lunes, 29 de octubre de 2012

No hay modo honesto de explicar esto.

No hay modo honesto de explicar esto. Catorce cigarrillos en una sentada. Ocho cervezas. Nueve cervezas. Diez, once, doce… Veinte cigarrillos. No hay modo honesto de explicar esto. Sin embargo, Deby quiere explicaciones. Quiere saber por qué. Alzo los hombros y destapo otra cerveza. Estamos en mi casa, el frigobar no sirve y la cerveza está caliente. No es la primera mujer que pide explicaciones. Si las tuviera, quizá no lo haría. Pero no las tengo, bebo y fumo, no me pregunto por qué. Deby insiste. No lo sé, digo, probablemente esto es como todo, uno hace cosas; las mujeres compran zapatos que no necesitan, al menos yo lo necesito. Deby dice que no lo necesito. Es igual, digo, nadie necesita explicarse nada.

 Hace cinco años que no miro a Deby, ahora nos reencontramos. Hace más de cinco años que bebo y Deby continúa preguntando por qué. Yo también tengo mis incógnitas, por ejemplo, ¿Por qué Deby nunca quiso acostarse conmigo? Se lo pregunto, de la nada, y responde que no lo sabe. Debes saberlo, digo yo, esas son cosas que siempre se saben. Deby calla. No hay mucho de que hablar después de la catorceava cerveza. Se levanta. Dice que irá al cuarto de baño. Asiento con la cabeza. Antes de que ella vuelva limpio la mesa. Recojo los envases y tiro las colillas de cigarro que hay en el cenicero. Es todo por esta noche. Catorce cervezas, veinticuatro cigarrillos y Deby en el cuarto de baño.

 Cuando sale me encuentra de pie. Nos miramos sin decir algo. Nos acercamos sin decir algo. Estamos tan cerca que podríamos besarnos. Podríamos hacerlo ahora mismo, sobre el sofá, o sobre el suelo. Pero no lo haremos; si no lo hicimos antes, mucho menos ahora. No hay modo honesto de explicar esto. Habría mucho que decir, pero todo sería mentira. Digo a Deby que la quiero. Acerco mi boca a la suya, pero me evita. Entonces beso su mejilla, que es lo único que ofrece, y repito que la quiero. Es todo por esta noche. Catorce cervezas, veinticuatro cigarrillos y un beso en la mejilla. En breve se irá. Bajará las escaleras, saldrá del edificio, se meterá a su coche y conducirá a su apartamento. En el camino pensará, probablemente, que hemos cambiado. No hemos cambiado nada. Yo bebo y ella no se acuesta conmigo, desde que teníamos veinte años.

 Deby anuncia que se va. Yo digo que está bien. Abro la puerta. Deby sale, y yo detrás. La llevo a la puerta del edificio y allí la despido, con otro beso en la mejilla. Ella dice que me quiere. Yo no digo nada, ya lo he dicho dos veces. La miro subir al coche y arrancar. Miro el coche que se va y regreso dentro. Cinco años de no vernos y aún no puede decir me quedo esta noche.

 Busco en la lacena, sé que debe estar en alguna parte. Hay muchas botellas, pero todas vacías. Sé que debe estar en alguna parte. Reviso uno por uno los estantes. Una por una las botellas, hasta que la encuentro. Una botella de whisky con la mitad llena. Suficiente para el resto de la noche.

 Me pongo un whisky en las rocas y voy a la sala. Me siento en el sofá y bebo. Pienso en Deby, en todo lo que pasó entre nosotros, que en realidad es nada. No puedo creerlo, que no haya pasado algo. Que todo pueda resumirse a nada. Es posible que por ello Deby no quiera acostarse conmigo, porque inclusos si se acostara, no pasaría nada. Yo seguiría bebiendo y ella seguiría siendo ella. Dicen que donde hubo fuego queda ceniza, pero entre nosotros nunca hubo fuego. Para acostarse con alguien debe haber algo.  No importa si es un acostón con una desconocida. Incluso allí debe haber algo. Llevo aferrado a la idea de Deby demasiados años, si eso no dignifica algo… Termino la copa y sirvo otra, sin ganas. He llegado al punto de beber por beber. Sirvo otro whiksy en las rocas y lo bebo despacio. ¿Hay un punto en que se bebe por algo? Si lo hay, yo no lo he encontrado. Beber es un vicio, como comprar zapatos, pero, de algún modo, mucho más honesto.

 Al amanecer despierto sobre el sofá. He terminado con la botella. No recuerdo haber terminado con la botella. Miro el reloj. Son las doce con treinta. Cojo el teléfono y llamo a Deby al trabajo. Luego que me la comunican, le digo que podríamos comer juntos, ahora que nos hemos rencontrado. Se excusa, dice que no puede. Digo que está bien, aunque no lo está. ¿Qué otra cosa podría decir? Cuelgo y me levanto. Estoy dispuesto a tomar la ducha.

 Mientras me ducho pienso, en mí, en mi vida. Es jueves, no tengo algo que hacer. Quizá por eso bebo, porque nunca tengo algo que hacer. Hay otra gente que no hace nada y no por ello bebe. Qué más da, me digo, yo bebo, y eso es todo.

 Cuando salgo de la ducha, suena el teléfono. Lo cojo. Es Deby. Dice que si lo prefiero, podemos cenar, saliendo del trabajo. Esto me entusiasma y se lo digo. Por supuesto, acepto.

2

Cuando Deby llega, tengo la cena lista: nuggets de pollo y cerveza. He tenido que comprar cerveza, con lo último que me queda de dinero. Veinte cervezas. También he comprado un par de cajetillas de Delicados. Deby no fuma, pero yo sí. Ahora estoy sin blanca, pero me importa poco. Deby está aquí, y cada que Deby viene, es una nueva batalla.

 Pasa y sonríe, le conmueve que la mesa esté servida. Antes que se siente, le estiro una flor. No sé que clase de flor, la he robado del jardín vecino, pero es algo. Deby ríe y comenta que soy un encanto. Un encanto con el que no te quieres acostar, pienso. Deja la flor sobre la mesa y toma asiento. Yo hago igual, tomo asiento. Comemos en silencio, no hay mucho que decir después de cinco años. Curioso, pero verdad.

 Deby habla, del trabajo, de sus padres, de cosas. Yo la miro y pienso que sí hubo fuego, que lo hay incluso ahora. La miro y siento que la quiero igual que la quisiera hace cinco años. Destapo una cerveza y no dejo de mirarla. De pronto dice que ha comprado mi libro y ha leído. Dice que soy un escritor estupendo. Alzo los hombros. Hago lo que puedo, digo. Dice que debería escribir una historia de nosotros. Toso, y digo que ya lo he hecho. No he llegado a esa parte del libro, dice riendo. No, digo yo, no está en el libro. Se decepciona. Todas las mujeres son iguales, pienso, sólo quieren leer historias donde salgan ellas. Pregunta si tengo la historia a la mano, quiere leer. Cojo un nugget y me lo llevo a la boca. Con la boca llena contesto que no, que es algo personal. Miento, he publicado esa historia ya hace tiempo.

 Deby coge el último de los nuggets. Lo tiene en la mano pero no lo come. Habla con él en la mano. Dice que ha tenido mucho trabajo. La han cambiado de departamento y ahora tiene responsabilidades fuertes. Siempre es así, cuando estamos a punto, cambia el tema. No logramos intimar. He dicho que la historia de Deby es personal, pero le importa poco. Ni siquiera insiste en leer. He dicho que no la tengo a la mano y eso basta para rendirla. Si hubiese insistido se lo hubiese mostrado. Bueno, digo yo, supongo que eso está bien, de algún modo. Deby se zampa el nugget y asiente. Está contenta, dice, ahora gana más dinero y puede pensar en coche nuevo.   Ya, digo yo. Y a todo esto, pregunta, ¿cómo te va ti con las ventas del libro? Bueno, respondo, tengo techo y tengo vicio. Es todo lo que pido en esta perra vida: techo y vicio. Deby sonríe, se levanta y lleva los trastos a la tarja. La dejo hacer, después de todo le importa poco cómo me vaya.

 Regresa de la cocina y destapa una cerveza. Ella bebe, pero poco. Además, no hay otra cosa. Sin embargo dice algo que me sorprende. ¿Sabes?, dice, esta noche tengo ganas de embriagarme. Lo dice animada. Pregunto por qué, ella no es así. Bueno, contesta, con todo el maldito estrés del trabajo… Ya, digo yo y brindo por ella. Deby brinda y se pega un trago largo de cerveza. El cabello se le mueve y eso me excita. También me excita la idea de que quiera emborracharse.

