martes, 31 de julio de 2012

Afuera de ese pueblo existe un mundo.


Ana María mordía una manzana roja mientras observaba el camino de tierra que conducía a su casa. Habían pasado cinco meses desde la última vez que yo estuve ahí. Tlaxcala me parecía, ya en ese momento, un lugar lejano y olvidado; como un viejo sueño que se repite constantemente en la memoria. Regresé al pueblo para continuar con la investigación lingüística que tenía entre manos. Durante los cinco meses pasé prácticamente todas las tardes analizando el corpus proporcionado por José; haciendo transcripciones fonéticas y organizando una breve gramática. Ana María sabía que ese día llegaba. Había telefoneado dos días antes a Remedios, la dueña de una tienda de abarrotes, para avisarle a José que mi visita estaba prevista para dos días después.

            Durante los cinco meses no tuve contacto alguno ni con Ana María, ni con José, ni con nadie del pueblo. A decir verdad, los hubiera olvidado de no ser por su lenguaje. Cuando vislumbré la casa, Ana María estaba allí, comiendo aquella manzana. Estaba sentada en una vieja banca a lado del corral. Las gallinas, otras dos, me enteré después, picoteaban la tierra y caminaban de un lado a otro, como afirmando con la cabeza. Ana María llevaba un pantalón de mezclilla nuevo, una blusa roja, roída, y unos huaraches de media vida. Su cabello negro y lacio colgaba por todos sus hombros. Yo, por mi parte, llevaba unos viejos vaqueros marca Calvin Klein y una guayabera yucateca, blanca. También llevaba unos zapatos negros y llevaba a Luciano.

            Luciano, el viejo amigo con quien formé hace ya tanto tiempo un círculo literario a lado de Martin Petrozza, Verónica Pinciotti y Salmoneo Gutiérrez, había decidido acompañarme al pueblo en esa ocasión. Luciano trabaja de Director de algo en una organización de derechos humanos. Tiene, como principal objetivo, resguardar los derechos de los pueblos indígenas. Yo, por mi parte, tengo como principal objetivo resguardar las lenguas de los pueblos indígenas; así que nos complementamos. Luciano quiso ir conmigo para dar asesoría jurídica a los indígenas de esa zona. Yo, que en ciertas ocasiones necesito un poco de ciudad en aquellos pueblos, acepté gustoso que fuera conmigo.

            Cuando acepté que Luciano me acompañara al pueblo también asumí que esta ocasión no podría usar la casa de José para hospedarme. Esto equivalía, entre otras cosas, a no estar cerca de Ana María. Decidí olvidar la situación; ya habría tiempo para pensar en eso.

            Llegamos a la casa de José cuando sólo quedaba el corazón de la manzana. Ana María aventó los restos al corral del becerro. Se levantó tranquila, como con miedo, y nos abrió la puerta tímidamente. Yo noté algo raro en su actitud, parecía como si se alegrara de verme. Nos hizo pasar al patio y nos dijo que José no estaba en casa. Ese día, como todos, tuvo que salir a trabajar. José trabaja de asistente de albañil para ganarse la vida. Gana 60 pesos al día y la mitad lo malgasta en la cantina del pueblo. Ana María dijo que llegaba a eso de las ocho de la noche. Apenas eran las cuatro. Luciano me propuso salir a caminar mientras llegaba José. Yo acepté gustoso. Invitamos a Ana María pero por alguna razón no aceptó ir.

            Este pueblo de Tlaxcala, como la mayoría de los pueblos cercanos a Ixtenco, es muy pequeño. Ignoro el tamaño pero hay una cantina, un pequeño parque, dos tiendas de abarrotes y unos campos de cultivo enormes. Viven al rededor de doscientas personas en pequeñas casas (algunas no mayores a los 20 metros cuadrados), y todos se dedican a la albañilería y a las siembra. Las mujeres cuidan niños y hacen distintos tipos de tortillas.

            Luciano me hizo caminar a la escuela primaria. Al otro día, él iría a hablar directamente con el encargado para proponerle sus cursos de asesoría jurídica y derecho. La escuela es una casa que, a simple vista, no tiene pies ni cabeza. Tiene un piso y otro a medio construir. Le faltan ventanas, cortinas y puertas. Las ventanas, cortinas y puertas son sustituidas por sábanas. Está situada a lado de la cantina y de la casa de Meche, una comadrona que más bien la hace de prostituta. Con quince pesos puedes tirártela por donde quieras.

            Para nuestra sorpresa, ese día había mucha gente en la calle. Niños, hombres, mujeres y perros callejeros andaban de un lado a otro del pueblo. Los hombres llevaban zapatos sucios, las mujeres huaraches y los niños iban descalzos. Se veían felices. Se veían de fiesta. En la esquina de casa de Meche y de la escuela está un centro comunitario. El centro comunitario es una vieja casa mitad de madera y mitad de cemento. Había una lona amarilla colgando del techo. Dentro había una fiesta. Luciano y yo nos acercamos a ver qué se celebraba. Al llegar encontramos, bebiendo, a Agustín Sánchez Sánchez; el viejo amigo de José, ahora enemigo, y uno de los dos únicos hablantes de la lengua que formaba parte de mi investigación lingüística.

            Agustín me conocía porque era de todos sabido que yo iba al pueblo a robarme su idioma para prostituirlo en las instituciones culturales mexicanas. En ese pueblo nadie me odiaba porque sólo Agustín y José lo hablaban. Sin embargo, también me tenían cierto respeto. Era de todos sabido que José, conmigo, ganaba 150 pesos al día; es decir, casi tres veces más que en un trabajo ordinario. Me acerqué a Agustín y le pregunté que por qué había tanto alboroto del pueblo. Es que cumple años Josefa, la nieta del alcalde del pueblo, contestó Agustín entre hipo. En ese pueblo de Tlaxcala, como en prácticamente todos los pueblos de México, un día de fiesta equivalía a toda una semana de inactividades cotidianas. Por ser el cumpleaños de alguien “importante”, por ser la fiesta de la iglesia o porque nacía el hijo de algún político de poca monta, los hombres no iban a trabajar, los niños no iban a clases y los maestros escapaban de su tétrica labor docente. Le comenté esto a Luciano entre burlas. Seguramente ni hoy ni mañana ni pasado abrirían la escuela.

            Nos quedamos un rato en la fiesta. Tomamos pulque, comimos arroz y tortillas de tres tipos. Luciano platicó con Agustín, después se cansó y se fue a seguir a una niña como de veinte o veintiún años que paseaba sola por el centro comunitario. Yo me quedé con Agustín, tomando pulque y pensando en Ana María.
            A las ocho en punto regresamos a casa de José. Del centro comunitario a la iglesia se hacen alrededor de diez minutos. José vive a lado de la iglesia. Cuando llegamos a la casa, Ana María no comía una manzana ni nos esperaba en la puerta. La luz del patio y las velas de la casa estaban encendidas. Grité fuerte para que José pudiera oírme. Salió y nos recibió muy animosamente. Estaba tomado pero no lo suficiente para hablar sin coherencia o perder el sentido. Le presenté a Luciano y lo saludó con gusto. Pasamos a la casa e inmediatamente después nos invitó a prender una fogata para contar historias. Llamó a Ana María para que prendiera la fogata y pronto todos estuvimos en el patio, sentados en círculo, dispuestos a escuchar una historia.

            Cuando José toma le da por contar historias en su lengua natal. Comenzó su historia de esa manera. En ese momento lamenté no haber sacado mi grabadora portátil de la maleta para poder grabar todo lo que decía. No quise moverme porque, de hacerlo, hubiera tenido que dejar el lugar privilegiado que tenía; Ana María se había sentado a mi lado. Cuando José se dio cuenta de que nadie entendía nada y que todos comenzábamos a aburrirnos, decidió replantear la historia y contarla en español. La historia trata, más o menos, de lo siguiente:

            La noche en que José se casó con María hubo una gran fiesta en el pueblo. Todas las personas asistieron a la iglesia y el padre, que ya había perdonado a José por el asunto del mural, accedió a casarlos. María era la mujer más deseada del pueblo. Cuenta José que tenía unos grandes senos y una piel muy suave, como si acariciaras un pedazo de tela. Era morena y tenía un lunar grande en el pezón izquierdo. José disfrutaba morderlo todas las noches. Esa noche en particular, cuando descubrió el lunar, José había tomado como nunca. Cuenta que María también había tomado como nunca. Después de la misa y la fiesta se fueron solos a la cama de su nueva casa, la cual estaba a lado de la iglesia. Naturalmente, en cuanto llegaron, hicieron el amor. José le quitó torpemente la ropa y ella se abrió de piernas  y se dejó penetrar, torpemente, en el gran cuarto (en esa época aún no estaba dividido por dos cortinas). José terminó en muy pocos minutos y después, antes de dormir, comenzó a explorar su cuerpo. Sintió sus senos y sintió el lunar y ahí se quedó dormido, tocándolo.

            Dos horas después el frío lo despertó. Eran las seis de la mañana y el sol ya estaba casi en lo más alto. Vio cómo dormía María, se vistió y decidió ir a caminar al bosque. Ya adentrado en el bosque le dieron unas ganas inmensas de ir al baño. Se quitó el pantalón para no ensuciarlo. Hizo sus necesidades y cuando intentó coger el pantalón para volvérselo a poner, sintió que dentro de él había una serpiente. José, que no quería morir el día de su boda, tiró rápidamente el pantalón y regresó, encuerado, a la casa. Pasó corriendo por las calles del pueblo y todo mundo se le quedó mirando. Desde ese día todas las personas del pueblo, incluyendo a su mujer, le apodaron pito flojo.

