jueves, 26 de abril de 2012

Hoy soy ramera. Hoy soy la pera.


Nunca pertenecí a la sociedad binaria en la que mis padres quisieron educarme. Mis tendencias de cualquier tipo pronto se desviaron en todas direcciones. Siempre me pareció ridículo pertenecer a algún género y de tanto despreciarlos terminé por ridiculizarlos y después por transgredirlos hasta los límites de mi imaginación. No tengo vagina. No tengo pene. Soy variable y muto a mi antojo.  No estoy limitada por mis matices. Me llamo Gina y soy la pera.

El martes pasado salí de casa ya de noche. Me había dejado crecer las uñas hasta el infinito, las pinté con jeroglíficos,  salí con exageradas pestañas rizadas y con un rostro cuadrangularizado obtenido después de una sesión intensiva de testogel. Iba disfrazada de hombre que se disfraza de mujer.  Iba disfrazada de protoser. El martes no tenía preferencias sexuales y tanto el género masculino como el femenino me parecían ridículos y transgredibles.  Fui a una fiesta en la que nadie me conocía con mi mensaje queer en forma de botas de plataforma y rímel desproporcionado, corpiño de cuero y pezones postizos de Gaultier. Hice fotos de mi misma rodeado de otros bioseres definidos por sus hormonas.  A veces era un rabo, otras un conejito. Bebí. Bailé. Bailé una danza sexualmente progresista con coreografía de mi invención. Y terminé haciendo el mismo sexo que hubiese podido hacer tanto con un hombre como con una mujer. No quiero ser blanca ni negra.  No quiero estar arriba. No quiero estar abajo. Hoy soy ramera. Hoy soy la pera.

II

Trabajo como secretaria en una empresa de transportes de artículos de lujo como joyas, cuadros o hasta de cocaina si es necesario.  Llevo bolso de imitación Prada y chaqueta de imitación Chanel. Me perfumo con Opium durante el día y hago un café de puta madre y, como una buena niña, sonrío siempre a mis jefes cuando se lo dejo encima de la mesa en sus salas de reuniones. Escribo cartas, llevo la agenda y las citas de mis jefes con eficiencia, reservo habitaciones de hotel  en las Caimán y vuelos en bussiness, compro regalos secretos a las amantes de mis jefes  y hasta me he hecho amiga de las rameras de mil la hora que hay en la ciudad: admiro su valentía. Yo también tomaría la misma elección profesional ante la alternativa del ama de casa cuidadora de bebés. Gano una cantidad ridícula de dinero pero tengo mis propias fuentes de ingresos. Durante el tiempo que paso en la oficina el tipo de sexo que practico es el de género: represento con pícara ingenuidad e inocencia mi papel social con mis faldas hasta la rodilla y los  tampax que guardo en el cajón del escritorio y que alguna vez dejo entrever. Pero hay otros tipos de sexos en mi vida. En realidad, siempre estamos practicando el sexo. Cuando entro en el despacho de mi director observo su pluma Montblanc tan masculina o su fabulosa corbata de Hermes.  Huele a Armani  y sobre la mesa tiene una foto de su pequeña familia con una mujer a la que yo misma me tiraría sin dudarlo hasta que se le saliese el cerebro derretido por las orejas:  con el dildo soy una verdadera artista. Y es que para mí el sexo no es hereditario, es electivo y yo me limito a hacer elecciones de objetos sin prejuicios. Para mí, la mano, es el órgano sexual por excelencia.

III

Vivo y siento. Soy algo que aún no se sabe lo que es y quizás convenga que no se sepa aún porque no están preparados. Vivir públicamente como gay o lesbiana es un lujo que pocos y pocas pueden permitirse y que debería ser común en una sociedad plenamente democrática. Pero no lo es así que no me descubriré. Ya no quedan hombres. Ya no quedan mujeres. Sólo gilipollas. Y  todo lo que no encaja entre los hombres,  las mujeres o los gays es lo que soy yo. Cuando salgo de mi despacho puntualmente, mi espíritu proteico y cambiante me hace ser lo que yo quiero  en cada momento. La oficina es mi tapadera. Mis tetas son mi tapadera. Mi pareja es mi tapadera. Y yo… soy la pera.

IV

Camino agarrada del brazo de mi novio-tapadera con un vestido largo hasta los pies. Llevo colgantes, anillos y pendientes y muestro las tetas que hay dentro de mi vestido de escote vertiginoso. Brillo. Reluzco como un diamante. Ahora soy la chica perfecta y la pareja perfecta. En el restaurant el camarero me retira la silla, mi novio-tapadera espera que me siente y yo sonrío con fingida complacencia. Me besa la mano como si fuese de porcelana, ignorando en los lugares que ha estado y los objetos que ha sostenido. Le sonrío yo también a él mientras por el rabillo de un ojo miro el paquete del metre y con el otro los pezones de la rubia de la mesa de al lado. A los dos me los follaría. Él me pregunta por mis pensamientos y eso me hace encontrarlo aún más ridículo porque mis pensamientos para él serían un algoritmo indescifrable. Creo que, por su forma de agarrarme la mano está enamorado de mí y querrá tarde o temprano plantearme cosas. Llevamos un año juntos y  sus padres me han adoptado como a una hija, como a la hija que nunca tuvieron.  Frecuentemente tomamos café y pastitas, yo la ayudo a ella con los rulos y el secador y en verano me invitan a su barquito y yo tomo daikiris mientras mi novio-tapadera hace sky acuático con sus amigos y sus músculos hipertrofiados. El Mediterráneo y sus acantilados cretenses relucen al sol y yo parezco una nínfula feliz. Pero cuando anochece, cuando las luces se apagan salgo en secreto a bailar mi danza progresista entre luces y drogas de diseño, entre sujetadores voladores, maricones lesbianas y gays sin cualificar. Y en medio, mi ritual salvaje que termina sistemáticamente en algún lugar y con algún bioser dentro de mí o yo dentro de él, dependiendo del número de orificios sexuales disponibles.

V

Waldo había conocido a Gina en una reunión del grupo Eskalérida Karakólida. Ella llevaba vaqueros ajustados y el pelo anudado sobre la coronilla en un moño ingrávido que le recordaba al de las geishas japonesas o al de la princesa Leia en la Guerra de las Galaxias antes de ser besada por Han Solo. Su sencilla sofisticación lo enloqueció en el acto. Waldo se enamoró de Gina y ella, cuando todo hubo terminado meses después, tuvo que admitir introspectivamente haber sentido por momentos emociones hasta ahora desconocidas para su corazón.  Y en medio de todo aquello, se abrió un mundo de intensas guerras dialécticas basados en los silencios, en el lenguaje corporal  y de sexo sin tregua, de momentos de angustia y de apariciones y desapariciones sobrevenidas, de insoportables incertidumbres, de perdones y de rencores y de tiernos momentos en los que todo parecía normalidad cuando la normalidad entre ellos era lo menos normal que poseían. Fue Gina la que besó a Waldo aquella primera noche. Se le acercó y le dio en los labios el más intenso de los pequeños besos que se pueden dar: se reservaba los demás porque inmediatamente lo etiquetó de ser sensible. Luego lo agarró y lo sacó a bailar y, una vez más, lo volvió a besar mientras le pasaba las manos por la cintura, las nalgas y los muslos. Él le sonreía para superar el pánico y ella bamboleaba lentísimamente su pelvis circular. Esta vez su danza progresista había adquirido un ademán cadencioso, de cámara super lenta e hipnótica. Y Waldo cayó hipnotizado y no pudo evitar seguir hipnotizado meses después mientras descubría la realidad de Gina, todas las vidas que Gina vivía sólo con el objetivo de transgredirlas. Pero en aquellos momentos, mientras ella bailaba para él, le acercó su boca al oído y le susurró entre la música: eres la pera. Ella sonrió mientras mojaba la sus labios con la lengua. Ya lo sé. Le contestó.

