lunes, 29 de octubre de 2012

No hay modo honesto de explicar esto.

No hay modo honesto de explicar esto. Catorce cigarrillos en una sentada. Ocho cervezas. Nueve cervezas. Diez, once, doce… Veinte cigarrillos. No hay modo honesto de explicar esto. Sin embargo, Deby quiere explicaciones. Quiere saber por qué. Alzo los hombros y destapo otra cerveza. Estamos en mi casa, el frigobar no sirve y la cerveza está caliente. No es la primera mujer que pide explicaciones. Si las tuviera, quizá no lo haría. Pero no las tengo, bebo y fumo, no me pregunto por qué. Deby insiste. No lo sé, digo, probablemente esto es como todo, uno hace cosas; las mujeres compran zapatos que no necesitan, al menos yo lo necesito. Deby dice que no lo necesito. Es igual, digo, nadie necesita explicarse nada.

 Hace cinco años que no miro a Deby, ahora nos reencontramos. Hace más de cinco años que bebo y Deby continúa preguntando por qué. Yo también tengo mis incógnitas, por ejemplo, ¿Por qué Deby nunca quiso acostarse conmigo? Se lo pregunto, de la nada, y responde que no lo sabe. Debes saberlo, digo yo, esas son cosas que siempre se saben. Deby calla. No hay mucho de que hablar después de la catorceava cerveza. Se levanta. Dice que irá al cuarto de baño. Asiento con la cabeza. Antes de que ella vuelva limpio la mesa. Recojo los envases y tiro las colillas de cigarro que hay en el cenicero. Es todo por esta noche. Catorce cervezas, veinticuatro cigarrillos y Deby en el cuarto de baño.

 Cuando sale me encuentra de pie. Nos miramos sin decir algo. Nos acercamos sin decir algo. Estamos tan cerca que podríamos besarnos. Podríamos hacerlo ahora mismo, sobre el sofá, o sobre el suelo. Pero no lo haremos; si no lo hicimos antes, mucho menos ahora. No hay modo honesto de explicar esto. Habría mucho que decir, pero todo sería mentira. Digo a Deby que la quiero. Acerco mi boca a la suya, pero me evita. Entonces beso su mejilla, que es lo único que ofrece, y repito que la quiero. Es todo por esta noche. Catorce cervezas, veinticuatro cigarrillos y un beso en la mejilla. En breve se irá. Bajará las escaleras, saldrá del edificio, se meterá a su coche y conducirá a su apartamento. En el camino pensará, probablemente, que hemos cambiado. No hemos cambiado nada. Yo bebo y ella no se acuesta conmigo, desde que teníamos veinte años.

 Deby anuncia que se va. Yo digo que está bien. Abro la puerta. Deby sale, y yo detrás. La llevo a la puerta del edificio y allí la despido, con otro beso en la mejilla. Ella dice que me quiere. Yo no digo nada, ya lo he dicho dos veces. La miro subir al coche y arrancar. Miro el coche que se va y regreso dentro. Cinco años de no vernos y aún no puede decir me quedo esta noche.

 Busco en la lacena, sé que debe estar en alguna parte. Hay muchas botellas, pero todas vacías. Sé que debe estar en alguna parte. Reviso uno por uno los estantes. Una por una las botellas, hasta que la encuentro. Una botella de whisky con la mitad llena. Suficiente para el resto de la noche.

 Me pongo un whisky en las rocas y voy a la sala. Me siento en el sofá y bebo. Pienso en Deby, en todo lo que pasó entre nosotros, que en realidad es nada. No puedo creerlo, que no haya pasado algo. Que todo pueda resumirse a nada. Es posible que por ello Deby no quiera acostarse conmigo, porque inclusos si se acostara, no pasaría nada. Yo seguiría bebiendo y ella seguiría siendo ella. Dicen que donde hubo fuego queda ceniza, pero entre nosotros nunca hubo fuego. Para acostarse con alguien debe haber algo.  No importa si es un acostón con una desconocida. Incluso allí debe haber algo. Llevo aferrado a la idea de Deby demasiados años, si eso no dignifica algo… Termino la copa y sirvo otra, sin ganas. He llegado al punto de beber por beber. Sirvo otro whiksy en las rocas y lo bebo despacio. ¿Hay un punto en que se bebe por algo? Si lo hay, yo no lo he encontrado. Beber es un vicio, como comprar zapatos, pero, de algún modo, mucho más honesto.

 Al amanecer despierto sobre el sofá. He terminado con la botella. No recuerdo haber terminado con la botella. Miro el reloj. Son las doce con treinta. Cojo el teléfono y llamo a Deby al trabajo. Luego que me la comunican, le digo que podríamos comer juntos, ahora que nos hemos rencontrado. Se excusa, dice que no puede. Digo que está bien, aunque no lo está. ¿Qué otra cosa podría decir? Cuelgo y me levanto. Estoy dispuesto a tomar la ducha.

 Mientras me ducho pienso, en mí, en mi vida. Es jueves, no tengo algo que hacer. Quizá por eso bebo, porque nunca tengo algo que hacer. Hay otra gente que no hace nada y no por ello bebe. Qué más da, me digo, yo bebo, y eso es todo.

