viernes, 21 de diciembre de 2012

Ana Gabriela.



Su nombre es Ana Sarti. ¿Era linda? Sí, y mucho. ¿Tenía buen culo? Sí, definitivamente.  ¿Tenía Tetas? No, pero se las hizo tamaño familiar. ¿Era puta? Mucho, pero estaba enamorado. Cuando la conocí no me había fijado en ese detalle, tampoco que no tenía alma.

 Ésta es la historia de no cualquier chico pobre que se enamoró de no cualquier chica, también pobre. Dios es grande y justo. Cuando no da inteligencia proporciona un par de tetas o un buen culo. No es mentira, pero sí sexista. Soy machista, lo admito. También resentido. No porque me haya rechazado una mujer. Me han desechado infinidad de veces, lo que duele es que le haya triunfado en la vida. En mi casa siempre se dijo: “Estudia, trabaja, se honesto, responsable, humilde… y serás alguien en la vida”.  Pero ella, después de 13 años, es millonaria, con dos hijos y un marido de 70 años que usa sarcillo y se dejó crecer el cabello hasta los hombros a pesar de tener una calvita. Y nunca trabajó o estudió con esmero, lo obtuvo todo fácil. Sí, lo acepto. Soy un envidioso, mas no hipócrita. No deseo bien a las personas que me hacen daño y no es que ella me haya hecho algún mal. Sólo me rechazó, aunque dolió debo admitir que no es algo para guardar rencor. Lo que deseo está mal, pero no puedo evitar querer verla en paupérrimas condiciones. Para un humano es imposible ser, precisamente, humano. Lamentablemente es así, somos los seres más inhumanos que habitan en el planeta. Por más que trato, no puedo dejar de ser una mierda de persona; envidioso, egoísta, mal intencionado y otras cosas más. En cuanto a ella, además de millonaria y tener dos preciosos niños, es feliz y eso me irrita.  Siempre he sido trabajador, honesto y responsable, pero  aún viajo en bus, estoy soltero y desempleado. Además,  resentido y frustrado. No entiendo; Dios es injusto o soy un pendejo.

 Mi vida transcurre lentamente. Vivo en el pasado; en lo que quise decir y no dije, en lo que quise hacer y no hice, en la que quise besar y, obviamente, ni una teta rocé. La conocí a los 19 años, ella es un año menor que yo. Desde el primer momento que la vi nos hicimos amigos, teníamos algunas cosas en común; éramos pobres, ambos estudiantes y de otra ciudad. Pero ella estaba buena y yo no. Siempre fui una persona aplicada al estudio, lamentablemente nervioso. Apenas veía la hoja de examen olvidaba todo. En cambio ella no, en cada evaluación se copiaba sin mayor premura. Nunca la descubrieron, siempre quise que lo hicieran. Porque estudiaba para obtener una buena calificación, sin embargo, rara vez lo logré. Por otro lado, ella nunca estudiaba, siempre había alguien que le pasaba las respuestas, se copiaba del libro, el profesor la ayudaba o suspendían el examen. Lo cierto es que sacaba las mejores calificaciones de todo el curso sin merecerlo.

 Cuando nos hicimos amigos era novia de un chiquillo adinerado, un hijo de papi y mami. Eso no duró mucho. Después de un tiempo se hizo novia de un tipo dueño de varias licorerías. En ese lapso nunca iba a clases y siempre me pedía los apuntes. A veces llegaba de madrugada a mi casa para que le explicase una que otra cosa de matemáticas o física. Luego dejó al tipo de los licores y se hizo novia del gerente de una transnacional petrolera. Ese señor la ayudaba; le regaló libros, un auto y joyas.  No sé qué haría, pero se hizo muy amiga la esposa del señor. Un día me invitaron a su casa porque ella les habló de mí. Me hice amigo del Señor, a los pocos meses me enteré que encontraron su cadáver en un hotel. Sufrió un accidente cerebro vascular, nunca supe los detalles de su muerte porque no quise preguntar. Podría decir que Ana lo amó hasta la muerte, aunque su esposa también podía decir lo mismo. Eso fue una cuestión muy extraña que me hubiese gustado saber.

