viernes, 30 de noviembre de 2012

¿La escuela del cambalache? (se preguntaba Federico).


Texto por: Mago. 

La primera vez que escuché Cambalache de Enrique Santos Discépolo tenía aproximadamente 25 páginas (así le digo yo a mis años cumplidos, ya que me parece una analogía bastante pertinente en vista de que, en efecto, también somos una especie de bitácora de registros emotivos, apelativos y referenciales; en fin...cada año se llena una página entera de una multiplicidad de sabores y sin sabores). En ese entonces, aquél tango me envolvió de una manera irrisoria, pues provocó en mí cierto aire soez; sin embargo, ahora que lo he vuelto a escuchar cambié completamente la dimensión de su significación. Los dos primeros versos, tristemente, no me parecen descabellados, aunque me pregunto si pensar que el mundo fue y será una porquería es una necia tendencia a la apatía desesperanzadora; pues creo que más allá de lo que yo pueda opinar, cuando uno asoma las narices (directa o indirectamente) a cierta nación de la cual no pronunciaré, pero que todos sabemos su nombre, todo resulta abrumador.

 Ciertamente, podría parecer ridículo que surja una profunda reflexión a partir de un tango, mas, considero que existen piezas musicales con letras que nos provocan una curiosidad más allá de la ordinariez y las trivialidades (me refiero a sólo escuchar por escuchar). A la vez que recuerdo la creación de Discépolo me viene a la mente cierto texto de Eduardo Galeano…mmmmm ¿cuál era, cuál era?, ah ya, ahora lo recuerdo con exactitud, sí, me refiero a un pequeño ensayo titulado La escuela del mundo al revés; y tiene que ver precisamente con “asomar la nariz”, puesto que Galeano inicia de una manera genial afirmando que si Alicia (recuperando a Lewis Carroll, desde luego) renaciera en nuestros días no necesitaría atravesar ningún espejo, le bastaría con asomarse a la ventana, o sea “asomar las narices”. Bueno, bueno, a lo que voy es que mi reflexión parte de que a pesar de estas manifestaciones de que algo “anda mal” todo marcha impasiblemente, como si nada sucediese. No obstante, sucede mucho, pero la cualificación de esos sucesos es vehemente. Tal parece que todo es agresión o indiferencia, subordinación o despotismo, segregación y descalificación, pugna ineludible de clases. Por ello cabe preguntarse si acaso es importante preocuparse por lo flemático de la nación implícita.

 Pues si el siglo XX (y tal parece que más sofisticadamente el XXI) es un despliegue de maldá insolente, la nación tácita la ha ejercido íntegramente, como proverbio, la significación y reproducción de tal verso. Ayer encendí mi radio (ese aparato que hoy en día parece necrólogo) por la mañana y, como de costumbre, comenzaron las truculentas noticias acerca de funcionarios de la “ley” implicados en corruptelas, los ya tan habituales hallazgos tipo carnicería, entre otros singulares accidentes. Lo extraño de todo esto es que hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador, todo es igual, nada es peor; vaya cinismo, y por supuesto, más que extraño es funesto saber que todo ha sido normalizado. He aquí entonces el ojo del huracán, por eso tanto “despreocupado segundo”,muy sugerente combinación de vocablos, puesto que me refiero a aquellos que viven sin preocupación acerca de la preocupación de los preocupados; y además de que muere simbólicamente la voluntad de preocuparse por lo preocupante.

 Aún lo recuerdo: ¡Vayan pasando señoras y señores! Programa de estudios de la escuela al revés: Curso básico de injusticia, Clases magistrales de impunidad…jajajaja, Galeano, Galeano, tan socarronamente mordaz y atinado. Y, claro, tengo remembranzas de mis primeras páginas cuando iba al colegio, en aquellos días me enseñaron a memorizar un sin fin de conocimientos, muchos, muchos; era interesante a veces, divertido en ocasiones, tedioso otras tantas; sin embargo, no recuerdo que me hayan explicado a cabalidad, y mucho menos en términos prácticos reales, qué es la justicia, el respeto o la generosidad (sólo recurrían a sus discursos protocolarios e hipócritas tipo televisa). Únicamente recibía formularios, silabarios, regaños, condiciones, peticiones, mediciones, ambiciones y soluciones. Y para los padres de familia,mmmm, no se diga, pareciera que se emitía constantemente este mensaje que extrajo Galeano de la revista Liberty, y son palabras nada menos que de Al Capone: “Hoy en día la gente ya no respeta nada […]Donde no se obedece otra ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando este país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas…” ¡Vaya! Lo tácito se explicita abrumadoramente, pobre nación, tan lejos del respeto y tan cerca de lo extravagante y eso que Capone hizo estas declaraciones en octubre de 1931.

 Ya no sabría confesar si a estas alturas es conveniente ponerse triste o, insisto, preocuparse por el asomo de nuestras narices al mundo al revés, al “mundo de Capone” (tal parece que a pesar de todo, a él, irónicamente, sí le preocupaba. Me pregunto qué hubiera opinado del implícito del cual todos sabemos y padecemos) al mundo en donde la educación tal parece es un cambalache. Pero ¿qué será lo que se trapichea en las escuelas, formales e informales, para que la izquierda esté a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies? Más que yo tenga la respuesta en estos momentos, creo que todos la tenemos, pero la queremos omitir, disimular, camuflar con la socaliña de la buena apariencia, con la pomposidad de lo artificioso. Al final a quién le importa lo que nunca ha sido. Ya me decía mi abuelo: Federico, “en el mundo todos son culeros” y desesperanzadoramente (fatalista, pero inevitable) lo analogo con los primeros versos de Discépolo…



Texto por: Mago.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Filos-Sofía.


Sofía pidió su primer vaso de whisky en las rocas en medio de una discusión sobre la concepción del Hombre. Con su primer vaso quiero decir el primero en toda su vida. Tenía la creencia de que el alcohol cegaba la imaginación y la volvía inútil. Sofía estudiaba la licenciatura en Filosofía en la Panamericana, lo que equivale a decir que Sofía estudiaba a Hegel y a los socráticos pero no a Kant o a Freud, autores vedados por el Opus Dei. La conocí por Cheve, un jefe que tuve cuando trabaja en una escuela de ese órgano religioso. Sofía fue un día a la escuela porque quería enseñarle su tesis. Ese día él no estaba en su lugar pero estaba yo, sentado en el escritorio de a lado fingiendo trabajar. Tenía la computadora abierta y trabajaba en un diseño escueto de un poster para unos campamentos de verano. También tenía un libro abierto, La crítica de la razón pura, el cual leía en horas de trabajo para matar el tedio. Sofía se acercó a mí, preguntó por Cheve y, al ver que leía a uno de sus principales enemigos filosóficos, me preguntó que si en esa escuela me dejaban leer a Kant. Trabajar para el Opus Dei no te hace ser parte del sistema, le contesté, molesto. Sofía me dijo que si quería aprender verdadera filosofía le llamara para que me recomendara unos libros. Apunté su teléfono en mi celular y no me volví a acordar de ella tres años después.

            Una noche, mientras revisaba los contactos de mi celular para ver quién podía invitarme un trago, encontré su número de teléfono: Sofía, decía. Tardé unos minutos en reconocer de dónde provenía aquel contacto hasta que recordé ese día en el trabajo. La llamé por inercia. Contestó al segundo timbrazo y dijo, alo, ¿quién habla? Cuando escuché su voz no supe qué responder. Lo primero que se me ocurrió fue decirle que había leído a Kant y lo había encontrado vacío. Recomiéndame unos filósofos, dije. Sofía me colgó el teléfono. Como estaba aburrido decidí volver a insistir. Llamé tres veces y no contestó. A la cuarta lo hizo, gritando. ¿Quién carajos eres? Me gritó al oído porque no tenía otro lugar a dónde gritarme. Hace un tiempo fuiste a buscar a Cheve y me encontraste leyendo La critica de la razón pura, argumenté como última opción. Yo esperaba escuchar el clásico trinar del teléfono cuando se corta la comunicación pero, en vez de eso, volví a escuchar la voz de Sofía. Claro, me dijo, eres el empleado de Cheve. La palabra empleado me molestó. Le conté que tres años atrás había dejado de trabajar para él. ¿Por qué me llamas hasta ahora?, preguntó ofendida. Porque apenas hoy volví a ver tu número de teléfono, contesté con tono arrepentido. No hablamos mucho pero quedamos de vernos el sábado en el café La Selva del centro de Tlalpan.

