lunes, 1 de octubre de 2012

No podía volver atrás el tiempo.


Cuando me cayó el veinte y entendí que lo que querían era violarme, fue demasiado tarde. Nunca lo hubiese esperado de Alex ni de Beto. Alex, Beto y yo éramos amigos. Desde la secundaria, y ahora en la preparatoria, y cuando me dijeron que la fiesta sería en casa de Alex no sospeché nada. Habíamos ido a casa de Alex tantas veces, ¡cómo se supone que lo sospechara!

 Mi madre ha parado la demanda, dice que no tiene caso: no les harán nada. Eso es lo que dice pero la verdad es que no podemos pagar un abogado. De algún modo tiene razón, con el abogaducho que nos da el Estado, no les harán nada. Dudo que el pobre sepa siquiera cómo defenderme; la que estaba bajo el influjo de las drogas era yo y no hay pruebas de que ellos me forzaran. Por el contrario, Dios, Alex grabó un vídeo en su móvil donde soy yo la que baila para ellos. ¡Ahora resulta que yo tengo la culpa de que tres hombres me violaran! Al menos, eso es lo que todo mundo cree. Incluso mi padre, al que no veo desde hace más de siete años. Madre lo llamó; necesitaba que una vez en la vida nos apoyara con dinero, para el pleito legal. El muy macho dijo que eso me gano yo por andar de puta, y que lo puta lo había aprendido de mi madre. Se lo dijo a ella, por teléfono, pero yo alcancé a escuchar. A pesar de todo Madre lo defendió. Se sentó conmigo y me explicó que Padre no podría ayudarnos, que justo ahora él también pasaba por una mala situación económica. El ha pasado por mala situación desde que yo nací. Quizá desde antes, pero cuando aún vivía con nosotras no paraba de repetir que yo era la culpable de tanto despilfarro, de tanta mala vida, y de tanta desgracia. Y es que a mis cuatro años de edad tuve la impertinencia de enfermar de asma. Esto nunca me lo perdonó; había que ir al médico y comprar medicamentos especiales. Generalmente gastaba más en tragos, pero los medicamentos los pagaba como si le costaran los ojos. Luego nos abandonó.

 El caso es que era viernes y Alberto me invitó a casa de Alex, dijo que saliendo del colegio irían a beber. Dijo que irían unos amigos suyos y de Alex, y le pregunté quién exactamente iría; temía que hubiesen invitado a los del 402, que eran una bola de chavos que me cagaban la madre. Titubeó un poco, y debió sospechar que yo me negaría si iban ellos, así que respondió que unos amigos de otra escuela y algunos del 406, que sí me caían bien. Acepté, no podía imaginar que algo malo pasara. Menos en casa de Alex, que como ya dije, es adonde siempre íbamos y conocía a sus padres y ellos me querían porque yo soy muy risueña.

 Todo eso pasó más o menos a la una; nosotros salíamos a las dos. Me dio tiempo de mandar un mensaje a Alex y decirle que contara conmigo para la fiesta en su casa. También mandé a uno a Madre, avisando que no llegaría sino hasta tarde. Alex contestó con una sonrisa, más o menos así =), y Madre preguntó adónde iría o qué. Por esos días estaba castigada, así que le mentí. Escribí que iría a casa de Jovana, que era la chava más ñoña del colegio, a hacer un trabajo en equipo. Estoy segura que no me creyó del todo, pero contestó que estaba bien, que por favor no llegara demasiado tarde. Luego mandó otro mensaje preguntando que si comería allá, en casa de Jovana, y como no deseaba hacer larga la plática ya no contesté. Después le diría que se acabó el saldo. Si le das cuerda a Madre, no te la quitas de encima.

