viernes, 28 de septiembre de 2012

William McGonagall.


Texto por: Roberto Araque


En las tertulias literarias se habla de grandes escritores. Puede que alguien critique un libro en particular, pero raramente se cuestiona la genialidad del autor. La grandiosidad de éste opaca a sus contemporáneos, esto hace que su obra perdure. Ahora bien, en Inglaterra sucedió un caso muy particular, un hombre rompió los esquemas, se impuso contra todo pronóstico y legó su obra, para bien o para mal, a futuras generaciones. Lo extraordinario es que se ganó un lugar en la historia no por su genialidad, grandilocuencia o destreza, sino por todo lo contrario; fue el peor poeta de su tiempo y, tal vez, de la historia.

 William Topaz McGonagall nació en Greyfriars, Parish – Edimburgo- en marzo de 1825. Fue un tejedor británico que a la edad de 47 años y con cinco hijos que mantener, decidió incursionar en la poesía. Lejos de criticar su obra habría que admirar a este hombre. Hizo de tripas corazón y, a pesar de las críticas, rechazos y burlas, nunca dejó de cultivar su peculiar arte. Existen infinidad de anécdotas sobre su vida, pero habría que destacar las más relevantes, como cuando interpretó a Macbeth –también fue actor–. McGonagall creyó que el actor que interpretaba a Macduff estaba tratando de eclipsarlo, por lo que se negó a morir en el momento culminante de la obra, la cual fue un éxito, en taquilla y en carcajadas. Se tiene constancia que le escribió un poema a la Reina Victoria, recibió una carta de rechazo escrita por un funcionario real donde se le daban gracias por su interés. Esto no lo desanimó, es más, lo alentó. En un viaje a Dunfermline, alguien le dijo que su poesía era horrorosa y McGonagall respondió: Era tan mala que Su Majestad le había agradecido [a McGonagall] por lo que él había condenado.

 McGonagall nunca se inmutó ante las sátiras. Escribió e hizo una campaña contra el consumo excesivo del alcohol. Relataba sus poemas y discursos en bares, aunque su campaña contra el alcoholismo tuvo poco éxito, llegó a ser un poeta muy popular en la ciudad de Dundee –allí publicó la mayoría de sus trabajos–. Hacer poesía no es lo mismo que hacer buena poesía, y este es el caso más emblemático, mas eso no le quita méritos a este singular personaje. Si para no pocos grandes escritores la vida resultó dura, sin contar que su obra no fue apreciada y, en muchos casos, censurada, ¿cómo serían si hubiesen carecido de esa cualidad que los distinguió, esa pequeña cosa que denominamos talento? Este hombre lo sufrió en carne propia y, a pesar de eso, nunca se rindió. Vendía sus poemas en las calles, los recitaba en salas, teatros y bares.  Su carácter no le permitió desairarse aun cuando mostró su poesía en un circo local mientras la audiencia le tiraba huevos, sardinas, harina, papas y pan duro.

 Habría que tener mucho valor para  recitar poemas en un circo mientras la gente te tira de todo. Recitar un poema es como desnudar la parte más íntima de tu ser ante desconocidos, esa podría ser la razón por la que muchos poetas son muy susceptibles ante la críticas, sin contar que es un acto mental que requiere mucho esfuerzo y no todos los artistas tienen la capacidad para soportar malos tratos por algo tan laborioso y personal. Eso hace admirable a McGonagall. Existe la posibilidad que lo hiciera intencionalmente –crear poemas malos– para ganarse la vida, pero  de eso no se tiene constancia. Por otro lado, también pudo haber sido un hombre que creyó ciegamente en su talento y se vio al espejo como un genio incomprendido –No sé que es peor; ser un genio o creerse uno–. Indistintamente del motivo, el legado de este hombre es extraordinario, de una manera peculiar, claro está. Fue una diversión para sus contemporáneos por ser un pésimo poeta, tal vez por eso, a más de un siglo de su muerte, su nombre es bien conocido y sus poemas, a diferencia de los de sus contemporáneos, permanecen. William McGonagall murió el 29 de septiembre de 1902, fue enterrado en una tumba sin nombre en el Cementerio Greyfriars; nunca pudo salir de la pobreza. Sin embargo, hay una placa por encima de la calle 5 Soutt College Street –Edimburgo– que muestra su imagen y lleva la inscripción:

                                                        William McGonagall

Poeta y Trágico
Murió Aquí
29 de septiembre de 1902


Y en una tumba de la losa instalada en su memoria en 1909, se inscribe:


                                                        William McGonagall

Poeta y Trágico
"Yo soy su graciosa Majestad
siempre fiel a Ti,
William McGonagall, el pobre Poeta,
Que vive en Dundee."








lunes, 24 de septiembre de 2012

Hijo de la mala vida.



Simona estaba hecha una furia, no podía creer que esto estuviese pasando. La noche anterior entré a un bar, y no salí de allí hasta que ella me sacó, casi a gatas, y me llevó a casa, donde me puso la surra de mi vida. Me gritó hasta de qué iba a morir, según ella, de cirrosis, si no la mataba antes de un coraje.

 No podía creerlo, principalmente, porque todo este tiempo había tratado de hacer de mí un hombre decente. Se había esforzado, no lo niego. Me había impulsado en mis proyecto de hacerme escritor y me había sacado de la mala vida que llevaba. Me instaló en un departamento en la colonia Roma, y me brindó cariño y paciencia. Desde que me ennovié con ella mi carrera había progresado más que nunca. Logré colocar un par de libros míos en librerías, y tenía a mi haber más de ciento cincuenta textos navegando sobre las olas de Internet. Por primera vez estaba recibiendo dinero de la literatura, esa hija de puta que ,me había arrancado los sesos, y sin embargo… algo no estaba funcionando. Algo dentro de mí no estaba funcionando. Supongo que era un buen momento para festejar, para sentirme realizado. La cosa era que no sentía dentro de mi pecho el fuego de la victoria. Es más, escribir me costaba más que nunca. Justo ahora que lo necesitaba, que las revistas y diarios telefoneaban solicitándome artículos sobre cualquier cosa; sobre las elecciones presidenciales, sobre el medio ambiente, sobre el futuro de mi país, o sobre la pobreza de mi país, o sobre el agigantado avance de la tecnología… Dios, yo no sabía nada de eso, ni me interesaba. Me habían buscado porque leyeron mis textos sobre mujeres, y ahora deseaban saber mi opinión sobre la muerte de Chabela Vargas. ¿Qué opinión podía tener? La gente muere, es todo.