VI

Gina desaparecía y aparecía caprichosamente de la vida de Waldo. Él no entendía muy bien qué hacía Gina cuando no estaba a su lado, dónde iba, con quién hablaba, qué comía o qué leía. Si estaba constipada o si hacía macramé. Waldo luchaba contra aquellas incertidumbres, contra aquel desconocimiento de Gina y sus actividades porque realmente, Gina nunca hablaba de sí misma. Daba la impresión de que realmente había cambiado de siglo mientras los demás aún no se habían decidido a hacerlo, de que dudaban en adentrarse en esa postmodernidad en la que Gina ya se sentía tan cómoda.  Ella normalmente lo sorprendía en cada encuentro con un juego nuevo, con una nueva lección que le hacía aprender y que lo hacía sentir como un párvulo, a él, que durante toda su vida se las había dado de gran conquistador. Así no, le decía. Cuando me pasas la boca por mi sexo tu lengua debe moverse como si fuesen alas de mariposa a ratos, o de colibrí en otros ratos. Yo te marcaré los ritmos. Todo esto hacía sentir como un idiota a Waldo, que se esmeraba en complacerla pero que, sobre todo, se esmeraba en no parecer lo enfermo e infantil que se sentía a su lado. Luego ella se vestía y se marchaba lanzándole un beso desde la puerta, dejándolo  desnudo sobre la cama. Eso era en los días en que la veía en uno de sus siempre impredecibles encuentros. Los días en que ella desaparecía,  Waldo, por las noches sentado en su banqueta de cocina, intentaba concentrarse y acodado sobre una mesa como si fuese la barra de cualquier bar, bebía unas copas y  fumaba  un cigarro tras otro mientras intentaba escribir la novela de su vida.  En ocasiones su amigo Fiodor aparecía por casa y conversaban y bebían hasta quedarse dormidos. Waldo le hablaba a Fiodor de Gina y del estado de idiotez en el que ella lograba sumirlo. Hay ocasiones en que intento provocarla, enfadarla con algún comentario sobre su manera de moverse o sobre su propio cuerpo,  algún defecto que realmente no tiene, intento provocar alguna reacción pero jamás consigo nada. Quisiera que me escupiese entre los ojos o que me rompiese las pelotas a patadas pero nada.  Nunca logro que se enoje. Cuando le hablo así pareciera que lisa y llanamente estuviese sola en este cuartucho de mierda y que me considerase a mí y a mis provocaciones como… nada. Sin embargo ella, con cualquier cosa provoca en mí celos, ira, estupor… Un nuevo tatuaje, una postura que no habíamos practicado antes haciendo el amor… todo me desconcierta. De ahí mi idiotez. Fiodor se rellenaba su vasito de licor mientras miraba al vacío en el que Waldo iba cayendo, al despojo y al extravío en el que aquella mujer lo conducía. Muchacho, le contestaba Fiodor, que era el último vestigio del bolchevismo desaparecido, el último emigrante del extinto imperio rojo, un consejo te voy a dar: asesina a esa mujer. No hay buen escritor que no sea capaz de morir o de matar por una mujer. Y Waldo, en aquel momento era capaz de morir o de matar por Gina.

VII

Por supuesto que Gina no estaba enamorada de Waldo.

Por supuesto que Gina no estaba enamorada de su novio-tapadera con el cerebro en los bíceps ni de sus cuentas millonarias.

Gina estaba enamorada de su propia liberación y ese era el gran drama de Waldo. Esa era su posmoderna mala suerte. Gina era una mentirosa profesional y a partir de ahí todo le estaba permitido. Y a Waldo no le quedaba más remedio que verla bailar su danza progresista, de ser un espectador de la misma, como todos los demás, para luego, desde su apartamento-maleta, escribir como un simple cronista todo aquello que vivió. Se había convertido en el privilegiado elegido que narraría la historia de Gina o tal vez aquello no era más que otro de sus delirios. Quizás todo aquello no pasó o al menos no pasó como él lo pensó. Con Fiodor o sin Fiodor como compañero temporal de piso, Waldo, borracho ya, se puso a repasar  las notas garabateadas en su libreta y no encontró la forma en que el rompecabezas finalmente encajase. Suena el teléfono. ¿Dígame? ¿Dígame? Insiste y le vence la ansiedad que no le importa mostrar.  Cuelgan inmediatamente. Gina ya sabe que él está en casa. Pronto sonará el timbre de la puerta y ella entrará y se encontrará con su guerrero desnudo y entregado y preparado para escribir el siguiente capítulo de la crónica. La crónica de Gina.  ¿Y quién era él en esta historia? Él era un joven que pretendía publicar su primer libro y que ahora encontraba la fórmula para articular un capítulo de su vida en una novela, que ahora hallaba la estructura mágica en la que la vida y la ficción caminan juntas como muy pocas veces suelen hacerlo. Gina entró por la puerta como un huracán y sin mediar palabra le mordió el labio mientras le metía la mano por la bragueta. Se había cortado el pelo, llevaba pantalones, flequillo, corbata, zapatos de charol y un bigote postizo.

VIII

Pero una noche en la que Gina había desaparecido Waldo decidió salir y visitar los garitos de los más bajos fondos de la ciudad. Allí bebió duro mientras intentaba entablar conversación con cualquiera, con los camareros, con las niñas pijas endogámicas que huían de su aliento, con los taxistas y con los trapecistas con los que se cruzaba. Pero la ciudad era un agujero oscuro, un túnel con un nudo en uno de los extremos, un crucigrama de palabras desconocidas imposible de resolver. Aquella noche sin Gina la ciudad hablaba un idioma que no comprendía, como si fuese una película noruega sin subtítulos. Entró en otro garito más aprovechando la confusión del  portero, que discutía con otros dos borrachos. El lugar era siniestramente oscuro y las luces,  como relámpagos, hacían que los movimientos tuviesen un efecto entrecortado como de película en blanco y negro.  Waldo decidió subir al piso de arriba y ver el espectáculo desde lo alto. Se agarró a la barandilla para no tropezar con el primer escalón, que había que afrontar a ciegas pero cambió de opinión. Quería bajar al círculo central, la esfera donde todo parecía ocurrir y sentir el sudor de los demás salpicándole la cara. Entonces, en medio de la pista de baile un super ser se levantó como aparecido de más debajo de las memorias del subsuelo,  con movimientos sólo reproducibles oníricamente, salido de un sueño de tinieblas. Gina ejecutaba su danza progresista acompañada de bailarines improvisados que le acercaban sus penes silicónicos, le acariciaban sus pechos, la besaban como a una diosa. Waldo la vio y no puedo acercarse porque, detrás de aquel disfraz que ella llevaba él sabía que se ocultaba Gina, la Gina con la que había compartido momentos irrepetibles y a la que amaba definitivamente. Se mantuvo quieto mirándola, mirando su máscara de maquillaje esperpéntico y sus ojos ennegrecidos detrás. Y ella también lo vio. Lo vio de pie, a lo lejos, entre la muchedumbre que bailaba a su alrededor, maltrecho. Entonces lo que pasó fue terrible pero también fue raro. Waldo comenzó a caminar hacia ella como un Rashkolnikov, recordando el consejo de Fiodor. Caminó hacia ella con la determinación del asesino para estrangularla con sus propias manos, allí mismo, entre todos aquellos mamarrachos asexuados pero de pronto una marea de bioseres lo rodeo y convirtió su camino hacia ella en un laberinto  en el que Gina estaba muy al fondo y por más que caminaba más difícil era acercarse a ella, que ahora le sonreía y le decía ven. Los bioseres danzaban a su alrededor y Waldo se frotaba la cara, se frotaba la borrachera y comenzaba a estar mareado. Sentía escalofríos.  Tengo que ir al baño. Tengo que ir a mear y todos los bioseres parecían repetirle ve a mear y entonces comenzó a girar sobre sí mismo buscando una salida y seguía frotándose la cara y seguía frotándose la borrachera y cada vez era peor y los bioseres bailaban a su alrededor cada vez más deprisa y Gina le decía ven y, en medio de aquel torbellino Waldo cayó desplomado en medio de la sala de baile de aquel lugar y le pareció que alguien lo recogía del suelo, primero uno, luego varios y el vomitaba y el vómito le rodaba y era transportado por los aires a mundos mejores.

