lunes, 30 de enero de 2012

La dependienta de la tienda de licores.



La dependienta de la tienda de licores tenía los ojos color azul. Fuera de eso no podía decirse nada más a su favor, con excepción, quizá, de que era delgada. Era delgada y tenía los ojos color azul. Más o menos como un millón de chicas más. Sin embargo, a Thomas Wayne le encantaba aquella mujer. La encontraba fascinante. La adoraba. Y no estoy hablando metafóricamente. 

A cada ocasión que el bolsillo se lo permitía, Thomas Wayne compraba allí su alcohol, con la única intención de mirarla. Esto era al menos dos o tres veces por semana. Thomas Wayne entraba al local, se acercaba al mostrador, la miraba. Tendrá unos treinta años, pensaba Thomas, aunque a decir verdad, nunca le había preguntado el nombre, y mucho menos la edad. Hasta ahora, jamás había cruzado palabra con ella que no fuese lo estrictamente necesario para ordenarse un par de cervezas y un cuarto de ron. Siempre un par de cervezas y un cuarto de ron. A Thomas le gustaba abrir garganta con las cervezas, y luego, empinarse el ron. Era, más bien, un hombre de costumbres (lo mismo que puede decirse de todos los hombres, vamos). Esto, lo hacía en su apartamento, solo, y a veces… se masturbaba pensando en ella. 

Hace al menos cinco años en los que Thomas Wayne no había estado con una mujer. A menudo se pensaba que no volvería a estarlo. Era honesto consigo mismo. Era lo que se dice, un perdedor, y lo sabía, y le importaba un cuerno. Cumpliría cuarenta y siete años el mes que viene, con dos divorcios a su haber, y estaba en quiebra. Las ex mujeres de Wayne habían dejado de exigirle la pensión. Eso le aliviaba al tiempo que lo sumergía aún más en la soledad y en la desesperación. Hace más de dos años que no escuchaba la voz de una mujer por el auricular de un teléfono, ni la voz de una mujer que le dirigiera la palabra, exceptuando la de su madre. ¿Cómo es que has acabado tan mal?, solía preguntarle su madre, una octogenaria dura como un árbol. Thomas jamás contestaba. Alzaba los hombros y recibía el dinero que la anciana le daba, con humildad. La humildad, mascullaba Thomas, la maldita humildad… Por su parte, pensaba que la pregunta estaba mal planteada. La cosa no es cómo un hombre acaba tan mal… hay cientos de maneras de acabar muy mal. La cosa es, pensaba, ¿cómo hace un hombre para salvar su alma? Para Thomas la vida era una mierda, y no conocía a alguien que pensase diferente, ni a su madre. Principalmente su madre se lo dejó claro. Toda su infancia la escuchó repetirle una y otra vez, ¿qué delito cometí para haber dado a luz a un cerdo como tú?... Y ahora esa misma madre le preguntaba ¿cómo es que has acabado tan mal?

2


Thomas Wayne está que se le acababa el aire. Corrió más de cinco calles, todo para llegar a las once con cuarenta. Hace casi cuatro horas que debió haber llegado. Es su tercer día en el trabajo, es miércoles, y es el único con resaca. Situaciones así ya no le asombran. El instinto ha hecho de Thomas un sobreviviente. Está parado a una cuadra de la entrada trasera a la fábrica. Sabe que a las doce todos saldrán a por el almuerzo. Lo mejor será esperar a que todos salgan y colarme luego dentro, piensa. Así lo hace. A las doce en punto comienzan a salir… 

Thomas mira a un grupo, es un grupo de tres. Allí está uno que reconoce, un moreno de casi dos metros. El mismo que se reclutó el día que lo hizo Wayne. Aquella vez él le había sonreído y le había prestado su bolígrafo. Piensa que ha llegado el momento de cobrar el favor. 

Se acerca a ellos y saluda al moreno como si le conociese de toda la vida. El moreno se extraña pero al final reconoce la sonrisa de Wayne. Es una sonrisa retorcida. Como si sonreír le doliera demasiado. Se estrechan las manos y el moreno lo presenta al resto del grupo. El moreno ha ingresado al mismo tiempo que Wayne, hace tres días, y ya es amigo de un par de hombres y conoce muy bien las instalaciones y las reglas. 

No te he visto por aquí en toda la mañana, dice uno, el que se llama Fredy y que es regordete y un bocazas. Lo dice con malicia. Ya, contesta Thomas, yo tampoco te he mirado a ti en toda la mañana… Thomas también lo dice con malicia. Freddy sabe que Thomas no es uno con el que se pueda jugar.

Thomas llama aparte al moreno. El moreno se inquieta. No quiere perder su tiempo de almuerzo en escuchar a un tipejo como Thomas, pero cede y va con él a la esquina de una calle. Thomas comienza hablar: vale, hombre, vale… esto… verás… ¿tendrás un cigarrillo? El moreno lo mira sorprendido. ¿Me has hecho venir hasta acá para pedirme un cigarrillo?, pregunta incrédulo. No es un hombre iracundo pero Wayne… Ya, continúa Thomas, de eso nada, no es eso, no… verás… hoy tuve un contratiempo por la mañana, sí… mi madre, Dios… ¿sabes?, mi madre padece de una enfermedad terrible… es… ella es… y… bueno… hoy se puso particularmente mala y me llamó… Yo pensaba venir directo a la fábrica y… bueno… no es que no me importe mi madre… pero… al final se puso muy mala y… Joder, tuve que ir a por ella, ¿lo entiendes? Al final resultó ser sólo una falsa alarma, esas cosas pasan muy a menudo y… ¿Qué tiene tu madre?, pregunta el moreno harto del asunto. Sabe que Wayne está mintiendo. Incluso sabe que Wayne sabe que él sabe que está mintiendo. Thomas tose un par de veces. Al final contesta: es octogenaria. ¿Octogenaria?, pregunta el moreno sin comprender. Vale, hombre, dice Thomas, octogenaria, sí, ella… bueno… sencillamente… se está muriendo. El moreno no lo comprende. ¡Por la edad, Dios, tiene ochenta y ocho años!, ¿qué parte es la que no comprendes? Vaya, exclama el moreno, lo siento mucho, es verdad, ella… bueno… debe… estar muriendo… Suspira. Thomas le ha hecho cambiar de parecer. Ahora piensa que Wayne dice la verdad. Wayne es un hombre entrado en años y su madre debe… Incluso piensa que ha sido muy duro al juzgar a Wayne de mentiroso. Su madre tiene ochenta años y es normal que tenga crisis y cosas.

Al final, Thomas le ha cogido por los cojones. El moreno está dispuesto a ayudarle en lo que sea. Con tal que no le echen del trabajo. Con una madre de ochenta años, piensa, debe ser un caso delicado. Hay que comprar medicamentos y hacer visitas a los doctores. Y si el pobre pierde el empleo es probable que…

 El moreno se va con los demás. Thomas lo mira alejarse y lo mira abrir la boca. Ahora mismo debe estar esparciendo el rumor, piensa. Y no hay nada mejor que un rumor trabajando para ti. En momentos como éste Thomas piensa que es un genio; si ha acabado tan mal es sólo porque no ha tenido una pizca de suerte. 

El moreno regresa a donde Thomas. Ha traído información valiosa. Ha preguntado a un par de sujetos, unos que tienen mucho tiempo laborando aquí, y le han dicho que no corre demasiado peligro. Es cosa de comprar una tarjeta, le dice el moreno. Comprar una tarjeta significa comprar un nueva tarjeta checadora, con un historial perfecto, por quinientos pesos. Es Muller, el encargado de la nómina, el mismo que las vende. Por quinientos pesos podrías llegar tarde el mes completo. Son ciento veinte pesos de descuento por día, si lo miras de cerca, es una ganga. Thomas mira al moreno desde su baja estatura, le sonríe, y asiente con la cabeza, como si pensara en un plan maquiavélico. El moreno le sonríe también, con optimismo, y le estira un cigarrillo. Lo ha comprado él mismo. Thomas lo coge asombrado, no imaginó que el moreno fuese tan ingenuo. Se lleva el cigarrillo a la boca pero no tiene fuego. El moreno se percata de ello y hace venir a Freddy. Le pide que encienda el cigarrillo de su colega (Freddy es una máquina de fumar y siempre tiene fuego).