            José contaba esto y se le salían las lágrimas de los ojos. Recordaba a su mujer, recordaba su infidelidad y también recordaba cómo había muerto. Ana María, por su parte, se mostraba muy seria, como si hubiera oído la historia un millar de veces. Yo estaba contento y Luciano estaba contento. Juan es un gran contador de historias, platica las cosas mientras las actúa, sube y baja los tonos de voz y a veces hasta hace caras. Eran como las diez de la noche y José se quedó dormido. Entre Luciano, Ana María y yo lo llevamos a su cuarto, lo tumbamos en el piso y volvimos a salir al patio. Luciano propuso, de pronto, que fuéramos a la cantina. La chica con la que había hablado unas horas antes en el centro comunitario le había dicho que ahí la podría encontrar después de las diez. Ana María intentó despedirse de nosotros pero Luciano, no sé bien cómo, la convenció para ir. Partimos los tres rumbo a la cantina.

            La puerta de la cantina se constituye de dos pedazos de madera que se abren empujándolos, como si fuera una puerta de cantina de vaqueros. Luciano empujó la puerta y entramos. No había mesas disponibles. Ana María nos dijo que en ese pueblo uno podía sentarse en la mesa de quien sea siempre y cuando hubiera lugar. Había tres tipos que estaban solos, platicando. La mesa era para ocho personas. Decidimos sentarnos junto a ellos. Uno de los tres, que parecía el jefe, le hizo plática a Ana María. Ella no le contestó y entonces se dirigió a nosotros. Especialmente se fijó en Luciano. Le preguntó que a qué se dedicaba. Su tono de voz, lejos de sonar amigable, parecía incitar a la pelea. Luciano, espantado, contestó que trabaja en la PGR. Así que vienes  a resolver ese caso, yo te puedo ayudar a darte toda la información que necesites, dijo el jefe del trío. Mi nombre es Mateo, agregó. Luciano, más espantado, contestó que esa noche no estaba trabajando, que venía con dos amigos, Ana maría y yo, a tomar al bar. Mateo se dirigió a todos en la cantina y le pidió al camarero que sirviera una nueva ronda, pues el fresita de la PGR pagaba las copas. El cantinero, sin rechistar, fue a servir alcohol para todos. Mateo, para confirmar su invitación, volteó a ver a Luciano quien no dijo nada y se limitó a seguir con el juego. Chingados, yo se las pago pero este vato, Mateo, mañana mismo me da la información importante, gritó Luciano para que todos lo escucháramos. Mateo, cansado del juego, le pidió a Luciano que le enseñara su placa. Luciano argumentó que no quería tener problemas y que ese día no estaba de trabajo así que se podía tranquilizar y sentar. A mí, en lo personal, me impactó la actitud de Luciano, en cada momento se mostraba más seguro de sí mismo, como actuando muy bien su papel. Y qué hace un maestro con un judicial de la PGR, preguntó Mateo a Luciano. Al decir maestro se dirigió a mí  con una mueca de cabeza; acto seguido, uno de los otros dos hombres se paró justo detrás de mí. Ana María escuchaba todo sin decir nada, no se notaba espantada pero tampoco cómoda. Sin embargo, no se movía y no expresaba sentimiento alguno. El hombre me tomó de los hombros y me sostuvo fuerte. Si en este momento mi hombre le vuela los sesos al maestrito qué vas a hacer, ¿meterme a la cárcel? Preguntó Mateo a un Luciano cada vez más confundido. Le llamo a dos amigos y en dos horas están refundidos en la mierda, contestó Luciano. Mateo y los otros dos se rieron. El que me tenía sujetado de los hombros me soltó poco a poco y regresó a su lugar. Mira judicial, agregó Mateo mientras tomaba un sorbo de tequila, si yo te doy la información que quieres mañana mismo estás muerto. Te la puedo dar ahorita y entonces te chingas, concluyó. No nos hagamos mensos, ni tú eres judicial, ni trabajas en la PGR, dijo Mateo mientras sacaba una pistola y la ponía en la mesa. Lo que no me gusta es que tú y el maestrito este vengan a robarse a nuestras mujeres. Cogió la pistola y señaló a Ana María. Nomás porque hoy estoy de buenas y vas a pagar las copas, los voy a dejar ir. Tienen dos minutos, en lo que voy al baño, para largarse. Deja el dinero y vete de aquí, si los veo no la cuentan. Acto seguido guardó la pistola en su bolsa y se fue al baño. Miré a Luciano, consternado, miré a Ana María y miré que Luciano sacaba de su cartera un billete de 500, lo ponía en la mesa y me decía que nos largáramos cuanto antes de ahí. Tomé, por reflejo, a Ana María de la mano y salimos muy tranquilos, sin miedo. Cuando cruzamos la puerta de vaqueros salimos corriendo, sin parar, rumbo al bosque.

            Nos detuvimos en la entrada del bosque, cerca del lugar donde anidan las serpientes. Ana María y Luciano tenían la cara pálida y las manos temblorosas. Según ella, jamás había visto a aquellos hombres. Argumentó que no eran del pueblo y que nada más querían molestarnos. Yo creo que mañana no estarán por el pueblo, concluyó.

            En vez de entrar al bosque volvimos al centro comunitario porque la fiesta seguía en grande. Al llegar, Luciano buscó a la chica de veinte años para ir a platicar con ella. La encontró y nos dejó solos. Al poco rato, Ana María me dijo que quería regresar a la cueva para estar conmigo. Salimos del centro, caminamos tranquilamente por las calle y nos adentramos en el bosque.

            Ana María me contó que en todo este tiempo no había dejado de pensar en mí. Pidió disculpas por el episodio de la cueva y acto seguido se desnudó en medio del bosque. Yo la tomé de las manos y la besé. Me quité la ropa y la tomé fuertemente y le hice el amor, torpemente, en poco tiempo. Cuando terminamos nos volvimos a vestir. Antes que nada me fijé en los pantalones para ver si no había llegado ninguna serpiente. El resultado fue satisfactorio y caminamos largo rato por los alrededores del bosque, cerca del pueblo para que hubiera luz.

            Ana María me contó que José, al no ser su padre biológico, había intentado violarla en varias ocasiones. Siempre la había tenido desnuda y la había tocado, pero cuando veía en uno de sus senos aquel lunar grande, paraba de inmediato, pedía perdón y regresaba a su cama. El lunar había sido para Ana María el mejor regalo de su madre. También me contó que apenas sabía leer, que sólo había estudiado la primaria y que vivía con José porque no tenía otro lugar a dónde ir. En varias ocasiones habían ido a pedir su mano pero José, celoso, nunca había accedido a entregarla. Me dijo que conmigo era lo mismo, que tuviera cuidado porque José era vengativo.

            Regresamos caminando al centro comunitario. Al llegar, vi a Luciano platicar alegremente con Mateo. Había pasado poco tiempo y ahora ya eran compadres. Nos acercamos a ellos no sin antes tomar un tequila de la mesa improvisada para bebidas alcohólicas. Me senté y escuché la plática. Mateo y Luciano conversaban sobre el secreto como dos buenos amigos. Yo me tomé el tequila y tomé a Ana María de la mano. Decidí olvidarme, por un momento, de José, del mundo y de la ciudad. La madrugada en ese pueblo era fría pero se veían las estrellas. Me quedé mirando a Luciano y pensé que mañana tendríamos mucho trabajo por hacer. Me sentí feliz porque estábamos ahí, en ese pueblo, olvidándonos de que afuera existe algo que llamamos mundo.


miércoles, 25 de julio de 2012

Perros y gatos.


Mi habitación está amueblada con un camastro (decir cama es decir demasiado, aunque en realidad no es un camastro), un librero y una mesa con su silla. En el librero hay pocos libros porque a pesar que leo mucho tengo pocos autores favoritos y compro pocos libros. Mi especialidad es la relectura. Particularmente la de Rilke, que es un poeta al que amo. Sobre la mesa hay una libreta y hojas sueltas, todas llenas de versos de poemas que nunca termino de escribir. En realidad, no creo en el fin de los poemas. Un poema termina de escribirse cuando se muere el autor. Y ni eso, el poema puede seguir vivo mucho tiempo después. A este respecto Verónica Pinciotti está en desacuerdo. Suele decirme: “termina tus pinches poemas y no seas mamón”. Petrozza lo entiende, lo entiende muy bien. “Haz lo que te venga gana, total, cada quien es libre de creer lo que desee”, dice.

 Además de eso, mi habitación está decorada con un par de cortinas color hueso. La ventana está colocada con miras al Suroeste, así que entra suficiente luz para sentarse en la mesa y escribir sin necesidad de prender los focos. Al menos, durante unas buenas horas. La silla es de madera y no es precisamente cómoda. Muchas veces he tenido la idea de colocar sobre ella un cojín. Nunca lo he hecho. Lo recuerdo cuando estoy sentado pero lo olvido después; no es en lo que pienso todo el día.

 Tres muebles metidos en un cuarto de cuatro por tres metros. Una ventana. Y dentro un monje que lee y escribe cuando no trabaja. El monje soy yo. Es todo lo que puedo decir de mi habitación. Quizá, algo más: la ropa la guardo sobre la mesa o la silla o sobre la cama o debajo de ella, según esté limpia o sucia. Trastes no hay porque siempre me alimento en la tienda o en la cocina. Tampoco hay reproductores de música, ni televisión, ni computadoras. Principalmente porque no puedo pagarlos, peo también, porque no los necesito.

 Esta es la habitación donde, cuando la ocasión lo permite (casi nunca lo permite), Estela y yo hacemos el amor. Sobre mi camastro, que rechina como si debajo hubiese un cerdo que también lo hace. En otras palabras, es nuestro nido de amor. A mí no me importa, es mi habitación y duermo allí con ella o sin ella, pero lo que es ella… no termina de convencerse. Dice que falta decorado. Se empeña en decorar. Hace dos semanas trajo un florero con flores y está bien. Las flores son amarillas. El florero está pintado a mano por una indígena. Luego, al siguiente día, trajo un cuadro. Una reproducción de Degas. No objeto nada y la dejo hacer. Ella misma instala las cosas. Pone agua a las flores y sacude el cuadro.

