lunes, 26 de noviembre de 2012

Filos-Sofía.


Sofía pidió su primer vaso de whisky en las rocas en medio de una discusión sobre la concepción del Hombre. Con su primer vaso quiero decir el primero en toda su vida. Tenía la creencia de que el alcohol cegaba la imaginación y la volvía inútil. Sofía estudiaba la licenciatura en Filosofía en la Panamericana, lo que equivale a decir que Sofía estudiaba a Hegel y a los socráticos pero no a Kant o a Freud, autores vedados por el Opus Dei. La conocí por Cheve, un jefe que tuve cuando trabaja en una escuela de ese órgano religioso. Sofía fue un día a la escuela porque quería enseñarle su tesis. Ese día él no estaba en su lugar pero estaba yo, sentado en el escritorio de a lado fingiendo trabajar. Tenía la computadora abierta y trabajaba en un diseño escueto de un poster para unos campamentos de verano. También tenía un libro abierto, La crítica de la razón pura, el cual leía en horas de trabajo para matar el tedio. Sofía se acercó a mí, preguntó por Cheve y, al ver que leía a uno de sus principales enemigos filosóficos, me preguntó que si en esa escuela me dejaban leer a Kant. Trabajar para el Opus Dei no te hace ser parte del sistema, le contesté, molesto. Sofía me dijo que si quería aprender verdadera filosofía le llamara para que me recomendara unos libros. Apunté su teléfono en mi celular y no me volví a acordar de ella tres años después.

            Una noche, mientras revisaba los contactos de mi celular para ver quién podía invitarme un trago, encontré su número de teléfono: Sofía, decía. Tardé unos minutos en reconocer de dónde provenía aquel contacto hasta que recordé ese día en el trabajo. La llamé por inercia. Contestó al segundo timbrazo y dijo, alo, ¿quién habla? Cuando escuché su voz no supe qué responder. Lo primero que se me ocurrió fue decirle que había leído a Kant y lo había encontrado vacío. Recomiéndame unos filósofos, dije. Sofía me colgó el teléfono. Como estaba aburrido decidí volver a insistir. Llamé tres veces y no contestó. A la cuarta lo hizo, gritando. ¿Quién carajos eres? Me gritó al oído porque no tenía otro lugar a dónde gritarme. Hace un tiempo fuiste a buscar a Cheve y me encontraste leyendo La critica de la razón pura, argumenté como última opción. Yo esperaba escuchar el clásico trinar del teléfono cuando se corta la comunicación pero, en vez de eso, volví a escuchar la voz de Sofía. Claro, me dijo, eres el empleado de Cheve. La palabra empleado me molestó. Le conté que tres años atrás había dejado de trabajar para él. ¿Por qué me llamas hasta ahora?, preguntó ofendida. Porque apenas hoy volví a ver tu número de teléfono, contesté con tono arrepentido. No hablamos mucho pero quedamos de vernos el sábado en el café La Selva del centro de Tlalpan.

            El sábado a las tres de la tarde estaba en el café La Selva, sentado en una mesa para fumadores mientras esperaba a Sofía. Tenía La crítica de la razón pura en la mesa y una cajetilla de Marlboro que fumaba como si se fuera a acabar el mundo. Estaba nervioso, muy nervioso, y también me preguntaba por qué demonios seguía ahí, esperando a una mujer que no conocía y llevaba media hora de retraso. A los pocos minutos llegó, vestida con una blusa negra y una falda negra también. La falda le llegaba arriba de las rodillas. Tenía unos zapatos blancos, bajos, y no llevaba calcetines. El pelo suelto y su tez blanca adornaban su esqueleto. Es una mujer guapa, pensé mientras apagaba un Marlboro en el cenicero lleno de colillas.