 Camina por la sala, como buscando algo. Lo encuentra. Mis viejos discos compactos. Revisa y coge uno. Lo hace sonar en el estéreo. Es un disco de Led Zeppelin. Elige la canción, es C´mon everybody y baila. Dios mío, si no quiere acostarse conmigo no debería hacer eso. Pero lo hace, y encima se descalza. Los zapatos de tacón negro quedan en medio de todo. No puedo controlarlo, me empalmo enseguida.  Deby viene del trabajo, así que viste una falda negra, corta, y debajo medias. El torso lo cubre con una blusa blanca, escotada y que deja ver el sostén, negro también, debajo. Debería estar prohibido presentarse así a la oficina. Sobre todo por la ventaja que esto representa. Una mujer como Deby, vestida así y que no sea vicepresidenta… Dios.

 Me instalo en el sofá, cerveza en mano, y la miro bailar. Cuando la pieza termina se deja caer sobre mí, como las estrellas de rock, que se dejan caer sobre el público. La tengo entre mis brazos, a Deby, y si esto no significa algo… Se levanta dentro de poco, ha sentido mi erección, y se alisa la falda. Vuelve a sí. El estéreo continúa sonando pero ya no baila. Ahora suena Heartbraker. Le digo que esa canción es suya, al menos el título. Ríe, dice que me deje de tontadas, que ella no ha roto el corazón de nadie. Bebo.

  Regresamos a la mesa y bebemos en serio. Deby bebe de una manera que no imaginaba. A tragos largos, uno tras otro, y ríe y dice cosas. Realmente planea emborracharse. Yo bebo despacio, no tengo intención de perder la cabeza antes que pueda decir a Deby lo que siento por ella. Enciendo un cigarrillo. Ofrezco uno a Deby, al fin viene con actitud nueva, quizá hasta quiera fumar. Lo rechaza, dice que no entiende cómo la gente puede fumar. Antes fumabas, le recuerdo. Es verdad, antes lo hacía, dice, pero dejé de hacerlo porque no entiendo. No hay que entender nada, digo, sólo se hace o no se hace, y eso es todo. No hay modo honesto de explicarlo. Calma los nervios, contiene nicotina, es socialmente aceptado, pavadas todas. Se fuma si quiere, y es todo. Pues yo no quiero, dice. Vale, digo yo, nadie te obliga a hacerlo.

 Aquí nos adentramos a una conversación pausada, casi melancólica. Nadie obliga a Deby a hacerlo. Nadie obliga a nadie a nada. Esto no evita los deseos. Yo quiero acostarme con ella, no importa si ella no lo desea. Es así. Ha sido así hace siete años. Ninguna mujer ha mantenido en mí el deseo de hacerlo más de dos semanas, excepto… Trato de explicarlo, de hacerle ver que entre nosotros hay fuego. Una cosa así debe ser fuego, algo. Deby escucha y bebe. Yo hablo pausado, me trabo, y no sé qué decir. No es la primera vez que hablamos de esto. Lo hemos hablado desde que teníamos veinte años, joder. Yo siento algo por Deby y ella… bueno, ella dice que me quiere. Nos hemos besado antes, y lo haremos ahora. Es algo que se sabe. La bebida, el baile, no pueden pasar sobre una mujer sin hacer nada. Deby lo siente, estoy seguro. Me levanto de la mesa y me acerco a ella. No se mueve, no dice nada. Me acerco y le beso el pelo. Me deja hacer. Nos queremos, no importa si nos acostamos o no, somos amigos y hay algo. Le beso el cuello y se deja. Le beso la boca y me besa. Nos estamos besando, pienso. En el estéreo suena White summer.

 Esta puede ser la batalla ganada, pienso al tiempo que la beso y la acaricio. También pienso que no se gana nada. ¿Por qué tanto afán de acostarse con una mujer? Mujeres hay muchas. No comprendo esa fuerza que nos hace inclinarnos por una. Lo mismo podría estar ahora con otra. Con una que se dejase sin más.

 3

Deby está allí, de pie, con las tetas de fuera. Nos hemos besado y le he quitado la blusa y el sostén. Le he metido mano pero ha pedido que pare. El disco ha parado también. Hay silencio y yo no entiendo nada. Deby luce como alguien que está a punto de llorar. Deby no es virgen, lo sé. ¿Entonces? ¿Es que soy tan malo para esta mujer? Los siento, dice, pero no puedo hacerlo, no soy plato de segunda mesa.

 Ahora lo entiendo todo, es eso. Hace seis años me dijo lo mismo porque me declaré a ella, pero acabé saliendo con otra mujer. Cuando terminé con la otra, pedí a Deby que intentáramos salir.  No soy plato de segunda mesa, dijo. Dios, dije, ¿no has superado aquello? Era mi mejor amiga, dice. Es cierto, la otra mujer era amiga de Deby y yo la cagué. Todo este tiempo ha guardo rencor en su corazón. El orgullo no la ha dejado crecer.

 Deby se cubre, se sienta sobre el sofá. Yo me siento a su lado y acaricio su pierna. Venga, le digo, sácalo todo. ¿Soy un hijo de puta? No lo sé, dice, no hay modo honesto de explicar esto.



viernes, 26 de octubre de 2012

Lo que salió de mí.



Texto por: Roberto Araque


Intentaba escribir un relato. Hice de todo, sin embargo, después de cuatro horas la hoja permanecía intacta. Decidí salir del cuarto e ir al baño. Me desnudé y me senté sobre el poceta (retrete) para dejar fluir mis ideas. No sé si es raro, pero allí me relajo; mis mejores cuentos los he escrito sobre la poceta – tu olorcito apesta, el llamado que me suena a peo, me cago en tu puta mierda perra o ¿qué coño le pasa a tu culo que se anda regalando?-. Eso sólo lo hago en casos de emergencia, aquella era una; tenía un mes sin publicar y como vivo de lo que escribo mi situación económica era crítica. 

 Tomé el lápiz, el papel, un pedazo de cartón y decidí escribir las primeras palabras de mi nueva obra – para ese entonces-. Nada. Ni una palabra. Mi mente estaba bloqueada. Luego, no sé si por costumbre o porque estuve como una media hora sentado sobre la poceta, me dio por cagar. Cagué. Mientras lo hacía surgió una idea maravillosa y horrenda al mismo tiempo. En un primer momento la deseché por considerarla grotesca, era un tema que nunca había explorado. Después recapacité, tal vez no era tan mala. Sólo debía darle un enfoque literario para hacerla digerible. Sin embargo, tenía dudas. En todo caso, era mejor que nada. Si me aparecía en la editorial con el relato lo podrían rechazar, pero me daba la excusa perfecta para pedir un adelanto. Necesitaba el dinero porque ni una cervecita me había tomado desde que Petrozza – uno de mis compinches de farra- vomitó sobre las tetas de Susan – otra de mis compinches -, eso fue hace como dos meses antes de publicar el relato del que hablo. La falta de alcohol me impulsó o me dio el valor para continuar con mi proyecto. Eran las 6:00 de la mañana, debía entregar un relato de 20 páginas a las 7:00 am. El editor, el viejo Irán – así  le decían los colegas de redacción-, era un tipo muy puntual y rencoroso; cuando un escritor se ganaba su desprecio nunca más se volvía a saber de él. Y el viejo esperaba mi relato. Varias veces me había advertido lo que sucedería si no le entregaba un relato para la fecha acordada. Estaba en su lista negra. Como eso era lo único que tenía en la cabeza me dispuse a desarrollar la idea, la cual era genial, pero el asunto era cómo iba a plantear el tema sin terminar con un cuento que tronchara mi carrera de escritor. Eso me asustaba un poco. Justo cuando todo estaba mejorando suceden cosas como estas; hace dos meses recibí el premio nacional de literatura por un relato - ¿qué coño le pasa a tu culo que se anda regalando?-, ahora estaba contra las cuerdas a punto de perder mi empleo. Me había costado mucho encontrar una revista que pagase lo justo por mis relatos. Podía perder todo por lo que había luchado, pero no tenía nada más y el plazo se había agotado. Me lamenté por las horas perdidas y por el dinero despilfarrado en ron y putas. Pero ya nada se podía hacer, sólo tenía que escribir. Aunque después de todo no era tan malo, sólo debía concéntrame.

