lunes, 10 de diciembre de 2012

¿Ella o yo?


Estaba en casa de Estela cuando lo supe. El señor y la señora Palafox habían salido y dejado a su preciosa hija sola. Yo era el novio de esa preciosa hija, así que recibí la llamada envidiable: la invitación a pasar la noche en casa suya so pretexto del viaje de sus padres a Toluca.

 Todas las mañanas, antes de salir al trabajo, miraba mi reflejo en el espejo y me preguntaba: ¿cómo puede Estela salir conmigo? Ahora, todo lo que deseaba es que Estela desapareciera, que se la tragara la tierra, o que viniera un diablo y se la llevara.

Lo supe, definitivamente, aquella noche: Estela y yo éramos ovejas de diferente corral. Mi camino estaba en la poesía, y con ello, en la soledad, el aislamiento, la pobreza. El camino de Estela eran los estudios, la vida laboral y social, y, con un poco de suerte, la estabilidad económica suficiente para pagar los créditos que exige una vida así: el crédito de la computadora, del coche, de la casa, del último viaje a Cancún. El camino de Estela era un camino tan recorrido ya, que podía tenerse la certeza del paso siguiente: terminar la universidad, buscar empleo, laborar, comprar y gastar en cosas de soltera, casarse, comprar y gastar en cosas de recién casada, laborar, embarazarse, comprar y gastar en cosas de nueva madre, laborar; quizá volver a embarazarse, laborar, laborar, laborar, y luego morirse con el gusto de haber visto seguir la misma línea a los hijos. Esto es un abuelo: aquel que pudo ver hundirse a los hijos de sus hijos.

 Yo soy poeta, no tengo asegurado el pan de cada día. Mi vida siempre será incierta. Incluso cuando nací, mis padres no estaban seguros. Mi padre negó ser el padre, y mi madre, bueno, no podía probarlo de algún modo. Al final, decidieron echarme a la suerte y Padre ganó. Se fue a rehacer su vida lejos, donde el recuerdo de una familia abandonada no fuese un estorbo. Madre se encargó de mí un tiempo hasta que abrió los ojos: nada la obligaba a atarse a mí. Me abandonó en casa de sus padres. Cuando cumplí ocho años, Abuelo murió. Todo lo que me queda en la vida es una vieja que se preocupa por cortar las orillas del pan antes de prepararme un sandwich. Tengo veintiseis años, ¿puedo hacerme cargo de las orillas yo mismo? En realidad no. Nunca cortaría las orillas del pan; me da lo mismo; para ello es necesario Abuela. Las orillas del pan justifican su papel en la vida: no debe morir una vieja que tiene una tarea.

 Decirlo a Estela no sería fácil. Mi pretexto para terminar no era un pretexto tangible: un engaño, mal genio, una ofensa imperdonable. Mi razón era una razón metafísica: no podía seguir con ella por el daño que esto causaría a nuestras vidas y al equilibrio del Universo. Claro, ella pensaría que yo estaba loco (si no lo pensaba ya). ¿Cómo se supone que explicaría la diferencia de nuestras almas, de nuestros destinos? ¿Cómo, sin dañarla, sentenciaría que yo soy diferente, especial… y ella… común y corriente? ¿Cómo me atrevería siquiera a proponerlo sin pecar en ello de falta de humildad? Sería un absurdo; siempre me he considerado humilde.

2

Hablando con Petrozza del asunto me advirtió no dañar a una mujer, porque una mujer herida es un desgaste en el amor universal; el Universo, según la borrachera de Petrozza, posee una cantidad finita (aunque enorme) de amor repartido entre todo el mundo. Este amor debe ser cuidado, casi como una planta, por las parejas que se enamoran; fomentarlo, amarse, es conservarlo. Herir a una mujer es desgastar esta cantidad de amor, como agua que se evapora.

 Esto dijo antes de entrar a la cima de la curva de su borrachera. Una vez entrado, dijo: a la mierda, si no estás en paz con ella, déjala. Es de tontos soportar lo que no se quiere. No te preocupes por lastimarla, ya se vengará con otro hombre: esto es así: el karma. Ya pagarás tu patanería con soledad; pero, venga muchacho, estarás burlando a la vida: la soledad es tu premio, eres poeta y estar solo es tu destino. Mejor es ir con ella y decírselo: ¡que te den por culo, perra! Acto seguido, encendió un cigarrillo y se calló. Yo asentí con la cabeza, curiosamente, ambos consejos me parecían estupendos.