XIX

Entonces aquella noche soñó. Soñó que se le caían todos los dientes y se despertó de la borrachera vestido sobre su cama-tumba. Estaba excitado y se masturbó. Soy un maldito hijo de puta, se dijo. Lo soy y además idiota. Se levantó de la cama y se metió en la ducha. Allí permaneció un tiempo indefinible, dejando que el agua caliente le cayese en la frente y le rodase hasta los pies. Le dolía la espalda. Salió dela ducha, se vistió y bajó a la calle. Había salido el sol después de varios días de lluvia pero él ni siquiera se había dado cuenta de ello. No tenía resaca pero necesitaba un café largo. Comenzó a caminar y entró en el bar donde solía tomarlo. Allí estaba sentado Fiodor leyendo la prensa deportiva. Cuando lo vio entrar lo saludó sonriendo. Hola Fiodor. Le dijo. Anoche asesiné a Gina, como me aconsejaste. Póngame un café cargado, jefe. Y otro para mi amigo. 

XX

Quién dijo que la palabra escritor olía a zapatillas, a armarios con naftalina, a licor barato y a tabaco y a ropa interior sin cambiar. Los escritores sufren delante del  papel en blanco, son seres atormentados que parecen estar viviendo en un lugar fuera de ellos  mismos, angustiados por lo que los rodea porque su visión es convexa y retorcida. Quizás con esta visión fue con la que Waldo escribió su  historia con Gina meses después de que hubiese terminado y de que las los últimos ramos de flores que puntualmente ella le mandaba se hubiesen marchitado como cadáveres. Ahora Waldo se asoma a la ventana de su pequeño dormitorio del apartamento-maleta donde vivió aquel paréntesis existencial de su vida con Gina y, desde allí, ve la silueta de la ciudad a lo lejos, ese laberinto que Gina controla mejor que nadie y donde se desliza sigilosamente moviendo sus brazos y sus manos como si fuesen alas de mariposa o de colibrí.  

Él tiene un libro en la mano. El libro que tanto ansiaba escribir, aunque nunca imaginase que sería ese y quesería así: un libro con la historia de Gina y con su propia historia y espera que ella, esté donde esté, pase una página de ese libro, al menos una, pero que sea una importante.


miércoles, 25 de abril de 2012

Indecisión.



La indecisión. Si tuviese que culpar a alguien o algo, culparía a la maldita indecisión. Aunque sería injusto, pues ella, la indecisión, ¿qué culpa tiene si es Estela la que gobierna? Es Estela la que puede acabar con la indecisión. ¿Cómo? Pues decidiendo.

 No te pido que decidas por mí, que decidas amarme, le dije, sólo te pido que de una buena vez, decidas algo. Dame vida o dame muerte, pero no me dejes pendiendo del hilo de tu telaraña. Estela se ofendió. Dijo que yo entendía poco. Pero lo dudo. La que no entiende es ella, pensé. Por primera vez se me antojó pequeña. Quizá Petrozza tenga razón, es boba. No puede ser tajante en sus decisiones, no puede decir: haré esto, y hacerlo. No puede decidir: lo amaré, y amarme. En todo caso, tampoco puede decidir matarme, y darme muerte.  Primero se ennovió conmigo y luego me dejó. Pasada una semana, Dios. Sin embargo, volvió. Dijo extrañarme y pidió perdón. No nos ennoviamos pero se disculpó.

 Ahora le he pedido ser mi novia y ha dicho que no; no puede. Otra vez pide perdón, pero por la causa contraria a la anterior. Estoy harto, no puedo más. Al mismo tiempo, no cedo. No desisto, no pierdo la fe. Quisiera decirle que puede irse, que ya no la quiero. No puedo hacerlo; sería como tragar veneno.

 2

No, no ha dicho que no, dije a Petrozza que fumaba un cigarrillo y bebía una cerveza en la Selva. Yo estaba frente a él pero no fumaba ni bebía. Apenas podía contener las lágrimas. Pero tampoco ha dicho que sí, agregué. Petrozza dio un trago a la cerveza, lucía como siempre: tranquilo, sin preocupación de algo. No puedo creer que viva así, como el que más, no teniendo un peso de ingresos ni siendo guapo o famoso. No debes joderte la vida por eso, Salmoneo, me dijo. El problema es suyo y de nadie más. Es boba, y no hay algo que tú puedas hacer para remediarlo. Si fuera inteligente sabría controlar sus emociones y no haría los disparates que hace, joder. Olvídala, es mi consejo. No llegarás a ningún lado con una mujer así. Hacen falta pantalones para el amor, y ella no los tiene. Tú sí, tío, así que búscate una mujer que esté a la altura de tus cojones.

 Una mujer a la altura de mis cojones. Yo estaba dispuesto a amarla, a entregarle mi alama, a darle mi vida. Y ella… ella no podía hacer lo mismo. Quería… pero de poder, nada. Lo mismo sentía por mí amor que no, todo cambiando de un día para otro. Si al menos fuese fuerte tomaría una decisión y se aferraría a ella. Incluso el más fuerte a veces pierde la noción. Sin embargo, no cede. No se deja llevar y no actúa como Estela, haciendo teatros de Romeo Julieta un día, y de Wanda al otro.

 Te ama, no te ama, te ama, no te ama…, exclamó Petrozza en tono de burla. Luego dijo: a la mierda con esa mujer, tío, búscate una que te ame con pasión y que no tenga miedo de quererte, de follarte y de darte su vida y su alma como entregas tú la tuya. Una que beba de tu sangre, lo mismo que de tu alma. Que se amalgame a ti como el mercurio a la plata.

 Tomé un cigarrillo de la mesa. Petrozza los había vaciado todos. Siempre era así, le gustaba coger las cajas y vaciarlas a la mesa, para que todos pudieran coger a gusto. No importa si la caja era nueva, no duraban nunca lo largo de una charla. Lo encendí. Lancé el humo de la primera bocanada y asentí con la cabeza. Dije que tenía razón, no podía seguir así. Debía hablar con Estela y pedirle resolución. No escuchas, dijo Petrozza, no debes hablar con ella. Debes dejarla ir. Es más, dijo, quizá así regrese a ti. Quizá dejándola se dé cuenta que te ama y ya no debata en su cabeza. Imposible, dije. Luego me arrepentí. No podía pensar en olvidarla, en dejarla partir. Un día sin saber de ella podía dolerme demasiado. Saber que no me quería era doloroso, verla partir sería doloroso, pero alejarme yo… imposible. Venga, tío, dijo, estás tirando perlas a los cerdos. Le estás dando tu alma a una que no vale un centavo. Será guapa, pero por dentro, corriente. No es capaz de mirar al macho que tiene en frente. Yo sé que sí ella acepta, tendría Salmoneo para siempre. Es lástima pero no se puede decir lo mismo de ella.

 Alcé la mano y me pedí una cerveza, total, esto iría para largo. Hablar de mujeres es contar la sal: nunca acabaremos.

