jueves, 29 de marzo de 2012

La hembra de Lucifer.



Mi abuela Lourdes (a la que jamás llamé abuela, sino Lourdes) tendría sesenta o sesentaicinco años cuando la miré por última vez.  Vivía en un viejo apartamento de la colonia Hidalgo, sola, pero sin hacerse olvidar; al menos dos veces por mes era capaz (sólo ella era capaz) de hacer reunir a la familia toda, so pretexto de una sarta de mentiras, verbigracia: que la noche anterior la había visitado el Diablo.

 Desde su baja estatura te miraba, a pie juntillas, enajenada, y con los ojos almendrados llenos de miedo te juraba haber hablado con Satanás, o (no estaba segura) alguno de sus compinches endemoniados.

 Esta relación entre mi abuela y el Diablo no era casual. Si es verdad que todos tenemos un ángel que nos guía, el de ella tenía que ser por fuerza un ángel de oscuridad. Toda su vida, toda su juventud, se la pasó haciendo diabluras. Ahora ese Señor del báratro, Satanás, reclamaba un alma suya. ¿Qué de raro hay en esto?, pensaba yo a los nueve años.

 La primera vez que me tocó a mí, contaba con siete años y tuve mucho miedo. Principalmente por su aspecto. Lourdes no era, por qué mentir, lo que se dice: una abuela encantadora. El cabello, otrora castaño, ahora encanecido, lo llevaba suelto y enmarañado; como nido de cuervos tocados por la mano del Maldito. Los dientes, deshechos ya por su adicción al tabaco, asomaban por el hocico, pervertidos, como los dientes que yo habría mirado a las brujas en mis más oscuras pesadillas. La piel marchita, los pechos flácidos y caídos; esas uñas podridas de los pies que jamás cubría con zapatos… Y querían que yo la abrazara, le besara la frente y le dijera abuela querida. Dios santo, una rata hubiese inspirado en mí mayor deseo.

 Haciendo acopio de tofo mi valor infantil, llenándome el corazón de sangre y apretando los puños, me acerqué al lecho mortuorio, donde yacía Lucifer, con su aspecto de perra rabiosa, de herida sangrante, o de la hembra de más horrible monstruo… y bajando la mirada para mirarla directo a los ojos, entrando por mis jóvenes fosas el fétido aliento de la muerte indigna, me susurró en lengua gutural: hijo… mío…

2

Lourdes, mi abuela Lourdes, estaba loca. Así es como los pariente la referían, porque eran ignorantes del estudio humano; cosa curiosa, que siendo hombres, no sepan lo que el hombre es. Yo mismo lo pensé durante mucho tiempo, hasta que descubrí que yo también estaba loco, y todos a su manera, y que en todo caso, Lourdes no fue un monstruo, sino un alma arrepentida sin tiempo de arrepentirse. Una hija de Eva que buscaba el perdón y el amor que le fue negado por un pecado heredado de mucho tiempo atrás. Porque si bien era hija de la madre del género humano, descendía sin embargo, por línea directa de Caín.

 Para cuando lo supe, era demasiado tarde. No tuve tiempo de decirle que todo iría bien, y que estaba perdonada; que podía morir en santa paz, y que no nos debía algo. Pero sobre todo, era demasiado tarde para mí: habíase desarrollado en mí el gen podrido de una mala sangre. Yo era hijo de su hijo, y mi hijo de mí, en enfermedad continua y sin remedio… Un cáncer testado, de síntomas físicos y psicológicos, vampírico, contra el que nada puedo hacer… excepto…




martes, 27 de marzo de 2012

La guerra de nadie.


Estaba Simona, y yo estaba en medio de todo ese mal rollo.

 Me parece que la cosa empezó cuando dejé el trabajo. Pero eso fue hace mucho. Antes incluso de conocer a Simona. Comenzó el día en que decidí que yo sería escritor. Gracias a ello llegué a Simona, pero fue por ello también que me vi en medio de esta situación.

 Simona se enamoró de mí porque mi nombre había salido en algunas publicaciones latinoamericanas. Se enamoró de mí porque había algunos que conocían mi nombre. Y yo me enamoré de ella porque era un ser noble y alegre. Un alma limpia, pura. Fuera de la vulgaridad de las masas. Una tía con criterio suficiente para ver el pájaro azul dentro de mi pecho. Es decir, una tía con seso. Y un ángel. Si tan solo se tratase de Simona…

 Sin embargo, estaban otros. Estaba la madre de Simona en primer lugar. No tengo algo en contra de la madre de Simona, pero… joder, ella tenía todo en contra mía. Y no hablo de un caso típico de suegra, sino de un caso del Diablo. Podía pensarse lo peor de mí con tal solo verme. Podía adivinar mi fatídico destino, quizá hasta mi muerte, con tan solo echarme un ojo. Podía saber que yo le disgustaba con tan solo mirarme. ¿Cómo podía? Supongo que por algún poder sobre natural; alguna bola de cristal o consultando los caracoles. Vamos, quiero decir: no había modo de que lo supiera. Básicamente: prejuzgaba.

 También estaba la hermana de Simona, que al menos era una buena hipócrita y me saludaba de estupendamente. Y el primo de Simona, que era un gilipollas enajenado con hacerse millonario de la manera más absurda que he visto a alguien intentar hacerse millonario: una pirámide. Yo no creía en mierdas así. Y él, bueno… sencillamente odiaba a todos los que no pensaban que comprar jugos milagrosos era idílico. Y sobre todo, me odiaba a mí, que salía con su prima y que era escritor y que me importaba bien poco toda su verborrea financiera, y era capaz de decirle que no a todo lo que él consideraba elemental. ¿Es que no te gustaría ser millonario?, me decía y yo le contestaba, tajante y sin demasiado animo que no, que no me gustaría. Y también discutíamos sobre los verdaderos efectos (efectos que yo consideraba placebos) de ese jugo milagroso, jugo de merolico, que cura todos los males habidos y por haber porque lo consideraban pansistémico. Se habían inventado la palabra pansistémico para justificar la magia. Era un cuento de nunca acabar. Quería hacerme parte de esa secta a cambio del beneplácito para liarme con su prima. Si yo hubiese trabajado con él, él hubiese sido el primero en darme la mano de Simona. Pero yo no iba a ganarme el corazón de mi mujer de ese modo. Eso hubiese sido venderme al peor postor.

 Y esto era tan sólo la primera línea. En la segunda estaban los compañeros de trabajo de Simona. Oscar, un homosexual obeso que se pensaba que yo era poca cosa para Simona porque no soy guapo. No soy guapo, pensaba, pero al menos no me da por picarme el ojete. No sé cómo un hombre que desobedece las más elementales reglas de Dios y de la naturaleza puede tener cara para juzgar una relación que ni le va ni le viene.