 Luego trajo una grabadora, y con ella discos. La grabadora está en el suelo, junto a la mesa; no permití que la pusiera sobre la mesa porque la mesa es muy pequeña y la grabadora no deja espacio para escribir. Los discos sí los pone sobre la mesa; los cambio de la mesa a la cama y de la cama a la mesa según sea necesario. Los discos son, en general, de Carole King, John Lennon, Norah Jones.

 2

Estela entra, la dejo pasar antes de mí y se sienta sobre la cama. Suspira y mira lo que ha hecho. Ahora este cuarto no es mío. Es obra de ella. Ha cambiado las cortinas hueso por unas cortinas con motas de colores y manchas que parecen flores. Le digo que son flores pero ella insiste que no. Sólo son colores, dice. En eso tiene razón. Es en lo que pienso, en que sólo son colores, cuando las miro y me chocan. También ha puesto un cojín a la silla. Eso lo agradezco, excepto porque el cojín es rojo y tiene forma de corazón.  Cuando me siento a escribir sobre él lo olvido, es cierto, pero cuando lo recuerdo me siento raro. A la mesa ha puesto un mantel, también de colores. Y sobre el mantel un plástico para no ensuciar el mantel. Ahora debo usar un cuaderno y no hojas sueltas porque escribir sobre eso es como escribir sobre algodón.

 Yo entro después y me siento junto a ella. La tomo de la mano y le digo que luce hermosa. Hemos venido a hacerlo. Nunca venimos a otra cosa. Estela se levanta y coge los discos. Es costumbre amarnos bajo el cobijo de su música. Saca el disco de su caja y lo mete a la grabadora. Luego presiona el botón y lo hace sonar. Antes de que deje la caja del disco en la mesa le pido que me la muestre. Me la da y la miro. Es de un grupo llamado America. La portada es de tonos cafés; hay un auto en medio de un bosque y sobre él, pero fuera de él, tres hombres. Todo es muy viejo, como de los años sesenta o menos. Al parecer, los hombres han ido allí en ese auto a pescar y a acampar. Hay sillas y cañas de pescar. Uno de ellos tiene barba, otro gafas de sol y otro el cabello hasta los hombros. Son hippies pero van vestidos con pantalones y camisas formales. El disco se llama TinMan. Es un sencillo; justo la canción que escuchamos. En la portada esta estampado el sello de la Warner Bros.

 La canción es suave. No está mal, podría escucharla siempre, pienso. Volteo la caja y allí está: es una pieza escrita por Dewey Bunnell y producida por George Martin. Dewey es un chico a lo Lennon: cabello largo, lacio y suelto. Gafas redondas de ver, e idealista. Supongo que él hubiese preferido que yo dijese: Lennon es un chico al estilo Dewey. Bueno, sencillamente no es así. La canción es buena, puedes recordar el coro sin dificultad y la música realmente te hace girar, como la cámara gira en los videos de Barry White, alrededor de él y de su cara. Puedes sentirlo, es como estar en medio de una pompa de jabón. Girando. O haciendo el amor…

 Cuando acabamos de hacerlo nos recostamos. Hablamos poco, pero hablamos. Estela dice: “estar contigo es como estar en una canción de America”. No sé qué pensar. Petrozza me ha dicho: “cuida bien de escuchar lo que dicen las mujeres antes, durante y después del acto sexual. Sobre todo esas cosas que dicen como si no las dijeran ellas, como si les saliera del alma o algo. Anótalas en papel si te es posible. Al final, esas palabras serán las piezas que faltan en tu rompecabezas, cuando no entiendas porqué te dejaron, o porqué te odian, o porqué no pueden vivir sin ti”.

 Yo digo: te amo. Ella sonríe (¿debo anotar también la sonrisa?). Luego dice: “se me antojó un helado”. Yo pienso: ella y yo siempre comemos helados, es lo único que podemos hacer, por mi trabajo. Salgo tarde y cuando lo hago, ella me espera y vamos al parque. Compramos un helado y lo comemos sentados, en una banca. Hoy es domingo, los domingos no trabajo y podemos venir aquí. Los domingos no comemos helados, ¿por qué tiene antojo de uno?  ¿Significa esto que le gustaría más que fuese lunes, no estar aquí? Yo digo: mañana comemos uno, saliendo del trabajo. Ella dice: “sí, de vainilla”. Yo asiento con la cabeza. Callamos un par de minutos y ella mira el cuarto. Le gusta, le gusta. Le gusta cómo ha dejado esto, aunque no está satisfecha. No me equivoco, al instante siguiente, dice: “deberíamos pintar las paredes”. Yo no digo nada, pero no me alienta la idea. Ella agrega: “de color durazno estaría muy bien”. Yo me doy la vuelta, quedo de lado, y la beso.

 Hacemos el amor una vez más. La última porque en cualquier momento llegará mi abuela. Ha ido al panteón, a la tumba de mi abuelo. Yo insisto en que debería tomarse más tiempo, todo el día si le place, pero ella tiene esa manía de cuidarme. No llega después de las tres de la tarde con tal de hacerme de comer. Son las dos con treinta. Se lo digo a Estela y sugiere ducharse. Estoy de acuerdo. Tomamos un baño mientras escuchamos a todo volumen cantar a Norah Jones. Desde que trajo esa grabadora no hay un segundo que pasemos juntos en mi casa sin que suene algo. No digo que esté mal, la música me gusta, pero creo que es tiempo de traer a casa algo más mío. Cuando tenía nueve años me encantaba el grupo Kiss.

3

Lo compré en un tianguis cerca de mi casa. Me gustó porque era de arcilla y hecho por el mismo que lo vendía. Mi dinero no iría a parar a manos de una compañía millonaria. De algún modo era ayudar. Lo compré para adornar el cuarto. Estela ya había hecho más de la cuenta y me tocaba a mí. Era un muñeco de Gene Simmons, con su traje de dragón, sentado en un trono y empuñando su bajo como a un cetro. El rey del mundo (que equivale a decir: Satanás).

 Lo puse sobre la mesa, ¿dónde más si no?, y lo dejé allí. Pensé en comprarle un estante, de esos que se empotran a la pared, para que no estorbara a la hora de escribir. También pensé en una cúpula de cristal para evitar el polvo. Estaba él y estaban los discos de Norah Jones. A mí me pareció justo, una parte de este cuarto también es mía (aunque no parezca), pensé.

 Estela no lo tomó muy bien. Cuando lo miró dijo que era horrible y que desentonaba con el resto del decorado. Yo primero no me lo creí, que hablase en serio. Hablaba muy en serio. Dijo: no quiero volver a verlo. Le pedí que se calmara, que no era para tanto, sólo un muñeco, además mío y en mi cuarto. No quería decirlo pero lo pensé: ¿a ti en qué te afecta? En su defensa, Estela argumentó que el muñeco era feo, feísimo, horrible. Que daba miedo, y sobre todo asco, y que esos Kiss tocaban muy mal y eran viejos y pasados de moda. Vaya, dije yo, pero son de la misma época que America y C. King. Le expliqué que en los setentas había dos clases de personas, los que gustaban de la nueva ola del Heavy Metal, y los últimos estragos del movimiento hippie. También surgió la música disco, pero eso es punto y aparte. Si ahora fuera 1975 yo estaría escuchando Kiss  y Estela America. De cualquier forma, eso no es razón para pelearnos, dije, ¿o sí? Estela no contestó.

 En un rápido autoanálisis descubrí que yo siempre había estado alejado de la música. No tenía autores favoritos ni cantantes ni músicos. Nunca había comprado un disco en mi vida. Si me preguntasen por mi banda favorita diría que es kiss pero sería mentira. En realidad no conozco el nombre de más de tres canciones suyas. Aprendí el nombre de los integrantes como datos de cultura general, eso es todo. Y si me inclino por esa banda se debe a que es la única que escuchaba mi padre, cuando yo tenía como cinco años, y estaba acostumbrado a mirar las portadas de sus acetatos y sus caras pintadas no me escandalizaban; todo lo contrario, podría decirse que me cobijaban el inconsciente porque de algún modo significaban mi padre.

 Cuando dejé de cavilar, Estela estaba allí. Parada y con los brazos en jarra. Estaba claro, su postura era: el muñeco o yo.

 Esta situación me dejó helado. No estaba acostumbrado a estos rollos. Quizá no estaba acostumbrado a estos rollos porque no estaba acostumbrado a las mujeres. Estela era mi primera relación formal. Había escuchado hablar a Petrozza sobre estos casos y estas mujeres. Cuando lo escuchas de alguien más parece sencillo. Parece que uno debe decir: si lo pones así, vete. Defender tus cosas, tus ideales. Pero en la vida real es más complicado. Estela lucía enojada de verdad, y era, para ser sincero, por una cosa estúpida. Estaba allí, estaba enojada…. Pero no por ello menos bella. Aún tenía esos ojos claros y esa boca que arde en fuego. Petrozza hablaba de Perras del Infierno, pero Dios mío, Estela, enojada y amenazante, seguía  siendo un ángel de piernas bien torneadas y busto firme. Sus cabellos continuaban siendo de oro y… bueno, estábamos en mi cuarto y a mí cuarto sólo íbamos a una cosa. No iba a perderme esa cosa por un muñeco de un grupo en el que ni siquiera yo creía. Bueno, estaba claro y estaba decidido: iba a ceder con tal de llevar la fiesta en paz…

 Me acerqué a Estela y la abracé. Le pedí que se calmara. Dije que después le daría un sitio más adecuado a Gene, que no era para tanto.

 No sé exactamente qué fue lo que detonó su ira, si la petición de su calma o la promesa de mover a Gene de sitio; ella no quería moverlo de sitio, quería desaparecerlo. Pero la materia no se crea ni se destruye, pensé… aunque lo sacásemos de nuestras vidas, eso también sería encontrar otro sitio parea Gene. Incluso si lo quemásemos, Dios.

