lunes, 3 de diciembre de 2012

Escribe algo, lo que sea, y mándamelo.


Contestaron el mensaje diciendo que vendrían. Esto me alegró tanto que lo primero que hice fue contárselo a mi mujer. Finalmente los escritores de Whisky en las rocas aceptaron la invitación a verme.

 Los últimos tres meses los pasé enviando invitaciones a Petrozza, Salmoneo, Guillermo y por supuesto, a la reina VerónicaPinciotti. Los invitaba a la casa mía a platicar sobre cualquier cosa,  a beber y convivir. Era fanático de su literatura; tenerlos en mi mesa sería un verdadero placer y un honor.

 Mi mujer contestó que de qué carajos hablaba. Le recordé todos los textos leídos por las noches, en voz alta, desde el ordenador. Solía leérselos a ella, aunque ella, no prestaba la debida atención. Escuchaba al mismo tiempo que se pintaba las uñas pensando en Mel Gibson cuando interpretó a William Wallace en Corazón Valiente, o al mismo tiempo que freía huevos para el gato. Tenía la manía de dar huevos fritos a Sansón, el gato de nuestra cuadra. A veces me escuchaba leer recostada sobre el sofá o la cama, y se dormía. Finalmente recordó y dijo: no quiero a esos borrachos en mi casa. Expliqué lo importante que era para mí tener de invitados a esta gente, pero me mando a volar; dijo que el viernes por la noche (día en que vendrían mis héroes) también vendría su madre, pues según ella, tenían programado cenar aquí desde hace muchos días. Esto, claro, era mentira. Mi mujer es del tipo de mujer que goza destrozando los sueños de su prójimo, y alejarlo de toda felicidad parece ser su única meta en la vida. Tras una largo suspiro dije: vale, ya veré cómo me las arreglo.

 Lo primero que pasó por mi cabeza fue cambiar la fecha de nuestro encuentro. Había recibido la buena nueva desde el remitente redacción@whiskyenlasrocas.com y no estaba seguro quién de ellos había escrito. Imaginé a los cuatro detrás de la pantalla del ordenador (un ordenador de dimensiones titánicas, como en las películas del Santo), discutiendo el día perfecto, en que todos pudiesen acudir, y la hora; reunidos en un cuarto, algo así como el cuarto de los Súperamigos, o de los Cuatro fantásticos, o la cueva de Batman y Robin. Era improbable, lo más seguro es que Petrozza escribiese desde esa cuenta y olvidase firmar; que lo hiciera desde un viejo cuarto rentado en la colonia más inhóspita de la ciudad, o desde un Café Internet. Es probable también que sólo Petrozza sepa esto, y que hasta el mero día les pregunte a los demás, a los cinco minutos para la hora, si desean ir a casa de un fanático desconocido a beber whisky en las rocas sin paga. Es muy probable que sólo acuda Petrozza, pensé, es el más desobligado y con más tiempo libre y el más interesado en beber gratis. Por este motivo, para no alterar el orden de los planetas que se habían alineado, descarté la idea de cambiar la fecha y la hora. Esto podría tener como consecuencia volver al principio: esperar a que los cuatro escritores volviesen a tener la oportunidad de reunirse todos en mi casa.

 Total, para no hacer el cuento largo, rogué a mi mujer que cambiase el día de la cena con su madre, y ella, abusiva, dijo que no cambiaría la fecha, pero… podría cambiar el lugar si yo… ¡las mandaba a cenar a un restaurante italiano; desde hace meses se le había metido la idea de ir allí! En pocas palabras prometí darle plata para que cenara con su madre y me dejara la casa y la noche libres.

2

El día anterior a la gran fecha estuve planeándo todo: decidí comprar dos botellas de whisky; el Diablo me susurraba al oído izquierdo que comprara más. Mi economía me susurraba al oído derecho que no comprara nada, este capricho ya me estaba costando demasiado. Pagué con la tarjeta de crédito dos botellas y tres cajas de Delicados (cigarrillos que según los textos del Whisky fuman Petrozza, Salmoneo y Garrison). Para Verónica compré una rosa y una tarjeta que ponía: ¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía... eres tú.