 Lo primero que hice fue establecer las pautas; en mi relato no habría más que tres o cuatro personajes, no habría muchos diálogos y la acción transcurriría en diversos escenarios, pero sin describirlos. En la primera parte de mi relato narraría lo que le sucede a la mierda cuando está en el retrete y nadie baja la perilla; sería como una metáfora del aborto o el devenir de huérfano. El concepto era sencillo y brutal, ningún escritor lo había abordado – según mi conocimiento-. Me gustó tanto la imagen que le dediqué el relato a mi novia Daniela que estaba en Francia. Tenía meses que no la veía, pero todas las noches la llamaba para recordar el tonito agudo de su voz. La extrañaba, pero ella parecía cada vez más distante. Como una luz que titila antes de apagarse o el eco que pareciese que se aleja por cada zumbido, ella terminaría conmigo; por eso las relaciones a distancias no funcionan.
Comencé el cuento, lo llamé: Todo lo que sale del hueco ubicado al final de tu raja es poesía para mis ojos. Como se me hacía difícil imaginar una plasta en el retrete, me levanté y observé el pedazo de mierda que había expulsado. Lo detallé; era marroncito, ni tan grande ni tan pequeño, de forma tubular con una punta redondeada y dura, la otra me recordaba a la cúspide de una barquilla, de contextura pastosa como un la mezcla de un pastel de frutas antes de hornear y tenía unos trocitos negros sobre su superficie que parecían chispas de chocolate - en ese instante recordé que me había comido un plato de caraotas  (frijoles negros) la noche anterior-. La luz que se filtraba a través de la ventana de mi baño daba justamente sobre el hueco del retrete, en ciertos instantes el agua irradiaba destellos de luz que me hacían parpadear, no obstante, a la imagen le faltaba algo. Se veía muy opaca, faltaba colorido. Oriné por un borde de la poceta para que el chorro no dañara el mojón – trozo de mierda-. Ya estaba, el color amarillento de mi orina otorgaba una gama de colores bien definido. A medida que se desasía el mojón se mezclaba con el amarillo y todo se volvía como un claro oscuro que iba desde el blanco hasta el marrón, pasaba por una fase intermedia que era el amarillo en diferentes tonalidades. Me pareció hermoso así que busqué la cámara fotográfica para inmortalizar el momento. Tomé una foto, la imprimí y la llamé: el mojón estrellado. Le coloqué ese nombre porque me recordó a un cuadro de Van Gogh. 

 En ese instante comencé a escribir, lo hacía como un caballo desbocado. Las palabras surgían de mi mente tan rápido que apenas podía llevar el ritmo. Todo resultó magnifico. En el cuento describí hasta el más mínimo detalle del proceso de defecar. Luego qué ocurre con la mierda cuando está en el retrete, hasta cuando desaparece de la vista de su progenitor. En la segunda parte del cuento, desarrollé la historia de un hombre que estaba profundamente enamorado de su mujer, la cual muere en un incendio cuando cuidaba de su hijo en casa. Todo se calcina. Fue tan voraz el incendio que los cadáveres se evaporaron. La única cosa que se salvó fue un pedazo de mierda que estaba en el retrete. El hombre lo toma y se aferra a él como el único recuerdo de su pasado – de su mujer en este caso-. Lo coloca en un frasco y lo lleva consigo para todos lados; viaja con él para la playa, la montaña, los Alpes suizos –las vacaciones soñadas por su esposa muerta- y lo lleva a cenas románticas a luz de luna. 

 El clímax del relato llega cuando una noche el hombre borracho, adolorido y desquiciado, se traga el mojón para fundirse con lo único que quedaba de su mujer; después se bañó con gasolina y ya sabrán lo que pasó.  Cuando lo terminé me sentí tan complacido que ni siquiera lo corregí. Lo que me pareció extraño es que no tenía ni un error. Resultaba gratificante estar junto a mi obra, pero, como suele suceder después de un gran desgaste, necesitaba comer, además debía entregar el relato a la editorial. Pensaba en cobrar mi pago, era lo que más me entusiasmaba. Fui a la cocina a preparar mi desayuno con lo único que había en la despensa; carne, un pedazo de arepa y queso. Cuando comía observé una cosita marrón pegada a mi mano, pero recordé que no me había limpiado el culo por lo tanto debía tener las manos sin suciedad. Esa cosita marrón que estaba en mi comida era un trozo de arepa con carne molida de la noche anterior, creo que era eso. Eso no tuvo importancia, pero si me puso a pensar; por largo tiempo me había tragado cosas, ahora con este relato las expulsaba y me sentía aliviado.  Después de comer me coloqué unos pantalones, una franelilla y con unas sandalias rosadas me dirigí a la editorial.

 Al llegar pude ver que el viejo Irán estaba en su oficina. Cuando me distinguió fue a mi encuentro y dijo unas cuantas cosas que no recuerdo, luego pidió el relato. Le expliqué que no era gran cosa, pero había puesto gran esmero en esta obra en particular. El apenas leyó las primeras cuatro páginas se detuvo, me miró perplejo y preguntó:

-¿Qué es esto?-
- Mi relato.- Respondí.
-Es…Es…No puedo expresar mi sorpresa. Esto es… ¡Genial!-
- Gracias-
- Vaya que es una obra maestra. Chico eres un genio. Te daría un abrazo, pero hueles raro. Imagino que es porque sólo te dedicas a escribir. No deberías descuidarte tanto. Sé que eres un bohemio, pero la imagen importa, también la higiene.-
-Sí, señor. Gracias por el consejo.
- Mira. Vamos a hacer algo. Anda a tu casa, te duchas, comes, descansas y en la noche te vas a mi casa, tenemos que celebrar. No lo terminaré de leer, lo enviaré directo a redacción. Lo publicarán mañana.-

 Regresé a casa exaltado y de inmediato me dirigí al baño. Allí estaba mi musa dispuesta en el retrete, aunque no como lo había dejado; ya no quedaba mucho de ella en estado sólido. Lamentablemente era el momento de la partida, pero no tuve el valor. No bajé la perilla, lo dejé allí para que se terminara de disolver en el agua. El olor era nauseabundo, pero la imagen resultaba hermosa. Me detuve a contemplarla y le tomé varias fotografías como gesto de despedida.

 Al día siguiente se publicó el relato tal y como había prometido el Señor Irán. No asistí a la reunión porque me encontraba cansado. Ya en la tarde mi teléfono no paró de sonar. Muchas personas me llamaban para felicitarme por tan buen relato, otros lanzaban una crítica, sin embargo, no pasó desapercibido. En todas las personas generó un impacto enorme, para bien o para mal. Por meses  se habló de de otro premio nacional y, quizá, un viaje a Estocolmo. Desde que se publicó se han hecho como 200 ensayos de mi relato, psicólogos, psiquiatras hasta religiosos se han pronunciado, por allí hay un libro que te explica cómo analizar Todo lo que sale del hueco ubicado al final de tu raja es poesía para mis ojos, no lo he leído. 

 Me invitaron de cinco universidades para explicar el relato, sin embargo, hasta ahora he rechazado sus peticiones. Durante esos días hice arte con toda la mierda que expulsaba, a la gente le gustó – aún le gusta-pero eso no me quita el sueño. Lo que sí me preocupa es que en estos tres meses aún no he bajado la perilla de la poceta, tampoco he limpiado el baño, y Daniela viene este fin de semana, decidió venir a vivir conmigo.



Texto por: Roberto Araque




lunes, 22 de octubre de 2012

Superamigas.


No sé cómo llegamos a ello, pero tampoco es difícil imaginarlo. Una conversación así es de rigor entre un grupo de chicas. Es común entre las chicas. No importa donde vivas; incluso si vives en Pakistán, donde las mujeres van tapadas hasta los dientes, y se les prohíbe hablar, incluso allí, una encuentra el modo. Se habla con las miradas, si tú quieres, pero se habla. Se habla de… hombres.

 De todas nosotras, Laura era la chica con más experiencia en todo. En beber, en fumar, en engañar a los padres, en cursar el colegio sin estudiar, en antros de moda, en bailes, en maquillaje. Y claro, Laura era la chica con más experiencia en hombres. A mí no me consta, pero ella aseguraba haberse acostado con al menos ocho. Según cuenta la leyenda, leyenda que la misma Laura se encargó de propagar, tuvo su primer experiencia sexual a los catorce años, con un profesor de Literatura. Desde esa edad dio rienda suelta a sus deseos, que según aseguraban, precisamente los hombres del colegio, eran insaciables. Laura era, para dejarlo claro, ninfómana. Por supuesto, en aquel entonces yo no sabía que existía una palabra así, una palabra para definir a Laura.

 Estábamos en un bar de la colonia Roma (era una de nuestras primeras salidas a bares, solas, entre mujeres). Estaba Laura, obvio, y Rebeca, Astrid y yo. Las cuatro fantásticas, como solíamos llamarnos, aunque de fantásticas teníamos poco. Para ser sincera, no pasábamos de ser un grupo de colegialas comunes y corrientes. No hay nada más común y corriente que creerse superamigas, o cuatro fantásticas, o lo que sea. Habíamos ido saliendo del cole, y aunque la colonia Roma quedaba a casi una hora de recorrido, íbamos, porque, como ya dije, éramos comunes, y bueno, todo el mundo quiere ir a la colonia Roma a beber copas que cuestan el doble, y pagarlas con gusto, sólo porque sí o… no sé, algo así como estar en onda, ya sabes.

 El caso es que dentro del bar había hombres, claro. Nunca lo dijimos, pero todas entendíamos por salir entre chicas, pues… salir entre chicas. Es decir, sin acompañantes del sexo opuesto. Por supuesto, quedaba estrictamente prohibido invitar, avisar o encontrarse con alguno. Eso estaba claro. Lo que no estaba claro era si una tampoco podía ligar, o al menos, dejarse ligar por alguno que espontáneamente llegara. Nunca lo habíamos discutido. Lo malo de los grupos de chicas es que todo debe darse por entendido. Las cosas entre mujeres serían más sencillas si fuésemos tan directos como los hombres.

