jueves, 31 de mayo de 2012

Triste y abandonado.



Invariablemente, no importa si leo o estudio o escucho música, mi abuela, con la que vivo desde hace muchos años (demasiados para hacer cuenta y recordar), se las ingenia para... interrumpir. Joder, diría Petrozza, pero yo soy más suave. Principalmente porque sé que no lo hace con intención. Lo que me lleva a pensar que si lo hiciese con intención, sería un verdadero demonio perturbador. Casi lo es, y mira que no puede culparse a una dulce anciana por preocuparse de su nieto, o por la salud. A veces pienso que ya debería ser delito.

 Estoy en mi habitación, sin ánimo de buscar problemas. Como dijo Pascal: “La desgracia viene de no saber permanecer en nuestra habitación.” Cuántos líos nos evitaríamos si no saliésemos más que para lo estrictamente necesario. Es sábado, son las tres de la tarde y tengo una hora de descanso. Sin embargo, los problemas llegan a mí desde dos direcciones.

 La dirección A es Estela, mi novia, que me envía un mensaje al móvil recordándome nuestra cita de hoy. Es 17 de mes y cumple años Rebeca. Rebeca es amiga de Estela, de la universidad, y fuera de eso no sé nada. El problema es que lo he olvidado. No, el problema es que lo he olvidado y he hecho cita con Verónica a la misma hora.

 Pienso qué contestar. No hay modo. Estela jamás creerá que lo olvidé. Me conoce y sabe que no soy del tipo de los que olvidan. ¿Cómo explicarle que tengo otra cita, con una persona por mucho más importante que su amiga Rebeca? Hoy, Verónica es más importante que la misma Estela porque sale de viaje y no volveré a verla. Los celos aquí, son injustificados. Sin embargo, Estela no lo entendería.

 La dirección B es mi abuela. Invariablemente tiene que ser ella. Entra a mi habitación y anuncia que está enferma. No me impacta; siempre lo está. Dice que es grave, que la lleve al médico. No me lo creo. Justo hoy, justo ahora. En menos de tres horas veré a Verónica. Al menos, tengo un pretexto. Cojo el móvil y tecleo: Querida Estela, lamento muchísimo no poder asistir a la fiesta de Rebeca. Mi abuela está enferma y debo llevarla al hospital. Tres horas parecen demasiado para ello, pero ya sabes: dos minutos pueden alargarse dos años en una coma diabética. Te amo. Disfruta la fiesta por mí. Envío el mensaje y me reclamo. Lo odio pero soy así. Me siento fatal porque es mentira. Iría ahora mismo a confesarme de rodillas ante Estela. Mi abuela dice estar grave pero no es verdad, lo sé. Para confirmarlo la llevo al médico.

 Grito a mi abuela que se dé prisa. Lo hago desde mi habitación, donde me mudo de ropa. Ella está en el lavabo, se arregla. Le digo que iremos al médico pero sólo si lo hacemos de inmediato. Dice que sí, pero se tarda horas en ponerse un chal. Yo estoy listo en dos minutos y es un infierno esperar. Mientras espero, envío otro mensaje, esta vez a Verónica, rogándole que que cambiemos la locación de la cita, y pongo de pretexto la gravedad de mi abuela. Luego, espero su respuesta. Esta espera también es un infierno. Si accede, estoy salvado. Quizá me dé tiempo de resolver el asunto del médico, ver a Verónica y llegar con Estela. 

 2

Cojo a mi abuela del brazo y salimos. Desde que lo anunció hasta este momento ha pasado media hora. Es lo que le tomó peinarse y cambiarse la blusa.

 Caminamos despacio y para mí es un suplicio. Estela me ha reclamado informalidad y desinterés. Ha dicho que de querer puedo, y no está de acuerdo en pasar por alto mi ausencia. Llevamos menos de un mes de novios y esto es la oportunidad de presentarme en sociedad, dice. No se trata de Rebeca, sino de nosotros. Además, me lo avisó desde la quincena pasada y no es posible que justo hoy se enferme mi abuela. No me lo cree, pero es verdad. Al menos, es verdad que estoy con ella y que la llevo al médico. Si me doy prisa llegó, lo sé. La fiesta es en casa de Estela.

 Al tiempo que camino con mi abuela colgada de uno de mis brazos, con el otro escribo a Estela ofreciendo disculpas, explicando que esto sale de mis manos, y que aún así, haré un esfuerzo sobrehumano para llegar a la fiesta puntual y arreglado. Otra cosa que exige Estela es mi vestimenta. No me permitirá entrar si llego con camiseta. El mundo es un mundo libre menos para mí. Debó ponerme camisa y debo planchar los pantalones. Además, debo usar zapatos y deben ser negros y estar boleados. Rasurarme, eso también es indispensable. Y tengo menos de tres horas para hacer todo eso, ver a Verónica y…

 Mi abuela comienza a hablar. Esto no puede ser peor, pienso. Siempre que habla lo hace de mí. Dice que debo ser cuidadoso en el trabajo y que no debo faltar. Nunca flato, no sé por qué lo dice. Es así. Se lo pasa dando consejos inútiles. Le recuerdo que nunca he faltado al trabajo y asiente, dice que más me vale y que ningún motivo es bueno para hacerlo. Incluso si ella enferma, yo debo ir. Vaya, pienso, si supiera en el aprieto en que me meto, ¿sería capaz de ir sola al médico?

 Llegamos. En realidad, no está lejos. Es un médico de farmacia similar. Vamos allí porque los tres: mi abuela el médico y yo, lo sabemos: no es grave. Si fuese grave iríamos al hospital. El médico debe saberlo porque nadie llega allí muriéndose. Toses, resfriados… Es todo lo que se atiende aquí. Nadie pondría en manos de éstos un caso de esclerosis.  

 Para mi fortuna, no hay gente. Mi abuela pasa casi de inmediato y mientras tanto, espero fuera. Saco el móvil y ruego a Verónica se de prisa. Al final arreglamos vernos cerca de mi casa, que está a más de 30 kilómetros de la suya. Le conmovió lo de mi abuela y se dispuso a venir (ella sí tiene coche). Aún así, la distancia y el tráfico harán de las suyas. Contesta que ya va pero no dice dónde, y eso me inquieta. Debo regresar a casa, arreglarme según el reglamento de Estela, y salir al café donde cité a Verónica. Le diré: gracias por venir, y eso es todo. Con el tiempo encima no podré hacer más. Probablemente sea mejor cancelar, pienso, pero Verónica no me lo perdonará. Se va de México y es nuestra última oportunidad. Es importante porque alguna vez la amé. Al menos, debo decirle buen viaje.

 El médico tarda demasiado. Han pasado veinte minutos y mi abuela no sale. Me acerco a la puerta y ausculto. Debí suponerlo. Mi abuela cuenta al médico el día que yo seré un gran escritor. Soy su orgullo, un orgullo resignado; ella hubiese preferido por nieto un abogado, un contador. Pero las cosas nunca son como unas las desea, suele decir y qué razón tiene.

 Llegamos a casa, santo Dios, y tengo menos de una hora para cambiar mi imagen a la imagen de un pelele. Así es como siento metido en pantalones de vestir y camisa. Además, afeitado y perfumado. Perfumarse es de maricas, pienso. Sin embargo, quizá yo soy uno de eso, después de todo no sé decir no a Estela. 