 Tuve que mandar al trasto las más de las propuestas. No había luchado todos esos años por ser escritor para terminar escribiendo sobre todo lo que repudiaba. No hacía falta que yo lo dijera, podía decirlo quien sea: El futuro de México es una mierda. Encima, no me dejarían usar la palabra mierda. ¿Entonces, qué querían exactamente de mí? Fuese lo que fuera, estaban buscando en el lugar equivocado.

 No podía quejarme, ni tenía las palabras adecuadas a la pregunta de Simona: ¿por qué lo haces?

 Simona se levantó, deseaba prepararse un té, y de pasó, me haría uno a mí, a ver si con eso me baja la borrachera. No contesté... si deseaba darme té, lo aceptaría con gusto, total, el té no hacen daño, aunque tampoco haga bien al alma.

 Regresó al cuarto y preguntó si estaba de mal humor. Había refunfuñado todo el camino a casa y me había quejado de tantas cosas en el transcurso, que daba la impresión que no soportaba la vida. En parte era verdad, pero pertenezco a la clase de hombre que no soporta algo en absoluto, sin embargo, sigue. Por supuesto contesté a Simona que no. No mentí, mi humor normal era el de un frustrado.

 Lo último no significa que no tuviese momentos de alegría, los tenía, pero eran efímeros. Duraban lo que dura una copa en un bar. Había encontrado en la bebida el refugio a un malestar constante. Desgraciadamente, había abusado tanto de estas dosis de felicidad, que cada vez daban menos resultado. Beber se estaba haciendo rutina, y en las rutinas, no puede haber felicidad.

 Simona se acurrucó en la cama, estaba a punto de darse por vencida. Dijo que yo estaba loco. No podía comprender que estuviera así luego de la velada que pasamos. Fuimos al Palacio de las Bellas Artes, donde nos regalaban entradas porque yo era escritor ¿?. Escuchamos a la Orquesta Sinfónica Nacional interpretar la tercera sinfonía de Ludwig Van Beethoven. Saliendo cenamos en un restaurante elegante del centro de la ciudad. Ella iba con un vestido sensacional; yo era un hombre que consume cultura y cena y va de la mano de una bella dama, y encima, escribía, que es lo que más quería hacer en el mundo. Incluso así, no era capaz de llegar a casa con una sonrisa en el rostro y acostarme con el amor de mi vida y disfrutarlo. Antes, debía emborracharme en los Tres Gallos, que es un bar cerca de la Glorieta de los Insurgentes. Esto es lo que a Simona no le cabía en la cabeza.

 Terminamos de beber el té, y eso fue todo. Simona se acostó en la cama, y no me dirigió la palabra una sola vez más en toda la noche. Por mi parte, caí rendido como un cadáver.

2

Al día siguiente, el desayuno estaba listo cuando abrí los ojos. Huevos rancheros, café, jugo de naranja y pan con mantequilla. Nos habíamos mudado recién y Simona aún tenía esos detalles.

 Bueno, ahora había pan sobre la mesa. No tenía que pasar más hambre de la que podía soportar, y, en general, no me faltaba nada. Si quería una comida la tenía, lo mismo que si deseaba emborracharme en cualquier bar. Incluso podía darme el lujo de invitar algún amigo. Mujeres no me faltaban, si había aprendido bien el arte de procurármelas en mis peores rachas, ahora, coger una mujer era como coger el caramelo de un niño. Además, estaba Simona, que era mi mujer y no necesitaba algo más. De algún modo lo estaba logrando: hacer una vida sin morir de hambre en el intento. Vivir con una mujer sin matarnos en el intento. Y lo más importante, escribir sin morir de hambre en el intento. El sueño de toda una vida se materializaba ante mis narices y yo seguía creyendo que no había sentido en nada.

 Desayunamos en silencio, todo lo que había que decir, lo habíamos dicho ya. Anoche, camino a casa,  y en el cuarto. En resumen, Simona no lo soportaría más. Me lo había advertido, que es lo mismo que decir: me había amenazado. Tenía en mis manos el futuro de la historia de un hombre y una mujer que se aman. Sólo yo podía reforestar el bosque, o talar el último árbol. Demasiada responsabilidad para un hombre que no logra estar en paz consigo mismo.

 Terminando el desayuno no deseaba saber nada más. Me levanté y recogí los trastos. Para ausentarme, anuncié que escribiría. Casi lo olvido, pero escribir ya no implicaba irme a la cantina, sentarme, ordenarme un whisky en las rocas, y escribir sobre mi vieja libreta. Los días de terminar la farra en una banca de parque habían terminado. Los días en que mendigar un trago era el reto de toda la noche, habían terminado. No habría más sed que quedase sin saciar, no más barrigas vacías, ni más noches de soledad. Ahora podía sentarme frente a un escritorio decente a escribir todo eso que yo escribía. Podía hacerlo mientras me zampaba un buen filete y un vaso de tinto. Al mismo tiempo, Simona podía darme un masaje de hombros y preguntar si el viento estaba bien, o cerraba la ventana. ¿Esto es lo que se llama ser un escritor de verdad?, le pregunté a Simona y alzó los hombros. Supongo que sí, contestó.

 Sin embargo, en toda esta opulencia no podía respirar. Extrañaba la pluma y el papel, y las meseras cuarentonas que te sirven de mala gana lo que ellas jamás podrán beber. La mayoría, madres solteras que luchan por el pan de cada día, mientras el pan sube de precio y los sueldos alcanzan para menos. Extrañaba vagar por la ciudad, fumar un cigarrillo en la banca de un parque, hablar con los mendigos, beber mezcal y liarme con mujeres de la más baja calaña. Extrañaba ser yo mismo, un renacuajo de agua puerca al que habían metido a una pecera. Los bares, que la gente suele denominar bares con clase, no me satisfacían. Tienen cualquier tipo de bebida que se te pueda ocurrir, y platillos y botanas estupendos. Son atendidos por mujeres hermosas y el servicio está siempre dispuesto a lamerte los zapatos. Incluso te dicen señor todo el maldito tiempo, y son capaces de soportar cualquier capricho (cosa que comprobé casi por diversión). A estos lugares no les falta nada, pero les sobra todo. Anhelaba una buena cerveza fría en la Puerta Negra, donde no entraban ni las moscas, y sólo se servía cerveza Sol.

3

Tuve que explicárselo a Simona. La telefoneé desde el teléfono público y la invité a cenar. Le dije que necesitaba hablar con ella, urgentemente, y que por favor, no se demorara demasiado.

