viernes, 29 de junio de 2012

Sexy pólvora.


Sitio del autor, aquí. 

Son demasiado explícitas. Cuentan historias aburridas y archiconocidas. Las primeras veces que vi pornos fue en la secundaria, con amigas y amigos. Íbamos a casa de uno de ellos: los muchachos colocaban almohadas sobre sus braguetas para no delatar sus erecciones; nosotras simplemente reíamos o hacíamos chistes sobre los pornoestrellas y sus diálogos inverosímiles. Después vi otras películas, con una de mis parejas, a quien recuerdo masturbándose frente al televisor del hotel cuando se aburría de mi cuerpo. La memoria, lamentablemente, no siempre es selectiva, y también recuerdo esos insípidos juegos de rol que practicaba conmigo. No eran más que imitaciones de lo que veíamos en las pornos, pequeñas obras de teatro, en exceso predecibles y anodinas. La originalidad era la gran ausente cuando representábamos los desenfrenos de la enfermera y el doctor, y en las supuestas visitas de un plomero cuya intención era destapar la cañería, aunque no se sepa bien de qué tipo de cañería se habla.

Conservo un video casero, de hace algunos años, donde salgo a cuadro. Él propuso grabarnos en plena acción con su celular. Quiso endulzarme el oído: es más excitante masturbarme si tú estás en el centro de mis fantasías, dijo. Sólo al principio me negué a participar en sus videos. No quería correr el riesgo de verme copulando en alguna página de internet. La mayoría de los hombres son unos cerdos, y hasta vengativos cuando una los deja.

Luego de que insistiera tanto me pregunté qué era lo que yo quería, qué me gustaría ver para intensificar el deporte extremo de mis masturbadas. Él se sorprendió de que accediera, finalmente, a participar en el video-teatro. Impuse mis condiciones, eso sí: grabaríamos con mi cámara de video, y no con su celular. El video sería de mi absoluta propiedad física e intelectual. Los encuadres y las acciones los definiría yo. Por nada del mundo copiaríamos los rasgos predecibles de la industria triple equis.  Al menos eso pensé.

Para asegurar mi plena satisfacción, inventé a los personajes que representaríamos en la alcoba. Fue fácil encontrar la idea perfecta para realizar el ejercicio. Siempre he disfrutado la lucha libre, desde que mi padre nos llevaba a ver los vuelos y maromas interminables de Súper Muñeco: ese luchador colorido que hacía equipo con Pinocho y Súper Ratón, conformando el famoso Trío Fantasía, el favorito de los niños. El Muñecón era ágil y flexible. Lo que más me gustaba era su baja estatura, acompañada de bíceps morenamente deleitosos, además de aquella máscara semejante a la de un payaso, pero tan simpática que hasta daban ganas de franquear el encordado y subir a luchar con él, viéndolo como lo veíamos mi padre y yo, desde el ring. Mi preferencia por los chaparritos no es secreta. Él lo sabía. Por eso aceptó meterse en esa máscara con quemacocos. Yo escogí la máscara de Sexy Pólvora, una de mis heroínas, una chica que ha pisado el ring junto a Los Perros del Mal, entre ellos el Hijo del Perro Aguayo.

Una buena grabación nunca pasa de moda. Merece ser reproducida cuantas veces sea necesario. Esto me orilla a conectar la cámara a la caja televisiva. Pocos conocen el nivel de excitación que se alcanza en ese preámbulo del coito digital, cuando una encaja las puntas varoniles de los cables RCA en las entradas hembra del televisor. Más tarde, al oprimir el botón de reproducir, con el mando a distancia, la experiencia es tan estimulante que no sé si yo veo el video, o si el video me observa, invitándome a homenajearlo con mis ganas dactilares. El orificio bucal de la máscara hace difícil la ejecución de un cunnilingus, pero eso ya estaba escrito en el guión, y el guión es la ley. El video comienza con ese aspaviento erótico, luego de asegurarme de que el ojo de la cámara encuadra el cuero apetecible de mi compañero. Es un fullshot generoso que muestra su trasero hinchado de músculos, dado que mi concubino solía sudar a chorros en el gimnasio cuatro veces por semana.  

Recurro a este video con frecuencia porque está hecho a mi gusto. Entramos a la habitación, en la escena inicial, y luego de retarnos a dos de tres caídas, comenzamos a desvestirnos. Él, disfrazado de Súper Muñeco, luce una camiseta elástica que realza el grosor de su espalda y brazos, además de los consabidos tirantes que remarcan las fisuras de su pecho muscularizado. Yo visto un conjunto ceñido, sin ropa interior. Eso lo excita, pero no más que la presencia del artefacto intruso, videándonos en una seducción ensayada. Mi chaparro me desnuda con lasciva lentitud, contorneando cada esfera de mi cuerpo con sus manos. Después me avoco a masajear sus brazos y le pido que se desnude, dándome la espalda. Es plan con maña: pues sé que lo veré más tarde, en el video, dejándose acariciar la tiesa dotación. También, mientras lo masturbo, me doy el lujo de llenar el vacío de mi mano libre con sus nalgas y toqueteo su ano con uno de mis dedos. No puede resistirse. Intenta zafarse, pero le aplico una llave. Debe saber que yo pongo las reglas.

En otro encuadre, él se las ingenia para sacudir su lengua dentro de mi cueva: mi cuerpo responde estirándose. Noto la distensión de mis senos y la tensión en las piernas de quien va poseída por la labia de Eros. La siguiente escena muestra la continuidad de sus maniobras lingüísticas, vistas de frente para poder admirar sus hombros y la inflamación de sus pectorales. Mi rostro enmascarado ve a la cámara y, al verme así, en el tubo televisivo, acojo una sensación de antiguas lubricidades. Su lengua sube por mi vientre, se entretiene en una ingle, vira hacia mi ombligo y luego desliza su cuerpo hasta pegarse a mis entrañas, haciendo resbalar su instrumento sobre mi clítoris como si tocara las cuerdas de lúbricos violines. Enseguida se introduce en mí para imponer su ritmo misionero. Su buena ejecución me orilla a acariciar la orquídea de mis labios menores.  Antes que gemir, guardo silencio. Eso también lo excita: que le devuelva una mirada serena, tras la máscara, sin emitir sonido alguno. Llega otro encuadre para mí: me libro de sus embestidas y doy media vuelta, montándome en la prolongación de su deseo. Su torso queda expuesto, al igual que sus estrellas oculares y la risa incansable de su máscara, ocupando los primeros planos de la toma. Mi cuerpo y mis ojos ven directo hacia la cámara, como si quisieran fugarse del televisor para sorprenderme excitada, como si, de pronto, me encontraran en la cama donde ahora exploro un placer exclusivo. Mi silueta se recorta hacia el fondo de la escena. Mi Súper Muñecón se dobla hacia mí, hurgándole humedades a mis senos, mientras acelero el ritmo de mis sacudidas sobre su regazo.

El sudor de Súper Muñeco es caudaloso: fluye como río por sus brazos cuando me toma por la retaguardia y se pone de pie, alzándome, como si fuese a aplicarme una quebradora. Aferro mis brazos a su cuello y me sorprenden el  vigor y resistencia de sus bíceps al ejecutar el sube-y-baja carnal. Su cansancio empieza a notarse y le respondo con el vaivén de mi pelvis, pegándola y despegándola de su abdomen alternadamente. Me meneo lo mejor posible para retribuir el cambio que he operado en su personalidad: de “Paladín de los Niños” ha pasado a ser el “Paladín de mis Deleites”. Su cara bicolor –amarillo sobre negro- y su nariz roja me desarman,  inaugurando ardores vaginales. De pronto, olvido las posturas previamente planeadas y, haciendo honor a mi máscara, comienzo a escalar su cuerpo. Desde esa altura estimulo sólo la punta de su hombría. Él se desespera. Quiere profundizarme, pero no me alcanza. De pronto, fuera del guión trazado, desliza sus manos hasta mis muslos y me da una voltereta. Mi nuez queda frente a los ojales de su máscara y yo me entrego, de cabeza, a devorarle el fruto genital. En ese erguido sesenta y nueve, y de tal forma suspendido, él tiene todas las de ganar. La felación se me dificulta. Apenas logro lengüetear el perímetro de su glande y él, en cambio, está mejor posicionado para obsequiarme un cunnilingus meritorio, de esos que arrojan bancos de pececillos juguetones al océano de las entrañas.