3

 A las siete en punto estoy donde debo. Verónica no ha llegado. La telefoneo pero no contesta. Estoy sudando. En una hora más dará inició la fiesta. He confirmado a Estela mi asistencia. Le llevaré la receta del médico y limpiaré mi nombre. No he llegado a tiempo, pero no he mentido.  

 Pido un café americano. Sé que Verónica hubiese preferido whisky pero no puedo llegar con aliento alcohólico a las fiesta de Rebeca. Eso sería tirarme el teatro encima. La receta vale, pero el alcohol… No encontraría una buena excusa que dar y podría significar el acabose de mi relación. Es lo que pienso mientras me bebo el café. ¿Por qué arriesgo el pellejo en algo así? Verónica se irá a Ottawa pero volverá. No puede irse para siempre, es mexicana y adora México. Trato de indagar si es que aún siento algo por ella. Es innecesario. Sé que es así. Solo verla me provoca calosfrío.  

 Cuando llega no se disculpa por el retraso. Además de ello, me reclama haberla hecho venir hasta el culo del mundo, a un café tan feo. Me disculpo. Es ridículo pero lo hago. Mirarla a los ojos me hace sentir como un homúnculo. He contrariado sus deseos, le he hecho padecer infortunios e incomodidades. No merezco la vida. Eso así como pienso muy dentro de mí.

 Verónica ordena whisky pero no hay. Es un café en el estado de México, la especialidad aquí es el Nescafé de sobrecito. Al menos, pudimos ir a un sitio mejor, exclama Verónica delante de la mesera, que es la señora y dueña del local. Le pido calma y le explico. Le cuento lo de mi abuela y el caso de Estela. Casi me grita cuando se entera que la he traído hasta acá para verla tan poco tiempo. Eso dice, pero me da la impresión que es otra cosa lo que la enoja. Quizá el hecho de saber que sacrifico su tiempo por el de otra.

 Esta cita es un fracaso. Bebemos café americano y casi no hablamos. Ahora lo sabe: podemos beber un café más y luego nos vamos. Yo no voy lejos, pero ella… Vive en el Sur. Ha conducido más de dos horas hasta acá, para beber un café malísimo y ver a un amigo por menos de media hora. No solo eso, sino que debe regresar. Me siento estúpido. ¿Por qué tenía que verla hoy, como si de ello dependiera el fin del mundo? Podría verla de regreso de Ottawa. Ahora me dice que no se mudará, irá de visita. Nunca me mudaré, dice, eso algo que ya sabes. Asiento con la cabeza y bebo café. Ni siquiera está muy caliente. Lo han calentado en un horno de microondas. Y lo sirven en un vaso de unicel. No puedo evitar la nostalgia de saber que se va. Me lo tomo como una desgracia. Y cuando está en México, casi no la veo. Cualquier cosa me impide viajar al Sur y mirarla. La hora, la noche, el tráfico. Sin embargo, hoy, la hice venir a pesar de todo.

 Acabamos con el café y pago. Antes de irnos voy al sanitario. Trato de salvar esto haciendo de cuenta que llevamos mucho rato en el establecimiento. Cuando salgo la despido con beso y abrazo, y la sostengo allí, entre mis brazos por un minuto. Le digo que la quiero y que le deseo un viaje estupendo. Le pido que no me olvide y que regrese pronto. Ella actúa como yo espero y me abraza y me dice que todo irá bien. Que no tardará más de tres meses y que me comprará algún recuerdo. Asiento con la cabeza y salimos.

 Fuera, la acompaño a la esquina donde se ha estacionado y le cojo la mano para que suba dentro. La despido con un último beso lanzado desde la banqueta, y la miro partir. 

4

 Son las ocho con cuarenta cuando llego a casa de Estela. Para eso, ya tengo cincuenta mensajes en el móvil de reclamos por mi retraso. Cosas como: Dónde estás!!! ¿A qué hora llegas? Si no vas a venir dime la verdad. ¿Por qué no respondes? Ya llegó Rebeca, apúrate.

 Estela sale y me recibe con mala cara. Realmente no entiendo porqué. Le doy la receta de mi abuela y no se calma. Dice que es imposible que haya tardado tanto en ir al médico de la esquina de mi casa. No está en la esquina pero sí a unas cuadras. Es cierto, no tardé tanto en ver al médico. También desgasté mi amistad con Verónica. Básicamente eso es lo que estuve haciendo, aparte de planchar mis pantalones.

 Paso y hay poca gente, Rebeca no es tan popular como pensé. Para el escándalo que me arma Estela supuse que se trataba de una reina. Estela me presenta con los invitados, que son unos quince; me anuncia como su novio y sonríe. Yo sonrió también. Son jóvenes estudiantes de la Universidad, pero no lucen como los imaginé. Yo no estudié la universidad y siempre pensé que los estudiantes estarían muy por encima de mí, como genios o algo, con todo lo que les enseñan día a día en las aulas. Sin embargo, hubo uno que ya estaba borracho. Iban vestidos como los bailarines de los videos musicales de moda, y todos daban la impresión de no haber leído un libro en sus vidas. Esto último lo notabas cuando los escuchabas hablar. Lo hacían de futbol, de música rock, de la chica guapa del colegio. Es una pena pensar que tengan estudios pero tan poco cerebro.

 Mis últimos pensamientos los adjudico a un extrañamiento de mis amigos, estando en territorio ajeno.

 El resto de la noche lo paso sentado en un sofá individual, bebiendo. Estela está enfada conmigo por ser apático, pero no se puede ser de otro modo ante tanto jaleo. Música de discoteca y poco diálogo interno. Ahora entiendo a Petrozza que no es capaz de poner ni la uña de un pie dentro de un antro de moda, o una fiesta de jóvenes.

 Hoy las cosas no han salido bien. Verónica indignada, Estela indignada, yo harto de estar aquí. Si al menos hubiese pasado tiempo con mi novia, con quien me gusta debatir… Pero ella estuvo muy ocupada sirviendo bebidas y cuchicheando con sus amigas sobre la musculatura de un artista de moda.

 El colmó es cuando Estela se empeña en hacerme bailar un cancioncita pegajosa. Me levanta del sofá aunque siempre le he dicho que no sé bailar. Le importa poco y me obliga. Me susurra al oído que lo haga por ella, que por favor lo haga; al menos lo intente… pero yo sé que no se trataba de hacerlo por ella, sino por su imagen pública y sus amigos. Es por eso que me niego rotundamente, y es así como aquella noche que debió ser muy buena, acaba siendo pésima.

 Regreso a casa triste y abandonado.


Fuente de la imagen, aquí. 

lunes, 28 de mayo de 2012

La belleza física es un cuento de hadas.


Debo estar borracho para decir lo que digo. Estoy con Sandra, en un bar, y he perdido el conteo de las copas. Es igual, pienso, ella paga.

 No puedo dejar de mirar su nariz. Es una nariz grande en medio de dos ojos. Ella pregunta qué miro y se lo digo: miro tu nariz. Se avergüenza; debe saber las medidas de sus proporciones. Para calmarla, agrego que es bella. Una nariz griega, o algo. Sin embargo, no se lo traga. Probablemente le causó traumas en la adolescencia. Debió ser el blanco de burlas crueles. No es difícil imaginarlo.