 Llegó pronto y nos sentamos a la mesa de un restaurante en la colonia Condesa. Venía de buen humor, preparada para afrontar cualquier cosa que yo tuviese que decir de la mejor manera. No importa si yo le pedía tiempo, lo tomaría con entusiasmo y optimismo, y me daría lo que yo necesitase para estar mejor. Era una mujer como ninguna, y la amaba con todas mis fuerzas, y me jodía tener que decir lo que iba a decir. Pero no había otro modo, era decirlo, o sufrir interminablemente momentos como el que sufrimos en los Tres Gallos.

 ¿Y bien?, ¿qué es lo que necesitas decir?, preguntó una vez servida la cena. Vale, dije, verás… Aquí se me trabó la lengua. Hasta aquí llegaron todas las palabras que había ensayado desde la mañana. ¿Cómo iba a explicarle que todos sus esfuerzos de darme una vida mejor eran vanos, pues lo que yo merecía era… todo lo contrario? Ni siquiera estaba seguro de que esto fuese verdad. Ahora, con Simona, con los ojos de Simona mirándome, y con la sonrisa de Simona, el olor de Simona, y con todo lo que ella representa… deseaba lárgame de inmediato, llevármela a casa y hacerle el amor en esa cama bien tendida y de sábanas limpias. Deseaba agradecerle todo lo que había hecho por mí, y sobarle los pies, y arrepentirme como el pecador se arrepiente ante la cruz. Pero las fuerzas de hacerlo también me faltaban. Estaba anonadado ante la encrucijada de mi vida. Deseaba tanto la Puerta Negra, como llegar a casa y encontrar la despensa llena. No tenía el valor de decidir entre el bien y el mal. Siempre he sido más bien mediocre, y esto es la prueba de mi mediocridad.

 Veras, dije… en realidad, estaba exagerando. No hay nada que necesite decir, estoy en paz contigo, te amo, y me alegro de todo lo que me das. Simona sonrió. Lo tomó como lo más obvio, me llamó bobo, y cenó como la que más, y no tocamos el tema en toda la noche, hasta el día siguiente, en que pasó de nuevo…

 Durante la cena mi alma estuvo tranquila, reímos y brindamos; pero llegados a casa, después de acostarnos y hacer el amor, sentí la necesidad imparable de irme de farra. Simona dormía, y haciendo el menor ruido posible, me metí en los pantalones y me calcé los zapatos. Cogí la billetera y salí del cuarto y del apartamento. Si me daba prisa aún encontraría la cantina abierta. Podría sentarme y beber, y reconciliarme conmigo mismo.


4

A las cuatro de la mañana entró Simona, a los Tres Gallos, y me sacó de allí a gritos y maldiciones, anunciando que esta era la última vez. El mesero ya no se inmutó, esta escena se estaba convirtiendo en el pan de cada día.

 Pedí perdón, cosa a la que estaba acostumbrado, y para remediar el mal, propuse a Simona que me quitara las llaves del apartamento y por las noches, cerrara la chapa grande. Era ridículo, pero no podía vivir sin ella, ni renunciar a mis instintos. En definitiva, yo era hijo de la mala vida. Y contra eso no hay algo que se pueda hacer. Uno no puede luchar en contra de toda su naturaleza. 


viernes, 21 de septiembre de 2012

Orgasmo.


Texto por: NiHiL
Sitio del autor, aquí.

Como dice la canción, la noche era nocturna. No había luna, las farolas apenas iluminaban la calle.

 Marian disfrutaba de unos tragos en la comodidad del bar local. Fumaba incesantemente a pesar de que sus pulmones ya pedían una tregua. Un trago, uno más, otra cerveza. La música inundaba sus oídos. Marian agitaba la cabeza con fuerza, gritaba, intentaba canalizar toda esa energía que le hormigueaba en los brazos, piernas, que le cosquilleaba en los ojos. Ya estaba ebrio.

 Le dieron ganas de ir al baño, pero algún cagón se había quedado dormido allí dentro, o por lo menos eso parecía. Ya tenía muchas ganas de desechar ese líquido que le acongojaba en el abdomen. No lo dudó y prefirió salir a orinar en la calle. Se dirigió a la salida, bajo las escaleras, y justo antes de salir, pudo divisar una puerta abierta de par en par. La luz estaba encendida. Esa puerta nunca estaba abierta. Era un baño de servicio que sólo podía usar el dueño del inmueble. Marian era un felino curioso por naturaleza, y no podía resistir a entrar ahí, además de que sus instintos le decían que muy probablemente ahí encontraría algo para saciar sus impulsos destructivos. Marian abrió la puerta... sus ojos destellaron, su cabeza se inclino levemente hacía un lado, y una pequeña sonrisa se le dibujo en el rostro.

 -Marian, muchacho, ¿qué haces aquí?, sal de inmediato.-

 La rasposa voz se escuchó salir de ese asqueroso cuerpo de mas de 100 kilos. No alcanzó a decir más cuando la mano de Marian le volteó la quijada de un tremendo bofetón. 

Sus puños se cerraron inconscientemente. Aquel miserable hombre apenas si podía con su propio ser. Tenía los pantalones abajo, no podía comprender lo que pasaba. Menos bajo los efectos del alcohol que por años le había estropeado el sentido común. Quiso responder con un puñetazo, pero Marian no hizo sino contener su risa al ver la estupidez notoria del irrisorio tipo, tan drogado, alcoholizado, tan estúpido y babeante agitando sus brazos al aire e intentando defenderse. Marian se divertía, era como un gato jugando con la presa antes de devorarlo. Un par de cachetadas más y el grotesco tipo quedó en un estado de aletargamiento tal que Marian tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener la risa. Lo mandó al suelo de una patada.

 En una fracción de segundo Marian vislumbro en imágenes mentales toda la vileza de ese sujeto. El hombre conocíale desde infante. Ya desde entonces un frío miedo le recorría por el cuerpo al encontrarlo los domingos, en la plaza pública, bebiendo empedernidamente, pidiendo dinero, buscando latas en la basura para fumarse su "mierda". Su historia era conocida, vivía de cobrar rentas, y se lo gastaba en alcohol y drogas, polvos, pastas, ácidos. Cuando estaba en casa era peor, golpeaba a su mujer, la violaba, y también se corría el rumor de que había violado a su hija. Eso de que ella se había mudado a otra ciudad porque ganó una beca era sólo una pantalla para ocultar el terror de la verdad. Dinero. Eso era lo único que buscaba este tipo, y su mujer también, quien prefiere soportar las golpizas a tener que trabajar ella misma, y volver a dormir en una habitación chica.