 Y Linda, una tía con cuerpo de señora y cerebro de chica de doce años que no dejaba de entrometerse en nuestra relación. Me hubiese gustado decirle un par de cosas pero se esforzaba por ser amiga de Simona y Simona me había pedido que le tuviera consideración. Linda llevaba una relación que iba en picada hacia el desastre. Aún así, se daba el lujo de juzgar con lupa nuestro caso. De dar consejos, de suponer y de argumentar. De decir lo bueno y lo malo de mí a Simona a mis espaldas. Aunque de bueno creo que no decía algo.

 Eso no era todo, había una línea más: los vecinos de Simona. E incluso el portero del apartamento de Simona. Ese hijo de la gran puta, que me miraba como si yo estuviese debajo de él. Ni siquiera se dignaba a abrirme la puerta del edificio cuando yo llegaba a recoger a mi novia. Se creía mejor que yo porque estaba acostumbrado a tener amos de cincuenta años y con Mercedes aparcados en el garaje. Yo llegaba, le saludaba cordialmente, y le sonreía. A cambio, recibía su desprecio. Era un imbécil. Los señores de Mercedes ni siquiera le miraban. Le trataban como a una cucaracha, y era a mí a quien despreciaba. Eso es no tener cerebro, Dios. Yo fui el único en su puta vida que le ofreció un cigarrillo, y el muy pedante lo rechazó. Solo porque llegaba a pie.

 Y en otra línea más lejana, en un círculo casi atmosférico, pero no tan alejado como para no meter las narices en lo que no le importa, estaba el cuñado de Simona, que me saludaba sin siquiera mirarme a los ojos. Como si yo tuviese la lepra, y todo porque la madre de Simona había envenenado hasta la médula la situación. Fue ella la que se encargó de contaminar mi imagen. Fue ella quien solía correr el chisme de que yo era un don nadie. Al menos, soy el donnadie que hace feliz a su hija, pensaba yo.

 De todos, este era el único que no lograba joderme las pelotas. Principalmente porque yo lo sabía: este tío es noble en el fondo. No me odia. Le han enseñado a odiarme y es obediente, pero no lo hace desde el fondo de sus entrañas, como la madre, o como todos los demás. Incluso yo sabía que podría llevarme bien con él. Es lástima que se deje manipular, pensaba. Podría ganarse un amigo, y vaya que le falta.

 Y bien, Simona no tenía perro, pero de haberlo tenido, seguro estaría en una línea más, en la burlesca e irrisoria línea animal. Si tuviese perro, se mearía encima de mí.

 Todas esas líneas eran líneas de guerra, un pelotón completo, solo con la misión de joderme. De alejarme de Simona. Comandados por mamá Hitler, que era racista de mi raza.

2

 Mi pecado era amar a Simona, pero me odiaban, principalmente, porque yo no encajaba en ninguno de los conceptos sociales de toda esa gente. Esto no quiere decir que yo fuese diferente, realmente diferente a ellos. No lo podían ver, pero todos esos que alzaban el dedo para juzgar mi vida tenían los mismos sueños que yo. Buscaban en la vida lo mismo que cualquiera puede buscar: seguridad, confort, estabilidad. Yo lo buscaba también, pero a diferencia de ellos había emprendido un camino mucho más aventurado. Un camino menos diáfano que trabajar en una empresa. Un camino que era arriesgar el pellejo, jugarse el todo por el todo. Así, era yo por mucho más cercano a sus ideas de lo que ellos mismos pensaban.

 Por ejemplo, Linda, la compañera de trabajo de Simona, en algún momento de este rollo desertó del trabajo porque se le metió la idea de hacerse empresario. Montó un negocio pequeño y se puso a darle duro. Sí, dejó el curro por un negocio donde no había algo seguro, con el sueño de forrase y dejar de ser el esclavo de alguien ¿No es acaso lo mismo que he hecho yo al dejar el trabajo por la literatura? Y a ella se lo aplauden. La llaman aferrada, cuando yo he sido más aferrado. La llaman empresaria cuando el empresario soy yo. La llaman luchadora cuando el que más ha luchado en esta vida soy yo.

 Mario, el cuñado de Simona, decicábase a vender artículos por Internet. ¿No es eso un trabajo de holgazanes, lo mismo que escribir? Este tío vende artículos por Internet y es un ejemplo a seguir, y yo escribo y mando mis textos a los editores, que es prácticamente lo mismo que vender un artículo por Internet (mis textos también se hacen llegar vía la Web) y resulta que soy la encarnación de Barrabás. Tengo menos surte en colocar mi producto, es cierto, pero también es cierto que la dificultad entre una actividad y la otra es abismal. El día que Mario coloque un artículo en el New York Times, me callaré la bocaza.

 Incluso el primo de Simona, aquel que soñaba con ganar cuatrocientos mil pesos mensuales vendiendo jugos-milagro, incluso él,  no distaba tanto de mí como se pensaba. Quizá era él el más cercano a mí. Quizá estaba tan loco como yo, que pensaba hacerme escritor escribiendo textos autobiográficos.

 La madre de Simona, Linda, Mario, el primo de Simona, todos, hasta el portero y el perro que no tenía Simona… Todos ellos y yo, con sus diferencias de edades y de sueños, de actividades comerciales o empleados. Todos, Dios, teníamos la misma cosa: nada. Ninguno era dueño de una casa o de un cuarto siquiera. Ninguno había labrado, incluyendo a la madre de Simona, un hogar hecho y derecho, con un padre y una madre y algún hijo. Ni siquiera los que más, digamos la madre de Simona o Linda que habían laborado durante muchos años tenían algo que yo no tuviese. Pero de todos, yo era el que debía bajar la cabeza porque se me había ocurrido la idea de escribir. Yo era de todos ellos el que estaba loco, cuando eran ellos los que se ponían a juzgarme.

 Para que quede claro: Mario era padre de un niño pero no lo mantenía. Una mamarrachada que a mí jamás se me hubiese perdonado. Me hubiesen cortado los cojones antes. Me hubiese desollado vivo.

3

Ahora bien, sí existía una diferencia  radical entre todos ellos y yo, y era que yo estaba viviendo mi vida verdaderamente. Haciendo lo que realmente quería. Luchando por un sueño que me había impuesto yo mismo, y no haciendo lo que todos hacen: ganarse el pan como y cuando pueden, haciendo lo que la vida les ha puesto a hacer, en vez de tomar el timón de sus destinos.