Freddy, que ha escuchado del caso de la madre de Thomas, y sabiendo que no puede dárselas con él, le pregunta qué hará. Thomas da una calada al cigarrillo, la primera, y expulsando el aire por la boca responde que no lo sabe, que supone que entrar, fingir que ha llegado temprano y esperar a la primera paga para comprar la tarjeta. Freddy mueve la cabeza negativamente, él es un viejo lobo de mar, y aunque es bobo ha aprendido un par de pecadillos. Te descontarán el día incluso si entras a trabajar, dice, no has firmado tarjeta esta mañana. Lo mejor será que te vayas y ya comprarás la tarjeta, pero lo que es hoy, no hay remedio: descuento. De todos modos es tu primera falta, no pasa nada, se necesitan tres para la primera suspensión y nueve para la baja definitiva. Tómatelo con calma. Palmea el hombro de Thomas.

Bueno, dice Thomas como si no hubiese remedio, y un poco acongojado (supuestamente por su madre), en ese caso lo mejor será que me largue de aquí. Tose. Creo que yo mismo empiezo a coger una infección, dice llevándose una mano a la garganta. Freddy le estrecha la mano y le sonríe. Sí, Freddy ha olido a uno de los suyos. ¡Qué te mejores!, le grita cínicamente cuando Thomas ha dado los primeros pasos. Sí, sí, dice Thomas del mismo modo, y agrega: muchas gracias por todo… desea pronunciar el nombre pero no lo recuerda. ¿Cómo se llama ese jodido moreno?, piensa. Al final sólo agita la mano… Gracias por todo…

3


Thomas camina con el ánimo encima, sacando el pecho. Va vestido con un pantalón color caqui, camisa blanca y zapatos de cuero negro. También lleva una chaqueta café que le cuelga de uno de los hombros, y se contonea como un chuloputas. Está orgulloso. Está contento, está feliz. ¿De qué? En parte, por librarse de una jornada laboral, y en parte de saberse libre, pero sobre todo, por aquello que hará con su libertad. ¿Y qué hará con su libertad? Bueno, pues aquello que ha hecho siempre, o al menos desde que tiene uso de razón: pegarse un trago. Y además, esto le dará la oportunidad de mirar aquellos ojos que son su cielo. 

Antes de llegar, Thomas saca de su bolsillo la billetera. Doscientos pesos. Es lo que hay en ella. Es todo el dinero que tiene; no tendrá más hasta la primera paga en la fábrica. Incluso si se aferrara a esos doscientos, no alcanzaría a llegar. A salir adelante. Tendrá que pedir dinero a su madre y quizá a algún colega del trabajo; probablemente el moreno le ayude, o el mismo Freddy, piensa, pero sabe que no, Freddy no. Freddy no es amigo de nadie, Freddy es una maldita rata, una maldita y cobarde rata. Pero el moreno, y ante su madre… pero antes… 

Toda la sensación de grandeza, todo el éxtasis y toda la felicidad, desaparece ante los ojos azules de la dependienta de la tienda de licores. Curioso, si se analiza, que ella, que es su fuente de vida, sea también su fuente de desdicha, de desgracia y el recordatorio inminente de que Thomas Wayne es un pobre diablo. No importa si se ha librado del jornal, si ha burlado a sus amigos o a su madre, diciéndole que esta vez sí le pagará todo lo que le debe (aunque la vieja no espere realmente que cumpla su palabra). Su mirada es dura, su mirada y su presencia sumergen a Thomas en un estado de embelesamiento, de introspección. Es como si mirándola Thomas fuese consciente, o como si a Thomas se le revelara el misterio del universo. De su universo. Frente a ella es capaz de comprender por qué su madre le odia, por qué su padre abandonó a su madre, y porqué el padre de su padre odia a toda su maldita progenie, y a su vez, se odia a sí mismo. Es capaz de comprender, pero sólo por un segundo, el porqué de tanto odio en este puto mundo.

Es una mirada poética, piensa Thomas. Es raro que lo piense; Thomas Wayne no es el tipo de hombre que lee. Incluso piensa que leer es de maricas, de homosexuales y afeminados. La mirada de la dependienta le hipnotiza, le hace sentir, esa mujer, lo que ninguna otra, a sus cuarenta y siete años, ni sus ex esposas, le ha hecho sentir jamás. Y no es que no haya amado a sus ex esposas. Lo hizo, y si le abandonaron no fue por falta de amor, podría decirse que fue por exceso de amor. Un amor desmesurado, vehemente, apasionante, como un arma en las manos de un niño. Thomas Wayne solía pasar del buen humor, de las atenciones y el cariño maravillosamente expresado (histriónicamente expresado), en fracciones de segundo, a la ira, el odio y los golpes. Una frase, una mirada, un actitud… podían detonar a Mr. Hyde.


5

El hombre entra local. Luce nervioso. Da unas vueltas por los anaqueles, mirando, y al final se posa frente a ella, en el mostrador. Tiffany lo ha visto antes. Siempre luce nervioso. Es como si en el instante siguiente fuese a sacar un arma. Sin embargo, Tiffany está acostumbrada a él; hasta el momento nunca ha sacado un arma. Piensa que debe ser un hombre muy solitario. A veces se deja la barba y a veces  no, pero siempre tiene ese aspecto de… de hombre solitario, es lo más que puede pensar Tiffany. 

El hombre se acerca al mostrador y tras una pausa (hace una pausa, como si pensase o como si estuviese terriblemente cansado), la mira directo a los ojos. Tiffany sabe lo que pedirá: un par de cervezas y un cuarto de ron. Sin embargo, el hombre la mira unos buenos segundos antes de decidirse, y al final ordena un par de cervezas y… el hombre duda… ¿te gusta el ron? Es la primera vez que el hombre le dirige la palabra. Tiffany asiente con la cabeza sin pensarlo demasiado. Este movimiento no lo tenía calculado, el hombre jamás le había dirigido abiertamente la palabra y ella asiente porque se siente intimidada. A decir verdad no le gusta el ron …y un cuarto de ron, ordena el hombre. Tiffany se voltea para tomar el ron y las cervezas. Las coloca sobre el mostrador. Lo hace casi molesta. ¿Algo más?, pregunta. El hombre mueve negativamente la cabeza. Cómo le gustaría saber su nombre. Cómo le gustaría ir con ella a algún sitio, al cine, al teatro, a donde sea. Le gustaría escucharla contar cómo le fue en el trabajo. Si fuera un poco más valiente, piensa el hombre… Son cincuenta y cuatro con cincuenta, le dice Tiffany que ha registrado la compra en la máquina. El hombre vuelve en sí y le estira un billete y un par de monedas. Tiffany abre la registradora, ingresa el dinero y le devuelve la diferencia al hombre. Tres con cincuenta. El hombre los coge y se los embolsa. Bueno, piensa, eso es todo.

Antes de salir del local Tiffany le grita: en realidad prefiero el whisky

El hombre sonríe y sale. Antes, le echa la última mirada a Tiffany y piensa que es una gran mujer.

Al llegar a casa se sienta en el sofá, coge la botella de ron y la mira detenidamente. Piensa que la próxima vez le invitará un whisky. 

Luego se desabotona el pantalón y comienza a masturbarse. Whisky…, piensa, la próxima vez le invitaré un whisky en las rocas




viernes, 27 de enero de 2012

Rossie y los japonésidos.



A Rossie le iba el rollo japonés. Le gustaba comer sopa agripicante y sushi de salmón y, cuando el dinero se lo permitía, sopa de aleta de tiburón. Pedía wasabi y salsa de soja con la naturalidad del que lo ha tomado como si fuese la leche materna aunque luego tuviese que hacer esfuerzos por disimular el intenso sabor de aquello. Leía a Murakami y tenía un poster de Kurosawa en la pared de su habitación con los siete jinetes del apocalipsis montados en sus caballos y con cara de bestias dispuestos a cortarte por la mitad con sus espadas. Pero lo que realmente ponía a Rossie eran los haikus. Había descubierto las claves de su propia vida en el minimalismo de aquellos pequeños versos que aplicaba a su entorno y a su propia existencia para obtener un mejor diseño de su realidad. Rossie había sido periodista, maniacodepresiva, lesbiana, trapecista, ninfómana, emigrante en todos sitios y hasta protésica dental pero, en aquel coctail había encontrado el ingrediente secreto, clave para descifrar toda aquella complejidad: el haiku.
-          Qué distinto el otoño
Para mí que voy
Para ti que quedas.