            La invité a tomar asiento y le ofrecí un cigarro. No fumo, dijo con  un tono petulante, de esos que suele usar la gente para discriminar a los fumadores. Bien, contesté, y prendí un nuevo cigarrillo. Sofía pidió un té chai o lo que signifique eso. Platicamos de nuestras vidas. Le conté sobre mi labor docente en el Tecnológico y sobre mi investigación lingüística en lenguas indígenas. Para ese día ella ya había terminado la carrera de Filosofía y estaba estudiando una Maestría en Filosofía, también, pero en la UNAM. Contra todo pronóstico ya no criticó a Kant. Me dijo que había descubierto la verdad filosófica en sus tratados. También me dijo que ya no me podía recomendar libros porque nos gustaban las mismas cosas y seguro ya conocía todo lo que pudiera ofrecerme. Hablamos de Kant por un rato. En algún momento sonó mi celular. Contesté, hastiado. Hola, tío, llegamos a tu casa en media hora, escuché que dijeron en el teléfono antes de colgar. Era Petrozza. No me dio tiempo de decir ni sí ni no. Conocía a Petrozza, jamás me contestaría el teléfono de nuevo porque no quería escuchar una negativa de mi parte. Sofía, dije resignado, hay una reunión en mi casa. Te invito. Sofía preguntó que quién estaría en la reunión y le dije lo de siempre: Petrozza, Salmoneo y Verónica, quizá. Mis amigos de siempre. Aceptó ir porque le prometí una noche llena de debates filosóficos.

            Salmo, ¿para ti qué es el hombre? Preguntó Sofía mientras pedía su primer vaso de whisky en las rocas. El hombre proviene de los conceptos de mismisidad y otredad, contestó él mientras daba un sorbo a su cerveza Indio. Encontrarse en el otro no es un reflejo del hombre sino de la imitación, al menos que el hombre sea sólo imitación, entonces ahí estaría resuelto el problema, contesté para no quedar fuera de la conversación. Sofía bebió el primer trago de whisky. Cuando pasó el trago, hizo la cara chueca, tosió y escupió un poco. Petrozza, que regresaba del baño se sentó en el sillón individual y al ver la cara de Sofía le preguntó que qué tenía de malo el whisky. No tiene nada de malo, pero sabe muy fuerte, contestó ella. Acto seguido, dio un segundo sorbo a su vaso.

            Sofía y yo caminamos de La Selva a mi casa. El trayecto es corto. Basta pasar la calle Juárez hasta llegar a San Fernando, cruzar la avenida y adentrarse en la colonia de enfrente. Hubiéramos hecho veinte minutos de no ser porque antes pasamos a un Oxxo a comprar cervezas, un whisky y dos cajetillas más, una de Marlboro y una de Delicados. Llegamos a mi casa cuarenta minutos después de la llamada de Petrozza. Cuando doblamos la esquina lo alcanzamos a ver  sentado en la acera, fumando un cigarro y moviendo la mano firmemente en dirección a Salmoneo. Salmoneo estaba recargado en la puerta de la casa, tenía una pierna flexionada hacía atrás y su suela chocaba contra la puerta. Llegamos junto a ellos, los saludamos y entramos a la casa. Cuando Sofía entró, alcancé a ver cómo Petrozza le miraba impúdicamente las nalgas.

            Salmo, Sofía; Petrozza, Sofía; Sofía, Petrozza y Salmoneo. Los presenté. Llegamos directo a sentarnos en la sala, que es lo más cercano a la puerta de entrada. Petrozza fue al refrigerador, tomó una bandeja de hielos y la llevo a la mesa de centro junto con cuatro vasos. Salmoneo fue al estudio por un cenicero y acto seguido también lo depositó en la mesa de centro. Sofía se sentó en el sillón grande. Yo corrí a prender el estéreo, que en ese momento tenía un disco de canciones latinas interpretadas por el tenor Juan Diego Flores, y me senté a lado de Sofía. El orden en mi casa es automático, tanto Petrozza como Salmoneo saben directamente qué hacer al llegar. Si hubiera estado Verónica habría corrido a abrir las ventanas.