 Me miraban escribir y se pensaban que estaba jugando a ser niño. Me miraban leer y creían que perdía el tiempo, cuando leer era mi escuela y era mi entrenamiento y escribir mis horas de trabajo. Y si no ganaba muchos pesos con esto, ¿qué podía esperarse? Roma no se hizo en una sola noche y mi meta en la vida era tan larga como llegar a dar la vuelta al mundo nadando. Había apuntado mi flecha al Sol, cuando ellos tan solo apuntaban a la copa de un árbol. Se llega antes cuando la meta es corta: pagar la renta de un apartamento, comprar un coche, eso es algo que todos hacen. Pero escribir, Dios, es la cosa más dura que me impuesto hacer. Escribir es como querer subir el Everest, pero más complicado. No hay modo hecho, no hay guía ni instrucción. Escribir es escribir, y se acabó. Lo mismo puedes llegar o no. Es como caminar en medio de un oscuro bosque buscando la salida a ciegas y a gatas. Puedes pasarte la vida entera dando vueltas en círculo, lo mismo que salir pronto o tarde.

 Y si cada uno de ellos sentíase mejor que yo, estaban equivocados, y también tenían razón. No hay una sola persona a la que al examinársele con lupa, como a mí, hasta la raya del culo, y no le salga algún defecto, algún vicio, algún error… o muchos. Quien esté libre de pecado que tire la primer piedra, dicen, y estos sentíanse santos.

 4

Valer la pena para Simona, de eso iba todo este rollo. Juzgaban si yo valía la pena o no, si era digno de esa mujer, de esa hija, de esa prima, de esa hermana, de esa amiga, de esa vecina, de esa patrona. Me encontraba ante un tribunal kafkiano que me había arrestado y sometido a un proceso de inspección imaginario. Absurdo. Miraban en mí el pecado sin mirar que pecar es mirar como ellos miran.

 Yo estaba seguro que Simona valía la pena para mí, y que me amaba. Simona me amaba, lo que quiere decir que Simona era capaz de apreciarme, lo que significa que ella podía ver en mí algo. Todos se preguntaban cómo era posible que Simona, siendo guapa y siendo un ángel pudiese ver en mí algo. Pero ninguno se preguntó jamás: ¿qué es lo que ve Simona? Y ninguno tuvo la decencia de acercarse a mí y para averiguarlo, ni de preguntárselo a ella.

 En una ocasión Simona me confesó que a veces sentía que ella no era digna de mí. Lo que son las cosas, pensé, ¿cómo es posible que todos esos gilipollas de mierda se anduvieran con el cuento de que yo no soy alguien? Si al menos me conocieran, si fuesen mis amigos, si hubiésemos pasado más de quince minutos en conversación sincera… solo así, quizá, hubiese aceptado por cierto alguno de sus juicios. Pero yo no aceptaba juicios de ninguna autoridad. Si alguno se pensaba que yo era poca cosa, podía pensarse lo que quisiera. Yo no tenía ojos para cualquiera. Yo no tenía ojos para alguien excepto Simona, y mi competencia no era con alguien excepto yo. Nada les debo y nada me deben.

 No miraban que yo realmente quería estar con Simona, y que Simona realmente deseaba estar conmigo. Construir un futuro juntos y labrar tomados de la mano un destino y un pasado. Incluso estaba dispuesto a jubilar a la suegra, a pedirle que dejase de trabajar si ella estaba dispuesta a acogerme en la familia. Simona y yo trabajando para ella, progresando para beneficio de nosotros tres, porque yo jamás la descartaba. Ella era parte de Simona y yo la amaba y aceptaba todo lo que de ella viniera. Construir, en pocas palabras, un futuro para ella y después, un futuro para nosotros como pareja. Pero esto estaba muy lejos de la verdad porque yo no podía poner si quiera un pie en el hogar de Simona sin ser cruelmente juzgado e intimidado. Y Simona, que me amaba a pesar de la opinión de su madre, quedaba atada de manos, entre la espada y la pared, sin poder ayudarme, ni ayudarse ni ayudar a su madre. Quedaba sumergida en esta guerra que la madre había iniciado en favor de nadie…

 No me cabe en la cabeza que la madre de Simona no mirase, no fuese capaz de ver, que estaba a nada de perder una hija, cuando bien podía ganar un hijo.




  

domingo, 25 de marzo de 2012

Lo grandes que somos.


Texto por: Carlos Luna.


¿Cómo es que llegué ahí? Lo que puede hacer la soledad. Hice un apunte mental. “La soledad es mala consejera, pero lo mío es desesperación, es peor” Me reí. Voltee de un lado a otro. No sabía cómo era, pero imaginaba que sería lo que fuera menos atractiva. 
     Unos chicos pateaban la pelota en la plaza. No tenía idea de cómo es que alcanzaban a verla, casi no había iluminación pero los chavales seguían dándole, duro, detrás de la bola. 

     Escuché un hola y giré la cabeza. No podía ser ella, era linda, muchos más de lo que esperaba. Algo no me cuadró pero sonreí y ella me miró con extrañeza. Detrás de mí se acercó un chico y ella repitió “Hola” mientras sonreía. No pude contenerlo y solté la carcajada. El chico me miró con odio, no dijo nada. Se acercó a la chica, le tomó por el talle y la besó. Se alejaron caminando de la mano. Alcancé a escuchar que él le preguntaba; “¿Quién es ese pendejo?”, no escuché lo que ella contestó. 

     Miré el reloj, nueve treinta y cinco. “Nueve y media afuera de la estación Tlatelolco”, eso fue lo que escribió el o ella o lo que fuera que fuese. Tenía cuatro teorías: 

1. Travesti o joto, la más probable. 
2. Una mujer nada agraciada, granosa o terriblemente gorda, o fatalmente flaca, o muy vieja, o simplemente fea, también muy probable. 
3. Una chica simpática, guapa o muy guapa, la más peligrosa de las teorías, implicaba probable trampa. 
4. Una tipa de buen ver, que tenía un profundo resentimiento con la sociedad y se dedicaba a engatusar hombres para después asesinarlos en su departamento o simplemente contagiarles una enfermedad mortal. Esta teoría era la más alejaba de la realidad y suponía que era mero producto de mi imaginación, pero no podía descartarla, todo podía suceder.

-¿Ricardo?

     Levanté la vista, la observé, se acercaba. Era gorda, gigantesca,  tan gorda como un elefante que acabara de comerse toda la producción de Mafer. Y por si fuera poco, en cuanto le dio de lleno un halo de luz,  noté que tenía el rostro rebosante de granos. Bajé la mirada, decidí hacerme el loco. Pensé en quedarme con la vista en el suelo, esperar a que ella se acercara, me tocara el hombro y preguntara nuevamente “¿Ricardo?”, para después mirarla extrañado y contestar “No”. Pero no lo hice, estaba ahí y quería llevar las cosas a sus últimas consecuencias, cuando estaba a tres metros de mi la observé directamente a los ojos.

