viernes, 26 de octubre de 2012

Lo que salió de mí.



Texto por: Roberto Araque


Intentaba escribir un relato. Hice de todo, sin embargo, después de cuatro horas la hoja permanecía intacta. Decidí salir del cuarto e ir al baño. Me desnudé y me senté sobre el poceta (retrete) para dejar fluir mis ideas. No sé si es raro, pero allí me relajo; mis mejores cuentos los he escrito sobre la poceta – tu olorcito apesta, el llamado que me suena a peo, me cago en tu puta mierda perra o ¿qué coño le pasa a tu culo que se anda regalando?-. Eso sólo lo hago en casos de emergencia, aquella era una; tenía un mes sin publicar y como vivo de lo que escribo mi situación económica era crítica. 

 Tomé el lápiz, el papel, un pedazo de cartón y decidí escribir las primeras palabras de mi nueva obra – para ese entonces-. Nada. Ni una palabra. Mi mente estaba bloqueada. Luego, no sé si por costumbre o porque estuve como una media hora sentado sobre la poceta, me dio por cagar. Cagué. Mientras lo hacía surgió una idea maravillosa y horrenda al mismo tiempo. En un primer momento la deseché por considerarla grotesca, era un tema que nunca había explorado. Después recapacité, tal vez no era tan mala. Sólo debía darle un enfoque literario para hacerla digerible. Sin embargo, tenía dudas. En todo caso, era mejor que nada. Si me aparecía en la editorial con el relato lo podrían rechazar, pero me daba la excusa perfecta para pedir un adelanto. Necesitaba el dinero porque ni una cervecita me había tomado desde que Petrozza – uno de mis compinches de farra- vomitó sobre las tetas de Susan – otra de mis compinches -, eso fue hace como dos meses antes de publicar el relato del que hablo. La falta de alcohol me impulsó o me dio el valor para continuar con mi proyecto. Eran las 6:00 de la mañana, debía entregar un relato de 20 páginas a las 7:00 am. El editor, el viejo Irán – así  le decían los colegas de redacción-, era un tipo muy puntual y rencoroso; cuando un escritor se ganaba su desprecio nunca más se volvía a saber de él. Y el viejo esperaba mi relato. Varias veces me había advertido lo que sucedería si no le entregaba un relato para la fecha acordada. Estaba en su lista negra. Como eso era lo único que tenía en la cabeza me dispuse a desarrollar la idea, la cual era genial, pero el asunto era cómo iba a plantear el tema sin terminar con un cuento que tronchara mi carrera de escritor. Eso me asustaba un poco. Justo cuando todo estaba mejorando suceden cosas como estas; hace dos meses recibí el premio nacional de literatura por un relato - ¿qué coño le pasa a tu culo que se anda regalando?-, ahora estaba contra las cuerdas a punto de perder mi empleo. Me había costado mucho encontrar una revista que pagase lo justo por mis relatos. Podía perder todo por lo que había luchado, pero no tenía nada más y el plazo se había agotado. Me lamenté por las horas perdidas y por el dinero despilfarrado en ron y putas. Pero ya nada se podía hacer, sólo tenía que escribir. Aunque después de todo no era tan malo, sólo debía concéntrame.

 Lo primero que hice fue establecer las pautas; en mi relato no habría más que tres o cuatro personajes, no habría muchos diálogos y la acción transcurriría en diversos escenarios, pero sin describirlos. En la primera parte de mi relato narraría lo que le sucede a la mierda cuando está en el retrete y nadie baja la perilla; sería como una metáfora del aborto o el devenir de huérfano. El concepto era sencillo y brutal, ningún escritor lo había abordado – según mi conocimiento-. Me gustó tanto la imagen que le dediqué el relato a mi novia Daniela que estaba en Francia. Tenía meses que no la veía, pero todas las noches la llamaba para recordar el tonito agudo de su voz. La extrañaba, pero ella parecía cada vez más distante. Como una luz que titila antes de apagarse o el eco que pareciese que se aleja por cada zumbido, ella terminaría conmigo; por eso las relaciones a distancias no funcionan.
Comencé el cuento, lo llamé: Todo lo que sale del hueco ubicado al final de tu raja es poesía para mis ojos. Como se me hacía difícil imaginar una plasta en el retrete, me levanté y observé el pedazo de mierda que había expulsado. Lo detallé; era marroncito, ni tan grande ni tan pequeño, de forma tubular con una punta redondeada y dura, la otra me recordaba a la cúspide de una barquilla, de contextura pastosa como un la mezcla de un pastel de frutas antes de hornear y tenía unos trocitos negros sobre su superficie que parecían chispas de chocolate - en ese instante recordé que me había comido un plato de caraotas  (frijoles negros) la noche anterior-. La luz que se filtraba a través de la ventana de mi baño daba justamente sobre el hueco del retrete, en ciertos instantes el agua irradiaba destellos de luz que me hacían parpadear, no obstante, a la imagen le faltaba algo. Se veía muy opaca, faltaba colorido. Oriné por un borde de la poceta para que el chorro no dañara el mojón – trozo de mierda-. Ya estaba, el color amarillento de mi orina otorgaba una gama de colores bien definido. A medida que se desasía el mojón se mezclaba con el amarillo y todo se volvía como un claro oscuro que iba desde el blanco hasta el marrón, pasaba por una fase intermedia que era el amarillo en diferentes tonalidades. Me pareció hermoso así que busqué la cámara fotográfica para inmortalizar el momento. Tomé una foto, la imprimí y la llamé: el mojón estrellado. Le coloqué ese nombre porque me recordó a un cuadro de Van Gogh. 

