viernes, 31 de agosto de 2012

Selección poética: Pablo Lacroix.


Texto por: Pablo Lacroix


Ll
Este mundo es desértico… como los niños de greda.


Carroñero de la pupila

Nací del escombro del tiempo
como chamán sin nombre
lamía los minutos de mi ojo enterrado

Me visto con incienso negro
y busco temeroso lo innombrable
que sigue mis pasos con instinto fetal

Nací precario, como un niño de greda
que juega a vestirse entre la muerte
y entierra su pupila donde es mudo el barro

Se me empaña la vista

En este precipicio bestial
busco lo innombrable entre un verso de escombro

Soy pupila y carbón salado

Predico el verso tácito
cada vez que limpio lo borracho en la memoria
en esta plaga afónica que llaman desierto

Y esta mirada negra como los ojos de un perro
como esta cola de perro que guardo entre mis manos
como los colmillos de perro que entierro en mi ojo
es la baba negra que escupo en mi cuerpo

Arranco llantos con la mirada
entre el miedo que guardo en la sombra del ojo

Mi párpado seco, ensangrentado de tanto Homicidio
yace enterrado en los terrenos de mi nombre

Porque cada noche siento que tengo un hijo / y es mi rostro
que despierta en las mañanas como carroñero de pupilas
y se disculpa constantemente por tener el ojo humano
eso tan propio, que no me ha quitado la muerte


[1] Video poesía elaborado en Enero del año 2010, basado en el poema Carroñero de la pupila.



N

De tanto semen negro, ya no sé si mi voz está Incubada por la greda o es la greda que no se Incuba y me consume el semen negro.


Íncubo son mis fauces
Íncubo son mis fauces
Íncubo son mis fauces
Íncubo son mis fauces
Bajo el semen negro
Íncubo son mis fauces
Íncubo son mis fauces
Íncubo son mis fauces
Íncubo son mis fauces
Bajo el semen negro.


Orgen nemes le ojab
Secuaf sim nos obucní
Secuaf sim nos obucní
Secuaf sim nos obucní
Secuaf sim nos obucní
Orgen nemes le ojab
Secuaf sim nos obucní
Secuaf sim nos obucní
Secuaf sim nos obucní
Secuaf sim nos obucní



ojelfer led sárted oviV./Vivo detrás del reflejo.


Texto por: Pablo Lacroix





lunes, 27 de agosto de 2012

Breve historia de un recuerdo.


Ana María me pidió que le contara sobre mi círculo de amigos del Distrito Federal. Era una noche calmada en aquel pueblo de Tlaxcala. José Hernández Techachal estaba a mi lado, fumando un Delicados que yo había comprado en el DF. Los cigarrillos son un ritual; cuando voy de visita al pueblo, dos semanas cada seis meses, compro diez cajetillas de Delicados y se los llevo como regalo. Jamás nos duran más de tres días pero los usamos todas las noches para contar historias. La mayoría de las veces es él quien cuenta una historia sobre serpientes o sobre pleitos de cantina, yo siempre escucho las historias sentado a un lado de la fogata; Ana María, la hija de José, también se sienta con nosotros a escuchar las historias. Es raro que ella hable, pero esa noche habló, únicamente para que le contara sobre mis amigos del Distrito Federal, aquella ciudad completamente ajena para ellos. La Carlota, una gallina rancia, estaba acostada entre mis piernas. Yo la acariciaba como quien acaricia a un perro, con cierta ternura sí, pero con un dejo de compasión. Las estrellas brillaban a lo lejos, más cerca del Distrito Federal que de nosotros.

            Me puse un whisky en las rocas por pura nostalgia. El día de mi llegada, hace apenas dos noches, pasé a un Wallmart de Tlaxcala para comprar un etiqueta negra. En ese pueblo nadie bebe whisky, sólo mezcal y otra bebida llamada Pozol. El Pozol, por su parte, es una bebida típica del sur de México, mezcla de cacao y maíz. Agustín Sánchez, otro habitante del pueblo, la había llevado un día a Tlaxcala y todos la aceptaron con naturalidad. José veía mi whisky como si estuviera endemoniado; intenté, en varias ocasiones, servirle un trago, pero jamás aceptó. Me puse un whisky en las rocas y prendí otro Delicados. Estaba nervioso, debo confesarlo, generalmente no soy yo quien lleva el protagonismo en esas reuniones de tres personas, pero decidí hacerle caso a Ana María, hablar un poco del Distrito Federal. Bajé a la Carlota de mis piernas, me sacudí sus plumas y le pregunté a Ana María que de quién quería que le contara. De todos, me dijo. Parece gente muy interesante, terminó.

            En realidad, mi círculo de amigos del Distrito Federal no es tan interesante como parece. Se reduce, en gran medida, a tres personas más. Verónica Pinciotti, Martin Petrozza y el poeta Salmoneo Gutiérrez. José y Ana María me miraban con sumo interés, todo lo que fuera ajeno a ese pueblo lo veían como algo místico, interesante, empezando por mí mismo. Cuando llegué por primera vez me trataban con respeto, como si fuera un gran político o un intelectual declarado. Para estas alturas ya se habían acostumbrado a mí, pero les intrigaba mi vida fuera de aquel lugar. No quise quedarles mal. Decidí, en cierta medida, exagerar las cosas, contar de mi vida en el Distrito Federal como si de verdad fuera algo interesante, manipular los acontecimientos casi de manera epopéyica, y así lo hice. Volví a tomar a la Carlota entre mis brazos, la situé en mis piernas y dispuse a comenzar el relato. Antes de empezar, José prendió otro cigarrillo y se sirvió una jarra de mezcal. Ana María cruzó sus piernas a manera de flor de loto, se puso unos lentes para “ver dentro de las palabras”, me decía cada que le contaba algo. La carlota posó su cabeza sobre mis rodillas.