 Pongamos que Estela te da el sí, comenzó Petrozza a especular. Pongamos que te la follas un par de veces y son felices. Dime, ¿qué harás si luego de aquello decide partir? Y es muy probable que suceda. Antes de que yo respondiera, él continúo: entiende, si te da el sí y te la follas… joder, si hoy que no lo has hecho lloras, luego de probar las mieles de la gloria (porque lo que sí es que Estela es un bombón)… Entiendo, entiendo, interrumpí. Nunca me gustó escuchar a Petrozza hablar de sexo. No cuando lo hacía de mí o de mis novias. Le quitaba todo el sentimiento. No podía comprender que él follase y amase al mismo tiempo. Me parecía muy frío para hacerlo. Si le preguntabas qué es el amor, salía con una teoría de la química en el cuerpo. Juraba poder enamorarse y desenamorase a voluntad y en poco tiempo.

 El caso es que no tengo valor, dije, quizá Estela y yo sí somos del mismo acero. Es probable que me queje de ella cuando yo mismo no puedo ser tajante y decidir. No puedo decir me voy, e irme. Es porque no quiero, ¿o por que no puedo? Ya, dijo Petrozza, puede ser cierto. Probablemente ambos quieran amarse pero no se atrevan a hacerlo. Incluso tú, es posible, que no te atrevas a hacerlo. Que la alejes. Que te sabotees con el pensamiento. Es probable que goces en la incertidumbre de este cuento. Posiblemente, el culpable eres tú.

 Vaya, ahora resulta que yo tengo la culpa, pensé. Di un trago a la cerveza, estaba fría. Le puse limón y medité. Es posible que yo no sepa cómo montar a esa yegua. Si no puede decidir amarme es por que no le he dado motivos. Motivos con la fuerza suficiente para no dudar. Soy blando. La amo, pero no canto al pie de su ventana. No me entrego con la pasión que le reclamo. No soy capaz de tomarla y darle un beso, de decirle eres mías, entiéndelo. A las mujeres les gusta así. Un hombre seguro. Si ella dice no, yo no repelo. Le doy su lugar. La respeto. Es mi forma de decirle que la quiero, pero ella no lo ve. En este momento otro hombre podría llegar. Uno que le hiciera ver su suerte, y engancharla. Uno que no le pidiera amor, que se lo arrebatara. Con mucha pasión.

 Petrozza ordenó una cerveza más. Eran más de las que podía pagar. Comencé a hacer cuentas porque sabía que al final yo tendría que correr con los gastos. Era el precio de escucharlo, de hablar con él, de ser su amigo. Él mismo me había comprado trago cuando yo no tenía un centavo. Ahora tengo trabajo, es mi turno de ayudar.

 Vale dije, pues no lo sé, no sé qué estoy haciendo mal. Petrozza me miró a los ojos, buscaba la descompostura en las ventanas de mi alma. Me miró un par de segundos, luego echó el humo de la bocanada, y tardó dos segundos más en comentar: nos vamos por Estela. ¿Cómo?, pregunté incrédulo. Sabía que Petrozza era así, aventurado, entregado, pasional. Aún así no lo podía creer. Estábamos en Tlalpan y Estela vivía en el Estado de México. Eran las cinco de la tarde de un sábado cualquiera, y Estela no quería saber de mí. Había pedido tiempo. Que nos vamos a por Estela, joder, repitió Petrozza, porque ya estoy harto de escuchar de ella. O todo o nada, le dirás, y que decida ya. No sé, dije… no me parece buena idea… Petrozza aplastó la colilla de su cigarrillo y con mucha energía se levantó. Ordenó la cuenta y cuando llegó hizo que yo la pagara. No era mucho, ni trescientos pesos.

3

Abordamos un pesero en Periférico y nos sentamos. Tuvimos la suerte de ir sentados. Hasta Cuatro Caminos.

 Durante el trayecto Petrozza me contó sobre el funcionamiento de la mente, y los actos psicomágicos. Dijo que nosotros, que yo, haría un acto psicomágico presentándome ante Estela repentinamente y señalándola con la espada de mi pasión, exigiéndole una resolución inmediata. Estela es una mujer que no está acostumbrada a nada fuera de lo común y de lo normal. Nadie la ha sacado de su cotidianidad. Esto será para ella como un golpe. Un porrazo al inconsciente.

 Yo asentía con la cabeza. Estaba nervioso. Sobre todo por tener que golpear a Estela en el inconsciente. Me decía a mí mismos que debía haber otra manera. Más pacífica y menos contundente. ¿No era mejor esperar?, ¿dar el tiempo que pide y ella sola llegará?

 Petrozza hablaba aceleradamente. Lucía como el actor principal de este psicodrama. Daba la impresión de que era él el que se presentaría ante la mujer amada y blandiría frente a ella la espada, flamígera, de la verdad. O de la estupidez. Algo dentro de mí decía que esto era ilógico, estúpido. Que Estela podría decir si lo pones así, entonces debo decir que no. Pero Petrozza no temía al no. Tampoco deseaba el sí. Para él, el simple hecho de actuar valía. No importa qué respuesta obtengas, me dijo, lo importante es que lo sepa: que tú no estás para pendejadas. Que si te acepta, es para ya no partir, para quedarse contigo. Y si se niega, es para siempre. No hay vuelta atrás.

 Lo decía con cierto orgullo. A mí no me hacía bien. Temía la respuesta negativa. Si no cedía, yo estaba dispuesto a esperar. Pero Petrozza no opinaba igual. Si no cedía, debía alejarme yo, para siempre.

 Un hombre debe tener cojones, Salmoneo, ¿me escuchas?, ¡cojones! Debe ser capaz de amar o de olvidar según convenga a su mente. No puede sufrir por amor, porque eso es cosa de mujeres. Un hombre debe dominar su inconsciente, saber cuándo, dónde y cómo. No andar del tingo al tango como Estela, que no sabe ni qué pasa por su cabeza. No sabe dar crédito a lo bueno de ti, ni sabe valorar un alma noble. No sabe ni cómo se llama, ni lo que pasa dentro de sí. No es capaz de controlar sus emociones.

 Controlar sus emociones, santo Dios, y me lo dice el mismo que sentado en la Selva, tranquilo, corre a la pelea. No me lo creo, pensé. Que estemos aquí, en este camión y camino a casa de Estela Palafox. Si me dieran tiempo de pensar, regreso. ¿Qué es esto que voy a hacer?, ¿confrontar los sentimientos de una bella mujer?, ¿y todo por qué?, porque tengo la desgracia de ser amigo de la pasión encarnada.

 Petrozza se calló un momento y yo lo agradecí. Tuve tiempo de pensar. Pero a los pocos minutos volvió a hablar. Dijo: ¿tienes dónde apuntar? Primero no lo comprendí y luego dije que sí. Acto seguido, saqué papel y lápiz y le pedí cuentas. Escribe, dijo, un poema. ¿Un poema?, pregunté. Sí, joder, un poema, respondió. ¿Un poema, ahora?, pregunté incrédulo. Venga, dijo, un poema, tú eres poeta, ¿qué no? Sí, sí, dije, pero… Ya, dijo, pues haz lo tuyo. Escribe un condenado poema de amor… por si la cosa se pone dura. ¿Por si la cosa se pone dura?, pregunté. Ya, dijo, siempre es bueno tener un plan alterativo de acción. Si ves que Estela no va a ceder, le das el maldito poema. Eso calmara su irá y si no logras arrancarle el sí, al menos tampoco tendrás que dejarla enfadada contigo por el resto de sus días.

 No dije más. Cogí el lápiz y me dispuse a escribir. Esto me daba ánimo. Dejaba ver que Petrozza no estaba tan loco como parecía. Un plan alternativo de acción, qué cosa. Yo hubiese propuesto la alternativa de volver al café La Selva y beber con dignidad, antes de perderla toda haciendo estos dramas.

