lunes, 15 de octubre de 2012

Después de todo era cosa suya.


A Julia M. 

La última vez que la vi, fue en el cuarto de baño de la casa de Martin Petrozza. Había ido a visitar a mi viejo amigo, y lo primero que hice fue pedir permiso de entrar al baño. Petrozza dijo que sí, sin ganas, pero no advirtió que dentro estaba ella. Quizá él tampoco sabía que estaba dentro; llevaba unos días hospedad en cada de Martin y bueno, como él mismo dijo, no la andaba vigilando a cada rato. Abrí la puerta del cuarto, y allí estaba ella, sentada en el excusado, con las pantaletas debajo, la cabeza metida entre los brazos. No gritó ni dijo nada. Lloraba. Llamé a Petrozza y ambos nos paramos en la puerta, y ella no decía nada.

 Luego de eso no volvía verla, porque aquella tarde me cité con Estela, allí, en casa de Petrozza, y justo cuando se limpió  la cara e iba a decir algo, sonó mi teléfono. Era Estala, que no sabía cómo llegar a casa de Petrozza y tuve que recogerla en Calzada de Tlalpan. Es decir, tuve que salir de allí inmediatamente.

 Cuando regresé, se había ido. Pregunté a Petrozza qué había sido de ella. Alzó los hombros y dijo: se fue. Estela y Petrozza se saludaron (después de aquella borrachera  eran amigos). Acto seguido, Estela preguntó si hablábamos de Julia. Asentí con la cabeza y le conté: la encontramos llorando en el baño, y… se ha ido, completó Petrozza, y yo no lo podía creer. Tampoco creía que Petrozza la hubiese dejado ir así como así. Estela me echó una mirada, cómo diciendo ¿por qué lo hizo?

  Nos sentamos en la sala, que era un solo sillón, Estela y yo. Petrozza tomó asiento en una silla, frente a nosotros, y encendió un cigarrillo. Fumaba tranquilo, como si ver llorar a Julia no le impresionara. Supuse que la habría visto llorar un montón de veces; es cierto que Julia últimamente andaba triste. El caso es que fuimos allí precisamente para ver a Julia, y ahora no estaba. Peor aún, Petrozza lucía sin humor de hablar.

 A los pocos minutos tocaron la puerta. Era Guillermo, que también había quedado en casa de Martin para ver a Julia. Todos sabíamos que estaba allí, que llevaba tres días o así, y deseábamos ayudarla. Guillermo entró, nos saludó, y se sentó en el piso (ya no había más mobiliario). Entonces Petrozza fue a la cocina, y desde allí gritó si apetecíamos un trago. Guillermo hizo una mueca, dudando, y finalmente dijo bueno, pues sí. Yo grité que lo mismo y Estela me susurró que pidiera por ella un vaso con agua. Lo hice, pero Petrozza gritó que no tenía agua. Regresó de la cocina con cuatro cervezas. Nos dio una a cada uno, incluida Estela, y le dijo: una no es ninguna. 

 Bebimos sin hablar. Nadie deseaba, en el fondo, hablar de Julia. Es algo de lo que habíamos hablado muchas veces, y la verdad, cansaba. Siempre era el mismo cuento, el cuento del suicidio. La muerte siempre está más cerca de lo que uno cree. Llevamos tantos años evitando el tema de la muerte, que cuando alguien anuncia que se quitará la vida, no sabemos qué hacer. Sin embargo, mucha gente se quita la vida. Julia no sería la primera en el mundo. Incluso Petrozza lo intentó, eso de quitarse la vida, no hace mucho. Pero es distinto, Petrozza no lo anunció, no mintió. Un buen día tuvimos que ir al hospital porque se había vaciado un bote de medicinas. Cómo sobrevivió es un milagro. Cuando pensamos en ello, sólo decimos: hierba mala nunca muere. Pero Petrozza no es una hierba, y las hierbas malas también mueren. Ahora Julia, que lo había anunciado decenas de veces, jamás había dado el paso. La teoría de Petrozza era que jamás lo haría, que alguien que amenaza es como el perro que ladra, pero no muerde. No podía negar que en todo caso, Petrozza era el más experimentado de nosotros en aquellos menesteres. Lo que no quita que me preocupase como si la muerte de Julia fuese el fin del mundo. La quería, de algún modo; y además, no es necesario querer para acongojarse por alguien que está a punto de morir.

 En algún momento llamó Verónica, al móvil de Guillermo. Éste contesto, y supimos que era ella porque antes de hacerlo, susurró: es Vero. Escuchamos la llamada, atentos. Sólo pudimos recoger algunos monosílabos de Guillermo, afirmativos y negativos, y las palabras bueno, bien, gracias y bye. Cuando terminó la llamada, Estela se lanzó sobre él preguntando qué había dicho. Guillermo respondió que nada, que sólo preguntó si estábamos allí (en casa de Petrozza), y que no podría venir. A nadie sorprendió, ya lo esperábamos, y ahora que Julia se había ido, no tenía caso que viniera ni ella ni nadie.