-¿Ricardo?
-Sí.
-Soy Pamela.

     No dijimos más, me levanté y caminé a su lado. Nos internamos por los pasillos de ese laberinto de edificios que hay en Tlatelolco. Yo la miraba de reojo. Ella caminaba con la vista al frente, serena, como si nada pasara, no volteaba a verme, era como si estuviese caminando sola.

-Muchos edificios por aquí, ¿verdad?- pregunté.
-Aja.
-¿Llevas mucho viviendo aquí?
-Algo.
-¿A qué te dedicas?
-¿Te interesa?
-No lo sé…No, sí, sí me interesa. Quiero decir, no nos conocemos, quiero decir, hicimos una cita por el Chat y sólo sé tu nombre. Ni siquiera estoy seguro de que ese sea tu nombre.
-Aja…
-¿Entonces?
-¿Entonces qué?
- ¿A qué te dedicas?
- Muchas preguntas, ¿no?

     Sentí que tenía que huir de ahí, pero misteriosamente me sentía enganchado. Yo era una rata de laboratorio y ella la flauta de Hamelín.

-¿Vamos a coger?- preguntó.
-Sí, en eso quedamos, a eso vine.
-No quiero que me salgas después con que eres gay o que quieres mucho a tu novia o alguna pendejada así.
-No, no te preocupes.
-Me caga la gente que me hace perder el tiempo.
-Este no es el caso.

     Los pasillos por los que caminábamos comenzaron a estrecharse y hacerse más oscuros.

-¿Falta mucho?
-No, no falta mucho, estamos cerca, ¿tienes miedo?
-No, ¡cómo crees!- dije dando un buen trago de saliva.
-Podría hacerte algo, ¿sabes?  Puede ser que aquí en la esquina estén mis cómplices listos para destriparte y vender tus ojos en tres pesos.
-Puede ser,  pero pensé en eso y me vine armado.
-¿Vienes armado?
-¿Están tus cuates esperando en la esquina?
-Tal vez.
-Lo mismo digo.

     Los pasillos eran muy estrechos y la visibilidad casi nula, había que levantar el cuello bien alto para ver un trozo de cielo entre las ramas de los árboles. De pronto, salió de entre los árboles un tipo que pasó trotando a centímetros de mí. Di un respingo y sentí que me daba el infarto. La gorda se dobló de risa y comenzó a toser.

-Te cagas de miedo chavito.
-No soy chavito –dije con el corazón golpeando en los tímpanos.
-¿Cuántos años tienes?
-Ya te había dicho en el Chat que veinticinco.
-¡Perdóname!,  si sientes que se te comienza a dormir el brazo me avisas. Aquí a la vuelta está un hospital, con cardiólogos y toda la cosa. ¿Fumas?
-Sí.

La gorda sacó un paquete de cigarrillos y me ofreció uno, después señaló el edificio que teníamos enfrente.

-Es aquí.

     La seguí, entramos en el elevador y pulsó el piso catorce, salimos al pasillo y metió la llave en la cerradura de una de las puertas. Entonces pensé en que no sabía que es lo que había detrás de la puerta. 

-Pasa- me dijo
-¿Vives sola?
-Ya te había dicho que sí por el Chat. ¡Pasa!
-Está muy oscuro.
-¡Qué señorito tan desconfiado!- Dijo la gorda presionando el interruptor de luz –Le recuerdo que el arco de la puerta tiene detector de metales. Si viene armado tendrá que dejar el arma afuera.
-No vengo armado.
-Lo sé.

     El departamento era un basurero; había un par de sillas de plástico, montones de envases de caguama regados por el piso, todo era una porquería. Daba la sensación de que el piso del lugar tenía meses sin sentir las fibras de la escoba. Probablemente las palabras: escoba, recogedor, jalador, mechudo y jerga habían desaparecido -tal vez para siempre- de la memoria lingüística del departamento. La gorda encendió la computadora portátil y puso música del buen Silvio Rodríguez. Entró a la cocina y regresó con dos caguamas, destapó una y me la dio. Me senté en el piso y comencé a dar tragos de la botella, cerré los ojos y me concentré en la música.

-¿Te gusta Silvio? –Preguntó la gorda
-Me encanta.
-Tengo toda su música.

     La gorda encendió una lámpara y la estancia se iluminó con mayor claridad, se acercó a mí y tomó mi rostro entre sus manos.

-Eres guapo.
-Gracias.

     Intentó besarme pero puse mis dedos en sus labios. En aquella estancia bien iluminada la gorda se veía todavía más fea, era espantosa, un crimen contra la naturaleza. Imaginé a un grupo de soldados caminando por el desierto. Un grupo de hombres acostumbrados a todo tipo de barbarie, combatientes que sufrían de estrés, mala alimentación y cansancio. Hombres obligados por la guerra a guardar celibato. Después imaginé a la gorda acostada en medio del desierto, desnuda, con las piernas separadas en cálida bienvenida. Los soldados comenzaban a rodearla, a olfatearla como hacen las hienas con la carroña. Dos de ellos se excitaban, estaban acostumbrados a todo tipo de atrocidad y harían una más. Se acercaban a ella con los penes fuera de las braguetas, toqueteándose. La gorda se retorcía, les invitaba a penetrarla, de pronto… el soldado más coherente del grupo se adelanta a sus colegas y descarga su M16 contra el cuerpo de la gorda. El cuerpo de ésta realiza la danza de la muerte, la sangré comienza a manar, espesa, grasosa…

-¿En qué piensas?
-Escucho la música.
-Soy abogada.
-Eso está bien.
-¿Qué chingados te pasa?
-Nada, escucho la música.
-¿Vamos a hacerlo?
-Ya te dije que sí.

     Era mentira, comencé a pensar en la forma de largarme de ahí de la manera más decente. La gorda me dio la espalda y comenzó a aporrear el teclado de la computadora.

-¿Qué escribes?
-Cosas.
-¿Qué tipo de cosas?
-Poesía… poesía erótica.
- Además de abogada, ¡poeta!
-Espero que sí.

     Me acerqué por detrás de ella y leí algunas líneas. “¿Qué te parece?” -preguntó volteando a verme sobre su hombro. Pobre mujer, tenía granos incluso en los labios, daba escalofríos verla. Muy buena, mentí. Su escrito era una mierda, decía cosas como: “Me encanta cabalgar sobre tu palo de piedra, ¡sí!, ¡así!, dame durísimo hombre caballo”

-¿Y tú?
-¿Yo qué?
-¿Qué haces?
-Soy escultor.
-¿Y qué tal?
-Bien.
-¿Eres bueno?
-Muy bueno- mentí –están por montarme una exposición en Nueva York- volví a mentir.

