martes, 28 de febrero de 2012

Beso en el velorio.


El señor Pinciotti, que es mi padre, prefería por mucho la presencia de Salmoneo, a la de Martin. Sobre todo porque Salmoneo no solía fumar en la sala de la casa, u orinarse fuera del excusado, en el baño. Esto último lo sabía porque Martha, la empleada doméstica, siempre lo gritaba. Una vez salido Martin del cuarto de baño, entraba Martha, que ya le conocía, y salía gritando que cómo era posible. Y mi padre, que andaba por allí (y Martha procuraba que el señor Pinciotti anduviese por allí cuando lo gritaba), le pregunta que qué ocurría, y entonces ella lo metía al sanitario  para que mirase con sus propios ojos. Aunque yo no creo que orinar fuera de la taza sea un motivo de odio, el señor Pinciotti sí.

 Por eso, al que llevé al velorio fue a Salmoneo. Principalmente por lo anterior, pero también porque estaba segura que Martin Petrozza no sabría comportarse en una cosa así.

 La que se había muerto era la esposa de un amigo del señor Pinciotti, y como mi padre odia los velorios (de la gente que no es su gente), y como me ama (aunque yo pienso que es por lo contrario), me invitó (obligó) a asistir. Y como yo no amo a Salmoneo, lo obligué (invité) a ir conmigo.

 Primero había que vernos en mi casa, desde donde partiríamos a la sala funeraria. Allí llegó Salmoneo, y cuando lo recibí, estallé en risa. Él dijo que no me burlara porque si estaba así, era por un favor mío. Pero verlo vestido de negro, era cosa de risa. Sobre todo porque el traje negro que vestía, no era de su talla, sino de una talla más chica. Llevaba los tobillos y los antebrazos desnudos. La corbata le llegaba a media panza, y era evidente que la camisa le ahorcaba.

 Bueno, Pinciotti, dijo él, ¿qué querías? El traje es de mi primo Roberto, tiene quince años. Vale, dije yo, ni hablar. Pero también pensé que era todo un detalle, eso de ponerse el traje chico y todo porque yo se lo había pedido. Petrozza jamás hubiese cedido a algo así.

 Por mi parte iba vestida con un vestido negro, entallado. Medias negras y zapatos negros. Y un bolso y un sombrero negros. Y Salmoneo también se rió de mí porque dijo que yo lucía como la viuda de un marido que no murió en un accidente, o sí, pero provocado por la esposa. Reí del comentario, y le dije que ese esposo bien podría ser él si no cerraba la boca.

 Y cuando el señor Pinciotti nos miró, también dejó salir un par de sonrisas. Quizá en realidad lucíamos como esa mujer y ese marido. Nos hizo subir al coche, y partimos.

 Camino al salón funerario Salmoneo me contó que para estar aquí debió decir a su patrón que había muerto un pariente suyo. Sólo así le excusó del trabajo sin quitarle la paga. Y yo le dije que ese patrón era un cabrón, y que le agradecía mucho lo que hacía por mí. Él sonrió y asintió con la cabeza. Yo sabía que Salmoneo estuvo o estaba enamorado de mí. Así que no lo agradecía tanto, porque los favores que hace un enamorado no los hace por una, sino por sí mismos. Por el bien de un interés personal, generalmente, acostarse contigo.

2

Una vez llegados al salón nos metimos dentro y mi padre nos presentó con un montón de gente que ni él mismo conocía. Gente que estaba allí por lo mismo que mi padre, o por lo mismo que yo o que Salmoneo. Porque alguien los invitó (obligó).

 Yo saludaba como si me muriese de ganas de estar allí, o como si me doliera la muerte de esa mujer, o como si los intereses sociales de mi padre, fuesen los míos. Salmoneo lo hacía como alguien que teme ser descubierto. Con mucha timidez y un poco de extrañamiento. Con una sonrisa falsa y a la vez vindicadora.

 Maldición, Pinciotti, me susurró al oído, no sé por qué estoy aquí. No debí venir. Me siento como un payaso. Ya, contesté el susurro, no es para tanto, lo payasos gustan a la gente. Sí, sí, dijo, pero si algo no se lleva son los payasos y la muerte. Aquí no pude evitar una risa, y todos voltearon a verme. Yo también me sentí fuera de lugar. La muerte es una cosa importante sólo si se trata de ti. Se lo  dije a Salmoneo y asintió con la cabeza, pero agregó que también es importante si la que se muere es tu mujer. Y que debíamos guardar silencio y respetar porque el marido debía estar deshecho. Y yo le debatí que la muerte de tu mujer es importante porque eso también se trata de ti. No dije que la muerte es importante sólo si eres tú el que se muere. Quizá, cuando tú te mueres, esa muerte no se trate de ti. Sino de los que quedan vivos, dije. Entonces Salmoneo asintió con la cabeza. Caminábamos por un pasillo lleno de gente vestida de negro, y de gente llorando. Y dijo que eso era muy cierto, que las muertes son para los vivos, y no para los muertos… hizo una pausa y se preguntó dónde había escuchado eso. Riendo, le dije: eso es el fragmento de un texto de Petrozza, el de: Delmundo sujeto y la soledad que esto conlleva (en una plática de café con unaseñorona). Y sonrió y dijo que ese Petrozza era un maldito genio. Yo le dije que no, que sencillamente tomaba en serio su trabajo de escribir, y eso era todo. Salmoneo me dio la razón, y llegamos a una sala, con un cuerpo muerto dentro de una caja.

 El señor Pinciotti, que todo ese tiempo caminó detrás de nosotros, nos adelantó y se acercó a la caja, donde yacía el cadáver de la señora Betancourt, y se inclinó para verlo. Pensé que lloraría, pero no lloró. Se inclinó, persignó la frente de la difunta y dejó paso a otro que venía detrás, y que hizo exactamente lo mismo, con la diferencia de que se tardó menos. Y éste último dio paso a otro, que también se inclinó, susurró algunas palabras, y la persignó. Y todos, después de persignarla, alzaban la cara, orgullosos, y se largaban a platicar con alguno que había pasado antes, y que ya reía, y se estrechaban las manos y se abrazaban. ¿De qué ríen?, preguntó Salmoneo. Alcé los hombros y dije: ve tú a saberlo.

 Fue nuestro turno. No supimos cómo pero acabamos formados en una fila que llevaba al cuerpo. Y fue nuestro turno de pasar y mirar. Primero pasé yo, porque Salmoneo me cedió el paso, y entonces estuve allí, frente a la señora que estaban muerta. Si antes tuve risa, en ese momento se me esfumó. No era una señora. Quiero decir, el cuerpo tendría a los más treinta y cinco años. Y sentí calofríos al pensar que una mujer tan joven pudiese estar muerta.

