lunes, 24 de diciembre de 2012

Virus de promiscuidad o algo...



Yo no sé qué pasa ahora, es como un virus de promiscuidad o algo, dije, pero cuando yo tenía quince años las niñas de quince años no hacían el amor. Cuando yo tenía quince años, ¿dónde estaban todas esas cachorras calientes? Incluso ahora, seguí, ¿dónde están? Todo el mundo habla de ello, dicen: ¡esta juventud desenfrenada! Sin embargo, a mi ninguna quinceañera ha venido a menearme las pelotas. Encendí un cigarrillo y continué: probablemente estoy en el lugar equivocado. En estos bares de mala muerte, exclamé al tiempo que extendí los brazos y paneé el lugar, la más joven tiene treinta o cuarenta tacos.

      Salmoneo me miraba como si estuviese hablando en hebreo. Quizá, para él lo estaba haciendo. Este tío tenía un problema psicológico y es que a sus veintiséis años no era un pervertido. Algo así hay que tratarlo con un profesional; no puedes tener esa edad y sentarte a ver cómo pasa la primavera de tu vida ante tus ojos. ¡Allá afuera hay niñas de quince que mueren por probarlo! ¡Hay que salir y buscarlas! Follarlas a todas; coger las manzanas que tira el manzano.

      Para Salmoneo yo estaba loco. Se pensaba inútil y efímero salir a la caza de las presas cuando uno puede pasar el día leyendo a Rimbaud o a Rilke, y, dijo, si una tiene que llegar… llegará. Consideraba al sexo como un acto vacío y ese era su problema. El muy cabrón se las daba de Buda. Buscar el amor, buscar la compañía… eso sí llegará cuando tenga que llegar; las menores son como perlas en el mar y hay que cazarlas. Principalmente porque ellas no buscan el amor o la compañía. Buscan vivir, dije, ¡vivir! ¡Y yo estoy vivo y voy a darles vida!

      No todo en la vida es hacerlo, exclamó Salmoneo en el tono característico de los filósofos asexuados. Aquí terminamos la conversación. No iba a perder el tiempo con uno que prefiere pajas a hacerlo de verdad. Claro, en el supuesto de que al menos se pajeara. Lo que es yo, me las iba a buscar.

2

Mira, Pinciotti, dije, una cosa me queda clara y es que las hormonas de las niñas se encienden desde los trece años, así que no me vas a decir que no puedo cepillarme a una niña sólo porque no es ético o moral. La naturaleza no se anda con cuentos de moral, prende los motores y ya está. Si una niña tiene ganas de hacerlo, ¿por qué lo abría de evitar? No estoy hablando de violarlas, Dios, estoy hablando de darles lo que piden.

      Verónica levanto la manó y ordenó al mesero otra ronda de whisky en las rocas. Estábamos en la cantina Jalisciense del centro de Tlalpan y bebíamos y hablábamos que es lo que mejor se nos daba. Generalmente de literatura, que era nuestra vida, pero en aquel momento yo tenía una espina clavada en… en el corazón, digamos. Estaba enloquecido con el rumor de una juventud desenfrenada. Las niñas se habían vuelto locas, ¡por fin! Llevaba más de siete años esperándolo. Mirando en vídeos porno a señoras disfrazadas de menores. Me habían vendido la idea de que follarse a una menor era lo mejor que podía pasarte en la vida. Y la había comprado, porque… bueno, no era difícil de creer; desde que yo era menor de edad me gustaban las menores, y hasta la fecha, me siguen gustando. No he crecido mucho en ese sentido.

      Vale, dijo Verónica al tiempo que bebía la primera bocanada de la segunda ronda de whisky, pongamos que es así, que tienes razón… en realidad la tienes: una niña de trece años tiene deseos, sexualidad, por lo menos en su cabeza. Así que es cierto, puedes intentarlo… puedes salir y buscar, pero… el día que encuentres, recuerda que serás juzgado. Por Dios, por la ley y por los padres de esa niña a la que seguramente piensan el tesoro más sagrado. A nadie le gusta que se follen a su hija de trece años, ¿capicci? Di un trago al whisky y me callé. Por Dios no temía, ni por los padres de esa mujer; pero lo que es la ley… no era justo pasar la vida en una celda sólo porque le has hecho el favor a una niña.