El juego empieza a aburrirnos, pero del otro lado del televisor continúa sacándole notas a mi nuez. Digitalizo mi placer a costa de esos recuerdos audiovisuales. El cansancio de mi Súper es definitivo, por lo que me da una voltereta y, por un instante, quedo meciéndome en sus brazos. Ambos caemos sobre el lecho, mientras le doy la espalda, y él aprovecha para autosatisfacerse, sacudiéndose contra la sonrisa fruncida que se abre entre mis glúteos. Es sólo un juego, y ambos lo sabemos. Lo sé yo, desde el presente, y por ello resulta más apasionante ver la manera en que me jala de la cintura para atraerme hacia su enhiesta manguera, palmoteándome las nalgas, una y otra vez, hasta ruborizarlas. Sus entradas y salidas se vuelven más deseables conforme va profundizándome. Y aquí, frente al televisor, empiezo a sentir las titilaciones del placer. Justo cuando el éxtasis empieza a anunciarse, con el redoble de tambores de mis gemidos, escucho llaves que forcejean con la cerradura de mi departamento. El miedo a ser descubierta me intranquiliza. Tomo el control remoto, casi por reflejo, y pongo fin a la reproducción de mi porno casero. Escucho pasos pesados, lentos, sobre la escalera que conduce a mi habitación. Es él, Luis Miguel. Mi pareja en turno. No tengo duda. Recupero la tranquilidad cuando descorre la cortina y se sorprende al verme enmascarada y con las piernas al aire, acariciándome la nuez depilada. Él guarda silencio, por algunos segundos, y lo escaneo de pies a cabeza para dispararle enseguida una frase de Mae West:

-          ¿Traes una pistola en el bolsillo, o te alegras de verme?

Luis Miguel no responde. Se recuesta a mi lado y succiona mis pezones, mientras prosigo el toqueteo en mi clítoris. Pronto se deshace de su pantalón y bóxers. Responde a la pólvora que chispea en mi entrepierna. Se introduce en mí con facilidad, como si alguien le hubiese allanado el camino. Sigo escalando hacia el orgasmo, recibiendo a Luismi, influida por las nociones del Trío Fantasía: la santísima trinidad del porno, la carne y la masturbación. Sé que puedo venirme sin tapujos. Sé que el video es una fantasía y nada más. Sé que si mi Luismi descubriera el porno donde me revuelco con mi ex protagonista no se atrevería a dejarme. La presente lucha, a dos de tres caídas, facilitará el convencimiento para que ambos abramos juntos esa puerta. Lo intuyo con orgásmica certeza. 


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lunes, 25 de junio de 2012

¿Es esto vivir?



No acostumbro andar en grupo, pero uno fue llamando a otro y acabamos siendo más de diecisiete. Entre ellos estaba Sara. Todos estábamos metidos en casa de Sara. Sara me llamó al móvil y dijo que aquella noche no podríamos salir juntos; daba una reunión. Dijo que el único modo de vernos sería que yo fuese a esa maldita reunión. Lo dijo con cuidado, se sabía la aberración que tengo a las reuniones. Soy un tío solitario. Pero principalmente soy un tío al que le toca las bolas el bullicioso cuchicheo que la gente llama conversación.

 La cosa era en sábado y yo tenía dos opciones: pasar el sábado acariciando botellas, o soportar el gentío de los amigos de Sara y al final, como premio, acariciarla a ella. Tardé mucho tiempo en decidirlo. Al final lo hice: llamé a Sara y le anuncié que estaba de salida a su casa. Para consolarme exclamó que serían tan solo un par de amigos o dos, y que el telón caería temprano. Incluso pensaba que yéndose todos ella y yo podríamos hacerlo. Claro, exclamé, claro. Aquello no se ponía en tela de juicio; no iba a desplazarme desde Tlalpan Centro hasta La nuevo México para… para nada, Dios. Me puse la chaqueta, cogí los cigarrillos y me salí.

2

Todo lucía bastante bien para ser verdad. Estaba Sara y una un pareja de amigos suyos lo bastante aburridos como para pasar de la media noche bebiendo y hablando de política. Daba la impresión que se irían en cualquier momento. Sara los escuchaba entre bostezos y ellos lo sabían: la cosa no podía extenderse más. Habían agotado la conversación en menos de tres horas porque a decir verdad, no tenían conversación. Repetir las cosas que transmiten en televisión, esa era toda su conversación. Algunas veces estaban a favor o en contra, y eso era todo. Apuesto que la misma Sara se arrepintió de haber invitado a estos. Por mi parte bebía sin pensaren ellos. Si se dirigían a mí asentía con la cabeza aunque no hubiese escuchado lo que decían. Obtuve algunas exclamaciones por esto; en algún momento asentí que yo estaba a favor de la Derecha, y todos brincaron. Mi declaración fue lo más estimulante de la velada. Luego, cuando Sara me aclaró lo que sus amigos quisieron decir, me retracté y todo regresó a su lánguido cause original. Bebía y rogaba a Dios que esto acabara.

  Fue cuando el chico, Roberto, se levantó de la mesa con intención de irse, que sonó el móvil de Sara. Era Fernando, todos lo escuchamos, Sara exclamó: ¡Fernando!, ¿qué pedo?, ¿cómo has estado? Entonces Roberto sonrió y le dijo a su pareja, que era una chica bastante vulgar: es Fernando, un tipo increíble que siempre tiene la mejor música y la mejor… Aquí se cayó pero todos lo entendimos, este hijo de las mil putas se creía que yo era pendejo. Ya me sabía la clase de drogatas que frecuentaba Sara y no me sorprendía. Yo mismo le había cambiado los calzones cuando se orinó sin darse cuenta por meterse tanta droga.

 En silencio, escuchamos la conversación entre Sara y  el tal Fernando. La escuchamos decir que estaba en casa, con Roberto y su novia Adela, bebiendo. No me mencionó. No dijo: además está mi novio. La escuchamos decir, sí, sí, y aquí te espero… Tan cerca que estaba de la tranquilidad de acostarme con Sara y ahora esto, pensé.

 Cuando Sara nos lo anunció, Roberto y su novia dieron un brinco y se pusieron de ambiente. La venida de Fernando significaba drogas. Y todos en ese grupo de Sara amaban las  drogas.

3

Fernando no llegó solo, venía con un grupo de tres o cuatro, y llegaron tan prendidos que puede decirse que aquí la reunión se tornó fiesta. Sara los hizo pasar e inmediatamente pusieron música y se pusieron a bailar. Además de drogatas eran marica. Bailaban esa música electrónica de bar gay. Yo estaba que me cagaba del coraje. Todo lo que deseaba era follarme a mi novia en la calma de la intimidad. Y sobre todo, que no se drogara porque aquello le hacía ponerse de un humor… Muchas fueron las veces que no pudimos hacerlo porque tuve que cuidarla. Bajo el efecto de aquellas drogas era capaz de salir en bata a la calle y gritar All you need is love. Alguien debía ir tras ella, joder, al menos para evitar que la violaran.

 Sara no se tomó la molestia de presentarme. Supongo que ella lo sabía y prefería evitar el choque. Esa gente y yo éramos un choque. Incluso llegué a pensar que Sara y yo también. ¿Cómo es que salgo con esta mujer?, me pregunté. No podía creer que aquel viaje a Cuernavaca hubiese dejádome esto. Una jebita tremenda en todos los sentidos. Sara era guapa y era una bomba. Ambos teníamos menos de veinte años, pero ya se veía que íbamos por caminos muy diferentes.

 Una cosa lleva a la otra, y una llamada lleva a la otra. Uno a uno los amigos de Fernando, y Fernando mismo, aprovechando la situación fueron llamado a más y más personas. Era como un llamado de la selva: amigos, hemos encontrado un oasis en el desierto, vengan todos, joder. Hay música, hay drogas, hay sexo. Y vaya que hubo sexo, pero lo que es yo…

 La casa se pobló de gente de todas las edades. Incluso llegó uno que tendría pasados los cincuenta. Era calvo y era torpe de motricidad. A pesar de ello, miraba el culo de las mujeres como el más joven de los imberbes.

 También llegaron los homosexuales, que siempre eran mayoría en las fiestas de esta clase de gente. Yo fumaba cigarrillos en el patio de la casa, alejado del bullicio, y preguntándome qué pecado cometí para merecer esto. Había hombres besándose en el sofá de la sala, y maricas llamando a otros maricas por celulares. Podías escucharlos hablar en esos tonos gangosos y melosos que hacen cuando hablan con uno de los suyos, y decirse que estaban calientes y fugases. Podías oírlos hablar e invitar a más y más gente. Podías verlos, Dios, arrastrase unos a otros hasta el cuarto de baño y entrar en parejas y en tríos y… podías verlos drogarse y bailar y gritar que eran las reinas de este carnaval…

 A la que no podías ver es a Sara.  En medio de tanto ruido y de tanta gente la perdí de vista. Primero no me importó demasiado, aún tenía mi tabaco y mi alcohol y podía soportarlo. Era cosa de beber y de fumar al tiempo que pensaba en otra cosa. En que todo esto debía terminar algún día. Que toda esta gente no podía permanecer aquí el resto de sus vidas. Y que incluso así, siendo homosexuales y drogatas, el resto de sus vidas no podía ser mucho tiempo. Incluso me sorprendería poco que uno de ellos muriese aquí, justo ahora. De un paro cardiaco, de una hemorragia interna, de tropezarse en las escaleras.

