lunes, 22 de octubre de 2012

Superamigas.


No sé cómo llegamos a ello, pero tampoco es difícil imaginarlo. Una conversación así es de rigor entre un grupo de chicas. Es común entre las chicas. No importa donde vivas; incluso si vives en Pakistán, donde las mujeres van tapadas hasta los dientes, y se les prohíbe hablar, incluso allí, una encuentra el modo. Se habla con las miradas, si tú quieres, pero se habla. Se habla de… hombres.

 De todas nosotras, Laura era la chica con más experiencia en todo. En beber, en fumar, en engañar a los padres, en cursar el colegio sin estudiar, en antros de moda, en bailes, en maquillaje. Y claro, Laura era la chica con más experiencia en hombres. A mí no me consta, pero ella aseguraba haberse acostado con al menos ocho. Según cuenta la leyenda, leyenda que la misma Laura se encargó de propagar, tuvo su primer experiencia sexual a los catorce años, con un profesor de Literatura. Desde esa edad dio rienda suelta a sus deseos, que según aseguraban, precisamente los hombres del colegio, eran insaciables. Laura era, para dejarlo claro, ninfómana. Por supuesto, en aquel entonces yo no sabía que existía una palabra así, una palabra para definir a Laura.

 Estábamos en un bar de la colonia Roma (era una de nuestras primeras salidas a bares, solas, entre mujeres). Estaba Laura, obvio, y Rebeca, Astrid y yo. Las cuatro fantásticas, como solíamos llamarnos, aunque de fantásticas teníamos poco. Para ser sincera, no pasábamos de ser un grupo de colegialas comunes y corrientes. No hay nada más común y corriente que creerse superamigas, o cuatro fantásticas, o lo que sea. Habíamos ido saliendo del cole, y aunque la colonia Roma quedaba a casi una hora de recorrido, íbamos, porque, como ya dije, éramos comunes, y bueno, todo el mundo quiere ir a la colonia Roma a beber copas que cuestan el doble, y pagarlas con gusto, sólo porque sí o… no sé, algo así como estar en onda, ya sabes.

 El caso es que dentro del bar había hombres, claro. Nunca lo dijimos, pero todas entendíamos por salir entre chicas, pues… salir entre chicas. Es decir, sin acompañantes del sexo opuesto. Por supuesto, quedaba estrictamente prohibido invitar, avisar o encontrarse con alguno. Eso estaba claro. Lo que no estaba claro era si una tampoco podía ligar, o al menos, dejarse ligar por alguno que espontáneamente llegara. Nunca lo habíamos discutido. Lo malo de los grupos de chicas es que todo debe darse por entendido. Las cosas entre mujeres serían más sencillas si fuésemos tan directos como los hombres.

 En una de las mesas había tres chicos, más grandes que nosotras, que no dejaban de mirarnos; seguramente porque ellos venían solos, y sobre todo, porque nosotras estábamos solas también. Laura fue la primera en notarlo, pero no dijo nada. Hasta que Astrid se levanto, para ir al sanitario, y una vez de regreso, comentó que allá había tres que la habían seguido con la mirada, de ida y de regreso. Rebeca volteó a mirar. Dijo que uno de ellos no estaba mal. Yo miré también y lo confirmé. Había uno que llamaba mi atención. Sin embargo, no atiné a la opinión de Rebeca. Cuando expresamos nuestros sentires, resultó que yo hablaba de uno, que era alto y rubio, y ella, de otro, delgado y moreno. Astrid votó por el rubio, dijo que le parecía más apuesto. Laura, de la que esperábamos aprobación, dijo que definitivamente, lo que es ella, se quedaría con el mío, es decir, el moreno. Astrid y Rebeca exclamaron. No podían creerse que a nosotras, pero en especial a Laura, gustara más ese. Ellas tenían la idea de que la piel blanca vale más. Cosa curiosa, dicho sea de paso, ambas eran morenas como la que más.