 Alzo la mano y ordeno otra ronda. Sandra no ha terminado pero bebe al hilo y el mesero se lleva los vasos. Luego trae otros (muy probablemente los mismos), con whisky. Dejo el tema de la nariz. No deseo hacerla enfadar. Hacerlo puede jodernos el sexo. No quiero jodernos el sexo porque de algún modo el sexo es lo mejor que puede pasarnos a dos como nosotros. No nos amamos, lo sabemos, pero hacemos el amor. Fuera de ello nos odiamos. Yo odio a Sandra y su nariz. Ella me odia a mí y a mis libros.

 Sandra propone un brindis, por nosotros, y brindo. Luego hace conversación. Dice que le gusta mi sonrisa. Entonces sonrió, pero después dice que yo a veces le doy miedo. Sobre todo cuando la miro como la miro en este momento. Respondo que uno siempre teme a lo que desconoce. Yo te conozco, exclama. Sí, miento. Sandra no entiende. No se lo digo, no quiero joderla con filosofía. Eso también puede jodernos el sexo. Para follar a una mujer hay que atravesar un campo minado. Una palabra puede ser una mina. En cambio, le digo que es una mujer muy bella. No lo cree (lo que significa que sí lo cree, que ella lo cree de sí misma). Para probarlo le tomo la mano y la llevo hasta mi entrepierna. Estoy empalmado. Me pones a tope con solo mirarte, le digo. Sonríe y dice que ahora sí lo cree. No es verdad, estaría empalmado incluso sin ella.

 En adelante bebemos en silencio. Hay música, hay gente, Sandra está enfrente de mí. Aún así me siento solo. ¿Qué piensas?, pregunta. No contesto. Enciendo un cigarrillo. Dentro no se permite fumar, lo sé. Sandra me lo recuerda pero me alzo de hombros. Acto seguido, se acerca un mesero. Me pide que apague el cigarrillo. Lo miro a los ojos sin decir algo. Insiste. Dice que la ley, etc. Sandra interviene, le ruega que me permita fumar tan sólo éste. El mesero se niega, dice que es la ley, y está a punto de decir algo más… Está bien, digo, de todos modos ya nos vamos. Echo el cigarrillo a mi vaso con whisky. El mesero me echa una mirada y se va. Sandra enloquece. Lo siento, digo, un trago más y no podré hacerlo. Meneo la pelvis para que lo entienda. Sandra asiente y se levanta; da alcance al mesero y ordena la cuenta. Cuando la cuenta está pagada me lleva a su apartamento.

2

El apartamento de Sandra está en Las Águilas. Es un apartamento pequeño. En él viven Sandra y su madre, pero su madre no está. Ha salido de viaje así que podemos ir allí y hacerlo.

 Sandra prepara café. Opino que lo deje pero insiste. Te sentará bien, dice. Quiere asegurarse que su hombre la follará. Ha pagado las copas y me ha dado hospedaje, lo menos que puedo hacer es follarla. Se acerca a mí con una taza llena de café. Me lo estira y me acaricia el cuello. Bebo el café. Es un café bueno, exclamo. Yo misma lo he comprado, anuncia ella orgullosamente, en Veracruz. Se lo aplaudo y sonríe. Es bueno hacerla reír antes de llevarla a la cama. La risa segrega sustancias y cosas así. Mientras bebemos el café dice que hoy será difícil. Ha adoptado un tono serio para decirlo, pero no tanto; como si no quisiera darle tanta importancia a algo importante. La cosa es que está reglando. Alzo los hombros y digo que está bien. Me besa en la mejilla y ríe. Ella debe saberlo también, lo de la risa. Me hace cosquillas en el cuello. Ahora hemos bebido y reído suficiente, así que vamos a la habitación.

 Una vez en la habitación me descalzo y me echó en cama. Entro a las cobijas sin ocultar el cansancio. Sandra sonríe al tiempo que se desnuda para mí. La miro hacerlo. Lo hace bastante bien para no dedicarse a ello. Que no cobre no significa que no se dedique a ello, pienso. Sin embargo, no puedo dejar de ver su maldita nariz. Vaya que es grande. Es más grande cada que la miro. Proporcionalmente hablando, podría decirse que es más grande que sus tetas. Incluso más grande que su cabeza. No puedo evitar pensar en su nariz y pienso que este asunto está jodido. A estas alturas para follar a Sandra debo concentrarme. Al principio fue fácil, pero ahora es un polvo más. Y con esa nariz…

 Desnuda, Sandra se sube a mí y comienza a besarme. Siento su nariz chocar con la mía. Tiene la punta fría. Después me besa el cuello y no puedo evitar sentirlo. Allí esta, pienso.  Entonces río. Sandra es una nariz con culo y tetas, pienso. Si tuviese la mitad de cerebro que tiene de… Me reprimo el pensamiento. No deseo ser cruel, Sandra es una buena chica y me ofrece su sexo. No soy un desalmado, pero… joder… Sandra se detiene. ¿Todo bien?, pregunta. Sí, miento y le ayudo a desnudarme. Me siento absurdo, allí, con Sandra que me desnuda como a un bebé y todo esto. Estoy siendo injusto, pienso, hay mujeres espectaculares con narices grandes. Sandra tiene la nariz grande, ya lo sabía; como no saberlo si la he mirado desde el principio; pero hasta ahora lo he descubierto. Es como un mosquito que me ronda el pensamiento.

 Finalmente la monto y la penetro. No he perdido la erección a pesar de todo. Se opone al principio pero luego cede. La vagina, quiero decir. Cuando nos entendemos le doy un polvo suave. No quiero correrme pronto. Sandra gime. Echa la cabeza atrás y gime. Todo lo que veo es un par de fosas... me detengo. No estoy haciendo un buen papel, lo sé. Me concentro. Pienso en otra mujer. Cualquiera. Cualquiera que no tenga esa…

 ¡Joder!, exclama Sandra. Abro los ojos. Pienso: he estado haciendo lo mío, ¿qué es lo que pasa? Sandra mira nuestros sexos. Yo miro también. Es la menstruación, ha salido y luce como un filme gore. Parece que me has acuchillado, exclama y ríe. Eso es casi lo que he hecho, digo y no le doy importancia. Continúo con el jaleo y ella se deja llevar. Esto es lo que la gente llama hacer el amor. Huele a menstruación. 

3

Antes del amanecer despierto. Sandra está a mi lado. Me levanto para ir al sanitario. Entro al sanitario y meo. Al salir, Sandra sigue allí. Duerme. La miro largo rato. La nariz de Sandra sigue allí.

 Me siento sobre el borde de la cama. Ya no podré dormir. Me tomo la cabeza; no me duele, pero tampoco me deja estar en paz. Es complicado, pienso, eso de la belleza física. 

 La belleza física reside en el cuerpo, pero sólo reside. La belleza nunca es física realmente. En los ojos de una mujer están los ojos, pero también la mirada. Está la carne y está el espíritu. ¿Es verdad que sus ojos son bellos?, ¿o es su mirada? Esa boca tierna… ¿Puede ser tierna una boca?, ¿puede una boca ser? La belleza no es de naturaleza física, su ámbito, más que al cuerpo, pertenece al plano abstracto. Pero para ser poéticos, digamos que al alma. Alma, en todo caso, alude al conjunto de aspectos psíquicos que residen en el cuerpo y que continuarán allí hasta que la muerte los separe, como en una de esas caricaturas donde el alma abandona el cuerpo que la aprisionó.