 Conforme Marian creció pudo ir madurando todo ese sentimiento de repugnancia y asco que este sujeto le provocaba. Ver y sufrir en carne propia los taloneos, los insultos. Le irritaba verlo a media semana tirado en alguna esquina bañado en sus jugos, sudando como marrano. Su cabeza pelona brillaba, segregaba una grasa asquerosa y se reía. Era un maldito amafiado del barrio, por eso podía seguir vivo, por eso efectuaba sus fechorías, por eso robaba oxigeno. Pero ya no más... 

 Arriba la música seguía sonando. La gente estaba en el clímax. Las chicas se excitaban sin saberlo lanzando señales inconscientes para aquellos que buscaran una noche de placer. El humo del cigarrillo formaba una densa nube. Otra cerveza.
 

 Marian se había demorado más de lo normal. Alberto pensó que quizá había ido a "quemar yerba", así que decidió alcanzarlo. Cuando bajó no había nadie en la estancia, no se escuchaba nada. Decidió sacar un cigarrillo y fumarlo, de todas formas, el ruido y la gente le había incomodado, necesitaba despejarse. Fue entonces que pudo escuchar esa risilla característica de Marian. Provenía del baño de servicio. Alberto sólo atinó a pensar que era otro de los destrozos de Marian. Se acercó y abrió la puerta del baño.
 

-Marian, ¿qué demonios hiciste?- los ojos casi se le salían de lo desorbitados. Marian, con una sonrisa de cabo a cabo se había posicionado sobre el inodoro y meaba la ahogada cabeza del sujeto ahogado en el retrete.
 

-¡Alberto! No debiste ver esto. - Se alarmó Marian, pero no dejaba de sonreír.- Vete, si no te convertirán en cómplice. Vete.
 

-¿es-es-está… muerto?- Tartamudeo Alberto. Marian no pudo evitar empezar a reír, le miró con asombro y le metió una patada en el culo al marrano que yacía tirado en cuatro patas.
 

-Pues me parece que no despertará en un buen rato. - lo dijo con un tono sarcástico.

Discutieron. Cosa que me parece más que natural. El punto es que el sujeto murió ahogado en su propia mierda. Marian encamino a Alberto a casa. De regreso al bar se lió un cigarro de "yerbabuena" y pasó a ver como estaba la "otra fiesta". Antes de entrar al bar se fumó su cigarrillo verde. Subió y preguntó con naturalidad por Alberto. Le informaron que había salido tras él, y contestó que no lo había visto, que se había ido a dar una vuelta a la otra fiesta.
 

-¿cómo está todo aquí?-
 
-pues normal, ya sabes.-

Esa noche, Alberto apenas pudo pegar los parpados, cuando lograba hacerlo lo despertaban pesadillas. Tenía el remordimiento que una muerte que no provocó. Esa noche, Marian eyaculaba sobre el rostro satisfecho de su novia. Tenia el goce de la vida que no prolongo.




Texto por: NiHiL
Sitio del autor, aquí.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Purgar mi vida.

  
En aquel entonces toda mi vida podía resumirse a tres cosas: mi trabajo, mi novia y mis ganas de escribir. En ese orden, puesto que de mi trabajo dependía la estabilidad de mi relación, y de mi trabajo y mi relación dependían mis posibilidades de escribir. No podía escribir sin trabajo, porque… vamos, uno no puede hacer nada sin llevarse pan a la boca. Sin relación tampoco podría escribir, pues… ¿de qué escribiría si no de Estela, que era, como ya dije, la tercera parte de mi mundo? Así, estaba atado. Mi pluma estaba condenada a la conservación de dos cosas que, muy en el fondo, detestaba.

 El último enunciado es exagerado. Más preciso sería decir cosas que comenzaba a detestar. Pero esto también puede ser la hipérbole de una mente cansada. Lo que sucedía en realidad es que no encontraba sentido a las cosas tal como eran: el trabajo, Estela, y la constante idea de escribir algún día. Supongo que es un proceso mental por el que atravesamos todos, en que sopesamos el valor de las cosas que realizamos a diario. Yo era tendero, atendía una tienda, y no había futuro en ello. No aspiraba siquiera a montar mi propia tienda; si me había visto involucrado en el negocio de los abarrotes, había sido mera casualidad. Un día iba caminando por las calles de mi colonia y leí un letrero solicitando empleado. Bueno, al día siguiente ese empleado era yo. Casi como si hubiesen escrito se solicita a Salmoneo Gutiérrez.

 En lo tocante a Estela sucedía igual. ¿Es cierto que un hombre escoge a una mujer? ¿O es acaso que, las circunstancias, la geografía y la cultura, hacen las veces de cupido? Que Estela y yo fuésemos novios, ¿se debía realmente a fuerzas del destino, a flechazos en el corazón?, ¿o a mi habilidad de macho que busca hembra, o a sus telas de araña que atrapa moscas? Todo eso me preguntaba constantemente, y llegué a la conclusión que nada de eso es verdad. Estela y yo éramos novios porque nacimos contemporáneos, en el mismo país y localidad, y no teníamos, fuera de nosotros, muchos otros pretendientes (en mi caso no tenía ninguna pretendiente más). Así, la causalidad, nos llevó a estar en el momento exacto en que ambos deseábamos enamorarnos de alguien. Ese alguien sería lo mismo yo que quien sea. Bastaba, estando ella en aquel lapsus de celo, que un hombre que coincidiera con ella en año de nacimiento, vecindario, etc., se le acercara. Basta una sonrisa o dos. Basta decir la palabra correcta, verbigracia: azul. Mi color favorito es el azul. ¡En serio! También el mío. Si no nos nublara el influjo de nuestras hormonas, seríamos capaces de apreciar la facilidad con que un hombre y una mujer se enamoran.

 Lo que no es repentino, ni casual, son las ganas de escribir. Esto es más complejo; yace incubado en el alma, como huevecillos de bichos que un día, pero gradualmente, nacen. Incluso cuando nacen, lo hacen sin fuerza. Deben crecer en el interior de uno. Para ese entonces, mis ganas de escribir habían crecido tanto que ya no era yo el dueño. Me sentía obligado por una fuerza ajena a mí, a dejarlo todo, a sacrificarlo todo. Algo me decía: nada vale la pena excepto escribir. A esto, lo llamo locura. Es decir, me había vuelto loco.