 Creo que de aquí sacamos la conversación. Laura se mostró empeñada en que la piel morena era mejor, al menos, cuando de hombres se trata. Dijo haber salido con algunos de piel blanca, muy finos a primera vista, y quedar decepcionada. Aunque yo me inclinaba por lo mismo que ella, no tenía en mi haber experiencia suficiente para asegurar nada. Le pedimos explicaciones. Siempre era así: nuestra opinión se veía menguada por la lengua de aquella que había vivido más. Para empezar, nos preguntó a Rebeca y Astrid por qué les gustaba más el chico blanco. Astrid casi no habló, Rebeca lo dijo todo por ella y su compañera. Dijo que los blancos le parecían más guapos. Básicamente fue todo, pero hasta yo lo noté: había algo de prejuicio en sus palabras. No insultó la piel morena (ella era morena, como ya dije), pero elogiaba a los rubios, como si fuesen dioses. Yo dije, sin que nadie me preguntara, que eso era tan tonto como los aztecas que confundían a los españoles con los enviados de Quetzalcóatl, o algo así. Laura rio, dijo que no era para tanto, pero que algo había de cierto.

 El discurso de Laura fue sobre eso precisamente, sobre cómo nos habían vendido la idea que ser rubio es mejor (Laura era rubia). Sin embargo, ella tenía una teoría (que había comprobado al menos tres veces), y que era así: el rubio es femenino, representa la feminidad, la pasividad y la belleza. De este modo, una mujer rubia es dos veces femenina, y, un hombre rubio es de algún modo femenino también. Y la feminidad en un hombre, es algo que deja mucho que desear a una mujer. Los morenos, según Laura, representan la fuerza, la vitalidad, la acción en carne viva. El fuego. Y siendo así, una mujer morena es masculina en cierta medida. Un moreno es pasional y fogoso, fuerte y capaz de realizar sueños grandes. Los blancos, no, dijo, ellos son como mujeres. Astrid le reclamó que eso era misógino, casi como decir que los blancos y las mujeres no son capaces de nada. Laura se defendió explicando que no quiso decir eso. Lo que quiso decir es que los morenos son trabajadores, amantes bestiales, y capaces de salir delante de la nada. Al menos, en mayor medida que los blancos. Astrid no quedó convencida. Rebeca dijo que eso era muy cierto. Comentó el caso de una tía suya que siempre prefirió a los hombres blancos. Estaba loca y jamás se permitió la bajeza (así lo consideraba la tía) de salir con moreno. Bueno, pues tuvo tres matrimonios y ninguno funcionó. Los hombres que elegía eran bellos, pero no sabían hacer nada. Encima, ellos mismos se consideraban merecedores de todo, y al final la dejaron por alguien más.

 Dejamos el tema, porque aquellos tres nos miraban tanto que algo había que hacer.

2

Laura regresó las miradas al moreno. Esto dio pie a que el resto de nosotras también lo hiciera. Si Laura permitía que en nuestra salida de chicas pudiésemos ligar, por nosotras encantadas. Teníamos 19 años, ligar era tan emocionante como la montaña rusa. Nos hubiésemos dejado conquistar por una jauría de rufianes con tal de poder decir, al día siguiente, que no salimos solas del bar. Era importante para la reputación, y en ese tiempo, aún creíamos en la reputación. Una reputación tergiversada, porque, a decir verdad, más reputación hay en no dejarse ligar, en ser la chica inalcanzable. Pero eran tiempos modernos y una chica sola era como un jitomate podrido. Había que salir y decir: conocí a alguien. De lo contrario sería una la patita fea.

 También, había competencia incluso entre nosotras. Ellos eran tres y nosotras cuatro. Una quedaría sola, pasase lo que pasase, porque modernas modernas no éramos; jamás permitiríamos compartir a un ejemplar.  

 Los chicos nos miraban y reían. Estarían hablando de nosotras, de quien va con cuál, y de si les gustan las morenas o las güeras. Esto no lo sabíamos pero lo podíamos imaginar. Laura dijo que no nos torturáramos tanto, los hombres se conforman con lo que sea. Pueden decir me gusta esa, pero si al final acaban con otra, les da igual. Para ellos es más fuerte el caso de la reputación. Son capaces de salir con la más fea con tal de no salir solos de allí. Luego contarán que se cogieron a una mujer tremenda, no importa si no se la cogieron. Esto ya eran palabras mayores, por lo menos para mí, que la verdad, no me acostaba con cualquiera. No por pretenciosa, por miedo. Me gustaba ser mirada, y hasta podía platicar con ellos, con los hombres, y reír y salir, pero a la hora de la hora me echaba pa´trás. Laura lo sabía, yo se lo había contado, y decía que no me preocupara, que ya llegaría el hombre que me haría dejar de dudar.