 Limpié toda la casa. Mi mujer me reclamó cómo era posible que limpiara la casa sólo porque vendrían esos cuatro mamarrachos del Whisky y no lo hiciera nunca, por mí o por ella, etc. Le callé la boca dándole el dinero prometido para la cena con su madre.

 Por la noche temí que todos mis esfuerzos fuesen vanos; que se olvidaran de nuestro encuentro. Me vi tentado a escribir un correo de confirmación, un recordatorio y al mismo tiempo, un grito desesperado. Durante varias horas dudé. No deseaba incomodar a los escritores con mis lamentos, que pensaran: este tipo es un enfermo, y decidieran cancelarme. Comencé a escribir: muchas gracias por aceptar mi invitación, espero verlos mañana por la noche. He comprado whisky y tabacos. Será una gran oportunidad para… Presioné la tecla de retroceso... De ante mano, muchas gracias por… Volví a presionar la tecla de retroceso. Si no recibía respuesta antes del viernes a las ocho, me deprimiría. Ya tenía en la bandeja de entrada lo que quería: Nos vemos, tío.  Todo lo que escribió, el que sea que lo haya escrito, Petrozza o Garrison, o quien sea. Era cuestión de creer en ellos y esperar.

3

El viernes fue un día de muchísimo estrés. Rogaba al Cielo dieran las ocho; todo estaba a punto: la casa limpia, las compras hechas, y el ejemplar del nuevo libro Más o menos así es el hombre listo para ser autografiado. Desde el amanecer me torturó la idea que de que no llegaran. En el caso que llegaran, no sabría cómo tratarlos o de qué hablaríamos; yo no sé mucho de literatura ni de filosofía ni de nada que les interese a ellos. Probablemente me tomarían por un idiota. Mi mujer, sorprendentemente, me aconsejó no preocuparme y ser yo mismo. Lo dijo con cariño, quizá en vista de mi verdadera preocupación.

 A las siete de la noche me mordía las uñas. Mi mujer se había salido de casa, estaba solo; las luces bajas y el estéreo prendido. Daba vueltas por la casa, revisando que nada fuese a fallar. Tenía bebida, tenía comida (quesos y carnes frías) y todo relucía de limpio. Nada podía fallar excepto ellos. Me dije que pasara lo que pasara no me culparía. Si no venían, no estaría en mis manos traerlos por la fuerza, y si venían y no pasaba nada… Mis expectativas eran altas. Pensaba en una juerga fenomenal, al estilo de ellos, y muy en el fondo, pero sin desearlo demasiado, o sin creerlo demasiado, esperaba fundar entre Verónica y yo un vínculo que nos llevara a algo. No digamos hacer el amor, sino algo. Al menos, que nos llevásemos bien y pudiésemos salir futuramente a solas.

4

A las ocho con diez no habían llegado. Estaba asomado por la ventana, dentro de mi torre, como Rapunzel en espera de príncipe. Me pasaban por la mente cantidad de pretextos que pudieran darme. ¿Y si no había sido claro al dar mi dirección? Por supuesto, había dado mi dirección y señas para llegar desde diferentes puntos de la ciudad y en coche o en transporte público. También había escrito mis número de teléfono, local y celular, y no había recibido una sola llamada o mensaje que confirmara su asistencia. Estaba al borde de la derrota, cuando… sonó el timbre tan repentinamente que ni  mirando por la ventana me percaté en qué momento llegaron.

 Antes de abrir la puerta eché una mirada, la última, a la casa y a mí atuendo, con el que esperaba causar buena impresión a Verónica. Toda la tarde lo estuve eligiendo. Pantalones de vestir, camisa y zapatos. Me relamí el cabello y me perfumé.

 Bueno, abrí y allí estaban: los escritores de Whisky en las rocas, a la puerta de mi casa.