 No pude escribir demasiado. Estaba nervioso y acongojado. Me reclamaba ceder ante las ideas mi amigo, y al mismo tiempo, de no tener ideas por mí mismo. De no ser tajante. Fuerte. Decidido. Si al menos este plan hubiese salido de mi cerebro y no del suyo… si uno comete un error propio es menos doloroso que cometerlo por idea de otro.

 Para colmo de mis pesares, Petrozza dijo: no escribas como sueles escribir tú, escribe como si fueses otro. Neruda, quizá. A las mujeres les gusta ese discurso poco masculino. Ya sabes, poemas de amor y tristeza. Das y quitas. Amas pero sufres. Sí, sí, dije, entiendo. Ahora resulta que no debo ser yo, pensé. No debo pensar como yo, ni actuar como yo, ni escribir como yo. ¿Es que acaso Estela no se ennoviará conmigo?

 Cogí el lápiz y escribí. Dos versos. Pero los borré de inmediato, eran demasiado míos. Empecé de nuevo, esta vez tratando de no ser yo. Escribí: puedo escribir los versos más tristes esta noche. Borré de nuevo, me había pasado.

 También puedes poner algo sobre una mariposa, dijo Petrozza al tiempo que miraba por la ventana. A las mujeres les gustan las mariposas, agregó. O una flor, habla de flores. Tienen el cerebro floreado. Lo mismo puede ser la Luna, nunca falla. Habla de la noche, las estrellas y la luna. Ya sabes, melancólico pero romántico. No fatídico, no les gusta. A ninguna le agrada la idea de un hombre fatídico y extremista. Mejor pones mariposas, esas cosa les encantan. A ver, escribe: Estela, bella flor, plataforma de mariposas y dueña de mi amor. Joder, ¡eso! ¿Lo apuntaste? Deja ese verso y te sigues sobre la misma línea. No olvides la Luna y la marea.
 Vale dije, ¿por qué no escribes tú el poema, te plantas tú frente a ella y le dices por mí que la amas? Lo dije indignado. Petrozza estaba haciendo por mí más de la cuenta. Me miró sorprendido y muy callado. Dijo, vale. Y no habló más en lo que llegamos… 


FALLO DE: PRIMER CONCURSO DE RELATO CORTO WHISKY EN LAS ROCAS.




Whisky en las rocas agradece la participación de:          


        Autor                    Texto                          País

1. Claudio Niemman - Las ruinas de Matusalen - Chile 

2.  Claudio Niemman - Retorno a la Pampa -Chile 

 3. Carlos Luna - Mondadientes - México 
  
 4. Mario Alberto Hernández W. - El vaquero y la mujer del vestido naranja - México

 5. Paul Asto Valdez - Ahí voy - Perú

 6. Rodrigo Revilla - El otro romance de Don Antonio - Perú

 7. Pepe Pereza - Lágrimas tabaco y lluvia - España

 8. José Montero Muñoz - Cosas Negras - España

 9. Roberto Enrique Araque - Daniela - Venezuela

 10. Perro Gemelo - Amigo Fantasmón - España

 11. Miguel Coluccelli - Hoy soy ramera. Hoy soy la Pera - España

 12. Gabriel Arteaga - Terrorista existencial - Bolivia

 13. Cala - Ella no supo administrar - España

 14. Carlos Menses Nebot - Conversacion en Camdem Town - España

 15. Raquel Villanueva Lorca - Paisaje Marino - España

 16. César Mauroni - Gretchen dijo - Argentina 

 17 .  Rodrigo Baudagna - El comerciante de recuerdos - Argentina

 18. Ricardo Juan Benítez - Pasajero sin destino - Argentina

 19. Miguel Ángel Rangel - Las manos vacías - México

 20. Salvado Cortes - Perfecto amor - España

 21. Carlos Salcedo Villacura - Mierda - España

 22. Carlos Salcedo Villacura - El fin del mundo - España 

 23. Juan Francisco Trujillo Guerrero - La última noche - Ecuador

 24. Disk Drive - Rumbo a Venecia - México



Primer lugar y ganador del concurso: 



Alfredo Ruiz Islas - Deseo - México

Mención especial: 

Aymer Waldir - Crónica de una entrevista frustrada - Colombia


El ganador del concurso será publicado en el libro: 
Más o menos así es el hombre
editado por Whisky en las rocas Editorial, y lanzado a principios del mes de mayo. 
Los derechos de autor del texto son propiedad del autor. 
En ningún momento serán cedidos a Whisky en las rocas Editorial. 





lunes, 23 de abril de 2012

Martin Petrozza está vivo.


Cuando me enteré que Petrozza intentó suicidarse, yo estaba en Potenza visitando a los familiares de mi reciente esposo Scott F., y  además, de haberlo logrado, me lo hubiese perdido todo. El correo electrónico llegó cuatro días después, cuando de ser efectivo el suicidio, el muerto ya hubiese apestado. Qué digo correo, telegrama. Decía así: Verónica, Martin intentó quitarse la vida, ¡está loco!, debemos ayudarlo. Atte: Guillermo Garrido. Eso fue todo.

 Primero pensé que fue broma, porque yo llevaba mucho tiempo fuera de México y ya me habían amenazado para que volviera. El primero en amenazarme fue Salmoneo, que me escribió lo siguiente: Verónica, si no vuelves pronto moriré de extrañamiento. Sin embargo, el que moría era otro, y por su propia mano.

 A los seis días del evento, recibí otro correo anunciando la desesperanza que reinaba en México en torno al bienestar de nuestro amigo Petrozza. Lo transcribo aquí:

 Verónica, estamos de luto.

 La noche del miércoles 8 de febrero de 2012 (dos días después de haber cumplido años) nuestro querido y fiel amigo Martin Petrozza ingirió una fuerte dosis de medicamentos. Esto con la intención de darse muerte. Fue rescatado y llevado al Hospital Dr. Manuel Gea González por su novia Simona y sus padres y familiares (de Petrozza), que le cuidaron hasta el último instante.

 Una vez en el hospital, cuenta Simona, la madre de Petrozza se encargó de todos los trámites, mientras los médicos practicaban un lavado de estómago a nuestro compañero. Afortunadamente, pudieron salvar su vida. A pesar de que Petrozza interrumpió el lavado. Se quitó las mangueras que le metieron por la nariz con las manos, y salió huyendo de la sala, sangrando. Una vez fuera, encendió un cigarrillo.

 El padre de Petrozza, que estaba fuera, lo miró salir lleno de sangre, con los ojos llorosos, y pensando que en el hospital le habían pegado, reclamó. Los médicos se defendieron dando la siguiente versión:

 El paciente fue encamillado y sujeto a un lavado de estómago. Se le advirtió del proceso y aceptó. Metimos la manguera por la nariz y pasando por el tracto, hasta el estómago. El paciente comenzó a vomitar y se quejó de no poder respirar. No pudiendo más, dijo: es todo, me largo. Acto seguido, se arrancó la manguera con las manos, rasgándose así todo por dentro, y saltó de la camilla. Nosotros no lo detuvimos ni le golpeamos.

 Su padre confirmó que una vez fuera, Petrozza estaba fumando. Entraron a Urgencias y no le quitaron la ropa ni la chaqueta. Dentro de la camilla conservaba su caja de Delicados y su encendedor.

 Uno de los guardas de seguridad se acercó a él y le reprimió fumar dentro. Petrozza no opuso resistencia, cuenta su padre, apagó el cigarrillo aplastándolo contra la suela de su zapato, y guardó la colilla en el bolsillo de su pantalón. Esto, no queriendo echarla al suelo, porque sabemos que odia que se tire basura fuera de los cestos. Así, su padre supo que no estaba loco, o que si lo estaba, era un loco con mucha conciencia.