 Los tres vinieron a nuestra mesa. Laura los invitó con la mano. Se sentaron frente a nosotras. Laura era la única que podía mantenerse segura. Rebeca, Astrid y yo, no sabíamos qué hacer además de sonreír y mirar para otro lado cuando ellos nos miraban a los ojos. El chico de piel clara quedó junto a Laura; la miraba y le hablaba, pero ella no se dejaba seducir. Rebeca lo miraba discretamente, a pesar de toda la verborrea de Laura, ella estaba convencida que no saldría con ninguno que fuese moreno. Andaba más o menos por los mismos pasos que su tía. Astrid lo mismo, porque a los otros dos, que eran morenos, no los pelaba. Yo no sabía por cual decidirme, me parecía que juzgar a un hombre por el tono de su piel era descabellado. No podía imaginar a Laura haciendo conjeturas sólo por la fisionomía. Sin embargo las hacía, ella misma lo dijo y estaba convencida, por ejemplo, que los morenos delgados eran los mejores para el sexo.

 3

Al final quedamos así: Lura se entendió con César, que era el moreno que le gustó. Rebeca con Esteban, el rubio, aunque Esteba hubiese preferido a Laura (se notaba). Astrid con Jaime, que era otro moreno y nos le quedó de otra a ninguno de ellos dos, porque yo no me entendí con ninguno. Ya las imaginaba hablando de mí, diciendo que era rara porque ya era la segunda ocasión en que yo no ligaba. A mis diecinueve, aún creía en ese hombre que es amigo y novio, y que llega solo, sin forzar la situación. Este hombre, según yo, no podría salir de un bar, porque los hombres que salen de un bar no buscan otras cosa que acostarse. Yo quería acostarme, pero con uno que al menos me quisiera un poco. Había hablado de esto con Laura, a solas, y siempre reía y decía que yo era muy ingenua al despreciar aventuras en mi espera. No criticaba mi búsqueda del amor, pero juzgaba a mal mi método, que consistía en la abstinencia de encuentros sexuales, antes del ser amado.

 La velada terminó mal, porque al final Laura se cansó de ellos. Me llevó al sanitario y me confesó que de los tres, ninguno. Que era mejor no perder el tiempo. Yo pensaba que era dura al juzgar, pero no podía decir nada, porque como he dicho muchas veces, ella era la líder y la experimentada. Me pidió que le llamara al celular, falsamente, para inventar una excusa y salir. Pregunté si no era bueno avisar a las demás, pero se negó a ello. Dijo que ya les explicaría luego.

 Eso fue lo que hicimos. Dejamos pasar unos minutos más y llamé a Laura, por debajo de la mesa. Colgué antes que contestara, pero ella cogió el teléfono, y habló, como si fuese verdad que la llamaban. Todos la escuchamos hablar, y sin que lo contara, entendimos que algo pasaba y debía salir de allí.

 No dio explicaciones, dijo que se iba, y nos preguntó a nosotras si íbamos también. Yo dije que sí, por supuesto. Astrid y Rebeca no tuvieron opción, hubiese sido delito quedarse y dejarnos ir solas, porque éramos superamigas, y una superamiga no deja a otra superamiga.

4

Saliendo, les confesó todo. Dijo que mejor fuésemos a otro bar, a estar entre chicas. Astrid le reclamó, dijo que era injusto, que no porque ella no quisiera… Laura la paró en seco, argumentó que le acaba de salvar la vida de una mala experiencia. Astrid no dijo nada más. Rebeca tampoco, ni yo, pero estoy segura que todas pensamos que Laura había llegado demasiado lejos. Le habíamos dado tanto poder que ahora ella era dueña incluso de nuestra vida. Debía dejarnos experimentar.


14 comentarios:

  1. En la mañana me estaba acordando que tengo ya varios meses sin leer tus textos (malamente). Buena vibra.

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  2. yo la apoyo lo morenos somos el fuego!

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  3. José Francisco Mejía Ramírez22 de octubre de 2012, 22:05

    Saludos amigos!!!!

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  4. BUENISIMO RELATO ..ME ENCANTO LEERLO...