 Cuando uno habla de belleza, no hay errores, aparentemente. Un buen culo, un par de tetas buenas. Una nariz respingada. Pero para mí, está claro que hasta el aspecto de un culo responde a las órdenes que el cuerpo recibe desde ese lugar al que llamamos personalidad. Dos culos grandes y bien firmes, uno que se mueve al ritmo de una música suave, y otro que no sabe moverse aunque pertenece a una gemela. Este último nunca será tan bello como el primero. Dos muchachas de ojos verdes podrían competir por el triunfo de Miss Universo, dependiendo éste, de un parpadeo, de una palabra, de una actitud. La belleza es cultural; nos han enseñado a identificarla. Se nos ha dicho: las tetas grandes son mejores. Pero probablemente es mentira. Las tetas grandes son dos bolas de sebo. Y también se nos ha dicho que la grasa es horrenda. No hay nada peor que una mujer gorda. En esto no hay duda, la obesidad es insana… pero la belleza, vamos… No hay belleza realmente física. Una morena, una rubia… todo depende de la geografía. Las que son feas no deberían sentirse mal. Deberían irse del país, a uno donde su fealdad sea venerada. Al menos, es mejor que esconderse bajo el maquillaje.  

 La nariz de Sandra es una nariz bella, pienso. Sandra es una buena chica, sencillamente, no estoy acostumbrado a verla tan fijamente. Con ese culo, nadie le mira la nariz. Yo lo he hecho y ya ves. Volteo a mirarla. Allí está Sandra y allí está su nariz. Ahora que duerme me parece bella. Luce como un alma en paz. Es lo que necesita, pienso: un hombre que la folle a pesar de la regla. Para ello no hay que ser más hombre; hay que ser más animal. Olvidarse de los modales y de la estética. Hacer el amor reglando podría ser un acto santo en alguna cultura de algún lugar, y ella y yo habíamos hecho lo que está reservado a los santos.

 Otra vez siento ganas de orinar. Me levanto, pero cuando estoy de pie se han ido. Entonces me digo que debo dormir y me acuesto. Sandra me siente llegar y me abraza. No estoy cómodo pero no se lo digo. Me dejó atrapar. Soy prisionero de sus brazos, y al final, me duermo.

4

 Al amanecer Sandra prepara café. Como anoche dije que es bueno… Pienso que debo ser más franco: no me gusta el café, ni éste ni ninguno. Lo bebo, como castigo a mi hipocresía. Estoy sentado en una silla, en el comedor. Sandra se sube a mis piernas y dice que estuvo muy bien. Se refiere al sexo. Sé que miente, lo hemos hecho mejor. Si continúa mintiendo respecto a ello llegará el día en que lo hagamos tan mal… y ella tendrá que aceptarlo como castigo a su hipocresía. Es cierto que pocos lo hubiesen hecho con la regla, pero también es cierto que pocos lo hubiesen hecho peor. Hicimos el amor un par de veces y en ninguna pudo correrse. Yo era demasiado suave y demasiado rápido en eyacular. Sin embargo, insiste. Dice que el segundo polvo estuvo muy decente. Decente no es lo mismo que maravilloso, digo yo, tratando de ser honesto. Lo he hecho mal, no importa, podemos hacerlo de nuevo. Siempre podremos hacerlo de nuevo. Si no entre nosotros, con alguien más. No es un asunto tan importante ser bueno en el sexo. Se es bueno cuando se quiere. Y uno siempre quiere, incluso sin desearlo realmente. ¿A cuantas mujeres puede querer un hombre sin que por ello le quieran? ¿A cuántas mujeres puede querer un hombre sin que haya salido de sus cojones quererlas? Se quiere, se quiere y nada más.

 Sandra se baja de mí, dice que tomará una ducha y me invita. Le digo que empiece, lo que es yo deseo fumar un cigarrillo antes. Le parece bien, irá calentando el agua.

 Cuando Sandra se va me asomo a la ventana. Desde allí enciendo y fumo un cigarrillo. Me sorprende que las cosas sean reales. Que Sandra esté en la ducha poniendo el agua y que ayer hayamos bebido. Que follemos con regularidad. No me lo creo. A veces quisiera despertar de este sueño, pero otras no. Otras me gustaría estar aquí siempre. Fumando este cigarrillo y pensando eternamente. Todo lo que podría descubrir. Newton, Einstein, Hawking... cuántas cosas supieron sin siquiera mirar al cielo. Dentro de nosotros está el universo, pero pasamos el tiempo viendo afuera. Afuera no hay nada… está Sandra, está el sexo, ¿pero qué es eso comparado con el Universo?

 Sandra grita que ya es tiempo, que el agua está caliente y debo ir. Justo he terminado el cigarrillo. Aviento la colilla por la ventana, la miro caer hasta el suelo. ¿Cómo es que no se rompe en mil pedazos?, pienso. Si me aventara yo, joder.

 Entro al cuarto de baño y allí está Sandra. Está dentro de la ducha. El agua moja su cuerpo. ¿Es verdad que este cuerpo, que el agua moja, es más bello que su cuerpo seco? Al menos, despierta en mí mayor deseo. Quizá lo he aprendido en algún lado, en la pornografía, por ejemplo. Una mujer se ducha y un hombre la espía. Cuando el hombre es descubierto, hacen el amor. El agua recorre el cuerpo de ella y uno está que se corre. Debe ser eso, la belleza física es eso. Algo que aprendemos con el tiempo. No importa, me desnudo y entro. La tomo por el cuello y la beso. Ella me besa también. Sabe que lo haremos y lo hacemos. Esta vez, por encima de lo decente. Soy bueno porque la quiero. De algún modo la quiero. Ha despertado en mi cerebro el sentimiento del deseo. Daría mi vida por ella en este momento. No dudo un segundo de su belleza. Estoy follando a la mujer más bella de este mundo. Es así siempre que se quiere. No importa si se quiere únicamente por un momento. El amor no es eterno. Además de eso, puede durar muy poco. Un instante, un momento.

 Al salir, Sandra bufa. Dice que este sí fue bueno. Asiento con la cabeza y le digo: te lo dije, no tienes que ser comprensiva conmigo. Cuando algo no está bien, no lo está. No importa cuánto empeño pongas en lo contrario. Está de acuerdo, dice que en adelante así será. Por cierto, agrego, tu café es una mierda.

 5

Sandra debe salir, su madre ha llamado desde Guadalajara. Sandra prometió enviarle dinero para su manutención pero hasta ahora no ha cumplido su palabra. La madre ha llamado para reclamar. Sandra se excusa, dice que en seguida le enviará algo de pasta. Sandra y su madre son así, la madre viaja y Sandra corre con los gastos. Desde muy pequeña ha aprendido a ganarse el pan. Ha tenido que ver por ella y por su madre que no sabe hacer nada. No es buena ni para conseguir un amante, me confesó Sandra en alguna ocasión. Uno con plata, que la mantenga, dijo.