 Luego pasó Salmoneo, y lo miré inclinarse a mirar mejor y me dio la impresión de que también se asombró de que fuese una mujer tan joven la esposa de un viejo, y que fuese ella la que estuviese dentro del ataúd.

 ¿Por qué no me dijiste que se trataba de una mujer joven?, me reclamó Salmoneo cuando pasó su turno. Caminamos hacia otra puerta, que daba a otra sala. La sala estaba llena de personas. Y todo estaba a media luz y predominaba el color ámbar.  Porque no lo sabía, contesté. También predominaba en esa sala un ambiente de alegría. Era como si todos, una vez dada la bendición al cuerpo, les importara un carajo. Incluso como si estuviesen contentos. La gente reía y se abrazaba, pero sobre todo reía y se estrechaba las manos como cuando se cierra un trato, un negocio. El señor Pinciotti estaba entra ellos, y también reía y palmeaba hombros y estrechaba manos. Pero siempre, sin dejar de sonreír.

 Vamos, le dije a Salmoneo, ayúdame a encontrar un sanitario dentro. Sí, dijo y caminamos por otro pasillo, que nos arrojó a una escaleras, y allí había mucho aire fresco. Pregúntale e ese, le dije a mi amigo, y le preguntó a un joven que llevaba un uniforme. Le indicó que bajando a la derecha. Salmoneo le dio las gracias, y yo miré al empleado dibujar una sonrisa, de burla, pensé, por la apariencia del pobre que llevaba el traje de su amigo.

 Bajamos y llegamos al sanitario. Entré y Salmoneo esperó fuera. Y dentro, inspeccioné los excusados, y aunque lucían limpios, dudé en hacerlo. Principalmente porque jamás podía hacerlo en los públicos, y no quería intentarlo si no iba a llegar al final. Lo mismo podía pegarme una venérea haciéndolo que intentándolo, así que me decidí por no hacerlo.

 Me miré en el espejo, y no sé por qué, pero pensé en la señora Betancourt. Me miré, y pensé en qué pasaría si yo estuviese muerta. Mejor dicho, pensé en que yo podía morir en cualquier momento. No solía pensar en la muerte, y si lo hacía, me creía que eso es algo muy lejano. Pero ver allí a una joven de treintaitantos años, y aunque yo tenía veinticinco, fue como un flechazo. Sobre todo porque a los quince yo solía decir que deseaba la muerte temprana, para no sufrir de las incomodidades de envejecer. Y ahora, bueno… ahora tenía frente a mí mi sueño, mi deseo… y no me alegraba. Una mujer había muerto sin conocer la vejez, y no me inspiraba envidia. Envidia era lo único que no me inspiraba.

 Cuando salí estaba allí Salmoneo, recargado en la pared, con sus calcetines blancos asomándole por los tobillos. Era todo un caso, y por un instante me pregunté si no hubiese sido mejor venir acompañada de Petrozza… o, de Scott. No había traído a Scott porque en los próximos meses seríamos marido y mujer, y de por sí, ya no lo aguantaba. Evitaba a toda costa pasar tiempo con él. Lo que no significa que ni pasase tiempo con él. Por el contrario, pasaba demasiado tiempo con él. Tanto que Petrozza me reclamaba haber cambiado. No soy yo la que ha cambiado, le decía, es mi vida la que ha cambiado. Pero le daba igual, al final Martin tampoco hacía demasiado por buscar mi compañía.

 ¿Todo bien?, me preguntó Salmoneo porque saliendo del sanitario estuve muy callada. No sé dije, creo que estoy pensando muchas cosas hoy. ¿Cómo qué cosas?, me preguntó, y yo le respondí: como en mi boda, en Petrozza, en el amor… Entiendo, entiendo, se apresuró a decir Salmoneo cuando mencioné mi boda, Petrozza y el amor, que eran tres cosa que no alcanzaba a comprender. No es su totalidad. Y supongo que es por eso que eran las tres cosas a las que más me entregaba. Siempre era una de esas tres, o las tres, la que detonaba mis momentos más bajos. Mis momentos de sensibilidad. Mis depresiones. Y paradójicamente, era una de esas tres, olas tres, siempre, las que detonaban también, toda mi felicidad. Mi boda, Petrozza y el amor podían lo mismo joderme que elevarme.

 Salmoneo me tomó de la mano y me llevo fuera, a un jardín precioso donde estaban todos fumando. Entonces yo saqué un cigarrillo, y le ofrecí uno a Salmoneo, pero se negó. Yo encendí el mío, y me puse a fumar y a pensar.

 ¿Sabes?, le dije a Salmoneo una vez sentados en una banca que encontramos desocupada. Hay otra cosa en la que he pensado. ¿En qué?, pregunto. En mi muerte, dije. Y le conté aquello de morir joven, etc.

 3

No sé muy bien cómo ocurrió, pero saber que Salmoneo me escuchaba atentamente, y sinceramente, me puso en un estado vulnerable, y sentí por él el deseo de besarlo. No hablo del deseo físico de besarlo, porque yo había tenido muchos amantes y lo había pasado muy bien con ellos, pero esta vez estoy hablando del deseo sincero y profundo de besarle.

 Pero yo no supe de este deseo, y no lo hubiese sabido de no ser porque Salmoneo me robó un beso. Fue hasta que nos besamos, que supe que quería besarlo.

 Cuando dejamos de hacerlo, Salmoneo estaba rojo y estaba apenadísimo. Pero yo estaba ardiendo en deseo, y lo jalé hacía mí y lo besé mucho tiempo, porque además, era un buen beso. Si todo comenzó por un motivo sincero y noble, por un sentimiento de comprensión… el sentimiento se estaba volviendo deseo.

 Nos besamos en la banca, pero luego tuvimos ganas de más. Yo tuve muchas ganas de más, y había trabajado tantos años en cumplir mis deseos, que no me iba a aguantar. Aunque me tuve que aguantarme porque el Señor Pinciotti se acercó a nosotros, y dijo que era tiempo de marcharse.

 Salmoneo se levantó de la banca, como un Soldado ante un General, y dijo que sí, que lo que él dijera, y se apresuró a ponerse en marcha hacia la salida. Y yo sonreí porque supe que Salmoneo estaba ardiendo. Y también supe que todo esto se había acabado, y que no podía ser. Principalmente porque yo estaba a punto de matrimoniare, y aunque Scott no era el hombre del que estaba enamorada, Salmoneo tampoco lo era.