 No hablé con alguien y nadie intentó hablarme si quiera. Yo debía ser para ellos el molesto novio de Sara. Y todos debían preguntarse como ella, siendo bonita y siendo como era podía ennoviarse con alguien como yo. Con alguien que abiertamente prefiere pasar la noche en un bar de mala muerte, en un bar solitario, bebiendo y leyendo, que en una fiesta como esta. Alguien que incluso prefiere pasar la noche leyendo en una celda que en una fiesta como esta. Con alguien, al que, escándalo para ellos, la moda le importaba un rábano y podía salir a la calle con pantalones caqui y zapatos de cuero negro. Yo mismo no lo sabía, el cómo, y no me interesaba descubrir el hilo negro de nuestra relación. Sara tenía un buen culo, era menor a mí, y estaba conmigo, es todo lo que yo necesitaba saber para sonreír en medio de esta tormenta.

 Recuerdo que la vi un par de veces.  En la primera se acercó a mí, me tomó de la mano y me besó en la boca. Yo le tomé el culo y le pedí que fuésemos a su habitación, que nos olvidáramos de todo esto e hiciéramos el amor. Pero movió negativamente la cabeza y exclamo que no todos los días se vive algo así. Ya, dije, por fortuna no. Pero Sara pensaba diferente, se alejó de mí con una sonrisa y desapareció.

 No me abatí, me dije: ella vive su vida y no puedo evitarlo. Si Sara fuese a una velada con mis amigos lo pasaría igual de mal. Sí, me dije, lo pasaría igual de mal… Y me embuché un trago de cerveza. Es todo lo que podía hacer en una situación así. Emborracharme y olvidar que dentro de mí existía el deseo de follar. Si lograba olvidarme de ello quizá comenzaría a ver las cosas de otra manera. Si quería que todo el mundo se largase era principalmente porque deseaba follar. Que me devolvieran a mi novia y que me dejaran hacer con ella lo que Dios manda: poblad la Tierra.  

 Estuve a punto de lograrlo, eso de olvidar mis deseos. Decidí jugar al zen. Tomé una silla del comedor y la saqué. La instalé en el centro del patio y me senté allí, a fumar. Serían las tres de la madrugada y había una luna llena. Me hubiese gustado tomar a Sara de la mano y mirar la luna. Decirle: no es tan bella como tú. Me hubiese gustado recitar un poema. Pero definitivamente Sara no era ese tipo de mujer. Sara estaba dentro de la casa, bailando y haciendo quién sabe qué. Y yo estaba allí, en medio de la oscuridad del patio, sentado en una silla, fumando un cigarrillo y tratando de arrancarme los instintos.

4

La segunda vez que la miré fue la última de aquella noche. Si me lo hubiesen advertido, Dios… No pudiendo mantenerme más en aquella silla, decidí darme por vencido. Sara no sería mía hasta el amanecer o el atardecer del siguiente día, y no había modo en el infierno de sacarla de aquello y llevarla a la cama. Al menos no para mí. Yo era su novio pero no estaba en el juego. Me levanté y me metí a la habitación de Sara. Una vez dentro me confesé derrotado y ebrio. Me acosté sin quitarme la ropa e intenté dormir.

 Al poco tiempo entró Sara. Sin embargo, no lo supe hasta que la vi. Escuché el ruido de la puerta abrirse y me levanté. Ella no se enteró que yo estaba dentro, hasta que se lo pregunté. Le pregunté: ¿Sara, eres tú? Aquí hubo un brinco de su parte. La cosa no es que fuese Sara, la cosa es que era yo. Sara había entrado pero no lo había hecho sola. Cuando la enteré de mi presencia, casi se muere. Sara estaba engañándome de dos maneras. Había entrado a la habitación cogida de la mano de otra persona, y esa persona era mujer. Yo lo había mirado a pesar de todo, de la oscuridad y de la embriaguez. Estaban cogidas de la mano y no iban a mentirme. Habían entrado allí para acostarse juntas.

 Sin embargo, dijeron que no. Sara, una vez pasado el susto, me presentó a su amiga y se excusó diciendo que la había traído aquí porque sentíase mal y requería dormir un poco. Vale, dije, si quieres salgo de la habitación... No es necesario, dijo la amiga. Yo me acostaré acá. La habitación de Sara estaba amueblada con un par de camas y en una estaba yo. En la otra, se acostó la amiga de Sara siguiendo con el juego del dolor de cabeza. Lo hizo como un robot. Supongo que le apenaba que yo supiese que ella… Sara quedó de pie, en medio del cuarto. Vale, dije, esta casa es tuya y ya me voy. Acto seguido, salí de la cama y caminé a la entrada de la habitación.

 Pensé que lo haría, pensé que Sara me detendría y me ofrecería disculpas. Pensé que no iba a dejarme ir antes de la salida del sol y estando tan lejos de casa. Pensé que al final se acostaría conmigo. Pero no lo hizo. Se quitó de en medio para que yo pasara. Sin voltear a mirarla, le dije: adiós. Sara no contestó.

 5

Bueno, otra vez estaba en esa maldita fiesta. Mientras tanto, mi novia se acostaba con una mujer. Supongo que eso es para pegarse un tiro, pero… vamos… Sara nunca fue mía. Sara tenía dieciséis años y estaba jugando al juego de la vida. Experimentando en carne propia lo que significa vivir. Yo no podía detenerla, decirle esto es bueno y esto malo, ni hacerla cambiar de parecer. Yo mismo no sabía a ciencia cierta qué sentía por ella. Podían quitármela y no lloraba, ¿es eso amor?,  ¿es eso deseo sexual? Podían quitármela y no luchaba, ¿es eso valor?, ¿es eso cobardía? Podían quitármela y al instante siguiente ya comenzaba la búsqueda, ¿es eso cinismo?, ¿es eso capacidad de adaptación?

 Entré a la sala de la casa, que era el ojo del huracán, y me senté en un sofá. Allí, encendí un cigarrillo, y todos me miraban como mirarían al padre de Sara. Con la pierna cruzada, dejándoles ver mis zapatos feos, me planté allí, sabiendo que todos sabían que mi Sara estaba con otra mujer, y que a mí no me importaba. ¿Es esto libertinaje?, ¿es esto coraza del corazón?

 Después de impresionarse por mi llegada, la fiesta siguió su ritmo porque el mundo gira, con o sin nosotros.


viernes, 22 de junio de 2012

El visitante del dormitorio.


Texto por: Rodrigo Revilla

A la una de la tarde, Eugenia regresa a casa. Su marido Pepe ve un programa de televisión con una bandeja repleta de palomitas de maíz en su regazo, la cara cuadrada y sumida en la negrura de la barbilla en el cuello, sus dedos gruesos y miembros, tanto inferiores como superiores, cortos.

_Al fin estás aquí- dice Pepe.

Los ojos caoba de Eugenia se posan directo en su esposo, desparramado en el sillón.

_Mucho trabajo, amor- responde la mujer.
_ ¿Sí? No te creo-

Pepe se aproxima a Eugenia, le rodea, le huele, un aroma de perfume masculino.

_ ¿Un hombre, cierto?, ¡¿Quién es?!- Pepe exclama.

 Eugenia se cubre los oídos, quiere refugiarse en la cocina, ella corre, entra a su dormitorio, ya no en la cocina, pone cerrojo a la puerta y retrocede, agitada, deja en la cama su bolso de mano, rebusca entre la parafernalia su teléfono móvil, en eso, un golpe en la puerta, luego otro y otro.

_Abre, o te mato, maldita.

 Un segundo y deviene un golpe, Eugenia tiembla, sostiene el móvil, marca un número, la casa de su amiga Carmen, tal vez podría dormir unos días en su residencia en la Molina, otro golpe, más fuerte, Pepe encolerizado, derrocado por la fluidez de su irritación, la rabia de un mamífero retribuido.

_Anda, abre.

 Carmen no contesta la llamada. Eugenia deja el teléfono, maldice por lo bajo, acto seguido, extiende un cajón de su velador de noche, lanza unos papeles al aire y debajo de todo, los documentos de oficina, las fotografías, reluce el metal de un revólver, el peso del arma, el frío del calibre, tiene ahora dos balas. “Piensa, querida Eugenia, piensa, si Pepe no logra tumbar la salida, no dispares, puede que se tome su tiempo y se mansee. ¿Pero si no? ¿Si destroza la puerta?” Dios santo, otro golpe, en un instante, el silencio previo y la calamidad a la cual se le da la bienvenida. Pepe ingresa, se excede en unos pasos, Eugenia apunta el cañón, sin mirar, presiona del gatillo, dos veces, el sonido de la bala que produce la pérdida de audición por unos segundos, Eugenia contempla el cadáver de Pepe, los hoyos de sangre, el pronto hedor de la putrefacción. 