 A las dos con quince vinieron por mí. Alex, Beto y un amigo que yo no conocía. Todos vestíamos el uniforme del colegio menos él, así que no era de la misma escuela. Nos presentaron. Él se llamaba Jesús, y yo me llamo Martha. Cuando le dijeron mi nombre exclamó: ¡con que tú eres la famosa Martha! Yo me reí y volteé a mirar a mis amigos. Luego Jesús agregó que Alex le había hablado mucho de mí. No me sorprendió, ya sospechaba que le gustaba a Alex, sólo que era tímido y no me había dicho nada. Alex también rio y supuse que fue de nervios, que Jesús había hablado de más y qué él, Alex, prefería mantener su gusto por mí en secreto.

 Cuando pregunté dónde estaban los demás, Alberto dijo que no me apurara, que todos llegarían allá, o sea, a casa de Alex. Bueno, dije, pues partamos. Y partimos.

2

Conocí a Jesús porque vivía a unas cuadras de mi casa. Se juntaba en la tienda de la esquina a tomar cerveza con la bandita de la 501. Le conocí porque en ese tiempo me dio por fumar marihuana y se decía qué él vendía. Le pregunté si era cierto y luego de un largo interrogatorio y de esquivar la pregunta, me dijo que no, que él no vendía nada, pero podía conseguirme si quería. Respondí que sí, que cuánto costaba (era mi primera vez) y dijo que depende, que había bolsitas de a veinte, de a treinta y de a cincuenta. Pero que si quería probar algo bueno de verdad podía correrme un toque por cincuenta. De la buena, dijo al verme dudar, de la Golden Acapulco. Acto seguido, sacó de su mochila un pedazo de periódico en el que había envuelto un poquito de mota. Me la dio a oler y olí. Olía muy fuerte y pensé que sí era buena. No era verde, como lo había imaginado sino café claro. Dame cincuenta por un toque y no te arrepentirás, me dijo. En realidad me pareció barato, yo tenía la idea de que la droga era cara y estaba dispuesto a gastarme hasta quinientos pesos en algo así. Total que le di los cincuenta pesos y cogió una pizca de hierba y cortó un pedazo de periódico. La puso allí y la envolvió. Me la dio y la guardé en el bolsillo del pantalón. No dije nada, pero me sentía como si estuviera cargando un arma. Recuerdo que me temblaron las piernas regreso a casa.

 Al día siguiente lo encontré en la esquina, en la tienda. Estaba con unos amigos, bebiendo, y me llamó. Tuve miedo de acercarme, sobre todo por lo demás, que tenían pinta de ser vándalos y ladrones. Me saludó como si me conociera de años y me presentó con todos. Estaba uno al que apodaban el Chompiras; otro al que apodaban el Manitas; y otro más, que apodaban Tuerto porque en verdad le faltaba un ojo. Era un señor, ya bastante grande. Jesús me preguntó si ya me había fumado la cosa y dije que no; era verdad, no tenía valor para hacerlo, estaba esperando un momento adecuado, algo así como un día en que mis padres se fuesen de viaje una semana. También quería invitar a Alberto, porque solo no me darían ganas. Necesitaba que Alberto lo probara conmigo para sentirme mejor.

 Me invitaron un trago de cerveza, que acepté para que no pensaran que yo era marica. Me senté en la barda, junto a Jesús y le pregunté si no era peligroso fumarme la mota solo. Todos alcanzaron a escuchar y rieron. Entonces el Chompiras dijo que no mamara, que no era para tanto. Yo temía ponerme loco o alucinar y hacer locuras. Había escuchado que quien prueba la droga nunca sale, y que puedes volverte loco. Para demostrar el poco peligro de fumar marihuana, el Tuerto sacó un churro y lo encendió. Dijo: la mota es buena, es una droga natural, no como la mierda de ácidos que vende este cabrón (señaló a Jesús con la punta del porro). Dio una calada al cigarro de marihuana y se la pasó al Chompiras. Luego el Chompiras se la pasó al Manitas, que era muy callado y éste no se la pasó nadie; Jesús tuvo que decir: correla pinche fumasolo, y el Manitas se la pasó a Jesús. Todos fumaban con tanta naturalidad que perdí el miedo. Yo fui el que pidió a Jesús una probada. Cuando me pasó el cigarro ya estaba muy corto y casi me quemo los dedos. Le di la primera fumada y Jesús me regañó, dijo que debía fumar y mantener dentro el humo, todo lo que pudiera; de lo contrario te estás haciendo pendejo, dijo. Volví a fumar, esta vez como me indicó. La verdad que sentí nada y tomé confianza, le di otro jalón. Pero el Tuerto dijo, pásala güey. Se la pasé al Tuerto y casi la tiro, no había mucho de dónde agarrar el porro, pero el Tuerto la cachó antes de que cayera al suelo y exclamó: ay nanita.