     Soy un pésimo escultor, me avergonzaba confesarlo. Me había aferrado a esa profesión, aún estaba a tiempo de dedicarme a otra cosa pero tenía la sensación que no servía para nada. 

     La gorda me miraba con admiración, se había tragado toda la mierda que dije, o… tal vez pensaba en lo rico que iba a cogerme. No sé, supongo que era lo segundo. Tomé un largo trago de cerveza, hasta vaciar la botella. Observé mi reloj y me di un golpe en la frente.

-Casi lo olvido.
-¿El qué?
-Tengo una reunión en el centro de Coyoacán en media hora. -La gorda me dio la espalda y siguió escribiendo

-Bueno, me voy- le dije
-Bien.

     Sentí culpa, no sé por qué, supongo era la cerveza o el pensar que esa mujer era constantemente rechazada o las dos. Miré la mesa sobre la que estaba la computadora, también había allí una botella de mezcal, un par de libretas y una bolsa llena de marihuana. Cogí la botella “¿Puedo?” La gorda afirmó. Le di un largo trago, después otro, y otro más, comencé a sentirme ligero, capaz de hacer lo que fuera. Tomé la bolsa marihuana y arranqué una hoja de una libreta, intenté liar un churro. La gorda me arrebató ambas. Sacó del bolsillo de su pantalón unas sabanas y armó uno grande; lo encendió, le dio una buena fumada y puso el cigarro en mis labios. Di una fumada profunda y contuve el humo en mis pulmones mucho tiempo, después lo saqué lentamente. Me sentí bien, ¡muy bien! Ella volvió ponerme el cigarro en los labios al tiempo que ponía la otra mano en mi paquete, empezó a menearlo y se fue poniendo duro poco a poco. Se me fue encima y metió su lengua en mi boca, la metió tan dentro que sentí náuseas. Me aparté y tosí, para eso la gorda ya me había bajado los pantalones y se había metido mi verga en su boca. Succionaba duro y me estrujaba las bolas con violencia, ¡la muy hija de puta! La golpeé en el rostro con la mano abierta. Eso pareció excitarla más, se arrancó la ropa y guió mi pene a su vulva. Me tomó con violencia por las caderas y me obligó a penetrarla. Comencé a embestirla, a ella le encantaba, a mí comenzaba a gustarme. Su vagina estaba bien lubricada y paradójicamente, teniendo en cuenta el volumen de su cuerpo, estrecha. Comencé a sentir ganas de correrme, quería venirme dentro de ella,  preñarla. Deseaba que ella tuviese un hijo que la cuidara, que la amara. Pero no podía venirme, acariciaba la cima del orgasmo sin llegar a tocarla e incluso, por momentos, me quedaba dormido hasta que ella me golpeaba con los puños en la espalda gritando “¡Sigue, sigue!”. Fue imposible, perdí la erección. Por más que la gorda insistió  chupando y jalando no pude recuperarla. La gorda fue por otra botella de mezcal  y se tumbó junto a mí. Estuvimos  bebiendo y hablando por no sé cuánto tiempo hasta que la ella se incorporó y me levantó tomándome de la mano. Salimos del departamento en ropa interior, tomamos el elevador y subimos a la azotea.

     La gorda daba vueltas sobre si misma con los brazos extendidos. Se veía radiante. Me tomó de la mano  y nos acercamos a una de las orillas de la azotea. Desde ahí podía verse, en toda su plenitud, la Plaza de las Tres Culturas. Los pasillos que la rodeaban estaban desiertos.

-¿Vendrás a verme seguido?- preguntó.
-Sí.

     Ambos sabíamos que mentía pero no nos importaba. La gorda alzó los brazos al cielo, luego se volvió hacia mí y me besó en la mejilla.

- ¡Ey!, ¡Escuchen! ¡Todos deben saberlo! ¡Todos tienen que enterarse de lo grandes que somos!  ¡La mejor poeta y el mejor escultor del mundo!, ¡Sí, señores, la mejor poeta y el mejor escultor!... ¡HEY! ¡QUIERO QUE TODO EL MUNDO SEPA LO GRANDES QUE SOMOS!- gritaba la gorda- Pero allí abajo sólo había un perro que con el lomo arqueado intentaba cagar junto a un arbusto, y espantado por tanto grito se fue trotando calle abajo.


Texto por: Carlos Luna.

miércoles, 21 de marzo de 2012

La primera vez que me acosté con una mujer...



La primera vez que me acosté con una mujer fue por curiosidad. La segunda por placer y la tercera… por venganza.


Nancy tenía veintidós años y yo ya había escuchado el rumor de su homosexualidad. Aunque en aquel entonces solía decir que no me importaba,  aunque decía que sus preferencias sexuales me eran indiferentes y que yo no la iba a discriminar, quizá fue eso, precisamente eso, lo que me hizo desear su amistad. Sin embargo no lo supe, o si lo supe, fue hasta que tuve a Nancy encima de mí.

 Nancy era una chica del colegio que siempre buscó mi amistad. No pude dejar de fijarme especialmente en ella porque siempre aparecía en todos lados. En el sanitario de la escuela, en la plaza comercial, a pocos kilómetros de mi casa. Era una mujer atractiva y se sospechaba de ella porque aún siendo tan bella jamás se le miró con un hombre. Solía hablar de los hombres como quien habla de demonios y no le importaba que la llamaran gay. Incluso reía coqueta cuando alguna lo hacía. Sin embargo, que yo sepa, jamás se declaró abiertamente lesbiana. Era una mujer con un misterio, y eso me llamaba.

 Todo comenzó la vez que estaba tomando el almuerzo en la plaza del colegio. Estaba sola en una de las bancas cuando Nancy llegó. Preguntó si podía, algo tímido para toda esa energía que irradiaba, y le dije que por favor, tomara asiento. Entonces me miró, pero no como una mujer mira a otra, sino de una forma que ya no dejaba lugar a dudas. Me miró y me preguntó si era verdad que yo escribía. Le contesté que sí y ella me dijo que le daba por escribir poemas. También dijo que le gustaba leer todo lo que yo publicaba (por aquel entonces en una revista escolar). Bueno… yo no sabía exactamente qué decir. No tuve que buscar algo que decir, lo que hizo en seguida fue decirme que le encantaría invitarme a cenar esta noche. La invitación me cayó por sorpresa, y Nancy no dejaba de mirarme a los ojos, y tuve que decir que sí. Digo que tuve porque así fue como me sentí: comprometida. Sobre todo porque yo misma me había dicho que no la temía y que no la discriminaría.

 Nancy pasó por mí a las ocho con treinta, no me dejó que fuese de otro modo. Venía con un vestido negro, muy sugestivo y lucía como si fuese a salir con su marido. Subí a su BMW y me llevó a un restaurante en Insurgentes. Dijo que nada especial, que apenas un lugar que frecuenta recién y que le ha gustado por su vino, que es un rioja buenísimo.