A Verónica le daba igual. Ella misma fue de una de esas niñas desenfrenadas. Su primera relación sexual la tuvo a los catorce años con un profesor de filosofía de su Instituto. Ya no lo recuerda, no habla de ello; pero yo sí lo recuerdo, lo recuerdo siempre que la miro y siempre me preguntó cómo pudo... Venga, exclamé, pero si tú misma… Verónica me interrumpió diciendo que ella era un caso aparte. Siempre es así, todos nos creemos un caso aparte. La gente fuma y bebe y cuando encaras a un bebedor y le haces ver que es un borracho, siempre tiene una excusa y se considera un caso aparte. Yo mismo me considero un caso aparte. Bebo, sí, pero al menos, soy un borracho que lee.

      Anda, Pinciotti, dime, ¿cómo es que pudiste hacerlo con ese señor? No es para tanto, dijo, cómo dices tú: a esa edad una ya tiene el desarrollo fisiológico suficiente para… ¿Entonces?, exclamé, ¿por qué demonios se condena lo que la naturaleza permite? Control, dijo Verónica alzando los hombros y dando un trago a la bebida. Control de masas, lo mismo que el matrimonio y la familia; lo mismo que el soccer y la democracia. Ya, exclamé. Me empiné el whisky, no estaba de ánimos para beber despacio. Quería salir de mí y de mi mente que busca explicaciones. No tengo las respuestas. Solo soy yo, un hombre viviendo una vida de hombre, no puede ser de otro modo. Tengo anidado en las pelotas el deseo de una menor. ¿Es culpa mía? ¿Quién puso dentro de mí el deseo?

      Bebimos algunas copas más y me perdí. Quiero decir que me puse borracho. No podía lidiar con mis ganas de hacerlo. Las tenía dentro de mí y me estaban comiendo. Necesitaba salirme de allí, escapar a un lugar sin razonamientos. Necesitaba beber, beber, beber… y bebí, bebí, bebí.

3

Bueno, aquella noche era de sábado así que me fui directo a casa de Garrison. Esto por dos razones, a saber, primero, porque hace más de dos años que me había condicionado a ir allá los sábados por la noche. No importa lo que pasase o hiciese antes, siempre que las circunstancias lo permitían, hacíamos las reuniones allí. Sin embargo, de todos, yo fui el único que continúo con la tradición e invariablemente, y a pesar de que Salmoneo y Verónica dejaron de ir, seguía yendo. La segunda razón era que allí, en su casa, nunca faltaba el whisky gratis. Creo que esto fue lo que verdaderamente me condicionó. Era sábado por la noche y mis papilas comenzaban a salivar.

      Fue curioso, porque cuando llegué, estaba solo. Me saludó animado, dijo que deseaba contarme algo. Entonces pasé dentro y me sentó en una silla. Puso un vaso con whisky. También me estiró una caja con cigarrillos y pidió que le escuchara. Vale, dije, escúpelo. 

      Se confesó enamorado y eso no me causó ninguna gracia. Lo había visto enamorado decenas de veces, yo mismo me había enamorado decenas de veces; ambos sabíamos que él y yo nos enamorábamos en cada esquina, de cada cabello o de cada par de pies, o de cada culo bien formado. ¿Por qué la urgencia y la necesidad de decírmelo como si se tratase del más grande de los secretos?

      Di un trago al whisky y encendí un cigarrillo. Garrison me miraba como si yo no hubiese comprendido y luego agregó que  la mujer de la que estaba enamorado vivía en el Estado de México. Ya, dije, qué lata eso de la distancia, ¿no? Asintió con la cabeza y dio una fumada a su cigarrillo. Yo no comprendía por qué tanto misterio. Uno se enamora siempre, de cualquier cosa, pensaba mientras miraba a mi amigo compungido por decirme lo que tenía atorado en el pescuezo. Vamos, dije, ya dime lo que te traes, porque no te creo que la angustia te venga solo de haberte enamorado.

