lunes, 5 de noviembre de 2012

La Nelis.


Aparcamos en la calle de Oaxaca, cerca de la Glorieta de los Insurgentes. Aparcar, es decir demasiado. Lo hicimos en doble fila y bajamos sin apagar el motor; dejamos las portezuelas abiertas y el estéreo encendido. Como si no fuésemos a tardar más de cinco segundos, aunque tardamos unos buenos minutos, casi veinte o algo así.

 Petrozza pregunto por un tal Jorge, al que apodaban George de la selva. Habíamos entrado al territorio de los vagos de la glorieta. Yo sabía que Petrozza mantenía contacto con ellos, que alguna vez vivió con ellos, y que le respetaban, pero hasta ese entonces jamás me los había presentado. Esta vez tampoco lo hizo. Se limitó a entrevistarse con George de la selva. Queríamos comprar marihuana.

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Llegué al apartamento de Petrozza a eso de las cinco de la tarde. Bebimos un par de botellas de whisky, y así fue que entramos en esto, a lo que llamamos: la búsqueda de nuestra generación.

 Petrozza hizo sonar en el estéreo a los Rolling Stone. Hace mucho tiempo que nuestra generación dejó de escuchar a los Rolling Stone, dije. Quiero decir, de escucharlos en serio. De excitarse con su música y creer en ellos. De hacer de su música una bandera. Nos conformamos con los restos de generaciones pasadas, a las que consideramos generaciones de verdad. Con ideales, con luchas, con drogas y con filosofías claras. Ahora hay luchas, drogas y filosofías, pero nada es sólido.

 Petrozza ponía a los Rolling Stone. Los escuchábamos, pero sin ánimo. Ya no tenían nada que decir a jóvenes como nosotros. No tiene caso encender porros de marihuana si no se cree en ello de verdad.

 Apagué el estéreo súbitamente. Le dije a mi amigo que no me sentía bien. Habíamos bebido dos botellas de whisky entre los dos y la cabeza me daba vueltas. Los Rolling Stone no tenían nada que decirme, lo único que deseaba era callarles la boca y pensar. Dije a Petrozza que debíamos encontrar nuestra generación. Petrozza estaba tan bebido como yo, así que asintió con la cabeza y dijo comprender, pero… alzó los hombros y exclamó: ¿qué puedo hacer yo?

 Pasamos los siguientes minutos en silencio, hasta que Petrozza tuvo una idea. Salir del apartamento y buscar nuestra generación. Yo estuve de acuerdo. Era lo menos que podíamos hacer. Salir, y buscar.

 Cogimos las llaves del auto de Petrozza, un viejo Shadow del 95 que recién había adquirido, muy a su pesar, y nos metimos dentro. Petrozza estaba en muy mal estado, pero con nervios suficientes para conducir. No sabíamos adónde, pero sabíamos que debíamos hacerlo.

 Lo primero fue buscar drogas. Casi como un impulso arquetípico. Si uno desea quebrar la realidad, debe comenzar por quebrarse la cabeza, supongo. Toda realidad está en la cabeza de uno. Hay que llevar la realidad al límite, y luego…

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George de la selva arregló vendernos cincuenta pesos de marihuana. La cosa es que él no tenía la droga. Debía conectar. Esto nos demoró casi veinte minutos. Le dimos el dinero y lo vimos partir. Casi me pregunto si no estábamos siendo estafados. Lo que sería ridículo y acabaría con nuestra búsqueda de la generación perdida.

 Finalmente regresó. Petrozza le abrazó y le felicitó. Acto seguido, subidos al coche y nos fuimos. Sin rumbo, claro está.

 En el camino Petrozza sugirió que yo liara los porros sacando el tabaco a un par de cigarrillos. Dijo que tomara los cigarrillos de su cajetilla, que estaba tirada en algún lugar del coche. La encontré a mis pies y comencé a liar porros.