3

La cena estaba lista cuando llegué. Estela lo preparó para mí: espagueti blanco y pechugas de pollo adobadas. Me senté a la mesa con una sonrisa; una cena así estaba lejos de mi vida cotidiana. Comimos y hablamos. Las mujeres adivinan, pensé. Estela sacó a tema el tema de nosotros. Dijo estar satisfecha de nuestra relación. Yo era empleado de su padre, dueño de una tienda de abarrotes. Era, a decir verdad, un estupendo empleado. No tenía amigos fuera de Petrozza, Guillermo y Verónica que me entretuvieran (ellos viven en DF y yo en Estado de México; frecuentarlos se limitaba a encuentros quincenales o mensuales en casa de Guillermo o algún bar), no tenía otra cosa en que ocuparme que no fuera el trabajo, y si continuaba así, probablemente sería gerente de dicha tienda, el señor Palafox deseaba abrir otra, y si todo salía bien, quizá fuese gerente regional. En pocas palabras: tenía un futuro. De esto estaba satisfecha Estela. Ella se graduaría, encontraría un trabajo. Yo trabajaría para su padre. Nos casaríamos, tendríamos hijos… Al final su padre moriría y heredaríamos el negocio. Entonces la historia se repetiría al infinito con nuestros hijos y los hijos de sus hijos, de tienda en tienda, de generación en generación, hasta que, por karma o equilibrio del Universo, uno de esta descendencia naciese loco, como yo, que habría engendrado el gen de la poesía en esta familia. Esta certeza, esta seguridad que Estela encontraba cálida, deseable… yo la aborrecía. La vida es un juego de azar, cada instante es un tirar los dados; a veces se gana o se pierde. El último enunciado es verdad, pero el hombre mediocre se esfuerza en hacerlo falso. Construye una vida a modo de chinampa. Su mayor deseo es vivir en quietud, sin altercados, como un cadáver descansando en su ataúd.

 Terminada la cena jugamos parchís. No es el juego favorito de ninguno, pero es lo que había. Un tablero viejo, juego de infancia de la señora Palafox. Desconocíamos las reglas; jugamos como entendimos. Fue divertido. A cada turno, ella o yo, inventábamos una nueva regla que nos aventajara. Si ella movía una ficha para comerse la mía, yo decía: no, no, no puedes comer esta ficha, es la tercera vez que la muevo y hay una regla que dice: si una ficha se ha movido tres veces, es incomible. Entonces ella, para defenderse decía: cierto, pero… a menos que la ficha haya sido movida tres veces consecutivas… Por supuesto, no lo tomamos en serio. El verdadero juego consistía tener ingenio para contrarrestar la última regla inventada por el contrincante. El colmo fue cuando Estela dijo, antes que yo comiera su ultima ficha: ¡alto!, no puedes comerme la última ficha si… si… si tienes los tenis rotos. ¡Qué!, exclamé yo, sorprendido. Sí, sí, dijo, la regla dice: la última ficha no puede ser comida por un jugador con tenis rotos. Bueno, yo tenía los tenis rotos… jamás podría ganar. Dejé que Estela comiera el resto de mis fichas.

 Reímos mucho. Estela no dejaba de reír cuando comía una ficha mía; lucía realmente feliz, como una niña de cinco años. Podías esperar verla ahogase de la risa, morir allí mismo, pero contenta. Sus cabellos de oro, sus mejillas rosadas y su risa: no, no podría terminar con ella, alejarme de una mujer bella en nombre de la poesía. ¿No es acaso su rostro un rostro más poético que todos los versos que yo escriba?

4

La belleza de una mujer no es suficiente. A menos que seas un imbécil, entonces serás esclavo de un culo macizo, de un par de ojos verdes, pero nunca compañero de una persona. Enamorarse de la belleza de una mujer es como enamorarse del color de un coche rojo. El rojo, la belleza, no son el coche ni la mujer. Cuando valoras a un coche por la esencia de su utilidad, no te importa el color. Cuando amas a una persona, no te importa la belleza. El color se decolora, la belleza también. No midas tu amor por Estela con base en su belleza, Dios, me dijo Petrozza. Me lo dijo él, que lo pasa cazando culos buenos. Se lo dije, y me contestó: no seas imbécil, no juzgues al maestro pos sus defectos. Si el maestro da una lección y no la sigue es cosa suya, pero si tú escuchas la lección y no la sigues, la cosa es tuya. Me calló la boca.

5

A media noche Estela fue a la tienda de su padre. No tardó ni diez minutos, la tienda es un local en la misma propiedad de la casa. Regresó de allí con seis cervezas Tecate. Sin pronunciar palabra me cogió la mano y me llevó a su habitación. Dentro, hizo sonar un disco de Kiss, música de mi predilección y por la que tuvimos una discusión hace tiempo. No sé de dónde lo sacó.

 Kiss, la cerveza. Alguien asesinó a Estela y se hace pasar por ella, pensé. Estela jamás… Por si fuese poco, bailó al ritmo de Calling Dr. Love, sensualmente, y destapó cervezas para mí y para ella. Pensé: desea agradarme, desea ser parte de mi mundo: adaptarse.