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  5. GRACIAS POR COMPARTIR , DELICADAS Y BELLAS SUPER AMIGAS , UN ABRAZO MUY FUERTE

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  6. he leido todo ,me gustó.un saludo.

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  7. Muchas Gracias por darnos la oportunidad de leerlos.....Saludos

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  8. Me atrae,esto ,"puede estar bien"......!!!

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  9. Vaya texto. Interesante por una parte;se esperaría algo impactante, pero las estructuras y el recurso estilistico con el que esta desarrollado, deparan otra cosa: y no digo que esto pueda traducirse como algo negativo. En lo absoluto. El recurso estilistico y la base estructural que se funden en este texto, proporcionan la creación de entornos urbanos y modernizados, de aspecto agradable, en ocasiones sórdidos, pero siempre muy dinámicos y agitados, lo que incrementa las expectativas de quien lo lee. Esto permite que el texto mantenga un ritmo. No obstante, ese ritmo parece aumentar cuando en realidad no esta aumentando en nada. El efecto secundario de esto, es: que el lector tenga que leer de dos a cuatro párrafos re-gordetes, para enterarse de que hay muy poca acción, aun, cuando la consciencia de los personajes hacen creer todo lo contrario. Quizás esto sea el fruto de actos repetitivos que se contemplan desde otro punto de vista cada vez que es expuesto; en el texto en total son cuatro puntos de vista, y todos los cuatro son muy similares, y responden a una obsesión por una inexistente consciencia intelectual. Muy genéricos por cierto. Aspiraciones vacuas y actitudes contemplativas aunque muy pasivas. Esta muy bien redactado, fresco aunque un tanto empalagoso y trillado. Narrado desde una perspectiva común (a mi parecer), es decir, no hay mucho de lo que entusiasmarse en cuanto a monólogos interiores o si quiera algo de acción implacable que sacuda la consciencia de lector. Carece de movimiento. Lo que medio se puede levantar con fiereza, se desborona en anécdotas o análisis, esto le quita pasión y verdadero interés a la historia. Por todo lo demás, puedo decir que conserva matices de la modernidad ya muy bien conocidos. Se necesitan letras que no hablen, para que nadie pueda darse cuenta de que el tema del cuento es tan innovador como el fuego a carbón. Lo mismo de siempre, y no quiero ofender a nadie. Pero: mujeres, adolescentes, bien vistas por todos y por ellas mismas, intelectuales, reflexivas, de ensueño, no parecen reales, no le dan latidos potentes al corazón del lenguaje, lo que provoca una pagina tiesa, inerte y lista para convertirse en ceniza. Mi voz es irrelevante y ligera; yo solo disfruto de hacer comentarios constructivos y en ocasiones un tanto inconscientes, aunque no siempre sea necesario.

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  10. Ruth Ana López Calderón23 de octubre de 2012, 13:17

    Otro gran aporte a la buena lectura, gracias, un cordial saludo.

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  11. Ileana Lugo de Monsalve23 de octubre de 2012, 21:34

    Cierto muy cierto!!! smile

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  12. No soy de acá...comparto tu opinión. También debo advertir. Cuidado con los monosílabos. No es lo mismo Rio, río, rió...pie, píe ... Los detalles, los putos detalles... otra cosa la historia parece quedar inconclusa, me dejó una sensación de vacío o incomodidad. Pensé que al final Laura se besaría con la narradora y terminarían con una escena lesbo jejeje....laura no es ninfomana sino medio calientaguevos - aquí le decimos así a las de su tipo - las ninfomanas sufren mucho porque eso es una enfermedad es un transtorno grave- aunque la literatura lo hace ver como algo "cool"-

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  13. Así soy yo, salgo con x o k chica y a la mera hora de la verdad me echo para atrás. Sin amor no hay fuego, y, así yo no juego, ya llegará la chica que me haga sentir, ya llegará la mamá de mis chiquillos y chiquillas.

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  14. En cierta ocasión, escuché una conversación fortuitamente (sin querer queriendo), de unas amigas...A una chica muy hermosa, rubia de ojos azules, que le encantaba andar con albañiles morenos y léperos, porque decía que estaban bien buenotes, los condenadotes, de tanto cargar bultos de cemento, eso le excitaba en demasía. Le gustaba sentir sus manos todas toscas y callosas acariciando su blanca y suave piel. Yo me quedé de WTF.

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