 Definitivamente no eran como los imaginé. Petrozza, contrario a lo que había pensado, no era un señor de cincuenta años, sino un joven de veintitantos. Guillermo, es decir, Garrison, el profesor de literatura, Licenciado, Maestro y doctorado en antropología, tampoco pasaba los treinta. Salmoneo, bueno, a él sí lo esperaba joven, pero no con tan mala pinta. Notabas de inmediato que era pobre y tenía una miopía más grave que la de mi abuela; podías saberlo por las gafas de fondo de botella que se cargaba. Venía con los jeans más agujerados que los de Kurt Cobain y unos tenis Converse tan rotos como el asfalto del Periférico. La única que era como la soñé, fue Verónica. No puedo decir que sea exactamente igual a las fotografías que yo había mirado; quizá, sin exagerar, más guapa en persona y con tanta energía personal que no puede evitar tartamudeos a la hora de saludarla.

 Los hice pasar con ánimo y antes que pudieran sentarse coloqué sobre la mesa la primera de las botellas de whisky y las cajetillas de Delicados. A esto, Petrozza dijo que cómo adiviné. Venga, le respondí, he leído los textos del whisky desde que iniciaron. Guillermo me dio las gracias por ello y tomamos asiento a la mesa.

 Hubo un silencio incómodo una vez sentados; silencio que Petrozza rompió preguntando si también tenía vasos o beberíamos de la botella. Como un rayo me levanté, disculpándome por mi olvido y fui a la cocina por vasos y… lo descubrí en ese momento… no tenía un sólo hielo en el congelador. ¿Cómo pude ser tan…? Me ofrecí para ir a la tienda a comprar una bolsa de hielos. Petrozza y Guillermo me detuvieron argumentado que el whisky sabe mejor si se toma solo. Miré a Verónica, dudando si ella lo prefería del mismo modo. Sacó de su bolso una cigarrera de plata, y asintió con la cabeza, dándome el beneplácito a beber el whisky así. Acto seguido, encendió un cigarrillo con el fuego que le ofreció Salmoneo. Era un encendedor de plástico, verde, que puso en la mesa, adelantándose a Petrozza, que ya había sacado uno de los cigarrillos que compré. Tomó el encendedor de Salmoneo y encendió su cigarro. Guillermo fue el tercero, y por último, Salmo, que recibió el cigarrillo de la mano de Petrozza. En el estéreo sonaba una canción de JoaquínSabina.

5

La velada comenzó a darse por sí sola. Podría decirse que todo iba bien, excepto que yo, no participaba de nada. Los cuatro, sentados a mi mesa, platicando entre sí como si yo no existiera; los cuatro, en mi casa, como estando en la suya. Hablaban de Estela, la novia de Salmoneo, a la que yo conocía de textos. Al parecer, ¡Salmo la terminaría la próxima semana! Por lo que pude sacra en claro, llevaba más de dos meses pensando cómo hacerlo. Petrozza se enorgullecía de haber sido el primero en vaticinar el fracaso de una relación con una mujer así: cursi, enfatizó. Incapaz de comprender la vida y la mente de un poeta. ¡Una mujer común y corriente!, exclamó Petrozza. Escupía las palabras con odio, harto de todo, harto de ser Petrozza y de ser humano, como él mismo escribió en algún textosuyo. Para tener veintisiete años estaba muy pero muy quemado. Era como tener enfrente a un viejo de ochenta.

 En ocasiones recordaban dónde estaban y me hacían brindar con ellos. Salmoneo agradecía la bebida y los tabacos. Fue el único que agradeció más de tres veces. Guillermo agradeció una. Petrozza y Verónica no agradecieron nunca. Cogían las cosas como si fuesen suyas. Cuando les ofrecía más bebida o quesos o carne fría la tomaban del plato y la comían (Verónica con delicadeza. Petrozza como un marrano) sin dar las gracias o aludir a la buena calidad de la misma. Y una vez satisfechos todos, recomenzaban las charlas. De todo ello pude enterarme de lo siguiente:

 El matrimonio entre Verónica y Scott fue arreglado por su padre, el Sr. Pinciotti.  Ella no ama a su marido ni un pelo de gato. No le guarda el menor respeto y se acuesta con cualquiera sin remordimiento. Pasa el tiempo viajando por el mundo a su lado, para guardar las apariencias, pero le engaña cada que puede y tiene planeado el divorcio dentro de cinco años. Es una mujer fría y calculadora que sabe lo que quiere, y sabe esperar por ello.