Oli la miró desde el otro lado de la mesa. Había tomado tres cervezas y aquello le sugirió una cuarta. Levantó una mano dirigiéndola hacia la camarera. El problema era que Oli no creía en nada, no se involucraba con nada y ahora estaba intentando hacerlo con Rossie por primera vez en su vida pero no con sus haikus, sus karatekas y sus tamagochis. Se le enfriaba la sopa, pero Rossie había comenzado un recital de haikus que le venían a la mente de forma torrencial y que había memorizado a propósito para la ocasión. Quería introducir a Oli en su mundo y  Oli no sabía si eran una alusión a algo o simplemente un despliegue de cultura japonésida improvisado.
-          Escucha este. Te gustará:
Rostro cuarentino
Labios de carmín
Estrenando el año.

-          ¿No es mágico?
No. Para Oli no era mágico. Era trágico. Era trágico que Rossie, su Rossie, se agarrase a cualquier forma de cultura que en las antípodas pudiese tener algún sentido histórico o estético pero que en Europa, en la pestilente y manoseada Europa plagada de peste bubónica, no era más que un submundillo cultural para snobs y para maricones recitándose poemas cortitos y fáciles de memorizar  a la luz de una vela después de haberse puesto analmente coloraos.
-          ¿Mágico, Rossie? ¿Dónde le ves tú la magia? No veo a Mr. Potter por ninguna parte, amor.

-          No entiendes nada pero no esperaba otra cosa. Alguien que escribe en el whiskyenlasrocas no puede entender nada de esto. El haiku tratar de conjugar el lenguaje literario y el artístico. El haikú, por si no lo sabías, va acompañado de un dibujo en tinta china que expresa, de alguna forma, el significado del verso. Por supuesto que mágico, Oli, el haiku rompe inhibiciones. Mírame a mí. No tiene nada que ver con los personajes prehomínidos sobre los que vosotros escribís.
Efectivamente Olila miraba. Le miraba el generoso y deseable escote.

-          ¿Tinta china? ¿También están los chinos por aquí?

Se avecinaba tormenta en el horizonte y desde hacía rato Oli  tenía intenciones con Rossie de modo que no convenía cabrearla, aunque la experiencia le había demostrado que, tras los enfados con Rossie, el sexo era doblemente excitante y satisfactorio. Pero Rossie no parecía estar pensando en sexo con novios medio italianos en ese momento. Rossie estaba pensando más bien en japoneses.
-          Rossie, no es muy propio de la sabiduría oriental que montes en cólera sólo porque no esté de acuerdo con tus tendencias pekinesas. Recuerda, equilibrio.
Pero Rossie estaba entrando en erupción desde hacía un rato. Su sopa, el agua de las copas, el suelo entero del bar templaban con el tikitiki se su pierna izquierda.
-          Pekín está en China, burro. Pekín está en China y no en Japón y lo que me molesta no es tu desprecio por los haikus ni por los bonsáis. Lo que me revienta es tu absoluto nihilismo metodológico que te conduce sólo a elaborar patéticas teorías existenciales, a beber cerveza y a escribir sobre pobres diablos a los que consideras muy atractivos.
-          ¡Pero tú dijiste que la tinta era china!
Rossie disparaba con flecha mientras Oli se parapetaba tras la quinta birra y canturreaba entre dientes
Primero hay que saber sufrir
 después amar, después partir
 y al fin andar sin pensamiento
lalala…
Rossie ya no tomaba su sopa y mucho menos su sushi. Lo miraba desde el otro lado de la mesa pero parecía que lo mirase desde el fin del mundo. Se había puesto guapa para la cita, con un vestido de pintitas rojas, unas medias con una fina línea que lee recorría del tobillo al muslo trazando una división no imaginaria de la pierna en dos, como si de dos hemisferios se tratasen y fuesen dignos de ser recorridos por igual. Sus zapatos eran de tacón, negros y su pelo estaba perfecto. Oli no se había afeitado en cuantro días y ella tenía ganas de escupirle y de escupirse a sí misma por estar enamorada de alguien así. De pronto estiró su pierna acanalada, se la puso en los huevos y apretó los dientes. Oli temblaba porque no sabía cómo iba terminar aquella reacción.
-          No tendrás ningún porvenir en nada si sigues pensando así. Tu desarraigo te matará y a  mí me perderás…
-          Bueno Rossie… Sólo se suicidan los optimistas, los optimistas que ya no logran serlo. Los demás, no teniendo ninguna razón para vivir, ¿por qué la tendrían para morir? Yo no tengo ninguna de las dos cosas.
-          Tú no tienes nada, a parte de talento… para cagarla.
Se descalzó y comenzó a darle un suculento masaje japonés en la entrepierna y cuando Rossie daba un suculento masaje con un pie en una entrepierna ponía cara de ser una auténtica viciosa, una zorra de cuidado.
-          Cariño, sólo intento decirte que nada seca tanto la inteligencia como la repugnancia a concebir ideas oscuras. La mentalidad occidental no encaja con tus placeres literarios orientales y no te aportarán nada en tu mundo de burguesita. Creo honestamente que lo olvidarás pronto.
Rossie escuchaba, pero tan sólo de soslayo.
-          ¿Placeres orientales? Lo que ahora quiero, para perdonarme a mí misma por amarte, es que pidas la cuenta y me lleves a casa.
Rossie dio un salto desde su silla y sentó sus hermosos glúteos a lado de los de Oli. Entonces lo besó con la boca abierta y lo que antes hacía con un pie descalzo comenzó a hacerlo con la mano, apasionadamente. Oli alzó la mano e hizo un gesto de pedir la cuenta a la camarera, que los miraba dubitativa desde el umbral.
-          Tú y tu Secta del Perro…
-          Tú estás dentro de la Secta, Rossie. Va más contigo que esos melifluos pasatiempos de la Corte Imperial nipona. Además, te diré que la tenían francamente pequeña.
Ella volvió a mirarlo y lo besó de nuevo, mordiéndole los labios llegando casi hasta el dolor.

Aquella noche Rossie y Oli hicieron el amor por instinto. Rossie le contagió a Oli el estilo refinado de amar de Tanizaki y, como ya había ocurrido con las bayetas, con el microondas, las cortinas, quedó demostrada la inferioridad emocional del hombre frente a la mujer. Aquella noche fue una fábula extraña y seductora que exploró  esa región profunda donde los deseos sexuales y las pulsiones de destrucción y de muerte se confunden. Oli se sintió un poco en la casa de las bellas durmientes, se sintió un poco Kiga con su potencia viril aun activa aunque declinante ante la bella y joven Rossie. Y lo peor de todo fue que Oli, antes de dormirse con Rossie encima, con su pelo tapándole la cara, no pudo evitar sentir una punzada de melancolía de sí mismo y de la identidad perdida y en un mundo sin melancolía los ruiseñores japoneses se pondrían a eructar.



miércoles, 25 de enero de 2012

El poeta tendero.


Conseguí un empleo en una tienda de abarrotes, cerca de mi casa, en el Estado de México. La paga no era buena pero tuve que hacerlo porque mi abuela se puso mala. 

 Cuando me entrevisté con el dueño de la tienda, me preguntó si yo tenía alguna experiencia. Había mirado el anuncio pegado a un poste de luz; sobre una cartulina fluorescente, a pulso y a plumón, se leía: SE SOLICITA EMPLEADO. Jamás pensé que para un trabajo así se requiriera demasiado. Sin embargo, el dueño me hizo llenar una solicitud a mano, entregar fotocopias de mi credencial, de un comprobante de domicilio, y llevarle tres cartas de recomendación firmadas por cualquiera (de preferencia de otros trabajos), menos consanguíneos. 

