lunes, 19 de noviembre de 2012

La gente de fuera.


La gente de fuera tiene miedo de conducir en las calles de DF, dice Norma, y yo asiento con la cabeza. Dicen que si has aprendido a conducir en DF, eres una bestia. Estamos en un café de la colonia Roma. Norma ha venido desde Tuxtla Gutiérrez a publicar un libro de poemas con una editorial extranjera que radica en DF. Son las diez de la mañana y bebemos café. Yo no suelo beber café pero en este lugar sólo venden bebidas sin alcohol. La gente del DF siempre tiene prisa y no respeta las señales, continúa Norma. Es como conducir un bote en Los rápidos. Yo no puedo hacer otra cosa que asentir con la cabeza. Tengo jaqueca; anoche bebí hasta tarde y no soy capaz de negar los juicios de Norma. Sé que tiene razón: para la gente de fuera conducir en DF es cosa de locos.

 De pronto calla. Mira la calle, la gente que pasa y las cosas que suceden fuera del café. Tiene un cuerpo bastante bueno. Me acostaría con ella sin pensarlo dos veces. Sin embargo, no es precisamente guapa. Hay algo en sus facciones que podría alejar a más de uno. Es como si su rostro revelase una mente retorcida. Es feminista.

 ¿Sabes dónde queda la calle República de Brasil?, pregunta Norma. Acto seguido, me mira y bebe café sin dejar de mirarme por encima de la taza. Hago un esfuerzo por recordar. Estoy seguro que sé, es allí donde se ubica la Coordinación Nacional de Literatura. Es natural que quiera ir allí, a la Coordinación. Ya, le digo, lo más cercano es bajar en la estación Zócalo y caminar por detrás de la Catedral, pasando Donceles. Dice que no tiene idea. Recuerda que no soy de aquí, exclama. Vale, digo yo, te llevaré en cuanto pueda. Norma se emociona. Es un truco mujeril, lo conozco bien. Te hacen creer que has sido tú quien lo ha propuesto. Me sorprende que siendo feminista se valga de estas jugarretas. Me agradece infinitamente y luego se lanza al ataque: dice que es importantísimo que se presente antes de pasado mañana. Ya, digo… Lo sé, ahora debo decir que no se preocupe, que yo mismo la llevaré mañana. Así es como uno se ve inmiscuido en un problema ajeno por culpa de una mujer.  

2

Norma se hospeda en el hotel Milán. Los gastos corren por su cuenta, la editorial no ha querido pagar siquiera los viáticos. La han hecho venir hasta DF con la promesa de publicar un poemario suyo que llevará por título Malas intenciones. Así, cuando le digo, camino a la calle de República de Brasil, que yo tengo buenas intenciones para con ella, ríe y comenta que soy un hombre bastante aburrido. Dice preferir a los hombres malintencionados. Por supuesto, aludimos al nombre su poemario.

 Dejo ir a Norma delante de mí. Hay que caminar en fila india para poder pasar entre toda la gente que circula por las calles del centro histórico. Al mismo tiempo, le miro el culo. Es uno bastante bueno. Es lo único por lo que valdría la pena estar aquí… si supiera que Norma se acostará conmigo… No es así. Incluso estoy seguro que Norma no se acostará conmigo. Lo sé por la forma en que me hizo venir hasta aquí. No es una mujer directa, se anda con rodeos y es de las que usan a los hombres para cumplir sus propias metas. Al final se rehúsan a pagar los servicios que les han prestado. Es el tipo de mujer que normalmente conocemos como: maldita bruja.

 Bueno, aquí estamos: República de Brasil 37, Coordinación Nacional de Literatura, exclamo cuando hemos llegado. Nos ha tomado más tiempo del pensado. Al final no he recordado el modo exacto de llegar y rodeamos. Norma saca la lengua y jadea como un perro. Lo hace en broma pero en el fondo me odia por haberla hecho caminar más de la cuenta.  