 Estuvimos fumando un rato, hasta que me despedí y les dije, ya entrados en confianza, que mañana yo invitaba los porros. Total, había juntado quinientos pesos para droga y sólo me había gastado cincuenta. Me despidieron con abrazos y palmadas en la espalda, no sin antes recordarme que mañana me esperarían para que cumpliera mi palabra.

3

Alex me dijo que había fumado mota y no le creí, pero me enseñó un periódico con marihuana y entonces pensé que me estaba choreando, que sólo la había comprado. Le dije que no fuera pinche chismoso y se enojó. Dijo que si no me creía mañana mismo me llevaría con unos amigos a fumar. Lo miré tan serio que pregunté qué se sentía y contestó que casi nada, que nomás se le durmieron los brazos y se sentía cansado, pero que estaba chido.

 Saliendo de la escuela me llevó a su casa. Dejamos las mochilas allí, y nos fuimos a buscar a sus amigos. Estaban sentados en la tienda de una esquina, en la 501, y bebían. Cuando los vi pensé que no era buena idea, parecían ser mala gente, pero no me dio tiempo de decir nada. Antes de que lo pensara, Alex los estaba saludando. Me presentó con ellos. Ninguno tenía nombre, excepto Jesús; todos los demás se llamaban por apodos. Lo saludaron efusivamente, y lo primero que hizo Alex fue sacar cien pesos y pedirle a Jesús que le vendiera dos bolsitas de a cincuenta. Dijo que una era para que la fumáramos todos allí. Jesús sonrió y fue a buscar una mochila, de la que sacó cinco bolsitas de a veinte y se las dio a Alex. Le dijo que no traía de a cincuenta, que nomás de a veinte. A Alex no le importó. Cogió cuatro y se las guardó en la bolsa; otras dos me las dio a mí, dijo que era mi regalo de Navidad adelantado, y las cuatro que sobraban las repartió entre todos.

 Jesús armó un porro con lo que le dio Alex. Me dio un poco de asco porque lo babeó todo, para liarlo, y luego lo encendió. Fue el primero en fumar. Yo fui el último, después de Alex, que me dijo que no fuera a sacar el humo luego luego, que lo aguantara todo cuánto pudiera. Lo cogí sin miedo y me pegué una fumada, tal como me había dicho mi amigo; Jesús me lo arrebató cuando acabé. Era cierto, no sentí casi nada. Lo que sí me dio miedo es que estábamos fumando en la calle, en la tienda. Pregunté si no había pedo y uno de ellos, un señor al que llamaban Tuerto, y que casi daba miedo mirar, dijo: tú tranquilo y yo nervioso, o algo así.

 Para hacer la plática pregunté a Jesús si también vendía aceites, que hace tiempo quería probar. Asintió con la cabeza, justo en ese momento fumaba, y cuando terminó de fumar le pasó el toque a Alex y agregó que vendía de tocho morocho, desde mota hasta pastillas, tachas, aceites, coca y hasta monas. Me reí, no sé por qué, y pregunté si vendía yumbina. La yumbina yo no la conocía pero había oído hablar de ella. Se decía que ponía a las chavas calientes y que así era muy fácil acostarse con ellas. Jesús dio una fumada y reteniendo el aire dijo: tsss ¿a quien te quieres coger, papi? A nadie, dije, sólo pregunto. Dejé el tema allí, no quería pasar por un hombre que no puede acostarse con una mujer por sí mismo. Lo curioso fue que Alex lo retomó, luego de un rato preguntó si entonces sí vendía yumbina. Clarín corneta, exclamó Jesús y yo pregunté cuánto costaba; de algún modo había adivinado las intenciones de Alex.