 En la solicitud lo dejé claro: yo había trabajado algún a vez como Redactor en un diario de Colima. Así que cuando el dueño me lo preguntó, le dije que no, que yo sabía de letras, pero no sabía nada de litros de leche ni de kilos de azúcar, y que en esa rama no, no tenía experiencia.  Lo que hizo fue rascarse el bigote, examinar mis papeles (daba la impresión que yo solicitaba el puesto de Presidente) y al final, decir: ¿y con las letras, eres bueno? Lo que hice yo fue peor: me ruboricé, y dije que no lo sabía. No estoy seguro, dije. Probablemente no. El tendero siguió con el bigote, y me preguntó: ¿qué escribes? Soy poeta, contesté. No se dejaba el bigote un segundo. Vente mañana, dijo, te traes algo que hayas escrito, y puedes comenzar a limpiar los pisos. Asentí con la cabeza, y le estreché la mano. ¿Para qué quiere algo que haya escrito?, pensé, pero sin darle importancia; tenía un trabajo, ¡qué más quería! 

 Antes de irme, cuando ya había dado unos pasos, me gritó: ¿pasas por avenida México? Le grité que sí, y me pidió de favor que arrancara el letrero del poste. 

2

¿Le estrechaste la mano a un tío que te puso a limpiar sus pisos?, me preguntó Martin Petrozza cuando lo visité en busca de una recomendación escrita. Sí, dije, eso es lo que se hace cuando alguien te da trabajo, algo que no te sentaría mal a ti. Ya, dijo ignorando mi comentario, ahora serás un poeta que vende kilos de huevo y panqué con nuez. Bueno, dije yo, en algo hay que trabajar. No está nada mal, continuó Petrozza, quizá en el futuro te recuerden por ello. ¿Sabías que Faulkner fue cartero? Sí, dije, pero eso no me anima.

 Petrozza encendió un cigarrillo para sí, y me lo dio. Lo tomé y me lo fumé. Él encendió otro cigarrillo, y se lo fumó. Estábamos en casa suya, esperando a los demás. Yo los había citado a todos porque necesitaba esas malditas cartas. No es que la necesitara de verdad, pero suelo ser muy estricto conmigo mismo. Estoy seguro que el señor Palafox me hubiese contratado incluso sin las cartas, pero me las había pedido y yo tenía la buena (?) costumbre de cumplir.

 El primero en llegar fue Garrison. Me reprendió por hacerlos venir a todos sólo para escribir y firmar una carta que cada uno pudo escribir en su casa, mandarme por correo electrónico,  y que yo mismo pude firmar (falsamente) una vez impresa en mi impresora. Aún así has venido, dijo Petrozza, y Garrison se defendió diciendo que en todo caso había venido para hablar con él, y con todos, pero no precisamente por las cartas. Luego se calmó y él mismo se puso a reír. Dijo que estaba bien, que ya vería yo cómo me haría una carta de recomendación como ningún patrón la había visto jamás. Entonces Petrozza rió, y yo supe que estaba en problemas. Que se tomarían el asunto de mis cartas como un juego, un ejercicio literario, y una broma.

 La segunda en llegar fue Verónica, y la última. Con su llegada todo se convirtió en una fiesta. Primero porque ella tampoco sabía (aunque yo se lo había dicho) exactamente por qué estaba allí. La casa de Petrozza no era su lugar preferido, y hubiese preferido cualquier otro lugar. Y después, porque Garrison la puso al tanto, le dijo: Salmoneo se ha empleado en una tienda de abarrotes y al pobre le están solicitando cartas de recomendación… ¿lo puedes creer?, interrumpió Petrozza mientras encendía otro cigarrillo, ¡tres cartas de recomendación para laborar en una tienda de abarrotes mal surtida! Riendo, Verónica dijo: ese señor debe tener complejo de empresario, o de reclutador. Y también, porque ella fue la que trajo la botella de Whisky.

 Petrozza sacó sillas de algún lugar, sillas plásticas, y nos hizo sentar. Luego abrió la botella y sirvió la primera ronda. También repartió cigarrillos. A pesar de su austeridad, era muy compartido. Y una vez acomodados recomenzó con el rollo del poeta trabajador. Se burló de mí por ser tendero, y dijo que si ya me había leído la etiqueta de la leche. Lo hizo burlándose porque ahora yo no tendría tiempo de leer, y lo único que me quedaba era leerme las etiquetas de los productos. Dijo que él sí, y que le gustaba particularmente el pasaje de que habla sobre las grasas monosaturadas. Garrison rió estrepitosamente, y comentó (siguiendo la burla) que ese pasaje no era tan maravilloso como el escrito en las latas de conserva, que va así (se levantó de la silla y lo recitó como si fuese un poema):

 Ingredientes:
 piña, agua y azúcares.
 ¡Sin conservadores!
 Consérvese en un lugar fresco,
 y déjese,
fuera del alcance…
 de los niños. 

 Verónica y Petrozza aplaudieron y rieron, y en adelante ya no dejaron de burlarse. Yo también reí. Las bromas no eran con la intensión de ofender, sino de divertirse.

 Creo que fue aquí donde salió la plática de los oficios y los escritores. Petrozza volvió a decir que no me desanimara, que quizá en el fututo yo sería conocido como el poeta tendero, o el poeta de la tienda, o alguna cosa así. Entonces Verónica, llevando la conversación a un punto más serio, dijo que a pesar de que Petrozza se burlaba, podía ser cierto. Y preguntó si sabíamos que muchos escritores han tenido oficios peculiares, por ejemplo Carlos Onetti fue vendedor de máquinas para sumar. Calculadoras, exclamó Garrison, como si fuese obvio. No, dijo Petrozza, una calculadora suma, resta, divide y multiplica. Sí, afirmó Verónica, Carlos Onetti vendía máquinas exclusivamente para sumar. ¡Sumadoras!, dije yo. Sí, sí, asintió Verónica y todos reímos. También brindamos. ¡En memoria de las difuntas sumadoras!

 Petrozza repitió lo de Faulkner y el correo, y Garrison hizo su aporte anunciando que Roberto Bolaño, cuando llegó a España (a Blanes, si no mal recuerdo), fue basurero. Entonces Verónica rió y dijo que siempre había alguien más jodido que uno, y me dio ánimo con una palmada en el hombro. Y luego agregó que recordaba haber leído que el escritor Jake Arnott fue ayudante de la morgue. Escalofriante, dije yo. ¡Y Kafka, exclamó Garrison, vendedor de seguros para accidentes laborales! Exclusivamente laborales, agregó.

 Petrozza dio una calada al cigarrillo. Y eso no es nada, dijo expulsando el humo del cigarrillo por la nariz, Raymond Carver fue celador, tío, ¡celador!, ¿se imaginan todo lo que pudo observar siendo celador? Estuvo sumergido en el odio y la frustración humana. Verónica se impresionó, sobre todo por lo último que dijo Petrozza y agregó que aquello debe ser interesantísimo, sobre todo el contacto directo con criminales y psicópatas. Además que siendo celador debes ser uno de los blancos del odio de esos criminales, comentó Garrison. Y yo asentí con la cabeza, pensando a qué hora se iban a dignar (si no es que lo han olvidado ya) ayudarme con las cartas. Y es que al día siguiente yo debía llevarlas, y presentarme a limpiar los pisos. Y como la casa de Petrozza está en el Sur… y yo vengo del Norte. Hago tres horas de camino y bueno… en todo eso estaba pensando.

 La velada continuó sobre la misma línea unas buenas horas. Se bebía y se hablaba de los oficios desempeñados por los escritores. Todos parecían saberse más de uno. Estaba Raymond Chandler, que fue vendedor de raquetas de tenis y recolector de melocotones (aquí se bromeó sobre los melocotones de Verónica). Y Roberto Arlt, que soñaba con hacerse rico haciendo inventos estrafalarios (para su época) como unas medias de mujer que no se rompieran, una tintorería para perros, o poner una cadena prostibularia que fincara la revolución social en su país. Y Mijaíl Bulgákov, médico rural.

 Al final les recordé porqué habían venido, y Petrozza dijo que estaba bien, que me ayudarían con esas jodidas (sic) cartas pero únicamente si yo aceptaba la condición de no censurarlas. ¿Qué quieres decir?, pregunté sospechando lo que se avecinaba. Garrison y Verónica estuvieron de acuerdo, dijeron que ese sería el trato. Es decir, que mis tres colegas de letras y de farras estaban dispuestos a escribirme un carta de recomendación cada uno, pero sólo si les otorgaba libertad de expresión. Lo que significaba que yo estaba en aprietos. Ya podía imaginarme a Petrozza recomendarme entre hijosdeputas, mierdas, y gilipollas. A Garrison haciendo un estudio filosófico sobre el hombre, la bondad y la malicia. Y a Verónica describiendo cómo yo era un buen chico, pero un bien chico que la quería llevar a la cama, y lo mucho que necesitaba el dinero del trabajo para pagarme un hotel.