 4

Durante el viaje de regreso Salmoneo no dijo una palabra. Me tomó de la mano, y me dejé tomar de la mano, y no hablamos algo hasta llegados a casa.

 Una vez en casa, dijo que debía despedirse, y se despidió de mi padre. Acto seguido se encaminó a la puerta, yo lo acompañé, y una vez fuera, me dijo que por favor no jugara con él. Asentí con la cabeza y le pedí se despreocupara, pues yo sabía que Salmoneo era un hombre sensible, y no jugaría con un alma que podía desquebrajarse por una mujer que no vale la pena.

 A esto, él dijo que yo no era una mujer que no valiera la pena, sino todo lo contrario. Y yo le debatí que en el caso suyo sí, yo no valía la pena, o en todo caso, no valía la pena que él perdiera la cabeza por algo que no podía ser. Asintió, y dijo que lo tomaría en cuenta, pero que de todos modos podía contar con él. Lo invité a que se quedara, a pasar más tiempo juntos, pero dijo que ya era suficiente, y se fue…

 Nos despedimos un con beso de medio minuto, y eso fue todo.


domingo, 26 de febrero de 2012

El día de San McFlurry.


Escritor invitado: Carlos Salcedo Oklas
Sitio del escritor, aquí

Al argentino. 

Sonaba Michael Jackson por la radio, él ya no se preocupaba de nada, el pobre Michael, ¿o quizás si? Bien podría haber sido un gran montaje, el rollo de su muerte. Teniendo en cuenta de quien hablamos y su cuenta corriente, su carácter excéntrico y esas cosas, bien podría estar ahora mismo tumbado tomando el sol en una isla, como en la novela de Beigbeder. Estaría tumbado en una hamaca estampada con dibujos de dinosaurio, en la mano un zumo de papaya y curuba, tomando el sol, poniéndose moreno otra vez, el cabrón de Michael. En cualquier caso, muerto o no, seguro que no se preocupaba por cosas como el último cigarro arrugado, el agujero en la entrepierna del pantalón o el llanto de la billetera.

-¿Sabes que quieren retrasar la edad de jubilación?
-¿No lo habían hecho ya?
-Sí, pero todavía más.
-Joder, como está el tema.
-Ya te digo.

 Víctor encendió la chusta y aspiró. Tenía un enorme agujero en la entrepierna del pantalón, pero, al igual que Michael, no se preocupaba por él. Expulsó el humo. Se rascó la cabeza y tendió la mano hacia Rafa que estaba sentado en el sofá frente a él.

-Pásate la birra.

 Rafa dio un buen trago y se la alcanzó, intentando no fijarse en el agujero que tenía Víctor en  la entrepierna. Meditó un momento y dijo:

-¿Sabes qué Víctor? En realidad da igual, podrían ponerla a los ciento dos años, lo mismo da, no creo que ninguno de nosotros se jubile, tal cual va el país... Míranos, somos patéticos, una puta generación echada a perder, sin ninguna esperanza o una esperanza de infierno. Maldita sea, ni siquiera podemos tener un curro de mierda, no sé, limpiando retretes, ¿habría algo más bajo? Pues ni eso colega. ¿Quién curra del grupo? Ninguno joder, bueno, el muerte sí, pero ya ves tú, repartiendo propaganda del telepi. Todos  parasitando a los viejos o viviendo del paro.

-¿A ti cuanto te queda de paro?
-Es el último mes.
-¿Se acaba lo bueno eh?
-Ya te digo. -Rafa se reclinó contra el desvencijado sofá. -El fin de una era tío. Bueno, ha estado de puta madre.
-¿Qué cojones piensas hacer?
-No sé, pediré alguna ayuda, la subvención esa, como la que pidió el Willy.
-Pero son solo cinco o seis meses.
-Bueno, da para arrastrarse un tiempo más.
-¿Y luego qué?
-Joder, yo que sé, nunca me había costado tanto encontrar curro, y la cosa está cada vez más negra, si no sale nada supongo que traficar, o prostituirme, o suicidarme, yo que sé.

Víctor dio otro trago a la litrona y bajó la mirada hacia el suelo, intentando trascenderlo, imaginándose a sí mismo en un lugar mejor, en la playa junto a Michael, sonriendo bañado por el sol, con una buena copa de ron en la mano, observando a mulatas en bikini jugando al volibol, observando sus culos prietos como el balón, rodeado de destellos. Regresó de su fantasía y al aterrizar nuevamente en el frío cuartucho dijo:

-¡Mierda, tenemos que hacer algo!
-El qué.
-No sé, ALGO, mierda, no lo aguanto más.
-Pero si tú estás de puta madre con los viejos, te dan mazo de pasta, vives a cuerpo de rey.
-Estoy hasta la polla. Tengo 28 años y no he hecho nada, solo una puta carrera que no me va a servir absolutamente para nada, con la pasta justa para porros, todo el día gambiteando en Internet, haciendo el crápula, en esta mierda de ciudad de León, atrapado en su tela de araña. ¡Joder! Necesito escapar, me despierto por las mañanas, me arrastro por casa esquivando a mi madre que pasa el aspirador, todo el día sin hacer nada, ni siquiera busco curro ya, ni salgo a la calle, no tiene nada que ofrecerme, me he dado por vencido.
-Bueno, al menos es una situación de espera indefinida, a mi me quedan lo que me den de subvención, luego, la incógnita absoluta.
-Deberíamos atracar un banco.
-Claro, claro.
-Joder, no puede ser difícil, no hay seguratas, ni puertas de acero, lo que pasa es que hay que echarle huevos.
-No lo veo.
-Pues una gasolinera. En algunas tienen a una pivilla sola, ahí, en mitad de ninguna parte, de noche, joder, es lo más sencillo del mundo, yo a veces he ido a repostar y he visto a algunas... Ahí solas en medio de la autopista, completamente indefensas. Antes de ahorcarme tengo que ir y violar a alguna.
-No creo que fuese tampoco un gran botín.
-Con que te dé para un mes o dos... Luego cometes otro, y así, mientras tanto en movimiento, en la carretera, viviendo en hostales, gastando en drogas, en putas... Joder, en putas tío.
-No me van las putas.
-Son las mejores mujeres que hay. En cualquier caso, ¿sabes de lo que te hablo no? De vivir, tío, VIVIR.
-Hasta que nos pillen.
-Pues hasta que nos pillen, pero mientras tanto a vivir, luego en la cárcel te dan de comer, además, tampoco nos caerá mucho por atracar gasolineras, tampoco es matar y violar a una menor, cumplimos lo que sea y a la mierda. Además, ¿y si no lo hacen? ¿Y si no nos pillan? ¿Pero que te crees, que no hay gente que vive así? Atracadores profesionales, curran un día o dos al mes, planean el golpe, lo dan, y a vivir.
-La verdad es que yo acabaré haciéndolo, ya te digo, eso o traficar. He intentado seguir el camino, he intentado ser una sombra más del engranaje, pero no me dejan ni ser esclavo, he pedido curro hasta en el puto McDonalds. Sin éxito.
-Pues a la mierda, yo lo hago.
-Las gasolineras tienen cámaras.
-Yo que se tío, pero se planea, se planea bien.
-Bah, tonterías.
-¿Y qué piensas, estar toda la vida así, viéndolas venir?
-No sé Víctor, yo no sé nada.