 Guillermo se casó con una menor de edad, hace tres años; ahora tienen un hijo. Es profesor de Literatura en el Tecnológico de Monterrey y lleva una vida alejada de las juergas de antaño; tiempos en que él y Petrozza se pasaban la vida bebiendo y ligando, con un amigo suyo, un tal Luciano, alejando también por la misma suerte: embarazar a una mujer. Heredó una casa en Tlalpan. Vive holgadamente, como pequeño-burgués, cosa que conviene sobremanera a Petrozza: así tiene dos amigos (Verónica y Guillermo) con más dinero que él; a los que acude en tiempos difíciles.

 Petrozza está,  cosa que me impresionó demasiado, liado con una mujer: Simona, a la que ama verdaderamente. Viven en la colonia Roma (tuvo que alejarse de sus tierras sureñas por amor) y aunque no están casados, formaron un núcleo tan sólido como el matrimonio. Petrozza odia la colonia Roma, a la que considera una colonia donde todo cuesta más de lo que vale. Tiene un coche, una lata del 95 (sic), pero jamás lo usa: lo odia con toda su alma (sic).

6

A la mitad de la segunda botella, ya sin quesos ni carnes, y una vez enterado de las intimidades antes descritas, tomé valor e inicié una plática adentrándonos a los terrenos de la literatura (tema que hasta ahora no se había tocado), diciendo que yo, algunas veces, también escribía.

 A Verónica, sencillamente no le interesó. Puso una cara, como diciendo: sí, sí, todo el mundo es escritor. Salmoneo preguntó si escribía prosa o verso. Cuando respondí prosa, Petrozza se fue sobre mí pidiendo que le mostrara algo. Antes que pudiera responder o ir por mi libreta, aseguró que no deseaba juzgar mi trabajo. Sencillamente tengo ganas de leer algo que no haya leído nadie, dijo a modo de broma, y Guillermo, Salmoneo y yo reímos. Luego, para seguir el chiste, Petrozza citó a un escritor, según él famoso, llamado Macedonio Fernández: “De manera que cualquier persona puede tener hoy la suerte, que una posteridad le reconocerá, de llegar a ser el primer lector de un cierto escritor”.

 Había llegado el momento que más temía: mi trabajo ante los ojos de cuatro escritores publicados. Me disculpé para ir a la habitación, coger la libreta sobre la que escribí mi último cuento, y echarla a la mesa, como echar carne a lobos.

 El primero en leer fue Petrozza. Cuando terminó, pasó el cuaderno a Guillermo, y para no perder tiempo, Salmo se le pegó y leyeron juntos. Yo me sentía desfallecer: los tres, leyéndome. Verónica, mirándome hacerme chico mientras bebe de su vaso de la manera más sensual que he mirado nunca a una mujer beber.

 El momento más duro de un escritor, dije en algún momento, casi sin querer, aludiendo al juicio al que me había sometido. Verónica, sin dejar de mirarme con la mirada de una musa, me respondió: también, el momento más tonto de un escritor: someterse al juicio de otro escritor. Es como creer que un elefante sabrá sacar la espina de la pata de otro elefante, tan sólo porque son de la misma especie.

 Las palabras de Verónica cayeron sobre nosotros, mis jueces y yo, como una revelación del absurdo. Salmoneo no pudo evitar asentir, estar de acuerdo con ella hasta la última palabra. Petrozza cogió la libreta, se la arrebató a Guillermo; la dejó caer sobre la mesa, diciendo: ya la reina Pinciotti nos ha curado del mal que nos aquejaba: la soberbia de juzgar. Dejemos esto de lado, da lo mismo si yo te considero bueno o malo: no dejarás de escribir por ello, y si lo haces, entonces no importa lo que piense de ti: no habrás nacido para escribir, y eso será todo.