            El sábado a las tres de la tarde estaba en el café La Selva, sentado en una mesa para fumadores mientras esperaba a Sofía. Tenía La crítica de la razón pura en la mesa y una cajetilla de Marlboro que fumaba como si se fuera a acabar el mundo. Estaba nervioso, muy nervioso, y también me preguntaba por qué demonios seguía ahí, esperando a una mujer que no conocía y llevaba media hora de retraso. A los pocos minutos llegó, vestida con una blusa negra y una falda negra también. La falda le llegaba arriba de las rodillas. Tenía unos zapatos blancos, bajos, y no llevaba calcetines. El pelo suelto y su tez blanca adornaban su esqueleto. Es una mujer guapa, pensé mientras apagaba un Marlboro en el cenicero lleno de colillas.

            La invité a tomar asiento y le ofrecí un cigarro. No fumo, dijo con  un tono petulante, de esos que suele usar la gente para discriminar a los fumadores. Bien, contesté, y prendí un nuevo cigarrillo. Sofía pidió un té chai o lo que signifique eso. Platicamos de nuestras vidas. Le conté sobre mi labor docente en el Tecnológico y sobre mi investigación lingüística en lenguas indígenas. Para ese día ella ya había terminado la carrera de Filosofía y estaba estudiando una Maestría en Filosofía, también, pero en la UNAM. Contra todo pronóstico ya no criticó a Kant. Me dijo que había descubierto la verdad filosófica en sus tratados. También me dijo que ya no me podía recomendar libros porque nos gustaban las mismas cosas y seguro ya conocía todo lo que pudiera ofrecerme. Hablamos de Kant por un rato. En algún momento sonó mi celular. Contesté, hastiado. Hola, tío, llegamos a tu casa en media hora, escuché que dijeron en el teléfono antes de colgar. Era Petrozza. No me dio tiempo de decir ni sí ni no. Conocía a Petrozza, jamás me contestaría el teléfono de nuevo porque no quería escuchar una negativa de mi parte. Sofía, dije resignado, hay una reunión en mi casa. Te invito. Sofía preguntó que quién estaría en la reunión y le dije lo de siempre: Petrozza, Salmoneo y Verónica, quizá. Mis amigos de siempre. Aceptó ir porque le prometí una noche llena de debates filosóficos.

            Salmo, ¿para ti qué es el hombre? Preguntó Sofía mientras pedía su primer vaso de whisky en las rocas. El hombre proviene de los conceptos de mismisidad y otredad, contestó él mientras daba un sorbo a su cerveza Indio. Encontrarse en el otro no es un reflejo del hombre sino de la imitación, al menos que el hombre sea sólo imitación, entonces ahí estaría resuelto el problema, contesté para no quedar fuera de la conversación. Sofía bebió el primer trago de whisky. Cuando pasó el trago, hizo la cara chueca, tosió y escupió un poco. Petrozza, que regresaba del baño se sentó en el sillón individual y al ver la cara de Sofía le preguntó que qué tenía de malo el whisky. No tiene nada de malo, pero sabe muy fuerte, contestó ella. Acto seguido, dio un segundo sorbo a su vaso.

            Sofía y yo caminamos de La Selva a mi casa. El trayecto es corto. Basta pasar la calle Juárez hasta llegar a San Fernando, cruzar la avenida y adentrarse en la colonia de enfrente. Hubiéramos hecho veinte minutos de no ser porque antes pasamos a un Oxxo a comprar cervezas, un whisky y dos cajetillas más, una de Marlboro y una de Delicados. Llegamos a mi casa cuarenta minutos después de la llamada de Petrozza. Cuando doblamos la esquina lo alcanzamos a ver  sentado en la acera, fumando un cigarro y moviendo la mano firmemente en dirección a Salmoneo. Salmoneo estaba recargado en la puerta de la casa, tenía una pierna flexionada hacía atrás y su suela chocaba contra la puerta. Llegamos junto a ellos, los saludamos y entramos a la casa. Cuando Sofía entró, alcancé a ver cómo Petrozza le miraba impúdicamente las nalgas.

            Salmo, Sofía; Petrozza, Sofía; Sofía, Petrozza y Salmoneo. Los presenté. Llegamos directo a sentarnos en la sala, que es lo más cercano a la puerta de entrada. Petrozza fue al refrigerador, tomó una bandeja de hielos y la llevo a la mesa de centro junto con cuatro vasos. Salmoneo fue al estudio por un cenicero y acto seguido también lo depositó en la mesa de centro. Sofía se sentó en el sillón grande. Yo corrí a prender el estéreo, que en ese momento tenía un disco de canciones latinas interpretadas por el tenor Juan Diego Flores, y me senté a lado de Sofía. El orden en mi casa es automático, tanto Petrozza como Salmoneo saben directamente qué hacer al llegar. Si hubiera estado Verónica habría corrido a abrir las ventanas.

            Júrame sonaba en el estéreo. La voz de Juan Diego Flores inundaba nuestro recinto de manera dramática. Encendí el cigarrillo y me puse un whisky en las rocas. Salmoneo sirvió otros dos whiskys, uno para él y uno para Petrozza. Le ofreció uno a Sofía pero ésta lo rechazó tajantemente. Apenado, corrí a la sala y le serví un vaso de Coca Cola. Mientras fui a la cocina, Petrozza le preguntó sobre su vida. Sofía habló de su maestría en Filosofía y de su licenciatura en Filosofía. Ya, entiendo, aunque la filosofía se aprende en la calle no en las aulas, contestó Petrozza. ¿Qué es el hombre?, preguntó a Salmoneo quien dejaba de servir whiskys. El hombre es una mierda, contestó Petrozza en su lugar. Lo que propiamente hace humano al hombre, es un cierto contenido que se llama “persona” y resulta que su caracterización es que ésta es única, irrepetible, no parecida a ninguna otra. Contestó Sofía con aire de inteligencia y olvidando a Salmoneo. El poeta Auden decía que el hombre es aquel que tiene voluntad, siguió Salmoneo. Bajo este concepto, argumenté mientras dejaba la Coca Cola en la mesa de centro, el hombre es único y decide por sí mismo y es precisamente ese carácter inigualable quien impediría que se pudiera dar un definición precisa sobre el Ser. Vaya, seguí, el estudio del hombre tendría que partir de la metafísica y no de cualquier metafísica, sino de una teológica, por lo que la religión tendría, hasta cierto punto, una validez. Petrozza se acabó su primer whisky en las rocas y comentó. En eso Garrison tiene razón.  De lo individual y único no cabe ciencia. Vaya: si cada cuerpo físico cayera a velocidad distinta, no habría posibilidad de una ley universal, filosofó mientras daba un sorbo a su pitillo. Entonces, si queremos hablar del hombre tenemos que etiquetarlo, entendió Salmoneo. Sofía, que odiaba ver al hombre como una copia hizo una mueca, pensó su respuesta y calló. Le dio un nuevo sorbo a su whisky en las rocas

            Sofía es una mujer guapa. Mientras la plática seguía en torno a la filosofía yo me dedicaba a verla. Seguía sentada junto a mí, cada vez más cerca. Su tono de voz cambiaba con el paso de los minutos por culpa del whisky. Llevaba dos vasos, yo llevaba tres y a los demás les había perdido la cuenta. El disco de Juan Diego Flores terminó. Petrozza fue al estéreo y puso a Kreator, una banda alemana que a él y a mí nos gustaba de vez en cuando. A la tercer canción del nuevo disco ya miraba a Sofía con lujuria. No podía creer que estuviera ahí, hablando con nosotros como si nos conociera de siempre. Más tarde llegó Carolina, la amiga de Petrozza a quien había llamado, según dijo, en una de sus idas al baño. Nos saludó, corrió a besarlo y se sentó en sus piernas. La plática seguía girando en torno a la filosofía. Pasaba el tiempo y hablábamos de lo mismo y no llegábamos a nada.

            Qué es la mismisidad, me preguntó Sofía. Es el punto por el cual, a través de ella, de la trascendencia y la determinación se construye la idea del hombre, contesté. Es separarse del mundo para ser parte de él, agregué mientras le miraba las piernas a Carolina quien estaba frente a mí y me dejaba ver todo, sin querer. Petrozza hizo una mueca de cansancio ante el tema que no paraba, tomó a Carolina de la mano y la llevó al piso de arriba. Yo me quedé con Sofía y Salmoneo en la sala, platicando un rato más. Hablamos de la Antropología de Kant, del problema del hombre en San Martín y en Sellés y sobre Estela, uno de los amores de Salmoneo. Yo me aburría cada vez que Salmoneo hablaba de ella pero Sofía parecía entretenida por ser la primera vez que escuchaba hablar de la hija del dueño de una tienda de abarrotes. Gracias a la plática entre Salmoneo, Sofía y Estela como objeto, pude saber que el padre de Sofía tenía una empresa de maquinaria química, que vivía en la calle de Arenal y que su madre era súper numeraria del Opus Dei. También supe dos o tres cosas más sobre Estela.