 No tardará, según la misma Sandra, pero yo pienso que sí. Ha ido al Banco a depositar. Una cosa así siempre es tardada. Me pide que la acompañe pero me niego, prefiero estar en casa y descansar.

 Cuando sale, siento la necesidad de escribir. Estoy solo, y cuando estoy solo, escribo. Llevo tanto tiempo haciéndolo que no lo puedo evitar: Sandra sale, y ya pienso en la primera frase.

 Doy vueltas por el apartamento en busca de papel y lápiz. No es difícil de encontrar. En un cajón de la cómoda lo encuentro. Es un cuaderno a raya y una pluma de tinta negra. No necesito más. Abro el cuaderno y leo. Hay algo escrito. Son anotaciones de Sandra. Nada personal, se trata del cuaderno que llevó a la secundaria. Miro la portada y lo confirmo. Está escrito en una etiqueta: Sandra Mejía Barón. Asignatura: Civismo. Profesor: José Ángel Pacheco Rascón. Es increíble que lo haya conservado todo este tiempo, pienso.

 Me acomodo en la mesa del comedor. Enciendo un cigarrillo antes de empezar. Es un doble vicio: el vicio de fumar y encima, el de fumar mientras escribo.

 6

Sandra vuelve en lo que me parece el instante siguiente al que se fue. Sin embargo, se queja. Dice que ha tardado demasiado porque en el Banco hay cinco ventanillas pero sólo dos en servicio. Ya, le digo, siempre es así. La cosa es que ha logrado depositar el dinero a su madre. Eso la complace porque así sabe que no vendrá en un par de días más. Quiere estar en casa sola y pensar. Eso dice, pero yo nunca la he mirado pensar.

 ¿Qué haces?, pregunta cuando se percata de que hago algo. Escribo, contesto y ella frunce la boca. Nunca le ha gustado que yo escriba delante de ella. Dice que eso debo dejarlo para cuando no estemos juntos. Cuando estamos juntos debemos beber y follar. Así lo ha dicho y así lo ha hecho. Me defiendo diciendo que no estábamos juntos cuando empecé con esto. Bueno, dice, pues ya llegué y es hora de que vayas terminando. Eso dice, y se va a la cocina de donde regresa con un par de birras. Es tiempo de recomenzar.

 Sandra está allí parada, con las cervezas en las manos y yo la miro. Ella exclama: si vuelves a mirarme la nariz de ese modo, te vas. Asiento con la cabeza y le miro los ojos. Tiene un ligero estrabismo, Dios. 


Fuente de la imagen, aquí.

viernes, 25 de mayo de 2012

Aquellos miércoles a las cuatro.



Texto por: Rocco Velez
Sitio del autor, aquí




Para “Y”, a quien me muero por darle un beso…

     En el año 999 el primer Papa Católico de origen francés fue elegido; el caballero éste se haría llamar Gerbert of Aurillac.  En el 1800 nacieron simultáneamente en el mundo –aunque a miles de kilómetros de distancia entre sí– dos de las maravillas de la humanidad que más disfruto: el tequila y la primera sinfonía en C de Ludwig van Beethoven. Y allá para el 1976, Portugal asumió su constitución.  Aquella tarde también nací yo; aunque estoy seguro que a muchos les importe poco quien soy.  Lo curioso de tales eventos, de los cuales solo he recogido aquí un grano de arena en un vasto océano, es que todos ellos ocurrieron un miércoles a las cuatro.  ¿Y cómo sé yo estas cosas? – bueno; entiendan que todo hombre al cual le importe lo que ha sido su simple existencia, le debe importar su pasado.  

     Yo nací en la ciudad de Nueva York, una semana antes que las llamas consumieran el hospital Flower on Fifth y lo redujeran al polvo.  Mi certificado de nacimiento provisional leería: Gerbert Sacres – Noviembre 23 de 1976.  El hospital ardió el último día de ese mes.  Recuerdo pensar, que de haber nacido siete días más tarde, quizás hubiera muerto sin ver la luz del día.  Pero ya no me atormentan tales conmiseraciones.  La vieja me contaba que cuando nací, el doctor entró en su habitación la primera noche conmigo en un brazo, y con una botella de tequila en el otro; que andaba yo con la pija al aire, y que el vestidito de hilo que le habían dado  como pago por unos trabajos engalanaba la botella. Y que allí platicaron, el doctor y ella, toda la noche de lo sería de sus vidas y, que a la botella le faltaba la mitad cuando mis llantos y un rayo de luz les recordó de la mañana. 

     Fue en aquella habitación de paredes grises donde además el padre Mario de Aurillac, expatriado francés, me echara la primera bendición. Y seguidamente que me echó los santos, vomité. Quizás, fue incluso allí donde las llamas alcanzaron su cuerpo el día de la incendio.  Cuentan las malas lenguas que el incendio se produjo cuando el doctor Ludwig, por accidente o por embriaguez, intentó apagar un cigarrillo en un vaso con tequila.  Cuentan las malas lenguas, además, que el doctor Ludwig murió como todo un héroe; borracho hasta el culo, pero héroe.  Que le salvó la vida a media docena de mujeres indefensas y desnudas, pero que en el proceso olvidó salvar sus recién nacidos. Se imaginarán tal escándalo.  Pero nosotros, los seres humanos, estamos diseñados –predestinados más bien– a olvidar.  Y eventos como este se olvidan rápidamente: pronto ya nadie se referiría al doctor Ludwig como el “santo borracho.”  Hay sus excepciones, como en todo, claro está;  y me refiero al asunto de olvidar.  Aunque en el curso de mis primeros años yo crecí como un sobreviviente de aquel suceso, como señalé anteriormente; hay sus excepciones.  Y de un escándalo, uno incluso peor que el del doctor Ludwig;  de un evento que me perseguiría por el resto de la vida, no pude salvarme.  Y como soy un hombre a quien le importa su pasado,  por eso sé de todos los eventos que cambiaron la humanidad algún miércoles a las cuatro.  Eventos tan escandalosos y memorables como lo fue aquel que me tocó de cerca el miércoles 23 de noviembre de 1981. 

II

El jardín de niños es una trampa mortal.  Es en ese momento, en el que por primera vez pasamos unas horas lejos de casa, en el que nuestros ojos realizan las ventajas y las mierdas del mundo.  Y aquella experiencia en el jardín de niños, de la que le contaré en las próximas líneas, cambiaría mi vida para siempre.  

     La directora del colegio había enviado una carta mi madre en donde explicaba que durante la tarde del miércoles 23 de noviembre se realizarían las vacunaciones, y que se solicitaba su presencia.  Aquel miércoles a las cuatro descubrí que me había enamorado de Ana Paola, y que ella se había enamorado también de mí.  Por desgracia fue aquel día en el que también descubrí las dos únicas fobias que me acompañarían por el resto de la vida: los besos y las agujas.  Ana Paola y yo nos escondimos detrás de algún monumento arquitectónico, uno de esos construido con coloridos bloques de madera, y confesó querer darme un beso.  Allí cerré mis ojos, anticipando sus labios;  pero no sin antes echarle un vistazo a un grupo de enfermeras que entraba. Una de ellas, de su bolsillo, sacó una aguja grandísima e intentaba explicar, con desmesurada gentileza, cómo no las clavaría a todos en nuestros pobres e inocentes traseros.  Y una imagen se paseaba por mi cabeza: la enfermera con los cabellos grises clavándome una aguja en el mismísimo culo… Cerré mis ojos y mis piernas se debilitaron anticipando el beso; pero el beso nunca llegó.  Y en lugar de un beso, Ana Paola me regaló la desgracia de un grito. 