 No quiero entrar. La espero afuera mientras fumo un cigarrillo. Al mismo tiempo pienso en la gente de fuera, que tiene miedo de conducir en DF. Hemos hecho bastante mala fama. Se cree que si vienes a DF seguro te robarán. No es verdad, yo he vivido aquí veintisiete años y jamás me han robado algo. Sin embargo, también dicen que vivir aquí te aviva el ojo. He escuchado decir, por ejemplo, que Colombia es un sitio muy peligroso. Un colombiano debe sentirse seguro en DF.

 Norma sale. No ha tardado más de veinte minutos. La eterna decepción: no hay nada en la Coordinación Nacional de Literatura que pueda servir a un escritor. Es una institución burocrática más. Papeles y fotocopias por triplicado. No hay nada de provecho que uno pueda sacar.

 ¿Y bien?, le pregunto al tiempo que echo la colilla de mi tercer cigarrillo al suelo y la plasto con la suela del zapato. Nada, dice, todo bien. No hablamos más del asunto. Ambos lo sabemos: esto fue perder el tiempo.

 Norma propone ir por un trago. Se ha leído en mis textos que soy un borracho. No es mentira, así que acepto. La llevo a Las escaleras, que está cerca, en la calle de Donceles.
3

 Si vienes de fuera, Las escaleras deben parecerte el clásico sitio de película donde puedes amanecer muerto. Muy probablemente sea verdad, pero hasta ahora, no me he enterado de nada parecido. Excepto del chico que navajearon hace un año. Al menos, no amaneció muerto. Lo llevaron en ambulancia al hospital. Como sea, yo no lo vi. Así que no temo. Para mí, Las escaleras son un sitio tan seguro como cualquier otro.

 Le digo a Norma que no mire a la gente de ese modo. Es mejor no mirar a nadie, hacer lo tuyo y no hablar de ser necesario. Si alguien se te acerca y pide un trago, es mejor dárselo. Al final puede que ellos también te inviten a ti. Norma está intranquila. Pide que nos vayamos, a un lugar menos… menos así, dice. No estoy de humor para discutir. La gente de fuera tiene miedo de conducir en DF.

 Nos vamos a otro lugar, a las afueras de la Catedral. Es un café con buena pinta. El americano vale veinticinco pesos. Casi lo que vale una cerveza familiar en Las escaleras. La cerveza chica cuesta treinta pesos. No puedo evitarlo y se lo digo. Norma dice que me deje de cosas, que ella invita las primeras tres rondas. Me pido una cerveza. La gente de fuera está dispuesta a gastar en DF. Vienen con los bolsillos llenos porque saben que este viaje les costará. Encima, tienen miedo.

 Hablamos de su libro. Me cuenta que es una colección de cincuenta poemas. Poemas bastante cortos. Ya, digo yo. Dice que son poemas escritos a lo largo de cuatro años. Lo dice como si eso, el esfuerzo de cuatro años, bastase para hacerlos buenos. Yo no he leído uno solo. Antes de venir me los envió por correo electrónico, pero nunca los leí. También envió su fotografía y es por lo único que acepté ser su guía de turistas. Tiene un cuerpo bastante bueno.

 A la segunda cerveza pregunto si le gusta el sexo. Lo pregunto como quien pregunta si te gusta el color azul, o la música de Schubert. Norma me mira y sospecha. Venga le digo, no es nada personal. Finalmente dice que sí, pero prefiere hacerlo con gente que quiera. Me está diciendo que no lo hará conmigo. Ella y yo, Dios, ¡qué vamos a querernos! No nos hemos visto nunca antes, y ni siquiera tenemos tema de conversación. Le digo que la gente de fuera sigue pensando como antes. Pide que explique. Ordeno otra cerveza y le digo que lo olvide, no es importante. Insiste, dice que he tocado el tema y ahora quiere saber. Bueno, digo, eso de acostarse con gente que se quiere, es muy… Muy mojigato, lo sé, interrumpe Norma al tiempo que ríe. Ya digo, lo has dicho tú. Brindamos.