 Pero con conciencia o sin ella, el médico al mando ordenó que se le detuviera y se le remitiera al psiquiátrico. Dijo que esto era imperdonable, había perturbado el orden del hospital y la paz de los demás pacientes. Hizo llorar a una señora que esperaba turno, al quitarse las mangueras, que debió ser como la escena de una película gore. Sobre todo por los fluidos, que eran muchos: vómito, lágrimas y sangre. Con la cara llena de todo ello, Petrozza salió como el que más, y se puso a fumar un cigarrillo aún dentro de las instalaciones.

 No fue detenido. Petrozza hizo salir a su padre, con prisa, de aquella que bien pudo significar su prisión. Se limpió la cara con la manga de la chaqueta, y salió fuera con la calma del que nada debe y nada teme.

 Estando libres de las garras de la ciencia, el padre de Petrozza llamó por móvil a su esposa y a Simona, que continuaban dentro. Con pocas palabras, les explicó que debían salir cuanto antes. Así lo hicieron y pudieron reunirse a dos o tres cuadras delante con los fugitivos del médico.

 El cuerpo de Petrozza no ha muerto, Verónica, pero estamos de luto porque metafóricamente se ha ido su espíritu. Dos semanas han pasado ya y no lo hemos visto salir de su cama, ni comer ni fumar ni hablar.

 Sin más, esperamos tu pronto regreso.

 Saludos.

 Siempre tuyo: Salmoneo Gutiérrez.

P.D.

 Anoche nos comunicamos con Martin. Ha dicho: parí un niño muerto.

 Esto era algo muy diferente, no podía tratarse de una broma. Salmoneo no mentiría ni jugaría con algo del calibre de dicho evento.

 Se lo conté a Scott. Le dije: Petrozza ha intentado suicidarse. No le interesó demasiado, Scott y Petrozza no lograron llevarse. Se odiaban a muerte porque el uno era la representación de la estupidez del otro, y viceversa.

 Saber que estaba vivo me daba ánimo. Incluso, primero, no sentí el sentimiento de la nostalgia o la tristeza. Quizá no sentí algo extraordinario; llevaba más de tres meses fuera y al menos nueve de estar alejada sentimentalmente de Martin. Cuando Scott alzó los hombros, yo lo hice también. Había intentado matarse, pero estaba vivo.

 Recibí otro correo, decía: Petrozza está mejorando, ha salido de casa y tiene nuevos bríos. Está escribiendo más que nunca y planea lanzar un segundo libro.

 No pude dejar de pensar en él. Después de todo era amigo mío y me había dado la mano. Me había incluido en su círculo de amigos y me había impulsado a escribir. Petrozza siempre impulsaba a todos a escribir, jamás te decía no se puede. Incluso si le proponías algo descabellado, como hacer libros sin editorial de respaldo. Si no tengo editorial, me haré editorial, había dicho y lo había logrado. No conocía el camino pero sabía el modo de llegar. Si no tenía barco, se lo hacía. Lo había dejado todo con tal de escribir, que era su vida. Había dejado mujeres, padres, trabajo. Había dejado a muchos amigos en el camino, pero no dejaba de caminar. Todos sabíamos que iba a ser grande… y saber que todo ese destino forjado, todos los años de trabajo ininterrumpido y de esfuerzos sobrehumanos; las noches sin comer y los zapatos que no había comprado por falta de pago; todo, podía irse a la mierda en una noche de locura. Era algo increíble, pero estaba pasando.

 Lo medité un par de días y me decidí: regresaría a México con o sin marido, y le diría a Martin que contaba conmigo. Que no lo había olvidado y que éramos amigos.

 2

 Cuando lo vi, lloré. Estaba allí, fumando un cigarrillo y sonriendo. Estaba vivo, y eso era toda mi alegría. Le abracé y le dije que era un bobo, que cómo pudo si quiera… Se sorprendió. Me pidió que le explicara. Le explique, le mostré las cartas que había impreso, y dijo: ah, eso. Para él no significaba nada. Riendo, dijo: no es la gran cosa, Pinciotti, todos estamos muertos pero no lo sabemos. Entonces le dije que se dejara de cosas y me contara, ¿cómo pudo pasarle por la cabeza hacer eso?

 No logré sacarle algo concreto. Habló del absurdo y del resquebrajamiento del mundo como representación y voluntad. Habló del suicidio como descubrimiento de la verdad, y como la confesión sincera de que uno lo ha descubierto: la vida no tiene sentido. Incluso si hubiera un sentido, ochenta años no son suficientes para conocerlo todo, y por ende, vivimos en un fantástico cerrado; como ciegos en un paraíso. Sencillamente absurdo. Luego me echó un discurso:

 El único problema filosófico verdaderamente serio, no es como dijo Camus, el suicidio. El suicidio es, en todo caso, el segundo problema filosófico verdaderamente serio. Saber si la vida vale o no la pena de vivirse, viene después de saber de dónde vinimos (y quizá, a dónde vamos). Saber si la vida vale la pena de vivirse es imposible sin saber primero los motivos, designios o principios reales de nuestro existir. Ignorándolos, juzgar la vida, es juzgar a ciegas.

 Si un hombre desconoce el sentido de la vida, y se ve así mismo sumergido en el absurdo, es porque no conoce. El hombre ha sido puesto en la vida sin que se le comunique cómo, porqué o de dónde. Juzgar si continuar viviendo vale o no la pena, en dichas condiciones, es ser injusto con uno mismo. 

 Ahora bien, el problema radica, o radicaría, en que no existiese, que verdaderamente no existiese un origen lógico y razonable que responda al por qué de la vida del hombre. Al sentido de la vida, o al menos, a las preguntas: ¿de dónde vinimos?, ¿quiénes somos realmente? Entonces, la vida carecería de valor y sería tan vana como es para el hombre la existencia de una mosca. Incluso, la existencia de una mosca, alimento de la araña, etc., estaría mejor justificada que la existencia de un ser que destruye pero no da nada, no es el alimento de nada, y no crea nada. 

 ¿Una existencia tan vacía como la del hombre, más vacía que la de una mosca, que al menos cumple una tarea positiva en la naturaleza, debe tener por fuerza un designio? ¿Lo tiene?

 Ese es el único problema filosófico verdaderamente serio. Saber si vale la pena o no la vida, o si la Tierra es redonda y gira en torno al Sol, carece de sentido si no hay un sentido primero. 

Quizá tuviese razón pero no me importó. Le abracé y le dije que estaba loco. También le dije que estaba vivo. Lo repetía constantemente en mi cabeza: está vivo. Petrozza está vivo. Nunca antes había tomado conciencia de su calidad de vivo. Estaba vivo, lo mismo que podía estar muerto. Mañana mismo podría estar muerto. Al anochecer podría estar muerto. Yéndome yo de su casa, podría quitarse la vida. Por primera vez era consciente que había una delgada línea entre la vida y la muerte. 



viernes, 20 de abril de 2012

El edificio de la calle Dieciocho.


Texto por: Paco Nihil

Hacia ya varios días que nadie veía salir a Romano de su departamento. Nunca, que yo recuerde, se le vio mucho, pero ahora no se le veía casi nunca. Lo más que llegaba a desaparecer eran dos o tres días, y nunca más. Ahora habían pasado cinco días y todos en el edificio rumoraban sobre su desaparición. A simple vista parecía un tipo sin ninguna importancia, tan insignificante como cualquier sujeto sobre la tierra. Pero su extraña desaparición nos tenía a todos con la cabeza llena de morbo e intriga.