 ¿Qué hará? Empacar un libro edición de bolsillo, una navaja, un repelente, el ladrillo móvil, un sobre con billetes verdes y el monedero cargado de centavitos, mil quinientos soles en efectivo en billetes de a diez, el revólver y sale. El adiós al muerto, ella ni siquiera se motiva, no llora, ni se lamenta. En la calle deambula, dobla en la esquina, dos niños jugando a los carnavales, una pareja que tal vez se irían a la playa, a la costa verde. Eugenia descansa en un paradero frente a un parque y detiene un bus, llévenme a la avenida Arequipa, pasaje señorita, bajo avenida Aramburú, un caos resuelto, un número de gente reducido, un edificio gigante en la esquina, entra a la recepción, el elevador al piso doce, el apartamento 1203, las luces amarillas en el techo del pasadizo, una ventana al final, toca la puerta con los nudillos, alguien abre, un hombre caucásico, ojos verdes y cuello largo, de pecho y espalda agrandados, su voz monocorde, habla lento, presenta sus cuarenta y pico y en compañía de una joven como Eugenia, se siente afortunado, la lotería en sus manos.

_Lo maté.- dice Eugenia, no distingue las palabras, el artículo y el verbo de modo pasado- lo maté.

Se desploma en los brazos del hombre.

_Eduardo, no debí, no tenía otra opción.
_Hiciste bien, pequeña, venga, almorcemos juntos.- la invita Eduardo.

 Después del banquete de cerdo en trozos y ensalada de col con bebida de extracto de maracuyá, un racimo de uvas y Eugenia le relata el infierno.

_Me persiguió, quería hacerme daño.

A las siete, el avance del noticiero, un hombre encontrado muerto en su domicilio, se escucharon disparos. Eduardo trae una copa con champán, brindan, por el muerto, chocan los cristales.

_Iré al trabajo, querida, olvidé unos documentos en la oficina.- le informa Eduardo.
_Descuida, dormiré en unas horas, veré un programa en National Geographic, ese James 
_Cameron le apasiona el océano.- responde Eugenia.

 A las nueve se da una ducha rápida, lo acogedor del cuarto de servicios, el jacuzzi espléndido, el agua que adormece sus sentidos, Eugenia, desnuda, se mira al espejo, sus ojos castaños, su cabello negro, ondas en sus hombros, se cubre su intimidad con la toalla, afuera en la sala sobresalen unos cigarrillos, una cajetilla roja, al lado un encendedor, dispara el humo del tabaco al aire moribundo del exterior, mira la ciudad de Lima en la noche, los puntos encendidos que son autos que aún se maravillan en el espectáculo macabro de la metrópoli, el color del cielo en el horizonte oeste, cuando el sol se ausentaba, en una estela cálida, morada, amarilla, y finalmente, un azul recóndito.

 Se ahuyenta de las turbaciones de su mente, se entrega a la frigidez de las sábanas, no concilia el sueño, al principio, un recuerdo de su madre antes que falleciera, le decía que no jugara a ser la niña atractiva, que hay muchos hombres con malas intenciones, jamás le hizo caso, incluso ahora, en el presente, Eugenia es una de aquellas mujeres de tanta codiciada reputación, dinero estable, hombres a sus pies rogándole su cuerpo intacto. Sabe que eso está mal.

 Cuando por fin ilusionaba entre el mar del inconsciente, un tañido bajo le destruye su paraíso ficticio, es el despertador, marca las tres de la mañana. ¿Y Eduardo? Eugenia intenta erguirse un tanto, se aferra a las sábanas como si fueran estas un escudo ante el grito de la oscuridad que en la cual se enreja. Descubre una sombra, la silueta de un hombre sentado en una silla, pegada a unos centímetros de la cama.

_ ¿Eduardo?, ¿Eres tú?- pregunta Eugenia.
_No sabes cuánto me encanta verte dormir. Incluso hablas. Es tan… provocador.
_ ¿Eduardo?, por favor, no me asustes.
_No, no soy Eduardo, mi amor, soy otra persona, Eduardo todavía no ha regresado, y tampoco creo que lo haga, a menos que…- el sujeto muestra un arma, mediana, cabe en la palma de su mano- a menos que…

_Espera un momento- suplica Eugenia- no me mates.
_No mi amor, no te asesinaré, si eso es lo que piensas, yo no mato así con balas, ni pistolas, ni nada por el estilo. Lo que a mi gusta es examinar a mujeres como tú, tan bellas y apasionantes, sin juzgarlas y conocerlas para así experimentar con ustedes.
_ ¿Cómo entraste aquí?- interroga Eugenia, su voz entrecortada por el miedo que engulle.
_Que curioso- el ser comienza a dar vueltas en la habitación- nadie me había preguntado eso, querida. No concluyas, es claro, en que te vaya a dar la respuesta exacta, ¿verdad? Es preferible que ni intentes mover un dedo para defenderte. Si no- mueve el arma- ¡pam!

Eugenia no responde. Parece notarse el amago de una sonrisa en el hombre.

_Bien, si no hay más que hablar, este humilde compañero de dormitorio se retirará. Que te va… nos veremos algun día, cariño, hasta luego.

 El individuo se ausenta del apartamento, toma el ascensor, presiona el botón uno, cuando se abren las puertas en la recepción, una mujer de uniforme le asiente con la cabeza, el hombre le devuelve el gesto con un guiño de ojo, continúa evadiendo el lugar, abre la puerta del edificio, le ofrece unas monedas al guardián de la entrada, este le agradece, espera un automóvil, uno frena con delicadeza, el conductor tiene un sombrero negro, el fulano se sube al asiento trasero, cierra la puerta, el coche toma una ruta placentera en la avenida Arequipa, luego doblaría a la derecha en Angamos con dirección al corazón de San Isidro.
En el apartamento, Eugenia bebe una taza de café caliente, enciende la televisión, reportajes matutinos, más muertes y suicidios. Se paraliza antes de oprimir el botón rojo del control remoto. Luego… lo hace.

 En el taxi, el hombre escucha el estruendo de una detonación, hueca, el auto se mece un segundo. El hombre le dice al chofer que continúe el camino, que si era mejor acelerar, y devorar el tiempo, tendría todo el derecho de cometerlo. En un maletín de cuero, el sujeto extrae la fotografía de una mujer de labios pequeños pero que, sin duda, eran un bocado para machistas como él. Al pie de la imagen se revela su nombre: Romina. Vive a tres cuadras al sur del hotel Los Delfines. Iría a visitarla esta noche. 


Texto por: Rodrigo Revilla

lunes, 18 de junio de 2012

Frank Miller.


Conocí a Frank Miller en la sala del aeropuerto. Tenía pinta de extranjero pero era mexicano. Más o menos el mismo caso que yo, que provengo de un padre italiano. En su caso, Frank tenía pinta de norteamericano. A decir verdad, odio la apariencia de los norteamericanos. Ya sabes, con sus pieles blancas y sus caras pálidas y esos ojos claros, enfermos. Por si fuera poco, con esos peinados de pelos cortos y parados. Frank Miller no era el tipo de hombre que me provoca fantasías sexuales. Sin embargo, cargó mis maletas. Literalmente me cargó las maletas.

 En aquel entonces tenía diecinueve años y aún creía que una mujer y un hombre pueden enamorarse a primera vista. La idea de enamorarse de un hombre que le carga a una las maletas en la sala del aeropuerto me parecía encantadora. Además, por aquel entonces yo ya gozaba de una vida sexual suficientemente abierta para saber que el sexo con desconocidos es más excitante que hacerlo con los mismos de siempre. Entonces, me dije: Verónica, esta es la oportunidad de enamorarte de un desconocido en la sala de un aeropuerto. Frank Miller medía un metro con ochenta, era delgado y amable y tendría unos treinta años. Todo lo que yo necesitaba para dar rienda suelta al cumplimiento de mi fantasía.

 He dicho que a los diecinueve años aún creía en el amor a primera vista pero no es verdad. Nunca he creído en el amor a primera vista. En ninguna clase de amor. Sin embargo, aprendí a temprana edad a construirme el mundo. El amor no existe pero la idea del amor es bella y yo sabía cómo crear en mi vida la imagen de lo que quería. Desgraciadamente, había moscas que quedaban atrapadas en las redes de estás ilusiones.