 Si antes dudaba, no lo hago más. El instinto de un hombre, de defender lo suyo, sale, se crea capaz o no, justo cuando el instinto de una mujer salta felinamente. En esa habitación había un perro y una gata, luchando por lo que consideraban su territorio. Los gatos son así, se adueñan de tu casa, de tu cuarto. Ya me lo había advertido Petrozza, los hombres son perros y las mujeres gatos.   

 Aquella tarde no hicimos el amor. Ella exigía la desaparición ipso facto del muñeco de Gene Simmons. Y yo, bueno… era mi muñeco y mi cuarto y a mí me gustaba. Nos arañamos mucho aquella tarde. Eso es lo que aprendimos aquel día, a hacernos daño. Hasta ese entonces no lo habíamos hecho. Esto podía llamarse nuestra primera pelea formal. Ahora debíamos aprender otra cosa: a curarnos las heridas. Todo el mundo aprende a pelear, es lo malo, pero pocos aprenden perdonar, a olvidar, a lamerse las heridas de las garras que sacamos en nuestros momentos más bajos. Se llama instinto y no podemos acabar con él. Es más fácil que él acabe con nosotros. Pero sí podemos controlarlo. Si estamos conscientes de ello. Petrozza tiene razón, las mujeres son perras del Infierno, pero eso es porque nosotros nos comportamos como diablos.  



lunes, 23 de julio de 2012

Así que se trata de eso...


El coche dejó de andar por el kilómetro cincuenta. Al menos, eso según mis cálculos, que están basados en mi imaginación. En realidad, el coche dejó de andar en algún punto de la carretera que va de México a Cuernavaca. No sé exactamente dónde pero fue pasando Tres Marías. De lo contrario, hubiésemos desayunado allí y llamado a alguien desde allí. Pero en donde estábamos parados no había gente ni teléfonos, ni comida ni agua.

 Iba conduciendo yo, como siempre que salíamos a carretera porque a Sandra no le gustaba tener que concentrarse. De pronto, el coche tosió y dejó de andar. Afortunadamente fue durante una recta y pude orillarme sin dificultad. Destapé el cofre desde dentro y bajé. Alcé el maldito cofre, que estaba caliente como el infierno, y en general todo el motor estaba caliente como el infierno y salía humo. Sandra bajó, se puso a mi lado y ambos miramos el motor. Supongo que ella esperaba que yo dijese algo, pero, joder, yo no tenía ni puta idea. Delante de mí tenía un motor caliente, que ante mis ojos era como tener Por el camino de Swan escrito en chino, o un paciente con el pecho abierto en espera de un trasplante de corazón. Es decir, algo inentendible para mí, y fuera de todo mi alcance.

 ¿Y bien?, preguntó Sandra después que el coche dejó de humear. Pude ser sincero, decirle: no sé un carajo de esto; pero lucía nerviosa y al mismo tiempo esperanzada. No podía romper su corazón de ese modo. Debía al menos fingir que podía solucionarlo y luego, poco a poco, hacerle ver que no podría arreglarlo yo, no porque fuera idiota, sino porque en realidad era grave. Al menos, porque no tenía la herramienta adecuada, o algo. Si hubiese escuchado a mi padre, Dios, pensé. Él se interesaba en enseñarme cómo tratar a una máquina, pero… bueno, yo era más necio que una cabra. Sencillamente pensaba: a mí nunca va a pasarme. Y estaba equivocado, como la mayoría de las veces. Había fallado, como cuando pensé que yo nunca consumiría LSD. Me lo repetía constantemente y un buen día, el LSD estaba dentro de mí. Cómo pasó es algo que nunca supe explicarme. El caso es que lo había hecho y me había gustado. Era experto en equivocarme. Hacía juicios sobre mí o sobre las cosas y me los creía. Pensé, en realidad creí, que la mujer que amé estaría conmigo siempre y no me dejaría. Pero me dejó. Se embarazó de otro hombre y se casó. Me prometí no volver a enamorarme, y en eso también fallé. Y ahora estaba aquí, frente a un motor descompuesto y recordando a mi padre porque siempre dijo que un hombre debe saber cómo tratar un motor. Pensé que era un macho y que eso no iba conmigo, yo era joven y liberal y creía en la mujer que trabaja. Sin embargo, en pleno silgo veintiuno Sandra aún esperaba que yo hiciese algo. No concebía que un hombre pueda saber tan poco de coches como una mujer. En el fondo, era conservadora.

 Acerqué la cabeza al viejo trasto, como si buscase la falla de todo esto, y en realidad traté de hallar la falla pero sólo podía mirar fierros y cables, y si algún fierro o algún cable no estaban en su lugar, yo no podía saberlo porque no conocía el lugar de cada fierro y de cada cable. El motor podía estar hecho un desastre y yo no lo hubiese notado, para mí, todos los motores estaban siempre hechos un desastre. Toqué algunas piezas. Ardían y me quemé. Esto no dio confianza a Sandra, era evidente que no debía tocar nada. Incluso ella se había abstenido de tocar porque podía adivinarse que estaría caliente. ¿Quieres un trapo?, preguntó con inseguridad. Asentí con la cabeza, no podía hacer otra cosa, y en menos de un minuto tuve un trapo.

 Bueno, ahora tenía un trapo y podía tocar a mis anchas. Excepto por Sandra que estaba detrás de mí, mirando cada movimiento mío y poniéndome nervioso. Le pedí que se alejara y se alejó. Entonces miré la carretera y entendí que estaba solo y que tendría que recordar, recordar, recordar. Una vez, en mil novecientos noventa y cinco, en un viaje familiar, el coche de papá se averió caminó a Toluca y tuvo que bajarse y hacerse cargo. Recuerdo que el choche humeaba, más o menos como este, y… bueno, él me ordenó que bajara y le echara una mano pero yo consideré más importante continuar dentro del coche y jugar a Mortal Kombat en el portátil. Fue la primera vez que logré terminarlo en dificulta máxima; no iba a interrumpir algo así por una situación que podía arreglar mi padre.

 Vale, exclamé, ya lo tengo. Sandra se acercó de inmediato, la idea de pasar un solo minuto más allí, parados en medio de la nada, le desagradaba. ¿Qué es?, preguntó entusiasmada. Iré por ayuda, dije. Sandra bufó, preguntó qué cómo demonios pensaba hacer eso. Bueno, me alcé de hombros, caminaré. ¡Caminarás!, gritó como si hubiese dicho lo impensable. Para ella lo era; caminar más de cinco kilómetros era ilógico y estúpido. Supondría muchísimo tiempo y ella no estaba dispuesta a esperar en medio de la nada, con el frío que hacía ahora y el calor que haría después, y sin nada que hacer. Sencillamente era impensable. Más valía que aprendiera a desarmar y armar el motor esa misma mañana, antes que dejarla sola. Ya, dije y regresé al coche.

 Bueno, al menos ya no ardía, ahora podías tocar los componentes sin quemarte las manos. Pero por más que me concentraba en verlo no podía saber de dónde venía el daño. Sandra, dije, coge las llaves y échalo a andar, ¿quieres? Sandra dijo que eso no funcionaría, pero yo estaba seguro que en algún lado había visto hacer aquello. Uno se pone en el motor y pide a otro que lo eche a andar. Entonces, no sé muy bien cómo, pero luego de varios intentos, arranca. Insistí y Sandra, contra toda su voluntad, subió al coche y dio marcha. Hubo un ruido, como una tos ahogada. También hubo jaleo, como si el buenazo quisiera arrancar pero fuese impotente de hacerlo. Eso me animó y le pedí a Sandra que lo intentara otra vez. Mientras tanto yo miraba. Sandra lo hizo de nuevo. Dio marcha pero esta vez sólo escuchamos un chillido, como el agonizante grito de un cerdo, y eso fue todo. El coche dio un brinco y se plantó. Podías girar la llave pero ya no lograbas ni hacerlo toser. Estábamos peor que al principio.

 Sandra tuvo que aceptarlo, yo no era El hombre. Podía explicar dónde radica la belleza de un Rembrandt, pero no lograría reparar una avería mecánica por más que me esforzara. Sacó los triángulos y con el trapo se puso a advertir a los conductores que venía detrás que delante había un coche parado. La cosa era que no venía nadie. Era martes y era temprano.

 Me recargué sobre el coche y encendí un cigarrillo. Tenía la esperanza de que Sandra, más que advertir de un choque, llamara la atención de alguno que se parase a ayudarnos. No es difícil encontrar alguno que sepa de mecánica, todos saben al menos lo elemental. Han aprendido eso y sacrificado el conocimiento de la Lengua o de los tratados filosóficos de la antigua Grecia. No los culpo, en su decisión hay supervivencia. Es más práctico saber que el cable rojo es el cable positivo en una batería de auto, que saber que Comte es el padre del positivismo y que se les denominó rojos a los comunistas durante la guerra civil española, en 1936.

2

 Dejamos el cofre abierto, según Sandra eso era señal de avería y quizá pasara por allí una patrulla o algo y nos rescatara, y nos metimos dentro. Me puse al volante, que era lo más que podía hacer para recuperar mi dignidad; recrear en ella la imagen de El hombre, y de vez en vez intentaba dar marcha al coche. No hacía el menor ruido ni daba la mínima señal de vida. Todo era tan silencioso que Sandra no notaba que yo a veces hacía girar la llave. Y la hice girar tantas veces que perdí la esperanza y hacerlo se convirtió en manía.