II

Antes de llegar a casa de Alex pasamos a comprar algo de beber. Ellos querían comprar cerveza pero les dije que no podía tomar, que había dicho a Madre que haría un trabajo con Jovana. Alberto dijo que no mamara, que cómo no iba a tomar en una fiesta, que además era viernes y mañana no teníamos escuela. No les costó convencerme, la verdad moría por beber algo. Sugerí que compráramos vodka; es lo único que bebo y me gusta porque no apesta tanto. Ellos odiaban el vodka, siempre preferían la cerveza pero esta vez no pusieron peros. Compramos vodka y jugo de uva. Todo lo pagó Alex, y me sorprendió porque a pesar de que soy mujer siempre me hacen pagar mi parte. No me molesta, son mis amigos y yo también bebo.

 Cuando llegamos a casa de Alex, comencé a sospechar que no llegaría nadie más. Lo hice porque luego luego puesieron música y abrieron la botella. Yo les comenté que sería bueno esperar a los demás, para que no nos dijeran tomasolos, pero Alberto dijo que callara, que esta bebida era nuestra y podíamos beberla cuando quisiéramos. Alcé los hombros y me dio igual, estaba con mis amigos y me sentía segura. Excepto por Jesús, al que no conocía y la verdad, no daba confianza. Era más bajo que yo, moreno y vestía bermudas y playera.

 Todo estuvo bien la primera hora, bebimos y hablamos de lo que nos gustaría hacer. Todos estuvimos de acuerdo en que nos gustaría dejar la escuela, ser libre y felices y no tener que soportar a los maestros. Alex dijo que el que más le cagaba era Botija, un profesor de historia que era malhumorado y duro. Era gordo, por eso el apodo que le pusimos, y siempre dejaba tarea. Había que leer mucho y a ninguno de nosotros nos interesaba la historia de México. Sus clases eran aburridas y siempre reprobaba a más de la mitad. Deberíamos darle un susto, comentó Alberto, algo así como pegarle saliendo de clases. Yo dije que eso era estúpido, pues nos acusaría. Alex dijo que podíamos ponernos medias en la cara y darle una madriza. Jesús, que escuchaba nuestra plática, se ofreció para darle el susto él, con unos amigos que se dedicaban a madrear. No me dio confianza, ninguno de nosotros hablaba en serio, pero él parecía no andarse con cuentos.

 Para cambiar la conversación pregunté si llegarían los demás o qué, y Alex dijo que no importaba, que lo estábamos pasando bien y eso era todo. Alberto le siguió, dijo: sí, no mames, para qué quieres más gente si estamos a gusto. Después de todo tenían razón, siempre éramos nosotros  tres los que íbamos a casa de Alex a beber. Pero no sé, ¿por qué dijeron que era fiesta si sólo iríamos cuatro? Pregunté por los padres de Alex y éste dijo que no me preocupara, llegarían hasta el lunes; habían ido a Cuernavaca y teníamos casa sola. Jesús me preguntó si no tenía unas amigas para llamarles y que le cayeran. Yo no tenía amigas, siempre me había llevado mejor con los hombres, en especial Alberto y Alex, y se lo expliqué. Bueno, dijo Jesús, ni pedo.

 Estuvimos bebiendo sabroso, y la verdad, un poco aburridos. Las pláticas no llegaban a mucho, así que propuse que jugáramos algo. Esto les hico gracia, Alberto sugirió jugar a las cartas. Alex estuvo de acuerdo y fue a su recamará por un mazo. Jugaríamos póquer, qué más.