 La idea me pareció estupenda, ¡total! No hay ley que dicte cómo debe redactarse una carta de recomendación, al menos que yo sepa.

Así, acepté el trato y los tres se morían por coger papel y pluma, más cuando lo tuvieron nos dimos cuenta de que ya era de noche, y no había mucha luz. En la casa de Petrozza no hay demasiado de nada. No hay demasiada luz, ni demasiada agua, ni demasiada comida, ni demasiado alcohol.

 3

Por la mañana me levanté contra toda mi voluntad, a las cinco de la mañana, porque según el señor Palafox, la tienda debía abrirse desde las cinco, pero era considerado conmigo y me dejaría llegar a las seis.

 Tomé una ducha con agua fría, me vestí y desayuné un yogur de mango y panqué. Antes de salir avisé a mi abuela que me iría, y ésta, católica de todas sus generaciones, me bendijo y me recomendó andarme con mucho cuidado. Dijo que por ningún motivo hiciera renegar al señor Palafox, que había sido un ángel al darme trabajo. También dijo otras cosas, del mismo calibre, pero las olvidé todas porque cuando ella se soltaba con rollos así, yo no escuchaba. 

 Y cuando llegué a la tienda, ahí estaba el señor Palafox, parado en la acera, tocándose el bigote mientras miraba al cielo. Me pareció que pensaba. Es decir, algo profundo. Era un señor bajito y rechoncho, con un bigote tipo Nietzsche, y unos ojos pequeños y oscuros como canicas. Lo toqué del hombro para hacerle notar que yo ya estaba allí. Dio un pequeño brinco y me saludó con un apretón de manos muy duro. Acto seguido, miró su reloj. Son las seis menos diez, dijo. No pensé que llegarías antes de las ocho. ¿De verdad?, pregunté asombrado, pero si usted mismo me pidió llegar a las seis. Sí, dijo moviendo el bigote de un lado a otro,  he tenido muchos empleados y hasta ahora, ninguno ha llegado antes de las ocho, qué raro. 

 Le entregué un sobre manila con las cartas de mis amigos dentro. ¿Y esto?, preguntó asombradísimo, como si le estuviera entregado un objeto marciano. Válgame dije, pues son las cartas que me ha pedido… ¿las cartas?, preguntó más extrañado aún… las cartas de recomendación, dije, usted mismo me las ha… Sí, sí, sí, dijo haciendo brincar el bigote. Me tomó por los hombros y me arrastró dentro de la tienda. Una vez dentro, me susurró; me confesó, que lo de las cartas era un juego. ¿Es que acaso tú te crees que estás pidiendo un puesto de Director banquero? Me basta con que sepas usar una calculadora y puedas recordar dónde va el queso y dónde las salchichas. No se mezclan, ¿sabes?, por el olor.

 Me sentí como un idiota, pero no lo demostré. En vez de eso, dije: entiendo, es un trabajo menor, bastara con recordar los precios y… ¡Ja!, rió el señor Palafox, ¡ni eso!, dijo, he pegado una lista con los precios en el mostrador, no tendrás que forzar tu memoria. Maldije mentalmente mi manía de hacer las cosas correctamente. A decir verdad, dijo el señor Palafox mirando al horizonte, un simio bien adiestrado podría hacer esto. ¡Le bastaría señalar con el dedo el producto en la lista, y voilé!, exclamó. ¿Lo imaginas?, un simio al que le dices leche, o frituras y te señala en la lista el precio del producto. ¿Crees que alguien pueda entrenar un simio de ese modo? Antes de que yo pudiera contestar, continuó hablando solo: pagaría por verlo, Dios. Lo único es que no se puede confiar en la gente. Quizá se pueda confiar en el chango… pero en la gente… apuesto que no le pagarían correctamente al chango. Maldición, habría que adiestrarlo para sacar los ojos a los cabronazos. Aunque si lográramos que el chango diese cambio… sí, al menos habríamos hecho un avance asombroso en el adiestramiento de animales. Luego habría que adiestrar a las personas…

 Y el señor Palafox continuó su interminable soliloquio sobre aquel tema, y se metió a una puerta que daba (lo supe después) a la casa de la familia Palafox. Y me dejó allí, parado, en medio de la tienda, sin darme ninguna instrucción. Aunque el día anterior había mencionado algo sobre lavar los pisos, yo no tenía las herramientas necesarias para ello. Además, pensé que eso de limpiar pisos quizá, fuese una broma. Con lo bien que se le dan. 

 Pero no lo fue. A los diez minutos más o menos, regresó con una cubeta, una escoba y una jerga. Dentro de la cubeta venía un envase de amoniaco, y me puso a fregar los pisos. Eso sí que no lo había olvidado. 

 Yo sabía que tendría que fregar pisos, pero una vez allí, con la escoba en las manos y el amoniaco entrándome por las fosas nasales, y destrozándomelas, sentí ganas de renunciar. Pero me acordé de mi abuela, y sus consejos, y me puse a fregar como una cenicienta, pero peor, porque ninguna princesa vendría a rescatarme. El señor Palafox, mientras tanto, sacó una silla y la colocó en la banqueta. Se sentó sobre ella, y yo no lo miré, pero él se puso a leer las cartas. 

4

A falta de luz en casa de Petrozza, y para no joderse la vista ellos, decidieron que tomaría la pluma yo, y ellos se limitarían a dictarme (después de todo era cosa mía) una carta en coautoría, y que debía, no por eso, valer menos que tres cartas por separado, cosa que dejaron claro en la carta misma, que es la siguiente: 

 A quien corresponda: 

 Por medio de la presente, hago contar que conozco de buena fuente al Poeta Salmoneo Gutiérrez, éste mismo que usted tiene en frente, y que puedo permitirme decir de él que es excelentísima persona (aunque habría que analizarse fondo, eso de persona), tanto que podría apostar que él se apostaría por mí la vida, que es lo mejor que puede decirse (y esperarse) de un amigo. Y para cimiento de mi juicio, ¿de qué otro modo podría expresarme de un hombre que ha emprendido a mi lado la tiránica tarea de localizar a la perdida francesa de mi vida, la bellísima Alesia, o que se ha mostrado gustoso de acompañarme noche tras noche, y trago a trago, en mis momentos más bajos y de más debilidad, y todo a capricho mío, y sólo porque me sale de los cojones que se quede un poco más a cada velada que vivimos en compañía, yéndose del mismo modo (a capricho de mis cojones) de la casa mía, cuando ya me siento mejor?

 Por si fuere poco, puede decirse del Poeta Salmoneo Gutiérrez, que tiene alma de perro (y cara), es decir, noble, y que día a día e insulto a insulto, soporta la compañía de sus amigos, y no se amedrentar ni es iracundo, ni llega a los golpes por nimiedades por las que otros, se andan matando. 

 Ahora bien, con las mujeres, me consta de primera mano (pero no vaya a pensar mal), es un caballero, y aunque temeroso, respeta a las damas como si fuesen el más valioso de los tesoros; o es que acaso les teme como al más diabólico de los monstruos, pero lo mismo da, pues no se ha sabido de dama alguna que por el Poeta se haya sentido ofendida, o menospreciada. 

 De los vicios, los tiene pocos y pobres, a lo más siete cervezas en una noche, y eso rogándole que siga, para no sentirse uno despreciado, o alcohólico. Fuma, pero fumar no tuerce la mente como lo hacen otras drogas, las cuales, el noble Poeta, sencillamente desconoce. Es tan ingenuo que podría confundir marihuana con perejil, y cocaína con harina. Cosa de la que estoy seguro, porque una vez se me ocurrió experimentarlo, pero no se lo diga, porque el pobre no lo sabe, y hasta la fecha, piensa que todo fue un sueño. De esto modo ya lo sabe, si le requiere un examen de psicotrópicos, y sale positivo, la culpa es mía y no de él. Por favor, absuélvalo de éste pecadillo. 