            Martin Petrozza, dije airado. Martin Petrozza es un escritor frustrado. Escribe historias y las vive. Vive entre alcohol, prostitutas y miseria. Tiene pocos amigos pero a veces tiene. Una vez me presentó a un negro que vivía debajo de un puente y follaba como loco. Le di una fumada a mi Delicados. Verónica Pinciotti es una chica fresa. Ustedes tal vez no conozcan el término pero ya lo conocerán. Escribe historias, también, y va lugares grandes, de moda,  compra ropa fina y es un poco italiana, de Europa, más allá del mar. Les expliqué para que la distancia les quedara un poco más clara. Salmoneo es un poeta burlesco, por las tardes trabaja en una tienda de abarrotes y por las noches escribe historias y poemas. Vive enamorado y también se desenamora fácilmente. ¿Y tú? Preguntó Ana María. Yo soy un lingüista, profesor universitario que sueña con escribir buenos textos. Contesté mientras tomaba un sorbo de etiqueta negra. Me junto con ellos, qué más, concluí.

            José me escuchaba muy quieto, esperaba más de la historia. Ana María me prestaba mucha atención. Los ojos le brillaron, principalmente, cuando mencioné a Verónica. Para Ana María esa debía ser la vida, ser una chica de mundo, tener suficiente dinero para andar de aquí para allá, viajando de un lado para el otro del continente y comprando ropa cara en tiendas de prestigio. José me preguntó por el negro, pero decidí hacer caso omiso de esa historia. Martin y yo somos buenos amigos, los primeros. Lo conocí cuando éramos muy niños e íbamos a la escuela juntos. Nos hablábamos, sí, pero poco. La verdadera amistad empezó años después, cuando lo vi una noche de Navidad. Esa noche yo me enteré que a él le gustaba escribir y él se enteró de lo mismo sobre mí. Le hablé de mi círculo literario donde me reunía a charlar de poesía con Luciano y otros amigos. Lo invité. Martin, gustoso, aceptó ir a las sesiones y desde ahí comenzó nuestra verdadera amistad. A Verónica la vi por primera vez en la universidad. Ella y yo íbamos en la misma escuela, una muy cara y de mucho “prestigio”, dije con tono de sarcasmo, en México. Llevamos una clase juntos pero nunca nos hablamos. Yo la veía a lo lejos. Ella se juntaba con un grupo de gente que se puede considerar, busqué la palabra adecuada para que ellos entendieran… Importante. Yo, por mi parte, sólo me juntaba con un joven con sueños periodísticos. Pasé desapercibido, toda la carrera, a los ojos de Verónica. La historia de Salmoneo se cuece a parte, agregué. Antes de hablar de él me serví otro vaso de whisky y prendí un nuevo Delicados. A él lo conocí tiempo después. Martin o Verónica lo conocieron primero y lo llevaron a un lugar donde yo también estaba. En esa época yo acababa de perder a un buen amigo, el poeta Enrique, y andaba falto de poetas, así que acepté a Salmoneo, quien presumía de escribir poesía, con naturalidad. Después me fui dando cuenta de quién era él y de quiénes éramos todos.

            Al hablar me sentía algo cansado. Con ésta, eran ya varias las ocasiones en que había tenido que contar esta historia. En cierto sentido todos los del círculo vivíamos contándola. Cada quien a su manera y de acuerdo a sus intereses.  A veces uno quedaba bien y el otro mal. A veces todos quedamos mal o todos bien. Martin, con tal de ligar, en ciertas ocasiones me dejaba como un pendejo; o yo, también por ligar, menospreciaba a Salmoneo a tal grado de rebajarlo al peor de los poetas. A veces criticábamos a Verónica por su estilo de vida y  casi siempre ella nos criticaba a nosotros, con una ternura que a mí me parece, todavía hoy en día, inocente.

            Hice una pausa en el relato para ver la reacción de mis interlocutores. José seguía muy quieto, ido, daba la impresión de no entender una sola palabra. Ana María cada vez me miraba con mas fascinación. En ese momento me daba un poco de lástima. Ella veía el Distrito Federal como otro México ajeno al suyo. No concebía un México donde hubiera muchos carros o donde la gente gastara mil pesos en una tarde de domingo sólo por divertirse. José y Ana María ganan esos mil pesos en prácticamente un mes de trabajo, y ese dinero es sagrado. Compran comida, pagan sus necesidades básicas y es todo. José también gasta dinero en la cantina. Les conté que por las noches de sábado, a veces compramos dos o tres botellas de whisky. Gastamos, en suma, alrededor de mil pesos para una velada. El whisky lo bebíamos todo esa misma noche y los mil pesos se esucurrían en el escusado a la hora en que íbamos a mear. También les conté que ni Martin ni yo ni mucho menos Salmoneo, teníamos la capacidad de subsidiar esos gastos. Era Verónica quien, como Baco, nos proveía de los menesteres básicos para pasar una noche agradable charlando de literatura o de pintura o de mujeres.