            Al cuarto whisky Sofía estaba sentada prácticamente encima de mí. Había pasado una hora desde que Petrozza subió con Carolina y todavía no bajaban. Salmoneo, quien notó la evolución de los whiskys de Sofía y su proximidad con cada uno de ellos, inventó una excusa y salió de la casa por un rato. En ese momento acabó la filosofía, acabó San Martín, Kant, Selles, Estela y Sofía. Nos quedamos solos y me acerqué a ella como quien se acerca a la Venus de Milo. Sofía me tomó de la mano y me preguntó que por qué no la había llamado en tanto tiempo. No supe cómo responder bien a eso. A decir verdad, contesté, no te llamé porque nunca creí que fueras a salir conmigo. Sofía apuró su vaso de whisky, me tomó de la mano y me beso lentamente.

            Comencé a tocarla pero esa noche no hicimos el amor. Petrozza, sin darse cuenta, bajó del cuarto junto con Carolina. Fueron al refrigerador, tomaron unas cervezas y se sentaron en la sala. Carolina preguntó por Salmoneo. Salió a la tienda, contesté con desánimo. Sofía me volvió a tomar la mano, como para traquilizarme. Su mano me decía que no me preocupara, ya habría muchas tardes y muchas noches para terminar lo empezado.

            Ya no hablamos de filosofía. Carolina volvió a poner a Juan Diego Flores en el estéreo. Platicamos de cualquier cosa, del día, de cervezas, de cuál era el mejor cigarrillo. Cuando Salmoneo regresó hablamos de Roberto Bolaño, autor que tenemos por alta estima tanto él como yo. Al parecer Carolina y Sofía esa noche se llevaron bien. Yo las veía hablar, desde lejos. Mi cuerpo estaba ahí pero mi mente vagaba en el recuerdo de los labios y los senos de Sofía. Veía a Petrozza fumar como loco y a Salmoneo muy atento a las palabras de las mujeres. Esto debe ser el Hombre, pensé, mientras ponía mi vista en la cara de Sofía que me decía, con insistencia, que el Hombre se resume en el rostro de una mujer. 


viernes, 23 de noviembre de 2012

Mentiroso.


Texto por: Roberto Araque


Todo mentiroso dirá que nunca miente. Esa es la primera de muchas y, como la primera gota de un aluvión, es inofensiva. La honestidad no existe, se puede llegar a un grado más o menos aceptable de deshonestidad o se puede mentir en cuestiones que no atenten contra la integridad de otros, pero llegar a ser una persona honesta es imposible. No pensaba de esta manera, por lo menos hasta ayer. Creí ser honesto o quise serlo, sin embargo, me resultó imposible.

Semanas atrás decidí no mentir como parte de un experimento personal. Resultó fácil en un principio pues hablaba de temas sencillos, con mucha sobriedad y lacónicamente. La cuestión se complicó hace una semana; el viernes por la noche recibí una llamada de José Eduardo. Me pidió que le dijera a su esposa que estaba conmigo. Me negué, le expliqué todo eso de ser honesto y esa paja de la responsabilidad. A fin de cuentas le recomendé que lo mejor sería hablar con su esposa y explicarle qué coño estaba haciendo un viernes por la noche en una discoteca. Expresé que los problemas de su relación debía resolverlos tal cual dicen los terapeutas: mediante algo que denominaban comunicación. Si su mujer quería el divorcio, pues era lo más sano para él y sus hijos. Se rió un rato, luego preguntó si tenía la regla y qué clase de hierba vencida fumaba. Colgué y apagué el teléfono. El lunes me lo encontré en el trabajo. Imaginé que estaría molesto conmigo, sin embargo, lo primero que hizo al verme fue reírse, luego me contó que cuando su esposa lo llamó al celular y preguntó qué hacía, él respondió que estaba en la entrada de un hotel con una de sus estudiantes. María– su esposa-, según él, se puso histérica. Él le dijo más o menos lo siguiente para calmarla:

“-Te seré honesto; si te digo que estoy por el paseo Colón bebiendo con Roberto y otros colegas no me creerás. Mejor te digo que ando con una puta-estudiante que está buenísima y con un par de melones recién hechos. Si te da la perra gana de comprobar si es verdad, llama a Roberto. Él, a según, se propuso no mentir porque anda en sus peos existenciales de escritor resentido. Quiero que entiendas que contigo no puedo divertirme y siempre andas con un dolor de cabeza, el periodo o arrecha. Y si es que te da la puta gana de salir conmigo no quieres bailar, no quieres beber, no le hablas a mis amigos y te pones fastidiosa si miro a un culo mejor que el tuyo. Porque como tú eres una mujer jodía uno debe hacer lo que a ti te dé la gana, eso me arrecha. Me controlé un culito en la universidad, me lo traje al hotel California, es el que queda por el paseo Colón si no sabes. Si quieres te apareces por aquí y compruebas lo que te digo.-“

Me quedé sorprendido, pero a la vez complacido. Decir la verdad, después de todo, es lo mejor que se puede hacer o por lo menos lo imaginé así por un instante. Me preocupé por los hijos que José Eduardo criaba con María y todas esas pajas que pienso por mi complejo de hombre dadivoso y buen amigo. Mínimo se divorciaría, pero cómo suele pasar cuando se trata con mujeres, uno nunca sabe qué pasará. Él parecía estar muy contento, le pregunté qué sucedió después. Me respondió algo así:

- Le dije a la perroncha que manchara la camisa con su lápiz labial, le echara perfume y dejara unos pelitos en el carro. Primero hablé claro con ella, le dije que era casado y si quería podíamos ir a un hotel, pero no llegaríamos a tener una relación estable. Le dije textualmente: “lo nuestro será ir a hoteles y de vez en cuando a beber por allí, más nada…”. Ella aceptó. Es mayorcita y sabe lo que quiere. También le expliqué eso que me dijiste y la muy perra se echó a reír. Dijo que eres un profesor muy gracioso. Tomó todo eso que me dijiste como una broma; hizo todo lo que le pedí, además, dejó su brasier en el asiento de atrás con una nota para mi esposa. Cuando me di cuenta pensé que se extralimitó, pero, con todo y eso, me armé de valor y me preparé para lo peor. Después de una noche como esa merecía un buen castigo, la muy sucia hace de todo. A eso de las 9 am me aparecí por la casa con una botella de ron en la mano. Entré como si nada. María servía el desayuno a los muchachos, me miró desde la cocina. Se acercó, pidió perdón y me abrazó. Luego, cuando me separé de ella, observó la camisa y cuando pensé que preguntaría de qué eran esas manchas, empezó a lloriquear y volvió a pedir perdón, pero, esta vez, a lágrima suelta. Lloró como no tienes idea. Se calmó rápido porque estaban los niños, si no hubiesen estado me arma el berrinche. Después, cuando nos encontramos solos, preguntó si en verdad estaba con otra mujer, si en verdad la engañaba, si en verdad pensaba que ella era una mala mujer, si en verdad no quería nada más con ella, si en verdad la abandonaría con los muchachos... si ella no me llenaba como mujer y otras pajas más. Me dio vaina escucharla. No me aguanté y le dije que fue un invento mío para que dejara de ser tan celosa. También que me la pasé contigo toda la noche hablando de Dostoiesky o cómo se llame. Pero si te preguntaba tú negarías haber estado conmigo porque amenacé con decirle a Jeismar tus antecedentes clínicos.  No sé, pero, con todo lo loco que eres, de vez en cuando tienes buenas ideas…-

Dijo otras cosas más, pero no recuerdo con exactitud. Habló de lo que le dijo a María, también preguntó si ella me llamó. El sábado encontré 68 llamadas perdidas de ella en mi celular, pero no lo mencioné. No quería añadir más leña al fuego. Le pregunté qué decía la nota que dejó la muchacha en el carro. Me respondió que él no se había dado cuenta de eso, se enteró cuando María se la entregó en la recamara la noche del sábado. La nota decía que todo era una broma, que no lo tomara a mal y que fue idea mía todo el asunto de la franela manchada, el brasier y los pelos en el carro. En otras palabras, yo pagaría los platos rotos. No me molestó, pero sentí algo de envidia. Él había pasado una noche que me imagino fue buena por cómo me contó los hechos y no pagaría por ello. La conversación terminó con un mal sabor de boca para mí.  Me despedí de José Eduardo, otra vez se salía con la suya. Me irritó eso de la amenaza. Ya lo de jesimar era algo que tenía que hablar con ella, tenía que contarle acerca de mi historial médico. Pensé en contarle todo ayer, porque habíamos quedado en ir a una obra de teatro.