 En la parte de abajo, frente a Romano, vivía Manuel con un par de afeminados de doble moral. La mayoría de la gente dice que son “putos”. A mí, en lo personal, no me importaba si se cogían entre ellos o les gustaban las mujeres. Como sea, no me caían tan mal, tampoco me caían bien. De los tres, sólo con Manuel entable una amistad. Últimamente pasaba mucho tiempo con él, estaba triste porque su novio Alberto lo había dejado.  Necesitaba compañía, y los otros dos -son bien “putos”- decía – nada mas me hablan por el dinero y hablan de las mujeres como si fueran algo ajeno a la humanidad, y solo sirvieran para follarselas. Son unos maricotas-  él pagaba la mitad de la renta del lugar y por si fuera poco, la luz y el gas, porque el otro par de inútiles, nunca tenían dinero y a duras penas pagaban la cuarta parte que les correspondía. 

 Arriba vivía Mauricio. Viva aquí desde que se construyo el lugar. Era amigo del dueño y siempre le dejo muy barata la renta. Cuando Manuel y yo no estábamos viendo películas, o en mi balcón platicando, íbamos con Mauro (así nos pide que le llamemos) y fingíamos un amistad intercambiándole compañía por alcohol y cigarros. No es desagradable, incluso suele ser simpático, pero después de un rato te aburres de escuchar historias viejas, y preguntas sobre lo que es obvio para la gente de la época. Para platicar de alguna cosa siempre resultaba anacrónico.  En ocasiones Mary nos acompañaba y todo se volvia mas alegre. Todos reíamos mas cuando Mary estaba presente.

 Mauro es quien esta mas consternado por la extraña desaparición de Romano. El edifico es viejo, Romano se instalo en los últimos soles de su juventud y ahora era un señor que nunca tuvo hijos. Mauro le conocía muy bien, eran muy amigos en antaño. Ya borracho hablaba mucho de él.  –Es un artista- decía con emoción – pero no se bien cual es su arte – terminaba un tanto decepcionado – siempre fue raro. 

 “Cuando llego era como cualquier otro joven, salía con chicas, iba a fiestas, trabajaba entre semana. Aunque su trabajo no era cualquiera. Al principio vivía de una beca que la universidad le proporciono, después empezó a vender sus obras y siempre tuvo bastante trabajo. Para él era como no hacer nada, decía que le pagaban por divertirse y procurarse su propia felicidad. Se esforzaba en su trabajo, pero en vez de verse cansado como en una jornada laboral, parecía que su esfuerzo le deba mas energías. ¡Y vaya que sudaba! Yo siempre entraba con él a platicar y verlo trabajar, a él no parecía incomodarle. Veía como traía fierros, plásticos, tablas, pinturas, lápices, lienzos y toda clase de instrumento para crear una obra de arte. Muchas modelos muy lindas venían a verle con frecuencia. Muchas de esas chicas se volvieron modelos gracia a sus fotografías, pero él nunca fue un gran fotógrafo.  Como dije, nunca supe bien a que se dedicaba. Todas sus obras estaban incompletas. No bien había terminado una cosa cuando empezaba otra. Sabía hacer de todo, lo mismo esculpía que actuaba, o pintaba que escribía, pero no bien daba forma a algo cuando empezaba otra cosa. Escribía sobre las esculturas o pintaba sobre su cuerpo y se tomaba fotografías actuando. 

 Yo no entendía nada de lo que él hacia, ni de lo que decía. ¿Cuál era el propósito de sus fotos? Le preguntaba. Lograr una bella composición con el cuerpo y al mismo tiempo lograr capturar una emoción o sentimiento por medio de la expresión corporal, decía. Ah, le contestaba sin comprender nada.  Pero me gustaba escucharle, se perfilaba tan seguro que su pasión parecía razón. Enlazaba los conceptos con tanta belleza y elocuencia, que sin saber lo que significaba cada uno de ellos por separado, me parecía muy coherente todo lo que decía en conjunto. Una vez me llego a convencer de que ni nosotros, ni nada de lo que veíamos existía, y sólo éramos un reflejo de luz en la materia. ¡Venga! Creer esa estupidez ya era demasiado. Pero saben, él tenía talento para comunicar lo que percibía. Tenía tacto.

 Vendía sus obras así, sin terminar. Les inventaba cualquier nombre, les afinaba cualquier detalle “ de cajón” decía él, y recibía su paga a cambio inventándole alguna justificación metafísica. De nada sirve revelar la verdadera intención, decía, al final los críticos la destruirán y tu obra significara lo que ellos quieran que signifique. Eso sí, jamás revelo su verdadera identidad. Siempre mantuvo muy bien el secreto, no le interesaba la fama. Era muy ambicioso consigo mismo, decía que la fama sólo le distraería de su verdadero objetivo. Lograr una verdadera obra de arte, bella y perfecta. Era sumamente ambicioso con sus ideales, y tan perfeccionista que eso mismo le llevo a no concluir nada. Se exigía tanto que a pesar de ser el mejor o progresar rápidamente en algo nuevo, nunca era suficientemente bueno para sí mismo, se decepcionaba, se deprimía y dejaba de trabajar. Jamás hizo algo por y para sí que lo hiciera sentir satisfecho, aunque a todos les encantaba su trabajo. Quisiera alimentarme de ambrosia divina para volverme eterno, gritaba cuando se desesperaba de su frustración. 

 No le interesaba hacer muchas y grandes obras, le interesaba hacer una sola obra, LA OBRA. Esa idea le empezó a obsesionar, empezó a hablar de la obra pura, la expresión pura, el gran arte, la intención sin intencionalidad… todo eso fue el motivo de que perdiera la cabeza.

 Empezó por encerrarse cada vez mas en su dormitorio, cada vez salía menos. Movido por su propia pasión, se aisló del mundo exterior.  Cada vez más, hasta dejar de salir por días enteros. En ocasiones subía  a beber y cada vez se notaba más triste, hablaba menos,  hasta que también dejo de venir. 

 Yo también deje de visitarle. Antes, todo el tiempo se escuchaba música salir del lugar. Desde las 7 de la mañana, señal de que se paraba a trabajar, hasta muy entrada la noche, cuando se quedaba dormido en algún sillón. Pasábamos largas horas escuchando discos de jazz, un tal Billy May era su favorito. Desde adentro siempre se escuchaba música. Tenías que tocar muy duro para que saliera o cazar  aquellos silencios entre canciones para que te oyera. Rara vez su habitación permanecía en silencio. Pero ahora siempre estaba callada, ni una nota, ni un ritmo, ni un solo ruido. No se necesita tocar muy fuerte para que alguien te escuche dentro, sin embargo, nunca sale a abrir.”

 Manuel y yo nos sentíamos borrachos, nos acabamos entre los tres, dos botellas de ron barato y doce cervezas. Nos despedimos y fuimos escaleras abajo. El alcohol se convino con nuestros impulsos y la curiosidad latente sobre Romano nos hizo quedarnos en su puerta  al terminar la escalera para tocar a su puerta. Ya era más de una semana completa que no salía de ahí. La luz estaba apagada. Me pare frente a la puerta y simule una gravísima voz mientras decía, “buenas noches señor Romano. Es la policía, tenemos un permiso para inspeccionar su casa, creemos que comete delitos contra la salud”. Mi pésima actuación éxito las carcajadas de Manuel. Después se fue a postrar frente la puerta haciéndome a un lado de un empujón. Empezó a tocar con mucha fuerza la puerta, la pateo y comenzó a gritar el nombre del susodicho artista. Nos quedamos un buen rato ahí y hasta usamos su puerta como tambor para hacer una melodía, pero no hubo señal alguna de vi. Nos fastidiamos después de un largo rato, ya habíamos hecho todo un concierto. Decidí acompañar a Manuel hasta su puerta.