 La gente de fuera tiene miedo de conducir en DF, tiene miedo de ser robada en DF, y es mojigata. Demasiados prejuicios para una tarde, digo. Norma asiente. Dice que lo que es ella, sólo tiene miedo de las dos primeras. Se rehúsa a ser tachada de mojigata. Le digo que si no lo es, yo podría darle una noche que le sacaría cien poemas de amor. Lo digo en broma, pero también en serio. Ella lo piensa, o al menos finge pensarlo y al final dice: eso tendría que verlo para creerlo.
4

Al anochecer regresamos a la Roma. Paso a dejarla a su hotel, en la calle de Álvaro Obregón. Durante el trayecto no hemos hablado más sobre acostarnos. Faltan cuatro días para que Norma se vaya; no hay prisa, pienso. Norma también debe pensar algo al respecto cuando estamos en la entrada del hotel. No luce con intenciones de pasar dentro. Se demora preguntándome qué hora es, y dónde queda la famosa plaza de Garibaldi. Desea arreglar de una vez nuestro siguiente encuentro. Quiere que la lleve a la plaza de Garibaldi, pero no quiere ser ella quien lo propone. Desea que yo diga: vale, mañana te llevaré a Garibaldi. Sin embargo, yo odio Garibaldi, y a menos que se acueste conmigo esta noche, no la llevaré aunque me pague.

 Norma pregunta si aún tengo cigarrillos. Saco la cajetilla de la chaqueta. Quedan dos. Los encendemos y fumamos. La miro a los ojos, en busca de una señal. Casi la encuentro, pero también veo en ella mucho miedo. No quiere pasar por una mojigata, pero tampoco desea hacerlo conmigo. No esta plenamente convencida. Además, tiene dentro de sí todos esos complejos suyos, los del feminismo, que le impiden ser tratada como a un objeto.

 Hace frío, dice. Ya, digo. ¿Regresarás a pie?, pregunta. Aquí hay una oportunidad, pienso. Alzo lo hombros, como si no me importase. En realidad, no me importa. No estoy lejos de casa, podría caminar sin cansarme antes de estar dentro de mi cama. ¿No es peligroso que regreses a pie?, pregunta. La gente de fuera tiene miedo de regresar a pie, de noche, en DF. No lo sé, contesto, todo es peligroso: ducharse es peligrosísimo, podrías resbalar y matarte. Norma ríe, dice que le encantaría tomar una ducha caliente y acostarse… Venga le digo, entremos. Acto seguido, tiro la colilla de mi cigarrillo a una jardinera. Norma hace lo mismo y no dice nada más. Se encamina a la habitación y yo la sigo.

  Nos sentamos en la cama. No sabemos exactamente qué hacer. Incluso yo me pregunto por qué demonios tuve que entrar. Hubiese sido mejor irme a casa, bebe y dormir. Ahora tengo que cumplir mi palabra: dar a esta mujer el mejor sexo de su vida. Ni siquiera tengo ganas, pero lo he dicho y debo cumplirlo. Así es como uno se ve envuelto en un problema por culpa de su propio egoísmo.

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Al amanecer despierto en la cama de un hotel de la colonia Roma. Norma no está. Sus ropas siguen en la silla, así que al menos no me ha abandonado del todo. Me levanto y cojo mi ropa. Me visto de prisa, quiero salir antes que Norma regrese. No quiero volver a verla nunca más. Norma tenía razón: es mejor hacerlo con personas a las que quieres.

En casa me pego una ducha y recobró el control de mí mismo. He dejado a norma botada, pero me siento bien. Ahora pueden darle por culo. No seré nunca más su guía de turistas, y me importa un carajo su libro de poemas. Incluso me siento seguro.