Realmente lo que me hizo desistir de mi empresa no fue todo el cuento de José Eduardo y María. Nada de eso. La cuestión se definió el día en que fui con Jeismar al teatro. Mi novia no es una chica ni gorda ni fea ni bajita, pero tampoco es una miss y debo reconocerlo. A pesar de que es una muchacha muy linda, simpática, educada y limpia, es un tanto acomplejada. Me encanta su tono de voz y ríe de una manera muy peculiar; como una niñita de preescolar. Además le encanta la literatura y posee un doctorado en petroquímica. El problema está en que, como todas las mujeres, se ve gorda. No le veo nada de malo que tenga uno que otro rollito en el abdomen, pero ella no entiende eso. A diario se mata en un gimnasio y hace cuanta dieta está de moda. No cena y cada vez que vamos a comer pide sólo ensalada. Eso es lo único que me molesta de ella y no es la gran cosa. Llegué a su casa muy tarde, teníamos que estar en el teatro a las 7 pm y pasé por su casa a eso de las 6:30. Entré y desde lejos escuché a jesimar:

-Espera en la sala. Si quieres toma algo de la nevera. Ya salgo.- Me senté sobre uno de los muebles y esperé. Al rato ella salió. La vi de reojo. Ella se acercó, caminó de un lado a otro e hizo unos giros con ademanes de modelo de pasarela. Como ya mencioné, ella no es gorda, pero el vestido que eligió no le quedaba muy bien. Era ceñido a la cintura y el color no ayudaba mucho: blanco con una especie de lazo de color azul marino. En otras palabras, el vestido era muy… muy... Estaba tan ajustado que parecía que se fuese a romper por tanta presión.  No sé cómo se lo puso, pero aún con la faja se veían unos pliegues en la cintura. Al poco tiempo se detuvo, me miró y preguntó:

-¿Y bien…?-
-Te queda perfecto. Vámonos que es tarde. 

Texto por: Roberto Araque


lunes, 19 de noviembre de 2012

La gente de fuera.


La gente de fuera tiene miedo de conducir en las calles de DF, dice Norma, y yo asiento con la cabeza. Dicen que si has aprendido a conducir en DF, eres una bestia. Estamos en un café de la colonia Roma. Norma ha venido desde Tuxtla Gutiérrez a publicar un libro de poemas con una editorial extranjera que radica en DF. Son las diez de la mañana y bebemos café. Yo no suelo beber café pero en este lugar sólo venden bebidas sin alcohol. La gente del DF siempre tiene prisa y no respeta las señales, continúa Norma. Es como conducir un bote en Los rápidos. Yo no puedo hacer otra cosa que asentir con la cabeza. Tengo jaqueca; anoche bebí hasta tarde y no soy capaz de negar los juicios de Norma. Sé que tiene razón: para la gente de fuera conducir en DF es cosa de locos.

 De pronto calla. Mira la calle, la gente que pasa y las cosas que suceden fuera del café. Tiene un cuerpo bastante bueno. Me acostaría con ella sin pensarlo dos veces. Sin embargo, no es precisamente guapa. Hay algo en sus facciones que podría alejar a más de uno. Es como si su rostro revelase una mente retorcida. Es feminista.

 ¿Sabes dónde queda la calle República de Brasil?, pregunta Norma. Acto seguido, me mira y bebe café sin dejar de mirarme por encima de la taza. Hago un esfuerzo por recordar. Estoy seguro que sé, es allí donde se ubica la Coordinación Nacional de Literatura. Es natural que quiera ir allí, a la Coordinación. Ya, le digo, lo más cercano es bajar en la estación Zócalo y caminar por detrás de la Catedral, pasando Donceles. Dice que no tiene idea. Recuerda que no soy de aquí, exclama. Vale, digo yo, te llevaré en cuanto pueda. Norma se emociona. Es un truco mujeril, lo conozco bien. Te hacen creer que has sido tú quien lo ha propuesto. Me sorprende que siendo feminista se valga de estas jugarretas. Me agradece infinitamente y luego se lanza al ataque: dice que es importantísimo que se presente antes de pasado mañana. Ya, digo… Lo sé, ahora debo decir que no se preocupe, que yo mismo la llevaré mañana. Así es como uno se ve inmiscuido en un problema ajeno por culpa de una mujer.  

2

Norma se hospeda en el hotel Milán. Los gastos corren por su cuenta, la editorial no ha querido pagar siquiera los viáticos. La han hecho venir hasta DF con la promesa de publicar un poemario suyo que llevará por título Malas intenciones. Así, cuando le digo, camino a la calle de República de Brasil, que yo tengo buenas intenciones para con ella, ríe y comenta que soy un hombre bastante aburrido. Dice preferir a los hombres malintencionados. Por supuesto, aludimos al nombre su poemario.

 Dejo ir a Norma delante de mí. Hay que caminar en fila india para poder pasar entre toda la gente que circula por las calles del centro histórico. Al mismo tiempo, le miro el culo. Es uno bastante bueno. Es lo único por lo que valdría la pena estar aquí… si supiera que Norma se acostará conmigo… No es así. Incluso estoy seguro que Norma no se acostará conmigo. Lo sé por la forma en que me hizo venir hasta aquí. No es una mujer directa, se anda con rodeos y es de las que usan a los hombres para cumplir sus propias metas. Al final se rehúsan a pagar los servicios que les han prestado. Es el tipo de mujer que normalmente conocemos como: maldita bruja.

 Bueno, aquí estamos: República de Brasil 37, Coordinación Nacional de Literatura, exclamo cuando hemos llegado. Nos ha tomado más tiempo del pensado. Al final no he recordado el modo exacto de llegar y rodeamos. Norma saca la lengua y jadea como un perro. Lo hace en broma pero en el fondo me odia por haberla hecho caminar más de la cuenta.  

 No quiero entrar. La espero afuera mientras fumo un cigarrillo. Al mismo tiempo pienso en la gente de fuera, que tiene miedo de conducir en DF. Hemos hecho bastante mala fama. Se cree que si vienes a DF seguro te robarán. No es verdad, yo he vivido aquí veintisiete años y jamás me han robado algo. Sin embargo, también dicen que vivir aquí te aviva el ojo. He escuchado decir, por ejemplo, que Colombia es un sitio muy peligroso. Un colombiano debe sentirse seguro en DF.

 Norma sale. No ha tardado más de veinte minutos. La eterna decepción: no hay nada en la Coordinación Nacional de Literatura que pueda servir a un escritor. Es una institución burocrática más. Papeles y fotocopias por triplicado. No hay nada de provecho que uno pueda sacar.

 ¿Y bien?, le pregunto al tiempo que echo la colilla de mi tercer cigarrillo al suelo y la plasto con la suela del zapato. Nada, dice, todo bien. No hablamos más del asunto. Ambos lo sabemos: esto fue perder el tiempo.

 Norma propone ir por un trago. Se ha leído en mis textos que soy un borracho. No es mentira, así que acepto. La llevo a Las escaleras, que está cerca, en la calle de Donceles.
3

 Si vienes de fuera, Las escaleras deben parecerte el clásico sitio de película donde puedes amanecer muerto. Muy probablemente sea verdad, pero hasta ahora, no me he enterado de nada parecido. Excepto del chico que navajearon hace un año. Al menos, no amaneció muerto. Lo llevaron en ambulancia al hospital. Como sea, yo no lo vi. Así que no temo. Para mí, Las escaleras son un sitio tan seguro como cualquier otro.

 Le digo a Norma que no mire a la gente de ese modo. Es mejor no mirar a nadie, hacer lo tuyo y no hablar de ser necesario. Si alguien se te acerca y pide un trago, es mejor dárselo. Al final puede que ellos también te inviten a ti. Norma está intranquila. Pide que nos vayamos, a un lugar menos… menos así, dice. No estoy de humor para discutir. La gente de fuera tiene miedo de conducir en DF.

 Nos vamos a otro lugar, a las afueras de la Catedral. Es un café con buena pinta. El americano vale veinticinco pesos. Casi lo que vale una cerveza familiar en Las escaleras. La cerveza chica cuesta treinta pesos. No puedo evitarlo y se lo digo. Norma dice que me deje de cosas, que ella invita las primeras tres rondas. Me pido una cerveza. La gente de fuera está dispuesta a gastar en DF. Vienen con los bolsillos llenos porque saben que este viaje les costará. Encima, tienen miedo.