 Víctor volvió a fijar la mirada en el suelo. Rafael abrió otro litro y se recostó en el sofá. El reloj seguía corriendo hacia delante, era lo único que parecía moverse en la realidad. Estaban en silencio, pensativos. Se había lanzado la piedra. En el suelo quedaba otro litro por abrir y media botella de vino blanco, de lo que andaban escasos era de tabaco. Las paredes observaban en silencio expectantes. Sonaba Santana.

2

Víctor aparcó el coche, era el coche de su madre, aparcó en mitad de la noche y se encendió un cigarro.

-Bien, aquí estamos.

 Rafael miraba a su alrededor, habían aparcado en frente del palacio de los deportes, un poco más allá las putas realizaban su jornada laboral, solo acertaba a distinguir a dos, la más cercana al coche era una negra de buen cuerpo, un glorioso cuerpo de animal salvaje, levantaba su interminable bota blanca cada vez que un coche pasaba ante ella. Rafael se mordía las unas bañado por la luz anaranjada de las farolas.

-Mierda, pásate un cigarro cabrón, estoy nervioso.
-Tranquilo Rafa, ya verás, un par de minutos y estará hecho, llevamos toda la semana planeándolo, no puede salir mal.
-Todo puede salir mal.
-Sí, y ya lo ha hecho, por eso estamos aquí, ¿recuerdas?
-Mierda. Repasémoslo otra vez.
-Cuando sean y media vamos a por esos cabrones, estarán a punto de cerrar, quizás haya una persona o dos, pero no más, entramos a saco a por la caja.
-¿Dónde está el taser? No te lo dejes en el coche.
-Tranquilo.

 Víctor se giró y cogió una mochila del asiento de atrás, la abrió y cogió el taser, era un modelo Power 200, apretó el botón y un rayo azul recorrió su superficie produciendo un ruido chirriante.

-¿Acojona verdad?
-Bueno, entonces entramos y arramplamos cagando leches, nada de estar ahí más de tres minutos, ¿eh Víctor? Tres minutos máximo.
-No, no, a toda hostia, pillar la pasta y largarse, llegamos al puente y echamos la sudadera y el pantalón en la bolsa, tiramos la bolsa al río, cruzamos el puente, nos montamos en el coche y nos largamos a empezar a gastar.
-Joder, si sale todo bien pienso pillarme un pedo de escándalo.
-Ya ves, yo me pienso coger a esa negra de ahí en cuanto salga, ¡maldita puta!

 La negra, ajena a todo, continuaba en medio de la carretera, alzando y bajando su interminable bota en busca de clientes.

-¡Déjate de putas cabrón! Cuando montemos en el coche nos largamos lejos, no conviene quedarse cerca de la escena del crimen.
-Tienes razón, además con pasta fresca y crujiente en el bolsillo no necesito perras de la calle, conozco un lupanar en el centro que ya verás, zorritas de primera calidad.
-Pero primero a por drogas. ¿Qué hora es?
-Y cuarto.
-Vamos preparándonos.

 Víctor metió las manos en la mochila y sacó la ropa. Habían comprado un par de sudaderas y pantalones de chándal negros en un chino la tarde anterior, luego, en otro distinto, habían pillado un par de pasamontañas, negros también. Comenzaron a ponerse el pantalón y la sudadera sobre la ropa de calle.

-Oye tío, mejor dejar la cartera y la documentación en el coche. -Dijo Rafael.
-Sí, joder, tienes razón.
-Solo faltaba que se nos cayera el puto D.N.I.
Dejaron sus respectivas carteras en la guantera, luego cogieron los pasamontañas y se los metieron en el bolsillo. Víctor suspiró y miró a Rafael.
-Bien, es la hora.
-En marcha.

  Al salir del coche el frío leonés les abofeteó el rostro. Ambos miraron el objetivo. Cruzando el río se levantaba luminoso el puto McDonald's. Pusieron rumbo hacia el. Bajaron las escaleras hasta el borde del río. No había ni un alma en los alrededores, en verano era otra cosa, pero ahora, en invierno, el frío a la orilla del río de noche era como ser atravesado por miles de diminutas agujas. La luna y las estrellas los observaban en mitad del espacio, flotando despreocupadas. Atravesaron el puente y llegaron a la otra orilla, la bolsa de basura con las piedras en la que echarían la ropa al salir estaba en su lugar, debajo de un seto, la miraron, se miraron, todo en orden, según lo previsto. Continuaron andando, ya casi estaban allí, solo faltaba subir unas escaleras. El McDonald's estaba al final de la escalera, brillaba como nunca, con sus luces blancas y amarillas, sus logotipos, el olor a carne extraña y fritanga rodeándolos.

-Venga Víctor, pongámonos los pasamontañas.

 Así hicieron. Ya no había vuelta atrás, era la hora D, el día H, sus corazones martilleaban, la respiración se hacía densa dentro de los pasamontañas.
Echaron a correr escaleras arriba, sortearon los columpios de colores y entraron en la tienda. Dentro había una pareja haciendo manitas en una de las mesas, tanto ellos como las tres cajeras dieron un salto al verlos llegar. En un par de dementes zancadas se plantaron delante de las cajas como unos clientes más. Rafael habló.

-¡Venga hijas de puta, abrid las cajas y echaros hacia atrás!
Las chicas estaban paralizadas, temblando bajo su ridículo uniforme color patata frita.
-¡VAMOS COÑO, AHORA!
-Vale, vale, tranquilos.

 Una de ellas, con las manos en alto, se acercó lentamente a una caja, estiró un dedo, pulsó un botón y esta se abrió con un ruido metálico.

-¡Las otras también joder!

 Las otras dos chicas hicieron lo propio, una de ellas, una gordita con gafas, comenzó a llorar.

-Por favor... por favor...

 Otra chica, una rubia con coleta se puso delante de la gordita para protegerla.

