios días andaba preguntando por un tal Antonio  y aunque para Toñito las culebras eran el pan de cada día, esta vez se sentía intranquilo, tenía un mal presentimiento atravesado entre pecho y espalda.

En un momento, la estruendosa risa de todos se interrumpe ipso facto, la puerta se abre de  golpe y en la entrada asoma un forastero, un rostro duro que nadie ha visto por esos lados. Lleva sombrero y un abrigo que raya con el absurdo calor de aquel mediodía, sus botas cubiertas de polvo hacen evidente el desgaste de alguien que ha caminado demasiado.

El hombre camina hasta la barra y pide un guaro doble.

No tengo aguardiente –dice Macario, masticando un sucio palillo.


¿Y esas botellas detrás de usted?

Ya están vendidas.

Entonces véndame una cerveza.

— Como le parece que no se va a poder, también las vendí todas  -repuso Macario sin apartar sus ojos amarillos sobre el sujeto.

¡Macario ombe! no seas tan pirobo, ¿esto no es una tienda pues?,  que dirá  aquí el amigo, que no se atiende como se debe. -dice Toñito levantándose de la mesa y caminando lentamente hacia la barra.

Vea llave. Déjeme tranquilo que no estoy buscando problemas, solo ando buscando a un Antonio Cruz

— Antonio Cruz… ¿y eso como para que lo busca? si se puede saber  -pregunta Toñito quien lleva el revolver en la espalda y su dedo está caliente, listo para disparar.

Eso -replica el desconocido Es un asunto entre él y yo. 

En su mente Toñito trata de asimilar ese rostro, intenta atar cabos ¿de quién es doliente? ¿Será que alguna vez lo atraque o lo robe? es demasiado viejo para ser de otra bandola. No lo recordaba  y sin embargo había algo en ese rostro que le causaba impaciencia, una zozobra que le hacía destilar el alcohol en gruesas gotas por toda su frente.   

Pues lo que esta es de buenas cucho, por que el que buscaba lo tiene en frente –hablo Toñito mordiendo cada palabra, afilando sus ojos sobre los de él.

¿Antonio? - dice el hombre metiendo la mano en el bolsillo del abrigo, al instante  tres disparos le reventaron el pecho, uno detrás de otro, deteniendo a El Oasis en un absoluto silencio. No dijo nada mas, quedo de pie unos segundos y cayó de rodillas con la mirada clavada en los ojos del joven, una mirada incrédula casi infantil. Luego se desploma como un bulto sobre el suelo.

Toñito levanta la visera de su gorra con la punta de su humeante revolver, se agacha para tomar el arma del cadáver pero lo que encuentra en aun la tibia mano no es un arma si no un papel, una vieja fotografía de un niño. Toñito no recuerda haber asesinado a ese niño, pero en esos grandes ojos inocentes reconoce una exultación perdida hace ya mucho tiempo. Algo le remueve las entrañas, y un sudor frió le recorre la espalda, con su mano temblorosa da vuelta a la foto y nota que hay garabateado un mensaje. 

“Manuel: Te envió la foto de Toñito para que te acompañe siempre. No hace otra cosa que preguntar por ti. Llévalo en tu corazón y nunca olvides que estaremos esperándote. Te ama. Transito”.



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