 Venga, dijo Sandra, dame un cigarrillo. Sandra no fumaba y se lo dije, pero estaba tan harta de todo que estaba dispuesta a fumar. Tenía los pies sobre el tablero y estaba desparramada en el asiento. Le di el cigarrillo ya encendido y lo tomó y lo sacó por la ventanilla. Encendí uno para mí también y me puse a fumar. Al mismo tiempo pensaba en todo esto. Habíamos cogido la costumbre de ir a Cuernavaca porque nos gustaba beber allá. Pero era absurdo, no teníamos un motivo real para considerar bueno beber allá. Podíamos beber lo mismo en DF e incluso no significaba un viaje de hora y media ni pagar hospedajes. ¿Por qué teníamos que ir a Cuernavaca? Lo hacíamos cualquier día. Sandra llamaba y preguntaba si me gustaría ir a Cuerna, y yo siempre decía que sí, total, ella corría con los gastos y ello me sacaba de la ciudad, que en cierto modo era lo bueno de ir a beber hasta allá: no estar dentro de la ciudad, porque la ciudad estaba llena de lugares y de gente a la que estábamos acostumbrados. Ir a Cuernavaca significaba que todo podía pasar. La gente allá no nos conocía y cada encuentro era un encuentro mágico, no importa si acabábamos bebiendo con el más idiota de los hombres de Cuernavaca, nosotros no sabríamos quién era en realidad. Y sobre todo, él no sabría quién éramos nosotros; que yo no tenía trabajo y que Sandra corría con los gastos. Aquello era mal visto en la ciudad. En Cuernavaca no teníamos que dar explicaciones. Tampoco en la ciudad, pero la sensación era esa: una sensación de libertad porque no conocíamos el nombre de las calles y la mayor parte del tiempo no sabíamos dónde estábamos exactamente. No importaba, el caso era precisamente ese. Y regresábamos a casa pidiendo auxilio a los peatones de cómo llegar a México. Eso nos permitía sentir que habíamos hecho un viaje largo y que lo mismo podía ser Cuernavaca que Europa o Panamá.

 Sin embargo, últimamente la magia se estaba acabando. Cuernavaca es pequeña en realidad y cada vez nos costaba menos ubicarnos. Trataba de perder el rumbo; viraba en calles que no habíamos virado antes, pero todas las calles daban al centro o a un sitio donde no valía la pena entrar, lleno de casas y sin bares. Pensé en todo eso y supuse que este desperfecto era el símbolo de nuestra inconformidad, el manifiesto simbólico de que en realidad no deseábamos ir a Cuernavaca nunca más. Que estábamos hartos pero no teníamos el valor para aceptarlo abiertamente. Para decir: no quiero ir a Cuernavaca pero voy porque tú lo deseas y no quiero que pienses que si algo sale mal es porque yo fui aguafiestas. Se lo dije a Sandra y se burló. Dijo que yo estaba loco y que sencillamente el coche había fallado, lo mismo que podía fallar cualquier otro día, etc. Decía todo esto al tiempo que daba caladas inútiles al cigarrillo. No hacía pasar el humo del tabaco hasta los pulmones, lo expulsaba antes, como un niño que no sabe fumar. Y también le dije esto y me pidió que callara. Dijo que yo sólo sabía criticar pero no era capaz de resolver problemas reales. Entonces le dije que todos los problemas son reales, incluso los que ella piensa vanos, porque aunque estén en el mundo de las ideas, dentro de la cabeza de alguien, pertenecen a una realidad, y la transforman, y tienen tanta vida como lo que ella considera un problema real.

 Sandra bajó del auto. Estaba cansada de mí. Le exigía a mis testículos, por los cuales yo no aceptaba ninguna culpa, yo no había pedido tenerlos, que arreglaran un asunto de testículos.

 Así que se trata de eso, le grité a Sandra desde dentro, por la ventanilla. Sandra no respondió, le daba lo mismo lo que yo pensara. Pero yo no iba a rendirme, estaba cansado de que se creyera que soy poca cosa por no saber reparar un auto. Así que se trata de eso, repetí gritando desde dentro. Sandra se acercó a mí, por fuera, y preguntó que ahora de qué demonios estaba hablando.  Vamos, le dije, crees que soy menos hombre porque no puedo arreglar esto, ¿no? Sandra respondió que no era cierto. No importa lo que digas, dije, en el fondo es así. Siempre es así, Dios, las mujeres y los hombres; la guerra de los sexos. Estamos en 2011 y aún crees que en esta relación los pantalones los tienes tú. Crees que es cuestión de pantalones, pero, ¿sabes?, los hombres y las mujeres somos personas. Ambos somos personas y yo puedo perdonar que tú uses camisas y botas y bebas y eructes y pagues las cuentas, así que espero que tú seas capaz de hacerlo lo mismo, y que me perdones la vida porque nunca he tenido que vérmelas con un motor arruinado y… ¿De qué carajos estás hablando?, preguntó Sandra con verdadero asombro. La miré a los ojos, desde abajo porque ella estaba parada fuera, del otro lado de la puertezuela y yo sentado dentro, y algo me dijo que quizá me estaba equivocando. Demasiado tarde, ya había hablado de más; había insultado de algún modo a Sandra con eso de soportar sus camisas y sus eructos y ahora tendría que pagar.

 Exigió que le explicara eso de las camisas y las botas. El asunto era que siempre consideré masculina la forma en que Sandra vestía. No lo hacía siempre, es cierto, a veces se metía dentro de ese vestido rojo y era un encanto, pero las más de las veces vestía tejanos y camisas y daba la impresión de ser lesbiana. Encima, bebía como un hombre (lo que eso signifique), y también comía como uno (lo que significa que podía comerse dos hamburguesas del McDonalds de una sentada, o quince tacos de suadero, o torta y media de esas Super tortas; y lo sabía porque yo mismo la había mirado hacerlo). Había ciertas reglas para la masculinidad y para la feminidad y Sandra las violaba casi todas. No era femenino el modo en que se dirigía a los hombres, los llamaba güey o cabrón, y los saludaba pegando su puño al de ellos. No era femenino el modo en que mascaba chicle, ni el modo en que tocaba guitarras de aire en cuanto escuchaba una canción de Guns N´ Roses. Ni siquiera era femenino el modo en que hacía el amor. Tomaba el control de todo y aunque daba unas chupadas bastante femeninas, en general, era enérgica y activa. No estoy diciendo que todo esto fuese pecado, pero bajo la mira de la normatividad de la sociedad Sandra era una machorra la mayor parte del tiempo. Incluso ella misma me había confesado que durante un tiempo se relacionó con mujeres exclusivamente y le gustó y volvería a hacerlo.  

 Verás, dije, creo que usar camisas a cuadros y botas vaqueras te deja en tan mal estado como a mí el no saber reparar el auto, ¿sí?, así que sencillamente pienso que estamos a mano y que no puedes juzgarme, o no debes juzgarme por no saber lo que un chimpancé venido a humano podría hacer en dos minutos. Nunca me ha interesado aprender las cosas mecánicas porque las considero infrahumanas. Prefiero ejercitar el cerebro, ¿sabes?, leyendo, resolviendo ecuaciones, escuchando a Sebastian Bach. No pienso dar mi respeto y admiración a uno que arregla un coche porque cualquiera puede hacerlo, pero no cualquiera puede componer los conciertos de Brandemburgo, ¿okey?

 Sandra me miró con la boca abierta. Exclamó que yo estaba cada vez más loco o más pendejo. Dijo que ella nunca me había visto a mí como a un hombre en el sentido estricto, en el sentido más estricto y social, sino como a un amigo y un amante con el que se puede beber y charlar. Y se sorprendió de saber que todo este tiempo yo la había mirado a ella como a una machorra o a un monstruo que no es normal. Dijo que si pagaba mis cuentas era precisamente porque no me consideraba un hombre sino una persona, justo como yo lo había dicho antes, y que no miraba mal ayudar a un amigo; lo mismo había hecho ya por muchas amigas suyas y el hecho de que yo tuviese un pene no cambiaba en absoluto las cosas. En resumen, dijo que el hijo de puta y machista era yo y no ella, y que era cosa mía si me amedrentaba por no saber ni qué es una bujía. Estaba que echaba humo, más o menos lo mismo que el coche, pensé, y yo no era bueno arreglando coches ni mujeres.

 Tuve que pedir perdón, explicarle que si dije aquello es porque yo pensaba que ella… Pero no quiso escuchar razones y dijo que yo era un idiota. Que me creía muy libre y muy liberal pero en realidad no había avanzado nada en el progreso de mi pensamiento. Podía saber mucho de literatura y de arte pero seguía siendo un maldito chimpancé. Acepté aquello de buena gana, al fin y al cabo era verdad. Ella no era la que me juzgaba. Era yo el que no soportaba la idea de no poder con una máquina. Yo que entendía los ensambles de una pieza de Mozart, que podía deshilvanar una obra de Kandinsky y decir por qué era mala. Yo que me jactaba de haber leído toda la mitología griega y romana, de saber exactamente dónde radica el talón de Aquiles de la democracia, de entender a ciencia cierta la filosofía de Kant, y desaprobarla, y de alentar a las personas a leer a Hegel. Yo, que podía construir y desconstruir conceptos abstractos, no era capaz de entender el funcionamiento básico de un objeto hace tiempo dominado por las castas más bajas del intelecto. Y eso es lo que me jodía, Santo Dios, además que mi padre tuviera razón al decirme que un día, un día iba a necesitar los consejos que me dio.

3

Finalmente nos rescataron. No podía ser de otro modo. Ante una situación así éramos como dos náufragos cuya balsa se hizo mierda por la tormenta o algo. Y como náufragos, lo habíamos perdido todo, excepto lo que la tormenta podía arrebatarnos. Habíamos perdido el auto y el dinero porque el coche tuvo que llevarlo una grúa y hubo que pagar por ello. Bueno, le dije a Sandra, después de todo un hombre no posee lo que puede perder en un… Sandra me paró en seco. Estaba hasta la coronilla de mí. Desde mi perspectiva era sencillo, yo no había pagado por ese coche ni pagaría los daños ni la grúa ni estaría a pie todo el tiempo que tardaran en repararlo. Para mí, todos los coches eran el coche. Viajaba en coche pero nunca era mío. Para mí, todos los coches eran el coche: una caja de metal sobre cuatro llantas que me llevaba gratis a todos lados.