 Frank preguntó si iba lejos y respondí que no, sólo al estacionamiento. Iba camino al estacionamiento. Recién llegaba de un viaje a Francia y Frank se ofreció a llevarme las maletas hasta el aparcamiento. Supongo que me miró caminar, sola,  y decidió probar suerte conmigo. Otra hubiese pensado que ninguna oscuridad se escondía en las ingenuas y nobles intenciones de un hombre de treinta años abordando a una adolescente; pero yo aprendí rápido que las nobles intenciones de los hombres (levantarte lo caído, cederte el asiento, recomendarte un libro) nunca son tan nobles (a menos que seas una mujer fea). Camino a nuestro destino y con las maletas en las manos me contó que en un par de horas él abordaría un avión con dirección a Ohio. Le pregunté si era de allá y dijo que no, que era mexicano. Después de un silencio agregó que los padres de su padre eran los americanos. Hubo otro silencio y Frank comenzó con esto, dijo: tienes una sonrisa muy hermosa. Entonces sonreí y expresé que me parecía curioso. ¿El qué?, preguntó Frank al tiempo que salíamos. Que hables así de mi sonrisa, si nunca me has visto sonreír, dije. Era verdad, hasta ese momento no había sonreído de nada. Frank rió, apenado sinceramente y se excusó diciendo que no hacía falta mirarme sonreír para saberlo, que yo era un ángel y los ángeles siempre sonreían hermoso. Asentí con la cabeza y me recargué en él para darle las gracias.

 Estaba hecho, eso era todo. Ahora podíamos comenzar a hablar de amor. Era el principio de algo. Una vez llegados a donde mi coche teníamos por delante un abanico de posibilidades. Habíamos reído juntos y firmado un acuerdo tácito entre nosotros. Frank se pensaba que tenía el control, que yo había cedido con mi inexperiencia e ingenuidad el control de mi vida. Estaba muy equivocado. Si yo quería podíamos subir a mi auto e irnos a follar. Por un momento lo consideré, sería un buen reto. ¿Podría usar el encanto de mi sonrisa para hacer que Frank abandone su vuelo a Ohio?

 No subimos al auto, lo que pasó fue lo siguiente: dejamos las maletas en el portaequipaje y nos fuimos a cenar. Frank se ofreció a pagarme la cena y cenamos en un restaurante dentro del aeropuerto. Preguntó si en realidad debía marcharme ahora y luego de que yo lo pensara un par de segundos y preguntara por qué, me lanzó la invitación. Uno no siempre tiene la oportunidad de platicar con un ángel y me gustaría aprovechar, dijo. Ya comenzaba a cansarme que me llamara ángel. La situación era la siguiente: Frank tenía menos de dos horas para enamorarme, y yo me dejaría enamorar. A menos que realmente metiera la pata, todo iba a salir como él lo deseaba… porque yo lo deseaba.

2

Nuestra primera e improvisada cita no estuvo nada mal. Me llevó a Barba roja y ante un plato de carnes frías y un par de sodas, después de halagar cada parte de mi rostro, me contó que en México era dueño de un par de franquicias de comida rápida. No queriendo entrar al oscuro y aburrido (sic) tema de los negocios, me preguntó cómo es que una niña tan preciosa andaba viajando sola por el mundo. Cuando eres la hija única de un padre divorciado que vive pensando en negocios, diecinueve años de edad son suficientes para hacer lo que te dé la gana, dije. A Frank le pareció estupendo. Ahora yo era un sueño hecho realidad: diecinueve años, despierta y libre para hacer una vida de adulto. Si le hubiese advertido que en la sala del aeropuerto se encontraría conmigo no lo hubiese creído.

 A la segunda soda el arroz se había cocido. Frank me contó que estaría en Ohio tan solo un par de semanas y regresaría a México donde radicaba para no volver a salir en al menos en dos años, que era el tiempo con que frecuentaba a sus abuelos. Me pidió que regresando nos volviésemos a ver. Sonreí y mirándolo a los ojos respondí que por supuesto. En realidad, ahora que lo pienso no sé exactamente por qué hice aquello. Yo sabía que Frank no me interesaba en absoluto. Ni siquiera era capaz de mirarlo sin sentir repulsión a su piel blancuzca. Y mirarlo a los ojos era como mirar los ojos de un gato. Eran unos ojos grises, multicolores, como un experimento fallido de hacer ojos biónicos. Sin embargo, lo hice. Apunté en una servilleta mi nombre y mi número de móvil. Se lo estiré y le pedí que no dejara de llamar. Acto seguido, me levanté y lo dejé con la boca abierta. Iba a decir algo y no esperaba mi salida abrupta, pero le recompensé con un guiño y un beso lanzado desde la puerta del local. Aunque Frank no era mi tipo, debo confesar que había algo en todo esto que me excitaba.

 Caminé los pasos que quedaban para salir del campo de visión de Frank con mucho estilo, algo así como el estilo de una lolita que acaba de encontrar a su Harold, y una vez fuera corrí del alcance de este teatro, corrí. Llevaba más de una hora de retraso y mi libertad de señorita de diecinueve años no daba para librarme de un sermón echado por mi padre recordando que justo por esta actitud mía de desinterés a su preocupación era que no le agradaba que yo viajase sola. Podría matarlo de un infarto, etc.

3

Para cuando Frank llamó yo ya lo había olvidado. Por aquel entonces mis deseos eran tan fugaces y efímeros como los deseos de una princesa, o de una niña. Cuando me dijo su nombre y quién era estuve a punto de colgar. Desgraciadamente (para él) habló tan rápido que no tuve tiempo de hacer otra cosa que aceptar, y cuando terminamos la llamada ya estaba comprometida a encontrarme con él el sábado siguiente en el restaurante de un hotel del centro de la ciudad.

 El caso es que nos vimos y ya no pude hacer otra cosa que actuar mi papel de enamorada. Actuar estos papeles era una forma de aprender. Hacer el amor con un desconocido es como filosofar sobre el comportamiento humano. Darte cuenta que la vida es un intercambio, un comprar y un vender infinito incluso en los planos que consideramos más sagrados. El sexo se vende,  es bien sabido, pero también se vende el cariño. Puedes vender tu cuerpo y puedes vender tu alma. Hay quien vende ideas, y hay quien compra ideas. La vida de las personas está en venta. Compras un lugar en el Cielo. Las religiones venden palcos en el Cielo. Satanás compra almas. Los políticos compran votos. El pueblo vende su libertad. El amor, por ejemplo, es algo que puede venderse, pero jamás comprarse. Yo era la vendedora y Fran Miller mi cliente.

 La primera vez que nos besamos fue en el coche de Frank. Dijo que ya no podía contenerse y se lanzó. Nos besamos unos buenos minutos. El pez había picado el anzuelo, ahora había que jalar el sedal. Continuamos besándonos hasta que finalmente se lo propuse. Era la segunda vez que nos mirábamos. Me separé de él y le dije: hagámoslo. Frank se puso al volante y condujo. Entramos a un cuarto de hotel.

 4

Fue por la quinta semana que no pudo más. Habíamos mantenido una relación intermitente entre el amor y el sexo. Por las tardes nos tomábamos de la mano y caminábamos juntos por el parque, como un par de enamorados,  y por las noches corríamos a cuartos de hotel. Sin embargo, aquella tarde lucía conmocionado. Y lo estaba. Me llamó para invitarme a comer y cuando estuvimos cara a cara, me lo soltó: estaba casado y tenía dos hijos. Intentaba venderme su compasión, pero la compasión es algo que nunca he valorado. Contrario al espectáculo que aquí cabría hacer al respecto de todo este tiempo de mentiras y engaños, me metí a la boca un bocado de lasaña y masticando, dije: felicidades, ¿cómo se llaman tus hijos? Frank no se lo tomó adecuadamente. Repitió que era casado y tenía dos hijos. Volví a decir que me parecía fabuloso, que debían ser buenos muchachos y… Frank no podía creer que yo tomase esto con ligereza. Te estoy hablando de niños, exclamó, no de gatos. Al mirar que mi reacción no cambiaba en absoluto preguntó si acaso estaba loca o estúpida, y que si no miraba el daño que esto causaba a nuestro amor. Aquí estallé, Dios. Le pedí que no volviera a llamarme estúpida y que por el amor de Cristo, sus hijos no alteraban en nada nuestro destino: no íbamos a casarnos. Daba lo mismo si tenía dos o cinco, o si era viudo.