 Me contó de su vida. Me dijo que tenía veintidós años, era del signo Tauro y no creía en Dios. Estudiaba LAE e iba en el mismo semestre que yo. Tenía un apartamento en Miguel Ángel de Quevedo y estaba ansiosa por que yo lo conociera. Era muy directa, pero de un modo que no te hacía pensar mal. Podía decirte que deseaba llevarte a casa sin que lo sintieras como una ofensa o un ataque. Algún tipo de habilidad lésbica que le servía para follarse jovencitas hetero.

2

La primera vez que me acosté con Nancy lo hice por curiosidad. Nancy y yo comenzamos a salir con mayor frecuencia. Con tanta frecuencia que los rumores se hicieron ver. Sin embargo, lejos de criticarnos comenzaron por envidiarnos. Aquel año comenzó a ponerse de moda tener un ligue lésbico. Si antes ser puta era ser libre, ahora ser libre implicaba ser puta y serlo con otra mujer era ser aún más libre.

 De aquel día en adelante comenzaron nuestros quince minutos de fama. Los hombres nos miraban tomadas de la mano y babeaban. Las mujeres nos miraban sin saber cómo. Por un lado nos odiaban por ser el centro de la atención de sus parejas y de todos los chicos del colegio, y por otro, las más aventadas, nos envidiaban por no ser ellas las primeras en aceptar sus ligues lésbicos. Y también había las que se morían por ser como nostras, libres, pero que sencillamente no podían.

 Nancy y yo éramos las reinas de un reinado rosa y metafórico. Con metafórico quiero decir, imposible. Ambas sabíamos que esto no iba a durar siempre. Al menos yo lo sabía. Yo estaba consciente de que aún acostándome con ella no era, ni sería, lesbiana. Pero si antes dije que ambas éramos consientes, es un error. Todo este rollo lésbico era para mí una fiesta. Un evento social al que se acude y en el que se brilla, pero no en el que se vive. Nancy no era mi vida, ni siquiera sentía por ella el amor que una siente por un hombre. Nancy me excitaba, me hacía sentir segura y entendida, tierna… pero jamás amada.

 La primera vez que Nancy y yo hicimos el amor me sentí excitada sobre todo por la conciencia de estar haciendo una cosa prohibida sin que se abriese la tierra para tragarme, o sin ser castigada por Dios, cuando yo no creía en Dios. El romper aquel tabú me hizo sentirme muy liberada. Fue casi como volver a perder la virginidad. Fue como el primer adulterio. Fue como la primera vez de cualquier cosa que se hace con cierto miedo. ¿Cómo puedo expresar el sentimiento que experimente? Me viene a la cabeza la palabra engreimiento. Me sentía superior a toda la gente que no se atrevía a hacerlo. Nancy era para mí un trofeo a mí misma por ser tan valiente, tan libre y tan poco común. Aunque no fuera cierto. Nancy era un logro, un punto a mi favor, pero jamás, por ningún motivo, un gran amor.

 Esto último podría ser cruel si pensamos que Nancy estaba realmente enamorada de mí. Pero no lo estaba. Yo era para Nancy otro trofeo. El trofeo de las lesbianas: ligarse a una chica que fuese guapa y al mismo tiempo, hetero. Es decir, a una mujer de verdad.

 Lo que Nancy quería comer a través de mi coño era mi personalidad, mi vulnerabilidad, mi ateísmo enardecido, mi feminidad, mi libertad, mi esencia de mujer admirada. Lo que yo quería era comer su valentía, su valor de hacer algo que pocos hacen. Su fama y su misterio. Quería comerme ese misterio que la rodeaba, y hacerlo mío.

 Nancy debió de notar en mí mi deseo de libertad, de misterio, el día en que vino a buscarme. Debió de haber notado mi vulnerabilidad. Durante todo el semestre me había mirado desde el otro lado de la mesa, deseándome, enamorándose de mí. Para mí, ella era sobre todo un objeto de curiosidad: me llamaba la tención su masculino corte de pelo, su cuerpo largo y delgado, sus senos bien proporcionados, sus ropas último modelo, frescas y a la vez sugerentes de un misterio que se esconde bajo esas faldas. Aquel año yo no quería conocer a alguien más. Tenía una actitud cínica ante el amor y la libertad; Nancy tuvo que abrirse paso por entre aquel cinismo para hacerse oír. Sabía, de algún modo, que al final de ese camino estaba la gloria. Y sabía que ese era el camino correcto; olía mi deseo de libertinaje. Un deseo del que ella fue la primera en percatarse.

3

 Entramos a la sala de mi casa. Vinimos de comer en un restaurante vegetariano. Nos sentamos en el sofá, muy cerca una de la otra y casi no hablamos. Estamos cansadas, acaloradas. Nancy pregunta si tengo un vaso con agua. Le digo que sí y voy yo misma a la cocina. Traigo conmigo dos vasos con agua y le propongo subir a mi habitación. La sala es un lugar peligroso, puede mirarnos mi padre o algún empleado de servicio.

 Una vez en la habitación nos sentamos sobre la cama. La miro al tiempo que respiro aprisa. Le miro los ojos y luego bajo la mirada. Allí están sus senos, casi a punto de reventar bajo esa camisa blanca. Siento deseo de tocarla. Ella parece leer mi pensamiento y me toma una mano. La coloca sobre su pecho izquierdo. La mete por debajo de la camisa. No lleva sujetador. Siento su pecho. El pezón es rugoso pero la parte inferior es sedosa. Nancy me acaricia el pelo y después la mejilla, y después me levanta la cara para besarme. Es como besarme a mí misma.

 Nancy comienza siempre por acariciarme y termina de hacer el amor pegándome. Me da nalgadas y me avienta a la cama como lo haría un hombre. Me siento realmente excitada. Me come las tetas con verdadera pasión. Me come el coño y me masturba como un hombre jamás lo haría. Nancy lame mis pies y me acaricia las nalgas. Nancy dice que me ama. Nancy respira en mi oído y yo siento ganas de que sea Nancy la que me joda una y otra vez.

 Mi padre es un hombre chapado a la antigua que no ve con buenos ojos las veleidades bisexuales. Esto constituye, sin duda, un aliciente más. Si se enterase, me mataría. Y también está Scott, mi novio. Así que esta tarde soy una lesbiana y una amante. A Scott nunca le ha gustado demasiado besarme el sexo. Nancy lo ama. Estoy allí echada tratando de no pensar, sin embargo pienso. Juzgo sin juzgar. Todas estas ideas me vienen a la cabeza. Entre tanto Nancy me mordisquea suavemente el clítoris con sus dientes perfectos. Desliza una y otra vez en mi vagina un dedo impecablemente manicurado y me acaricia los pezones con la otra mano.