 Lo que no perdimos fue el orgullo. Sandra me mandó al carajo y yo no lo evité, podían darle por  culo.


viernes, 20 de julio de 2012

Simbad.


Simbad ahora vive en Madrid. Llegó hace algúntiempo, un tiempo que a él mismo le es difícil precisar porque los vientos delos Mares del Sur lo aturdieron para toda la vida, igual que la malaria que loacechará hasta morir. Llegó a las costas del sur peninsular con la gargantareseca y con sólo media mano; la otra media la perdió en una refriega entrebucaneros y ladrones de princesas, después de cruzar el estrecho en una barcazaremera a la que llaman patera junto a otros aventureros llegados del África septentrional,como él. Nada quedaba ya de los fabulosos tesoros encontrados en Madagascar nide las princesas seducidas en la Polinesia. Ahora el salitre marino le ha borradoel tatuaje del brazo y el loro hace algún tiempo que murió ya, víctima dealguna extraña fiebre que la ciencia aún no ha alcanzado a investigar o dealgún huracán en el Cabo de Buenaesperanza. El pájaro, cuando vio que se levenía encima la última ola que podría resistir su plumaje, comenzó a chillar¡Al abordaje, al abordaje! Y desapareció entre la espuma del mar que se colabaya por todos sitios, por las escotillas, por las grietas de la madera, por losojos de buey y por todos los esfínteres de los pocos marineros que aún quedabana bordo y que se ahogaron irremisiblemente, antes de que el bajel terminase dehundirse para siempre en lo más profundo del océano. Otros aseguran que vieronal loro morir desplumado y devastado por las fiebres mientras Simbad,arrodillado a su lado sobre la arena, debajo de una palmera, le lloraba susúltimos instantes al animal. Ahora Simbad vive en Madrid y ya no lo llamanSimbad el marino, como fue conocido cuando navegaba por todos los mares yocéanos, ni siquiera es conocido como Simbad el cargador, como le llamaban enlos arrabales de Bagdad por su oficio de cargador de fardos. Ahora Simbadtrabaja en un bar de Lavapies llamado El Mala Fama y sirve pinchos de tortillacon manos grasientas a las prostitutas que frecuentan el barrio y que bebenvermú acodadas en la barra mientras se toman un descanso entre faena y faena. Algunade ellas que ya le resulta familiar, ocasionalmente, le pide una cerveza y ledice: – Tómate tú otra, morito-, y Simbad, con la mano que le queda entera bebea cortos tragos un botellín helado mientras recuerda los tiempos en que paseabalentamente entre las arboledas y los jardines, comiendo frutas exóticas ypasando largos ratos admirando el lugar donde se encontrase, cuidado de susmagulladuras por una odalisca que le untaba ungüentos de fórmulas secretas quele aliviaban como si hubiesen sido fabricados por el mismísimo Alah.. Ahora lasodaliscas llevan minifalda y medias de rejilla, fuman Fortuna y cobran cincomil la hora, según les dé. Trabajan en grupos de dos o de tres compañeras enlos aledaños de Sol y entre servicio y servicio pasan a tomarse una cerveza albar del morito desconocido al que observan hacer malabarismos con los cuchilloscuando él no se da cuenta de que lo están mirando.

 He visto hombres y mujeres de todas las clases, por eso casi nada meimpresiona. He visto mamalik, mujeres hermosas, negros deltamaño de una columna jónica, tierras y propiedades maravillosas, caravanas demetales y piedras preciosas, desembarcos, he aprendido a extraer el veneno delas serpientes y después a encantarlas con el silbido de una flauta que alguienparecido a mi dios me enseñó a tocar y durante largo tiempo he vivido una vidallena de agrado y de placeres y exenta de preocupaciones y más molestias quelas del saqueo, la violación, la rapiña y el pillaje, disfrutando con toda mi almade cuanto me gustaba y comiendo manjares exquisitos y bebiendo bebidas deembriagadores sabores mientras una belleza oriental de cálidas nalgas memasajeaba la espalda con sus talones. Perdí una mano luchando contra piratasfilibusteros y hasta eso fue mejor que estar aquí, limpiando retretes decompresas, condones y jeringuillas, fregando el mostrador con una bayetamugrienta y sirviendo anisete a meretrices. Soy Simbad el marino y una vez fuiconocido en todos los mares que figuran en los mapas y aún en algunos que no yhasta los monarcas de Damasco preparaban mi recepción al ver las velas de mibarco aparecer al fondo del horizonte. Soy Simbad el marino, el que ha navegadosin brújula ni astrolabio ni cartas de navegación, tan sólo guiado por la rutade las estrellas que he memorizado y ahora vivo en una ciudad llamada Madrid ysólo yo sé que en algún lugar guardé una docena de diamantes de un tamaño nuncavisto y llegará el día en que volveré a buscarlos, lo juro por Alah, el grande,que venció al dios Jehová en un combate de lucha grecorromana.

 Christal, cuyo verdadero nombre eraMaría del Pilar, oculta detrás del humo de su Fortuna pretendía aparentar queno se daba cuenta de que el morito que se hacía llamar Simbad la miraba como sile hablase, como si le estuviese diciendo algo desde el más allá, que la mirabacon el desprecio con el que miran los príncipes pero con una mirada cargada decompasión al mismo tiempo. Entonces ella se enfrentó a sus ojos afilados y allíse encontró a sí misma reflejada, fija e inmóvil, pero sintió que no era a ellaa quien él miraba sino que lo hacía a algo que ya no se encontraba allí, a algodel pasado que se perdió hace mucho tiempo ya en un horizonte lejano. – ¿Quéquieres morito? Le preguntó ella. Entonces, aquel hombre, por primera vez,cambió el semblante y súbitamente pareció otra cosa que nunca antes habíaparecido, arrojó la bayeta y, acodándose al otro lado de la barra, acercó lacabeza a la de ella hasta situarla a unos pocos centímetros. Ella no se movió. Entoncesél le dijo:

- ¡Quien desea encontrar el tesoro sinigual de las perlas del mar, blancas, grises o rosadas, tiene que hacerse buzoantes de conseguirlas!

 ¡A la muerte llegará en su esperanza vana quien quisiera alcanzar la gloria sinesfuerzo! Ni tú ni yo somos lo que parecemos pero realmente se podría decir quesólo somos yo un camarero y tú una puta pero si quieres te puedo contar mihistoria. Soy un fabuloso contador de historias.

- ¿Y qué historias son esas, morito? Lesalió a ella, casi sin aliento.

Entonces Simbad comenzó su relato casidesde el principio, cuando era cargador de bultos sobre la cabeza en Bagdad, lehabló de la pobreza de sus padres y de la primera vez que, aún niño, vio elmar, en el puerto de Biblos, le habló de los barcos, del Jordán, de loscomerciantes, de serpientes encantadas por la música de una flauta u otroinstrumento de viento, de los caballos y de las heridas de su cuerpo, de lafabricación de pócimas que le enseñaron las mujeres en Jericó a cambio de susemilla, de sus conversaciones con Alah, el grande y de la fiebre que lo azotó,le habló de diamantes y de tesoros escondidos y de hombres capaces de rebanarla garganta por el beso de una mujer y le dijo que había hablado también con eldios del hombre bárbaro, que era orgulloso y no le gustaba perder a la luchalibre, así le estuvo hablando hasta bien entrada la noche, con el bar casivacío ya y ella lo escuchó sin temer que le estuviesen mintiendo porque lashistorias que escuchaba, verdaderas o falsas, eran como la música que salía dela flauta del encantador, dejaba la cabeza y los músculos sin voluntad y laesperanza de que no acabasen nunca, historias venidas de alguna parteinimaginable para ella, de otros lugares, de otros tiempos y aquel hombre deedad imprecisable habló y habló casi hasta el amanecer con su extraño acento yllegó un momento en el que ella dejó de recordar, vencida por el sueño y laembriaguez de aquella historia infinita y de pronto ya era de día y ella ya noestaba allí sino en su propia cama en su cuarto de la casa que compartía consus compañeras y no tenía la certeza de si todo aquello lo escuchó o fue creadopor su propia mente o por alguna droga que tomó sin saber que la tomaba pero,al volver allí horas más tarde el morito ya no estaba. Se sentó en su sillahabitual y pidió vermú pero esta vez el camarero que se lo sirvió era un gordocon bigote y brazos peludos como los de un orangután. Miró a su alrededor peroya no fue capaz de encontrar nada de lo que creía estar buscando.