            En resumen, dije tajantemente como para cortar lo más pronto posible esa conversación, la vida en el Distrito Federal se me va entre dar clases, editar textos, estudiar y analizar lenguas. Los fines de semana, eso sí, recalqué con humo en la boca, los paso con el círculo. Muchos sábados, por no decir todos, Martin, Verónica y Salmoneo (que es siempre el más ausente), van a mi casa a platicar sobre cualquier cosa. Verónica no falta cuando está en México, pero cuando no está ella y Salmoneo por ver a Estela o por su trabajo no puede asistir, me quedo solo con Martin. Hablamos sobre libros, Martin habla sobre él y yo hablo sobre mí. Las conversaciones se vuelven un tanto egocéntricas, dos tipos hablando de algo que creen que puede interesa al otro pero que en realidad no le interesa a ninguno.

            José se terminó la jarra de mezcal. A estas alturas ya me tenía la suficiente confianza como para irse a dormir y dejarme solo con Ana María. Cuando comencé a ir a visitarlos para trabajar una gramática sobre la lengua que habla José, hace ya dos años, no me dejaba ni un momento a solas con ella. Si él se iba a dormir, Ana María también tenía que hacerlo; si él salía, Ana María salía con él; si él se emborrachaba, Ana María lo pagaba. Esa noche, después de una jarra completa de mezcal, se sentía tan borracho que se disculpó vagamente y salió disparado a su petate.

            Me quedé a solas con ella, allí, tumbados bajo la luna de un cielo cada vez más oscuro. Yo con una gallina entre las piernas y ella cruzada como flor de loto. Cuando su padre entró a la casa ella se quitó los lentes. Su cabello lacio, negro y largo se deslizó lentamente por su cara morena. Quitó la flor de loto y extendió las piernas. Hace seis meses que prácticamente no nos veíamos ni hablábamos. La última vez había estado con ella, a solas, dentro de una cueva a las afueras del pueblo e hicimos el amor. Un día después partí para México y no volví a saber de ella hasta hace dos noches. Ana María me preguntó que por qué no la llevaba a vivir  a México. Me preguntó si me avergonzaba de ella, que si en México ella era tan poca cosa. No supe qué contestar, me quede callado un largo rato y corrí a abrazarla.

            El cielo cada vez estaba más oscuro. La Carlota se bajó de mis piernas y se fue a arrinconar a lo más alejado del jardín, cerca del corral del becerro. Yo no sabía qué decirle a Ana María y comencé a divagar para salir del paso. Cada que viajo suelo llevar conmigo un par de libros para leer en mis momentos de distracción. En esa ocasión llevaba dos libros del filólogo Antonio Alatorre. Uno de ellos era Los 1001 años de la lengua española, editado por el Fondo de Cultura Económica. El otro era un libro muy curioso, una novela recién publicada, la única del autor, la cual había titulado él mismo, o tal vez fueron sus hijos, La migraña. Cuando vi esa novela, en una librería de la calle Miguel Ángel de Quevedo, no sabía que La migraña era una novela de esas donde los autores dialogan consigo mismo en una especie de monólogo que en ciertas ocasiones puede resultar tedioso. Esas novelas que tanto Javier Marías como Enrique Vila – Matas resumen muy bien.

            Estoy leyendo una novela sobre un hombre que ve los dolores de cabeza como un mensaje del cielo, le mentí a Ana María. En ese momento ni siquiera había leído el libro. Una novela interesante, donde un hombre recuerda un episodio de su vida de adolescente. Argumenté esto gracias a que había leído la sinopsis de la contraportada. Ana María levantó la cabeza de mis piernas (minutos antes se había acostado sobre la tierra y había usado mis piernas como almohada). En ciertas ocasiones me pregunto qué se sentirá leer, comentó al aire. Leer no es tan malo, dije. No sirve para gran cosa pero te ayuda a mantenerte con vida o a hacer amigos. ¿Cómo es eso de mantenerte con vida? Me preguntó. Muy sencillo, cuando yo leo novelas pienso que estoy leyendo historias mías, situaciones que me pertenecen. Mientras lees una historia vives en ella, formas parte de la historia y su mundo se vuelve tuyo. Leer una novela es absorber vida. Una persona que lee una novela, más que lector es un simbionte de historias, un chupador de vida. Le expliqué.

            Si leer historias es absorber vidas, entonces quiero aprender a leer. Enséñame, por favor. Me dijo Ana María casi en tono de súplica. Pero antes, prosiguió, quisiera que me leyeras alguna historia de Verónica y alguna historia tuya. Quiero ser parte de ustedes, vivir lejos y comprar ropa cara, estudiar lenguas y sentir que no te vas por seis meses cada vez. Quiero emborracharme un sábado y oírte discutir con Martin Petrozza sobre literatura. Quiero ser un poema de tu amigo Salmoneo. Si me lees historias y me enseñas a leer, yo dejaré que tú vivas en mí, el tiempo que quieras, allá en la cueva.