 De los hurtos, despreocúpese, pues educado en el seno de una familia religiosa, ha sido debidamente condicionado para sentirse una basura, un pecador y un maldito gusano si su mano llegase a tomar lo que no le pertenece; y no hay peor castigo que el que uno mismo se impone, y más si es el del remordimiento de conciencia, que es más doloroso y más cruel, que estacas en las manos. Por el mismo lado, el de la religión, y aunque la verdad es que no cree en Dios, lo mismo se le ha quedado el hábito de la confesión. Son al menos dos veces por semana, que borracho, va y se confiesa a sus amigos, que si no son sacerdotes, lo mismo Dios escucha, él que está en todos lados, y así su alma, puedo asegurar, está libre de pecado. 

  Del trabajo, El Poeta Salmoneo Gutiérrez es entendido. Ha trabajado al menos unos cinco años, sin tregua ni descanso, en la composición poética que le de renombre, y aunque sin éxito, no se puede decir que no lo haya intentado, y ya sabrá usted que más vale morir en el intento que… no haberlo intentado nunca (?). En todo caso, el Poeta Salmoneo no ha muerto, pero no por ello ha dejado de luchar, sino que continúa esforzado en el manejo de la pluma, que es el más excelso de todos los trabajos, pues forja al ser, y da de comer al alma (espiritualmente hablando, porque de pan, nada), y hace llegar al mundo los pensamientos humanos más elevados y profundos. 
 Sin más, si usted no reconoce en todos estos atributos un alma amiga, es porque la suya (el alma) o bien, está podrida, o sencillamente no la tiene. 
 Quedo de usted para cualquier aclaración, 

 Atte: 

 Martin Petrozza.
Guillermo Garrido.
Verónica Pinciotti. 

P.D.

 Por favor, tome esta misiva a favor de tres, que tres han sido los autores, y por no desperdiciar papel, uno a uno han firmado y no por ello con menos fervor.  




martes, 24 de enero de 2012

El amor no es como lo pintan.



En el cuarto de baño Nicole se mira en el espejo. Se ha mirado seis veces antes, pero ésta es la última. Randy está por llegar. Nicole se ha arreglado para Randy. [mentira número uno. Nicole se ha arreglado para Randy. Las mujeres no se arreglan para los hombres. Las mujeres se arreglan, a) si son feas, para creer que pueden ser bonitas, b) si son bonitas, para sí mismas]. No soportaría que un solo cabello estuviese fuera de su lugar. Se ha esmerado particularmente en el peinado. Se mira en el espejo, hace un par de poses, se ajusta el vestido (casi se le salen las tetas (aunque es un vestido diseñado para que casi se salgan las tetas)), y decide que todo está muy bien. [Decimos decide porque todo es relativo] Lanza un guiño a la imagen en el espejo, y sale. Al salir, cierra la puerta de una patada de mula, lo que le da un toque de frescura, de agilidad, juventud y belleza. Al menos así lo piensa Nicole. [No es que Nicole realmente lo piense. A decir verdad, Nicole no piensa mucho. La mayoría de las ideas que le vienen a la cabeza han sido incubadas previamente por los medios. Particularmente la idea de la frescura, la agilidad, etc., ante la patada de mula, le vino de un musical que miró con Randy en la televisión. La protagonista de aquella mierda da una patada de mula y cierra así la puerta de una habitación. Nicole ya no recuerda la escena, ni el musical, pero ha quedado grabada la idea de frescura, y la patada de mula, asociadamente en la cabeza de Nicole. Y ahora ella ha cerrado una puerta de una patada de mula, y se siente muy original, y muy fresca]. Acto seguido corre (literalmente corre) a la cocina, a revisar que la cena esté en su punto…

2

Randy llega al apartamento del edificio de Nicole. El apartamento está en el segundo piso. Lo piensa dos veces antes de coger el ascensor. Por un lado le gustaría tomar las escaleras. Por otro, no quiere correr el riesgo de transpirar. 

 Una vez en el ascensor pica el botón número 2. Se siente un tanto idiota, ¿quién toma el ascensor para ir al segundo piso de un edificio? Pero el asunto deja de importarle. Ha encontrado algo más interesante: su reflejo en el aluminio de la puerta del aparato. Se acerca para ver mejor. Alza los hombros en un movimiento que le ajusta la chaqueta. Lo hace un par de veces. Luego se pasa la mano por la barbilla. No hay rastro de vello. Finalmente comprueba el olor de su aliento. Piensa que ésta es su noche. Hay un solo pensamiento en su cabeza: acostarse con Nicole. Hace por lo  menos dos semanas que no hacen el amor. Principalmente por falta de tiempo. Ambos laboran el día entero y aún no viven juntos. Si sumamos a eso las menstruaciones de Nicole, las jaquecas de Nicole, y los prejuicios morales de Nicole sobre el sexo fuera de casa… 

 Esto último jode a Randy sobre manera. Le gustaría que Nicole fuese menos santurrona y más… aventada. Desde su perspectiva de hombre, podrían hacerlo más a menudo si Nicole se dejase follar, por ejemplo, en los aparcamientos de las plazas comerciales. Hay un sinfín de lugares, piensa Randy, quien ha escuchado contar las más descabelladas aventuras sexuales a sus compañeros de trabajo. Está Cory, que dice haberse cepillado a su secretaria en el sanitario de un establecimiento público (Randy siempre se ha preguntado mentalmente si estas cosas ocurren en el sanitario  para hombres, o para mujeres. Y en todo caso, ¿cómo se deciden?). Y está Benett, que se lo pasa hablando de lo maravilloso de hacer el amor bajo el agua. Y Muller, que asegura echarse un rápido todas las mañanas con Cony, la secretaria del piso cincuenta y dos, en el ascensor del edificio del trabajo. Esto último es difícil de creer incluso para Randy, que generalmente se cree todo. Y hasta el señor Lamb, el conserje del edificio le ha confesado a Randy que le da un uso más oscuro al cuarto de servicio. Todas estas historias contadas por hombres, dan a Randy la impresión de que las mujeres han superado ya la mojigatería de los siglos pasados. Todas excepto Nicole. La buena de Nicole, incapaz de bajarse las bragas fuera de casa. [Esto nos lleva a la mentira número dos: las mujeres se han liberado. No hay nada más alejado de la verdad. Incluso hoy, en pleno siglo XXI, más del noventa por ciento de las mujeres siguen atadas a los grilletes de la moral. Y todos esos cuento de hombres que follan en los ascensores públicos, son cuentos chinos].

 Una vez fuera del ascensor, en el segundo piso, Randy llama a la puerta del apartamento de Nicole. Ésta lo recibe con una sonrisa, un abrazo, y un beso en la boca que se prolonga unos buenos segundos. Mientras se besan, Randy le soba el culo. Nicole se deja hacer a pesar de que están en la entrada del apartamento, con la puerta abierta. Acciones como ésta son las que hacen creer a Randy que hay una oportunidad de pervertir a Nicole, de liberarla de sus prejuicios. Sin embargo, no es así. Nicole, aún magreándose en la puerta de su casa, tiene todo bajo control. Es sábado y son las nueve con veintidós. Sabe que los vecinos de enfrente (quienes pudieran ver esto) no regresarán antes de las dos de la mañana. Realmente no corre el mínimo riesgo. 

3

Una vez dentro, lo primero que hace Randy es irse encima de Nicole. La tumba en el sofá. La besa y le acaricia las tetas. Le besa en el cuello y en la barbilla. Pero Nicole lo detiene, le pide que tenga calma. Se excusa para ir a la cocina, a pagar el fuego de la cena (y el de Randy). Randy no puede menos que ceder, por más grande que sea su deseo, no sería capaz de forzar a Nicole, ni de permitir que se queme el pato. En situaciones así a Randy le gustaría que Nicole fuese más desobligada. Que se entregase a la pasión y se olvidara del resto del mundo. Más o menos como hace él, y como hacen todas las mujeres, según Randy. [Randy también es asiduo del televisor y de los medios. Principalmente del cine. Es allí donde aprendió que las mujeres deben ser apasionadas y entregarse al deseo sexual. Y que si no lo hacen, es porque no aman de verdad. Randy siente su amor menospreciado a cada rechazo de Nicole]. 