 Hablamos de su libro. Me cuenta que es una colección de cincuenta poemas. Poemas bastante cortos. Ya, digo yo. Dice que son poemas escritos a lo largo de cuatro años. Lo dice como si eso, el esfuerzo de cuatro años, bastase para hacerlos buenos. Yo no he leído uno solo. Antes de venir me los envió por correo electrónico, pero nunca los leí. También envió su fotografía y es por lo único que acepté ser su guía de turistas. Tiene un cuerpo bastante bueno.

 A la segunda cerveza pregunto si le gusta el sexo. Lo pregunto como quien pregunta si te gusta el color azul, o la música de Schubert. Norma me mira y sospecha. Venga le digo, no es nada personal. Finalmente dice que sí, pero prefiere hacerlo con gente que quiera. Me está diciendo que no lo hará conmigo. Ella y yo, Dios, ¡qué vamos a querernos! No nos hemos visto nunca antes, y ni siquiera tenemos tema de conversación. Le digo que la gente de fuera sigue pensando como antes. Pide que explique. Ordeno otra cerveza y le digo que lo olvide, no es importante. Insiste, dice que he tocado el tema y ahora quiere saber. Bueno, digo, eso de acostarse con gente que se quiere, es muy… Muy mojigato, lo sé, interrumpe Norma al tiempo que ríe. Ya digo, lo has dicho tú. Brindamos.

 La gente de fuera tiene miedo de conducir en DF, tiene miedo de ser robada en DF, y es mojigata. Demasiados prejuicios para una tarde, digo. Norma asiente. Dice que lo que es ella, sólo tiene miedo de las dos primeras. Se rehúsa a ser tachada de mojigata. Le digo que si no lo es, yo podría darle una noche que le sacaría cien poemas de amor. Lo digo en broma, pero también en serio. Ella lo piensa, o al menos finge pensarlo y al final dice: eso tendría que verlo para creerlo.
4

Al anochecer regresamos a la Roma. Paso a dejarla a su hotel, en la calle de Álvaro Obregón. Durante el trayecto no hemos hablado más sobre acostarnos. Faltan cuatro días para que Norma se vaya; no hay prisa, pienso. Norma también debe pensar algo al respecto cuando estamos en la entrada del hotel. No luce con intenciones de pasar dentro. Se demora preguntándome qué hora es, y dónde queda la famosa plaza de Garibaldi. Desea arreglar de una vez nuestro siguiente encuentro. Quiere que la lleve a la plaza de Garibaldi, pero no quiere ser ella quien lo propone. Desea que yo diga: vale, mañana te llevaré a Garibaldi. Sin embargo, yo odio Garibaldi, y a menos que se acueste conmigo esta noche, no la llevaré aunque me pague.

 Norma pregunta si aún tengo cigarrillos. Saco la cajetilla de la chaqueta. Quedan dos. Los encendemos y fumamos. La miro a los ojos, en busca de una señal. Casi la encuentro, pero también veo en ella mucho miedo. No quiere pasar por una mojigata, pero tampoco desea hacerlo conmigo. No esta plenamente convencida. Además, tiene dentro de sí todos esos complejos suyos, los del feminismo, que le impiden ser tratada como a un objeto.

 Hace frío, dice. Ya, digo. ¿Regresarás a pie?, pregunta. Aquí hay una oportunidad, pienso. Alzo lo hombros, como si no me importase. En realidad, no me importa. No estoy lejos de casa, podría caminar sin cansarme antes de estar dentro de mi cama. ¿No es peligroso que regreses a pie?, pregunta. La gente de fuera tiene miedo de regresar a pie, de noche, en DF. No lo sé, contesto, todo es peligroso: ducharse es peligrosísimo, podrías resbalar y matarte. Norma ríe, dice que le encantaría tomar una ducha caliente y acostarse… Venga le digo, entremos. Acto seguido, tiro la colilla de mi cigarrillo a una jardinera. Norma hace lo mismo y no dice nada más. Se encamina a la habitación y yo la sigo.

  Nos sentamos en la cama. No sabemos exactamente qué hacer. Incluso yo me pregunto por qué demonios tuve que entrar. Hubiese sido mejor irme a casa, bebe y dormir. Ahora tengo que cumplir mi palabra: dar a esta mujer el mejor sexo de su vida. Ni siquiera tengo ganas, pero lo he dicho y debo cumplirlo. Así es como uno se ve envuelto en un problema por culpa de su propio egoísmo.

5

Al amanecer despierto en la cama de un hotel de la colonia Roma. Norma no está. Sus ropas siguen en la silla, así que al menos no me ha abandonado del todo. Me levanto y cojo mi ropa. Me visto de prisa, quiero salir antes que Norma regrese. No quiero volver a verla nunca más. Norma tenía razón: es mejor hacerlo con personas a las que quieres.

En casa me pego una ducha y recobró el control de mí mismo. He dejado a norma botada, pero me siento bien. Ahora pueden darle por culo. No seré nunca más su guía de turistas, y me importa un carajo su libro de poemas. Incluso me siento seguro.

6

Por la tarde llaman al móvil. Es norma. Dice que dónde demonios estoy, y por qué me fui. Me defiendo diciendo que ella me dejó primero. Es mentira, dice. Estabas dormido cuando me levanté y fui a comprar cerveza. Esto me pega duro. Si hubiese sabido que fue por cervezas no la hubiese dejado. Ella no bebe mucho, lo hizo por mí. Sin embargo, ya estoy metido en esto. He sido un patán y debo continuar siéndolo. Lo siento, le digo: se ha terminado. ¿Qué se ha terminando?, pregunta al borde de un ataque de histeria. Olvídalo, digo, se ha terminado. ¿Qué es lo que se ha terminado, Dios?, pregunta una vez más. No sé que decir, así que cuelgo el teléfono.

 El teléfono vuelve a sonar. Esta vez no contesto. Sé lo que debo hacer. Debo resistir hasta que deje de sonar. Cada sonido es como un martilleo. Del otro lado hay una mujer que ha pasado la noche conmigo. Ha dicho que sólo se acuesta con aquellos que quiere de algo. Quizá me ha tomado cariño, pero yo… no puedo coger la llamada. He salido de allí sin despedirme y la he dejado plantada. No puedo volver atrás.

 La gente de fuera tiene miedo de conducir en DF, de ser robada en DF, es mojigata, y las mujeres de fuera creen que los Defeños somos unos hijos de puta. Probablemente tengan razón en todo.


jueves, 15 de noviembre de 2012

La fría vida de Giovanni.


Texto por: Tai O'farrell

Que puede ser diferente, sobre todo en un lugar tan recóndito en este planeta y quizá sea ese el problema, que se trate de una ciudad tan olvidada y poco frecuentada por la gente, exactamente como su alma.

 Así maquinaba sus pensamientos Giovanni , la mayoría de ellos pesimistas; que los tenía presentes, siempre que necesitase recordar, que su autoestima era exactamente igual a la vida que desempeñaba y que afrontaba en muchas ocasiones sin quejarse.

 Interrumpiendo su trance, la voz que indicaba la orden de salida, se escuchaba en ese viejo timbre: “por favor, se le pide a todo el personal, que apague sus respectivas maquinas y se retiren de la fabrica por pisos, gracias”.

 -Jajá, fabrica, esto debería llamarse basurero, no ves las paredes, se caen solas, convivo mas con cucarachas que con mis compañeros. Le comentaba en tono de burla a Aldo (su compañero de maquina) que se reía de las ocurrencias de Giovanni, pero no expresaba nada al respecto.

 Al salir parecía desconocer esa ciudad, en donde tanto ha vivido, pero esas calles cortas repletas de farolas tenues y buzones que no se usaban en años, parecían la opción perfecta para caminar en círculos sin respetar una ruta.

 No tenia prisa por llegar a ningún lugar, sin embargo miraba constantemente la hora, como si conservara viejas costumbres de lo que hoy afecta por completo su vida. Si, esos recuerdos latentes que anunciaban los estragos de una guerra perdida, de horas de reflexión insuficientes y horas de existencia infinitas.

 Caminaba sin forzar mucho el paso pero nunca sin detenerse, al mismo tiempo que observaba el andar de las personas, que compartían un mismo instante, que maravillaban aquellas calles viejas y disfrutaban del alumbrado de las farolas tenues.

 La mayoría de esas personas, parecían ser parejas muy estables, que admiraban con cierto tono de exageración cada detalle, al fin y al cabo, no había nada mas romántico y pretencioso, que besarse bajo una luz tenue y abrazar sus cuerpos para protegerse del eterno clima frio, y vaya que Giovanni lo sabia, esa era una de las principales razones por las cuales se mantenía en constante conflicto con sus recuerdos.

