sábado, 29 de diciembre de 2012

Me arruinaron el tango (confusión en tres actos).



Texto por: Adrián Silva.


Otro día más. Pero este es particularmente distinto, acabo de despertar con la sensación de un hermoso sueño, aún percibo su enervante atmósfera. Lástima que cuando viré la cabeza me encontré con ese tedioso bulto cotidiano y obstinado. ¡Demonios! Maldito momento ríspido e insolente, me estaba saboreando los idílicos pies de esa pelandusca, cuando de repente me vengo a encontrar de nuevo a esta pusilánime a mi lado, acurrucada, como si de verdad nos amáramos. ¡Qué ridículo! Pero así es esto de los compromisos, al principio todo marcha como un endemoniado paraíso artificial, sí, en efecto, trae uno su cara de pendejo y cómo no, si está uno bien pinche drogado. Federico ya me lo había advertido, pero yo, iluso, quise “probar” un poco de la absurda idealización de la convivencia afectiva con el sexo opuesto. Pensé que se trataba simplemente de fluir y que las cosas sucedieran bajo una libre, incluyente y tolerante coexistencia pacífica; pues naturalmente, se trata de una complejidad que va más allá de los discursos platónicos y psicoanalíticos que todo el mundo ofrece (pues claro, no se los está cargando la chingada). Ay, ese pinche Federico, qué haría yo sin él. El cabrón anda bien clavado en esas mamadas de Budismo y no se qué, pero cómo le sirven. Me acuerdo de ese día en la Vora, andábamos flameadones (gracias a un exquisito vino, por supuesto) y comenzó a filosofar de una manera magistral. Toda la noche insistió en el sentido que le damos a las cosas y que de hecho ahí está la clave de todo. Afirmaba que todo lo que realmente nos interesa se debe a cuestiones semánticas, es decir, que cuando nos interesaba demasiado una persona era porque la significación que interiorizábamos de ella la dotaba de un ropaje muy peculiar, digamos que el hecho de que esa persona haya cobrado sentido en nuestras vidas es porque comenzábamos a idealizarla (por mínimo que sea, sucede). En esa idealización, las proyecciones se convertían en atisbos de esperanza, una esperanza patológica y hasta mesiánica. Así es, comenzamos a esperar cosas, y ahí se jodió todo el asunto, porque es en ese momento en el que comenzamos a anclarnos psicológicamente a nuestra pareja y eso se traduce en apego. ¡Madres! Me quedé atónito con esas palabras, porque entonces quería decir que este pinche bulto que estoy viendo en este momento y del cual estoy soportando sus pinches ronquidos ya es una extensión psíquica de mí. ¡Diantres! O sea que si me quiero separar de ella no será nada sencillo, a menos que desintegre de un sopetón los doce años que llevamos soportándonos.

II

Bueno, bueno, estaba en lo de mi sueño…ahhh, qué hermoso sueño. Claro, hermoso en términos muy sui generis. Pero ¿para qué queremos ordinarieces?

 Ahora lo recuerdo, yo era narrador y protagonista, ¡Vaya! Todo comenzaba en aquellos amaneceres turbios, pero (en cierto modo) gratificantes. Entonces me preguntaba ¿Qué carajos…?

 Apenas despierto y nuevamente me duele horrible la cabeza. Otra vez con resaca. Claro, más que recuerdos tengo lagunas, impresionantes y misteriosas lagunas de lo que pude haber dicho y, aún peor, haber hecho el día de ayer. Lo más peculiar de todo esto es que aún padezco el eco de cierta melodía y las miradas de ciertas meretrices. Atisbos, sí, ambiguos atisbos…mmmmm, la tonada, me parece, era “tenían razón mis amantes, en eso, de que antes, el malo era yo…”jajajaja, ¿y por eso emerge de mi rostro una siniestra sonrisa? Y además me duelen los huevos, como si los hubiesen succionado con una furia desbordante. Junto con este aroma a perfume barato, me pregunto qué chingados pasó ayer.

 Y nos dieron las diez y las once, las doce, la una, las dos y las tres, tara ra ra ra ra ra ra ra…qué buena rola, y para que hayamos estado escuchando esa canción quiere decir que vino ese pinche Luis, al cabrón le encanta Sabina y siempre que viene a la casa revienta nuestros tímpanos a capela. Es muy probable que haya traído consigo ese pinche libro que adora tanto y que siempre comienza a declamar en medio del bullicio: Los paraísos artificiales de Charles Baudelaire. ¡Ah! Recurrencias, esa cita tan pronunciada en mi sala “El vino es semejante al hombre: Jamás se sabrá hasta qué punto es posible estimarlo y despreciarlo, amarlo y odiarlo, ni de cuántos actos sublimes o fechorías monstruosas es capaz. No seamos entonces más crueles con él que con nosotros mismos y tratémoslo como nuestro igual”, jajajaja, ¡ahuevo! Ese carnal del Luis es mi tope. Simplemente es todo un Ditirambo. Siempre discutimos acerca de esa ambivalencia que posee tanto el hombre como el vino, aunque me parece sorprendente cómo, con esta cruda de titanes y con este apuntalante dolor de huevos, recuerdo tantas pendejadas. ¿Será mi siniestra sonrisa? Porque sucede que cuando nos ponemos una hermosa peda, y de ella se ramifican otras exóticas vivencias, pues amanecemos de excelente humor, aún cuando nuestro rostro denote unos llamativos ojos azafranados y unas ojeras de bolsa de mandado.

 Jajaja, yo y mis disertaciones y aún no he esclarecido el origen de este fétido perfume y mi dolor de testículos. Tengo una especie de flashazos acerca de lo que pudo haber acontecido. Segura y naturalmente vinieron a mi casa esa magra sensual de mirada prostituible y, desde luego, la pusilánime, siempre de presencia casi ficticia. Lo afirmo así, puesto que recuerdo su particular comportamiento mancebo y desmandado. Mordisqueos sutiles en los lóbulos de la oreja, para pasar a un estrujante y violento estregón genésico; un pésimo sexo oral (acompañado, incómodamente, de edentecidas chupadas) y una irritante cara de puta ligada a ciertos gemidos chillones de adolescente menospreciada.

 En fin, a veces, en mis más ríspidas resacas, oigo decir al vino, que después de cada danza suprema en mi cabeza, algo se transforma. Y, así sucede, cambia la apreciación de las apariencias…la puta es más puta; y Baudelaire ensordece a los más mojigatos.
A veces me parece que oigo decir al vino…

 Demonios, me quedé dormido de nuevo. ¡Pero qué sueño! ¡Madres! ¿Pero cuál de los dos?


III

¡No! Vale madres, ya se despertó. ¿O fui yo? En fin, comienza otra faena de hastío encofrado. Lo que no me terminó de comentar ese día el pinche Federico fue cómo desvanecer ese hilado psíquico que nos ancla a una persona. Sé que se trata de buscar la pérdida del sentido, puesto que entre menos sentido tenga algo para nosotros comienza atenuarse la importancia de lo que lo dotábamos. Bueno, pues es hora de tomar un baño, desayunar, beber un rico café y escuchar un placentero tango para animar la mañana. Se me antoja Remembranzas de Juan D´Arienzo, ¡una maravilla!

 -Mi amor, bájale a esa música…

 Maldita sea, sólo espero que este realmente (u oníricamente) sea un sueño.



Texto por: Adrián Silva.


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