 En ese instante comencé a escribir, lo hacía como un caballo desbocado. Las palabras surgían de mi mente tan rápido que apenas podía llevar el ritmo. Todo resultó magnifico. En el cuento describí hasta el más mínimo detalle del proceso de defecar. Luego qué ocurre con la mierda cuando está en el retrete, hasta cuando desaparece de la vista de su progenitor. En la segunda parte del cuento, desarrollé la historia de un hombre que estaba profundamente enamorado de su mujer, la cual muere en un incendio cuando cuidaba de su hijo en casa. Todo se calcina. Fue tan voraz el incendio que los cadáveres se evaporaron. La única cosa que se salvó fue un pedazo de mierda que estaba en el retrete. El hombre lo toma y se aferra a él como el único recuerdo de su pasado – de su mujer en este caso-. Lo coloca en un frasco y lo lleva consigo para todos lados; viaja con él para la playa, la montaña, los Alpes suizos –las vacaciones soñadas por su esposa muerta- y lo lleva a cenas románticas a luz de luna. 

 El clímax del relato llega cuando una noche el hombre borracho, adolorido y desquiciado, se traga el mojón para fundirse con lo único que quedaba de su mujer; después se bañó con gasolina y ya sabrán lo que pasó.  Cuando lo terminé me sentí tan complacido que ni siquiera lo corregí. Lo que me pareció extraño es que no tenía ni un error. Resultaba gratificante estar junto a mi obra, pero, como suele suceder después de un gran desgaste, necesitaba comer, además debía entregar el relato a la editorial. Pensaba en cobrar mi pago, era lo que más me entusiasmaba. Fui a la cocina a preparar mi desayuno con lo único que había en la despensa; carne, un pedazo de arepa y queso. Cuando comía observé una cosita marrón pegada a mi mano, pero recordé que no me había limpiado el culo por lo tanto debía tener las manos sin suciedad. Esa cosita marrón que estaba en mi comida era un trozo de arepa con carne molida de la noche anterior, creo que era eso. Eso no tuvo importancia, pero si me puso a pensar; por largo tiempo me había tragado cosas, ahora con este relato las expulsaba y me sentía aliviado.  Después de comer me coloqué unos pantalones, una franelilla y con unas sandalias rosadas me dirigí a la editorial.

 Al llegar pude ver que el viejo Irán estaba en su oficina. Cuando me distinguió fue a mi encuentro y dijo unas cuantas cosas que no recuerdo, luego pidió el relato. Le expliqué que no era gran cosa, pero había puesto gran esmero en esta obra en particular. El apenas leyó las primeras cuatro páginas se detuvo, me miró perplejo y preguntó:

-¿Qué es esto?-
- Mi relato.- Respondí.
-Es…Es…No puedo expresar mi sorpresa. Esto es… ¡Genial!-
- Gracias-
- Vaya que es una obra maestra. Chico eres un genio. Te daría un abrazo, pero hueles raro. Imagino que es porque sólo te dedicas a escribir. No deberías descuidarte tanto. Sé que eres un bohemio, pero la imagen importa, también la higiene.-
-Sí, señor. Gracias por el consejo.
- Mira. Vamos a hacer algo. Anda a tu casa, te duchas, comes, descansas y en la noche te vas a mi casa, tenemos que celebrar. No lo terminaré de leer, lo enviaré directo a redacción. Lo publicarán mañana.-

 Regresé a casa exaltado y de inmediato me dirigí al baño. Allí estaba mi musa dispuesta en el retrete, aunque no como lo había dejado; ya no quedaba mucho de ella en estado sólido. Lamentablemente era el momento de la partida, pero no tuve el valor. No bajé la perilla, lo dejé allí para que se terminara de disolver en el agua. El olor era nauseabundo, pero la imagen resultaba hermosa. Me detuve a contemplarla y le tomé varias fotografías como gesto de despedida.

 Al día siguiente se publicó el relato tal y como había prometido el Señor Irán. No asistí a la reunión porque me encontraba cansado. Ya en la tarde mi teléfono no paró de sonar. Muchas personas me llamaban para felicitarme por tan buen relato, otros lanzaban una crítica, sin embargo, no pasó desapercibido. En todas las personas generó un impacto enorme, para bien o para mal. Por meses  se habló de de otro premio nacional y, quizá, un viaje a Estocolmo. Desde que se publicó se han hecho como 200 ensayos de mi relato, psicólogos, psiquiatras hasta religiosos se han pronunciado, por allí hay un libro que te explica cómo analizar Todo lo que sale del hueco ubicado al final de tu raja es poesía para mis ojos, no lo he leído. 

 Me invitaron de cinco universidades para explicar el relato, sin embargo, hasta ahora he rechazado sus peticiones. Durante esos días hice arte con toda la mierda que expulsaba, a la gente le gustó – aún le gusta-pero eso no me quita el sueño. Lo que sí me preocupa es que en estos tres meses aún no he bajado la perilla de la poceta, tampoco he limpiado el baño, y Daniela viene este fin de semana, decidió venir a vivir conmigo.



Texto por: Roberto Araque




2 comentarios:

  1. cada quien escribe donde se sienta a gusto!

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  2. Gracias. Thays Sanchez. Nadie ha dejado comentarios, así que supongo que los ha dejado boquiabiertos mi relato jejeje En sí los escritores sacamos todo lo que llevamos dentro y lo plasmamos en un papel. Todo eso que nos corroe - toda la mierda- tenemos que sacarlo porque sino nos volvemos locos. Y no soy el único que lo dice....

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