-Venga, tranquilos, llevároslo todo, pero no nos hagáis nada, bastante puteadas estamos aquí.
-¡Venga zorras, tirad para la cocina!

 Obedecieron. Víctor y Rafael saltaron el mostrador y se pusieron del otro lado, repararon en un mulato con delantal que estaba en la cocina y al que no habían visto hasta ese momento.

-¡TU, HIJO DE PUTA!

 El mulato echó a correr hacia un lado, abrió una puerta metálica y desapareció en la noche, con delantal y todo. La gordita no paraba de llorar acurrucada en una esquina, las otras dos mostraban más entereza, la parejita que hacía manitas en la mesa había volado hacía tiempo. Víctor y Rafael miraron las cajas abiertas ante ellos, era hermoso, billetes de todos los colores, monedas relucientes, destellos por todas partes. Cogieron unas bolsas de papel con el rotulo “me encanta” y empezaron a llenarlas de billetes. Agarrar esos fajos de forma frenética era una sensación extraña, estrujarlos en la mano, su sonido, no eran más que papeles más duros y ásperos de lo normal, ¿cómo podían significar una diferencia tan grande? De vez en cuando uno se escapaba entre los dedos y caía al suelo.

-Levanta la tapa, debajo hay más. -Dijo Víctor.
-¡La hostia!

 En ese momento se abrió una puerta junto a ellos y apareció un tipo vestido de azul marino, regordete y de cara grasienta, durante un segundo pensaron que era un poli, hasta que distinguieron las franjas en su camisa y la “M” retorcida en su gorra. Víctor dio un salto.

-¡QUIEN COÑO ERES!
-Tranquilos muchachos -Dijo levantando las manos en son de paz. -Calmaos y hablemos, soy el encargado.
-¡ERES UNA MIERDA! -Dijo Víctor mientras le azotaba una descarga con el taser en mitad de la barriga, 200,000 voltios recorrieron su cuerpo, el tipo se derrumbó como un castillo de naipes, esparciéndose por el suelo, su gorra azul rodando, escapando de su cabeza, ya en el suelo comenzó a convulsionarse. Las dos cajeras salieron corriendo y desaparecieron en un santiamén por la misma puerta que el mulato, nunca se las volvió a ver, dejaron allí tirada a la gordita, que se puso a gritar como una histérica.

-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
 Víctor saltó por encima del encargado, que se retorcía en el suelo, y se acercó a la gorda.
-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
-¡CALLATE PUTA GORDA!
-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
-¡QUE TE CALLES JODER!
-¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

 Entonces Víctor acercó el taser a su papada y le propinó una descarga, la gorda se elevó del suelo unos centímetros y calló de lado, se pudo oír perfectamente cómo se pedorreaba, su grito se había transformado en una especie de ruido robótico cortocircuitado acompañado de las pedorretas. Mientras tanto Rafael había raspado todo lo que quedaba en las cajas, tenían tres bolsas de papel llenas de dinero, “me encanta”, las metió en una bolsa de plástico y salto al otro lado del mostrador.

-¡Vamos cabrón, ya está, larguémonos!

 Víctor continuaba mirando retorcerse a la gorda, se giró y cogió una bolsa de plástico, empezó a meter hamburguesas en su interior.

-¡Pero qué coño haces!
-Tengo hambre.
-¡Yo me largo!
-Espera, espera.
-¡VÁMONOS JODER!
-Espera, espera un momento... ya, la figurita de Darth Vader tío.

 Víctor saltó el mostrador y echaron a correr. No notaron el frío en el exterior, estaban ardiendo, el pasamontañas los ahogaba. Bajaron las escaleras de tres en tres hasta la orilla del río, pasaron el tramo de césped, llegaron junto al puente y cogieron la bolsa de basura que tenían preparada. Rafael se desvistió a toda prisa mientras Víctor sujetaba la bolsa, metió el pantalón y la sudadera dentro y la cogió, Víctor comenzó a desvestirse.

-Toma las llaves del coche, no quiero que se me caigan mientras me quito esto.
-Vamos, corre, Víctor, cabrón.

 Se quitó la sudadera y la metió en la bolsa, mientras se estaba quitando el pantalón vieron las inconfundibles luces.

-¡Mierda, la poli!
-Joder, tan rápido, no puede ser.

 Un coche de policía aparcó junto al McDonald's.

-¡Vamos corre, corre cabrón!

 Víctor se quitó finalmente el pantalón y lo metió en la bolsa, sus manos temblaban, metieron un par de piedras junto a la ropa y la alzaron, la dejaron caer al río, entonces, en ese momento, mientras la bolsa caía al agua, escucharon una voz lejana, proveniente de lo alto de las escaleras, junto al McDonald's.

-¡ALTO, POLICÍA!

 Se giraron. Un tipo en lo alto de las escaleras les apuntaba con una linterna, aún tenían un buen trecho de ventaja respecto a él.

-¡A CORER COLEGA!

 Cogieron las dos bolsas de plástico con el botín y salieron despedidos, el policía salió corriendo a su vez, comenzó a bajar las escaleras mientras ellos atravesaban el puente.
-¡ALTO, POLICÍA!

Rafael estaba al borde de un ataque cardíaco, apretaba con fuerza la bolsa de plástico y en la otra mano la llave del coche de la madre de Víctor, giró la cabeza sin dejar de correr para observar el panorama, detrás de el Víctor corría más lentamente, se le había salido medio pie del zapato, su cara estaba deformada, en ese momento lo odió profundamente, todo había sido idea suya, quizás el habría conseguido un curro antes de que se le acabara el subsidio, un maldito curro, de lo que fuera, podría pasar, ahora en cambio iba a acabar en la cárcel por atracar un puto McDonald's de mierda. La derrota definitiva, la guinda a una vida patética de derrotas. Todo por culpa de ese cabrón que tenía detrás, de sus fabulosas ideas. Observó al policía que corría tras ellos con la linterna, aún le sacaban una buena ventaja, quizás lo conseguirían, si al puto loco no le daba por liarse a tiros, claro. Además era solo uno, SOLO UN POLI. En ese momento el zapato de Víctor salió despedido de su pie y le hizo tropezar, cayó al suelo justo cuando atravesaron el puente. Ya solo quedaba pasar un trocito de césped, subir las escalera y el coche estaba ahí, se le podía distinguir ya. Rafael se detuvo, Víctor continuaba en el suelo, el poli estaba más cerca. Rafael miró a ese cabrón tirado en el suelo, todo por su culpa, sus putas ideas, ¿qué puedes esperar de un tipo que no sale de casa nada más que para pillar porros? El poli estaba más cerca, solo era uno, nunca podría cogerles a los dos, recordó que el llevaba las llaves del coche, las tenía fuertemente apretadas en la mano, también tenía la bolsa con la pasta, Víctor llevaba la de las hamburguesas. Era el momento de dejarle ahí tirado, al fin y al cabo era un cabrón, solo le cogía el teléfono cuando le interesaba, solo pensaba en sí mismo, era un perro, todos lo eran, esto era la jungla, no convenía olvidarlo, you are in the jungle baby, you're gonna dieeeeee, el no dudaría en dejarle tirado en la misma situación, el cabrón del Víctor, estaba claro, se la había jugado un par de veces a lo largo de su amistad, alguna bastante gorda, recordó una en particular, aquella vez Víctor no había dudado en jugársela, sin remordimiento alguno, lo recordó y apretó la mano con la llave dispuesto a huir. Es lo que hay, es la jungla, la jungla de asfalto. Entonces Víctor gimió.