            Júrame sonaba en el estéreo. La voz de Juan Diego Flores inundaba nuestro recinto de manera dramática. Encendí el cigarrillo y me puse un whisky en las rocas. Salmoneo sirvió otros dos whiskys, uno para él y uno para Petrozza. Le ofreció uno a Sofía pero ésta lo rechazó tajantemente. Apenado, corrí a la sala y le serví un vaso de Coca Cola. Mientras fui a la cocina, Petrozza le preguntó sobre su vida. Sofía habló de su maestría en Filosofía y de su licenciatura en Filosofía. Ya, entiendo, aunque la filosofía se aprende en la calle no en las aulas, contestó Petrozza. ¿Qué es el hombre?, preguntó a Salmoneo quien dejaba de servir whiskys. El hombre es una mierda, contestó Petrozza en su lugar. Lo que propiamente hace humano al hombre, es un cierto contenido que se llama “persona” y resulta que su caracterización es que ésta es única, irrepetible, no parecida a ninguna otra. Contestó Sofía con aire de inteligencia y olvidando a Salmoneo. El poeta Auden decía que el hombre es aquel que tiene voluntad, siguió Salmoneo. Bajo este concepto, argumenté mientras dejaba la Coca Cola en la mesa de centro, el hombre es único y decide por sí mismo y es precisamente ese carácter inigualable quien impediría que se pudiera dar un definición precisa sobre el Ser. Vaya, seguí, el estudio del hombre tendría que partir de la metafísica y no de cualquier metafísica, sino de una teológica, por lo que la religión tendría, hasta cierto punto, una validez. Petrozza se acabó su primer whisky en las rocas y comentó. En eso Garrison tiene razón.  De lo individual y único no cabe ciencia. Vaya: si cada cuerpo físico cayera a velocidad distinta, no habría posibilidad de una ley universal, filosofó mientras daba un sorbo a su pitillo. Entonces, si queremos hablar del hombre tenemos que etiquetarlo, entendió Salmoneo. Sofía, que odiaba ver al hombre como una copia hizo una mueca, pensó su respuesta y calló. Le dio un nuevo sorbo a su whisky en las rocas

            Sofía es una mujer guapa. Mientras la plática seguía en torno a la filosofía yo me dedicaba a verla. Seguía sentada junto a mí, cada vez más cerca. Su tono de voz cambiaba con el paso de los minutos por culpa del whisky. Llevaba dos vasos, yo llevaba tres y a los demás les había perdido la cuenta. El disco de Juan Diego Flores terminó. Petrozza fue al estéreo y puso a Kreator, una banda alemana que a él y a mí nos gustaba de vez en cuando. A la tercer canción del nuevo disco ya miraba a Sofía con lujuria. No podía creer que estuviera ahí, hablando con nosotros como si nos conociera de siempre. Más tarde llegó Carolina, la amiga de Petrozza a quien había llamado, según dijo, en una de sus idas al baño. Nos saludó, corrió a besarlo y se sentó en sus piernas. La plática seguía girando en torno a la filosofía. Pasaba el tiempo y hablábamos de lo mismo y no llegábamos a nada.

            Qué es la mismisidad, me preguntó Sofía. Es el punto por el cual, a través de ella, de la trascendencia y la determinación se construye la idea del hombre, contesté. Es separarse del mundo para ser parte de él, agregué mientras le miraba las piernas a Carolina quien estaba frente a mí y me dejaba ver todo, sin querer. Petrozza hizo una mueca de cansancio ante el tema que no paraba, tomó a Carolina de la mano y la llevó al piso de arriba. Yo me quedé con Sofía y Salmoneo en la sala, platicando un rato más. Hablamos de la Antropología de Kant, del problema del hombre en San Martín y en Sellés y sobre Estela, uno de los amores de Salmoneo. Yo me aburría cada vez que Salmoneo hablaba de ella pero Sofía parecía entretenida por ser la primera vez que escuchaba hablar de la hija del dueño de una tienda de abarrotes. Gracias a la plática entre Salmoneo, Sofía y Estela como objeto, pude saber que el padre de Sofía tenía una empresa de maquinaria química, que vivía en la calle de Arenal y que su madre era súper numeraria del Opus Dei. También supe dos o tres cosas más sobre Estela.