 Randy espera sentado en el sofá. Nicole entra a la cocina, y cuando sale, trae consigo una gran charola llena de pato a la naranja, que es un platillo que hace por vez primera. Se le ha ocurrido la idea [la idea fue incubada en los años noventa, cuando en todas las series televisivas se preparaba pato a la naranja, como un platillo muy fino] porque considera esta cena, una cena muy especial.  Es la primera vez en sus tres meses de relación que Nicole cocina para Randy. Y le parece que lo hace porque esta vez, la cosa va en serio

 Nicole siente que su relación va en serio, y Randy, por su lado, piensa que los rechazos sexuales de Nicole son algo que enfría la relación, y que no podrá mucho tiempo más con eso. Cómo le gustaría tener una mujer como la de Pablo, él mismo ha sido testigo de su pasión. No pasa un minuto sin que se le vaya encima a Pablo. Si van a una fiesta no pierde ocasión de enredarse con él; en alguna habitación, en el sanitario, dentro de coche en el aparcamiento. Esa mujer debe amar a Pablo, piensa Randy. 

 Randy se levanta y se ofrece a ayudar a Nicole con la mesa. Pretende poner la mesa, pero no sabe dónde están todas las cosas. Pregunta por los cubiertos y es Nicole quien acaba sacándolos y llevándolos a la mesa. Pregunta por las servilletas, por los vasos, los platos, etc., y es Nicole la que termina haciendo todo. Siempre es así, piensa Nicole. A Nicole le gustaría que Randy fuese más atento. No sabe que Randy tiene la idea de que un hombre debe ser casi un mamarracho. Lo ha visto en la televisión, los hombre de verdad no mueven un solo dedo. Sin embargo Randy desea ayudar con la cena, porque considera que hacerlo es el gesto más romántico que podría permitirse. 

 Cuando todo está en su lugar, se sientan a la mesa, y comen. Nicole pone empeño en comer educadamente, como ha visto comer en el cine a la gente de dinero. Y, más profundamente, piensa, como deben comer las princesas. A sus veinticinco años no ha podido desprenderse del sueño infantil (y mujeril) de ser una princesa. Randy no, a Randy le importa un cuerno si se mancha la servilleta (Nicole ha puesto servilletas de tela. De una tela muy bonita, le parece, y no dese mancharlas) a fin de cuentas para eso son. Y cómo jode a Nicole que Randy no tenga cuidado cuando ella misma tiene mucho cuidado. Le parece desconsiderado. Pero no dice nada. Nicole imagina que Randy debe darse cuenta por sí mismo, ser más empático. No se da cuenta que exige demasiado. Le exige a Randy que sea un maldito adivino. A Randy todas estas cosas ni le asoman por la cabeza. Él sólo desea acabar con el pato y comenzar con Nicole.

 Randy le mira las tetas a Nicole. Le oye hablar pero no le escucha. Está concentrado en una sola cosa: practicar con Nicole aquella posición sexual que miró en un vídeo pornográfico. Un colega del trabajo le ha dicho que es una posición muy buena. Vuelve locas a las mujeres, es lo que ha dicho el colega de Randy, el mismo que le mostró el vídeo en un teléfono móvil. Lo que no sabe Randy, ni el colega, es que la mujer del vídeo está fingiendo. Y que esa posición no vuelve locas a las mujeres, sino a los hombres. Es una posición que responde al pequeño lado sádico de todos los hombres. Para la mujer, a decir verdad, es muy doloroso. [Mentira número tres: la pornografía]. 

 Nicole habla del futuro, dice a Randy que en adelante podrían vivir juntos si se organizan. Nicole dice esto, que lo ha planeado durante toda semana, y espera una respuesta. Es decir, espera particularmente una respuesta. Espera que Randy sonría, se entusiasme, y diga que sí, que es lo que más desea en la vida. Sin embargo Randy no sonríe, no se entusiasma, ni declara abiertamente que es el más fuerte anhelo de su existir. Sencillamente asiente con la cabeza, y se lleva un trozo de pato a la bocaza. [En momentos así, el mundo se le derrumba a la pobre de Nicole. Se da fuerzas, sin embargo, y decide seguir, y apostar de nuevo. Su cerebro, quizá inconscientemente, recrea las escenas que ha mirado en la tevé sobre parejas, dando la oportunidad a Randy de encajar. Ella hace algo, y espera que Randy reaccione tal y como ella piensa que debería reaccionar. Todo esto, secretamente. Las probabilidades de que Randy acierte, son ínfimas. De que cualquiera acierte, son ínfimas. Pero a Nicole esto no le importa, ella exige que Randy sonría, se entusiasme y diga que es lo mejor que le ha pasado en la vida. De lo contrario, piensa Nicole, no le ama. Mentira número cuatro: la gente ama aunque no reaccione justo como nosotros deseamos]. 

 4

 Han terminado con la cena. Nicole está de frente al fregadero, quiere lavar los trastos de una buena vez, pero Randy no la deja. La toma por la cintura y le besa la nuca. Le toca el culo o las tetas, la manosea y le susurra al oído que está buenísima. Nicole, lejos de tomar, como Randy espera que tome, todo este asunto de una manera halagadora, se siente incómoda. Es cierto que le agrada que Randy le diga lo buena que está, pero esto es demasiado. Además, no quiere que la cosa se ponga caliente porque… bueno, hay algo de lo que debe hablar con Randy y… no está segura de que a él le vaya a gustar. A decir verdad, está segura de no le va a gustar

 La situación para Nicole es la siguiente: Hace tres meses que sale con Randy, y ahora que la relación toma forma, piensa que es momento de poner las cosas en claro. Para ello, ha decidido examinarse. Hacerse la prueba del Papanicolaou. Hasta ahora, ha hecho el amor pocas veces con Randy y se cree que es mejor checarse cuando aún está a tiempo de no contagiarse. El problema radica en que su ginecólogo le ha pedido suspender las relaciones sexuales en un periodo de cuatro días antes del examen, y el examen es el próximo lunes. En pocas palabras, Nicole no podrá mantener esta noche relaciones sexuales con Randy. Y con lo mucho que Randy lo desea… 

 ¿Qué espera Nicole de todo esto? Bueno, pues la ingenua de Nicole piensa que esta es una oportunidad de oro para medir el temple del amor que Randy siente por ella. Espera que Randy sea comprensivo. De verdad espera que Randy sea muy comprensivo. Que le tome en brazos y que le diga que no hay por qué alarmarse, que ya lo podrán hacer después, y que la idea de hacerse una prueba [idea que le vino a Nicole después de ver un capítulo de su serie favorita] es una gran idea. Incluso espera que Randy le aliente para hacerse más pruebas, y para hacerse pruebas él mismo. [Pruebas y más pruebas. El síntoma claro de una histeria] Para ella, Randy es importante, y su relación con Randy es [y debe ser] perfecta. Con perfecta entiéndase, que Randy debe someterse a todos sus caprichos mujeriles e histéricos, con la vehemencia de un devoto. Sus histerias son su dogma. Y si Randy sugiere, si apenas sugiere no estar a favor de sus ideas, significa que está en contra. En resumen: Nicole está loca. Pero no podemos decir menos de Randy…

 Randy se ha enterado. Nicole se lo ha dicho en la habitación, justo en el momento que Randy le quitaba ropa, después de habérsela quitado él mismo. Sobre la cama, Randy la tenía debajo y ahora estaba a punto; entre su pene y la vagina de Nicole tan solo se interponía la delgada tela de su ropa interior. Y al intentar quitarla de en medio… fue allí cuando Nicole se lo soltó. 

 Lo primero que hizo Randy fue reír e ignorando el comentario, insistir en ladear las bragas. Nicole tuvo que repetirlo. Lo segundo que hizo Randy, una vez que comprendió que no era un chiste, fue levantarse de la cama, llevarse las manos a la cabeza, y decir no es posible. Acto seguido salió de la habitación, sellando la escena de un portazo. Muy pero muy lejos de la reacción de cariño y comprensión que Nicole esperaba. 