-Mierda... aaah mierda, creo que me he roto el pié.

 Rafael volvió a mirarle, ahí tirado en el suelo, sin zapato, con el sucio calcetín ondeando al viento, en mitad de la noche, con las estrellas riendo. Eran unos perdedores, unos perdedores patéticos, ambos, estaban chapoteando en el mismo caldero de mierda hirviendo. Se acercó a el y lo agarró de la cintura.

-Venga hijoputa, levanta, el coche ya está ahí.

 Víctor gruñía, el dolor al apoyar el pie era intenso, insoportable, pero la adrenalina golpeaba con más fuerza. Comenzaron a subir las escaleras, el coche estaba ahí arriba, el poli atravesaba el puente.

-¡ALTO, POLICÍA!

 Rafael llegó al coche, abrió y lo puso en marcha. Arrancó justo cuando Víctor, cojeando, saltó en su interior, en el asiento del acompañante. Arrancó en medio de una nube de humo, con la mitad del cuerpo de Víctor aún asomando por la puerta, y se precipitó a toda velocidad por la carretera, la negra levantó su alargada pierna a su paso y casi se la arrancan. Rafael miraba por el retrovisor, nadie los seguía, se metió por el polígono, lo atravesó, cambió de dirección y regresó a la ciudad por las afueras. Aminoró la marcha, miraba por el retrovisor constantemente, todo estaba en silencio, las calles oscuras prácticamente desiertas, recorrió un par de callejuelas y aparcó en el primer hueco que vio.

 En el silencio y la quietud pudo notar el bombeo frenético de su sangre, su sistema nervioso al borde del colapso. Con sus manos temblorosas cogió un paquete de tabaco de la guantera y se encendió un cigarro, saboreó la calada y expulsó el humo.

-Mierda, nos han tenido que ver, que grabar.
-Relájate Rafa tío, ha salido bien, ha salido bien.
-Casi nos pillan por tu puto tropezón hijoputa, tenía que haberte dejado ahí.
-Mierda, me duele, me he debido torcer el tobillo.

 Víctor cogió una de las bolsas de plástico, sacó una hamburguesa de su interior, quitó el papel que la envolvía y le dio un mordisco. Rafael lo miraba fijamente, fumando en silencio, lo miraba masticar, al muy cabrón, casi los cogen por su culpa, quizás aun los cogieran por su culpa, maldito perro, lo miraba masticar y deglutir, un trozo de pepinillo le colgaba del labio inferior, le soltó un puñetazo en la barbilla, el pepinillo, junto con otros trozos por ingerir, salieron despedidos de su boca y se estamparon contra el cristal, Víctor se giró confundido.

-¿Pero qué haces, se te ha ido la pinza?
-Eso por follarte a mi ex.
-¿Pero qué dices? ¿Ahora con eso? Joder tío, colega, te pedí perdón en su momento.
-¡Que te jodan!
-Tronco, no hay quién te entienda... Me ha dolido joder.
-Te jodes.
-Joder, lo siento tío, eso fue hace mucho... Arranca anda, vamos a rajarnos, mira, el lupanar que te decía no está lejos, vayamos a celebrarlo coño.
-No me van las putas.
-Pero allí estaremos escondidos, además, seguro que tienen coca y priva, no te las tienes que follar si no quieres, también hablan.
-Venga, vamos.

Rafael arrancó el coche rumbo al lupanar, necesitaba una copa de buen ron. El mundo estaba en silencio, nadie se había enterado de nada, descansaban en sus colchones viscoelásticos a la espera del duro amanecer, para afrontar otro día de mierda en la jungla de asfalto hasta que les comiera el tigre. Había comenzado a nevar, la primera nevada del año, algún mendigo moriría de frío esa noche, eso seguro. Pusieron rumbo al lupanar, huyendo del frío asfalto, de la jungla, en busca del calor de una entrepierna que incubara los huevos de un par de héroes urbanos.

Víctor abrió la bolsa y sacó algo de su interior, una especie de tarro.

-¿Que mierda es eso?
-McFlurry, ¿quieres colega?
-¡Odio el puto McFlurry!



Escritor invitado: Carlos Salcedo Oklas
Sitio del escritor, aquí

jueves, 23 de febrero de 2012

Whisky en las rocas, el origen.


Cuando me dijeron que me echarían del trabajo, me importó bien poco. Esto supondría pasar frío y pasar hambre. Estábamos en la mitad del invierno y ya debía el monto del alquiler pasado. Y cuando me dieron la noticia, no me importó. Incluso sentí satisfacción. Ahora tendré tiempo para escribir, pensé. Tenía veinticinco años, y estaba loco. No me importaba algo excepto la imposibilidad de escribir.

 Firmé algunos papeles, una declaración en la que aceptaba darme de baja sin derecho a liquidación, y mi renuncia. Ellos me echaron pero yo tuve que firmar que dimitía por mi propia mano. Algo así como hacerse el harakiri: te obligan a suicidarte. Esto me exentaba de recibir el pago proporcional a los años de trabajo… que en realidad eran menos de dos.

 Lo que hice saliendo de aquel edificio que fue mi cadalso, fue meterme a un bar. El primero que encontré; y ordenarme una botella de whisky. Me pasó por la cabeza compartir la botella con alguna mujeraza, o al menos una mujer. Ya sabes: emborracharla y llevármela a casa. Pero era lunes y el bar estaba vacío. Quiero decir, que no había un solo ser que fuese la hembra del humano, ni alguien con quien yo pudiera correr el riesgo de reproducir a esta especie.