 Jugamos unas rondas, pero no estuvo bueno y Jesús opinó que deberíamos ponerle sabor, apostando. Yo dije, no mamen no tengo dinero. Alberto dijo, yo tampoco. Alex miró a Jesús y Jesús dijo: no tiene que ser dinero, podemos apostar otras cosas. Alberto y Alex estuvieron de acuerdo, dijeron que podíamos jugar y el peor en perder haría el castigo que escogiera el que ganara. Esto no me animó demasiado, pero acepté porque si no me verían como a una mamona. Bueno dije, pero nada de besos. Alex y Alberto se miraron y movieron negativamente la cabeza. Jesús dijo, está bien, ni modo que nos besemos entre nosotros, cabrones. Alberto lo pensó mejor y aceptó, estaban seguros que si alguno de ellos perdía yo iba a castigarlo con un beso entre ellos.  

2

 Lo de la yumbina me interesó porque había escuchado que uno puedo acostarse con una mujer sin que ésta lo recuerde. Eso me parecía lo mejor del mundo, sobre todo a mí, que era tímido. En cuanto Jesús dijo que sí vendía, pensé en Martha, que era una amiga de la escuela que siempre me había gustado. Alberto me miró y yo pensé que él también había pensado en ella, porque la verdad, estaba buena y no dudo que a él también le gustara. Nunca me lo había confesado porque yo le dije primero que Martha me traía loco y Alberto era buen compadre y no me la bajaría. Jesús dijo que podía vendernos un frasco a quinientos pesos. Luego ya no hablamos de eso pero dos días después… Le dije a Alberto que la compráramos.

 Alberto  rio, preguntó para qué quería esa madre. No sé, dije, ya veremos. Bueno, dijo, pues si tú la quieres cómprala tú. Como ya me había gastado parte del dinero que junté, tuve que pedirle ayuda; pedir que él pagara la mitad y yo la otra y que la compartiéramos. Alberto se puso serio y preguntó en buena onda, para que demonios la quería. Desde que Jesús nos dijo de aquello estuve pensándolo y estaba decidido: la usaría para cogerme a Martha, al fin y al cabo no lo recordaría. Se lo platiqué a Alberto y dijo, ay que chingón, la compramos entre los dos y tú la usas. Tenía razón, y yo estaba tan desesperado; Martha me gustó desde primero, así que le ofrecí compartirla, con Martha. Alberto no lo pudo creer, que yo fuera tan hijo de la chingada, pero estuvo de acuerdo: si él ponía la mitad del dinero la usaríamos los dos pa´ cogernos a Martha.

 Cuando fuimos con Jesús, a decirle que sí queríamos la yumbina, nos advirtió que era peligroso, que debíamos saber usarla. Si nos pasábamos de lanza podríamos provocarle un paro cardíaco. Esto me asustó, pero estaba decidido y le dije que no importaba, que nos la vendiera y ya veríamos nosotros. Jesús no estaba seguro, dijo que sólo la vendía a gente que la sabe usar; no quería verse involucrado en un asesinato. Alberto le dijo que ya no jugara, que éramos hombres y que nos ayudara. Jesús dudó, principalmente porque era evidente que nosotros éramos primerizos en todo. Dijo: a ver a ver, primero me cuentan a quién se quieren chingar. Como nos tenía atados, y yo estaba que se me quemaban las habas, le platiqué de Martha. Le dije que era una chava de la escuela que estaba bien buena pero que la verdad ella no quería conmigo. Alberto agregó que no nos pasaríamos de verga, y que le daríamos sólo unas gotitas (Jesús nos había explicado que era un frasco de gotas). Jesús se interesó en el caso y dijo que sólo nos la vendería si lo invitábamos. ¿Cómo que si te invitamos?, preguntó Alberto extrañado. Jesús se aventó un choro sobre los peligros de la yumbina, dijo que únicamente nos ayudaría a conseguirla si él se aseguraba que la usáramos correctamente. No me quedaba claro. ¡Estás diciendo que sólo la vendes si tú vas con nosotros a ver a Martha! Jesús asintió mientras fumaba un cigarrillo. 

