viernes, 14 de diciembre de 2012

El palo del ahorcado.


Texto por: Démian Jacros

Por aquella loma pelada, después de las últimas casas del barrio, se encuentra el palo del ahorcado. Un árbol viejo y seco que levanta al cielo sus ramas como una gran mano negra tratando de arañar el cielo. Cada cierto tiempo se suele encontrar colgado a uno que otro fulano, al que el peso de la vida es mayor que sus propias fuerzas  y prefieren mejor, danzar en el aire un rato.

Los motivos son muchos y cada uno tiene sus propias razones, pero hay una historia en especial que se ha quedado en mi memoria, la historia de Toñito, aquel niño que primero llenó de ternura y amor a todos los que le conocían, pero que la  vida cruel le convirtió  en un ser desalmado  y violento. Todos recuerdan con gusto aquella mañana en que fuimos a descolgar su cuerpo, no sin antes solazarnos unos buenos minutos ante el  justo espectáculo de la muerte.

A diferencia de su infantil apodo, Toñito era uno de los más sanguinarios matones que había parido esta comuna. Su infancia transcurrió normal pero la miseria que es un habitante muy común por estos lados, hizo insoportable la vida para su familia. Así que un buen día su padre, don Manuel, decide abandonar y parte  hacia las minas de Múzo con la consigna de buscar un mejor futuro pero nunca más se volvió saber de él. Como si fuera el designio de estas mujeres, Transito, toma ahora la cabeza del hogar y trabaja lavando ropa desde que sale el sol hasta que se oculta y Toñito es educado por la escuela más dura de todas, la calle.

El que en otra época fue un inocente, había ya vivido la furia de esta selva humana y pronto comprendió la ley de los más fuertes. Comandaba una de las más temidas bandas de toda la comuna los Chacales.  Aquellos ladronzuelos de barrio que robaban cigarrillos en el supermercado, se convirtieron con el tiempo, en una feroz banda de sicarios y matones que tenían enemigos por doquier y no les temblaba la mano para sacar sus fierros y mandar al que se cruzara en su camino “al barrio de los acostados”.

Siempre que coronaban una vuelta toda la banda se reunía en el bar de Macario, un ser desagradable y ruin que les compraba las cosas robadas y atendía El Oasis, un antro oscuro y miserable, con un olor a orín que se podía sentir desde la entrada. La tierra de la calle polvorienta se mezclaba con el sudor y el humo del cigarrillo, formando una capa pegajosa que se adhería a todas las cosas, hasta el tiempo parecía detenerse en una atmósfera pesada y mortecina. Los únicos clientes eran los Chacales y uno que otro borracho lo suficientemente sensato como para marcharse tan pronto hacían su aparición los demonios.

Aquella calurosa tarde de julio, la bandola en pleno celebraba su último golpe, llevaban tomando desde la noche anterior, bebiendo y metiendo perico como si quisieran olerse el mundo. Había sido un golpe grande, un atraco bien planeado. Un primo de Toñito hizo la inteligencia, fue la empresa en la que trabajaba como mensajero, les dio los datos del día y hora del pago de la nomina y allá llegaron, como jinetes del Apocalipsis, escupiendo fuego, iniciando el Armagedón.

Excitados recordaban como el pollo, mientras los demás se hacían al botín, tomó como rehén a una secretaria a la que le manoseaba el sexo por debajo del vestido mientras le sostenía el revólver en la frente, tal fue el pánico que sintió esta, que no pudo contener la orina.

— ¡Eso fue lo más chimba! ¡Huy! es que estaba muy buena parce –celebraba el pollo mientras se metía una línea del tamaño de una cordillera, todos rieron, todos menos Toñito.

Corría el rumor en el barrio de un hombre que hacía varios días andaba preguntando por un tal Antonio  y aunque para Toñito las culebras eran el pan de cada día, esta vez se sentía intranquilo, tenía un mal presentimiento atravesado entre pecho y espalda.

En un momento, la estruendosa risa de todos se interrumpe ipso facto, la puerta se abre de  golpe y en la entrada asoma un forastero, un rostro duro que nadie ha visto por esos lados. Lleva sombrero y un abrigo que raya con el absurdo calor de aquel mediodía, sus botas cubiertas de polvo hacen evidente el desgaste de alguien que ha caminado demasiado.

El hombre camina hasta la barra y pide un guaro doble.

No tengo aguardiente –dice Macario, masticando un sucio palillo.


¿Y esas botellas detrás de usted?

Ya están vendidas.

Entonces véndame una cerveza.

— Como le parece que no se va a poder, también las vendí todas  -repuso Macario sin apartar sus ojos amarillos sobre el sujeto.

¡Macario ombe! no seas tan pirobo, ¿esto no es una tienda pues?,  que dirá  aquí el amigo, que no se atiende como se debe. -dice Toñito levantándose de la mesa y caminando lentamente hacia la barra.

Vea llave. Déjeme tranquilo que no estoy buscando problemas, solo ando buscando a un Antonio Cruz

— Antonio Cruz… ¿y eso como para que lo busca? si se puede saber  -pregunta Toñito quien lleva el revolver en la espalda y su dedo está caliente, listo para disparar.

Eso -replica el desconocido Es un asunto entre él y yo. 

En su mente Toñito trata de asimilar ese rostro, intenta atar cabos ¿de quién es doliente? ¿Será que alguna vez lo atraque o lo robe? es demasiado viejo para ser de otra bandola. No lo recordaba  y sin embargo había algo en ese rostro que le causaba impaciencia, una zozobra que le hacía destilar el alcohol en gruesas gotas por toda su frente.   

Pues lo que esta es de buenas cucho, por que el que buscaba lo tiene en frente –hablo Toñito mordiendo cada palabra, afilando sus ojos sobre los de él.

¿Antonio? - dice el hombre metiendo la mano en el bolsillo del abrigo, al instante  tres disparos le reventaron el pecho, uno detrás de otro, deteniendo a El Oasis en un absoluto silencio. No dijo nada mas, quedo de pie unos segundos y cayó de rodillas con la mirada clavada en los ojos del joven, una mirada incrédula casi infantil. Luego se desploma como un bulto sobre el suelo.

Toñito levanta la visera de su gorra con la punta de su humeante revolver, se agacha para tomar el arma del cadáver pero lo que encuentra en aun la tibia mano no es un arma si no un papel, una vieja fotografía de un niño. Toñito no recuerda haber asesinado a ese niño, pero en esos grandes ojos inocentes reconoce una exultación perdida hace ya mucho tiempo. Algo le remueve las entrañas, y un sudor frió le recorre la espalda, con su mano temblorosa da vuelta a la foto y nota que hay garabateado un mensaje. 

“Manuel: Te envió la foto de Toñito para que te acompañe siempre. No hace otra cosa que preguntar por ti. Llévalo en tu corazón y nunca olvides que estaremos esperándote. Te ama. Transito”.



2 comentarios:

  1. Buena redacción aunque el final era un poco predecible (para mi), me engancho de principio a fin, felicidades.

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  2. no quiero aceptarlo pero me dieron ganas de llorar jeje

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