      Esto que dijo fue la confirmación de mis sospechas. Yo no era el único, no estaba solo. Allá afuera había un montón de niñas deseosas, pero también, un montón de adultos sedientos de esas mieles. Un montón de Capuletos y Montescos paradigmáticamente peleados, en guerra continúa, inventando penas y condenas a las uniones de estos dos. Injustamente, porque, como ya dije, la unión de estos dos es completamente natural.

      Lo que dijo Garrison fue: tiene quince años. Entonces bebí un gran trago y cuando terminé de hacerlo reí. Dije que eso era estupendo. Él se asombró porque no se lo había dicho aún a otras personas por temor a ser juzgado. Por temor a ser señalado como un maldito pervertido. Pero los pervertidos son aquellos que han juzgado. Aquellos que tergiversaron la moral. Aquellos que condenan al Infierno una unión natural entre dos congéneres. Han olvidado que el amor antes de la mayoría de edad es el amor más limpio y más puro que existe. No está envilecido por el sexo o por la conveniencia. Y en todo caso, que el amor entre un mayor y una menor es un amor más noble. Un deseo natural de crecer; un deseo natural de regresar. Quizá, es la armonía perfecta. La juventud y la experiencia. Aprender y enseñar.

 Garrison preguntó si en verdad yo no creía que él estaba loco. Confesé mis deseos de follarme a una menor. Se lo conté todo desde el principio, le expliqué lo del desarrollo biológico, etc. Al final Garrison opinó que esto era diferente. Que él era un caso aparte, Dios. Dijo que estaba realmente enamorado de esa mujer, pero no porque fuese menor, sino porque su alma era compatible con la suya (que es más o menos por lo que siempre se enamora uno cuando se enamora de verdad). Si ella fuera una vieja de cuarenta años, dijo, lo mismo me hubiese enamorado. 

      Estábamos como en el principio. Yo podía entender a Garrison pero él no podía entenderme a mí. Incluso yo dudaba de la veracidad de sus palabras: si su enamorada tuviese más edad, estoy seguro, él no se hubiese enamorado. Si ella tuviese cuarenta años de edad, sería como una retrasada.

      Lo discutimos un par de horas o así. Al final Garrison tampoco estuvo de acuerdo en mi deseo de desflorar vírgenes quinceañeras. En el supuesto, claro, de que a los quince años hubiese alguna que conservase su virginidad. Yo no sé qué pasa ahora, es como un virus de promiscuidad o algo.
le='mar\ � 0 m `� �o� ottom:.0001pt;text-align:justify;text-indent:35.4pt; line-height:150%'>Uno de los médicos (eran dos) salió de uno de los consultorios y anunció que ya podía pasar el siguiente. Un niño con su madre se levantaron y entraron con él. Y los demás, nos recorrimos en las sillas. Me levanté, pero  ya no me senté en la silla donde antes estuvo la señora porque odio sentarme en lugares calientes del culo de otras personas. 


¿No se va a sentar?, me preguntó un hombre que estaba formado detrás de mí, y que venía con su mujer. No, dije. ¿Puedo sentarme yo?, preguntó. Ya, dije, supongo que sí. No esperó a que terminara de decirlo, antes estuvo sentado y aplastado como el más cómodo. Y como yo estaba de pie, y había quedado muy cerca de él, me preguntó por qué asistía al médico. Bueno, pensé, ¿qué coños le importa a la gente porque los demás vienen al médico? Eché una mirada; todos los pacientes esperaban al tiempo que contaban sus penas. Había un pequeño placer en contar sus penas, irresistible, y un placer en escuchar las penas ajenas. Ya, dije, creo que tengo una hemorragia interna. El hombre abrió los ojos y dijo que eso era muy grave, que alguna vez su cuñado, o alguien, pasó por lo mismo y terminó hospitalizado. Ya, dije. Esto no le pareció, él quería que yo me asustara. Dijo: debería checarse bien, eso es gravísimo, mi cuñado… Pensé: ¿cómo le explicó que él y su cuñado, y las hemorragias internas, me importan un pito; que en todo caso, lo que más deseo es morir en santa paz?