 Así que cuando se lo dije a Luz, estaba borracho. Luz era mi ex mujer. Los últimos tres meses se había mantenido al tanto de mí, y ahora se había enterado de mi despido. Eso fue la gota que derramó el vaso. Si aún sentía algo por mí, o si había esperanza de un reencuentro, con esto ibáse todo al carajo. Dijo que no podía creer que yo bebiera en una situación así. Dijo que lo último que yo necesitaba era beber. Sin embargo, beber es lo que más necesitaba.

 Me preguntó si tenía algún plan y alcé los hombros. Sacó una caja de cigarrillos y me ofreció uno. Lo tomé y ella tomó uno también, y luego sacó un encendedor con el que encendió los cigarrillos. Primero el mío. Después dijo que podría sobrevivir con el monto de mi liquidación, al menos el tiempo que me costase encontrar otro empleo. Por eso, cuando le di la noticia de que no habría liquidación, casi me cuelga de los cojones. Se puso a gritar cómo era posible que yo aceptase firmar mi renuncia si eran ellos los que me echaban. Dijo que sólo un idiota haría algo así, que lo primero es resistir, demandar, de ser necesario, y litigar para que se hagan valer mis derechos. Pero para mí, mis derechos se estaban haciendo valer por primera vez: era un hombre y estaba luchando por mi derecho a la libertad. Rompiendo las cadenas de la esclavitud moderna. Luz opinaba diferente, ella se pensaba que un hombre tiene derecho a estar encadenado a un sueldo y a un horario, y que nadie puede quitarle ese derecho. ¡Y qué harás!, exclamó como si el mundo (mi mundo) se estuviese acabando.

 Si hubiese hablado en ruso me hubiese entendido mejor. Luz no podía concebir que un hombre dedicara su vida a escribir. No conocía uno solo que escribiera. Escribir era algo así como… como…, trataba de decir Luz, pero no pudo decir nada. Escribir era inaudito. ¿Quién paga por escribir?, preguntó. Ya dije, pues que yo sepa nadie. ¿Entonces?, gritó echando el humo de su cigarrillo. Entonces nada. Escribo. Es todo, dije yo. Luz aplastó el cigarrillo contra el encendedor. Lo apachurró con saña y se levantó de la mesa.

 La miré ir al sanitario y luego salir. Ni siquiera dijo adiós.

2

Lo primero que hice fue mudarme de apartamento. Abandoné. Quedé a deber dos meses de alquiler y me mudé a uno más pequeño. Pensé que no podría encontrar uno más pequeño, pero lo hice.

 Con el poco dinero de mis ahorros compré algunas provisiones: whisky, tabacos, lonjas de jamón y pan. Queso, salami, aceitunas y una bolsa grande de frituras.

 Pensé que escribir sería cosa sencilla. Pensé que si uno quiere escribir lo único es sentarse y escribir. Pero una vez sentado a la mesa, encendí el primero de los cigarrillos. Una cosa estaba clara, y es que si yo iba a escribir algo, lo haría con el alma. Sin andarme con rodeos y directo al asunto. Pero pasé al segundo cigarrillo, y continué en espera de algo que decir. Entonces pensé que el alcohol me ayudaría a aclarar las ideas.

 Me levanté y destapé la botella. Me serví un whisky en las rocas y me lo bebí. Miraba por la ventana. No había mucho que mirar; la ventaba daba a un campo abierto, pero no a un campo bello, sino a uno que bien podría ser un basurero. Esto fue la delegación Tláhuac.

 Me serví otro whisky y me senté de nuevo. Encendí otro cigarrillo. Luego me levanté. Caminé en círculos al tiempo que fumaba un cigarrillo detrás de otro. Hasta que llegué al veintavo cigarrillo y al quinto whisky. Estaba acabado. Estaba ebrio. Y de texto, aún no tenía nada. Decidí que era mejor dormir, y me dormí.

 Al día siguiente me levanté temprano, el sol y el frio que entraba por la ventana (la cual dejé abierta por la noche) me despertó. Cerré la ventana y me recosté. Pensaba en cómo escribiría, lo que fuese que iba a escribir.

 Había mucho que decir, tanto, que no podía concentrarme en algo. Pensaba en el trabajo, en cómo odié trabajar allí, y en general, cómo odiaba el trabajo. Pensé en Bobby, el hijoputa que me había robado a mi novia Deby (que no fue mi novia nunca pero yo la amaba). Sentía ganas de explicarle al mundo cómo Debby había sido una tonta al irse con Bobby, al cambiar todo el amor que yo le daba por un par de zapatos bien boleados y una camisa de marca. Y estaba Carolina, el amor de mi vida, y que yo había perdido. Había tantas cosas que contar. Y también estaba Luz, claro. De la que nunca estuve realmente enamorado. Empezar a escribir no sería tan fácil.

 3

A la semana siguiente llamó Luz. Preguntó si continuaba empeñado en echar mi vida por el retrete, con ese sueño mío de escribir. Tuve que decirle que sí, al cabo era verdad. Entonces me citó en un café del centro de la ciudad, y fui porque no tenía otra cosa que hacer. Además porque dijo que si iba, ella pagaría la cuenta. Y en ese entonces yo ya no podía negarme a una cosa así. El jamón se había podrido.

 Cuando llegué al lugar, que era un café en la calle de Madero, me encontré con que Luz había llevado a sus padres.

 Su madre vino para decirme más o menos lo mismo que Luz: que escribir es una mierda. Ella tampoco comprendía que uno se dedicara a escribir sin hacer otra cosa. Pensaba que no hacer nada y escribir, es la misma cosa. Le parecía que yo había perdido el juicio. Sólo en eso estábamos de acuerdo; por momentos yo también lo pensaba.

Su padre no opinaba diferente, vino con la suegra en el mismo viaje, y dijo que ya vería cómo hacer para defenderme de la empresa que me había echado sin goce a liquidación. Dijo que sería difícil puesto que yo había firmado. No se podían creer que yo hubiese sido tan ingenuo.  Se creían que me habían engañado, y que me habían hecho firmar con base en mentiras y manipulaciones. Quizá debió de ser así, quizá es así la mayor parte del tiempo… pero en mi caso, yo fui quien los engañó a ellos: me hice pasar por incompetente para que me echaran del trabajo. No había otro modo en que yo pudiese lidiar conmigo mismo. Tenía que engañarme y hacerme creer que ellos me habían largado, y que no tenía oportunidad de regresar.

 No me dieron oportunidad de decir algo. Estuvo bien porque así pude comer tranquilo, zamparme dos trotas de pierna con quesillo, y no tener que discutir con gente que no tiene oídos.

 Al final nos despedimos. Me parece que se largaron con la impresión de que yo había entendido.