 Se sintió bien cuando la tormenta deagosto lo sorprendió en un lugar donde no había nada donde protegerse salvo losárboles. Mojarse de aquella manera, con el salpicar del agua al caer le traíarecuerdos relacionados con la navegación de cabotaje. Caminaba por Alcalá y en la Plaza de la Independencia giróhacia el estanque del Retiro, donde sabía que otros marineros se las ingeniabanpara sobrevivir con habilidades aprendidas en antiguas singladuras. Dragomanes,bailarines, trapecistas, músicos, vomitadores de fuego, fabricantes decuchillos, poetas… Se sentó en una de las piedras de basalto y mirando haciael estanque recordó lo que una vez fue remar en el Mediterráneo. Antes dellegar allí había entrado en una tienda vegetariana a comprar tofu y manzanas ynueces, se había abastecido bien para poder pasar la noche al aire libre,mirando las estrellas y sin tener que volver a la pensión de mala muerte dondevivía. Miró a su alrededor. No había dormido pero no estaba cansado. Habíapasando la noche recitando historias como si se tratasen de poesías memorizadaso el Corán, que una vez se grabó en las axilas y del que no quedaba más que unamancha. Entonces miró al estanque, a su espalda. Allí las carpas comían restosde palomitas de maíz y cáscaras de pipas. Las vio moverse en el agua y recordócuando escapó de una perdición casi segura tras uno de los muchos naufragiosque vivió. Aquella vez acabó con el cuerpo lleno de contusiones, los pieshinchados y con huellas de mordeduras de peces, que se habían llenado la barrigaa costa de las dentelladas que le habían dado en las extremidades. Pasó dosdías desmayado en la playa de una isla desconocida, vencido más por la fatigaque por el dolor y con el sol cayéndole con toda su prepotencia sobre la nuca ysobre la cabeza. Cuando despertó, sus piernas no funcionaban y, aún así, fuecapaz de arrastrarse hacia el interior donde encontró árboles frutales y aguaque manaba de manantiales. Allí pudo descansar durante varios días y ahora,sentado sobre una roca de basalto en el Retiro, sonríe mientras todos aquellosrecuerdos recorren su mente, los atrae hacia su memoria casi como si losnecesitase contra la soledad que encontró cuando fue desterrado de los mares.Dejó su pequeña bolsa a un lado, sobre la misma piedra en la que estabasentado. La abrió y sacó del interior una flauta de encantador de serpientes.Mientras Madrid bullía alrededor del Retiro. Los coches se pitaban unos a otrosen Alfonso XII y la gente sudaba en la estación de Metro de Atocha por llegar asus casas. Simbad tomó la flauta con mano y media. No resultaba fácil tocar laflauta con virtuosismo con sólo ocho dedos. Se la llevó a la boca y, antes deempezar a soplar, cerró los ojos. Y entonces, a través de su instrumento,comenzó a ejecutar formas y sonidos similares a los que en fiestas y enfestines alegraron a príncipes y ricos mercaderes y en uno de los palacios delrey Mihraján fue recompensado por hacer salir a las serpientes de su cesto yhacerlas bailar al son de aquella melodía sin notas. Y en torno a él, sentadosobre una piedra en el estanque del Retiro, con el lago detrás como si fuesecualquier océano, se fue congregando cada vez más gente y las niñas y los niñoscomenzaron a danzar y los vomitadores de fuego escupieron llamas al son de sumelodía y así siguió tocando durante un buen rato, con los ojos cerrados,repasando cada marea navegada, cada tormenta vivida, cada isla descubierta,cada vulva apoderada, cada falo aprehendido, cada dios adorado, cada joyarobada, cada daga hundida y hasta el final de la melodía y hasta el momento enque por fin cesó la gente se había arremolinado a su alrededor, y ya casi nocabían y cuando dejó de soplar por el canal y las notas cesaron todos los queallí se habían congregado permanecieron en silencio durante un tiempo imposiblede precisar. Simbad bajó los brazos y se apoyó sobre las rodillas. Entonces, enmedio del silencio, un joven con pelo de rastafari y pantalones de surf seacercó y puso una moneda sobre su bolsa, se giró y, al volver sobre sus pasosse encontró con que una niña seguía su mismo camino y depositaba otra moneda yasí, en peregrinación, todos fueron desfilando y poniendo su moneda durante unlargo rato hasta que la bolsa quedó llena de monedas, como si fuese un tesoro yél quedó solo de nuevo cuando todos se hubieron marchado. Tan sólo una personahabía permanecido sin moverse y lo miraba desafiante en su incredulidad.

- Hola, morito. Le dijo desde lasprofundidades marinas. Su minifalda de volantes parecía una serpentinaalborotada por la suave brisa.
- No es la primera vez que toco laflauta para amenizar el trabajo de las prostitutas. Le contestó. Me hacesrecordar Damasco.

Ella estaba de pie, frente a él, y elsol de agosto había comenzado a caer y todo se preparaba para cambiar de color,y adquirir la tonalidad anaranjada de los anocheceres de agosto en Madrid.

- ¿Y ahora qué harás, morito?

Simbad miró a su alrededor. Patinadoresse deslizaban a toda velocidad de oriente a occidente y las echadoras de cartasrecogían ya sus mesas plegables y sus tarots. El día había sido bueno gracias alos turistas y ahora le tocaba al lago convertirse en el espejo donde todas lasestrellas reflejarían su luz nocturna en medio de la quietud más absoluta.

- Esta ciudad está medio podrida. Creoque me iré a Nueva Orleáns. Allí buscan trompetistas para tocar con el hombrenegro.

 Christal, Maria del Pilar, sonriólevemente para ocultar que, en el pasado, su fe en el amor le hizo perder unmolar y la dignidad. Simbad, que había leído su dolor en sus ojos hace tiempo, allísentada en la barra de aquel bar, había comenzado a meter en la bolsa todas lasmonedas y a desarmar la flauta mágica. Cuando hubo terminado, se acercó a ellacaminando lentamente, casi como si reptase. Su tatuaje desteñido era el testigode otros tiempos pasados. La enfrentó a pocos centímetros y entonces ella lesonrió abiertamente.

- ¿Y mientras te vas a Nueva Orleáns,darías un paseo por la Castellana con una puta?
- No sé. ¿Me cobrarás por el paseo?
- Aún no te he pagado por la música ytodos los demás sí lo han hecho.- Dijo señalando la bolsa de monedas.


 Al fondo, desde donde termina Colón, se ve Alcalá ymás al fondo aún, un atardecer de sol rojo rabiado bajo el que dos figurascaminan por la acera de Correos. Él le ofrece una nuez que ha abierto con otra,con un movimiento que a ella le ha parecido de prestidigitador. Le va contandocon un acento en el que parece que las eses se multiplicasen, cómo mil vecesamó allá en Persia, como perdió a las más bellas esposas, a las mujeres másqueridas y ella lo escucha parlotear y lo mira mover las manos y se dejahipnotizar de nuevo por el encantador de serpientes que dice haber navegado portodos los mares con la única compañía de un loro.







lunes, 16 de julio de 2012

¡Vive la vida!


Todas mis amigas y yo habíamos quedado de salir. Eso es lo que habíamos dicho, y habíamos quedado de salir a una discoteca e ir a bailar, pero como cada que intentábamos salir a una discoteca, lo que realmente intentábamos era que un hombre nos sedujera. A veces lográbamos entrar a la discoteca pero otras no, y cuando lo hacíamos, era July la que siempre ganaba el juego de los hombres. Teníamos dieciséis años y nuestro lema era ¡vive la vida! Para entrar a un lugar debíamos fingir nuestra mayoría de edad y no siempre resultaba sencillo. Sobre todo en las buenas discotecas que eran adonde más deseábamos estar. Allí estaban los hombres guapos y adinerados de los que todas hablaban en el colegio.

 Yo tenía mis momentos pero nada como July. July era delgadita como una princesa y rubia y con un cuerpo bien proporcionado. Además, era natural. Era de esas chicas que no importa si la encuentras a la una de la madrugada, desvelada, con el pijama encima. Siempre lucía espectacular. Ella debía saberlo porque sólo estando segura de que eres bella puedes desentenderte tanto de tu aspecto. No como yo, que me lo paso pensando en cómo me veo. Estoy segura que no soy fea porque me lo han dicho y además hay un par de chicos en el cole que quieren salir conmigo, pero nunca estoy satisfecha cuando me miro al espejo. Es como si supiese que siempre puedo estar un poco mejor. Si me remarcara los labios, si me rizara más las pestañas, si me pasara el cepillo por el pelo…

 Ya dije que July siempre lo lograba, entrabamos a las discos y en menos de una hora tenía un par de hombres rondándole y no había noche que no le solicitasen al menos quince papelitos con su número móvil. Wendy la miraba y hacía muecas, decía que esa July era una furcia. No sé para qué salía con nosotras si sólo iba a decir aquello de July. También estaba Katty, que como todas, tenía sus buenas rachas y a veces la hacían bailar hasta morirse. Sobre todo porque usaba escotes y faldas. De ella Wendy no decía nada porque era su amiga desde la primaria y además porque Katty nunca la dejaba sola. Si había dos o más chicos que quisieran bailar con ella les decía que sí pero que también lo hicieran con su amiga. Sólo así Wendy lograba bailar con alguno, porque de otra manera… Y eso sí, cuando Katty o Wendy bailaban con más de uno, Wendy lo llamaba sociabilizar; pero si July o yo lo hacíamos, nos llamaba furcias. A July no le importaba pero a mí me tenía hasta la coronilla. Sobre todo porque se creía muy guapa y la verdad es que estaba gorda y fea.

 El colmo fue un día que Wendy llegó al colegio a decir que la noche anterior salimos y que ella brilló como una estrella y que July acabó borracha y en manos de un gamberro. Algo había de verdad, pero no todo era cierto. Si bien Wendy brilló en sociedad fue porque esta vez fuimos a un cantabar y lo que sí, es que la gorda esa sabe cantar. Entonces se ganó el aplauso del público y todos le sonreían y le pedían que cantara otra canción. Andaba como loca porque los hombres querían bailar con ella las salsas que cantaba y no se lo creía. Y entre todo eso había uno que era el más guapo, un chico mayor, como de veintitantos años, al que Wendy, Katty y yo le pusimos el ojo desde que llegamos. En el fondo lo sabíamos: que él acabaría con July y no con alguna de nosotras. Lo malo fue que el chico sí sabía beber y bebía de lo lindo. July no, y la muy mensa estuvo aceptando los tragos que éste le invitaba con tal de no lucir como una boba. La verdad que no la culpo, con lo guapo que estaba aquel yo me hubiese bebido la botella entera con tal que me llevara…

 El caso es que Wendy se lo pasó difamando el nombre de July, llamándole furcia, que era su palabra favorita y yo ya le había dicho que si no conocía otra, y diciendo que ella era un ángel y la buena moral encarnada. Esta vez se pasó porque hasta Katty que es su amiga le dijo que le bajara, que July no era furcia y que ella misma se hubiera ido con el chico si se lo hubiese pedido a ella; más o menos lo que yo pienso de mí, como ya dije, y lo que cualquiera pensaría si lo hubiera visto. Y como Wendy no se atreve a contradecir a Katty, se ensañó conmigo. Dijo que yo era una mosquita muerta pero que en realidad era igual de… sí, sí, le dije antes que lo dijera porque ya sabía lo que iba a decir: soy igual de furcia que mi amiga. Y la muy cerda dijo que sí, que eso era. Yo estaba que me hacía del coraje y me juré a mí misma que la próxima vez que saliéramos me las iba pagar… Así que ahora habíamos quedado en salir y comenzaba mi venganza.