            Aunque en el pueblo no hay Internet, yo siempre llevo mi computadora y en ella parte del blog donde solemos escribir los cuatro. Entré a la casa por ella y la saqué al patio donde me esperaba Ana María. Prendió rápido. Antes de empezar a leer algo me serví el último vaso de whisky. Muy bien, si eso quieres entonces así será. Ana María volvió a ponerse los lentes , se sentó frente a mí y prestó atención. Así comienza nuestra historia, me dije para mí mismo. Este cuento, le expliqué, es de Verónica. Trata sobre su relación con el señor Scott, un tipo de mundo. Alcé la voz y comencé a leer el cuento. El resto de esa historia, es otra historia. 



jueves, 23 de agosto de 2012

Desmontando a Beatriz.



A la luz de un astrolabio se pasea desnuda por la habitación mientras las cortinas hacen movimientos fantasmagóricos  onduladas por el viento. Ella canta canciones y juega con la coreografía de esas cortinas gaseosas, se deja envolver, se pone ahora un turbante, ahora un velo, ahora un pareo o un vestido de novia,  canta habaneras y el tango Margot e improvisa en su indiferente deambular instrumentos musicales:  golpea un cajón, un sombrero, los hace percutir con sus propios dedos o con un lápiz,  emite sonidos de flautín como la nínfula que ya no es, como la nínfula que siempre será. El astrolabio es de juguete y casi no emite más que  una tenue luz insuficiente para iluminar la estancia pero ella conoce el rincón donde vive lo suficientemente bien como para no tropezar con la ropa acumulada en el suelo desde hace semanas  con el paso del quita y pon de cada día. Beatriz es guapa,  una invención de un demonio melancólico. Parece salida de un cómic, sus movimientos son de cómic, su tamborilear sobre cualquier objeto de la habitación es de cómic, sus tetas son de cómic, tetas dibujadas a carboncillo y difuminadas a dedo y algodón con el deleite del que las está inventando exactamente para su gusto y su disfrute. Beatriz coge su cámara fotográfica, apunta contra un espejo y dispara contra sí misma una foto de su imagen haciendo una foto contra un espejo que la multiplica hasta el infinito de su propia figura replicada por cámara y espejo. La foto queda velada por el flash de cuello para arriba y oculta la identidad de la fotógrafa; el resto de la silueta aparece en medio de la nebulosa de Orión. El flash durante un instante ha deslumbrado la estancia, la ha pintado de blanco con su luz cósmica e impertinente. Mira la foto en el display:  efectivamente  aparece desnuda y con la cara anulada por el fogonazo. Objetivo cumplido. Podría ser cualquiera pero cuando él reciba la imagen en su teléfono sabrá que era ella. Se la manda  y bebe un trago de vino blanco mientras sonríe y canturrea letras que desconoce. Sonríe por lo que acaba de hacer. Sonríe  ante su propia ocurrencia. Sonríe porque lo imagina mirándola a través del teléfono…  La canción, con el gesto de la sonrisa en los músculos de su cara en tensión emerge desde su garganta de otra manera más engolada y llorona. Hoy se siente guapa y está disfrutando de sí misma. Hoy soy la pera, se dice. Entra en el baño y pronto su cuerpo queda difuminado por la otra cortina de vapor en la que ahora se envuelve, disfruta de la ambigüedad, del sí pero no, de la insinuación y así actuará esta noche cuando llegue el momento del encuentro con él.


 Él viene del Norte y su caminar es lento y cansado. Tiene la espalda ancha pero es fácil observar cierto encorvamiento cuando camina. A veces, una mueca de dolor y una mano a los lumbares, no es nada, pero molesta, molesta el paso del tiempo sobre todo. Él viene del Norte y trae una pesada mochila consigo pese a haber pasado la mayor parte de  los últimos años tratando de sacar todo aquello que consideraba inservible pero, cómo renunciar a ciertas cosas, a ciertos recuerdos. Recuerdos que viajan de Liverpool a Barcelona y de Barcelona a Lisboa y después a cualquier otro sitio. Ahora ha vuelto a casa y también en casa se siente forastero. Madrid se ha vuelto extraño. Él tampoco es el mismo. Han pasado los años. Han pasado las vivencias, que pesan más aún que todos esos  años… La maquinilla raspa en su deambular por la nuez. Es imposible alcanzar los más profundos ángulos de su cara y el afeitado quedará lo mejor que sea posible, sin ostentaciones. Desnudo delante del espejo mira su cuerpo y se acaricia las pelotas con la yema de los dedos. La sensación le dice que está preparado, piensa en Beatriz, la imagina deslizándose sola y desnuda en su propio entorno y pronto se confirma que está definitivamente preparado para ella, para tenerla esta noche cerca. Ha recibido un mensaje en su teléfono móvil. Ella lo provoca. Él está de acuerdo con las reglas del juego de la provocación. Acepta su inocente desafío pero no quiere que lo traicione la ansiedad, no quiere que lo traicione el deseo y caer en la tentación del onanismo precipitado, a destiempo,  que lo pueda estropear todo. No ceder a la necesidad de sus hormonas y de sus vesículas le hace sentirse más libre y continúa haciendo su trabajo con la maquinilla. Se afeita la cara, se recorta el vello del pubis, se prepara para ella. Entra en la ducha y desaparece detrás de la cortina como el actor que desaparece tras un telón después de representar su parte de la obra. Toda una escenografía se abre ante él y, al otro lado del escenario ella recubre su cuerpo con alguna crema que recuerda lejanamente a la lavanda o a alguna madera noble: no quiere perder su propio olor, su secreta identidad sensitiva. Él no quiere perder el sendero de su libertad y camina por Castellana como si aquella fuese la primera vez.