 Ahora bien, a la locura (ya sea porque estoy loco) la tengo en alta estima. Todos los que estamos locos estamos orgullosos de estarlo, y estamos convencidos que es lo mejor que puede pasarle a alguien. Ejemplos de esto son mis amigos, en primer lugar Martin Petrozza, que esta loco, lo sabe, y le gusta estarlo y no remedia su vida a pesar que sólo escribe y muere de hambre, lentamente. Otro caso es Verónica Pinciotti, que es una zorra (sic) interesada, y lo anuncia como quien anuncia de sí la más grande de las virtudes. Finalmente Guillermo Garrido, que tiene la manía de cursar todas las licenciaturas, maestrías y doctorados que su corta vida de humano le permita cursar. Y encima, se afana de ello, como si gastarse la vida en cosas así valiera la pena.

 En pocas palabras, estar loco es aceptarse a uno mismo tal cual es. Y eso, es algo más complicado de lo que parece. Es, a ojos de esta podrida sociedad, ¡una locura!

2

Debía hablar con Palafox, mi patrón, y darle las nuevas de que partía. No trabajaría más en un lugar donde mis facultades literarias se ven menospreciadas, apocadas y encajonadas en el cajón del olvido. Estaba decidido. Pero, a veces, estar decidido no es lo mismo que tener valor. Estuve decidido casi dos meses antes de actuar.

 Debía, también, hablar con Estela, ya que en parte, este asunto iba ligado al anterior. El padre de Estela es Palafox, y dejar el trabajo es dejar de frecuentar a Estela y decepcionar a mi suegro, que significa decepcionar a mi novia; ella está casada con la idea hogareña del novio que trabaja para el padre y la familia que cena junta, al terminar la faena, y habla y convive (aunque al final, gracias, precisamente a esta idea hogareña, se mande al nuero a casa, a pesar del cansancio del trabajo y del riesgo de caminar de noche en el Estado de México. No son capaces de decir: quédate, hijo, ya es noche para que regreses solo. Tampoco son capaces de decir: te acompaño. Y encima, esperan que al día siguiente sea yo quien abra la tienda, muy por la mañana, mientras ellos duermen.)

 La duda me venía de la decisión de anunciar mi renuncia, primero a Estela o primero a Palafox. Si comenzaba por el trabajo, luego Estela me reclamaría no haberle hablado a ella antes de mi resolución. Sin embargo, si la ponía en aviso me seduciría con su verborrea para aguantar más tiempo trabajando. En otro escenario, ir primero a Estela y terminarla podría ayudar a que Palafox me echase a patadas, por defraudar a su hija, sin necesidad de presentar mi renuncia. Esto no me parecía positivo, pues mi intención no era cerrarme las puertas de un oficio que bien o mal, pone pan y sal sobre la mesa.

3

Había otra cuestión, en la que casi no pensaba (evitaba pensar en ello), y las más importante de todas: ¿qué haría después? Una vez sin novia y sin empleo, ¿qué cosa haría para consolarme de terminar con mi vida, tal como la conocía antes? ¿Sobre que hombro lloraría el duelo de mi desdicha, o sobre que agujero escondería la cabeza para no hacer frente a la vergüenza de perderlo todo por mi propia voluntad? ¿A qué me dedicaría exactamente, una vez puesto en medio del mar, sin costa a la vista? Nadar, nadar, nadar. Pero, ¿no es eso lo que hacemos todos, nadar, nadar, nadar, incluso cuando decidimos tener un empleo? Nadar en el mar de la vida sin importar cómo, cuándo, dónde o para qué. Es más sencillo así; lo complicado es detenerse, pensar. Y eso lo que yo estaba haciendo: deteniéndome a pensar en mi vida, en el cómo y el para qué de vivir. Sobre todo, en cómo gastar en adelante los pocos años que me quedan, de la poca vida que me tocó vivir. La respuesta era siempre la misma: escribir. Y decidí que escribiría (lo que eso signifique).

 Para dejarlo claro, saqué una libreta y a la mesa de mi casa, antes de que llegase mi abuela, me puse a escribir un montón de poemas. Todos, salidos del inconsciente, sin ton ni son, y ninguno portador de valor literario alguno. Deseaba ser poeta, pero no sabía lo que era la poesía. Escribir no sería tan sencillo como me dictaba el corazón: escribe, escribe, escribe. Escribir sería mi cadalso, y la pena por cumplir de esta pobre alma en la Tierra, pagando el precio del pecado cometido por antepasados milenarios que comieron las ansias de adquirir conocimiento. Más nos valdría ser campesinos y nunca preguntarnos el porqué de las cosas, ni el sentido de las mismas. Más valdría no conocer el alfabeto, que conociéndolo, no saber qué hacer con él.

 Estaba harto. Desesperado, y con la urgencia de dejar de ser Salmoneo Gutiérrez y convertirme en mí mismo. Es increíble lo complicado de poder ser uno mismo. Hay gente que muere sin lograrlo.

4

Estela tenía un par de ojos hermosos. También era rubia, delgada y de cuerpo bueno. Cualquiera que supiera que yo iba a dejarla en cualquier momento me hubiese gritado a la cara que yo era tonto. Es probable que así sea, pensaba. Sólo un tonto abandonaría la compañía de una mujer bella y amable. Estela habíase esforzado en mantener una relación estable y duradera; en hacer que las cosas fuesen pasaderas y suaves. Esto, por supuesto, no evitó alguna pelea; pero siempre peleas menores. Nada para cortarse las venas o tirarse de un puente. Aún así, sentía la necesidad de alejarme. De respirar otros aires, solitarios y melancólicos, donde pudiera dar rienda suelta a mis deseos más profundos y personales. Si hubiese tenido el valor de confesarlo, hubiese dicho: leer y escribir. Eso es todo lo que deseo. Nada fuera de ello es importante para mí, y me importa poco si muero de hambre en el intento. Ningún pan llena, ningún amoneda satisface, ningún cuento alegra. En todo caso, no escribiría por dinero o por fama. Escribiría porque escribir es el aire que respiro, sin juzgar si respirar es bueno o malo, y es el único acto humanamente posible para mí. No encuentro placer en escribir, pero evito con ello el sufrimiento, que es lo más que un hombre puede hacer en esto que llamamos vida.

 Alguna vez luché por lo que ahora detesto. Si pudiera explicarlo, terminaría por explicar al hombre. Hasta ahora no hay alguno que haya explicado al hombre. El hombre jamás podrá explicarse a sí mismo, como el perro jamás logrará saber por qué ha nacido perro, ni lo que ser perro significa. El chimpancé no entenderá nunca la raíz de sus acciones, ni el ave comprenderá el valor de sus facultades aéreas. Así, el hombre no puede conocer la verdadera valía de sus virtudes, ni calcular la fatalidad de sus errores. Estamos condenados a ser lo que no has tocado ser, y hacer lo que se nos dicta que hagamos. El hombre que ha nacido para conquistar, conquistará a pesar de todo. El hombre que nacido para ser conquistado, no podrá evitar la derrota, aunque ponga todo su empeño en evitarlo.