 Guillermo, para no quedarse con las ganas de emitir un juicio al respecto, comentó que no le gustaba mucho la historia del cuento, pero al menos, se notaba que sabía escribir, o que había escrito durante mucho tiempo. Me sonrojé. Confesé que llevaba más de diez años escribiendo, aunque, como ya dije, nunca de manera formal. Tampoco me he interesado en estudiar literatura ni filosofía, ni en leer demasiado.

7

En adelante, no volvieron a dejarme fuera. Es lástima que haya ocurrido tan tarde. El reloj marcaba más de la una de la madrugada; el alcohol estaba por terminarse, y mi mujer llegaría en cualquier momento de la cena con su madre.

 Me di prisa para realizar las últimas dos cosas de mi plan: pedir el autógrafo de cada uno, y dar a Verónica la rosa y la tarjeta. No está de más confesar que a esas alturas sabía de sobra que Verónica no sentiría algo por mí, ni por mis detalles; muy probablemente mis regalos acabarían en el bote de basura de una casa en el Pedregal.

 El primero en firmar fue Petrozza, seguido de Guillermo, Salmoneo y Verónica. Les pedí que lo dedicaran a Claudio Fernández, que es mi nombre.

 Cuando hubieron firmado todos, haciendo acopio de valor, a la vez que preparado para las risas o el desprecio, entregué a Verónica la tarjeta con la rosa, diciendo que era un honor conocer a una mujer tan bella y tan inteligente, etc., etc. Verónica, contrario a lo esperado por mí, aceptó de buena gana mis obsequios, agradeció, y me estampó un beso en la mejilla, con lo que, estoy seguro ella lo sabe, me dejó hipnotizado y fanatizado. No importa si es inalcanzable, siempre intentaré, intentaré, intentaré.

8

No los hice salir. En cuanto se acabó la última gota de whisky ellos mismos se levantaron de la mesa. Para mi fue una suerte; ellos jamás lo sabrán, pero cinco minutos después de salidos llegó mi esposa con su madre; supuestamente se puso mala y la debíamos cuidar. 

 No me importó, estaba alegre: Petrozza mismo me pidió que escribiera algo para Whisky en las rocas, lo que fuera, y se lo mandara. Estrechó mi mano y me abrazó. Dijo que cualquier día lo llamara (me dictó su número telefónico) para echar trago (sic), e hizo el ademan de beber. También dijo que si no estaba a gusto con mi mujer, él podía presentarme algunas otras (no sé cómo se enteró). Me guiñó el ojo y se fue a seguir a sus amigos que ya lo esperaban fuera, subidos en coche color plata.




Claudio Fernández.

12 comentarios:

  1. Enrique Fernandez Davila3 de diciembre de 2012, 12:57

    Un abrazo desde Lima.

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  2. Otra historia en 1ra persona ...me gustan.

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  3. Super! Gracias a Claudio por el estilo elegante como la esencia de las palomitas en la ultima fila.

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  4. lo bien que sabes que los unicos que escuchan cuando lees,son los niños..

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  5. hermoso amigo tu escrito saludos

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  6. he leído hasta la última riga ,muy bello cuento ,gracias poeta un saludo.

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  7. muy bueno Claudio, al estilo WhiskyEn LasRocas

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  8. Bastante agradable el relato. =D Que suerte!

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  9. Bien descrito el topico del escritor consagrado por encima del bien y del mal pero que en el fondo sabe cuales son sus limitaciones..., pero nunca se las recuerdes.

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  10. Ruth Ana López Calderón6 de diciembre de 2012, 11:01

    Me encantó ........y no puedo extraer nada, así que tendrán que entrar para leer y olvidarse de lo demás por un rato. Gracias, estos textos de Whisky en las rocas son estupendos!!

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  11. Me gustó, un abrazo desde Cartagena de Indias.

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