 Ella aparece en medio de una fantasmagoría de seres que hablan sin decir, que se fotografían al son de sus teléfonos móviles mientras hacen caso omiso al arte que cuelga de las paredes. Pollock no es importante y de su suicidio nadie sabe nada allí pero Pollock nos vigila como una premonición. Arte de vanguardia, arte del siglo XXI nacido en alguna mente evolucionada del difunto XX. Estamos asustados de perplejidad, de asombro, de incredulidad ante los protoseres. Pero parece que a ella no le afecta. Ella es uno de ellos pero  mantiene el disimulo, algo que odia. Si hay algo que detesta es disimular pero las circunstancias…  Ella mantiene la entereza cuando lo ve fotografiar a dos linarejas con cara de polvo fácil. No se descompone. La linareja es una mujer guapa por decreto. La linareja, dicen, puta hasta vieja. Él las fotografía como si no supiese que ella ya ha llegado. Da igual. No se descompondrá pase lo que pase. Él no sabe si la fotografía ha salido bien o mal porque ha notado su presencia cercana y todo se ha precipitado al ritmo del galope paroxístico de su corazón. Ella es tan alta como él, calcula, y es un espectáculo escénico. Tantea sus medidas por el rabillo del ojo mientras mantiene el otro puesto en la cámara y en las dos linarejas. Ellas hace un rato que dan igual pero a la llegada de ella se han saludado sin mirarse tratando de aparentar naturalidad y desenvoltura. Él la admira desde hace días, aunque no la había visto jamás. Ella es insoportable incertidumbre y amalgama de sabores: su piel está recubierta ahora por pecas, ahora por escamas ahora por terciopelo y su color muta con su estado de ánimo y él la escruta porque quiere tocarla y oler su aroma a jazmines de Tailandia. Bromean con el tantra y con el mantra para relajarse. Dialogan sobre ecología. No hay nada natural en la naturaleza, se aventura ella, todo pertenece al mundo de lo sagrado. Cuando la naturaleza te parezca natural, todo estará acabado y empezará algo distinto que no podrás identificar. No sabemos qué es pero puede estar bien.  Él se siente un insecto a su lado pero no se descompone  tampoco y trata de llevársela al terreno de las conversaciones que domina, las tantas veces ensayadas y entonces más bien es ella quien se tambalea un poco cuando le habla de foto astronomía o del big crunch o de la belleza de la estatua de un pequeño Peter Pan en un jardín de Londres rodeado de  niños perdidos que enredan sus brazos y piernas entre sus pies firmes clavados en el barro. Ella le pregunta por el material que utilizó el escultor para esculpirla y él, que no lo sabe, se pregunta porque le interesa precisamente eso. Luego, ella acude a la excusa del estrés y del cansancio y bebe rápida y precipitada su primera copa de vino. Luego llegarán otras más mientras escogen en la carta un menú improvisado. Ella adora el aguacate de Ecuador y él la contradice. Desestiman lo graso y perpetran un microscópico solomillo que es suficiente. Cena lezamiana en miniatura que ella ha sugerido con absoluta aparente y calculada indiferencia. Como quien lo pide todos los días. Él la tiene definitivamente a sus doce y detrás, en un abanico horario de nueve a tres se abre la Castellana entera en todo su esplendor, desenfocada ante su retina, como el resto de Madrid. Madrid lleva desenfocado para él mucho tiempo, demasiado ya y ha perdido la perspectiva de lo que Madrid es para él. Ella deslumbra y eclipsa, su pecho escotado, como una sugerencia,  resplandece más aún y a él le tiembla la mano izquierda, lítica. Pero no se descompone. Es la conjura: no descomponerse ante la belleza prepotente y aquella meta perfección y mostrar una relajación al menos ficticia o  fingida en la que los encuentros casuales como aquel parezcan los menos casuales de los encuentros.



 Croquetas de jamón, pseudo ceviche de gambas, foie con ternera cortada con un microscópico bisturí, cena lezamiana para dos infantes difuntos que han dejado de serlo al menos por un rato. Ella lo convence con el vino blanco, es la primera parte de la seducción y él lo saborea como si supiese algo de ello. En realidad busca la anestesia para su sistema nervioso, para que no haya traiciones en los gestos ni en las palabras pero mientras apura el vino devora croquetas con las que bromean y traban lazos con un futuro que todavía es incierto. Y en medio de todo aquello comienzan a llegar los roces, la necesidad de la piel y las manos se entrecruzan por instantes y luego él le agarra la suya y se la besa pensando en algún infinito. Ella recibe sus labios complacida y turbada. Él parece un ángel, un príncipe, un demonio y la hipnotiza a base de palabras y de besos en los nudillos. Su cabeza dice no pero su cuerpo se ha vuelto desobediente ante aquellas armas de seducción insospechadas. Definitivamente él es la diferencia entre un ángel y un idiota, lo que queda de ello… eso es él.

Y durante noches la amó y la hizo suya hasta la deshidratación de sus cuerpos. La recorrió y saboreó cada una de sus planicies como ella hizo con él y por un tiempo los ectoplasmas desaparecieron de sus firmamentos y no hubo más pesadillas ni llantos de bebés. Lo que convirtieron en la jaula-animal en la que ellos mismos se introdujeron los mantuvo en el simulacro del éxtasis mientras duró el calor y la última tormenta del verano. Mientras los periódicos siguieron llevando y trayendo noticias y las vieron pasar desde su ventana, páginas agitadas por el viento con noticias agitadas por el caos.