 En una de las mesas había tres chicos, más grandes que nosotras, que no dejaban de mirarnos; seguramente porque ellos venían solos, y sobre todo, porque nosotras estábamos solas también. Laura fue la primera en notarlo, pero no dijo nada. Hasta que Astrid se levanto, para ir al sanitario, y una vez de regreso, comentó que allá había tres que la habían seguido con la mirada, de ida y de regreso. Rebeca volteó a mirar. Dijo que uno de ellos no estaba mal. Yo miré también y lo confirmé. Había uno que llamaba mi atención. Sin embargo, no atiné a la opinión de Rebeca. Cuando expresamos nuestros sentires, resultó que yo hablaba de uno, que era alto y rubio, y ella, de otro, delgado y moreno. Astrid votó por el rubio, dijo que le parecía más apuesto. Laura, de la que esperábamos aprobación, dijo que definitivamente, lo que es ella, se quedaría con el mío, es decir, el moreno. Astrid y Rebeca exclamaron. No podían creerse que a nosotras, pero en especial a Laura, gustara más ese. Ellas tenían la idea de que la piel blanca vale más. Cosa curiosa, dicho sea de paso, ambas eran morenas como la que más.

 Creo que de aquí sacamos la conversación. Laura se mostró empeñada en que la piel morena era mejor, al menos, cuando de hombres se trata. Dijo haber salido con algunos de piel blanca, muy finos a primera vista, y quedar decepcionada. Aunque yo me inclinaba por lo mismo que ella, no tenía en mi haber experiencia suficiente para asegurar nada. Le pedimos explicaciones. Siempre era así: nuestra opinión se veía menguada por la lengua de aquella que había vivido más. Para empezar, nos preguntó a Rebeca y Astrid por qué les gustaba más el chico blanco. Astrid casi no habló, Rebeca lo dijo todo por ella y su compañera. Dijo que los blancos le parecían más guapos. Básicamente fue todo, pero hasta yo lo noté: había algo de prejuicio en sus palabras. No insultó la piel morena (ella era morena, como ya dije), pero elogiaba a los rubios, como si fuesen dioses. Yo dije, sin que nadie me preguntara, que eso era tan tonto como los aztecas que confundían a los españoles con los enviados de Quetzalcóatl, o algo así. Laura rio, dijo que no era para tanto, pero que algo había de cierto.

 El discurso de Laura fue sobre eso precisamente, sobre cómo nos habían vendido la idea que ser rubio es mejor (Laura era rubia). Sin embargo, ella tenía una teoría (que había comprobado al menos tres veces), y que era así: el rubio es femenino, representa la feminidad, la pasividad y la belleza. De este modo, una mujer rubia es dos veces femenina, y, un hombre rubio es de algún modo femenino también. Y la feminidad en un hombre, es algo que deja mucho que desear a una mujer. Los morenos, según Laura, representan la fuerza, la vitalidad, la acción en carne viva. El fuego. Y siendo así, una mujer morena es masculina en cierta medida. Un moreno es pasional y fogoso, fuerte y capaz de realizar sueños grandes. Los blancos, no, dijo, ellos son como mujeres. Astrid le reclamó que eso era misógino, casi como decir que los blancos y las mujeres no son capaces de nada. Laura se defendió explicando que no quiso decir eso. Lo que quiso decir es que los morenos son trabajadores, amantes bestiales, y capaces de salir delante de la nada. Al menos, en mayor medida que los blancos. Astrid no quedó convencida. Rebeca dijo que eso era muy cierto. Comentó el caso de una tía suya que siempre prefirió a los hombres blancos. Estaba loca y jamás se permitió la bajeza (así lo consideraba la tía) de salir con moreno. Bueno, pues tuvo tres matrimonios y ninguno funcionó. Los hombres que elegía eran bellos, pero no sabían hacer nada. Encima, ellos mismos se consideraban merecedores de todo, y al final la dejaron por alguien más.

 Dejamos el tema, porque aquellos tres nos miraban tanto que algo había que hacer.

2

Laura regresó las miradas al moreno. Esto dio pie a que el resto de nosotras también lo hiciera. Si Laura permitía que en nuestra salida de chicas pudiésemos ligar, por nosotras encantadas. Teníamos 19 años, ligar era tan emocionante como la montaña rusa. Nos hubiésemos dejado conquistar por una jauría de rufianes con tal de poder decir, al día siguiente, que no salimos solas del bar. Era importante para la reputación, y en ese tiempo, aún creíamos en la reputación. Una reputación tergiversada, porque, a decir verdad, más reputación hay en no dejarse ligar, en ser la chica inalcanzable. Pero eran tiempos modernos y una chica sola era como un jitomate podrido. Había que salir y decir: conocí a alguien. De lo contrario sería una la patita fea.

 También, había competencia incluso entre nosotras. Ellos eran tres y nosotras cuatro. Una quedaría sola, pasase lo que pasase, porque modernas modernas no éramos; jamás permitiríamos compartir a un ejemplar.  

 Los chicos nos miraban y reían. Estarían hablando de nosotras, de quien va con cuál, y de si les gustan las morenas o las güeras. Esto no lo sabíamos pero lo podíamos imaginar. Laura dijo que no nos torturáramos tanto, los hombres se conforman con lo que sea. Pueden decir me gusta esa, pero si al final acaban con otra, les da igual. Para ellos es más fuerte el caso de la reputación. Son capaces de salir con la más fea con tal de no salir solos de allí. Luego contarán que se cogieron a una mujer tremenda, no importa si no se la cogieron. Esto ya eran palabras mayores, por lo menos para mí, que la verdad, no me acostaba con cualquiera. No por pretenciosa, por miedo. Me gustaba ser mirada, y hasta podía platicar con ellos, con los hombres, y reír y salir, pero a la hora de la hora me echaba pa´trás. Laura lo sabía, yo se lo había contado, y decía que no me preocupara, que ya llegaría el hombre que me haría dejar de dudar.

 Los tres vinieron a nuestra mesa. Laura los invitó con la mano. Se sentaron frente a nosotras. Laura era la única que podía mantenerse segura. Rebeca, Astrid y yo, no sabíamos qué hacer además de sonreír y mirar para otro lado cuando ellos nos miraban a los ojos. El chico de piel clara quedó junto a Laura; la miraba y le hablaba, pero ella no se dejaba seducir. Rebeca lo miraba discretamente, a pesar de toda la verborrea de Laura, ella estaba convencida que no saldría con ninguno que fuese moreno. Andaba más o menos por los mismos pasos que su tía. Astrid lo mismo, porque a los otros dos, que eran morenos, no los pelaba. Yo no sabía por cual decidirme, me parecía que juzgar a un hombre por el tono de su piel era descabellado. No podía imaginar a Laura haciendo conjeturas sólo por la fisionomía. Sin embargo las hacía, ella misma lo dijo y estaba convencida, por ejemplo, que los morenos delgados eran los mejores para el sexo.

 3

Al final quedamos así: Lura se entendió con César, que era el moreno que le gustó. Rebeca con Esteban, el rubio, aunque Esteba hubiese preferido a Laura (se notaba). Astrid con Jaime, que era otro moreno y nos le quedó de otra a ninguno de ellos dos, porque yo no me entendí con ninguno. Ya las imaginaba hablando de mí, diciendo que era rara porque ya era la segunda ocasión en que yo no ligaba. A mis diecinueve, aún creía en ese hombre que es amigo y novio, y que llega solo, sin forzar la situación. Este hombre, según yo, no podría salir de un bar, porque los hombres que salen de un bar no buscan otras cosa que acostarse. Yo quería acostarme, pero con uno que al menos me quisiera un poco. Había hablado de esto con Laura, a solas, y siempre reía y decía que yo era muy ingenua al despreciar aventuras en mi espera. No criticaba mi búsqueda del amor, pero juzgaba a mal mi método, que consistía en la abstinencia de encuentros sexuales, antes del ser amado.

 La velada terminó mal, porque al final Laura se cansó de ellos. Me llevó al sanitario y me confesó que de los tres, ninguno. Que era mejor no perder el tiempo. Yo pensaba que era dura al juzgar, pero no podía decir nada, porque como he dicho muchas veces, ella era la líder y la experimentada. Me pidió que le llamara al celular, falsamente, para inventar una excusa y salir. Pregunté si no era bueno avisar a las demás, pero se negó a ello. Dijo que ya les explicaría luego.

 Eso fue lo que hicimos. Dejamos pasar unos minutos más y llamé a Laura, por debajo de la mesa. Colgué antes que contestara, pero ella cogió el teléfono, y habló, como si fuese verdad que la llamaban. Todos la escuchamos hablar, y sin que lo contara, entendimos que algo pasaba y debía salir de allí.