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Por la tarde llaman al móvil. Es norma. Dice que dónde demonios estoy, y por qué me fui. Me defiendo diciendo que ella me dejó primero. Es mentira, dice. Estabas dormido cuando me levanté y fui a comprar cerveza. Esto me pega duro. Si hubiese sabido que fue por cervezas no la hubiese dejado. Ella no bebe mucho, lo hizo por mí. Sin embargo, ya estoy metido en esto. He sido un patán y debo continuar siéndolo. Lo siento, le digo: se ha terminado. ¿Qué se ha terminando?, pregunta al borde de un ataque de histeria. Olvídalo, digo, se ha terminado. ¿Qué es lo que se ha terminado, Dios?, pregunta una vez más. No sé que decir, así que cuelgo el teléfono.

 El teléfono vuelve a sonar. Esta vez no contesto. Sé lo que debo hacer. Debo resistir hasta que deje de sonar. Cada sonido es como un martilleo. Del otro lado hay una mujer que ha pasado la noche conmigo. Ha dicho que sólo se acuesta con aquellos que quiere de algo. Quizá me ha tomado cariño, pero yo… no puedo coger la llamada. He salido de allí sin despedirme y la he dejado plantada. No puedo volver atrás.

 La gente de fuera tiene miedo de conducir en DF, de ser robada en DF, es mojigata, y las mujeres de fuera creen que los Defeños somos unos hijos de puta. Probablemente tengan razón en todo.


19 comentarios:

  1. Gracias, Hacia un tiempo no leía las narraciones de Whiskey en las rocas.

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  2. Maria Isabel Perez Rivera20 de noviembre de 2012, 10:40

    gracias por compartilos un abrazo <3

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  3. cual seria la versión, un defeñ@ llega a "x" ciudad provinciana, ¿cual serian sus temores? ... }

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  4. q muchas veces, son muy ...groseros con los defeños....

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  5. Alejandro Toribio Sanchez20 de noviembre de 2012, 10:45

    Excelente!!!

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  6. Pablo Bassani Fioravanti20 de noviembre de 2012, 10:46

    EXCELENTISIMO......

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  7. Ana Beatriz Velazquez20 de noviembre de 2012, 10:56

    ME RE ENCANTA! MUY BUENO.

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  8. Maria Isa Isabel Ascanio20 de noviembre de 2012, 10:57

    Muy buena historia, me encantó...

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  9. Ana Ruth López Calderón20 de noviembre de 2012, 11:01

    Excelente texto como todos los que escribe Martin Petrozza, gracias, saludos.

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  10. Magnifico anti-heroe. Es una historia en blanco y negro en la que las armas de mujer estan magistralmente utilizadas en su contra por un sinverguenza encantador, ese que a todos nos habria gustado ser alguna vez.

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  11. Quisiera opinar. Viví cada alusión al D.F. (como le conocí formal desde el comienzo).Por mi parte, recuerdo nítidos,el paso de los vehículos, del trolebús,de la maravilla ingeniera del metro, llenos al tope,las decenas de transeuntes...
    Se sabe que en toda gran ciudad acechan peligros, e incluso,aunque menos, en las pequeñas comarcas, pero esa es la vida.
    Bien pintado el cuadro en el texto, como siempre, Martín, ¡buen narrador! o sea, excelente.A propósito, desde hace tiempo ansío regresar a México y a ese De Efe como me acostumbré a llamarle, al estilo formal.Ahora más interesada aún en recorrerlo palmo a palmo aunque por las tabernas solo por el frente,abstemia yo,y medio´mojigata´ ¡Jajaja! Formidable, Petrozza.

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  12. Me gustò ese juego de paralelismos entre los peligros de la gran ciudad y los de una relación que va creciendo sin que se sepa hacia dónde va. Buen relato.

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  13. y si......la vdd cuando andas en chilangolandia te cuidas de q no te salgan los chakales......

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  14. pero kienes manejan peor q los chilangos son los tapatios

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  15. Los de fuera tenemos muchos prejuicios... será?

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  16. La narrativa es envolvente y la trama es muy amena. Felicidades.

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