 Como ya estaba harta de que se diera aires de glamur, me dije que esta vez la aplastaríamos. Por mi cabezota pasó la idea de que si ella miraba cómo July y yo lográbamos ligar con facilidad se daría cuenta por fin de que ella es fea y que nació para admirar a otras y no para ser admirada. A July no le dije nada porque no era necesario, July siempre brillaba por su sonrisa y nunca salía sola de ningún lado. El problema era hacer que yo lo lograra también y que se notara por mucho la diferencia entre todo lo que bailábamos July y yo y lo aplastadas que le quedarían las nalgas a Wendy de tanto estar sentada. Para eso me urgía encontrar un método para llamar la atención de todos los hombres, para que ninguno se acercara ni por error a Wendy, o a Katty.

 Quedamos de vernos en la Zona rosa y de allí partir a donde sea que el destino nos llevara. Siempre era así, nos mirábamos en algún sitio céntrico de la ciudad y luego buscábamos la discoteca que estuviese dispuesta a abrir sus puertas a cuatro menores de edad sedientas de vivir la vida. A veces lográbamos entrar gracias a que nos abordaban hombres en la calle y nos invitaban a bailar o beber una copa. Es más fácil si vas acompañada. A beber copas no siempre aceptábamos porque en realidad no bebíamos y además, cuando ellos querían beber lo hacían en un bar y nosotras no queríamos bares. Queríamos bailar y perdernos en la oscuridad de las luces de neón. La música a todo volumen nos daba vida. Bailar era nuestra religión, y salir de allí acompañada lo mejor que podía pasarnos en la vida.

2

 Uno de ellos, el que estuvo conmigo, dijo que se llamaba Luis González. Era alto y moreno y tenía las manos gruesas, como un campesino pero con los dedos largos. Calculé que tendría unos treinta años, pero cuando le pregunté me dijo que veinticinco. No di importancia, total, el caso era bailar y estar con alguien. Bebía mucho y venía con otro, creo que Raúl, y supongo que González por que dijo que eran hermanos y que venían del Norte. Raúl era menos alto pero más fornido y se lo pasaba sonriendo como si todo estuviese hecho. Esa era la impresión que daba; sonreía y parecía que te decía: todo está hecho. Supongo que por eso le agarré confianza y cuando me preguntó si tenía novio mentí, le dije que sí pero que hoy andaba sola. Me estaba luciendo, quería hacerme la loca para que se quedaran conmigo y no hablaran con las demás.

 Me abordaron de inmediato, hasta pensé que era mi día de suerte o algo y que lograría dejar con la boca abierta a la idiota de Wendy. Que se pensaría: yo soy la única que no logra ligar. Luego pensé que el plan había dado resultado. Había leído en una revista de moda cómo debe vestirse una para matar, y eso hice. Me puse minifalda, tacones y un súper escote. No estaba lejos de ir encuerada, pero si quería vengarme de Wendy debía hacer un sacrificio.

 July estuvo estupenda, como siempre, pero no quiso intentarlo con Luis ni con Raúl. Dijo que no le daban buena espina. Me lo dijo a mí, a solas, cuando Luis me mandó conseguir una amiga para su hermano Raúl. No le dije a Wendy ni a Katty, por los motivos que ya saben, y regresé con Luis y me hice la desentendida. Le dije: ay, mis amigas son unas tontas, no quieren divertirse pero yo sí. Entonces Luis y Raúl se miraron y sonrieron y me llevaron a su mesa, que no estaba lejos de la de mis amigas.

 Primero me contaron que eran comerciantes de algo, pero ya no recuerdo, no puse atención. Lo único para mí era dejar en claro a Wendy que hasta yo puedo hacerlo. Que yo puedo ser el centro de atención y la mujer por la cual dos hombres mayores se muerden los dedos. Me invitaron una copa y acepté porque no iba a confesarles que no bebo, capaz que me consideran tonta y me dejan y hay que empezar de nuevo. La copa era de tequila, lo recuerdo porque uno de ellos, Raúl, se lo pasaba diciendo que el tequila es lo único. Gracias a Dios la mía la sirvieron con refresco y pude disimular. Daba pequeños tragos y brindaba con ellos para hacerme la que sí sabe. Luego me sacaron a bailar. Primero Luis.

 Ahora sí, por dentro me estaba riendo. Bailaba y de reojo miraba a Wendy que estaba sentada sola en una banca. July también bailaba, con un rubio de dos metros, y Katty platicaba de lo lindo con un moreno delgado que tenía pinta de tener dinero. Wendy podía decir que yo era una furcia pero ser una furcia es mejor que ser Wendy. Es más divertido. Se vive mejor.

 Lo único malo es que estos dos bebían como locos y me hacían beber y yo no podía decir que no. July me miraba desde su sitio, ya sea bailando o sentada platicando con el rubio, y me guiñaba el ojo. No podía decepcionarla. Tenía que hacerle ver que yo era como ella, o que había aprendido bien de verla, porque ser como ella, lo que se dice ser como ella, pues la verdad nunca. Katty también me miraba, como si yo fuese de otro mundo, o como si estuviese viendo el Apocalipsis. ¿Es tan raro que yo baile con dos y que los tenga pegados?, me pregunté, porque en serio, Katty y hasta Wendy me miraban con ojos de búho y yo no entendía ni un pelo de gato, y es que, no sé… había algo raro en el ambiente. Es como si me vieran y no me envidiasen; como si me vieran y me tuvieran cuidado. Eso es lo que me hizo pensar July cuando me miró y me sonrió, que me estaba sonriendo como una hermana a una hermana menor.

 No di importancia, lo estaba pasando bien y es lo que importa, vivir la vida, vivir el momento. Incluso comencé a beber con más ganas, después de todo beber es bueno, con ello se está mejor según los expertos.

 3

El primero en ponerse pesado fue Raúl. Bailamos una salsa y pegó su boca a mi cuello. Como era bajo no le costó esfuerzo y yo hasta pensé que era algo normal. Pero luego comenzó a tocarme las nalgas. Recuerdo que di un brinquito cuando sentí sus dedos en mi trasero, como una pinza, porque no fue suave, lo hizo como si quisiera arrancarme un trozo de carne. Casi le digo que no, pero del susto no pude. No supe cómo reaccionar. Para cuando me cayó el veinte ya me había tocado y me dije que si lo hacía de nuevo esta vez le pararía. Pero lo hizo de nuevo, cuando no me lo esperaba y sus movimientos eran tan rápidos y certeros que ni siquiera me daba tiempo de digerir que en verdad me estaba tocando. Además, Wendy me miraba y esta vez estoy segura que se moría de celos. Era yo y tenía a un hombre encima.

 Por otro lado estaba Luis, que continuaba siendo un caballero y bailaba muy bien. Cuando bailaba con Luis me sentía la estrella del momento, era lúcido y me llevaba de arriba abajo y de un lado a otro y todos nos miraban. Él lo sabía porque mandaba sonrisas y besos. Hasta July nos miraba y reía y me saludaba con la mano o me aplaudía. Yo pensaba: Wendy jamás hará esto. Cuando bailaba con Luis se me olvidaba que su hermano era bestia y estaba ebrio. Supongo que por eso, cuando llegó la hora de partir y fue él quien me lo pidió, acepté.

 Luis dijo: eres un encanto, mujer, y nos gustaría llevarte a un sitio más privado. ¿Adónde?, pregunté yo, ingenuamente porque aquella noche lo creía todo. Dijo que a una fiesta, con unos amigos suyos donde había mucho tequila y mucho ambiente. Yo dije que sí, total, el caso era salir de allí del brazo de alguien. Luis rió como un enajenado, como si no se lo creyera y yo reí con él, de nervios. Inmediatamente pidió la cuenta y le dijo a su hermano que ya no bebiera, que iríamos todos a otro lado. Raúl me echó una mirada que casi me mete la vista por debajo de la falda y se frotó las manos como una mantis religiosa. Luego, Luis me dijo que podía invitar a mis amiguitas, que no estaba de más llevarlas. Lo pensé dos veces, al menos llevar a July y a Katty y dejar a la imbécil de Wendy como a una vaca parada porque como ella no es furcia, no encaja. Pero Katty no lo permitiría, ella no iría si no va Wendy y yo definitivamente no estaba dispuesta a llevar a esa gorda a ningún lado. Al final no invite a ninguna, esta era mi noche, ni hablar…

 Me despedí de July de beso y abrazo y me lo dijo. Dijo: no vayas, no me dan confianza. Le pedí que no se preocupara, que Luis era un encanto y que me llevaría a casa luego de la fiesta. Al menos así es como yo lo imaginaba.

 Luego me despedí de Katty. Le dije que me iría con Luis y su hermano a una fiesta privada y que me deseara suerte porque Luis estaba guapísimo. Ella también me lo dijo. Dijo: no sé, Fany, ¿por qué no te quedas y te estás con nosotras? Pero yo no iba a ceder, esta era mi maldita noche, Dios. ¿Por qué se aferran a robarme mi noche? Lo siento, Katty, le dije, pero no siempre se encuentra una con alguien así, además, es buen chico, sólo iremos unas horas con amigos suyos y luego me llevarán a casa. Te veo el lunes en el cole, besos.

 Finalmente, la estocada. Despedirme de Wendy era dar el tiro de gracia. Ya podía decir de mí lo que quisiera, pero ella y yo, y sobre todo ella, en el fondo, sabemos que las perdedoras se quedan, y las ganadoras se van…



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