 No dio explicaciones, dijo que se iba, y nos preguntó a nosotras si íbamos también. Yo dije que sí, por supuesto. Astrid y Rebeca no tuvieron opción, hubiese sido delito quedarse y dejarnos ir solas, porque éramos superamigas, y una superamiga no deja a otra superamiga.

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Saliendo, les confesó todo. Dijo que mejor fuésemos a otro bar, a estar entre chicas. Astrid le reclamó, dijo que era injusto, que no porque ella no quisiera… Laura la paró en seco, argumentó que le acaba de salvar la vida de una mala experiencia. Astrid no dijo nada más. Rebeca tampoco, ni yo, pero estoy segura que todas pensamos que Laura había llegado demasiado lejos. Le habíamos dado tanto poder que ahora ella era dueña incluso de nuestra vida. Debía dejarnos experimentar.


lunes, 15 de octubre de 2012

Después de todo era cosa suya.


A Julia M. 

La última vez que la vi, fue en el cuarto de baño de la casa de Martin Petrozza. Había ido a visitar a mi viejo amigo, y lo primero que hice fue pedir permiso de entrar al baño. Petrozza dijo que sí, sin ganas, pero no advirtió que dentro estaba ella. Quizá él tampoco sabía que estaba dentro; llevaba unos días hospedad en cada de Martin y bueno, como él mismo dijo, no la andaba vigilando a cada rato. Abrí la puerta del cuarto, y allí estaba ella, sentada en el excusado, con las pantaletas debajo, la cabeza metida entre los brazos. No gritó ni dijo nada. Lloraba. Llamé a Petrozza y ambos nos paramos en la puerta, y ella no decía nada.

 Luego de eso no volvía verla, porque aquella tarde me cité con Estela, allí, en casa de Petrozza, y justo cuando se limpió  la cara e iba a decir algo, sonó mi teléfono. Era Estala, que no sabía cómo llegar a casa de Petrozza y tuve que recogerla en Calzada de Tlalpan. Es decir, tuve que salir de allí inmediatamente.

 Cuando regresé, se había ido. Pregunté a Petrozza qué había sido de ella. Alzó los hombros y dijo: se fue. Estela y Petrozza se saludaron (después de aquella borrachera  eran amigos). Acto seguido, Estela preguntó si hablábamos de Julia. Asentí con la cabeza y le conté: la encontramos llorando en el baño, y… se ha ido, completó Petrozza, y yo no lo podía creer. Tampoco creía que Petrozza la hubiese dejado ir así como así. Estela me echó una mirada, cómo diciendo ¿por qué lo hizo?

  Nos sentamos en la sala, que era un solo sillón, Estela y yo. Petrozza tomó asiento en una silla, frente a nosotros, y encendió un cigarrillo. Fumaba tranquilo, como si ver llorar a Julia no le impresionara. Supuse que la habría visto llorar un montón de veces; es cierto que Julia últimamente andaba triste. El caso es que fuimos allí precisamente para ver a Julia, y ahora no estaba. Peor aún, Petrozza lucía sin humor de hablar.

 A los pocos minutos tocaron la puerta. Era Guillermo, que también había quedado en casa de Martin para ver a Julia. Todos sabíamos que estaba allí, que llevaba tres días o así, y deseábamos ayudarla. Guillermo entró, nos saludó, y se sentó en el piso (ya no había más mobiliario). Entonces Petrozza fue a la cocina, y desde allí gritó si apetecíamos un trago. Guillermo hizo una mueca, dudando, y finalmente dijo bueno, pues sí. Yo grité que lo mismo y Estela me susurró que pidiera por ella un vaso con agua. Lo hice, pero Petrozza gritó que no tenía agua. Regresó de la cocina con cuatro cervezas. Nos dio una a cada uno, incluida Estela, y le dijo: una no es ninguna. 

 Bebimos sin hablar. Nadie deseaba, en el fondo, hablar de Julia. Es algo de lo que habíamos hablado muchas veces, y la verdad, cansaba. Siempre era el mismo cuento, el cuento del suicidio. La muerte siempre está más cerca de lo que uno cree. Llevamos tantos años evitando el tema de la muerte, que cuando alguien anuncia que se quitará la vida, no sabemos qué hacer. Sin embargo, mucha gente se quita la vida. Julia no sería la primera en el mundo. Incluso Petrozza lo intentó, eso de quitarse la vida, no hace mucho. Pero es distinto, Petrozza no lo anunció, no mintió. Un buen día tuvimos que ir al hospital porque se había vaciado un bote de medicinas. Cómo sobrevivió es un milagro. Cuando pensamos en ello, sólo decimos: hierba mala nunca muere. Pero Petrozza no es una hierba, y las hierbas malas también mueren. Ahora Julia, que lo había anunciado decenas de veces, jamás había dado el paso. La teoría de Petrozza era que jamás lo haría, que alguien que amenaza es como el perro que ladra, pero no muerde. No podía negar que en todo caso, Petrozza era el más experimentado de nosotros en aquellos menesteres. Lo que no quita que me preocupase como si la muerte de Julia fuese el fin del mundo. La quería, de algún modo; y además, no es necesario querer para acongojarse por alguien que está a punto de morir.

 En algún momento llamó Verónica, al móvil de Guillermo. Éste contesto, y supimos que era ella porque antes de hacerlo, susurró: es Vero. Escuchamos la llamada, atentos. Sólo pudimos recoger algunos monosílabos de Guillermo, afirmativos y negativos, y las palabras bueno, bien, gracias y bye. Cuando terminó la llamada, Estela se lanzó sobre él preguntando qué había dicho. Guillermo respondió que nada, que sólo preguntó si estábamos allí (en casa de Petrozza), y que no podría venir. A nadie sorprendió, ya lo esperábamos, y ahora que Julia se había ido, no tenía caso que viniera ni ella ni nadie.

2

Estela puso la cerveza en la mesa de centro, y dijo que no podíamos perder el tiempo (estaba nerviosa). Propuso salir, cómo es que podíamos quedarnos allí bebiendo y con los brazos cruzados, buscar a Julia e impedir que cometiese alguna estupidez. Siempre que alguno se refería al suicidio preferiría los eufemismos, cometer alguna estupidez, hacer una locura, perder la cabeza, etc. El único que hablaba franco era Petrozza. Dijo: no me jodas, no la encontraremos, y además, no va a pegarse un tiro en la cabeza, sobre todo porque no tiene con qué. Guillermo rio (de nervios), y comentó que no sólo podía pegarse un tiro, sino aventarse a las vías del Metro. No hay ningún Metro cerca, dijo Petrozza, para cuando llegue a alguno, estará tranquila. Esas cosas pueden hacerse sólo en un momento, un instante preciso en que se pierde la razón, pero para ello hay que estar de humor, y uno puede estar de humor si al mismo tiempo teme. No hay que temer para quitarse la vida, y Julia teme todo el tiempo. Acto seguido, bebió un largo y lento trago de cerveza. Nadie dijo nada. Yo no lo hice porque no tenía nada que decir, en cierto modo Petrozza tenía razón; en el fondo de mí, deseaba que tuviese razón.

 El ambiente era de tensión, excepto por Martin, que lucía tan tranquilo como si Julia hubiese dicho voy a la tienda, regreso. Julia no era amiga nuestra, pero nos atormentaba saber que una persona a la que conocíamos, podía… cometer una locura. Julia era amante de Petrozza, de hace una par de semanas, y desde que la conoció ella estaba con el rollo de no soportar la vida. La conocimos todos, el mismo día, en que fuimos a beber a la cantina Jalisciense del centro de Tlalpan. Petrozza fue el primero en verla, o el primero en prestarle atención. La señaló y dijo: esas es la mía. A primera vista Julia ya anunciaba su desequilibrio. Iba vestida toda de negro, y maquilada de negro. Era rubia, y era guapa, y bebía sola. Petrozza se levantó, la invitó a beber con nosotros. No sé porque aceptó; desde el inicio nos platicó que no tenía amigos, que odiaba a la gente, y que no tenía sueños de vida. Hablaba poco y siempre que lo hacía era sobre lo mucho que odiaba algo: el sistema, la música de moda, las chicas bonitas y bobas, y sobre todo a las personas. Petrozza estuvo de acuerdo, notoriamente para ligar, y comentó que él odiaba al ser humano tanto como ella. No mentía, nos lo había dicho antes, pero ahora exageraba para gradar a Julia. Bebimos un  de copas, y en algún momento Petrozza anunció que iría a fumar fuera. Julia, para su fortuna, también fumaba, así que salió con él, que le invitó un cigarro. Tardaron demasiado, más de lo que dura un Delciados, y cuando regresaron a la mesa, reían. Reían mucho; Julia dijo que Petrozza era el único que podía hacerla reír en este mundo de porquería. Es decir, hubo algo. Entre ellos, y todos supimos que nuestro amigo lo lograría.
 Guillermo terminó con la cerveza y fue a la cocina por otra. Desde allí preguntó si queríamos más, y todos aceptamos, menos Estela, que no podía acabarse ni la primera. Estaba muy consternada. Me susurró un par de veces que fuésemos (ella y yo) a buscar a Julia. Yo contestaba, que no, que no tenía caso. No la encontraríamos.