 La situación para Randy es la siguiente: Hace tres meses que sale con Nicole, y le costó dos mese de ruego que ella lo aceptase. En total, cinco meses, en los cuales han hecho el amor dos veces (Randy lleva la cuenta, y no es una cuenta difícil de llevar). Esto es un secreto, Randy jamás ha confesado a los colegas del trabajo de su escasa vida sexual. A ellos ha dicho que a Nicole se la llevó a la cama a la  segunda semana. Sí, cómo no, piensa Randy. Le duele pensar que ha tardado tanto, en realidad tardó cuatro meses, y se pregunta a menudo por qué no le tocó una de esas mujeres que se acuestan con uno al segundo día. Y ahora que lo han hecho, y que no encuentra, desde su perspectiva de hombre, motivo alguno para no seguir haciéndolo, Nicole se empeña en boicotear cada oportunidad que tienen (y no tienen muchas). A ver, piensa Randy en el cuarto de baño, que es a dónde ha entrado luego de azotar la puerta del cuarto, ¿alguien puede decirme por qué Nicole tiene que hacerse esa maldita prueba el lunes que viene? No hay nada hecho, aún puede acostarse conmigo y pedir que cambien el examen para el próximo viernes o algo. Pero Randy sabe que Nicole no lo hará. Es como si deseara acabar conmigo, con mis nervios y con mi paciencia, piensa Randy mientras orina en el excusado. ¡No es justo!, piensa; yo la he respetado, he seguido sus malditas reglas, y he tolerado que ni siquiera me la chupe, porque la muy monja no puede concebir un acto tan repulsivo como el sexo oral. Quizá vaya siendo hora de cambiar, piensa Randy. No tengo por qué soportar esto. Bien podría salir con Sally, la chica del piso cuarenta y seis. Me han dicho que es una chica fácil. 

 Randy sale del cuarto de baño y se encuentra con Nicole, en la sala. Se ha vestido. Se ha puesto una bata de baño, algo muy poco seductivo. Incluso ha perdido el peinado. Ahora lleva el cabello amarrado en la nuca, como una señora. Randy piensa que no hay remedio. Nicole piensa que no hay remedio. 

 La situación, objetivamente, es la siguiente: Randy y Nicole se conocieron en un bar del centro de la ciudad, y de inmediato surgió algo. Es como si se conocieran de muchos años atrás, y las sonrisas y los abrazos encajaban perfectamente. Intercambiaron números y comenzaron a salir al día siguiente. Hubo chispa. De aquel día en adelante no dejaron de encontrarse. Nicole se presentó a Randy como una mujer tierna, y muy decente. Sí, al principio fue eso lo que hizo caer a Randy. Le agradó que Nicole no fuese el tipo de chica que se acuesta con cualquiera. Y Randy, embelesado, creyendo encontrar una joya, se mostró caballeroso y educado. Justo lo que Nicole andaba buscando: un hombre que supiese respetar a una mujer. Y así, se fueron enamorando…

 A cada cita ambos se sorprendían cada vez más de la afinidad que surgía entre ellos. Es como si hubiesen nacido para estar juntos. Randy, por supuesto, se declaró a Nicole, y ésta, continuando en su papel de niña bien, le pidió tiempo para conocerse. A Randy la idea le pareció estupenda, fue la respuesta que le arrancó el corazón. Definitivamente Nicole no era una puta. Y eso le sentaba tan bien ahora que él mismo deseaba comenzar una relación seria. 

 Salieron en plan de ya veremos. Se lo pasaron como nunca; fueron al cine, al teatro, al centro comercial. Pero desgraciadamente el tiempo no estaba de su lado. Nicole laboraba en una empresa de marketing, y Randy para el Banco. Sin embargo, a pesar de los obstáculos, lograron salir adelante. A los dos meses se ennoviaron. Para ese entonces Randy ya estaba que sacaba fuego: necesitaba joder. Pero Nicole se hacía del rogar. Tuvieron que pasar dos meses más para que al fin, lo hicieran en la misma habitación que ahora Randy había sellado de un portazo. 

 Haciendo memoria, a Randy le parece que fue durante los dos primero meses de noviazgo, es decir, durante el tiempo que el resguardo del coño injustificado de Nicole le hacía la vida un infierno, cuando la relación comenzó a deteriorarse. La chispa se apagó…

 No sé qué es lo que nos está pasando, dice Nicole. Randy sencillamente no la mira. Él sabe exactamente qué les está pasando. Les está pasando que Nicole no pone de su parte, piensa. Lo que no sabe es que Nicole piensa lo mismo, desde su lugar, Randy es el que no pone de su parte, ¿qué le cuesta esperar al lunes si ella misma le está diciendo que podrían vivir juntos?, ¿es que Randy no lo ve?, viviendo juntos habrá tiempo de sobra para hacer el amor. Es cosa de unos meses a lo más. Pero a un hombre, en cuestiones se sexo, no puede hablársele de unos cuantos meses

 Quizá lo mejor sería hablar, dice Nicole. Randy continúa ignorándola. No hay nada que hablar, piensa. Lo único es hacerlo, eso es todo. Tan sencillo como eso. ¿Qué hay de malo en follar?, piensa Randy, después de todo eso es lo que hacen los novios. Somos jóvenes, somos novios, y podemos hacerlo, ¿qué más quiere Nicole?, ¿esperar hasta el matrimonio? 

 Nicole siente que Randy es injusto. Pero también, reconoce su culpa. Al menos, así es como se siente: culpable. Se acerca a Randy y le acaricia. Piensa que si Randy insiste acabarán por hacerlo. Pero a Randy ya no le importa. Puede guardarse el coño, piensa. Incluso si ahora cede, ya no será lo mismo. Habrá matado el fuego de un modo u otro. Incluso si en este momento me tumbase sobre el sofá y me montase, ya no sería lo mismo. Dudo  incluso que la cosa se levante. Ha dado al calvo. Me tiene hasta la coronilla con sus actitud de Santa Madre de… Y esa maldita bata, Dios, ¿por qué se ha puesto esa cosa? 

 Nicole atraviesa una crisis nerviosa, la cena se ha arruinado y probablemente su relación también. La chispa se ha arruinado. El amor se ha arruinado. No siente por Randy nada que no sea desprecio. Le pide que se vaya, si él sólo quiere coger, ya puede retirarse, no pasará. 

 Randy siente mucho odio en su corazón. Le duele el estómago al aceptar que ha perdido. Piensa que probablemente ha sido demasiado duro. Quizá debí ser más comprensivo, piensa, y quizá así, al final, Nicole hubiese cedido; si yo hubiese sido más cariñoso, quizá Nicole hubiese cedido. Le duele recordar cómo Cory le ha dicho que un hombre debe tratar a una mujer: como si fuesen el más valioso de los tesoros, ha dicho Cory, no importa si se trata de la puta más despreciable sobre la faz de la Tierra, lo mismo da: como si fuesen el más valioso de los tesoros. Qué lejos ha estado Randy de tratar a Nicole como a un tesoro. Le parece que la ha tratado como a una puta. Siempre con sus prisas por hacerlo, ¿es que no fue ella misma quien le dijo que podrían vivir juntos? Hasta ahora comprende Randy… Es demasiado tarde. Randy se despide de Nicole con un beso en la mejilla, y se marcha. Nicole siente que lo odia. Randy siente que la odia. Es increíble que después de tanto amor, venga tanto odio. 

5

De todos los sentimientos que puede experimentar el hombre, el odio es el más apasionante. El odio es incluso más apasionante que el amor. Es probable que el amor ni siquiera sea apasionante. [Mentira número cinco: el amor es apasionante.] El amor no es apasionante. Las pasiones son duraderas, un hombre puede pasar toda su vida odiando. El amor en cambio, es fugaz. Como una cerilla en combustión, que se desgasta. Muy pocas personas pueden pasar la vida amando. Las parejas que pensaron amarse en un principio, terminan en el olvido. En la monotonía y la costumbre. En la dependencia. En la necesidad. En tantas cosa que confundimos con amor.

 Nicole y Randy jamás se amaron, a pesar de que hubo chispa. El amor no es chispa. El amor es voluntario. Para amar, hay que decidir amar. Nicole y Randy jamás lo decidieron. Les llegó de golpe, una situación, una persona, y una pasión. Pero amor no, el amor no llega de golpe. Porque el amor es otra cosa. El amor puede ser eterno, pero nadie ha dicho que sea constante. Al amor hay que sujetarlo. El amor exige un alma de acero que pueda mantenerse ante todas las pasiones que quieran destrozarlo. [Mentira número seis: El amor es esto… En realidad, el amor no es como lo pintan].




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