viernes, 30 de noviembre de 2012

¿La escuela del cambalache? (se preguntaba Federico).


Texto por: Mago. 

La primera vez que escuché Cambalache de Enrique Santos Discépolo tenía aproximadamente 25 páginas (así le digo yo a mis años cumplidos, ya que me parece una analogía bastante pertinente en vista de que, en efecto, también somos una especie de bitácora de registros emotivos, apelativos y referenciales; en fin...cada año se llena una página entera de una multiplicidad de sabores y sin sabores). En ese entonces, aquél tango me envolvió de una manera irrisoria, pues provocó en mí cierto aire soez; sin embargo, ahora que lo he vuelto a escuchar cambié completamente la dimensión de su significación. Los dos primeros versos, tristemente, no me parecen descabellados, aunque me pregunto si pensar que el mundo fue y será una porquería es una necia tendencia a la apatía desesperanzadora; pues creo que más allá de lo que yo pueda opinar, cuando uno asoma las narices (directa o indirectamente) a cierta nación de la cual no pronunciaré, pero que todos sabemos su nombre, todo resulta abrumador.

 Ciertamente, podría parecer ridículo que surja una profunda reflexión a partir de un tango, mas, considero que existen piezas musicales con letras que nos provocan una curiosidad más allá de la ordinariez y las trivialidades (me refiero a sólo escuchar por escuchar). A la vez que recuerdo la creación de Discépolo me viene a la mente cierto texto de Eduardo Galeano…mmmmm ¿cuál era, cuál era?, ah ya, ahora lo recuerdo con exactitud, sí, me refiero a un pequeño ensayo titulado La escuela del mundo al revés; y tiene que ver precisamente con “asomar la nariz”, puesto que Galeano inicia de una manera genial afirmando que si Alicia (recuperando a Lewis Carroll, desde luego) renaciera en nuestros días no necesitaría atravesar ningún espejo, le bastaría con asomarse a la ventana, o sea “asomar las narices”. Bueno, bueno, a lo que voy es que mi reflexión parte de que a pesar de estas manifestaciones de que algo “anda mal” todo marcha impasiblemente, como si nada sucediese. No obstante, sucede mucho, pero la cualificación de esos sucesos es vehemente. Tal parece que todo es agresión o indiferencia, subordinación o despotismo, segregación y descalificación, pugna ineludible de clases. Por ello cabe preguntarse si acaso es importante preocuparse por lo flemático de la nación implícita.

 Pues si el siglo XX (y tal parece que más sofisticadamente el XXI) es un despliegue de maldá insolente, la nación tácita la ha ejercido íntegramente, como proverbio, la significación y reproducción de tal verso. Ayer encendí mi radio (ese aparato que hoy en día parece necrólogo) por la mañana y, como de costumbre, comenzaron las truculentas noticias acerca de funcionarios de la “ley” implicados en corruptelas, los ya tan habituales hallazgos tipo carnicería, entre otros singulares accidentes. Lo extraño de todo esto es que hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador, todo es igual, nada es peor; vaya cinismo, y por supuesto, más que extraño es funesto saber que todo ha sido normalizado. He aquí entonces el ojo del huracán, por eso tanto “despreocupado segundo”,muy sugerente combinación de vocablos, puesto que me refiero a aquellos que viven sin preocupación acerca de la preocupación de los preocupados; y además de que muere simbólicamente la voluntad de preocuparse por lo preocupante.

 Aún lo recuerdo: ¡Vayan pasando señoras y señores! Programa de estudios de la escuela al revés: Curso básico de injusticia, Clases magistrales de impunidad…jajajaja, Galeano, Galeano, tan socarronamente mordaz y atinado. Y, claro, tengo remembranzas de mis primeras páginas cuando iba al colegio, en aquellos días me enseñaron a memorizar un sin fin de conocimientos, muchos, muchos; era interesante a veces, divertido en ocasiones, tedioso otras tantas; sin embargo, no recuerdo que me hayan explicado a cabalidad, y mucho menos en términos prácticos reales, qué es la justicia, el respeto o la generosidad (sólo recurrían a sus discursos protocolarios e hipócritas tipo televisa). Únicamente recibía formularios, silabarios, regaños, condiciones, peticiones, mediciones, ambiciones y soluciones. Y para los padres de familia,mmmm, no se diga, pareciera que se emitía constantemente este mensaje que extrajo Galeano de la revista Liberty, y son palabras nada menos que de Al Capone: “Hoy en día la gente ya no respeta nada […]Donde no se obedece otra ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando este país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas…” ¡Vaya! Lo tácito se explicita abrumadoramente, pobre nación, tan lejos del respeto y tan cerca de lo extravagante y eso que Capone hizo estas declaraciones en octubre de 1931.

 Ya no sabría confesar si a estas alturas es conveniente ponerse triste o, insisto, preocuparse por el asomo de nuestras narices al mundo al revés, al “mundo de Capone” (tal parece que a pesar de todo, a él, irónicamente, sí le preocupaba. Me pregunto qué hubiera opinado del implícito del cual todos sabemos y padecemos) al mundo en donde la educación tal parece es un cambalache. Pero ¿qué será lo que se trapichea en las escuelas, formales e informales, para que la izquierda esté a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies? Más que yo tenga la respuesta en estos momentos, creo que todos la tenemos, pero la queremos omitir, disimular, camuflar con la socaliña de la buena apariencia, con la pomposidad de lo artificioso. Al final a quién le importa lo que nunca ha sido. Ya me decía mi abuelo: Federico, “en el mundo todos son culeros” y desesperanzadoramente (fatalista, pero inevitable) lo analogo con los primeros versos de Discépolo…



Texto por: Mago.

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