 Al poco tiempo nos enteramos que Petrozza estaba saliendo con ella, y a todos nos alegó porque Julia realmente parecía necesitar a alguien. A alguien como Petrozza, que no la tomara por loca y la comprendiera en su odio por todo. Así fue como salimos un par de veces más con él y con ella. A beber, en casa de Petrozza. Las veladas con Julia siempre fueron oscuras. Hacía sonar en el estéreo grupos de rock depresivo, y recitaba poemas de Baudelaire. Cuando bebía de más, se ausentaba. Estaba allí, sentada con nosotros, pero ida; pensando en quien sabe qué cosas. Luego, de la nada, gritaba que había demasiado ruido, que por amor a Dios calláramos. Creo que fueron estos desplantes los que hicieron que dejáramos de salir con ella. A nadie apetecía callarse sólo porque Julia estaba mal. Se metía a la habitación de Petrozza y se encerraba. Petrozza iba con ella, ve tú a saber a qué, y salía en unos diez minutos a con nosotros. Se sentaba y cuando preguntábamos qué tenía, decía que nada, que la dejáramos en paz. La velada seguía normal, pero era molesto soportar las crisis de una desconocida. Sin embargo, ahora no podíamos quitarnos de encima la culpa de la depresión de Julia. No éramos culpables, pero tanto peca el que comete el delito, como el que lo ve y no dice nada.

 Estela se levantó. Nos grito que éramos desalmados, que una persona estaba allá fuera, pensando en…en ya saben en qué, dijo, y nosotros bebiendo como si no pasara nada. Tuve que levantarme y abrazarla, decirle que Petrozza tenía razón, que no haría nada malo. Pero estela estaba alterada, me quitó de encima de ella y abrió la puerta. Gritó: iré con ustedes o sin ustedes. Esperó un par de segundos, a ver qué reacción tomábamos. Petrozza bebió, no dijo nada. Dando a entender que le importaba poco. Guillermo pestañeó y miró a Petrozza. No obtuvo respuesta. Luego me miró a mí, que debí tener cara de súplica. Trató de calmar a Estela diciendo que ya había pasado mucho tiempo, que encontrarla era como encontrar una aguja en un pajal: imposible. Estela me miró. Conocía aquella mirada, así que salí con ella.

3

Ella era la que me arrastraba. Salimos a la calle, y dije: bueno, ¿por dónde quieres empezar? Estela no dijo nada, echó a andar en alguna dirección, y yo seguí detrás, maldiciendo mi suerte, porque siendo sinceros, no tenía la mínima esperanza de dar con Julia.

 Cuando Petrozza nos advirtió que Julia estaba quedándose con él, dejamos de ir a visitarlo. Julia siempre estaba en ese humor negro y extraño, no sé cómo Petrozza podía soportarla todo el tiempo, pero también pensaba que ese cabrón era capaz de soportarlo todo con tal de acostarse con una mujer.

 Peinamos la zona, caminado entre todas las calles, sin éxito. No sé qué mosca le picó a Estela, se lo tomaba muy en serio, eso de buscar y salvar a una persona. Es muy probable que no hiciera nada, como decía Petrozza. Petrozza nos platicó de cómo una vez, en casa suya, Julia se puso muy mal. Comenzó a llorar y a decir que iba a matarse. Le preguntamos por qué no llamó en ese momento, pero dijo, tranquilo, que no creía que lo hiciera. La crisis le vino durante la ducha. Ella y Petrozza habían echo el amor, y Julia tomó una ducha. Petrozza estaba fuera y entró porque la escuchó aventar cosas. Aventó la crema para el cuerpo, el envase de champú y todas las cosas. Rompió el espejo de baño, y cuando él entro ella estaba echada, llorando, en el suelo, con el chorro de agua cayéndole encima. Petrozza no se inmutó, encendió un cigarrillo desde la puerta del cuarto de baño, y le dijo qué había olvidado aventar la pasta dental. Julia no rio, iba en serio. Pero Petrozza no quería caer en el juego. Se acercó a ella y la levantó. Cerró las llaves del agua y le dijo que con él no iba a jugar a la niña incomprendida, si quería matarse ya podía hacerlo. Él mismo cogió un vidrio, de los que estaban en el suelo, y se lo estiró. Le dijo: anda, si quieres matarte, mátate, me importa un carajo. Esto hizo regresar a Julia a sus cabales. Abrazó a Petrozza con todas sus fuerzas y lloró a moco tendido. Luego de eso, pasaron unos días de tranquilidad. Julia estaba de buen humor y no hablaba más de quitarse la vida.

 Caminamos unos cuarenta minutos, metiéndonos en todas las calles que según Estela Julia pudo tomar. Hasta que me di por vencido, le pedí que descansáramos. Estela debió estar cansada también porque aceptó sin decir nada. Nos sentamos en una banca de parque. La abracé y le pedí perdón. Confesé que yo deseaba salir también, pero con mis amigos allí, tan apáticos… no sé. Le hice ver que ella era buena, que su bondad superaba por mucho a la mía y la de Petrozza y Guillermo, pero que no podíamos hacer nada. Estela se echó a llorar sobre mi hombro.

 La segunda escena fue un día en que Julia llegó a casa de su amante, totalmente drogada. Petrozza la recibió y le preparó café. Julia no hablaba. Se dejaba hacer. La sentó en el sofá y le estiró una taza con café. Julia dio un sorbo, pero luego aventó la taza. Quemó al bueno de Petrozza, en la pierna, y éste gritó que ya estaba bien de pendejadas. Deseó pegarle, por la quemada, pero se contuvo y la abrazó. Estuvieron así un rato. Abrazados. Julia llorando y Petrozza sobándole la espalda y susurrando que todo estaba bien, que ya había pasado. Entonces nos llamó, a Guillermo, a Verónica y a mí. Dijo que ya no soportaba a esta mujer, que un día sería él el que se quitase la vida para zafarse de Julia. Lo que es yo, lo calmé. Le dije que entendiera, que Julia estaba un poco loca, y que debía alejarse de ella poco a poco. En el instante siguiente me arrepentí. No debía alejarse ahora, eso es lo que menos necesitaba alguien como Julia. Así que le propuse que todos fuésemos a hablar con ella, a consolarla y hacerle ver que podía tener amigos en nosotros. Estuvo de acuerdo, porque, vamos… Petrozza es bueno el fondo, a pesar de su apatía. Así fue como aquel día llegamos todos (dejando a un lado a Verónica, que no llegó).

 Estela dejó de llorar y se calmó. Cuando estuvo bien le sugerí que regresáramos, ya habíamos hecho todo lo que podíamos hacer.

4

Una vez de regreso, Petrozza y Guillermo seguían bebiendo. Ahora hablaban, pero no de Julia, sino de cualquier cosa, como amigos, como si Julia no existiese.

 Guillermo nos preguntó si habías dado con ella. Estela no contestó, era obvio. Yo dije que no, y alcé los hombros. Espero que esté bien, fue todo lo que Guillermo pudo decir, y se echó un trago de cerveza. Habían bebido bastante, sobre la mesa y sobre el suelo había al menos quince latas de cerveza. Y en el sofá, un seis de Tecates nuevo. O sea, que habían salido, a la tienda, y habían comprado. Cuando Estela lo miró, dijo: no lo puedo creer.

 Rendido, bebí con ellos y hablé de cosas. No mencionamos a Julia en todo ese tiempo, hasta que, de improvisó, sonó el móvil de Petrozza. Lo dejó sonar un tiempo. Es Julia, dijo riendo, como diciendo: se los dije, no haría nada. Estela le gritó que contestara. Contestó, por la orden de estal más que por ganas. Todos paramos la oreja, deseábamos saber qué había pasado, dónde estaba y si estaba bien. Al menos, estaba viva.

 Petrozza se levantó y fue a la cocina, por instinto, pero también porque no quería que escucháramos. Sin embargo lo hicimos, las paredes de una casa no son tan fuertes como los gritos de Petrozza. Le escuchamos gritar ¡no quiero saber nada más de ti, ya te pueden dar por culo! Todos nos miramos, y dejamos de hacerlo, para mirar a Petrozza, cuando regresó a la sala. ¿Y bien?, preguntó Guillermo. Pues nada, respondió Petrozza, la he mandado al diablo. Estela brincó, dijo que cómo pudo. Petrozza se defendió diciendo que él no era su ángel de la guarda. Hubo un silencio, ni Guillermo ni yo deseábamos contrariarlo, después de todo era cosa suya.



viernes, 12 de octubre de 2012

Presentación, Más o menos así es el hombre.


 Presentación oficial del libro



 Whisky en las rocas 


9 de noviembre, 19:00 hrs.  - Casa Lamm
Álvaro Obregón 99  Col. Roma 


Mesa de ventas - Firma de autógrafos - Entrevista con los autores


lunes, 8 de octubre de 2012

¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!