 -¿Qué tal que ha muerto? – me dijo y me reí. Él no se rio. “estoy hablando en serio, qué tal que algo le paso y sólo esta su cadáver allá dentro” me cuestiono. No, cálmate, le dije, “quizá sólo salió de vacaciones por algunos días y nadie lo vio salir. Todos pensamos que esta ahí dentro cuando en realidad puede estar placenteramente en alguna playa. O quizá, este en N.Y. revelando su verdadera identidad en una magnifica exposición”. Mi explicación era exagerada, pero aún así, pareció tranquilizar mucho a Manuel, quien de verdad estaba alarmado con la idea de que pudo haber muerto. Aunque también lo pensaba yo pudo haberse ahorcado. Este tipo de gente, los artistas, hacen ese tipo de cosas.  Nos despedimos en su puerta y acordamos vernos al día siguiente para ver una película con Mary.

 El silencio paseaba solemne en todo el edifico y yo flotaba de borracho. Encendí un cigarrillo roto que siempre guradaba, en secreto, en mi bolsillo trasero. Era la señal de que, al menos para mí, la fiesta había terminado.  Le tuve que quitar el filtro para poder encenderlo y fume caminando hacia las escaleras. Pero no bien hube llegado a la puerta de Romano cuando pude sentir mi presión arterial bajar drásticamente.  Mi vista se nublo, todo me daba vueltas y seguramente estaba pálido. Perdí el sentido de orientación y del espacio por completo. Intente alcanzar las escaleras para sentarme. Como deseaba que Romano abriera esa puerta para auxiliarme. Ni siquiera podía gritarle a  Manuel, las condiciones no me permitían emitir ni un alarido con fuerza. Perdí el equilibrio y sentí mi nariz estrellarse con el filo de un escalón. Estaba más mareado que antes. Como pude me recobre y me senté. Así me quede por un buen rato, no se cuanto fue, pudieron ser unos segundos o unas horas, para mi fue un largo rato. Tenia la cara llena de sangre, me empezaba a tranquilizar pero el mareo no pasaba del todo. Alce la vista para ver mis manos  y detrás de ellas pude ver algo que atraía mi atención. Por debajo de la puerta de Romano algo parpadeaba en brillantes destellos de luz blanca. Abrí y cerré los ojos varias veces para dejar de ver eso, pensé que era un efecto del “pasón” que me estaba dando. Pero no cesaba. A eso se sumo un denso olor a quemado, era como carne. ¿Y mi cigarro? Posiblemente provoque un incendio. Intente gritarle a Manuel pero sólo pude emular al triste alarido de un perro convaleciente. Me levante como pude, era un gusano plegado a la pared intentando llegar a la puerta de enfrente para evitar una catástrofe que yo mismo había comenzado. Todo el edifico estaba en riesgo.  Tan pronto estuvo la puerta a mi alcance golpee con todas mis fuerzas como si quisiera romperla…

II

Sentí la puerta abrirse y mi cuerpo caer pesadamente de espaldas. No abrí los ojos hasta que mi cráneo reboto con la alfombra. Levante la cara y lo primero que vi fue la cara de Manuel lleno de sombro.

Yo lo mire con el mismo asombro. Lo ultimo que recuerdo es que le llevamos serenata a Romano. 

- ¿Qué haces aquí? ¿no te habías ido a tu departamento?
- No lo se. Eso creí haber hecho.

 Me busque el cigarrillo que siempre guardo para el final, no lo encendí ayer. ¡Oh no, el cigarrillo! Esto indica que estaba sumamente borracho, yo nunca lo pierdo.

 Manuel me ayudo a levantarme y me invito a desayunar pero le tuve que rechazar. No me sentía muy bien y quería ir a descansar. Aun así, se ofreció a acompañarme hasta mi puerta. Cuando pasamos por la puerta de Romano, Manuel se recargo en un movimiento natural para ayudarme a subir las escaleras, y esta se abrió con un crujido de madera. 

 Todo el lugar era una nube de ceniza blanca y un fétido olor a carne quemada. Nuestras miradas se cruzaron en un símbolo de complicidad, nos pusimos las playeras sobre la nariz y nos adentramos en ese departamento donde obviamente, cosas inhóspitas estaban sucediendo. No se alcanzaba a distinguir casi nada, la ceniza lo cubría todo. Empezamos a buscar a Romano, pero no encontramos a nadie ahí. Sin embargo había pintura fresca y esculturas que aun no secaban, escritos con fecha reciente. Todo indicaba que Romano estaba ahí antes del percance. Había obras de toda clase, tendederos con fotos y poemas, sabanas montando escenarios. Desde basura reciclada hasta material muy costoso. Aunque era evidente que algo se había quemado, todo estaba en perfectas condiciones, a excepción de los muebles y algunas cajas de plástico.

Desconcertados salimos y afuera encontramos a Mauro sentado en los escalones con la cara bañada en lágrimas. “se ha ido” repetía una y otra vez entre llantos, “se ha ido”.

Tuvimos que informar del suceso a las autoridades. Nos dijeron que mas delante seriamos informados, pero supusimos que nunca nos llegaría ninguna información. Un día, mientras Manuel y yo charlábamos en mi balcón, Mary subió con una carta que habían dejado en el correo. 

Seria ocioso reproducirla tal cual, pero decía algo como:

"20/01/2012
A quien corresponda.

Nos apena infórmale que su compañero de edificio, el señor Romano S.J. ha sido victima del suceso conocido como “electromagnetismo imaginativo”. Es un fenómeno actual que se ha venido  dando con frecuencia en fechas recientes. Es producto del moderno estrés, el cual a su vez, es producto de la presión social que se ejerce sobre los individuos en la actualidad. 
Algunos sujetos, dotados de un gran talento, pero imposibles de insertar dentro del aparato social, evaden la realidad buscando otro tipo de felicidad basada en la sensación de libertad que la creación artística les brinda.

 Algunos, como Romano, se obsesionan tanto con esa libertad, que el proceso cerebral encargado de la imaginación se sale de control, y tienen, por decirlo de alguna manera, un desborde imaginativo acompañado de un fluido que recubre toda su masa cerebral y llenando su cuerpo de impulsos eléctricos. Se vuelven de alguna manera, una imaginación encarnizada. No necesitan alimento, ni dormir para seguir vivos. Su mente produce su propio alimento a partir de la imaginación, se alimentan de pensamientos. Y esto, como pueden saberlo, podría alargarse hasta la inmortalidad de estos artistas. Pero el fuego los incinera por completo con la más leve chispa.

 Creo que no será sorpresa comunicarles que todos estos sujetos fumaban. Cuando se disponían a encender su cigarro todo su cuerpo ardía en una fría llama. No quemaba ni una hoja de papel, pero expuesta a largos periodos, arruinaba los plásticos y la madera. La combustión duraba alrededor de una hora y estaba acompañada por fuertes destellos eléctricos. De los sujetos sólo queda una fina ceniza blanca y el olor a carne de cerdo quemada.

 Les pedimos total discreción, pues este fenómeno podría alertar a las autoridades y terminar con nuestra tranquilidad y la suya. Nos hemos sentido comprometidos a comunicarles lo sucedido por ser participes del suceso. Pero este tipo de eventos podría instar a jóvenes talentos a combatir con su arte a las corrientes canonícas. Como sabemos, el sistema no busca verdaderos artistas, ni expresiones sinceras, sino engranes para completar su gran maquinaria socio-política. Los artistas que despiertan conciencias y hacen arder sus ideales hasta consumirse en cuerpo y alma con su obra son superfluos para la sociedad actual.

Atentamente
Doctores X, Y y Z. La parte médica.”


Una banda de música moderna que le gustaba a Manuel sonaba al fondo. El Instituto Mexicano del Sonido. Veíamos pasar las muchachas desde las alturas mientras Mary nos leía la carta. Pero Romano no fumaba, recordé.





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