 Pero, como suele ocurrir, un día no la vio más y volvió a encontrarse fuera de su útero fantástico para amantes infantilizados sumidos en el desamparo más absoluto y peor aún. Su útero cobijante desapareció, explotó y volvió a la intemperie de la colectividad, del anonimato de almas varadas donde los paranoicos se comunican con los demás a través de sus propias mentes sin darse cuenta de su incomunicación.  Se terminaron los días de sentirse feto protegido en placenta y por placenta y todo volvió a ser hielo, tundra y verso acabado.  Beatriz fue  para él lo que él quería que fuese: caverna original, primero de los círculos concéntricos y lugar de partida. Ella bailaba conga y chachachá y él era infante extasiado que la miraba bañado por la placenta primordial. Al desaparecer ella de su esfera o al ser expectorado él de aquel lugar de protección experimentó en su retorno a la intemperie, fascinado y triste, cómo entre cielo y tierra hay más cosas muertas y exteriores de las que puede soñar hacer suyas cualquier niño del mundo. Al despedirse de aquel corazón que había sido suyo le invadió el  retorno al desasosiego aquel, mil veces vivido pero ya olvidado desde la llegada de Beatriz, la agorafobia de lo externo, la provocación de la soledad del individuo, que se cree indómito y que, sin saberlo, no ha sabido aún salir del rincón placentario.

 Ahora la ve todos los días. La ve a cada momento. La tiene gravada en su retina, palmo a palmo, centímetro a centímetro. Conoce sus sabores de madreselva y sus labios almibarados. Ella apoyó la cabeza en su pecho y la dejó allí durante lustros mientras  él le rascaba la nuca y le acariciaba el pelo y le hablaba de los peces de colores. Le recorría  las nalgas el pecho y el ombligo con el anverso y el reverso de su mano, ahora hacia arriba ahora hacia abajo en un movimiento de acuné.  Pero ella se marchó.

 Mucho tiempo después sigue recibiendo fotografías de una nínfula a la que el fogonazo de un flash le oculta la cara pero no la identidad, no para él. Ella cambia su ropa, a veces no la lleva, a veces no mucha, nunca demasiada. Jamás aparece su rostro pero él sabe quién es e insiste en la melancolía del objeto perdido como  una pérdida de su mismo yo. No hubo silenciosa tragedia en su pérdida y desaparición, tan sólo una muerte de la música que habían iniciado a componer, una ruptura del dueto de violines que componían en el que cuando uno perdía una nota era el otro el que reconducía la melodía. Tú me completas aún le dice, solo, mirándose en un espejo.

 Ahora vive vacío de sentido, con el tejado de su vieja casa derrumbado desde dentro y buscando nuevas formas de reestructuramiento de su propia identidad,  nuevos destinos, su habitación se constituye en la prolongación de su piel abrasada por la intemperie ante la soledad y espera a Beatriz llegar de vuelta en forma de fogonazo o de líquido nutricio, sabor y textura de almíbar. Allí vive, en el interior de una burbuja individualista esperando que la lágrima congelada de la mejilla se derrita para empezar a caer.



lunes, 20 de agosto de 2012

Perlas a los cerdos.


Habíamos discutido tantas veces sobre lo mismo, que el sólo hecho de pensar en ello me daba nauseas. Sabía de memoria la postura de cada uno de ellos; los argumentos utilizados para defender dichas posturas seguían antojándoseme buenos, pero no tanto para cerrar el caso a favor de alguno.  Sin embargo, estábamos una vez más allí, hablando de lo mismo.

  Allí, quiere decir la casa de Guillermo Garrido, o Garrison; y lo mismo, la selección de dos poemas míos para enviarlos al New Yorker. Me había propuesto aquello para impresionar a mi padre, que me consideraba un fracasado y un bueno para nada porque un buen día de 2002 anuncié que me dedicaría a la poesía. Y también, porque hasta la fecha no había logrado hacer un solo centavo con mi poesía. Deseaba aventarle a la cara un ejemplar con mis poemas publicados en la revista más importante y cosmopolita sobre la faz de la Tierra y decirle: ¿lo ves?, he decidido hacerme poeta y lo he logrado. Aquí se abre otra de nuestras discusiones favoritas: ¿en qué momento se puede decir que uno es poeta?

 Durante la primera hora aún podía hablarse de una discusión objetiva. Los cuatro, sentados a la mesa, aún éramos capaces de ver las cosas desde la razón. Conforme el reloj nos acercaba a la madrugada, la objetividad salía sobrando para éstos tres, y se aventuraban a juicios sustentados en su percepción de las cosas. Por ejemplo, Petrozza estaba a favor de que mandase mi poema que comienza el mundo empieza y termina en la raja de tu culo…, que es, para ser francos, mi poema más vulgar. Él no lo consideraba vulgar, lo consideraba una verdad absoluta, o casi absoluta, y lleno de profundidad y sabiduría mundana. “Cualquiera que se haya enamorado alguna vez en su vida, entenderá tu tesis”, decía. Yo no estaba muy seguro; en general, no me permitía hacer este tipo de poemas a menos que estuviese muy borracho o muy desesperado, cosa que repito: sólo me había pasado una vez. Guillermo lo contrariaba sosteniendo que un enamoramiento cuya quintaescencia es la raja del culo de una mujer, no es un enamoramiento real, sino una obsesión, un fetiche, o una perversión del acto más puro. Verónica estaba de acuerdo con ambos, en el sentido en que Petrozza acertaba al decir que mucha gente comprendería; pero al mismo tiempo, defendiendo la idea de Guillermo, de que el amor no es eso; y amalgamaba ambas posturas sentenciando que la mayoría de las personas no se enamoran de verdad, sino de la raja del culo de sus mujeres. Así, estaba un poco a favor de que enviase dicho poema, porque una cosa era segura: vende.