 -no puede ser, solo falta que vea a dos mendigos besarse, si trato de ignorar lo que pasa a mi alrededor, llego a hartarme de ver siempre lo mismo, y si trato de olvidar, esta maldita ciudad no tarda  en restregarme mi situación a la cara.

 Reflexionaba todo esto en su mente, mientras observaba con ironía a todas esas parejas, que ante sus ojos parecían nunca cansarse del juego ridículo de las escenas ya vistas, sobre todo en esas calles donde era lo mismo, verlos siempre tan sonrientes, siempre tan irritantes.

 Caminaba imprimiendo un poco mas de prisa, mientras giraba la mirada en dirección contraria, pensando que este mundo no tenia un lugar fijo para el, ni en la acera que pisaba, ni en el corazón de nadie.

 Continuo su travesía por impulso, sin pensar lo que sus pasos habían dejado en el camino, siguió así hasta encontrarse con una cafetería, de muros pequeños pero ventanas muy grandes (muy conocida en el mundo).

 -Siempre es así (exclamaba así mismo), las pintan con colores opacos y las decoran levemente con líneas de un color alegre, acompañados de un letrero publicitario inmenso, para mostrarle a la gente que son lugares cómodos y elegantes, que tontería.

 A pesar de su burla y su sarcasmo de según conocer el “truco” de mercado, con el que atraían a la gente, se dirigió  al lugar totalmente encantado.

 Al entrar noto un ambiente similar al de las calles recorridas minutos antes, sin duda el lugar estaba repleto, la mayoría como siempre eran parejas que parecían invadir todo rincón donde él estaba presente, también miraba algunos grupos de amigos, que sin duda disfrutaban del momento y de la noche, de echo todos en el lugar lo hacían, menos el.
La cafetería era amplia, muy bien distribuida, con sillones cortos y mesas rusticas del mismo tamaño, al fondo había ejemplares mas pequeños, acompañados por un par de bancos, ideales para clientes como el, un poco alejados del resto y con vista a la ventana de su lado derecho.

 Optó por sentarse en los lugares más aislados, donde parecía sentirse más cómodo y reflexionar con más tranquilidad, bajo ese pequeño espacio que le otorgaba esa soledad momentánea. La música del lugar era muy buena y para su sorpresa se escuchaba en ese instante, aquella vieja canción de los rolling stones “miss you”, todo aquello parecía una cruel conspiración, las calles, las parejas, el lugar y hasta la música.

 Pasaron diez o quince minutos, el mesero le servía un tradicional café americano, mientras veía a una familia sentarse a dos mesas y como ya era su costumbre, llego el momento de criticar.

 -Quién rayos se casaría con este esperpento, parece bruja, pobre de este tío, pobres de sus hijos, y para colmo parece que lleva el control de su matrimonio, (hacia gestos expresando cierta lastima, mientras bebía su café con mucha calma).

 Después de un lapso de tiempo corto, no parecía haber nada interesante, algunas risas que provenían de las mesas del centro, ruidos de cubiertos y las mismas imágenes que ya estaba harto de ver por el resto de la noche.

 Miraba la carta del menú, mientras pedía otro café y sin darse cuenta la mesa de enfrente, era ocupada por dos chicas, ambas de muy buena pinta, con abrigos largos, test blanca, una chica de cabello rubio muy brillante y la otra chica de cabello oscuro muy intenso, ambas muy hermosas, como ángeles en un lugar desierto, que Giovanni miraba asombrado mientras cada una de ellas se sentaba.

 El fingía no prestarles gran importancia, sacaba su celular y parecía entretenerse, haciendo creer que ignoraba lo que acontecía, cuando en realidad se estaba haciendo el importante, cuando en realmente necesitaba llamar su atención.

 Siguió así unos minutos, pero ellas parecían no notar su presencia, como ya era costumbre por todo el mundo. Sin embargo, miro con algo de sorpresa, que la chica de cabellos negros (que a su gusto era la mas linda de las dos) derramaba algunas lagrimas, expresaba una tristeza muy grande y aunque las mesas estaban muy cerca, él podía notarlo a metros, porque conocía esa cara, la que diario veía  al espejo y no cambiaba, no podía entender como era posible que una chica tan hermosa cargara con un dolor tan pesado, era evidente, sobre todo por esa forma tan desesperada al desahogarse.

 Su amiga la apoyaba y parecía que la entendía, la miraba con detenimiento, mientras tocaba sus hombros en señal de notable progreso. Giovanni lo veía todo, y sus ojos transmitían el deseo incondicional de ser el quien este en su mesa y de brindarle así, los instantes mas valiosos de su tiempo.

Su timidez le impedía acercarse, pero sus deseos por hacerlo eran inmensos y fue esta vez la conspiración del tiempo, la que parecía estar siempre en su contra, quien le brindo en un motivo la oportunidad perfecta.

 Sucede que su amiga parecía esperar a alguien y escucho sin mucho esfuerzo:

 -voy a salir a recibirlo, porque anda perdido en unas calles y conociéndolo bien creo que es mejor que me vea en la entrada, no tardo, toma el tiempo que normalmente me lleva en fumar un cigarro.

 Giovanni parecía ser el tipo mas tímido del mundo, sin embargo una gran fuerza parecía controlar su determinación, como si fuera una clase de magnetismo, dio unos pasos de más, como si se dirigiese a la caja y sin más preámbulo se acercó a la chica.

 -Perdona mi intromisión, sin querer note que llorabas, sé que no me importa y no es mi intención meterme pero si se puede solo quisiera saber una cosa.                                         
 -¿Qué es lo que quieres saber?, espero que no sea algo con respecto a lo que me pasa, no hablare de ello y mi amiga no tarda en llegar.
 -Primero que nada me gustaría saber tu nombre, no me gusta referirme a cosas importantes sin saber a quien me dirijo.
 -Jessica, me llamo Jessica (lo pronunciaba con un tono desinteresado).
 -Mi nombre es Giovanni y es obvio que es lo menos importante. Sabes Jessica, desde que me acerque nunca ha sido mi intención tratar de saber cosas que no me corresponden, yo también paso por un mal momento y trate de comprender situaciones que son inútiles cuando la respuesta solo la tiene la otra persona, (Giovanni sabia que Jessica tenia un corazón roto exactamente como el, por las palabras que logro escuchar gracias a la cercanía de las mesas).

 La verdad ya no importa cuantas veces recriminemos sus acciones, nada hará que su opinión cambie o que entendamos totalmente sus motivos, ni mucho menos que nuestros corazones sanen, es por eso que he pensado algo que tal vez nunca nos lleguemos a imaginar y……

 -Es que es un maldito egoísta!!!!! (comentaba Jessica bastante enfadada mientras interrumpía a Giovanni).

 ¿Qué estaba pasando?, no lo conocía en absoluto, no quería hablar del tema y sin embargo se desahogaba con el sin darse cuenta, tal vez con simples comentarios Giovanni demostró que la entendía, que su intención realmente era apoyarla sin necesidad de aprovecharse del momento.

 En esta ocasión, la casualidad quizá pudo reunirlos en un lugar perfecto, donde podían expresar su sentir sin titubear, donde cada uno de sus consejos, podían ser de gran ayuda para el otro, y así reflexionar sin tener que llorar en sus respectivos caminos de regreso.
Su amiga se había percatado que Jessica tenía compañía, incluso lo noto casi instantáneamente después de salir a esperar a su acompañante y aprovechar para fumar su cigarro, pero vio también que ella parecía de alguna forma disfrutar de aquella presencia, así que prefirió no acercarse.

 -¿Y por qué dices que es un egoísta?
-nunca valoro mi esfuerzo, la mayoría de las veces que nos vimos, fui yo quien tuvo que sacrificar actividades, cancelar cosas que planeaba, algunas importantes y solo para verlo. Quería que me entendiera, que me amara sin tener que usar escusas, que pudiera dar lo que yo.
-entiendo perfectamente y es precisamente a lo que me refiero, desde hace un tiempo he pensado algo importante, pero antes de decírtelo me gustaría preguntarte algo: ¿Qué es lo que extrañas realmente de el? nombra si puedes solo tres cosas.
-En realidad no son muchas, pero si las considero importantes: Extraño su mirada, algo seria pero calmada cuando me veía. Su forma de abrazarme. Y esas caricias espontaneas que solía hacerme.
-Entonces creo que tengo razón (exclamaba Giovanny como si tuviera la respuesta perfecta).
-Y a que te refieres exactamente, vamos ya suéltalo.
-Yo pensaba igual que tu y reclamaba todo, hasta que entendí lo equivocado que estaba, por eso te hice estas preguntas: Dices que extrañas la mirada “que hacia para ti”. La forma en que te abrazaba “a ti. ”Las caricias que hacia “para ti”.