 Cierro los ojos y trato de no pensar en otra cosa que en mis sensaciones, en mi embriaguez y en los círculos de placer que se centran en mi coño, pero no puedo evitar pensar en algo más: estoy siendo violada por mi deseo de libertad. El cálido dedo que se introduce una y otra vez en mi coño, es el dedo del cazador. Ella me eligió como yo elijo a mis hombres. Soy su presa y soy su cena. Caí en la trampa por querer ser libre. Me ofrecen libertad pero me atan. Me atan con sogas de seda y con placer, como la naturaleza ata a sus víctimas con sexo para obligar la reproducción.

 Fue agradable. Nancy es una experta en materia de cunnilingus, y tiene mucha clase. Pareció un acto menos sexual que cultural. Casi parecía que iban a traerle un aguamanil de plata (con pétalos de rosa flotando en el agua) para enjuagarse los dedos después de tocar mi coño. Y una servilleta de lino para secárselos. Y después, un postre exquisito. Me hacía sentir como comida de león. Como esclava de un demonio. Y me encantaba.

 Pero ahora me tocaba corresponder. La ama ordenaba que la esclava diera placer. Nancy era mi ama. No podía ser de otro modo. Yo era ama de mis hombres y solo ella, una mujer, podía dominar la mano que alza el látigo.

 Bien, he aquí la verdad. No importa lo que los poetas digan al respecto, ni lo que opinen los hombres más experimentados. No importa lo que digan los amantes: el coño de una mujer hule mal. ¿Se atrevería una feminista a decir la verdad acerca del cunnilingus a estas alturas del la historia?

 Hice todo lo que pude. Saqué la lengua con toda buena voluntad y me lancé. Quería que Nancy sintiera todo lo que yo sentí. Pagarle con la misma moneda. Pero no pude. Ahora entendía porque la gente se niega a hacerlo. Porque otras mujeres se niegan a hacerlo. Porque la repulsión hacia un acto sexual con alguien de tu mismo sexo. Entendí y comprendí que por más libertad que yo deseara, que por más libre que deseara ser, esto no iba conmigo. En este momento, pensaba, todos quieren ser yo con excepción de mí misma. Nancy tardaba demasiado en correrse y yo tenía la impresión de haberme pasado allí toda la vida. Comenzaba a entender que a Scott no le apeteciese comerme el coño. Comenzaba a entender a los hombres, tanteando una vagina sin saber de qué va la cosa. Sin recibir orientación alguna de la dama (que es demasiado sensible para preguntárselo) y preguntándose si ella se va a correr ahora, o ahora, o ahora, o si se ha corrido ya, o si se correrá dentro de tres meses, ¿o qué?

 ¡La pelvis de Nancy se mueve! Se estremece. Se mueve rítmicamente hacia mi boca. ¡Todo saldrá bien! ¡Va a correrse! ¡Aleluya! No voy a quedar como una inexperimentada, o como una egoísta que sólo busca su placer sin impórtale el de su pareja. ¿Por qué me importa todo esto? ¿Es porque se trata de Nancy, o de una mujer? ¡Nancy deja de moverse! ¿Es que he parado demasiado tiempo? Falsa alarma. Nancy deja de moverse y me retira. Me siento como tan angustiada como un hombre, ¿es que lo he hecho mal? Si al menos pudiera preguntárselo. ¿Debo creer que se ha corrido?, ¿debo pensar que si ella me ha retirado es porque no ha podido más? Me recuesta junto a ella en la cama. Me toma de la mano y me dice que todo está muy bien. ¿Por qué lo ha dicho?, ¿es porque todo está muy bien?, ¿o porque todo está muy mal? No entiendo cómo me lié en esto. Si me hubiesen advertido que sería complicado física y psicológicamente… Si he hecho esto, ¿soy una lesbiana? No me siento como una, pero… ¿seré lesbiana en adelante sólo por haberlo hecho una vez? Quizá las lesbianas tampoco se sienten como lesbianas. Después de todo siempre andan diciendo que son iguales al resto pero con diferente orientación sexual. ¿Entonces?, ¿todas somos lesbianas?, ¿todas sentimos esta curiosidad alguna vez en la vida? Quisiera decirle a Nancy que desapareciese de mi casa. Largarla con una varita mágica.

 No te has corrido, digo al fin. Deprimida, con la muñeca dolorida y la boca llena de eso. Después de tanto intentarlo no ha habido orgasmo. Me siento como una amante fracasada, inepta. Me siento como un hombre que se lleva a la cama a una mujer frígida: desconcertada. No importa, dice Nancy. Me parece que por un momento lo comprendo todo, la guerra de los sexos. El egoísmo del hombre y la generosidad de la mujer. Pero a Nancy no le importaba. Eso fue lo que dijo. A partir de aquel momento me tomé como una cuestión de honor el hacerla llegar al orgasmo. Encontraría un modo de hacerlo.

4

Nos quedamos dormidas. No mucho tiempo, al parecer. Dos horas a lo más. El calor, el cansancio, el sexo. Nancy me despertó con un beso en los labios. Abrí los ojos y allí estaba ella: una mujer, encima de mí...




domingo, 18 de marzo de 2012

Sinfonía para un hundimiento.



Aquella mañana, al despertar, decidí de una vez por todas que dios no era un buen tipo. Y además fascista. Aquella era mi primera semana sin trabajo. Algunos días atrás me habían despedido por bajo o bajísimo rendimiento y aquel despido había sido la culminación de una serie encadenada y sumarísima de calamidades que me habían venido sucediendo en los últimos meses. Había estado bebiendo los últimos cinco días. No. Bebiendo no alcanza la verdadera dimensión del asunto. Había estado completa y absolutamente borracho, arrastrado como un gusano y dándome baños de mis propios vómitos durante los últimos cinco días. Me había mantenido perpetuamente pedo de alcohol y lo demás por pura sabiduría porque en la obra de teatro demente de mi vida estar sobrio sería estar más loco que los más locos. En cualquier caso mi conclusión final fue que no estaba loco sino que vivía en un mundo rodeado de gilipollas. Así que me tomé unas vacaciones de la realidad, más que nada para hacer un inventario del desastre y, finalmente, para decidir dónde encontrar un sicario al que encargarle mi asesinato por una módica suma.