 Si era complicado escucharlos en la sobriedad, más lo era a las dos de la mañana, cuando estaban a punto de caerse sobre sus propias caras de tanto tomar. A esas alturas Guillermo ponía todo su empeño en mandar al New Yorker el poema de la raja, y Petrozza, que lo había pensado mejor, se negaba rotundamente y prefería por mucho el poema que en la segunda estrofa decía: …he matado mis pies / porque no he tenido el valor de matar los tuyos…, y se defendía diciendo que era una frase estupenda porque nadie la comprendería, que es más o menos por lo que creemos que Girondo es bueno. Guillermo reía y decía que eso era cierto, pero que de todos modos el verso de la raja y el que le seguía, que va así: tus tetas son las asas de las que me asgo al mundo… era magnífico por la psicología de las tetas, que son una cosa que nos gusta de las mujeres porque nos alimentan, porque un buen par asegura la supervivencia de la cría, etc. Esta vez Verónica no estaba a favor de ninguno, ya que, por un lado, el poema de los pies era incomprensible y ya estaba hasta la madre (sic) de que los poemas buenos tengan que ser por fuerza los que no se comprenden. Citó a Gertrude Stein, de cuando dijo: “una rosa es una rosa es una rosa”. Y agregó que en ese orden de ideas, un par de pies son un par de pies y no puedes matarlos porque no tienen vida propia. Guillermo dijo que eso era una pendejada, que en la literatura y en la poesía uno podía matar hasta uno solo de sus cabellos si le daba la gana.

 Por un momento pensé que mi padre tuvo razón cuando dijo que la literatura no iba a dejarme nada, excepto beber y fumar y amigos que no sirven de nada y que yo terminaría siendo como ellos. Más de un año había pasado desde que los conocí y mis virtudes humanas no habían mejorado en absoluto; mis vicios sí. Bebía más cervezas que antes, más whisky que antes (antes no bebía whisky y ahora no podía dejar de hacerlo en las reuniones). Fumaba muchos más cigarrillos que antes, y encima, Petrozza me estaba convenciendo de no trabajar; decía que el trabajo es indigno y sólo apto para asnos y monos. Guillermo me había dejado claro que si no lees eres una bestia, pues el lenguaje es lo más sagrado y hablar bien lo único que importa. En pocas palabras, me había hecho un misántropo. Odiaba al resto de la humanidad por su ignorancia, y si había uno más listo, lo odiaba por listo. Con Verónica dejé de creer en las mujeres y en el amor; el valor del amor cortesano había quedado en el suelo y pisoteado. Me estaban convertido en un borracho mamón y mujeriego. Mis únicas intenciones: beber, estudiar y follar. Me pregunto si James Merrill se las vio con amigos como estos antes de publicar en el New Yorker.

 Como toda plática donde abunda el alcohol, dábamos vueltas en círculo. Pasábamos del poema de la raja al poema de los pies, y en cada vuelta, los defensores cambiaban de bando y viceversa. Estaba harto. Había otros poemas, el de la madre que se come a su hija; el del caminante que da la vuelta al mundo caminando y en eso se gasta la vida; el del mendigo que no acepta limosnas porque no ha caído en la cuenta que es mendigo y debe mendigar. En realidad, había veinte poemas sobre la mesa y debíamos elegir dos.

 A Petrozza le gustaba la raja y el caminante, si tuviese que decidir se inclinaría por esos dos y estaría dispuesto a matar los pies. Le gustaba sobre todo la comparación entre el sentido de la vida de aquel que camina eternamente y aquel que eternamente permanece estático. “En realidad no hay ninguna diferencia, el estático echa raíces en una tierra; el caminante va sembrando”. Algo así es lo que dijo pero estaba tan borracho que no entendí lo que quiso decir. Verónica agregó que en realidad, todos somos estáticos, como plantas, pero sembrados en macetas grandes. Guillermo dijo que el caminante era una mamada, que en todo caso prefería el que termina con: …de la noche me quedo con la luna / de la luna me quedo el resplandor / del resplandor me quedo con el brillo en tus ojos / de tus ojos me quedo con voz. Pero Petrozza y Verónica lo consideraron cursi.


2

Mis amigos no ayudaban demasiado, se tomaban todo a broma y reunirnos para seleccionar algo era para ellos un pretexto para beber. No lo necesitaban, bebían incluso sin mí, y seguirían haciéndolo con o sin poemas. Pero les gustaba la idea de reunirse y comentar y apocar mis versos. Yo estaba cansado del asunto.

 Le platiqué a Estela de mi idea de publicar. Estela era mi novia y era mujer (perdóneseme el machismo, pero así fue como pasó) y le importaba un carajo cualquier verso que no tuviese escrito la palabra amor, o la palabra labios, o besos, o fuerza del destino, o piel, o pasión o deseo. No pudo terminar ninguno de mis textos sin fruncir la boca, y cuando leyó el de la raja dijo que yo era un vulgar. Lo leyó en la tienda, uno de mis días de trabajo, en el mostrador y delante de todos. Todos, quiere decir su padre, el señor Palafox.