 Esto fue nuestro primer malentendido. Todo este tiempo Frank se tomó las cosas demasiado en serio. Compró el juego de los pecaminosos enamorados y se estampó con pared cuando descubrió que para mí, no había pecado. Sin pecado, nada de esto vale la pena. Además, descubrió que mi amor por él era falso. Me importaba poco su vida fuera del tiempo que me dedicaba. No le celaba y además, no estaba dispuesta a luchar por él, a arrancarlo de las garras de esa arpía que supuestamente era su esposa. Ya que se daba por sentado que si engañaba a su mujer, es porque ésta sería una arpía o algo.

 Tuve que terminar con la misma rapidez con que empecé este juego sucio. Ya que estábamos para confesarnos, me confesé. Dije a Frank lo que sentía por él: nada fuera de lo normal. Nada más allá de lo que siente una por un amigo, y en su caso, ni siquiera un amigo de verdad. En cuanto lo miré a los ojos supe que debía arrancar esto de tajo. Confesé además, que nunca me gradó el color de su piel. Y comencé a hablar en pasado. Fue bueno mientras duró, querido, pero… Pasamos momentos agradables después de todo… Fue mejor así…

 Después de unas cuantas lágrimas pagó la cuenta y se fue. Supuse que no volvería a saber nada de Frank Miller el amante blanco, pero…

5

Siempre me costó trabajo entender la mente de los hombres enajenados con una mujer. Yo misma era de la idea que en el mar hay peces, y que entregarte a una que no te quiere es desperdiciar tiempo de estar con la que sí lo hace. Incluso si la que sí lo hace aún no llega.
 Frank no era de esta idea. Frank era como la mayoría de los hombres que se enajena. Me llamaba por las mañanas y por las noches, y a pesar que le dejé claro que lo nuestro había llegado a su fin, pensando él que sí me afectó lo de saber de su matrimonio, me rogó perdón y prometió pedir el divorcio. Aquí también dejé mucho que desear, le recomendé hacerlo porque era evidente que no estaba siendo feliz con su mujer, pero que no lo hiciera por mí. Dijo que se rendía, que yo era un caso para quitarse la vida.

 No se rindió, estuvo más de dos meses rogando que regresara. Pero Frank Miller no era el tipo de hombre con el que yo deseara estar. ¿Es que no hay uno al que puedas decir: seremos amantes y cumpla con su palabra sin enamorarse? Si me dieran un centavo por cada hombre que he visto pronunciar estas palabras y fallar… Ya estaba Frank para contar uno más a lista de aferrados.

 No iba a resolverle la vida a nadie, tenía diecinueve años y me acostaba con hombres para conocer mis límites y mis capacidades.


viernes, 15 de junio de 2012

Mondadientes.



Despertó sonriente. La imagen que le devolvió el espejo fue de alegría y placidez. Pensó que no existían motivos para estar contento, pero: ¿por qué no? Aún era joven, se consideraba fuerte, no sentía dolor.

 Con una mano recorrió su cuerpo con suavidad, se demoró en el pecho y, en efecto, no había dolor. Era joven y su salud era impecable. Motivos para sentirse bien, se dijo mientras se cepillaba los dientes. Hizo buches de agua, escupió en el lavabo. Se miró nuevamente en el espejo y se preguntó si tener treinta y siete años era ser joven. Sus patillas se hallaban pobladas de canas y las comisuras de los labios, surcadas por arrugas. 

 En la sala su pierna chocó con una pequeña mesa azul. Instintivamente se tomó la rodilla con las dos manos y con la mirada recorrió lentamente la mesa. Le dolía más contemplar la mesa que el golpe en la rodilla. Mañana temprano esa mesa estaría empaquetada y tan pronto supiera la dirección se la enviaría. A fin de cuentas esa mesa nunca le había gustado. Había tantos objetos que ella se había llevado, pero no esa mesa. Él dejó que ella escogiera, que se llevara cuanto mueble u objeto desease, en realidad no le importaban los objetos, y, sin embargo, aun así peleó por el comedor. No sabía, con certeza, porqué lo hizo, ni para qué lo quería, y ella no le discutió, sólo dijo, “está bien, quédate con él”.

 Sujetándose la rodilla con una mano, caminó a la puerta, la abrió, recogió el periódico y comenzó a hojearlo. Se detuvo en los desnutridos clasificados y con rápidos trazos del lápiz encerró en elipses dos ofertas laborales. No lograba acostumbrarse a estar sin empleo, demasiado tiempo de ocio, siempre el mismo espacio, el mismo ambiente; sencillamente abrumador. Era absurdo que lo despidieran por una insignificancia. Era un trabajador eficiente, disciplinado. No lo decía él, lo decían sus jefes y colegas.

 La noche posterior a la partida de Rosa fue tan intranquila que tuvo que salir a comprar una botella de mezcal. Pasó la noche bebiendo y escuchando la música más triste que ponían en la radio. No pudo llorar ni dormir, y al amanecer lo único que se le ocurrió fue vestirse para ir al trabajo. Esa misma tarde lo echaron. ¿Cómo iba a adivinar que al contenedor catorce, el único que olvidó revisar, se le descompondría el frigorífico y se echaría a perder la carga de salmón chileno? En cuanto Miranda lo supo, le importaron un carajo quince años de desempeño irreprochable. Fue una suerte haber contratado el seguro de desempleo. La situación hacía casi imposible encontrar trabajo. Entre el dinero de la liquidación y los cheques del seguro había tenido seis meses de respiro y ahora la aseguradora sólo le enviaría un cheque más. Su única alternativa era enviar solicitudes de lunes a sábado y, con los dedos cruzados, sentarse a esperar que llegara el empleo antes que el último cheque. 

 Fue inevitable pensar en Rosa. “¿Tendrá trabajo?” No debía importarle, pero le importaba y era doloroso. Mejor sería olvidarla, ella no era problema suyo. No fue él quien metió aquel hombre en la cama de Rosa. Sus labios formaron una mueca muy parecida a la sonrisa carmín y triste de una prostituta bajo un aguacero. ¿La cama de Rosa? ¡Pero también le pertenecía a él! Ella la había comprado, era cierto, pero él puso cada centavo. La compartieron diez años y ella cargó con la cama como si sólo fuera suya. Cuando ella se fue, él no derramó una lágrima.

 Dos días después le dieron su liquidación. Compró una cama y frazadas y mandó arreglar el auto: le sacaron todos los golpes, lo pintaron de un inquieto gris cobalto, le cambiaron radiador y caja de velocidades. Después se dedicó una semana entera a beber mirando las sombras, o mejor dicho, las manchas de humedad y polvo que quedaron en las paredes luego de que Rosa se llevó buena parte de los muebles. Donde antes estaba el televisor, había ahora una mancha rectangular con dos pequeños círculos en el centro que daban la sensación de ser ojos. Le gustaba mirarlas e imaginar que eran los ojos de Rosa. A veces llegó a creer que esos círculos húmedos lo espiaban cuando bebía tumbado en el sillón. Sentía entonces cierta opresión en el pecho y su rostro cambiaba de color mientras sus labios temblaban.

 El dinero de la liquidación se fue acabando y comenzó a depender por completo del seguro de desempleo. Al principio decidió no salir de su departamento, se hizo una buena provisión de víveres  y se paseaba en calzoncillos de un lado a otro hasta que tenía hambre, entonces se preparaba cualquier cosa, a veces se ponía a observar por la ventana a las aves volando en el horizonte mugroso de la ciudad, a los perros escarbando entre las bolsas de basura, olisqueándose los traseros mutuamente. Miraba los edificios decadentes, los árboles ponzoñosos o a la gente que transitaba allá abajo: vendedores ambulantes, transeúntes de trajes oscuros que caminan rumbo al trabajo, señoras cargando bolsas de mandado, adolecentes con uniformes de secundaria, cualquier cosa que le hiciera pasar el tiempo. En una ocasión observó a un gato dar un brinco de casi dos metros para cazar un pajarillo en pleno vuelo e instintivamente presionó con el dedo pulgar la botella de cerveza que tenía en la mano esperando ver la repetición del suceso. 

 Un día se puso a observar a sus vecinos, a una pareja en particular: Ella, la mujer, llegaba siempre antes del anochecer con una bolsa de papel de estraza entre los brazos, a la distancia se alcanzaba a ver la impresión del nombre de una famosa panadería en esa bolsa. Él, el hombre, llegaba al anochecer, bajaba de su auto fumando un cigarrillo, se detenía en la puerta del edificio y apagaba su cigarrillo con la suela de su zapato, después entraba al edificio. Los fines de semana, por la mañana, los veía salir juntos, tomados de la mano, ella mirando a su marido con una gran sonrisa que mostraba  claramente el amor y la  ilusión que sentía por su pareja. Él, miraba al enfrente, casi no volteaba a ver a su mujer, después subían al auto y desaparecían. 