 Cuando salgo de la ducha, suena el teléfono. Lo cojo. Es Deby. Dice que si lo prefiero, podemos cenar, saliendo del trabajo. Esto me entusiasma y se lo digo. Por supuesto, acepto.

2

Cuando Deby llega, tengo la cena lista: nuggets de pollo y cerveza. He tenido que comprar cerveza, con lo último que me queda de dinero. Veinte cervezas. También he comprado un par de cajetillas de Delicados. Deby no fuma, pero yo sí. Ahora estoy sin blanca, pero me importa poco. Deby está aquí, y cada que Deby viene, es una nueva batalla.

 Pasa y sonríe, le conmueve que la mesa esté servida. Antes que se siente, le estiro una flor. No sé que clase de flor, la he robado del jardín vecino, pero es algo. Deby ríe y comenta que soy un encanto. Un encanto con el que no te quieres acostar, pienso. Deja la flor sobre la mesa y toma asiento. Yo hago igual, tomo asiento. Comemos en silencio, no hay mucho que decir después de cinco años. Curioso, pero verdad.

 Deby habla, del trabajo, de sus padres, de cosas. Yo la miro y pienso que sí hubo fuego, que lo hay incluso ahora. La miro y siento que la quiero igual que la quisiera hace cinco años. Destapo una cerveza y no dejo de mirarla. De pronto dice que ha comprado mi libro y ha leído. Dice que soy un escritor estupendo. Alzo los hombros. Hago lo que puedo, digo. Dice que debería escribir una historia de nosotros. Toso, y digo que ya lo he hecho. No he llegado a esa parte del libro, dice riendo. No, digo yo, no está en el libro. Se decepciona. Todas las mujeres son iguales, pienso, sólo quieren leer historias donde salgan ellas. Pregunta si tengo la historia a la mano, quiere leer. Cojo un nugget y me lo llevo a la boca. Con la boca llena contesto que no, que es algo personal. Miento, he publicado esa historia ya hace tiempo.

 Deby coge el último de los nuggets. Lo tiene en la mano pero no lo come. Habla con él en la mano. Dice que ha tenido mucho trabajo. La han cambiado de departamento y ahora tiene responsabilidades fuertes. Siempre es así, cuando estamos a punto, cambia el tema. No logramos intimar. He dicho que la historia de Deby es personal, pero le importa poco. Ni siquiera insiste en leer. He dicho que no la tengo a la mano y eso basta para rendirla. Si hubiese insistido se lo hubiese mostrado. Bueno, digo yo, supongo que eso está bien, de algún modo. Deby se zampa el nugget y asiente. Está contenta, dice, ahora gana más dinero y puede pensar en coche nuevo.   Ya, digo yo. Y a todo esto, pregunta, ¿cómo te va ti con las ventas del libro? Bueno, respondo, tengo techo y tengo vicio. Es todo lo que pido en esta perra vida: techo y vicio. Deby sonríe, se levanta y lleva los trastos a la tarja. La dejo hacer, después de todo le importa poco cómo me vaya.

 Regresa de la cocina y destapa una cerveza. Ella bebe, pero poco. Además, no hay otra cosa. Sin embargo dice algo que me sorprende. ¿Sabes?, dice, esta noche tengo ganas de embriagarme. Lo dice animada. Pregunto por qué, ella no es así. Bueno, contesta, con todo el maldito estrés del trabajo… Ya, digo yo y brindo por ella. Deby brinda y se pega un trago largo de cerveza. El cabello se le mueve y eso me excita. También me excita la idea de que quiera emborracharse.

 Camina por la sala, como buscando algo. Lo encuentra. Mis viejos discos compactos. Revisa y coge uno. Lo hace sonar en el estéreo. Es un disco de Led Zeppelin. Elige la canción, es C´mon everybody y baila. Dios mío, si no quiere acostarse conmigo no debería hacer eso. Pero lo hace, y encima se descalza. Los zapatos de tacón negro quedan en medio de todo. No puedo controlarlo, me empalmo enseguida.  Deby viene del trabajo, así que viste una falda negra, corta, y debajo medias. El torso lo cubre con una blusa blanca, escotada y que deja ver el sostén, negro también, debajo. Debería estar prohibido presentarse así a la oficina. Sobre todo por la ventaja que esto representa. Una mujer como Deby, vestida así y que no sea vicepresidenta… Dios.

 Me instalo en el sofá, cerveza en mano, y la miro bailar. Cuando la pieza termina se deja caer sobre mí, como las estrellas de rock, que se dejan caer sobre el público. La tengo entre mis brazos, a Deby, y si esto no significa algo… Se levanta dentro de poco, ha sentido mi erección, y se alisa la falda. Vuelve a sí. El estéreo continúa sonando pero ya no baila. Ahora suena Heartbraker. Le digo que esa canción es suya, al menos el título. Ríe, dice que me deje de tontadas, que ella no ha roto el corazón de nadie. Bebo.