 El primero lo encendí yo. Dábamos vueltas por las calles de la colonia Roma. Creo que la primer calada la di en avenida Yucatán. No tenía sentido, yo había fumado marihuana una o dos veces en toda mi vida. Petrozza había dejado este vicio en la universidad; podría decirse que tampoco había fumado marihuana nunca. Pero estábamos allí, ebrios, metidos en un Shadow gris del 95, dando vueltas sin rumbo y fumando como con las ventanillas arriba, como un par de negros del Bronx. En el estéreo sonaba una vieja cinta de Petrozza (esa cosa sólo tocaba cintas) de la banda Radio Futura. La canción era Escuela de Calor. Petrozza solía decir que adoraba esa canción y yo pensaba que era un mamón, él que escucha Schubert y Brahms, y sale con esto.

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Pasé el cigarrillo de marihuana a mi amigo y fumó. Lo hacía bastante bien para no haberlo hecho durante más de cuatro años. Lo que bien se aprende…, dijo. Le conté de mi descontento con los jóvenes de hoy. Hace falta algo, dije, un movimiento literario, musical o filosófico que nos una y nos mueva. Que nos haga trabajar mejor. Ya no hay poetas que escriban sonetos, ni músicos que compongan fugatas. Incluso con eso de la revolución… ya no hay revolucionarios que hagan revolución. Petrozza asentía con la cabeza, no decía palabra y conducía con la vista fija al frente, como si no pudiera hacerlo de otro modo, de un modo más natural. Después de todo va borracho y colocado, pensé.

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George de la selva nos advirtió que era de la buena. Yo pensé que todos los vendedores de marihuana siempre advierten a sus clientes que su droga es de la buena. Nunca he sabido exactamente que quieren decir. Si lo que quieren decir es que esa droga pone mucho, entonces yo no la llamaría de la buena. Eso no es bueno para mí. Prefiero comprar droga de la mala y disfrutar sin perder la cabeza. Sin embargo, lo que más deseábamos ahora era precisamente perder la cabeza.

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Entramos al bar decididos a encontrar a los primeros miembros de nuestra generación. Una generación sin nombre aún, sin metas ni ideas claras, pero que ya había fecundado el óvulo.

 El bar se llamaba las Escaleras, y no era un bar. Era una vecindad pobrísima en el centro de la ciudad. No tenía letreros que indicaran que allí se podía entrar, pero Petrozza conocía. La entrada era un pasillo tan angosto como el cuerpo de uno, que desembocaba en un patio de vecindad en ruinas. Dentro vendían cerveza. A esto es a lo que Petrozza llamaba ir al bar.

La gente que asistía era de todo tipo, desde gente de la calle, hasta señores de traje de oficina. Era un oasis en el desierto. Un lugar donde no importa tu sexo, raza o condición social. Lo único que importa es que te guste el trago, y que estés un poco loco. Petrozza encajaba perfectamente. Había punks, darketos, patinadores. Gente tatuada hasta las narices, gente con dreadlocks, gente sin playera, gente tocando guitarras, tocando yambés, tocando armónicas. Era como un cuadro del Bosch urbanizado. La conglomeración de todas las subculturas.

 Bueno, dijo Petrozza, es aquí.

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Dejamos el coche en un aparcamiento público, cerca de allí, pero ni él ni yo sabíamos dónde exactamente. En nuestros cinco sentidos nos hubiese sido difícil dar el nombre de la calle e instrucciones para llegar de allí al bar. Nos guiaba el instinto y las ganas de buscar. O las ganas de salir de nosotros mismos, o las ganas de cambiar nuestra realidad. Las ganas de algo que ni siquiera nosotros comprendíamos. Sumado a esto, apostaría, por el deseo consciente de Petrozza de deshacerse del coche. Odiaba aquel coche con toda su alma; se decía esclavo suyo y juraba que lo había metido en más problemas de los que lo había sacado. Desde pagar la gasolina hasta lavarlo a mano, o recordar dónde demonios lo había aparcado.

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Entramos como pudimos. Caminando en zigzag. Asiéndonos de las paredes y uno del hombro del otro y viceversa. Casi no podíamos hablar, pero nos dimos a entender. No pasó mucho tiempo para que se acercaran a nosotros. El primero fue un joven, de unos veintitantos años, que nos preguntó si podíamos correrle un toque de mota. Petrozza asintió y me hizo una seña para que desenfundara la cosa. Lo hice y le estiré al joven un puñito de marihuana. Éste nos dio las gracias y nos invitó a sentarnos con él. En el suelo, porque en las Escaleras hay pocas sillas, ninguna mesa, y estaba lleno.