 Salí de casa a ver a quién me encontraba en el boulevard. La zona peatonal era amplia, flanqueada por altas acacias y bancos mugrientos y detrás por pequeños bares con mesas y sillas fuera para tomar una cerveza si no hacía ni demasiado frío ni demasiado calor. Aquello era agradable. Al fondo , a la derecha, convivían los yonkis y los vagabundos. Se reunían en su propio reservado, un rincón al que los setos que lo rodeaban daban al lugar incluso cierta merecida suntuosidad.
  • ¿Tú sabes algo de arquitectura? Preguntaba uno. Yo estaba sentado en el banco siguiente y los oía hablar mientras bebía a morro de mi botella de JB. Raspaba al pasar por la garganta pero me daba igual. También lo hacía el Bisolvón y de chinorri mis padres me lo hicieron tragar hasta cuando tenía una vulgar carraspera.
  • Claro. Contestaba el otro. Si hubiese tenido algo más de suerte hubiese sido edificio, amigo italiano.
 El amigo italiano no era ni italiano ni era amigo pero les gustaba mantener cierta familiaridad, cierta camaradería, un abismo de interioridad mutua aunque el alcohol ingerido frustrase cualquier intento de entrada en la conciencia de ninguno de ellos.
Aquellos eran los vagabundos. Enfrente se sentaban los yonkis. No confraternizaban mucho los unos con los otros pero habían llegado a un acuerdo para repartirse el rincón y las jeringuillas. Aquellos eran más chungos. Intentaban engañarte. Engancharte de alguna manera y si tenían el mono y no tenías cuidado podían meterte en un lío no muy agradable. Los vagabundos no. Los vagabundos se limitaban a pedirte dinero.
  • ¿Hermano, podrías darme unos acortantes?
  • No voy a darte dinero pero si quieres puedo conseguirte algo de beber. Le contesté.
  • Puedo ir a alguno de los chinos y comprar unas cervezas.
 El barrio estaba lleno de tiendas de chinos y de moros. Los chinos tenían pequeños supermercados donde vendían casi de todo. Los moros tenían carnicerías que apestaban a carne pasada. Se podía afirmar sin temor a equivocarse que en mi barrio convivía la parte más selecta y distinguida de la ciudad y yo, un intruso, tenía el privilegio de convivir con tan aristocráticos vecinos. Ellos, y no la purria como yo mismo, eran los que le daban su auténtica personalidad a mi barrio plateado por la luna.
  • Te quiero brujita.
 En la pared de uno de los edificios colindantes a nuestro selecto lugar de reunión, un grafitero hacía tan inteligente pintada con su spray verde fosforito. Aquel muchacho iba para filósofo, pensé.
No sin esfuerzo me levanté y me acerqué a los distinguidos yonkis. No repararon en mi presencia hasta que me tuvieron delante de sus narices. Estaban sentados en sus bancos, esperando a que llegase el mono o ideando algún trapicheo de jaco.
    • Queridos señores. Me preguntaba si alguno de ustedes tendrá casualmente una pistola a mano o, en su defecto, conoce a alguien que la tenga y que esté dispuesta a dispararla contra un servidor. Sería generosamente recompensado y agradarían el paladar de mi apetito y necesidad. No hay duda, queridos señores: debemos obedecer al tiempo y el mío ha llegado ya.
II

Si el Marqués de Sade hubiese sabido escribir bien hubiese una engendrado una obra maestra con la vida sexual que mantuvimos Rossie y yo durante el breve lapso que en que nuestras vidas se entrecruzaron. Pero el problema del Marqués era que escribía abominablemente y nunca hubiese conseguido aproximarse a lo que Rossie y yo perpetramos en nuestras noches de pasión y, confesémoslo, de sadismo. Rossie era una seductora profesional camuflada, disfrazada, que me redujo a su vulgar aprendiz para terminar abandonándome a mi suerte con mis vecinos los yonkys. Su abandono, o sea, el mío, fue el inicio de esta sinfonía para un hundimiento bíblico, también el mío. Vestida de novicia, utilizando siempre el inocente diminutivo entre su vocabulario infantil, terminó convenciéndome con sus habilidades y técnicas que provenía no de un convento sino de un lupanar. Y es que si mis teorías existenciales pasadas de moda eran superficiales vulgaridades, las de Rossie eran mefistofélicas. Rossie era heterosexual los días pares del mes y homosexual los impares.

    • La crianza de hijos, el cuidado de enfermos, las labores del hogar de nuestras madres, los servicios sexuales dentro del matrimonio... Eso no va conmigo, querido. Antes que pasar por esa degradación preferiría entrar en la industria de la prostitución.
 Oli la miraba como a una apisonadora. Él no sabía qué ocurría con Rossie los días pares, no hacía preguntas. Se limitaba a ser su dildo orgánico los impares, pese a que ella aseguraba que lo amaba pese a su primitivismo.

  • La gente, tú mismo, confunde el género, es decir, el rol social femenino o masculino y la sexualidad, es decir, los modos de producción de placer sexual. Yo aprendí la lección y ya no la olvido.
  • Pero los roles existen, no sé si es bueno o malo pero existen.
  • Existen, existen.. ¿dónde existen? En nuestra sociedad degenerada. La sexualidad malinterpretada. Me gusta ser una monja, me gusta ser una puta. ¿Por qué no puedo serlo todo? Cuando me follaste la primera vez me corrí como una adolescente... Fue tan infantil...
 Miraba a su cocacola y se concentraba en el agujero de la lata como si fuese el túnel hacia otros mundos, otras galaxias existenciales. Oli tomaba su cerveza en cualquier cafetería, junto a ella, cuando no estaban en su casa haciendo el amor.

    • Mi pequeño Oli. ¿No te gustaría acaso tenerlo todo? Ser hombre y ser mujer al mismo tiempo. Actualmente no es más que una decisión médica y jurídica. No hay limitaciones.
 Y, la verdadera ironía fue que su frialdad inicial e incluso su racionalidad fue lo que me excito hasta volverme loco y a ceder a sus juegos de bayetas y haikus improvisados.

 Rossie se largó una tarde de abril. Quizás era el día de su cumpleaños. No lo recuerdo bien porque estoy muerto y los muertos van perdiendo la memoria más rápidamente que los vivos. De hecho, teológicamente la memoria es más importante que el alma. Es el alma. Rossie agarró su abrigo de cuero negro, su bolso de imitación Prada y, mientras mandaba mensajes con el teléfono a izquierda y derecha, cerró la puerta de mi casa con gélida indiferencia. Nunca pudo ninguna ramera, con todo su doble vigor, arte y naturaleza, alterar una sola vez mi templanza pero esta virgen sinuosa e insinuante, esta bella mentirosa logró subyugarme por entero al más céntrico de los círculos concéntricos del infierno tan temido y, ahora sé, disfrutó haciéndolo, siendo su premio el más cruel de todos: el del autodeleite.

 Después de aquello tardé horas en salir de mi estupefacción. De hecho no salí realmente: primero terminé con el vino y las cervezas que había por casa y después me zambullí en una aventura autodestructiva que sólo podía tener un final posible.



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