 Alberto me jaló aparte, dijo que éste güey estaba loco. Yo dije que podía ser bueno, que tal si no la usamos bien y la matamos. Alberto lo pensó y estuvo de acuerdo, lo llevaríamos para que él administrara la dosis.

 Regresamos donde Jesús y le dijimos vale. Jesús sonrió y dijo: pero yo también juego, eh. Esto ya no nos gustó pero no dijimos nada. Jesús quedó de conseguirnos la cosa para el día siguiente y Alberto y yo nos fuimos.

3

 Le dije a Alex que recapacitara, que llevar a Jesús no era buena idea, pero estaba aferrado. Parecía que no era él. Yo temía, pero al mismo tiempo también quería chingarme a la Martha. Total, no la amaba ni nada, sólo me gustaba y si se la cogían esos dos me daba igual. Además, Alex aseguraba que Martha no iba a acordarse de nada.

 Compramos la yumbina un miércoles. Jesús no quería vendérnosla sino hasta el mismo día que fuéramos con la vieja que le habíamos dicho. Tuvimos que jurarle que le viernes la llevaríamos a casa de Alex (sus papás saldrían de viaje) y hasta que nos creyó nos la dio. Era un frasco de gotas. Le pagamos los quinientos pesos y nos advirtió que si no le llamábamos el viernes, no volvería a vendernos nada. Alex le dijo sí, sí, y con la cosa nos fuimos a mi casa.

 En mi casa nos encerramos en mi habitación y lo planeamos todo: le diríamos a Martha que Alex daría una fiesta, por temor a que se negara si le decíamos que sólo iríamos nosotros. No le advertiríamos de Jesús y una vez en su casa le daríamos de beber y cuando Jesús lo indicara, le vaciaríamos yumbina en su vaso. Alex juraba que no recordaría nada al día siguiente. Yo tenía mis dudas, pero Alex sabía más que yo de esas cosas; él había comprado mota y conocía a Jesús, que le explicaba el funcionamiento de cada droga. Sellamos el trato con un apretón de manos, y nos despedimos.

 No pude dormir hasta el viernes. Dejé de pensar en los peligros de la yumbina; me carcomían las ansias de cogerme a una vieja; la verdad nunca lo había hecho pero siempre había tendido ganas. Esto no lo sabía nadie, ni Alex; le había mentido diciendo que tuve relaciones con una novia en la secundaria.

 El viernes todo salió de maravilla; invité a Martha a casa de Alex y dijo que sí a la primera. Le conté a mi amigo y se entusiasmó; Martha no siempre quería salir con nosotros porque decía que éramos unos pinches borrachos, pero ahora había aceptado sin tantas trabas; como una señal de destino, le dije y rio.

 En casa de Alex, cuando Martha ya había captado que no había fiesta, jugamos póquer, que es lo que planeamos desde el inicio, de a castigo. Esperaríamos a que tomara confianza y luego, ganando un juego (gracias a un As que Alex había guardado bajo la manga), la haría bailar para nosotros. En ese momento, poco antes, Jesús le serviría unas gotitas de yumbina en la bebida, para que bailando se pusiera cachonda y ella misma nos pidiera que se lo hagamos (como aseguraba Jesús).

 Pero no pasó así. Dejamos que Martha ganara las primeras ronda. Castigó a Alex haciéndolo salir a la calle y gritar que estaba loco. Fue divertido, y lo hubiéramos disfrutado de nos ser porque esperábamos el gran momento. Luego ganó Jesús, y para no verse manchado hizo contar a Martha su fantasía sexual más oscura. Martha rio, y casi se niega, pero luego que insistimos dijo que su fantasía era hacer el amor con un camionero en un tráiler. Aquí detuvimos el juego, porque nos contó que le excitaba la piel morena de un trailero y su sudor.  Sin que nadie lo pidiera yo conté mi fantasía, que era hacer el amor en grupo, y luego Alex dijo que eso estaría muy chido. Jesús no contó su fantasía, se mantuvo callado y observando, mirándonos, como tratando de decir: ahora. Entonces miré el vaso de Martha, que estaba vacío, y anuncié que serviría una ronda más. Alex cogió su vaso y dijo: espérame. Se lo bebió todo de un trago, y yo hice lo mismo. Jesús no, él también había acabado con la última copa. Cuando todos los vasos estuvieron vacíos me levanté, y Jesús conmigo, y fuimos a la cocina a servir más. Antes miramos a Alex, como diciendo: entretenla.

