lunes, 17 de diciembre de 2012

Dueños de nosotros mismos.


La primera en caer fue Gabriela. Eduardo llamó a casa, dijo: ¡a qué no adivinas! No adiviné. ¡Gabriela está embarazada!, dijo. Gabriela tenía dieciséis años. Resultaba increíble que una chica de dieciséis años fuese tan ingenua; ahora, las chicas de dieciséis eran más despiertas. Se procuraban estudios: aseguran su independencia. Estaban cansadas de depender de hombres. Sin notarlo y por su propia mano, se habían salido de la esclavitud conyugal, para entrar a la esclavitud de las empresas. Los hombres dijeron: ¿quieren ganar el pan con sus propias manos?, háganlo. Fueron más independientes, pero no más felices. El resultado: una horda de madres solteras convencidas de su fortaleza y su talento, con dos roles: madre y padre, sobre sus espaldas.

 Naturalmente, Gabriela dejó de ser amiga nuestra. Los inconvenientes del embarazo imposibilitan la vida social del adolescente en tiempos modernos, tiempos donde las niñas no se embarazan bajo ningún motivo, donde los bolsos de estas niñas están cargados de anticonceptivos. Dejó la escuela y le perdimos el hilo. Gabriela daría a luz. Era definitivo, limpio e irrefutable. Poco a poco, pero con bastante rapidez, se convertiría en una molestia para ella misma y los demás. Su hijo estaría marcado con el estigma de un niño indeseado, hijo de una madre adolescente, soltera, y poco madura. Ocho de cada diez hombres sufren del mismo mal. Ocho de diez hombres deberían ir al psicólogo.

2

El segundo fue Eduardo. Tengo algo que contarles, dijo. Nos citó en su casa y nos dio la noticia: sería padre. En aquel entonces Eduardo tenía veintitrés años. Cursaba una carrera universitaria, contaduría pública. Tendría un hijo con la que en ese tiempo era su novia formal. Dejó de serlo tres años después, cuando Eduardo y ella, sencillamente, no se soportaban. No podían verse las caras sin pelear. Los gastos, por supuesto. El nacimiento de este niño se convirtió en un infierno. Al principio, como la mayoría, fingieron felicidad… hasta que fingir dejó de ser útil. Abiertamente, e incluso con cierta madurez, decidieron separarse. El verbo sobra, realmente, nunca vivieron juntos. Ella se hacía cargo del hijo en casa de sus padres.

 Al escucharlo le felicitamos. Era joven; hubiese sido mejor esperar, pero la cosa estaba hecha y al menos no tenía dieciocho años. Embarazar a una mujer a los veintitrés años era algo que a cualquiera podría pasarle. Un error, al fin y al cabo, pero un error que se puede sobre llevar. No era para quitarse la vida. El producto de dicha relación tenía, por decirlo de algún modo, derecho a nacer. Los padres de jóvenes como Eduardo tuvieron a sus hijos a la misma edad o antes. Podían soportarlo. Evidentemente, la mayor carga sería para ellos (principalmente la económica), pero en el fondo había algo de deseable en todo esto: la última oportunidad de procurar vida a la especie, de cuidar, amara y proteger antes de entrar definitivamente en la ancianidad. Esta es toda la dicha de un abuelo que puede cargar en brazos a los hijos de sus hijos. Es un proceso natural y está permitido. Eduardo fue rodeado de amor y comprensión, tomaron su descuido con alegría. Su hijo sufriría los estigmas de haber sido criado por los padres de sus padres, y nos los propios.

3

Con el tiempo, el mundo cambió drásticamente. De ser un mundo acostumbrado a mirar parir niñas de trece años, cosa que era buena, dio un giro de ciento ochenta grados, hasta convertirse en un mundo donde reproducirse era aberrante. Tener hijos era cosa de locos. Mas, si no se tenían los recursos y la madurez suficientes. En pocas palabras, tener hijos, ahora, era de mal gusto. Privaba al hombre de su independencia. Salir de la dependencia familiar para entrar a otra dependencia, más oscura; una dependencia degenerada que no otorgaba ningún beneficio individual, excepto la ilusoria y consoladora bendición de ser padres. Ser padre no ayuda al individuo a madurar (la madurez se alcanza en la soledad y en la libertad), en todo caso, te obliga a procurar pan a una familia. Dicho de otro modo: acelera el proceso de envejecer. Ser padre, además, podía dejarte en un plano aletargado, carente de experiencias. Esto era directamente proporcional al a la juventud con que se tuvieran los hijos. La forma de hacerlo ahora era salir de la dependencia familiar para asentar la existencia individual por medio de la soltería o de la unión libre. Acumular el dinero y la experiencia necesaria para reclamar tu lugar en el mundo: para ser tú mismo. Esto no se lograba criando hijos. Los hijos consumen la vida de los padres. Nos habíamos vuelto más egoístas (?).

 Nuestro grupo de amigos se declaró libre. Es decir, declaramos que jamás tendríamos hijos. Nuestras razones, las razones de nuestra época: el individualismo. Deseábamos ser nosotros mismos, y no lo que pudimos ser de nosotros mismos.