Los pacientes continuamos recorriéndonos de lugar a la par de los que salían. Pero yo estaba de pie, así que de vez en vez encargaba mi lugar al cabronazo del cuñado, y salía a fumar cigarrillos. La segunda vez que lo hice, el hombre me dijo que yo no debería hacerlo, que si tuviese una hemorragia interna no era recomendable que yo… Ya, interrumpí, no se preocupe (esto lo dije sarcásticamente) la verdad vine por una gripe. Otra vez abrió los ojos, no se lo podía creer, que mintiera. Era evidente que mentía, ya sea en una u otra cosa, o en ambas. Pero ya no dijo nada, me echó la última mirada, de incredulidad, y gracias al Cielo ya no dijo nada. 

 5

Mi turno para entrar llegó. Saludé al doctor de mano y le narré todo lo que había pasado. Riendo, exclamó, estamos en México, compadre, y me palmeó la espalda. Ya lo sé, dije, eso me ha quedado muy claro. Ahora, dígame si tengo la maldita hemorragia o no. Entonces me auscultó y me miró la boca, los ojos, y todo ese rollo. Me tocó los costados y me preguntó si sentía dolor. Ya, dije, pues me han dado una paliza, claro que lo siento. 

Al final resultó que no había hemorragia, sólo hematomas. Así lo dijo: hematomas, y creo que se esperaba que yo preguntase qué mierda es eso, porque cuando asentí con la cabeza, repitió: sólo hematomas. Ya, dije, muy bien. Y luego hizo un gesto, como diciendo: bueno, bueno, pues eso es todo, ¿está usted seguro que sabe lo que son los hematomas? Le estreché la manaza y me largué de allí lo antes posible. 

Al salir por el pasillo me despedí del paciente detrás de mí, le dije que no hubo hemorragia, sólo hematomas. Me miró asombrado, seguro que pensó que yo estaba loco, y me dijo: menos mal. Sí, reí y salí del local. 


Fuera miré a la señora que estuvo delante de mí. La habían atendido y ahora estaba en la esquina de la calle, intentando cruzarla, y me paré a su lado. No me reconoció o algo, y cuando tuvo oportunidad, cruzó la calle. A la mitad de la calle la miré soltar el papel que antes usó de pañuelo. Pero mi atención se desvió porque un camión de transporte público casi me atropella; el muy hijo de puta no se detuvo con el semáforo en rojo y casi me mata a mí y a otro colega que cruzaba al mismo tiempo. Y por si fuera poco nos gritó desde la ventanilla que tuviésemos cuidado. Claro que no lo dijo así. Entonces el colega le mentó la madre aunque no sirvió de mucho, y cuando estuvimos del otro lado, riendo, dijo: ¡estamos en México! Y yo pensé: si vuelvo a escuchar aquello, ¡mato al que lo haya dicho!, al fin que eso no me supondrá la cárcel, ¡estamos en México!




6 comentarios:

  1. Celeste Sabrina Caminos Escalante24 de diciembre de 2012, 12:10

    Cuando yo tenía quince años... oh espera....

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  2. Diana María Berenice Basurto31 de diciembre de 2012, 10:55

    Ineptitud, decadencia.
    Este texto la había leido en otro grupo. Las publicaciones son buenas. Gracias por compartir.

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  3. "El sexo con amor es maravilloso...si no hay amor también sirve" parafreseando a woody allen o cómo se llame. Siempre hay algo tras los textos de martín; se prestan para pensar y reflexionar

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  4. "El sexo con amor es maravilloso...si no hay amor también sirve" parafreseando a woody allen o cómo se llame. Siempre hay algo tras los textos de martín; se prestan para pensar y reflexionar

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  5. "El sexo con amor es maravilloso...si no hay amor también sirve" parafreseando a woody allen o cómo se llame. Siempre hay algo tras los textos de martín; se prestan para pensar y reflexionar

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