 Rogelio era alto, flaco, como una jabalina y blanco como la leche de burra. Con él estaban sentados un par de chicos más y dos chicas. De las dos, no se hacía una. Eran feas como la que más, pero eso sí, muy dispuestas. Llevaban faldas cortas y la blusa se les había caído casi a la cintura. No mostraban las peras nomás porque debajo traían sostén. Petrozza las miró  y les sonrió. Les dijo: hola, buenas. Esto las hizo reír. Le preguntaron si tenía mota también para ellas. Yo iba a sacarla y a darles, pero Petrozza me echó una mirada y me detuve. Eso depende, dijo. ¿Depende de qué?, contestó una de ellas, y Petrozza agregó: depende de cómo se porten conmigo. Todos estallamos en risa. No era gracioso, pero ellos y ellas estaban tan colocados como nosotros. Bastaba que volara la mosca para reír.

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A partir de aquí, tengo recuerdo vagos. Lagunas. Recuerdo, por ejemplo, que en algún momento hablamos de literatura. Pero no recuerdo qué dijimos. Las chicas dijeron ser poetas, y yo me emocioné. Yo soy poeta. Pero no sabían nada de poesía. Les pregunté qué pensaban de la supresión de conjunciones del asíndeton, si lo consideraban en verdad más fuerte que el polisíndeton, o qué opinaban, porque yo siempre tenía duda al escribir sobre la fuerza verdadera de una y otra figura. No me contestaron. Se rieron y dijeron que ellas no entendían de esa mamadas, que nomás escribían lo que sentían cuando estaba borrachas y así. Que eso era arte. Expresar lo que se siente cuando una está borracha. Entonces ya no dije nada, sentí ganas de llorar al ver a los poetas de mi generación hablar de ese modo.

 Petrozza no hablaba de literatura, creo que había olvidado porqué estábamos allí. Hablaba con los chicos, pero no sé muy bien de qué. Las conversaciones eran extrañas. Alcanzaba a escuchar las palabras pero no podía comprenderlas. Tenía ganas de salir de allí, de irme, de largarme. Pero al mismo tiempo, tenía miedo de salir solo.

 Le pedí a Petrozza que me acompañara al baño. Tuve que darle un codazo para llamar su atención, que la tenía dada toda a lo que sea que fuese su conversación. Cuando preguntó qué quería, dijo que pensándolo bien él también deseaba mear. Supongo que no lo dijo, pero en su cabeza pensó en no ir conmigo. Lugo lo pensó mejor, y entonces dijo que lo había pensado mejor. O quizá no escuche todo lo que salió de su boca. Esto también es probable, porque para ese entonces yo ya no entendía casi nada. No podía ni con mis propios pensamientos. Recuerdo que, una vez en el excusado, de pie frente a él, tardé demasiado en poder orinar. Estaba de pie, frente al excusado, con el pene de fuera, y sentía las ganas… pero… no sé, nomás no me salía. Esto me pareció una eternidad. Esperaba el momento en que alguien gritara que me diera prisa, o que entraran y me sacaran a golpes. En el lugar donde estábamos había una continua amenaza de golpes. Sentirse amenazado era lo más fácil en un sitio así. Sin embargo, pude orinar, y todo salió de maravilla. Cuando salí del cuarto de baño, que era algo peor que un establo, encontré a Petrozza platicando con una mujer. Nunca antes había visto a esta mujer en mi vida.

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 Salimos del bar; Petrozza la mujer y yo. Yo detrás de Petrozza y Petrozza a lado de la mujer. Salieron tomados del brazo, como si fuesen grandes amigos, o amantes, o como si fuesen a serlo. Salimos del mismo modo que entramos: sin saber por qué, y sin preguntar por qué. Al menos, yo no lo sabía.