  Regresamos a la mesa y bebemos en serio. Deby bebe de una manera que no imaginaba. A tragos largos, uno tras otro, y ríe y dice cosas. Realmente planea emborracharse. Yo bebo despacio, no tengo intención de perder la cabeza antes que pueda decir a Deby lo que siento por ella. Enciendo un cigarrillo. Ofrezco uno a Deby, al fin viene con actitud nueva, quizá hasta quiera fumar. Lo rechaza, dice que no entiende cómo la gente puede fumar. Antes fumabas, le recuerdo. Es verdad, antes lo hacía, dice, pero dejé de hacerlo porque no entiendo. No hay que entender nada, digo, sólo se hace o no se hace, y eso es todo. No hay modo honesto de explicarlo. Calma los nervios, contiene nicotina, es socialmente aceptado, pavadas todas. Se fuma si quiere, y es todo. Pues yo no quiero, dice. Vale, digo yo, nadie te obliga a hacerlo.

 Aquí nos adentramos a una conversación pausada, casi melancólica. Nadie obliga a Deby a hacerlo. Nadie obliga a nadie a nada. Esto no evita los deseos. Yo quiero acostarme con ella, no importa si ella no lo desea. Es así. Ha sido así hace siete años. Ninguna mujer ha mantenido en mí el deseo de hacerlo más de dos semanas, excepto… Trato de explicarlo, de hacerle ver que entre nosotros hay fuego. Una cosa así debe ser fuego, algo. Deby escucha y bebe. Yo hablo pausado, me trabo, y no sé qué decir. No es la primera vez que hablamos de esto. Lo hemos hablado desde que teníamos veinte años, joder. Yo siento algo por Deby y ella… bueno, ella dice que me quiere. Nos hemos besado antes, y lo haremos ahora. Es algo que se sabe. La bebida, el baile, no pueden pasar sobre una mujer sin hacer nada. Deby lo siente, estoy seguro. Me levanto de la mesa y me acerco a ella. No se mueve, no dice nada. Me acerco y le beso el pelo. Me deja hacer. Nos queremos, no importa si nos acostamos o no, somos amigos y hay algo. Le beso el cuello y se deja. Le beso la boca y me besa. Nos estamos besando, pienso. En el estéreo suena White summer.

 Esta puede ser la batalla ganada, pienso al tiempo que la beso y la acaricio. También pienso que no se gana nada. ¿Por qué tanto afán de acostarse con una mujer? Mujeres hay muchas. No comprendo esa fuerza que nos hace inclinarnos por una. Lo mismo podría estar ahora con otra. Con una que se dejase sin más.

 3

Deby está allí, de pie, con las tetas de fuera. Nos hemos besado y le he quitado la blusa y el sostén. Le he metido mano pero ha pedido que pare. El disco ha parado también. Hay silencio y yo no entiendo nada. Deby luce como alguien que está a punto de llorar. Deby no es virgen, lo sé. ¿Entonces? ¿Es que soy tan malo para esta mujer? Los siento, dice, pero no puedo hacerlo, no soy plato de segunda mesa.

 Ahora lo entiendo todo, es eso. Hace seis años me dijo lo mismo porque me declaré a ella, pero acabé saliendo con otra mujer. Cuando terminé con la otra, pedí a Deby que intentáramos salir.  No soy plato de segunda mesa, dijo. Dios, dije, ¿no has superado aquello? Era mi mejor amiga, dice. Es cierto, la otra mujer era amiga de Deby y yo la cagué. Todo este tiempo ha guardo rencor en su corazón. El orgullo no la ha dejado crecer.

 Deby se cubre, se sienta sobre el sofá. Yo me siento a su lado y acaricio su pierna. Venga, le digo, sácalo todo. ¿Soy un hijo de puta? No lo sé, dice, no hay modo honesto de explicar esto.



16 comentarios:

  1. MUY BUENO ,NO HAY EXPLICACION .....

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  2. Deborah Sofia Bonelly29 de octubre de 2012, 20:20

    Buen relato.

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  3. Deborah Sofia Bonelly29 de octubre de 2012, 20:20

    Les recomiendo que lo lean.

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  4. Interesante, con un final sorpresivo.

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  5. yo creo que son problemas guardados

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  6. Adelante con tu proyecto ...

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  7. Ésta estuvo excelente. felicitaciones!

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  8. Conociendo a las mujeres es un final bastante previsible. La mujer no olvida jamas y espera una eternidad para tomarse la revancha donde mas duele.

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  9. Maria Isabel Perez Rivera30 de octubre de 2012, 11:43

    gracias es hermoso suerte <3

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  10. Pues a mí me parece que más honestamente no se puede..-

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  11. wow!! excelente, no hay modo honesto de explicar esto...

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  12. El elemento suspenso está muy bien utilizado en el relato. Felicitaciones.

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  13. Quedó bien...hasta creo que ha pasado en la realidad.

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  14. Excelente, historia: no hay nada más grato que leer algo que siempre he querido hacer y que hasta el momento no logro crearlo. Mientras tanto seguiré fumando mientras todo pasa...

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