 Desacostumbrado a ser complacido, más por una mujer, no pude menos que sentarme sobre la cama, beber mi cerveza y mirarla bailar y sonreír. Lo hacía con lujuria y pasión. Al mismo tiempo, se desnudaba. No estaba lejos de ser una bailarina de tugurio. ¿Realmente era esto lo que quería: una putita? ¿En realidad todos los hombres del mundo soñamos con esto? Una adolescente rubia bailando para nosotros, desnuda y alcoholizada. Repito: Estela no era así; se convirtió en eso por mí. Aguzando su sexto sentido comprendió que la dejaría; deseaba darme lo que yo esperaba, o lo que ella creía que yo esperaba, de una mujer. El problema con las mujeres es que son ellas mismas las primeras en hacerse valer por su cuerpo.

6

No sé, dije a Petrozza, al verla bailar y beber… no sé… Ya, dijo él, todo el tiempo luchamos por ello. Deseamos a flor de piel una mujer desinhibida, fácil, rápida, caliente y borracha, pero una vez que la tenemos frente a nosotros, nos damos cuenta: es la peor pesadilla, ¿quién quiere una mujer así? Por cada hombre hay una buena mujer. La verdadera lucha del hombre en el amor es encontrarla, pero hemos perdido tanto tiempo deseando a la libertina, que cuando la buena mujer se posa sobre nuestras narices somos incapaces de ver. La mandamos a que le den por culo, y al final, nos dan por culo a nosotros las putas con que nos quedamos.

7

 Estela trató, en verdad trató… pero ni la vieja ni la nueva Estela eran la mujer que yo necesitaba. Aquella noche bebimos cerveza e hicimos el amor. No puedo negarlo: fue una noche estupenda. El cuerpo de Estela, sus ojos azules… todo su físico continuaba causando en mí deseo vehemente. Sin embargo, algo en su alma, o algo en mí alma, impedía que pudiera amarla. ¿Qué es lo que mi alma exige de esta pobre mujer que se entrega, que entrega su cuerpo y su mente; desea ser fiel y servicial; desea agradar a su hombre, y yo no puedo menos que despreciarla? ¿Por qué, por qué?

 Terminar con ella sería cruel, me convertiría en un hombre que hace sufrir; seguir con ella sería cruel, me convertiría en un hombre que sufre. Ella o yo… esa es la cuestión, y allí radica toda la filosofía del ser humano. David Hume, dijo: “Preferiría la destrucción del mundo entero antes que un rasguño en mi dedo”. David Hume es un hijo de puta, un imbécil, y a la vez, un hombre muy inteligente. Sufrir, con tal de no hacer sufrir a otro, ¿hay inteligencia en ello, hay valor, hay nobleza u honor?, ¿o hay sumisión, estupidez, miedo y cobardía?

8

 Al amanecer, el desayuno estaba servido. Huevos con tocino, pan tostado, jugo de naranja, café con leche. No tenía palabras para agradecer, ni para dar la estocada. Estela preguntó: ¿pasa algo? Yo respondí: nada pasa. Tragamos el desayuno en silencio. Nos encontrábamos en la antesala de nuestro destino. Una vez saliendo de aquí, la vida no volvería a ser como la conocimos, pensaba. Partiré, no sé a dónde, pero me iré. Mientras más lejos mejor.

9

De vuelta al trabajo, Palafox me felicitó por tener la tienda bien surtida (ahora me entendía con los proveedores) y limpia. Palafox, mi suegro, el señor que me daba trabajo y me ofrecía una vida con su hija. La señora Palafox bajó a las tres de la tarde, con un guisado. Dijo que no podía pasar tantas horas trabajando sin probar bocado. Era amable y me quería. Más tardé, llegó Estela. Venía de la universidad, cansada (se mataba por un futuro mediocre, pero seguro). Me saludó con ánimo y se metió a su casa. Esto era la vida: Estela, la tienda, sus padres. Estaba atrapado en ella, en la trampa que yo mismo tendí y debía encontrar la salida.




5 comentarios:

  1. Muy buen texto, buen toque el de meter a David Hume, dos errores de dedo: uno en el apartado 2 en la palabra curiosamente y...no recuerdo dónde está el otro n.nU a parte de eso, disfruté mucho la narración

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  2. Y ahora soy yo el que se revuelca en el lodo por desear tener una vida común y corriente...

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  3. Ruth Ana López Calderón15 de diciembre de 2012, 11:04

    Muy pero muy bueno, gracias, siempre es grato leer los textos de Whisky en las rocas. Un abrazo.

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  4. valorar algo por su esencia de utilidad no et importa el resto..

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