 Nos instalamos en la calle. No recuerdo cuál, pero alguna de las que rodea a la Catedral. Nos sentamos en la banqueta, o en macetas, no recuerdo. Petrozza sacó cigarrillos para todos (de tabaco), y comenzó a contarle a Nelis, o Nellys, o Nellies (dijo llamarse Nelis, aunque no explicó cómo escribir aquello), todo lo que habíamos pensado Petrozza y yo en casa suya, el asunto de la generación perdida.

 Nelis escuchaba y asentía. Con el cigarrillo cogido entre el índice y el medio, daba caladas rápidas, una tras otra, y expulsando el humo del tabaco histriónicamente, asentía con la cabeza como si su vida dependiera de ello. Asentía tan rápido como podía, y no dejaba terminar de hablar a Petrozza. Antes lo interrumpía diciendo sí, sí, sí.

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Entramos a casa de Petrozza hechos una risa, y no supe cómo, pero habíamos bebido dos botellas de whisky, fumado cincuenta pesos de mariguana, al menos once cervezas entre ambos, y aún teníamos ánimo de beber más cerveza, en casa de Petrozza, con la Nelis (comenzamos a llamarla la Nelis).

 Era una mujer casi andrógina, no podías hacerte una idea clara de su belleza. Era guapa en algún instante, pero al instante siguiente parecía un hombre, o un caballo. Usaba gafas transparentes, sin aumento, exageradamente grandes, y vestía con ropa de los años ochenta. Uno no sabía qué pensar de algo así. Sin embargo, era buena persona y juraba estar con nosotros en nuestra búsqueda de la generación perdida. Adoraba los sonetos y no esa mierda que se escribe ahora, vacía y con dificultad adecuada para un niño. Reía mucho, y tenía vida, aunque ella aseguraba que eso solo con nosotros, en general era muy callada y hasta tímida. No lo aparentaba. Fumaba y bebía desinhibida y apoyaba a Petrozza en todo lo que decía, por ejemplo en formar un grupo de artistas que estuviesen locos, pero no lo suficiente para considerar arte a cualquier mamarrachada salida de la embriaguez y sin ninguna formación artistica real. Yo también estaba de acuerdo, me interesaba crear una institución dedicada a la investigación literaria. Pero no dije nada, estaba tan cansado que escucharlos hablar rebasaba mis capacidades. 

 Luego me no recuerdo absolutamente nada, hasta el día siguiente, en que desperté echado en el sofá. Petrozza y la Nelis estaban allí, sentados, platicando como si el sueños nos los venciese jamás. Hablando como dos grandes amigos, o como fuentes inagotables de palabras.

 Estaba claro, la Nelis sería la primer pieza de nuestra generación.

12

Le pedí a Petrozza que nos fuéramos de allí. Tenía frío y miedo. Deseaba dormir. Esto desanimó a la Nelis, que dijo: bueno, pues si ya se tiene que ir no hay pedo. Petrozza la calmó. Era notorio que ella no tenía adónde ir, ni con quién, y sobre todo, no deseaba quedar sola en la noche en el centro de la ciudad. Le dijo que iríamos a casa suya, que teníamos un coche y sería un honor si nos acompañaba porque le había parecido terriblemente interesante (sic) lo que habían platicado y quería saber más de ella; conocerla mejor. La Nelis aceptó inmediatamente. Agregó que ella podía cooperar para comprar cerveza y beber en el camino. Petrozza, viejo lobo que no perdía el instinto incluso en medio de un pasón de marihuana, se disculpó diciendo que nosotros ya no teníamos un quinto. Entonces la Nelis se ofreció a pagarlo todo, la cerveza para el camino y una botella de vodka para la casa. Petrozza me miró sin que lo viera la Nelis y me guiñó el ojo. Acto seguido, limosnero con garrote, dijo que lo que es él odiaba el vodka, pero estaría bien si compraba más cerveza en lugar de la botella. Por supuesto la Nelis no se negó.

 Compramos todo eso en el Seven Eleven de la calle Donceles y caminamos en busca del auto. Esto nos tardó más de lo debido porque ninguno de los dos recordábamos en que condenada calle…



4 comentarios:

  1. una cronistoria muy larga.Un cordial saludo.

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  2. Jesus Fanlo Asensio6 de noviembre de 2012, 0:46

    precioso relato amigo saludos

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  3. excelente escrito!!!!!!!!!

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