 Bien, el señor Palafox era un lector asiduo, y estaba loco. Era completamente capaz de encontrar en Schopenhauer su religión, y en el Apocalipsis, su doctrina. Estaba enterado de mis intentos de escribir; siempre quiso darse (adjudicarse) la oportunidad de echar un vistazo a mi pluma y corregir, opinar, corregir, y ayudarme, corregir. Ésta era la presa que tanto anhelaba. Se acercó al mostrador donde yo estaba con Estela, y acariciándose el bigote, dijo yo quitaría esa coma de allí… para empezar. Alcé la mirada y lo vi: Palafox moviendo la boca, y con ella el bigote, de un lado a otro en modo pensando. Tuve miedo y no me equivoqué. Me arrebató las hojas sobre las que estaban escritas los textos y se las llevó afuera, donde tenía instalada la silla desde la que se sentaba a mirar pasar la gente y meditar. Estela y yo nos miramos y ella alzó los hombros y yo moví negativamente la cabeza. Me di una palmada en la frente.

 Estela salió con su padre y se acomodó en el escalón de la entrada. Yo los miraba pasar las hojas y hablar y reír o hablar y asombrarse o hablar y meditar. No tenía ganas de ir allá. Estaba en mi puesto de trabajo, que era detrás del mostrador, y allí me iba a quedar, guardando la esperanza de que un cliente entrase a la tienda y me hiciera olvidar que mi poesía había caído en manos de Palafox. Pero no entró nadie. Dato curioso: nadie entra cuando lo esperas, y viceversa.

 Pasados quince minutos o así, Palafox me llamó. Cuando estuve cerca, sin quitar la vista de las hojas, me dijo ¿qué piensas hacer con esto? Suspiré y se lo dije: enviarlos al New Yorker. Se levantó de la silla y se plantó frente a mí. Me miró de arriba abajo y de abajo arriba. Se frotó el bigote, y con sus manos regordetas, agitando las hojas como un abanico… me felicitó. Dijo que yo era un hombre con un futuro prometedor.

¿Es necesario que lo deje claro? No iba a mandar mis poemas al New Yorker. Aquello era un decir, como decir: deseo publicar mis poemas y salir del anonimato. El New Yorker era la luna, y yo apuntaba mi arco a ella. No importa si al final tan sólo conseguía una publicación menor. Eso sería más de lo que había conseguido hasta ahora.

 Estela le explicó a su padre que mis amigos y yo nos dábamos a la tarea de seleccionar un par de esos poemas… y, Palafox me miró preguntándome con los ojos, como si en realidad no se atreviese, o no se le hubiese ocurrido ya... Total, pensé, después de todo es mi patrón y mi suegro, me da sustento y me da a su hija. Lo dije despacio, para seguir con el juego de la supuesta ocurrencia... ¿sería tan amable de ayudarme con la selección de… No terminé de decirlo. No era necesario. Le ofreces moscas a una araña, exclamó Palafox y, acto seguido, dio media vuelta con los textos en las manos y se metió a su cueva por la puerta que conecta la tienda con la casa. Primero mi amigos y ahora esto, pensé.

 De vuelta al trabajo puse los codos sobre el mostrador. Estela daba vueltas por la tienda. Pasaba el trapo por los refrigeradores o los estantes, pero lo hacía mal. Se detuvo en la rebanadora de jamón. Estuvo limpiándola unos ocho minutos, sobre todo en la parte de abajo. Yo esperaba que dijera algo, que me diera ánimos. Para Estela no era nada; decir poemas era lo mismo que decir cuadrados o ruedas. No significaba gran cosa. El hecho de que su padre tuviera mis poemas no le alarmaba en absoluto. No era capaz de ver la gravedad del asunto: Palafox, que es enajenado, juzgando mis poemas. Mis poemas quiere decir mi vida. Cuando un hombre juzga los poemas de otro hombre, está juzgando una parte de ese hombre. La parte más sensible de ese hombre. Peor que desnudarse. No debo bajarme los pantalones delante de cualquiera, pensé. No puedo andar mostrando mis poemas a cualquiera, y mucho menos dejar que los ensucien con sus narices.


 Camino a casa me vi envuelto en este mar de opiniones ajenas. Sin poemas. Me los habían arrancado de las manos, esos buitres, para alimentarse con el trabajo ajeno. No habían escrito una sola línea pero se llevaban a la boca más de cien. No eran capaces de dejarme un bocado, de decir: nos comimos dieciocho, pero te dejamos dos. Llevaba más de dos meses seleccionando un par de poemas que fuesen dignos de publicar. A este paso no acabaría jamás. Si fuese fiel a mis pensares, si siguiese al pie de la letra los consejos de mi querido Rilke… Funesta la hora en que puse en tela de juicio el valor de mi trabajo. Más me valía callar y permanecer en el anonimato, donde al menos no se pierde la dignidad. Más vale ser la sombra de un buen escritor, que un buen escritor convertido en payaso. No tires perlas a los cerdos, se van a poner a juzgarlas por el valor de su circunferencia o de su opacidad, pero nunca por el valor de ir por una al fondo del mar.



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