 Los estuvo espiando por un tiempo hasta que un día la mujer llegó al anochecer sin ninguna bolsa en sus manos, el hombre no llegó en esa ocasión ni en los días posteriores. Quince días después observó a la mujer supervisando a los tipos de la mudanza mientras éstos subían muebles al camión, al hombre no le volvió a ver. 

 Entonces comenzó a espiar a una pareja de ancianos pero perdió el interés rápidamente. Comenzó a salir.  Empezó a pasar tardes enteras en las tiendas de autoservicio mirando las botellas de vino y leyendo las etiquetas. En una de esas visitas, al atraer una botella para leer el lugar de origen y la fecha de producción, del anaquel resbaló una botellita con palillos de dientes que al romperse desperdigó su contenido. Se inclinó para recoger las piececillas y cuando se dio cuenta estaba echado en el piso con una mano bajo el mentón, construyendo con los palitos una vía de ferrocarril.

 Llenaba solicitudes de empleo por la mañana, y como tenía libres las tardes y parte de las noches, le dio por comprar cajas de palillos, frascos de pegamento y acuarelas.

 Allí, sobre la mesa del comedor, comenzaron a amontonarse infinidad de figuritas modeladas con palillos de dientes. Una reproducción a escala del Templo Mayor de la ciudad de México. Una más, maravillosa, de la Ópera de Sidney en tonos blancos, rosados y marrones, flotando en una bandeja con agua. En la esquina más oscura de la mesa, una pequeña carreta con todo y caballos en madera cruda; los caballos tenían las crines suspendidas en el aire y cruzaban de norte a sur un bosque de verdes árboles de plastilina. La más impresionante de todas era una pista de lanzamiento con el fuselaje del cohete sin terminar. En el centro de una cama de plastilina color arena con pequeñas manchas verdes, se alzaba majestuosa la pista de lanzamiento; un poco más al norte, una detallada torre de mando con una antena satelital.

 Una taza con café humeante aterrizó al este de la cama de plastilina y así se reinició la construcción del cohete. Los palitos eran cortados cuidadosamente y en el ensamblaje de las partes se advertía un gran esmero. Sonó el teléfono. Los labios del constructor permanecieron cerrados y su mente no produjo pensamiento alguno. 

 Subió al auto y condujo por las avenidas de forma mecánica. Era una tarde calurosa y el auto circulaba con las ventanillas cerradas. Dentro del auto se percibía una nube bochornosa, de las que enajenan. Sus manos limpiaron el sudor de la frente y su cabeza soltó la primera idea. “Al menos es posible que llore”. Enseguida se arrepintió, al considerar mezquino su pensamiento. Intentó recordar la última vez que lo había visto. Era una tarde de domingo y su padre le lanzaba con fuerza un balón de futbol americano y él, en vez de atraparlo, lo esquivaba entre las carcajadas de papá, que le gritaba “no seas marica”. Ese recuerdo tenía treinta años. Después le vino uno más reciente, en el cual veía a su padre sentado en su sillón favorito, con el rostro gris y las manos y el cuello amarillentos, con la hepatitis consumiéndole la sonrisa. No, ése ya no era su padre.

 En la funeraria, el tío Efrén le ofreció un cigarrillo y su mamá lo tomó del cuello y lo miró insistente a los ojos.

—Tienes la misma mirada de tu padre. ¿Por qué no se deciden a tener un hijo?
—Tal vez después.
—¿Ella no quiere?
—No, no es eso, mamá —dijo él abrazándola y besándola en la frente.

 El sepelio fue solemne y su madre lloró y su hermana lloró y los amigos y los familiares y los conocidos de la familia lloraron y él sentía como si ese dolor que cargaba fuera ajeno.

 De regresó a casa recordó que nadie sabía que Rosa lo había abandonado, ni tampoco que se hallaba sin empleo. ¿En algún momento le preguntaron por ella? No, no lo recordaba. Trató de evocar la conversación con su hermana y con su madre, pero lo único que llegaba a su mente era el ataúd de papá bajando a esa cavidad en la tierra y una sensación de ligereza, como si sus pies se mantuvieran suspendidos en el aire, balanceándose igual que una balsa en una laguna tranquila. Estacionó el auto y sintió una pequeña sacudida. La defensa había golpeado un árbol. Bajó y su dedo acarició la pequeña abolladura escarapelada.

 El cielo era de un azul infinito y una mujer caminaba sobre la acera con la bolsa de compras en la mano. Dos mariposas se cortejaban sobre unos arbustos, un hombre sentado en la banqueta acariciaba la pequeña abolladura en la defensa de un auto y lloraba.


miércoles, 13 de junio de 2012

Háblame de de tus...


El polvo sobre los mostradores era una lata contra la cual luchar. Se luchaba desesperadamente. El señor Palafox era un asiduo guerrero en esta guerra contra la suciedad. Sin embargo, el que batallaba era yo. Jamás lo vi coger un trapo; lo vi siempre; lo escuché siempre, decir: Salmoneo, limpia esto.

 Pues bien, aquella tarde los dioses de la guerra me habían concedido una victoria.  Todo el mostrador estaba limpio, impecable. Todos los mostradores, que eran dos, y todos los refrigeradores, que eran cuatro, semejaban espejos. Además, si un hombre bajaba la mirada al piso podía encontrarse con su cara, mirándose extrañado. Había pulido los pisos y las repisas de las ventanas, y todo milímetro cúbico lo había limpiado a conciencia. Incluso había pasado trapo a los artículos y éstos estaban brillantes y pomposos dentro de sus estantes brillantes y pomposos. Quité del azúcar suelta los granos morenos y del arroz expurgué las piedras. El cuarto de baño no era público pero si un usuario tuviese oportunidad de entrar, muy probablemente, si se tratara de una persona agradecida, aplaudiría el grado de higiene allí dentro. Me tomé la libertad de tallar con piedra pómez y de usar una máquina pulidora para pulir el excusado, cosa que no quedó mal, sino todo lo contrario. Lavé y tallé por fuera y por dentro la caja del agua. En pocas palabras, había convertido la tienda de mi patrón en un palacio. Supuse que al menos merecía las gracias…

 Por la tarde, cuando terminé de asear el local, entró Palafox como el que más, sin tener cuidado siquiera de ensuciar el piso con las suelas de sus zapaos, a pesar de haberlo visto relucir, y yo salí a su encuentro, como perro fiel en espera de su hueso. Me conformaba con un: Dios mío, Salmoneo, no lo puedo creer, ¡cómo hiciste para llegar a tal grado de limpieza! O al menos, un: Gracias, Salmoneo, te ha quedado maravilloso. Y es que no era para menos, en realidad, el trabajo de limpieza que realicé bien pudo ser cobrado por alguna empresa a montos exorbitantes. Y yo lo hice gratis y no recibí siquiera un halago.

 Esto hizo nacer en mí un sentimiento de inconformidad con el mundo tan elevado que estuve a punto de renunciar en el acto, y de jurarme a mí mismo no volver a poner un pie sobre la faz de la Tierra en calidad de empleado.

 Pero en el instante siguiente entró a la tienda Estela, que era mi novia hace menos de mes y medio y aún era capaz de cautivarme al grado de hacerme olvidar mis más oscuros pensamientos. Lo hizo. Inmediatamente dejé de fomentar mi odio a Palafox y lo único que me interesó fue pegar mis labios a los suyos y estrechar su cintura con mis manos, tal como lo habría hecho ya unas catorce veces en cuarenta y dos días. Llevaba la cuenta de los besos, de los abrazos, apapachos y estrechamientos que dedicaba a mi musa, y de los que ella dedicaba a mí, porque siempre me pareció increíble el hecho de que yo estuviese realmente haciendo aquello con ella. Así, me decía que lo había hecho ya tal cantidad de veces, y ese contar las acciones me devolvía a la realidad. También, llevaba un diario al que nombre el Diario de Estela, donde intentaba guardar con letras, como quien guarda con fotografías, cada instante de mi vida compartido con ella. Un diario que retrataba exclusivamente mi vida en pareja, comenzando del día en que la vi y me enamoré de ella…

 Estela me saludó con un beso en la mejilla, muy discretamente. Su padre era Palafox y conociéndolo, no deseábamos hacer alarde de nuestra relación bajo sus narices. Mas cuando entró a la casa, por la puerta que conecta su casa con su tienda, Estela se me fue encima y me besó y yo sentí sus pechos apretarse contra mí, y de no ser porque era bueno conteniendo mis deseos, hubiese sufrido una erección. Hasta ahora sólo he dicho que Estela era un mujer bella, pero debo agregar, dejando a un lado mi pudor, que era bella y tenía los pechos grandes. Esto viene al caso porque por ello que comenzamos el rollo siguiente:

 Estela notó que enrojecí al contacto de sus senos y dijo que me amaba porque yo era diferente. Ya antes me había contado que no le gusta cómo los hombres miran a las mujeres. No puede evitar mirarla a los senos y reímos. Llevaba una blusa con escote discreto pero suficiente para hacer a más de uno pensar libidinosamente. Eran dos círculos blancos y simétricos, y en realidad no eran enormes. Eran lo suficientemente grandes, y lo suficientemente pequeños para hablar de ellos como un par de perfectos senos.