A Javier F.

En realidad yo nunca había necesitado un auto. En primer lugar porque disfrutaba de mis caminatas por la ciudad; y en segundo, porque yo no era un tío capacitado para tener uno. Lo perdería en la primera aparcada, no sabría arreglarlo, y además, la mayor parte del tiempo iba bebido. Bastarían dos días para que me encarcelaran por manejar en estado etílico. Por si fuera poco, nos mudamos a la colonia Roma (Simona y yo) y todo quedaba a unas cuantas cuadras: el restaurante, el centro comercial, el mercado… y los más importante: el bar. Definitivamente, yo no necesitaba un auto.

 Todo esto lo sabían de sobra mis amigos, quienes nunca obtuvieron algo positivo de sus insistencias. Decían: vamos, Petrozza, es tiempo de que compres un coche. Esto no lo decían con base en razones lógicas; sencillamente se pensaban que uno no puede tener veintisiete años y andar a pie. El sueño de todos ellos era comprar un departamento, pero antes, un coche. La mayoría lo habían logrado gracias a los créditos, y en parte, esclavizándose en un empleo para pagar esos créditos. A mí me parecía descabellado. No iba a coger un empleo y todo eso. Sin embargo, ellos pensaban que yo estaba loco. Sobre todo cuando les gritaba que me dejaran en paz, que no necesitaba un maldito coche.

 El colmo de todo este rollo fue Alberto, hijo de puta, quien no sólo se pensaba que yo necesitaba un coche, sino que él necesitaba cambiar el suyo. Por uno más nuevo. El que tenía era una vieja lata del 95.

 Llamó una tarde y me invitó a Tres gallos, un barecillo en la Glorieta de los Insurgentes (desde que me mudé acá no dejaba de ir allí). Bueno, el caso es que llegó en su viejo Shadow, color gris, y me lo mostró. Antes de ir al bar pasó por mí, a mi casa, y una vez abajo, en la calle, donde aparcó, me hizo que mirara dentro. Yo no entendía, pero miré. Dijo: es un buen auto, ¿no lo crees? Ya, dije, pues supongo. Tiene aire acondicionado, dijo. Bien, dije. Es amplio, ¿no lo crees?, preguntó. Asentí con la cabeza; la verdad, me importaba un carajo, ¿qué tan amplio puede ser un coche amplio? Luego me hizo ver el portaequipaje. Me llevó atrás y abrió la tapa del portaequipaje. Dentro había una maleta. Herramienta, dijo. Yo lo miré extrañado. Antes de que pudiera decir otra cosa, comentó que no me preocupara, lo que es él, jamás había tenido que hacer uso de la herramienta. Ya, dije. Lo siguiente que hizo fue mostrarme los neumáticos. Dio una patadita a uno de ellos, el trasero de lado derecho, y dijo: los cambié hace dos meses, tendrías llantas para cuatro años. Eso me alarmó, que dijera tendrías, pero no quise pensar mal. Me hizo mirar la pintura, no tenía un solo rayón y lo hizo notar. Ya me estaba cansado de mirar. Nunca había mirado un coche más de cinco segundos. Para mí todos eran el mismo traste. Finalmente abrió el cofre y me mostró el motor. Olvídalo, dije, no hay nada que yo pueda entender de un motor. Es igual, dijo, lo único que debes saber es que esto que ves es un motor de verdad, no como los que hacen ahora, ¿sabes? Bueno, dije, pues no, en realidad no lo sé. Confía en mí, dijo y me palmeó la espalda al tiempo que ambos mirábamos esa cosa. No dijo nada más, y estuvo bien porque de seguir lo hubiese mandado al diablo.

 Luego de aquel absurdo fuimos al bar, caminando, ya que advertí que no estaba más lejos de cuatro cuadras, y además, allá no habría donde aparcar. Alberto no estuvo de acuerdo, dijo que le interesaba que sintiera el motor. Este cabronazo quería que yo condujera, para que creyera en su palabra de que el auto era bueno, y que no se calentaba. Me negué rotundamente, casi a gritos. Dije que si había venido a hacerme perder el tiempo con esto, ya podía irse; yo iría a Tres gallos a beber unas cervezas. Está bien, está bien, dijo, vamos.

2

Una vez en Tres Gallos hablamos poco. Alberto andaba de un humor extraño. Deseaba decirme algo, podía sentirlo, pero no lucía atrevido de hacerlo. Había acabado la primera ronda, y tuve que animarlo (cosa de la que me arrepentí). Venga, le dije, ¿hay algo que quieras decirme? Alberto hizo una mueca, como diciendo: sí… pero… no estoy seguro que te vaya a gustar. Alcé la mano para llamar a Sergio, el mesero del bar, y ordenar un par de cervezas más. Cuando las trajo di un trago, dije a Alberto: venga, ¿qué es eso que traes atorado en la boca?

 No debí saberlo. Si lo hubiese sospechado, Dios. Alberto salió con el cuento de que estaba pensando en comprar un coche nuevo. Joder, dije yo, pero si ya tienes uno, ¿qué no?, y está bueno, como tú mismo dices. Alberto asintió, y agregó que eso era cierto, pero… no sé, dijo, creo que es tiempo de cambiar. Eso está bien, dije, lo de cambiar, siempre es bueno cambiar (idiota de mí). Sí, sí, dijo él. Me contó que deseaba actualizarse. Había buscado en Internet y encontró una oferta, un Golf 2004. Una joya, dijo, y una ganga. Ya, dije. El caso es que no tengo espacio en casa para dos autos, agregó. Ya, dije. Y… no sé… quiero vender el Shadow. Ya, dije. En realidad no lo sospeché, porque como todo mundo sabe, soy un roto. No tengo dinero para comprar una bici. Alberto lo sabía, sí, pero también sabía dos cosas: uno, que había colocado dos libros míos en librería, y que salía con Simona.

 La sorpresa me cayó de golpe. El hijo de las mil putas estaba allí, y me había mostrado el auto porque pensaba que yo estaría encantado de comprárselo. Vamos, Petrozza, dijo, necesitas un auto. La puta que te parió, exclamé, ya hemos hablado del asunto millones de veces: yo no necesito un auto. Todos necesitamos uno, exclamó él, y sobre todo tú. Dios, dije, ¿y por qué sobretodo yo? Pues porque no tienes uno, contestó como si fuese la cosa más obvia. Además, dijo, te lo doy barato.

Tuve que pararlo en seco, decirle, casi gritarle, que se dejase de juegos: yo no quería un coche, y menos el suyo, y menos aún si sólo era porque él no lo quería. ¡Pon un anuncio en el periódico, Dios, como todo el mundo!, grité. Calma, dijo, no te exasperes, verás, eso del anuncio es buena idea, excepto porque necesito vender ¡ya! Es igual, dije recuperando la calma, yo no tengo plata para comprar nada. Aquí Alberto recuperó los bríos, el mamarracho lo había planeado todo. No te preocupes, dijo, eso ya lo sé. ¿Entonces?, pregunté, sabrás que yo no puedo coger tu auto a menos que me lo regales. Eso es casi lo que haré, dijo Alberto en un tono de voz casi diabólico. Te lo daré a un precio que no podrás negarte: quince mil pesos. Soltó la última frase y se echó para atrás, sobre el respaldo de la silla, como si hubiese soltado un bife a un perro. La cosa es que este perro no come bife. Reí, sinceramente, porque hiciera lo que hiciera Alberto, yo no tenía quince mil pavos ni de chiste. Se lo dije, se lo dije muerto de la risa. No sé de dónde te has sacado que yo, maldita sea, ¡yo!, pueda tener ese dinero debajo del colchón. Alberto se asombró, el imbécil había creído que yo podría darle ese dinero, esa misma noche, y quedarme tan contento.

 Pedimos otra ronda más. La bebimos en silencio, Alberto se había quedado estupefacto. Supongo que se pensó que tenía resuelto el asunto del  Shadow. Que yo sería tan ingenuo para comprar una lata en lo que él consideraba casi un regalo, un favor de amigos. No me jodas, ningún favor me hacía ofreciéndome su mierda.