5

Purgar mi vida es de lo que estoy hablando. Lo que necesitaba para realizarme. Quitar  todos los obstáculos que impiden ser yo. El primero, el trabajo. El segundo, Estela. Pero antes, ¿qué soy yo? Un poeta es lo que soy. ¿Y qué es un poeta? He aquí otra aventura de vida que desentrañar…







viernes, 14 de septiembre de 2012

La juventud tiene el sabor de la infancia muerta.


Texto por: Aleqs Garrigóz.

Pero mis brazos insisten en abrazar el mundo
porque nadie les ha enseñado
que ya es demasiado tarde.

A

Juventud sembrada de flores de cempasúchil,
iluminada por lámparas amarillentas y alejados crepúsculos.

Cuerpo de ciprés esbelto escarchado de rocío,
ceñido por un viento sensual y rumoroso,
pecho de melancólica paloma,
garganta ronca vociferando campanadas grises.

Juventud nimbada de cirios mortecinos y delgados espejos,
adornada de hojas de palma, con la flor de los labios aún intacta,
violenta en su rojez, hermosa en su aspereza.

Ciervo sacrificado en el altar de los sueños: yo.


B

I

No acierto a recordar de la infancia
más que mi mutismo apagado,
una presencia sigilosa y hermética que era mi cuerpo,
un miedo a pedir y a decir no, y aun más:
a alzarme entre los otros que ya entonces me parecían
como cadena de siluetas recortadas de un mismo cartón,
dotadas de abyectos y torpes movimientos.

Deambulaba de noche sin poder dormir
por un patio interior. Me columpiaba en él
bajo un cielo atravesado por desbandados murciélagos.

Enclaustrado, me internaba en los pastos crecidos del jardín
buscando un sapo, una canica azul.
Y mis ansias se estrellaban contra una alta reja enmarañada,
siempre deseando escapar, huir…

Escondía mi desamparo bajo la sábana de una conciencia tremenda:
la certeza del mañana sin arribo.
¿Qué iba a ser del niño tartamudo
que se extasiaba ya en las riveras de la emoción peligrosa?
¡Ay mis primeros años cumplidos en el circulo estrecho
de una labilidad que no termina de abandonarme!

(Y escapaba entre las páginas de libros despastados,
como escapa el desahuciado
en el sueño que precede a su muerte.)

II

Cantábamos en la escuela primaria un himno de guerra
frente a un redoblar de tambores, y entonábamos cantos
a la marcha de una bandera ensangrentada,
hecha de la tela de las tiendas más baratas:
“Y también por su amor morir”
Como ejemplo nos era impuesto el de un héroe ficticio
que arrojó su juventud al vacío.
(¿Defender qué?, ¿Una mentira colectiva?)

 ¿“Solidaridad”, “Ahora si vamos a progresar”?
Hablo de lo que vi: la infamia de mi pueblo
que se traiciona a sí mismo.

Pero yo tenía un universo conversacional conmigo mismo,
que yo mismo poblaba. Y donde me recreaba.

Así, ¿qué podía ser la adolescencia sino una sombría confusión,
una inseguridad mortuoria,
una distorsión constante de mi propio reflejo?

¡Ay ese pequeño muchacho distraído
tropezándose con las cuerdas de sus zapatos!

C

I

Antes pude salir de casa como quien sale a coger setas.
Decía la palabra sí y la palabra futuro.
La mano que me tocaba me segaba dulcemente, como a espiga tierna.
Era la inocencia del que cree, del que ama un amanecer;
y hacia mía la tarea de quien tiene el tiempo abierto
buscando un recinto repleto de canciones y de juegos.

¿Cómo fue mi garganta llenándose de lodo y de hiel?
¿Cómo fueron las vías torciéndose,
cuadrándose, hasta volverse un laberíntico manicomio?

Aquí me quedaré mirando siempre arriba, con ojos perplejos.
Extasiado contemplo la fuga irrevocable de las nubes,
la huida del cielo aún más allá.
Cavo las paredes con uñas gastadas,
chillo como la rata de las prisiones,
hago los ademanes monótonos y repetitivos del animal de jaula.

Aquí se quedarán mis poemas mecidos por un vientecillo preso
que tan tiernamente me favorece la combustión
en mi propio fuego, como a un cigarro artesanal.

Aquí me quedaré a veces tan cerca del tapiado umbral.


III

He aquí que el amor nos acuchilla en todas sus variantes.
Llevo aún abierta la herida de aquel, el último estrago.
Palpo mis miembros reconociendo las cicatrices
de aquellas guerras con fantasmas y lejanas presencias.

Si bien, agotado, dolorosamente, convalecí, me restauré.
¿Han valido la espera, el llanto en el pañuelo del cuaderno,
la mirada ruinosa en los espejos de desilusión,
la mirada oblicua en el ajedrez del mosaico?

De mis romances luctuosos casi al borde de un filo inapelable,
he recogido algunas gotas de un licor corrosivo
que conservo en mínimos contendores bibliográficos.

¿Han valido las penas?


D

Esto he querido hasta ahora, muchas veces:
primero que la dicha me apuñale;
pero no de espaldas, de espaldas jamás.
Quiero abrazarla y morir;
quiero bailar con ella la danza del final.
Luego el sueño deleitoso y cándido
de quien mira la realidad desde el revés del cristal.

¿Qué es lo que vendrá?
¿Por qué esta manía de inventar monólogos, a veces más?

Me invento ciudadelas alzadas con palabras,
compañías de papel para dialogar.
No tengo nada que decir
y me asalta siempre la misma necesidad
de estar sentado frente a frente con el papel en blanco
y decir lo que no he dicho,
lo que no volveré a decir jamás.

Rodeado de muros como de catacumba,
digo lo que dice con la mirada el moribundo.
Escribo largas cartas que borro
cuando la vergüenza expande mis mejillas.

¿A qué estas declaraciones de ternura estéril?

Esta escalera no sube a ningún lado.

Los muros se van cerrando.