 Me lo contó. Dijo que le salieron a los doce años y a esa edad fueron un tormento. No le crecieron gradualmente. Fue como si de la noche a la mañana… como si me durmiese siendo yo y despertase siendo otra, dijo. Y por supuesto, todos comenzaron a tratarme diferente. Incluso en la calle, dijo, comenzaron a llamarme señorita. Los hombres no dejaban de mirar. Me sentí como si tuviese monos en la cara… en el pecho, corrigió, pues allí es adónde miraban.

 Estela se recargó sobre el mostrador; recargo sus pechos sobre el mostrador, queriendo ocultarlos, pero como estaba limpísimo se encontró con el reflejo de ellos.

 Hubo un silencio interrumpido por el graznar de una señora que entró a la tienda pidiendo urgentemente una caja de aspirinas. La idea de esta señora, que venía tocándose la cabeza para enfatizar el dolor que le aquejaba, era la de hacer conversación. Lo supe cuando, al tiempo que yo buscaba la caja de aspirinas, ella expresó su dolor a Estela que continuaba sobre el mostrador. Dijo que la cabeza le estallaba porque era alérgica a la contaminación y viviendo en una ciudad tan contaminada… Me miró para que me diese prisa. Estela le dijo que se relajase, que lo mejor era guardar la calma, pero la señora comenzó una perorata sobre los hábitos terribles de la ciudad y de cómo el ciudadano es tan irresponsable. También culpó al gobierno y terminó por desaprobar al ser humano. Le estiré la caja y la pagó, pero no se fue. Estela preguntó si deseaba algo más. La señora no supo qué decir y se fue, no sin antes decir que regresaría por más cajas. Yo le di las buenas tardes y eso fue todo.

 Esta señora terminó con lo que bien pudo ser nuestra primera confesión de pasado. El momento en que tu novia te confiesa que de pequeña era rara o fea o despistada. En el caso de Estela, la confesión de que sus pechos le desagradan. No terminó de hacerlo pero la cosa me interesó demasiado. Siempre pensé que las mujeres estarían orgullosas de tener volumen en esa parte de sus cuerpos. Quise decirle a mi novia: cuéntame. Pero la vergüenza fue más grande. ¿Cómo debía formular la pregunta para que no pensara que tiene por novio un pervertido? No quería ser el que trajera al tema los senos de Estela. No deseaba decir: y luego, ¿qué pasó con tus pelotas? Pero al mismo tiempo me moría de ganas por saber. Supongo que saber, escuchar a Estela hablar de su cuerpo respondía a un deseo más oscuro: al de imaginarla desnuda.

 En mes y medio de relación no la había mirado desnuda. Ni siquiera había intentado hacerlo. Pensaba que eso llegaría cuando tuviese que llegar. Sin embargo, soy humano y soy hombre y mi cerebro no puede evitar pensar.

2

 En un inconsciente intento por hacerla pronunciar las palabras mágicas: mis senos, reanudé la conversación luego que la señora salió diciendo que yo recordaba también algo de mi infancia. Estela se entusiasmó, me confesó que siempre imaginaba como fui de niño; pensaba que yo había sido un ángel. Tuve que contenerme la risa, ¿un ángel yo? En realidad siempre fui terco, dije. Cuéntame, dijo ella, pronunciando las palabras que yo moría por pronunciar.

 Bueno, le dije, por ejemplo con aquello de la Navidad. Mis padres y los padres de mis primos me contaron el rollo de la Navidad y de cómo Santa Claus entra por las noches a dejar regalos a los niños. Yo era un niño que especulaba demasiado y me aferré a la imposibilidad de la existencia de un ser como aquel. Sobre todo por lo de poder volar en un trineo jalado por renos mágicos. Sencillamente no me lo creía. No es que no fuese ingenuo, lo era, pero… eso de Santa Claus era demasiado.

 Estela me abrazó y dijo que justo así me imaginaba, como un pequeño Descartes. Me sobó la cabeza y dijo que por cierto, la tienda había quedado muy limpia. ¿Cómo lo lograste?, preguntó. Yo no deseaba salirme del tema de las infancias por miedo a no poder regresar a él y a lo que me interesaba. Así nomás, dije y alcé los hombros demeritando mis arduas horas de trabajo. En realidad había costádome mucho dejar la tienda como la dejé. Si Palafox hubiese preguntado lo mismo hubiera dado una lista detallada de lo que hice para que valorase mi trabajo. Pero de Estela yo no quería el reconocimiento. Yo deseaba saber qué piensa una mujer de sus senos, particularmente mi novia.

 Recuerdo, continué sobre mi relato, que cuando niño espiaba a mis padres cada Navidad. Fue hasta que tuve ocho años que lo descubrí… ¡Nooo!, exclamó Estela. Sí, dije, yo estaba en la sala de la casa de mi abuela donde se llevó a cabo la celebración y…

 Entró a la tienda un niño. Estela lo miró y dejó de prestarme atención. Tuve que callar. El niño se acercó a uno de los refrigeradores y tomó de él una lata de coca-cola. Al cerrarlo dejó la huella de su mano en el cristal y yo corrí por un trapo. Estela cobró la lata y yo limpié el cristal. Cuando volví al mostrador miré que también estaba sucio. Limpié con sumo cuidado y cuando estuve en mí de nuevo, me percaté que lo había hecho: había perdido el hilo de la conversación, otra vez.

 Estela fue la primera en hablar, dijo: en la universidad me da clases un maestro que es buenísimo. No, pensé, lo he perdido; cada vez me alejo más del tema objetivo. Es buenísimo explicando y no se cree la octava maravilla, dijo. Nos deja pensar y tener ideas propias. Vale, dije yo, eso está muy bien. Lo dije con cierto tono de duda. Estela iba a contestarme algo pero entró un cliente más a la tienda y tuve que atender. Esta vez se trató de una señora que deseaba un cuarto de queso blanco y dos cuartos de jamón. Tuve que sacar la lonja de jamón y el queso, y partir y pesar y envolver. Todo esto hizo que ensuciara la máquina rebanadora, el cuchillo y el mostrador. Atendí el pedido y limpié.

 Cuando regresó la tranquilidad me di por vencido. No intenté siquiera hablar. No tenía caso, no había otro modo que preguntar y me conocía: no lo haría. Además, ¿por qué de buenas a primeras me venía esa maldita curiosidad por pensar en Estela con doce años de edad y un par de tetas? Sí, eso eran: tetas. Aunque jamás las había llamado así en realidad, no dejaban de serlo por ello. Me hubiese gustado que Petrozza apareciera y con su cinismo exacerbado preguntara por mí lo que yo quería preguntar. Él sabría llevar la conversación. Pero lo que más me preocupaba era encontrar en mí la preocupación por  el cuerpo de Estela.

 En adelante dejé de interesarme en hacerla hablar. Mi interés cambió de blanco. Me avergüenzo de ello y me retracto de llamarlo mi interés. En realidad se trataba de un interés ajeno a mi voluntad.

 Estela hablaba, esta vez lo hacía sobre su padre al que tenía por loco y no soportaba. Yo asentía con la cabeza y trataba de mirarla a la cara, aunque la vista se me iba, se me escaba… No sabiendo muy bien que sucedía traté de no verla más. Ni a la cara ni a ningún otro lado, y me puse a hacer tareas absurdas con tal de no pensar, de distraerme. Tomé una lata de conservas y la coloqué en el mostrador. Luego tomé otra e hice lo mismo, y una más. Estela hablaba. Cuando por fin tuve todas las latas de un estante sobre el mostrador, las coloqué de nuevo en el estante. No hice algo útil con ellas. Y Estela, que lo notó me preguntó si todo andaba bien. Dije que sí, pero no era verdad. Sentía en mí el calor del verano en pleno invierno. Las piernas me temblaban y las manos comenzaron a sudarme.

 Entonces, de la nada, me acerqué al oído de Estela y le pregunté cuando íbamos a… Me quedé con la boca abierta, iba en contra de mi personalidad ser un macho y presionar. ¿El qué?, preguntó Estela y ya no dije nada. Sin embargo, me culpé por ser tan lento en las cuestiones donde los hombres corren. Me dije: el momento llegará cuando tenga que llegar.

 Acto seguido, me puse a limpiar las huellas de zapatos que Estela, los clientes y yo habíamos acumulado. Limpiar, limpiar, limpiar. Era todo lo que me importaba. 



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