 Mantuve el contacto con Ana hasta la mitad de la carrera. No sé si fueron las hormonas o porque tenía un poquito más de autoestima, pero le planteé mi  situación; le dije que la amaba como a nadie en este mundo y no me importaba lo que ella hiciera con tal de estar a su lado. También le expresé que no tenía mucho que dar, pero sí amor, respeto, honestidad y responsabilidad. Fue un discurso de más o menos media hora. Cuando terminé  ella me miró a los ojos, tomó mi mejilla y besó mi frente. Luego dijo: “Gracias por todo Roberto”.  Se marchó. Recuerdo que cuando me vio, lo hizo con su potente mirada. Era como si escudriñara lo más profundo de mi ser y cuando al fin descubrió lo que buscaba, besó mi frente y me dejó clavado al suelo. No he olvidado esa mirada. Ese día no dormí pues encontré una botella de ron que había dejado mi compañero de cuarto y bebí como nunca lo había hecho, también fumé y lloré – aunque no por el rechazo sino por otras cosas que venían acumulándose-. Desde ese momento me dediqué a la bebida. Abandoné mis estudios y frecuenté prostíbulos. No  bebía whisky porque era pobre, tomaba ron blanco y del barato. Como no alcanzaba el dinero para beber, visitar putas, pagar el alquiler y comprar algo de comida, busqué un empleo. Encontré un trabajo como empaquetador en una fábrica de cajas. Trabajé allí por un tiempo, durante ese periodo les mentía a mis padres acerca de mis progresos universitarios y bebía ron como un hijo de puta.  Después fui despedido de la fábrica y me dediqué a vender bolsas plásticas en el mercado municipal. Hice mucho dinero, hasta que me atracaron mis competidores. Luego laboré en una fábrica de tapas donde conocí a un obrero que me aconsejó y, por último, en un periódico donde tomé el gusto por la lectura y escritura. Ya para cuando trabajaba en el periódico había pasado cinco años, pero había adelantado algunas asignaturas gracias al consejo del obrero que no me quería ver en su empresa, sin embargo, mis padres parecían estar más preocupados porque aún no me graduaba.

 En cierta oportunidad asistí a la universidad. De verdad que odiaba ese sitio, pero debía ir. No hubo actividades porque se realizaría el acto de graduación. Allí fue cuando volví a verla. Tenía su toga y birrete. Se veía hermosa. Ella notó mi presencia, pero fingió no advertirla. Me quedé pasmado. Me alejé un poco y decidí ver el acto de grado. No sé porqué lo hice. No me sorprendió que la llamaran para dar el discurso, a pesar que había obtenido el cuarto mejor promedio de notas. El chico que obtuvo el mejor promedio permitió que ella diera el discurso, le cedió ese honor sin importarle el protocolo. Observé todo el acto de grado sentado en un banquito, cuando terminó me marché. Decidí terminar lo que había comenzado. Empezar desde cero. Tal vez porque me había leído un poema de Kipling en esos días, o porque era hora de dar un giro a mi vida. Lo primero que hice fue llamar a mis padres, les conté que apenas iba a la universidad, aprobaba dos o tres materias por semestre y no quería ser ingeniero, deseaba ser escritor.  También dije que la mayoría de los estudiantes rehuían mi presencia y llegué a repetir una materia en cinco oportunidades. No me entendieron, pero sí me apoyaron porque era su obligación mas no porque quisieran. Más por compromiso que por otra cosa terminé la carrera ocho años después de haberla comenzado.

 Cuando pienso en la Universidad, en el tiempo que pasé allá, en lo que hice y dejé de hacer, recuerdo el día en que Ana me miró a los ojos y se marchó. Ella lo sabía. He llegado a creer que en verdad me amaba con el alma, pero cuando escudriñó dentro de mi ser entendió que no la amaba sino que la odiaba a muerte. 


Texto por: Roberto Araque


2 comentarios:

  1. siempre hay alguien asi de hueca y no solo en las chiks tambien el los hombres y la verdad son un fastidio, o al menos par mi si lo son

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