Y esta ansia permanece en el corazón aturdido,
siempre queriendo escapar, huir…

II

Pero yo te invito a que respondas:
¿qué es la juventud si no un fuerza indestructible,
un grito interior brotando para dejar sobre el mundo su eco,
un ímpetu presto a arrebatarte hacia adelante como un huracán,
una potencia de gente hermosa,
de gente seductora y ágil? (Aunque a veces
se atavíe de terciopelo púrpura, se recame de crucifijos
y prefiera internarse en una mazmorra lírica
para expandir sus anhelos ojivales.)

Con la sangre de mi brazo inundo el tintero
y tapizo las paredes enmohecidas de reniegos.

Responde. Háblame desde tu juventud.
Y yo te hablaré desde la mía.



Texto por: Aleqs Garrigóz.

lunes, 10 de septiembre de 2012

A J.D. Salinger.


“Los sentimientos de anonimato y oscuridad de un escritor constituyen la segunda propiedad más valiosa que le es concedida.”




Ayer por la tarde fui al centro comercial, donde me cité con Martin Petrozza. Habíamos quedado para comer, y luego iríamos a un bar. Desde Potenza que no le miraba; había intentado suicidarse, pero casi no hablamos de eso.

 Comimos hamburguesas en McDonalds, y como no supe qué decir al respecto de aquello, se lo dije como iba: ¿por qué carajos pensaste en matarte, estás pendejo o qué? Martin alzó la cara (la tenía metida en su hamburguesa), y asombrado dijo: no lo sé, Dios, ¿por qué todo el mundo me pregunta lo mismo? Si los suicidas conocieran exactamente las razones de sus actos, no se matarían. Para eso hay que estar un poco loco, y entrar en lapsus. Ya sabes, esa como el dicho: esas cosas se hacen y no se piensan, porque si se piensan, no se hacen, y… Petrozza iba a echarme toda esa perorata tautológica y enrollada, cuando de la nada salió un hombre. Se acercó a nosotros y nos saludó con la mano abierta. Dijo: ustedes son Martin Petrozza y Verónica Pinciotti, ¿no?

 Martin y yo habíamos publicado algunos textos en revistas y fanzines, y en el blog de Whisky en las rocas. Petrozza, además, contaba con un libro publicado, y… lo que quiero decir, es que ninguno de nosotros se consideraba famoso. Petrozza menos que ninguno, y yo por debajo; ni siquiera aceptaba los ofrecimientos de Martin de llevarme al estrellato. Petrozza me había propuesto incluirme en una segunda publicación (un libro llamado más o menos así es el hombre bajo el sello Whisky en las rocas, que es la editorial que maneja Martin) y deseaba que yo participase al cien por ciento. Esto quiere decir que me presentase públicamente y que formara parte de la asociación editorial, consejo editorial, y todas esas cosas. Por supuesto, me negué. Le dije que mis intenciones se limitaban a escribir. Podía hacerlo,  mandar textos a dictamen, pero jamás ser una figura pública que da conferencias y manda saludos. Ya tenía demasiado con los acosadores de la privada de mi casa, y con los maniáticos de Internet, como para encima, salir a la luz y lidiar con los eternos intentos de conquista; todos, dicho sea de paso, patéticos hasta el hartazgo. Una mujer no puede decir soy dueña de mi propio culo, porque entonces todos los hombres se creen con derecho a tener cama con esa mujer. Pero vamos a dejarlo claro: las mujeres libres se reservan el derecho de admisión. Que una se acueste con todos, no significa que va a acostarse contigo. Petrozza no lo tomaba a bien; estaba empeñado en lanzarme al estrellato. Dijo que podía conseguirme entrevistas en radio y conferencias en las principales universidades del país. Todo esto era cierto, él mismo daría estas entrevistas y estas conferencias, pero no me tentaba.  

 Bueno, pues sí, dijo Petrozza alzando los hombros. ¿Y tú cómo lo sabes?, pregunté yo, y este muchacho se excitó, y hablando como caballo desbocado, explicó que había leído nuestros textos en el blog, que no se perdía uno, y que sabía que nosotros andábamos por el Sur. Tuve que mirar a Petrozza para que lo entendiera, de esto precisamente es lo que estaba hablando. Ya habíamos ventilado demasiado nuestra vida privada.

 ¡Estupendo!, exclamó Martin, e hizo sentar al muchacho a nuestra mesa. Para él, ser reconocido en la calle era algo que debía agradecerse. Tenía la idea de ser amable con todo aquel que le brindara atención. Si uno llegaba y le decía he leído tus textos lo consideraba amigo del alma y estaba dispuesto a beber con él. En general, siempre estaba dispuesto a beber con todos. Sobre todo, si se le invitaba. Era un roble en cuanto a sus ideas, pero una botella de whisky gratis podía roer el tronco de ese roble. No comprendía mi postura, que era la de permanecer en el resguardo de la privacidad. Nadie nunca lo había querido sólo por su cuerpo, o para acostarse con él. Y en caso de ser así, lo hubiese disfrutado. No hay mujer mala para el sexo, solía decir. Por mi parte, lamento no poder decir lo mismo de los hombres.

 El muchacho se llamaba, digamos que Toledo. Toledo era estudiante de Letras en la UNAM, lo que bastó para que discutiera acaloradamente con Petrozza sobre un poema de Roberto Bolaño que ambos habían leído y consideraban bueno. El poema se llamaba Los perros románticos, y pertenecía a un poemario homónimo. Estuvieron con eso unos buenos cuartos de hora, hasta que Toledo prefirió saber de mí. Me preguntó si era verdad todo lo que escribo en los textos. Bueno, pensé, aquí vamos de nuevo: las mismas preguntas y las mismas respuestas. Parecen hechos con el mismo molde.

 Luego del circo de aquello, dije a Petrozza que debíamos partir. Estuvo de acuerdo, y pensé que al menos todo esto había terminado. Las miradas de Toledo a mi pecho, y la enajenante ilusión de que hablando de literatura podría acostarse conmigo.

 Debí suponerlo, no era difícil de imaginar. Petrozza anunció que iríamos a cualquier bar, y Toledo se agregó a la velada; dijo que él mismo podía invitarnos unas copas. Petrozza no pestañeó siquiera, aceptó en el mismo instante que Toledo lo propuso, y así, sellaron el trato. Estos dos ya eran hermanos de borrachera, incluso antes de haber bebido.