 Entonces desde hace tiempo creo y ahora lo compruebo, que nosotros somos realmente lo egoístas.

 Jessica se quedo perpleja, ese chico le había dado la respuesta que nunca imaginaba, pero que por primera vez respondía a todas sus inquietudes. Giovanni tomo una servilleta de la mesa y mientras anotaba algo, le expresaba a Jessica con más calma:

 -Sabes, ser egoísta es una parte muy importante para encontrar a la persona correcta, porque mantiene tus expectativas intactas y así no permites que cualquiera entre en tu vida, he meditado por un tiempo las cosas y ahora sé que no deseo que alguien me abra las puertas del paraíso, quiero que alguien me abra las puertas de su vida primero, que discutamos para que me haga sentir que le importan mis acciones y cuando tengamos que mentir, buscar la escusa perfecta para demostrar cuanto nos conocemos, busco cosas simples para hacerlas inmensas y pretendo invitarte un café mañana, en este mismo lugar, no tienes que darme una respuesta porque no quiero presionarte, además no espero que vengas, que sea una decisión que tomes al momento y tal vez mañana como ahora, estaré totalmente emocionado por verte.

 Este es mi numero (Giovanni le entregaba a Jessica la servilleta que tanto remarcaba mientras hablaba), me tengo que ir pero quiero agradecerte por dejarme sentar en tu mesa y por darme la oportunidad de hablar contigo.

 Jessica quedo tan impresionada al escuchar a Giovanni, que no pudo devolverle la cortesía, se quedo sentada pensando en cada palara, su corazón y su delicado subconsciente parecían volver a ser estables y su cara larga se transformo en una sonrisa.

 Al notar que Giovanni salía de la cafetería, su amiga ya con su acompañante, se acercaron a Jessica, que con gestos sutiles explicaba que no era necesario seguir con lo mismo, tal vez era hora de disfrutar de su egoísmo y pensar en lo que venia sin temor de reparar en el pasado, mientras desdoblaba la servilleta para ver el numero de Giovanni, había una pequeña nota adjunta debajo del numero, “quiero ser el tipo mas egoísta del mundo y quiero tener algo que solo sea para mi, cuando te mires al espejo y te enchines las pestañas sabrás que es”.

 Giovanni caminaba con un brillo especial, sonreía como idiota y oh sorpresa!, ya no le afectaba ver parejas en la calle, ya no criticaba a la gente que pasaba y volvió a disfrutar de las farolas tenues que alumbraban su camino a casa.

 -No se realmente si las chicas más hermosas estén solas, o si el destino tenga algo especial para mí, puedo emocionarme demasiado y ella terminara por no asistir a la cita, pero gracias a eso tendré motivos suficientes para levantarme feliz por la mañana y hacer mis actividades con una sonrisa en mi rostro: ¿Ella vendrá? ¿Pensara lo mismo?, no puedo responder tales preguntas, pero se acerca una noche larga y no quiero tratar de entender cosas para las cuales no tengo cabeza.


Texto por: Tai O'farrell

lunes, 12 de noviembre de 2012

De cómo me robé a los invitados del poeta José Emilio Rendón, y de cómo los perdí, todo en la misma noche.


Me invitaron a una reunión de escritores en la que recitaría el poeta José Emilio Rendón. Yo no había escuchado de él, y por supuesto, nunca había leído nada suyo, pero me aseguraron que era una bomba. Una bomba puede significar dos cosas, pensé. Que sea muy bueno, o muy malo. Sin embargo, era evidente que querían decir que era un poeta estupendo. De cualquier modo contesté que iría. Principalmente porque dijeron que no tenía que llevar nada. Quiero decir, que ellos comprarían el alcohol. Aún así, llené la licorera con whisky antes de ir, cosa que resultó acertada porque en la fiesta solo daban mezcal y daikiris.

  La invitación me la enviaron al correo electrónico, no sé exactamente por qué, alguien que yo no conocía en persona. Así que iba solo, y cuando llegué nadie me saludó. En la invitación ponían que la fiesta sería en la calle de Zacatecas. Por aquel entonces yo vivía en la calle de Querétaro. Todo lo que tuve que hacer fue caminar una cuadra antes de llegar. No tuve que llamar a la puerta, estaba abierta y había gente por todos lados. Incluso en la calle, fuera del edificio. Fumaban y bebían pero no hablaban entre sí. Supuse que todos eran demasiado pedantes para hablar con alguien más.

 Dónde sentarse no había, todas las sillas y sillones estaban ocupados. Me quedé de pie, en medio de la estancia, tratando de reconocer a alguien. Al poeta José Emilio Rendón, o aquellos que enviaron la invitación, dando por sentado que me conocían. Al mismo tiempo daba tragos a la licorera. Tenía la necesidad de emborracharme lo antes posible. Antes de que lograra ver las cosas desde la sobriedad, y entendiera que lo mejor era largarse de allí.

 Entonces me tocaron el hombro. Una mujer me había reconocido. Me saludó entusiasta. Dijo: es un placer que hayas venido. Modestamente respondí que el verdadero placer era haber sido invitado. Luego le pregunté quién era. Riendo se presentó. Soy la persona que te envió la invitación. Ya, dije. El remitente de la invitación era 242rfs@hotmail.com De haber imaginado que 242rfs era una chica… Me ofreció beber algo. Así supe que sólo daban mezcal y daikiris. Tuve que negarme. Saqué la licorera de dentro de la chaqueta y brindé con ella, que bebía una copa de mezcal.

 242rfs me presentó con algunos colegas suyos. Se plantaba frente a alguno y le decía: te presento a Martin Petrozza, el escritor de Whisky en las rocas. Entonces me estrechaban la mano y me abrazaban y me decían que yo era una bomba. Al parecer 242rfs se había dado a la tarea de publicitarme. Yo no conocía a ninguno, pero todos con los que me llevaba habían leído mis textos. Le di las gracias por ello y saqué un cigarrillo. Antes de que pudiera encenderlo, 242rfs lo encendió por mí. Le agradecí, y dijo que me presentaría con José Emilio Rendón.

2

Rendón estaba sentado en uno de los sofás. Era un tío bastante grande, regordete y con barba tupida. Aparentaba unos cuarenta años. A su lado estaba una mujeraza. Mucho menor que él. La chica le tocaba la pierna y no tenías que ser un genio para saber que se acostaban.

 Nos acercamos a él. 242rfs nos presentó. Rendón no se levantó para saludarme. Ni siquiera me estiró la mano. ¿Martin Petrozza?, dijo, lo siento, no te conozco. Era un mamón de mierda y no hacía nada por ocultarlo. Vestía un saco café, con parches en los codos y fumaba un habano. Ya, dije, yo a ti tampoco. Entonces se levantó. Pensé que me diría algo, pero sencillamente pasó de mí. Se plantó en medio de la estancia y anunció que recitaría. Todos callaron y le miraron. Algunos aplaudieron. Alguien hizo parar la música. Alguien más apagó las luces, y encendió una sola, que daba directamente al poeta José Emilio Rendón. Dios, ya comenzaba a odiarlo. Lo imaginé planeando la instalación de aquella luz y ensayando parase allí, debajo, para recitar a sus invitados. No podía creer que a los cuarenta y tantos tacos continuase pensando en coas así.

 Bueno, el poeta José Emilio Rendón recitó un par de poemas. No demasiado largos para aburrir a la gente y tan cortos para dejarnos con ganas de más. En realidad eran buenos poemas, y hubiesen sido mejores si no tuviera esa puñetera actitud.

 Leyó sin dejarse el puro en la mesa. Leyó con voz enérgica y haciendo ademanes exagerados para enfatizar sus figuras poéticas. Al final se inclinó ante la ola de aplausos y chiflidos tan histriónicamente como una foca amaestrada. Los aplausos. Eso era todo para lo que Rendón escribía.

3

Rendón terminó de recitar y todos nos esparcimos. Una histeria por presentarse se apoderó de todos los invitados. Se acercaban a ti y decían, hola, mucho gusto, soy el escritor tal. Tuve que saludar a un par, que se plantaron frente a mí y me dijeron sus nombres, y cuando yo les dije el mío, contestaron: sí, sí, de Whisky en las rocas, ¿no? Comencé a creer que yo realmente era famoso.