“Profesora…  ¡Gerbert se cagó en los pantalones!”, gritó a viva voz la muy hija de puta, y me rompió el corazón.  Más que odiar el sonido forastero de mi nombre, odié, desde aquel día en adelante, el sonido de mi nombre seguido por la palabra “cagó”; el cual tuve que aprender a tolerar por los próximos años. Y para hacer de aquel momento uno más memorable; mi madre, quien nunca llegó tarde a ningún encuentro, aquella mañana llegó veintitrés minutos tarde.  Y allí permanecí, durante los veintitrés minutos más largos de mi vida, con el culo cagado; ante la mirada incrédula y la desaprobación de todos, incluyendo a Ana Paola.

    Seguidamente, la conmoción y las risas invadieron aquella aula, lo cual intentó remediar la señorita Hoyos con las suaves notas de la Primera sinfonía en C de Beethoven que produjera en el tocacintas.  Había aun acciones que inspiraban gentileza en la señorita Hoyos, la cual llamábamos señorita por etiqueta, ya que todos sabíamos que tendría poco menos de setenta años, y que además nunca se había casado – algo impensable el pueblitos fronterizos como aquel.  Podría tener algún detalle de esos de abuela, de esos que se recuerdan por siempre; como cuando te abrazaba con su diminuto y frágil cuerpo, haciéndote sentir que los años nunca pasaron por su corazón.  La señorita Hoyos me refugió de las carcajadas en su despacho: <<es inaudito lo cruel que pueden ser algunos niños>>.  Aun sus palabras resuenan en mi memoria: “¿Cómo se te ocurre cagarte en los pantalones?”, me preguntó; como si acaso yo lo hubiese previsto.  
  
   Dicen las malas lenguas que la señorita Hoyos no fue tan casta como se decía, y que la campechana esa compartió por mucho tiempo con un hombre treinta años menor que ella, el cual mantenía a cambio de favores; –ya saben– de la clase de favores que van de la mano con la indiscreción.  Me cagué en los pantalones.  Vaya primera impresión para quien habría de convertirse en mi primer amor imposible.  Ana Paola… si tan solo la hubieran visto en sexto de primaria; cuando comenzaba a usar lápiz labial, y sus pechos dejaban de ser los de una niña, atormentándome cada noche. Hasta que un miércoles, por cierto a las cuatro, descubrí los placeres incuestionables de la masturbación.  Cuando se tiene once años, es un hecho, la felicidad se encuentra al alcance de tu mano.  Se la habré metido, si mi mente no me falla, en unas cinco mil ocasiones.  Es increíble el poder y el alcance que tiene la mente de un adolecente con ganas de echar un polvo.   Como es la mente, tan traicionera: a veces me la imaginaba desnuda, en una playa desierta; y cuando acariciaba sus pechos redondos y con olor a rosas, del mar salía la señorita Hoyos, toda empapada, vestida de blanco, y con una aguja grandísima, riéndose de mi desgracia mientras me apuntaba con su arrugado dedo. 

    Algún tiempo después, habrían transcurrido poco más de diez años (o algo así), cuando nuestros labios, habiendo aprendido a besar besando a otros, y en mi conciencia no quedaba rastro de aquella tarde en el jardín de niños; nuestros pasos, aun jóvenes y accidentados, nos llevaron a cruzarnos nuevamente.  Nuestras respectivas universidades, en un viaje cultural a Sydney, Australia, nos llevarían a reencontrarnos, en el más inusual de los lugares: en un baño.  

III

El colmo del capitalismo…  Había pagado dos dólares americanos (dos duros en la nueva  España) para poder echar una cagada en un país en donde ni el dólar ni el euro se movía.  Maldito “Vegemite”, recuero pensar.  Durante un almuerzo <<cultural>>, una de las profesoras a cargo del grupo nos dio a probar Vegemite: una pasta de untar elaborada con extracto de levadura, de color oscuro y saladísima, en pan tostado.  Solo imaginen el residuo fermentado de la cerveza, echa gelatina amarga.  Horas después, en línea para visitar la Casa de la Opera, un cuarteto de vientos, seguido por un solo de percusión se armaba en mi entrañas.  No habíamos aun adquirido los boletos de entrada, así que no tenia mejor opción que tentar mi suerte.  Minutos después, corría como alma que lleva el diablo en busca de un baño, o WC, como le llaman en la “tierra de más abajo”.  Y como mencioné: terminé pagando dos dólares por utilizar (rentar) un WC en alguna calle de Sydney que preferiría olvidar. 

     Cuando se tiene una orquesta sinfónica en los intestinos, por alguna razón esto afecta grandemente tu juicio. Pagué con un billete de cinco, ignorando las indicaciones del encargado cuando se disponía a entregarme el cambio.  Avancé una vez dentro de las facilidades, y para mi desgracia, el baño de caballeros estaba atestado, tenía mas línea que la mismísima Casa de la Opera.  Y, ¿qué hace un hombre el cual le importa su pasado en situaciones como esta? – Mira hacia todos lados, se hace el desentendido, y se mete en el baño que exhibe una faldita en su puerta de entrada.  Deben entender: no hubiera permitido que la historia se repitiera, e hice lo que tenía que hacer para salvarme el pellejo de otro evento memorable, una vez más.  

     Los baños para damas en Sydney son los Rolls Royce de los baños: colores tenues, música de fondo, barras laterales para más torque, e incluso material literario de primera.  Lo peor había pasado, estaba a salvo.  Por suerte, no había sido descubierto, y solo necesitaba un instante para superar los temblores.  Leía un artículo interesantísimo acerca de la constitución de Portugal cuando el último y más leve de los temblores había pasado.  Y cuando me dispuse a regresar la revista a su lugar dentro del cubículo…
“Me cago en San Putas”, grité.  “¿Dónde carajos está el papel higiénico?”

     Los baños para damas en Sydney fueran los Rolls Royce de los baños, si tan solo incluyeran, en su amplia gama de absurdos ofrecimientos, el bendito papel higiénico.  Y aunque había evitado milagrosamente revivir el <<momento memorable>> del jardín de niños, de similar modo me encontraba con el culo cagado, a miles de kilómetros de distancia de aquel primer lugar donde ocurriera por primera vez.  Fue en aquel baño, de paredes rosadas, en donde le pedí a Dios un milagro, una mano santa que me sacara de allí; no sin antes ofrecerle mil perdones por invocar a un santo inexistente: a San Putas.  Y cuando un hombre de fe, en tierras foráneas, hincado de rodillas, y con el culo cagado, le pide a Dios por un milagrito; éste se cumple, aunque de la manera más inusual.  
“Un hombre en un baño de mujeres, que se ampara en San Putas en este rincón del mundo, y en español; merece un milagro…”  Y una delicada mano pasó un rollo por debajo de puerta…

     Entonces, ¿qué hace un hombre el cual le importa su pasado en situaciones como esta? – Aguarda hasta que el mensajero de Dios, o en este caso, la mensajera, desaparezca; se hace el desentendido y con gran naturalidad sale del baño.