 Gracias al Cielo, hablamos de otras cosas. Le conté que había mandado unos cuantos textos a Anagrama. Alberto escuchaba, pero sin ganas. Le expliqué que los rechazaron, pero no del todo. Dijeron que estaban bien, pero no les interesaba publicar relatos. Alberto asintió con la cabeza, dijo: pues escribe una novela. Eso hago, tío, exclamé. Escribo una novela. Bien, dijo él, me da gusto. Sí, dije yo, será una bomba (o eso espero). Alberto asentía, como pensando en otra cosa. Lo hacía el cojonudo. Estaba pensando en cómo retomar el asunto del auto. Yo me entusiasmé contándole sobre la novela. Dije que sería una novela sobre mi vida con Simona, ya sabes, las altas y las bajas de una relación en pareja. Pero no de una pareja cualquiera, ¿sabes?, sino de Simona y de mí, es decir, de una mujer y un escritor. Te sorprendería leer todo lo que puede pasar entre nosotros dos. Aquí fue cuando Alberto me interrumpió. Salió con que ya lo sabía, lo del cómo podría comprarle su maldito Shadow. Sólo necesito cinco mil pesos, dijo, que es lo que me falta para pagar el nuevo. Puedes darme cinco ahora y el resto después. Di un trago a la cerveza, cabreado, y grité que no, que lo olvidara. Pero insistió. Ofreció dejarme el coche esta misma noche si yo le daba al menos tres mil. No, dije. Venga dijo, dame dos mil hoy y el resto luego, a pagos. No, repetí. Pagos de dos mil quinientos mensuales. No, repetí de nuevo. Dos mil mensuales. No. Dos mil ahora y el resto en pagos. Dios, era un hijo de puta desesperado. ¡Qué no, maldita sea! No importa si te atrasas en los pagos, continuó, seré paciente. No, no, no. Dame mil ahora, dijo al borde de un ataque, y el resto como puedas. Joder, dije, ¿no sabes lo que es no?

 Al parecer se rindió. Soltó un par de excusas, de motivos por los cuales, según él, yo necesitaba comprar su coche. Cosas como la comodidad, el estatus, la practicidad, las distancias largas, las compras, etc. Pero nada logró convencerme. Dejamos el tema aparte, y bebimos. Salimos de allí hechos unas cubas.

3

Caminamos como pudimos hasta la calle de mi casa. Había llegado el momento de despedirse y yo estaba feliz de ver partir a Alberto y quitármelo de encima.

 Llegamos al viejo coche. Alberto lo abrió y se metió dentro, al asiento del piloto. Lo echó a andar, y… ya casi me libraba de ésta, pero, Dios, Alberto tuvo una idea más. Bajó del auto antes que pudiera entrar a casa. Me alcanzó, y estirándome las llaves, dijo: tenlas, yo estoy muy tomado. No sé por qué, pero cogí las llaves. Después de todo tenía razón, estaba tomado y atravesar la avenida de los Insurgentes en esa cosa era como atravesar un campo minado. Se había puesto de moda montar retenes policiales a lo largo de esa avenida, más hoy, que era viernes, parar a los conductores, hacerlos soplar a una máquina que mide el nivel de alcohol en el aliento, y bueno… enjaularlos y sacarles pasta. Ningún tío en el estado de Alberto saldría de una cosa así. Quizá por eso acepté. Dijo que tomaría un taxi, y que mañana pasaría a por el auto. Alcé los hombros y me embolsé las llaves. Lo vi largarse caminando en zigzag. Entré a casa, y me olvidé de todo.

4

Al día siguiente me levante por la tarde. Tenía ganas de unas cervezas, para curar las cervezas que bebí anoche. Dije a Simona que iría a por unas, y eso hice.

 Cuando lo vi frente a mí, lo recordé. Allí estaba esa cosa, aparcada en mi banqueta. Fui por las cervezas y cuando estuve sentado en mi viejo sofá, llamé a Alberto. Le dije que no olvidara venir por su viejo trasto. Contestó que lo sentía, no podría ir sino hasta el martes. Joder, dije, te lo van a robar. Hazme un favor, dijo, échale un ojo. Tosí, y respondí que no sabía, que yo no era capaz de recordar que afuera había un coche que debía cuidar. Además, no siempre estoy en casa, me excusé, puede que salga todo el maldito día y cuando regresé… Venga, Petrozza, interrumpió Alberto, puedes llevarlo contigo. ¡Úsalo!, quizá así te convenzas de comprarlo. ¡Y una mierda!, exclamé y colgué el teléfono.

 ¿Quién era?, preguntó Simona y le conté. Le conté todo el rollo, y dijo: no sería mala idea. Por Dios, dije, tú y yo no necesitamos un auto. Simona me miró, como diciendo: todo el mundo necesita un auto. Y para demostrarlo, apuntó que sería buena idea cogerlo y visitar a Garriosn, que seguía viviendo en el Sur. Así podremos regresar pasada la media noche, y no antes de que cierren el transporte público. Ya, dije.

 Esa misma noche fuimos a casa de Garrison. Todo salió de maravilla, no lo puedo negar. Llegamos a las nueve y salimos de allí pasadas las tres de la madrugada. Nos deslizamos sobre el asfalto, y en menos de treinta minutos estuvimos en cama. Sin necesidad de pagar un taxi, o de esperar el camión nocturno, que pasa cada media hora.

 Luego de aquello no lo volvimos a usar. Llegó el martes, y telefoneé a Alberto. ¡A qué no sabes!, exclamó. ¿Él qué?, pregunté sin ánimo. ¡He comprado el Golf!, exclamó Alberto. Ya, dije, ahora ven por tu maldito trasto, que ya no lo soporto. Alberto rio, dijo que yo era una mula. No puedo, dijo luego, no tengo dónde guardarlo. ¡No es asunto mío!, grité. Maldita sea, Petrozza, gritó él, no seas un necio y coge el auto, págamelo cuando puedas, hombre, que nadie va y te regala un coche. Acto seguido, colgó el desgraciado. Bueno, así fue como adquirí mi viejo Shadow.

5

La cosa no estaba tan mal, incluso Simona estaba contenta. Ahora yo podía llevarla a ella a todos lados. Lo malo fue al quinto día, cuando salí de casa y lo vi: el coche estaba hecho un maldito asco. Había que lavarlo, así que cogí una cubeta, un trapo y agua con champú. Champú para humano, qué más, yo no tenía cosas de autos.

 Bueno, me dije, acabemos con esto de una buena vez. Lancé el primer trapazo, y lo entendí: no había nacido para lavar autos. Era más complicado de que luce cuando alguien lo hace por ti. Había que lavar y secar, y ser cuidadoso. Además era cansado. Sin embargo, lo logré. Dejé el trasto reluciendo de limpio. Ahora era un chofer, y un lavacoches. Al poco tiempo, también mecánico. Alberto había mentido sobre la duración de las llantas. Fue en avenida Reforma, donde no supe en qué momento pasó, pero pinché un clavo, joder. Tuve que bajarme, y hacer bajar a Simona, y cambiar la maldita llanta. Nunca antes había cambiado una llanta, así que tardé un buen rato. Tuvo que ayudarme una transeúnte que pasaba. Sí, una mujer. Una mujer metida en una falda. Me miró y preguntó si todo marchaba. No marcha, dije, estoy en un lío. La mujer me miró de arriba abajo. Supongo que pensó que yo era un pelmazo. Lo era. Luego miró a Simona, que estaba por allí, dando vueltas y maldiciendo la suerte que le tocó al ennoviarse conmigo: un pelmazo. Lo era, no la culpo. Y finalmente, esta mujer y yo (pero más la mujer que yo) sacamos el neumático. Apuesto que la gente al pasar y mirar se pensaba que yo era el que ayudaba a estas mujeres desvalidas. No hubiesen adivinado.

 El colmo fue cuando la mujer dijo que sacara la llanta de repuesto. ¿La llanta de repuesto?, pregunté asombrado. Pues sí, dijo riendo de coraje; coraje de toparse con un hombre tan… Alcé los hombros. Generalmente las ponen debajo del portaequipaje, anunció. Ya, dije, y fui a mirar debajo del portaequipaje. No, no hay nada, grité. La mujer fue a echar un vistazo. Tienes que abrir el portaequipaje, dijo. Dios, ¿en serio?, exclamé. Había mirado debajo del portaequipaje, por debajo del coche. Venga, dije, es mi primera vez. La mujer bufó, me pidió las llaves, y abrió la cajuela. Bueno, dije, pues tampoco hay nada. Me echó una mirada, y dijo: hay que alzar la tapa. La miré, porque no entendía cuál maldita tapa. Lo hizo ella, levantó una tapa camuflada por la alfombra del portaequipaje, y allí estaba: un hueco, y nada más. Bueno, dijo ella, pues no, no hay llanta de repuesto. ¿Y ahora?, pregunté alarmado. Ahora nada, dijo ella, llama una grúa o compra una llanta. Eso fue todo, la mujer se largó de allí sin despedirse.

 Dios, grandísimo Dios, ¡qué necesidad tenía yo de todo esto! Mi vida era dichosa antes de comprar un coche. 

¡Qué delito cometí contra vosotros naciendo!
¡Aunque si nací ya entiendo, qué delito he cometido!
¡Bastante causa ha tenido vuestra justicia y rigor;
pues el delito mayor del hombre es haber nacido!
¡Sólo quisiera saber, para apurar mis desvelos, dejando a una parte Cielos, el delito de nacer, ¿en qué más os pude ofender, para castigarme más?!
¡¿No nacieron los demás?!
¡Pues si los demás nacieron, ¿qué privilegios tuvieron, que no yo gocé jamás?!







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