 Quise probar con alguien más. Elegí una chica, por supuesto. Una rubita de buen ver que se paseaba por allí con un daikirí en la mano. Me acerqué y me presenté. Mucho gusto, dije, soy el escritor Martin Petrozza. Ella me sonrió, y antes de que pudiera decir algo, agregué: sí, sí, el de Whisky en las rocas. Lo siento, dijo ella, creo que no sé de qué me hablas, pero yo soy la poetisa Gabriela Sosa. Le estreché la mano y le pregunté si no me conocía. Le repetí mi nombre y lo de Whisky en las rocas. Hizo un esfuerzo por recordar pero al final no lo logró. Ya, dije, es igual.

 De la nada apareció 242rfs. Se colocó entre nosotros, y nos preguntó qué tal con José Emilio, ¿no es una bomba?, exclamó. Gabriela y yo nos miramos. Rendón era bueno, como ya dije, pero estaba lejos de ser cualquier clase de bomba. Gabriela asintió con la cabeza y sonrió. Yo dije: es bueno, es bueno. 242rfs se alegró. Dijo que ya nos haría llegar la invitación a otro recital, algo más formal, y se marchó. Bueno, le dije a Gabriela, y a todo esto, ¿cómo es que has venido a caer aquí? Gabriela soltó una carcajada. No lo sé exactamente, ¿y tú?, dijo.

 Nos sentamos a platicar, por dos motivos. El primero, es que ni ella ni yo conocíamos a alguien más. El segundo, que no hacerlo era tan absurdo como hacerlo, como estar allí. Le ofrecí un cigarrillo y lo aceptó. Encendí su cigarrillo y luego el mío. Me contó que la habían invitado electrónicamente, un tal 242rfs. Una tal, corregí. Bueno, conté mi parte, que era exactamente igual a la suya. Esto nos hizo sospechar, y a modo de broma, inventamos un montón de hipótesis, como que el poeta Rendón, alma narcisista hasta el hartazgo, hacía invitar a un montón de desconocidos a su casa por medio de una cadena de correos enviados desde la dirección 242rfs, haciendo pensar a todos que era un poeta muy famoso y lleno de amigos, aunque en realidad, nadie se conocía entre si, y todos iban solos, como Gabriela y como yo.

 Lo raro, le dije, es que aquí casi todos han leído mis textos. Esto la asombró muchísimo, porque la gente a la que 242rfs le había presentado también había leído, no sabe exactamente como, los poemas que había escrito para una revista hace mucho tiempo. Reímos, nerviosos; ya comenzábamos a creer que las hipótesis descabelladas, no lo eran tanto.

 Al poco rato, todo se volvió más tenebroso. Un par de chicos se nos acercaron y preguntaron si podían sentarse a nuestro lado. En el sillón que estábamos cabían dos más si Gabriela y yo nos acomodábamos. Eso hicimos y ellos se sentaron, y no pudiendo más con la curiosidad, les pregunté si alguno de ellos era amigo de Rendón. Ambos dijeron que no, que jamás habían escuchado hablar de él antes de hoy. Gabriela, que casi salta sobre mí para llegar a ellos, les preguntó si también fueron invitados por 242rfs, y si venían solos. Ambos dijeron que sí, que se habían conocido recién y sospechaban que todo esto era una farsa. Soy Martin Petrozza, dije, de casualidad… ¿han escuchado mi nombre alguna vez? Uno de ellos asintió. Dijo que un par de textos míos venían adjuntados en los correos que había mandando 243rfs antes de la fiesta, en la lista de invitados,  o algo así. Querrás decir 242rfs, apunté. No, no, dijo, 242rfs es quien nos invitó, y 243rfs es quien envió textos tuyos y de un montón más para que nos conociéramos. Todo esto sale a mi entendimiento, exclamó Gabriela.

 Continúanos intercambiando impresiones. Incluso con otros más, porque ninguno de los cuatro podía soportar la idea de que todos en esta fiesta habían venido solos, y ni ninguno conocía personalmente a José Emilio Rendón. Todos convergíamos en dos cosas: no sabíamos exactamente por qué demonios estábamos allí, nunca habíamos escuchado hablar de Rendón, ni le conocíamos, y era un maldito mamón de mierda. Así descubrí que no fui el único al que Rendón dejó con la mano estirada. Lo había hecho con todos y cada uno de los presentes. Y esa 242rfs se había comportado con todos como conmigo; había creado en nosotros, de algún modo, la sensación de que éramos famosos. Y por encima, que Rendón era aún más famoso y conocido, lleno de amigos y tan bueno como para dar mezcal y daikiris en su fiesta. 
4

Estaba harto. Cada uno de nosotros llamó a otro para ver si era cierto todo lo que habíamos elucubrado. Yo había tenido suficiente. Le dije a Gabriela que me iría de allí inmediatamente, que por mí, podían quedarse todos a revelar el misterio de esta farsa. Tiré la colilla de mi último cigarrillo al suelo, sobre un tapete que lucía caro , y lo aplasté con la suela de mi zapato. Acto seguido, me encaminé a la salida.

 Antes de llegar a al salida, me dieron ganas de ir al baño, y bueno… ya estaba allí. Así que regresé a buscar el cuarto de baño. Antes de irme le dejaría mi último regalo a este hijo de las mil putas de Rendón. Encontrar el sanitario no fue difícil, estaba en el mismo lugar que siempre: al fondo y a la derecha. Era un cuarto de baño bastante elegante. Me bajé los pantalones y bueno… fue allí y haciendo eso que se me ocurrió.

 Venga, ¿por qué no vienes a mi casa?, le dije a Gabriela, a la que había abandonado en medio de todo ese alboroto. Hay cerveza y hay whisky, y es mejor que estar en este circo. Gabriela lo dudó, supongo que se pensaba que yo la estaría ligando o tratando de llevar a la cama. Esto podía ser verdad, pero aún no lo sabía. Todo lo que deseaba era sacarlos a todos de allí. Le dije a Gabriela que podíamos invitar a esos dos. Los señalé. Eran los que pidieron permiso de acomodarse en el sillón. Y a esos, dije y esta vez señalé a los segundos que se acercaron. Y a eso, y a esos, y a esos, repetía y señalaba a todo el mundo, sin ton ni son. Venga, le dije, podemos llevar a todos a mi casa. Gabriela, que ya lo había comprendido, pegó un brinco de alegría y aceptó. Ella misma se encargó de hacer las invitaciones; yo me paraba detrás de ella y asentía con la cabeza. Repetía: hay whisky y cerveza, y todos podemos ir.

 Nos bastaron quince minutos para sacarlos a todos de la fiesta de Rendón. 242rfs estaba vuelta loca. Pedía que por favor nos quedáramos, que Rendón recitaría más poemas. Pero a nadie el importaban los poemas de Rendón. Nadie sabía a ciencia cierta porqué carajos estaba allí. Salían en de uno en uno, o en parejas o en grupos, y notabas que el barco se estaba hundiendo y no había nada que 242rfs pudiera hacer para evitarlo.

5

 Entramos a mi casa. Éramos alrededor de cuarenta personas. Nos acomodamos como pudimos. Estábamos felices de haber salido de allí, aunque no sabíamos exactamente qué hacer. La cerveza y el whisky que había en mi casa no alcanzaría para apagar la sed de todas estas personas.

 Bueno, dijo alguno de ellos, ¿y ahora qué hacemos? La situación era ridícula. Cuarenta tíos metidos en un departamento, apretujados, en silencio y sin bebida. No daban ganas ni de moverse.

 La idea fue de Gabriela. Propuso que yo leyese alguno de mis textos. Yo los había librado de las garras de Rendón y además, estábamos en mi casa. La ocasión se prestaba para ello, según ella. Los demás no estuvieron de acuerdo, pero tampoco en contra. Incluso hubo algunos gritos a favor de que lo hiciera. No estaba seguro, pero tampoco hallaba un modo mejor de pasar la velada, así que cogí mi vieja libreta, que estaba botada en la mesa, y me paré en medio de la estancia. Gabriela se ocupó de todo. Apagó las luces y me alumbró con la lámpara de su teléfono móvil. Ahora yo era el centro de atención.

Comencé a leer un texto, con la voz insegura y pensando en qué mierda era todo esto, cuando noté que alguien comenzó a murmurar. Gabriela les hacía callar, pero poco a poco los murmullos crecían como una ola que se acerca. Eran más y más fuertes, y tuve que subir el volumen de mí voz. No pude con ellos. Inevitablemente murmuraban y se ponían de pie. Gabriela les pedía silencio y respeto por aquel que leía, pero la cosa era inminente: abrieron la puerta y comenzaron a salir. Primero de uno de uno, pero luego en parejas y en grupos, y yo no podía detenerme. Continué leyendo hasta que el último salió.

 Le dije a Gabriela que eso era todo, que estábamos acabados.



Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com