     Regresé a la línea en la Casa de la Opera con el resto del grupo, el cual aun esperaba.  La enviada de Dios se había desvanecido.  Poco después, un gentío salía y anunciaron nuestra entrada.  Cruzaba la ornamentada puerta principal cuando una voz me llamó por mi nombre:
“Reconozco esas zapatillas rojas de alguna parte, aunque no diré de donde…” pausó por un instante y me volteé.   “Gerbert, ¿eres tú?”

    Aquella tarde, puntualmente a las cuatro, comenzó el espectáculo en la Casa de la Opera de Sydney.  Pero Ana Paola y yo no le prestamos mucha atención a la Primera  Sinfonía en C de Beethoven, ni al pasado, o al presente.  Platicamos, aquella tarde, de lo que había sido de nuestras vidas y, al finalizar el espectáculo, nos esperó el atardecer en la bahía a poca distancia de allí.  De camino al mar, nos hallamos a la sombra de algún monumento arquitectónico, y Ana Paola confesó querer darme un beso.  Pero no la besé;  y aguanté mis deseos, como llevaba haciendo desde aquel miércoles a las cuatro en el jardín de niños.  Aguanté hasta que nuestros pasos tocaron la arena, y nuestras manos se encontraron.   Y fue allí, frente aquel mar violento, frente a una inmensa fogata que tostaba nuestros cuerpos bajo la luna, y con la que celebraban quemando flores el final del otoño, cuando nuestros labios, ansiosos y accidentados, por primera vez se encontraron.


Texto por: Rocco Velez
Sitio del autor, aquí


martes, 22 de mayo de 2012

No temo a la tormenta, temo al Sol.


Después del incidente de Martin Petrozza, y de mi regreso a México D.F., nadie habló más del asunto. Llegué desde Potenza porque Petrozza había intentado suicidarse.

 El ambiente en México fue de nostalgia y de tristeza las dos primeras semanas, en las que todos hablamos del estado mental y emocional de nuestro compañero, a sus espaldas. Salmoneo fue el más preocupado, y el más interesado en develar el misterio de la mente de un suicida. Tenía la teoría de que Petrozza había hecho lo que hizo por un motivo más mezquino que el resquebrajamiento de la realidad. O que al menos, un motivo más mezquino había detonado dicho resquebrajamiento. Lo que era yo, sencillamente no entendía. Aunque podía pensar en Petrozza quitándose la vida, no podía creer que fuese cierto, y que en realidad lo había hecho. La idea del suicidio no me es ajena, creo que a ninguno, pero una cosa es pensarlo y otra actuar. No me imagino siquiera sintiendo lo que se siente pasar por la boca la dosis de pastillas que ingirió Petrozza.

 Cuando lo hablamos con él, no quiso cooperar. Hacía chistes y se expresaba desinteresado. Decía que lo único por lo que no recomendaba hacerlo es porque se tiene que cagar sangre. Las pastillas le abrieron el estómago por dentro, y los intestinos. Literalmente cagué sangre, dijo. También nos contó que sangró por la boca al vomitar, y que se lastimó la laringe al quitarse las mangueras que le metieron en el hospital, con las manos. Hacía del caso un espectáculo. Nos contó la escena más grotesca que le he oído a cualquiera: se estriñó y tuvo que sacarse la mierda con las manos. Fue como abortar, dijo. El ano le dolió alrededor de ocho días y tuvo que usar supositorios para defecar. Pero de motivos no logramos sacar algo concreto.

 Luego, la llama de la curiosidad fue menguando. Muy probablemente porque nadie quería enfrentarse al hecho. El mismo Petrozza no dijo mucho. Si le preguntabas, bromeaba. Así es él, se toma todo a broma, incluso la vida. Lo escuché decir varias veces que le daba lo mismo estar vivo que muerto; que si le dijeran que mañana morirá, no haría algo especial. Incluso, decía, lo tomaría a bien. Es melancólico. Prefiere la muerte a la vida, aunque ame estar vivo.

 La idea de desnudarse ante alguien no es cosa que agrade a las personas. Eso lo que pensaba cuando miraba a Petrozza reír y bromear respecto a su muerte. Me decía que aquello era el disfraz con el que cubría su verdadero miedo, o su verdadera angustia. Sin embargo, cuando hablé con él a solas, dijo que no era verdad. Fumaba y expulsaba el humo de su cigarrillo, y me miraba con esos ojos suyos que son el símbolo de la sinceridad. Siempre lo recordaré fumando y mirando de ese modo, pensaba mientras le escuchaba decir que todos esperan que haya un motivo misterioso en el acto de quitarse la vida, pero que en realidad, ese acto es como cualquier otro, casi como conducir o rascarse la espalda. Como estornudar, o como quitarse una lagaña. Se hace en automático, sin pensar. Con la diferencia que el suicidio es cosa que sólo se puede hacer una vez en la vida. No pude sacarlo de allí, y hasta llegué a pensar que todo ello era verdad. Es decir, que para Petrozza la vida era tan vana como un cáchuate y quitarsela  le importaba tan poco como mantenerla.

 2

Fue hasta casi un mes después, cuando estando yo en Ottawa, que recibí la información que me hizo darme cuenta de dos cosas: primero, que la vida para Petrozza era más conflictiva de lo que él mismo aceptaba; y de que aún sentía por mí lo suficiente para confesármelo. Esto sucedió más o menos así:

 Mi recién matrimonio con Scott F. significó lo que debía significar: tiempo suficiente para escribir sin preocuparme de la manutención de mi persona, y sin salir de la vida a la que estaba acostumbrada. Incluso, podría decirse que económicamente mi vida mejoró. Ahora tenía al servicio de mis deseos (y de mis caprichos) dos chequeras en blanco: mi padre y mi marido. Además, podía contar con la ayuda de mi suegro, que aunque poco afectivo, era muy dado al cuidado de su imagen. Y en general, toda la familia de Scott se desvivía por halagarnos y por comprar una buena opinión de nosotros sobre ellos. Nos pagaban viajes a todos lados con tal que una vez llegados con el anfitrión, dijéramos que tal persona nos envió, y le diésemos saludos de su parte.

 Así, en poco tiempo de haber llegado a México, tuve que partir de nuevo. Me despedí de mis amigos, excepto de Guillermo, que no pudo ir a despedirme al aeropuerto. Petrozza llegó al último, después de Salmoneo que me esperó desde temprano. También estaba Scott, por supuesto, y algunos amigos suyos. No fue una despedida de ensueño, apenas un par de adioses y un abrazo. Y Petrozza prometiéndome escribir correos como respuesta a mi petición de ello. Dijo que lo haría, que no me preocupase, y que viviera la vida. Cuántas veces le había escuchado decirme aquello: vive la vida, Pinciotti. Era su manera de decirme que yo era libre, y que él lo era también.

3

El primer correo electrónico que envió fue corto pero concreto. Dejaba ver que Petrozza sí tenía un conflicto interno. Escribió un poema, contrario a su necedad de no hacerlo. Transcribo aquí:

 No temo a la tormenta 

porque después de la tormenta sale el Sol. 