4

El grupo rondaba los treinta años. Para ese entonces sabíamos (o creíamos saber) quiénes éramos y qué queríamos. También, lo que no queríamos. Así, cuando nos enteramos del embarazo de Roberta, ella no pudo negarlo: odiaba haberse embarazado. Iba en contra de sus principios y de los nuestros. Era como ayer fue tener treinta años y no estar casada. No era feliz, era muy, muy infeliz. Este error lo pagaría por el resto de sus días. Es así cuando se tienen convicciones, sean las que fuesen.

 Roberta había dicho tantas veces que no tendría hijos… tenerlos era doblemente estúpido. Estaba socialmente comprometida, y la sociedad no perdona nuestros errores. Es de sabios cambiar de opinión; la dificultad de ser sabio radica en el antepenúltimo enunciado. Habíamos hablado tanto acerca del tema; le sería difícil encontrar juicios que la justificasen, ideas que le devolvieran la felicidad (si es que alguna vez la tuvo). Sobreescribir la cinta que se había metido durante años en la cabeza: tener hijos era absurdo, aberrante, y lo peor que te puede pasar en la vida.

 Por supuesto, tenía otra alternativa; la única según la lógica de esta nueva moral: el aborto. El problema con el aborto es que hablamos poco de él (no es práctico hasta que sucede), parecía tan lejano, no lo tomábamos en serio: no estábamos preparados. Dar a luz es algo irremediable; un aborto es algo irremediable; no estamos listos para las cosas irremediables. El hombre cambia, es voluble, y no es irremediable: siempre estará allí la opción de suicidarse, otra cosa en la lista de nuestras incapacidades intelectuales: afrontar la muerte por voluntad propia. Estás cosas se hacen o no se hacen, no son decisiones racionales, y el humano es un animal racional.

 Roberta tuvo a la niña (fue una niña). Los últimos cinco meses de embarazo se alejó del grupo. Volvió con el bebé en brazos. Al parecer, lo había aceptado: sería madre y se casaría. Nos invitó a la boda y fuimos. Frente a ella jamás tocamos el tema, no era necesario. Todos lo aceptamos. Roberta seguiría siendo amiga nuestra. No hay nada que pudiésemos hacer, después de todo no era cosa nuestra.

 Sin embargo, todo cambió drásticamente. Las salidas con Roberta menguaron. Teníamos que verla por las tardes, no muy noche; dejó de beber y comenzó a ir a grupos budistas. Necesitaba encontrarse, aceptar su destino y reivindicar sus decisiones. Se aferraba a ser joven, abierta y carismática; a no perder la libertad arrancada. Era una lucha constante contra las demandas de una hija. Tarde o temprano sucedería: se alejaría definitivamente. No podía participar de todas la actividades. Estaba vetada de viajes,  reuniones que acabasen al otro día, salidas improvisadas.  No podía evitarlo, pesaba sobre sus hombros los compromisos de una madre y de una esposa.

 En el grupo, a sus espaldas, tocábamos el tema. Pensábamos: dejémosla ir, ahora pertenece a otro mundo. También pensábamos: ¿hasta cuándo podremos nosotros seguir a flote con esta idea a la que nos encadenamos? Todas las convicciones, por muy liberales que sean, encadenan al hombre. Sería más sencillo no tener ideas ni convicciones. Ser libres de verdad. Dejar que la marea gobierne nuestras vidas. Pero eso, es algo contra lo que habíamos luchado los últimos quince años. Deseábamos ser dueños de nosotros mismos, si es que eso es posible. Un hombre que vive conforme a la moral de su época, no es libre.

5

 No importa cuánto se luche por alcanzar la libertad, el hombre es un ser encadenado. No pude tomar siquiera la decisión de nacer, de ser hombre; ni la decisión de nacer en un país u otro, o ser rico o pobre. Cada nacimiento es una tirada de dados, una vida que comienza sin saber cómo, ni dónde ni cuándo, ni  por qué. Cada hombre es un tablón a la deriva del inmenso mar. Un tablón no puede comunicarse con otro tablón. Un hombre tampoco con otro hombre. La comunicación es una quimera. No hay modo de decir a otro lo que se piensa honestamente, lo que se siente. Dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo. Tampoco dos mentes, dos cerebros, pueden ser uno. El vínculo de los hijos con los padres, no significa nada. Todos estamos solos, y somos libres, en la medida que nos convencemos de ello. El convencimiento de nuestra libertad es todo lo que tenemos. Somos  presos encarcelados en un cuerpo. 


Risto Kuulasmaa

8 comentarios:

  1. A por el ,,espero sea todo lo bueno que espero de !!!La simpatica Verónica Pinciotti

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  2. L’homme est né libre, et partout il est dans les fers”, Rousseau

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  3. sin comentarios, simplemente me encanto

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  4. =( me recordo a mi sister... diddex

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  5. No nos damos cuenta, pero nuestras convicciones nos encadenan tanto como los imperativos sociales.

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  6. ciertamente, pero el titulo correcto seria algo así como: extraviadas de sí mismas. Me gusta.

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