 En la cocina le di la yumbina que compramos a Jesús. Pero me detuvo, dijo: aguanta. Primero sirvió las bebidas. Después, ahora sí, me pidió las gotas. Las abrió casi con miedo, como si el mismo Jesús nunca las hubiese usado.  Echó dos gotas al vaso de Martha. Lo revolvió con un tenedor. Lo miró y volvió a tomar el frasco, mejor un poco más, dijo y agregó un par de gotas. ¿Seguro?, pregunté. Jesús me miró y callé, después de todo él era el experto.

  III

En una de esas me tocó perder. Alex ganó y me castigó pidiendo que bailara para ellos. No sé si ya estaba peda, o sencillamente tenía ganas, pero acepté. Creo que influyó Alex. Todo el tiempo estuvo mirándome con ojos raros, como de deseo; y siendo tímido sabía no se atrevería a pedirme algo así a menos que él mismo estuviese tomado. Ya casi terminábamos la botella, y se estaba a gusto allí.

 Alberto puso música en su teléfono, una canción de Calle 13, la que vas así: Atrevete-te / salte del clóset, destápate / quítate el esmalte / deja de taparte / que nadie va a retratarte… Todos nos levantamos y comenzamos a bailar. Ellos también bailaban, pero poco; yo debía bailar para ellos y eso hice. Ni siquiera noté cuando Alex empezó a grabar en su teléfono. La música incitaba y ellos aplaudían y me pedían que me quitara la ropa. Pero antes, Jesús propuso un fondo. Tomó su vaso y se lo empinó, lo bebió todo. Alex y Alberto le siguieron el juego y ya sólo faltaba yo. Me bebí todo de golpe, al mismo tiempo que bailaba. No sé si fue el alcohol, o la emoción; me gustaba verlos tan emocionados; y me quité la blusa. Entonces sí que se pusieron locos. Es como si algo nos poseyera, porque la verdad, yo no soy del tipo de chica que hace esas cosas.

 Jesús fue el primero en quitarse la playera, luego Alberto y finalmente Alex. Cuando todos estuvimos así, Alex bailó conmigo, muy cerca, y me desabrochó el sostén. Yo casi digo que no, pero Alex me forzó y cuando menos lo pensé ya estaba con las bubis de fuera. Me tapaba con los brazos y reía. Ellos también reían. Alberto se acercó, bailando, y me jalaba los brazos, quería que los alzara y les mostrara los pechos. Esto ya no me gustó tanto, pero para calmarlos alcé los brazos rápido, como un segundo y los dejé que vieran. Luego grité y dije ya, ya. En ese momento cesó la música.

2

Logramos que Martha bailara y se quitara la ropa, nomás la de arriba, pero ya era algo. Nos enseñó las tetas y allí perdimos el control. Todos estábamos empalmados y sedientos de sexo. Habíamos planeado esto hace unos días, pero desde hace años que lo deseábamos. A Martha o a quien fuera, pero sobre todo a Martha, al menos yo.

 El primero en actuar fui yo, porque creía (quizá estúpidamente) que entre Martha y yo había algo, como un vínculo, y que si cedía, sería más fácil conmigo. La tumbé al sillón y comencé a besarla. Contra su voluntad, porque, para ser sinceros, eso de la yumbina no había funcionado. No estaba dispuesta, y tuve que forzarla mientras ella gritaba que si estaba loco o qué.