            Al cuarto whisky Sofía estaba sentada prácticamente encima de mí. Había pasado una hora desde que Petrozza subió con Carolina y todavía no bajaban. Salmoneo, quien notó la evolución de los whiskys de Sofía y su proximidad con cada uno de ellos, inventó una excusa y salió de la casa por un rato. En ese momento acabó la filosofía, acabó San Martín, Kant, Selles, Estela y Sofía. Nos quedamos solos y me acerqué a ella como quien se acerca a la Venus de Milo. Sofía me tomó de la mano y me preguntó que por qué no la había llamado en tanto tiempo. No supe cómo responder bien a eso. A decir verdad, contesté, no te llamé porque nunca creí que fueras a salir conmigo. Sofía apuró su vaso de whisky, me tomó de la mano y me beso lentamente.

            Comencé a tocarla pero esa noche no hicimos el amor. Petrozza, sin darse cuenta, bajó del cuarto junto con Carolina. Fueron al refrigerador, tomaron unas cervezas y se sentaron en la sala. Carolina preguntó por Salmoneo. Salió a la tienda, contesté con desánimo. Sofía me volvió a tomar la mano, como para traquilizarme. Su mano me decía que no me preocupara, ya habría muchas tardes y muchas noches para terminar lo empezado.

            Ya no hablamos de filosofía. Carolina volvió a poner a Juan Diego Flores en el estéreo. Platicamos de cualquier cosa, del día, de cervezas, de cuál era el mejor cigarrillo. Cuando Salmoneo regresó hablamos de Roberto Bolaño, autor que tenemos por alta estima tanto él como yo. Al parecer Carolina y Sofía esa noche se llevaron bien. Yo las veía hablar, desde lejos. Mi cuerpo estaba ahí pero mi mente vagaba en el recuerdo de los labios y los senos de Sofía. Veía a Petrozza fumar como loco y a Salmoneo muy atento a las palabras de las mujeres. Esto debe ser el Hombre, pensé, mientras ponía mi vista en la cara de Sofía que me decía, con insistencia, que el Hombre se resume en el rostro de una mujer. 


24 comentarios:

  1. Muy bien el texto. Sobre todo cómo se aborda una cuestión filosófica a partir de una reunión.

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  2. "el hombre se resume en el rostro de una mujer."... Excelente

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  3. Sat Nam, excelente narración y muy interesantes temas, gracias por compartir, Bendiciones.

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  4. MUY BUENO LO QUE ESCRIBISTE ,...

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  5. Muchas Gracias por darnos la oportunidad de conocer esta Obra...Saludos

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  6. Alejandro Toribio Sanchez26 de noviembre de 2012, 22:55

    Excelente!!!

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  7. He leido todito :) muy bien escrito... me gusto.

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  8. Grandeeeee!!!!!!Me recuerda a Tanya !!!!!!!

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  9. Gerardo Enrique Espinoza Reyes26 de noviembre de 2012, 23:00

    Muy exquisito como se desarrolla el texto y sobre todo como Silvia, participa abiertamente para probar la tesís de que "el alcohol ciega la imaginación"

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  10. Atrapa tu narrativa, tu blog ...

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  11. Excelente... me recordo a Octavio Paz sobre la otredad. Me gustó. Y creo que a Octavio le hubiera gustado ese final tan acorde.

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  12. En tu linea, me gusta el estilo de hacer un relato interesante de algo tan banal como unas copas unas tias a las que intentar tirarse con un final absolutamente real. Me gustaria leer la resaca de Sofia, pero seria pedir demadiado.

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  13. Abordas un problema filosofico desde una perspectiva sencilla. es bueno.

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  14. Lo bueno de estos personajes es que quisiéramos tener uno

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  15. Ruth Ana López Calderón27 de noviembre de 2012, 16:52

    Otro autor, Guillermo Garrido, pero la calidad siempre excelente, gracias, un abrazo.

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  16. habla el enamorado...

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  17. Muy bueno jaja cheve ya se va..

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  18. "El Hombre se Resume en el rostro de una Mujer" es Interesante...

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  19. Bueno al principio, despues se alarga demasiado por el medio. Luego emborrachan a Sofia quien desde el principio declaro no tomar. Cerdo. "La cara ... en el rostro de una mujer."? Y si el hombre fuera gay? Alas que esto es solamente mi modesta opinion.

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  20. Esta muy padre prof, felicidades :)

    Att. Euge y María

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