4

Regresé a casa y tomé una ducha caliente. Al mismo tiempo fumé un cigarrillo. Es una habilidad y una manía que cogí desde chico. Fumar en la ducha. Y hay otras cosas que me gusta hacer en la ducha, por ejemplo, rasurarme. Lo hago sin mirarme en un espejo y en dos minutos. O cepillarme los dientes. Me gusta despreocuparme por escupir dentro de un lavabo. También me gusta follar en la ducha. Y orinar en la ducha. Leí que había un escritor que leía en la ducha. Yo no he llegado a tanto. Pero a veces bebo en la ducha. Reposo el vaso de whisky en el espacio de la ventana, y le voy dando traguitos. Aún así pienso que lo más lejos es fumar en la ducha.

 Y cuando salí, pensé que estaría como nuevo. Fresco y con ánimos de escribir. No fue así. Tenía ánimos, sí, pero de habilidad nada. Cogí el whisky y los tabacos y me senté frente a esa maldita hoja en blanco.

 Al menos esta vez escribí un par de párrafos, pero me parecieron malos. No decían lo que yo quería decir. Fuera de eso eran terribles. Lo único importante era expresarme. Si eran malos o eran buenos, me era indiferente. Pero si no lograban expresar mis ideas, me cagaba en ellos.

 Pasé así al menos unas cuatro horas. Fumando, bebiendo, y tratando de decir algo. Entonces paré. Cogí un libraco que había leído hace muchos años, uno de Salinger, El  guardián entre el centeno, y lo leí. Ese Salinger sí que sabía hacerlo. Narraba que daba gusto. Es como si las palabras le salieran por la boca, a raudales. Fluido. Sin tropezones y sin mucho esfuerzo.

 Leí algunas páginas y regresé a lo mío con nuevos bríos. Pero otra vez no pude satisfacer al juez de mí mismo, y me dediqué a leer. Era todo lo que podía hacer. Leer, leer, leer. Porque de escribir, nada.

5

Entonces llamaron del curro. Era Carlos, el jefe de recursos humanos. Dijo que llamaba porque sentía estima por mí. Eso dijo, pero fue él mismo quien me hizo firmar mi renuncia y mi carta rechazando el pago.

 Se dedicaba a los contratos, es decir a los contratos y a los despidos, y como estaba en el medio se enteraba de muchas cosas. Y llamaba porque se había enterado que Roberto abandonaría. Roberto era el jefe de la sección para la cual yo trabaja. Era el Director de ventas. Y próximamente abandonaría. Ya, le dije. Carlos pensó que eso bastaría para darse a entender y se tomó unos segundos de silencio. Luego, como yo no dije nada, él dijo: pensé que te interesaría la noticia, ya sabes, si Roberto sale tú tienes oportunidad de entrar.

 Roberto me odiaba a muerte porque yo era un vendedor que no vendía. Dejé de vender para que me echaran, pero el despido tardó demasiado. Roberto trató de comprenderme, de acercarse a mí y de echarme una mano. Pero yo lo que quería era una patada. Así que al final se hartó, cansado de excusarme y de comprender mi situación, e hizo que me echaran sin liquidación. Dijo que yo era un mal agradecido y un hijo de puta. Por supuesto, él jamás permitiría un reingreso mío.

 No sé, dije a Carlos por el auricular. Carlos no podía creerlo. Preguntó si ya tenía otro empleo y cuando le dije que no, preguntó si todo marchaba. Todo marcha, le dije. Sin embargo, no me creyó. Dijo que podía confiarle mi situación. A él… joder, al mismo que me negó el pan estando en sus manos dármelo. Bueno, dije, pues la situación es que ahora soy escritor. Carlos no supo cómo tomarlo. Primero se rió. Pensó que yo estaba bromeando. Tuve que repetirlo un par de veces para que lo digiriera. Sí, dije, soy escritor. Escribo. Y entonces se botó de la risa, dijo que me dejara de pendejadas y que me presentara mañana a primera hora porque iba a meterme a un curso de capacitación de ventas mientras Roberto se iba. Y cuando le dije que no, exclamó que estaba loco. Y también me llamó mal agradecido, e hijo de puta.

 6

El casero descubrió que yo había mentido. Miré el anunció en el diario, decía: se renta cuarto para estudiante. Setecientos al mes. Así que me planté allí, en la dirección que ponían, y les dije que yo era estudiante. Me pidieron credenciales pero me excusé diciendo que las olvidé, y me creyeron. Sobre todo porque llegué con el dinero en la mano, y dije que me quedaría al menos dos años, que es lo que supuestamente debía cursar en la universidad.

 Pero la vecina era amiga del casero y ésta le había mencionado que yo no salía jamás. Muy pocas veces en todo caso, y que siempre estaba allí, bebiendo y fumando.

 Me defendí diciendo la verdad. Le dije: vale, soy escritor, pero… si lo hubiese dicho desde el principio, ¿me hubiera dado el cuarto? El casero movió la cabeza negativamente. Bueno dije, pues es igual, usted ya tiene su dinero y yo ya tengo mi cuarto. Al fin, es lo que deseábamos en el fondo, ¿no? Asintió con la cabeza pero no estaba satisfecho. ¿Y dónde escribe usted?, me preguntó. La pregunta me cayó por sorpresa, no pensé que el casero de un cuarto en la colonia Nopalera me fuese a cuestionar la vida personal. Ya dije, pues aquí, en este cuarto. Sí, sí, dijo, pero quiero decir, ¿en qué revista o en qué periódico? Saqué un cigarrillo y lo encendí. Le ofrecí uno al viejo pero lo rechazó. En ninguna, respondí al fin. ¿Y ha escrito muchos libros?, continuó él cuestionando mi carrera literaria, que la verdad, llevaba dos semanas de empezada. Tosí un poco y luego dije que no, que ninguno. Entonces frunció el ceño. ¿De dónde gana dinero?, ¿qué hace aparte de escribir?, preguntó y yo estaba que me cagaba en dios. ¡Nada dije, no hago otra cosa que escribir y de dónde saque yo dinero es cosa mía! ¡Así que ahora sea tan amable de dejarme en este cuarto, que tengo el mes pagado, y usted me roba tiempo de creación!

 Comenzó a correrse el rumor de que yo vendía droga.

7

Todos parecían empeñados en quitarme de encima la idea de escribir. Como si ser escritor fuese la lepra. No había uno solo que estuviese de acuerdo. Todos sabían decir una sola cosa: ¿cuánto? Cuanto pagan es lo único que interesa a las personas. Podrían comer mierda si pagaran bien por ello. 




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