Martin y yo teníamos ideas muy diferentes sobre la popularidad. Para él era como el agua que necesita el pez, y para mí, como el agua que desprecia el gato. En el instante que nos levantamos de la mesa, me despedí. Toledo se sorprendió. Estoy segura que llegó a arrepentirse de sus palabras, de haber invitado las copas, ahora que sólo iría con Petrozza. Esto es lo que Martin no podía comprender. Toledo no estaba allí por nosotros, ni siquiera por mí, sino por sus instintos sexuales. Sería muy capaz de dejar colgado a Petrozza si pudiera irse conmigo. Y en todo caso, no se iría conmigo, sino tras mi culo, como un asno tras una zanahoria pegada a su cabeza. Petrozza también se sorprendió, pero cuando recordó que Toledo pagaba las copas, se despreocupó. Total, alguien más paga las copas y da lo mismo si es Verónica o Toledo. Así es como piensa Petrozza.

2

Dos días después volví a ver a Petrozza. Dijo que Toledo y él se habían puesto una farra monumental, y agregó que yo debí haber ido con ellos. Eso está bien, dije, pero lo de ir yo… bueno, traté de explicarme, si Toledo fuese homosexual y supieras que anda tras tus huesos, ¿aún así te parecería estupendo salir con él? Petrozza dijo que me olvidara de eso, que Toledo era un hombre de verdad. Ya lo sé, dije, me quedó claro cuando no pudo evitar mirarme los senos; pero pongamos que la próxima vez te reconociera en la calle un homosexual, y te siguiera y se empeñara en llevarte a la cama. Antes de que Petrozza pudiese contestar, yo seguí: ahora imagina que no es uno, sino diez. Imagina que te agregan a sus círculos de redes sociales, que te envían correos electrónicos, que te piden poner la cámara web por todo, y que en la cuadra de tu casa hay al menos tres de esos. ¡Joder!, exclamó Petrozza. Bueno, dije, y aún así tú quieres que me presente públicamente y que me deje mirar y conocer. Venga, Pinciotti, ¡pero si es distinto!, gritó Martin y yo bufé; el asno de Petrozza no había entendido nada. ¿Puedes explicarme por qué es distinto?, pregunté sabiendo que no podría. No pudo. Lo que sí, es que lo dejó claro: deseaba utilizar mi cuerpo como carnada. ¿Qué pasaría si fuese una mujer horrible? ¿Es verdad que los que dicen leerme, aún así lo harían?

 3

A esta discusión se sumaron Guillermo y Salmoneo. No llegaron para dar por finiquitado el asunto, sino todo lo contrario. Guillermo estaba a favor de Petrozza y deseaba presentarse en público, pero sobre todo, lanzarme a mí al ruedo y que todos pudieran salir y fotografiarse conmigo y decirme lo mucho que gustan mis textos. Eran un par de machos hijos de puta. Serían capaces de hacerme salir en falda con tal de llamar la atención.

 Afortunadamente, Salmoneo se inclinó a mi favor. Dijo que yo, y cualquier escritor, debía ser juzgado por sus textos, no por su cara. Y que si prefería no salir a la luz, mejor. Así se vería si en verdad aquellos que me mandan poemas y cartas, y que dicen estar enamorados de mí por mis letras, son sinceros o falsos. Por si fuera poco, Salmoneo se plantó en la misma posición que yo. No me presentaré en público jamás, dijo. Al mundo regalo mis textos, pero mi cuerpo y mi vida son míos. Petrozza y Guillermo se miraron, mudos, y no se creyeron que nosotros dos no deseáramos ser lo que se dice un escritor reconocido. Reconocidos, sí, enfatizó Salmo, pero por nuestra poesía, no por nuestras caras.

 Estuvimos dando vueltas al asunto, analizando los convenientes e inconvenientes de nuestra postura (la de Salmo y la mía), y mientras tanto, bebimos tantas cervezas que al final, Petrozza dijo que Salmoneo y yo podíamos hacer lo que nos viniera en gana. En realidad, eso no se ponía en tela de juicio, con él o sin él, siempre, uno puede hacer lo que le venga en gana.

 De cualquier forma continuamos discutiendo. Como ejemplos de esto teníamos a casi cualquier escritor que busca la fama, y del otro lado, a J.D. Salinger, que fue el escritor que más repudió la fama. Cosa curiosa, como hizo notar Guillermo, sólo después de perseguirla vehementemente. Sí, sí, sí, dijo Petrozza, pero Salinger era un acomplejado. Yo no lo discutí, es muy probable que haya sido así; Salinger moría por atención y deseaba con toda su alma una novela que hiciera girar los reflectores a su persona… y cuando esto pasó, como niño que corre tras el fuego que encendió, deseó con ardor desaparecer de aquellas luces. Es cierto que estas conductas son la de un acomplejado, hasta cierto punto, pero no demerita el secreto que encontró Salinger: las luces de los reflectores no siempre son lo mejor que te puede pasar. Hay que tener cuidado con lo que se desea.

 Salmoneo Gutiérrez estaba convencido de que el anonimato es el fruto que debe cultivarse si uno se dedica a la literatura. No deseaba mostrar siquiera un fotografía de su rostro, ni publicar el lugar de su residencia o el correo electrónico que utiliza para comunicarse con los suyos. Los suyos, por supuesto, están más enterrados que él mismo, y jamás se permitiría exponerlo (al menos no con nombres reales) en sus textos ni en ningún otro lugar. De todos, era el más tajante. El polo opuesto a Petrozza, que gozaba (masoquistamente y quizá, también por acomplejado) de divulgar su vida privada, sus amoríos, sus penas, sus dichas y desdichas, sus pensamientos y toda su alma. Incluso estaba dispuesto a presentarse públicamente. Deseaba, según sus propias palabras, romper la línea que divide al autor del lector, y dejarlos atravesar como quien pasa por la puerta abierta de una casa. Él los esperaba a todos con una cerveza en la mano, para platicar, discutir o polemizar sobre cualquier cosa. De todo y de todos se aprende, solía decir, y así, hablaba lo mismo con vagos de la calle, que con peces gordos del mundo editorial. Tenía sed de vidas y de historias. Le encantaba escuchar la vida de otras personas. Y también, que le escuchasen.

 Discutimos esto durante mucho tiempo, y al final concluimos: yo me limitaría a enviar textos a Whisky, y él de publicarlos. Si deseaba imprimirlos en libros, por mí mejor; no le cobraría un centavo que no pudiera darme; pero a cambio, él dejaría que yo hiciera con mi cara y mi vida privada lo que yo quisiera.

 Salmoneo firmó este mismo contrato y brindamos por el respeto a la vida de cada quién. Lo que no impidió que Petrozza continuase empeñado en hacernos cambiar de opinión. Ya conozco sus argumentos, decía, y los respeto, pero… Conocía nuestros argumentos, sí, pero de respetarlos dejaba mucho que desear. 


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