Temo al Sol. 
Porque después del Sol 
viene la tormenta; 
en sucesión interminable de soles y tormentas. 
Esto es la vida. 
Y los soles son efímeros, 
y las tormentas son reales. 
Y las tormentas pueden durar años, 
y los soles solo un sol. 


 Esto fue todo lo que escribió, no anotó alguna explicación o saludo. Ni siquiera escribió algo en el renglón de Asunto. Todo lo que obtuve a su promesa de escribirme fue un lamento poético sobre la crueldad de la vida, del existir humano, y de lo efímero de la felicidad y la alegría. A ello, yo contesté que estuviese tranquilo, que podía contar conmigo y que si en algo podía extender la duración de sus soles, lo haría.

 No pasaron muchos días cuando volví a saber de él. Otra vez, mediante un correo electrónico. Y una vez más, rayaba en el patetismo. No firmaba sus poemas, no hablaba sobre ellos, ni decía otra cosa que los versos que supuse escribía a la luz de la luna, frente al ordenador. Todos los correos estaban fechados a altas horas de la madrugada. Por ejemplo, éste lo había escrito (al menos enviado) a las 3:52 a.m., y decía así:

  A todos lados donde voy encuentro un adversario.
Alguno que quiere ser atendido primero,
pasar primero,
ocupar un lugar antes que yo.

Alguno que lucha por el mismo puesto,
que toca los mismos pitos y se piensa mejor.
Alguno dispuesto a quitarme el pan de la boca;
a ofrecer mi vida a cambio de la suya;
de trucar mi libertad en pro de la suya.

Alguno capaz de callar mi voz con tal de lanzar un graznido él.

A todos lados donde voy encuentro un adversario.
Incluso entre los amigos.
El honor, el orgullo, pueden poner a dos amigos a pelear.
La envidia, la ambición, los sueños prometidos
hacen traicionero al más fiel de los lacayos.
Una herencia puede separar a dos hermanos.
Una mujer, Dios santo, basta para hacer arder a Troya. 

A todos lados donde voy encuentro un adversario.
La vida es una guerra sin tregua
y se muere con las armas en las manos. 


4

La vida de casada deja poco tiempo, sobre todo cuando es tan movida como la que yo estaba viviendo, para pensar en otra cosa que no sea una misma. Sin embargo, los poemas de Petrozza me hacían pensar en él gran parte del tiempo. Primero por tratarse de un amigo, de un ser querido, claro; y luego porque en ellos estaba impresa la huella de la lucha constante del hombre por sobrevivir. Una huella de la que nadie está exento, y que incluso yo, en el estado donde me encontraba; estado que algunos consideran: opulencia, reconocía con todos mis sentidos. Yo misma estaba luchando una lucha por sobrevivir, por ser quien soy. Todo el tiempo. Sin tregua. En cada acción, en cada palabra y en cada respirar, Verónica Pinciotti salía del huevo que le impedía ser ella misma. La pregunta clave, el pilar de la melancolía a la que me sumergían los poemas de Petrozza (independientemente de su valor literario) era la pregunta: ¿para qué?

5

Me di a la tarea de responder a mi amigo en una carta larga, todo lo que yo sentía por él, cosa que aquí pudo resumir en una palabra: fraternidad. Además, le expuse las razones del llanto que llegó a arrancarme leerlo sabiéndolo sincero en cada verso, y al borde (siempre uno está al borde) de un suicidio. Pero esta vez no sentía compasión por él, sino admiración. Comprendí mejor los motivos secretos de Petrozza para darse muerte a sí mismo. Quitarse la vida es aceptar que lo has descubierto: nada tiene sentido. Petrozza llevaba unos buenos años sabiéndolo, experimentando en carne propia el absurdo de vivir. No tenía nada, y al mismo tiempo, lo tenía todo. ¿Para qué?, se convirtió en la pregunta maldita que regía mi existencia. Viajar a Potenza, visitar Ottawa, casarme, comprar zapatos, usar perfume, buscar la fama, escribir… ¿para qué? Podía renunciar a ello y cambiar… pero… ¿para qué? La pregunta se te estampa a cada vuelta. Es como estar atrapado en una jaula invisible. No importa a donde vires, siempre está la pregunta, la barrera, el sinsentido que detiene tus pasos.

 Como respuesta a mi longitudinal carta, recibí un texto en prosa, pero no una respuesta. No del modo tradicional. A primera vista lo escrito por Petrozza no era una contestación, porque no tenía algo que ver con mis palabras. Lo que recibí, fue lo siguiente:

 No importa cuánto me esfuerze. No importa si todo parece ir bien. Incluso en mis mejores momentos, cometo errores.

 No importa si yo perdono al que me ofende, o si pongo la mejilla otra… Sobre todo cuando perdono y cuando cedo es cuando cometo más errores. Mis errores, posiblemente, son el creer que puedo no equivocarme. La fe de hacer las cosas de la mejor manera posible, es la misma fe que me hace tropezar. Mi error es pensar que todo puede salir bien en un mundo donde todo está mal. Donde nacer es un accidente, el pero que te puede pasar. Donde se nace con el veneno maldito del pecado, y no hay algo para remediarlo. ¿Cómo mantenerse limpio, en un mundo de mierda? Yo mismo soy mierda, y sin embargo, me pienso rey.

 Mi error es pensar, aunque sea por un instante, que soy capaz de arreglar las cosas. Clavo los clavos en el arco de las cosas. Serrucho los pilares del equilibrio, pensándolos estorbo. Porque soy ciego. No soy capaz de ver el hoyo en el que me caigo. Y una vez caído, no soy capaz de ver la soga de mi rescate.

 A pesar de ello, guardo la esperanza de salir adelante, incluso cuando todos han perdido la fe en mí. Allí radica mi estupidez. Y allí radia mi genio.

 La fe y la esperanza jamás han salvado a alguien. Mantenemos la fe en Dios cuando Dios se ha olvidado de nosotros. Creemos en las personas, cuando las personas han dejado de creer en sí mismas. Y dejamos de creer cuando creer es todo lo que nos queda.

 Si me dieran otra oportunidad, la desaprovecharía. Principalmente porque soy tonto. ¿Pero quién no lo es? Llevo en la sangre el virus de la mediocridad. Fui engendrado por una mujer que desciende del pecado original. Mi alma está manchada y yo soy suciedad. No importa cuánto luche por llegar a ser pureza… no importa cuánto luche, y sin embargo, lucho… empujo la piedra hasta la cima, solo para verla caer, y empujar de nuevo. Es absurdo, pero al mismo tiempo, es lo mejor que podemos hacer.

 Si existe un camino a la luz, es un camino cerrado a mi persona. Que vuele el que tenga alas; yo cavaré mi pozo.

 Una vez más, Petrozza estaba cambiando mi manera de ver la vida. Todo el glamur que yo buscaba se me antojó poco luego de leer sus cartas una y otra vez. Incluso llegué a sentirme perdida en un inmenso mar, y más sola que nunca estando en Ottawa y Petrozza en la capital de México. 


Related Posts with Thumbnails

Derechos reservados.

Todos los textos de este sitio son de la autoría de quien los firma y están debidamente protegidos bajo la Ley Federal del Derecho de Autor. Para su reproducción total o parcial, favor de contactarse a: redaccion@whiskyenlasrocas.com