 Alberto entró a hacerme el quite, y estuvo bien porque Martha era ruda y casi pierdo la batalla. La tomó por los brazos y para que yo pudiera besarle las tetas, y ella gritaba, ahora si asustada de verdad, que parasemos. Pero ya no podíamos parar. Le desabotoné el pantalón y entre Alberto y yo se lo quitamos. Fue una batalla ardua. Alberto le gritó a Jesús que trajera la yumbina, quería hacerla beber directo del frasco; cero que él también tenía miedo, las cosas no estaban saliendo como pensamos. Jesús fue por el frasco y lo trajo. Alberto y yo la sujetamos y le abrimos la boca, como pudimos, pero no mucho; Jesús le echó yumbina del frasco, mucha, para que al menos entrara algo. Todo el líquido se escurría, pero al final sí bebió. Pujaba y gruñía.

 Se adormeció; no sé, quizá después de pocos minutos pero a mí me parecieron horas. Ya no tenía fuerza, se dejaba hacer. Entre los tres la tocamos, por todos lados y le bajamos los calzones. Estuvo bien un rato, pero cuando Jesús le metió los dedos en la vagina, para abrirla, otra vez cobró fuerza y estuvo dando de patadas. En una de esas me pegó en la cara y me dolió mucho. La solté. Afortunadamente Jesús estaba cerca y la detuvo, si no, se nos va.

 Entre nosotros no hablábamos, cada uno estaba concentrado en la presa. Ahora que lo pienso nos pasamos de verga, pero… no sé… hubiese sido mejor para ella cooperar. Como dicen por ahí, una mujer no se muere de hacerlo, y hasta puede que le gustara. Sin embargo, no fue así. Tuvimos que pegarle, maldita sea.

 Jesús fue el primero en pegar. Le dio un puñetazo directo en la cara. Alberto y yo nos miramos, esto era demasiado, pero al mismo tiempo, no podíamos arrepentirnos ahora. Temíamos. De las consecuencias, de Jesús.

3

El primero en subirse a Martha fue Alex. De algún modo todos respetábamos su lugar. Martha era, por decirlo de algún modo: su chica.

 No tardó demasiado, apenas unos nueve minutos, según calculo ahora, pero la espera fue tormentosa. No tanto por las ansias de pasar, sino por el miedo de que alguien nos descubriera en el acto. Cada segundo que pasaba podía ser el último. Tenía miedo, mucho miedo.

 Después pasé yo. Me subí al cuerpo inconsciente de Martha, y la penetré. Debo reconocer que no tenía idea de cómo hacerlo, me parecía que no lo lograría, pero algo, el instinto o yo qué sé, me guío, y pude hacerlo. Pobrecilla, aún soltaba un quejido de vez en cuando y su cara era la cara de alguien que sufre. Hacía muecas de dolor, aunque estaba seguro que no le dolía. Traté de hacerlo suave, para no lastimarla por dentro. Cuando me tocó, ya estaba sangrando. Algo dentro de mí me decía: detente, Alberto, no seas parte de esta infamia. Pero no hacía caso. Y mi mente: tú puedes detener esto, hacerles frente y salvar a una persona. Fui un cobarde. No tuve tiempo de pensar en lo que hacía, al final me corrí, y ya estaba hecho. No podía volver atrás el tiempo. Nadie puede volver atrás el tiempo.




7 comentarios:

  1. Impresionante relato, el narrador múltiple está usado con maestría, y el manejo de la tensión brillante. Sigan así chicos, el blog está de puta madre.

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  2. Qué belleza de narración y qué buena historia!!!!!!!!!!!

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  3. que buenas historias!

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  4. Siento que me faltó el relato final de Matha: La Condena. Va más de la mano de ser especifico en detalles de como ocurrió o pudo ocurrir y en el porque ocurrió... que en en el que ocurrió. (Tal vez derive de una experiencia real y por eso existe mas información del antes que del durante o el después, en mi opinión todo es importante)

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  5. buena narrativa...

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  6. Juan santiago Valenzuela Cisternas15 de octubre de 2012, 19:12

    DEL INICIO,LO ENCONTRE ,RAPIDO ,INTERESANTE , AGIL, INTRIGANTE, BUENA NARRATIVA.........EL..JUAN.......

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