2

Estela puso la cerveza en la mesa de centro, y dijo que no podíamos perder el tiempo (estaba nerviosa). Propuso salir, cómo es que podíamos quedarnos allí bebiendo y con los brazos cruzados, buscar a Julia e impedir que cometiese alguna estupidez. Siempre que alguno se refería al suicidio preferiría los eufemismos, cometer alguna estupidez, hacer una locura, perder la cabeza, etc. El único que hablaba franco era Petrozza. Dijo: no me jodas, no la encontraremos, y además, no va a pegarse un tiro en la cabeza, sobre todo porque no tiene con qué. Guillermo rio (de nervios), y comentó que no sólo podía pegarse un tiro, sino aventarse a las vías del Metro. No hay ningún Metro cerca, dijo Petrozza, para cuando llegue a alguno, estará tranquila. Esas cosas pueden hacerse sólo en un momento, un instante preciso en que se pierde la razón, pero para ello hay que estar de humor, y uno puede estar de humor si al mismo tiempo teme. No hay que temer para quitarse la vida, y Julia teme todo el tiempo. Acto seguido, bebió un largo y lento trago de cerveza. Nadie dijo nada. Yo no lo hice porque no tenía nada que decir, en cierto modo Petrozza tenía razón; en el fondo de mí, deseaba que tuviese razón.

 El ambiente era de tensión, excepto por Martin, que lucía tan tranquilo como si Julia hubiese dicho voy a la tienda, regreso. Julia no era amiga nuestra, pero nos atormentaba saber que una persona a la que conocíamos, podía… cometer una locura. Julia era amante de Petrozza, de hace una par de semanas, y desde que la conoció ella estaba con el rollo de no soportar la vida. La conocimos todos, el mismo día, en que fuimos a beber a la cantina Jalisciense del centro de Tlalpan. Petrozza fue el primero en verla, o el primero en prestarle atención. La señaló y dijo: esas es la mía. A primera vista Julia ya anunciaba su desequilibrio. Iba vestida toda de negro, y maquilada de negro. Era rubia, y era guapa, y bebía sola. Petrozza se levantó, la invitó a beber con nosotros. No sé porque aceptó; desde el inicio nos platicó que no tenía amigos, que odiaba a la gente, y que no tenía sueños de vida. Hablaba poco y siempre que lo hacía era sobre lo mucho que odiaba algo: el sistema, la música de moda, las chicas bonitas y bobas, y sobre todo a las personas. Petrozza estuvo de acuerdo, notoriamente para ligar, y comentó que él odiaba al ser humano tanto como ella. No mentía, nos lo había dicho antes, pero ahora exageraba para gradar a Julia. Bebimos un  de copas, y en algún momento Petrozza anunció que iría a fumar fuera. Julia, para su fortuna, también fumaba, así que salió con él, que le invitó un cigarro. Tardaron demasiado, más de lo que dura un Delciados, y cuando regresaron a la mesa, reían. Reían mucho; Julia dijo que Petrozza era el único que podía hacerla reír en este mundo de porquería. Es decir, hubo algo. Entre ellos, y todos supimos que nuestro amigo lo lograría.
 Guillermo terminó con la cerveza y fue a la cocina por otra. Desde allí preguntó si queríamos más, y todos aceptamos, menos Estela, que no podía acabarse ni la primera. Estaba muy consternada. Me susurró un par de veces que fuésemos (ella y yo) a buscar a Julia. Yo contestaba, que no, que no tenía caso. No la encontraríamos.

 Al poco tiempo nos enteramos que Petrozza estaba saliendo con ella, y a todos nos alegó porque Julia realmente parecía necesitar a alguien. A alguien como Petrozza, que no la tomara por loca y la comprendiera en su odio por todo. Así fue como salimos un par de veces más con él y con ella. A beber, en casa de Petrozza. Las veladas con Julia siempre fueron oscuras. Hacía sonar en el estéreo grupos de rock depresivo, y recitaba poemas de Baudelaire. Cuando bebía de más, se ausentaba. Estaba allí, sentada con nosotros, pero ida; pensando en quien sabe qué cosas. Luego, de la nada, gritaba que había demasiado ruido, que por amor a Dios calláramos. Creo que fueron estos desplantes los que hicieron que dejáramos de salir con ella. A nadie apetecía callarse sólo porque Julia estaba mal. Se metía a la habitación de Petrozza y se encerraba. Petrozza iba con ella, ve tú a saber a qué, y salía en unos diez minutos a con nosotros. Se sentaba y cuando preguntábamos qué tenía, decía que nada, que la dejáramos en paz. La velada seguía normal, pero era molesto soportar las crisis de una desconocida. Sin embargo, ahora no podíamos quitarnos de encima la culpa de la depresión de Julia. No éramos culpables, pero tanto peca el que comete el delito, como el que lo ve y no dice nada.

 Estela se levantó. Nos grito que éramos desalmados, que una persona estaba allá fuera, pensando en…en ya saben en qué, dijo, y nosotros bebiendo como si no pasara nada. Tuve que levantarme y abrazarla, decirle que Petrozza tenía razón, que no haría nada malo. Pero estela estaba alterada, me quitó de encima de ella y abrió la puerta. Gritó: iré con ustedes o sin ustedes. Esperó un par de segundos, a ver qué reacción tomábamos. Petrozza bebió, no dijo nada. Dando a entender que le importaba poco. Guillermo pestañeó y miró a Petrozza. No obtuvo respuesta. Luego me miró a mí, que debí tener cara de súplica. Trató de calmar a Estela diciendo que ya había pasado mucho tiempo, que encontrarla era como encontrar una aguja en un pajal: imposible. Estela me miró. Conocía aquella mirada, así que salí con ella.

3

Ella era la que me arrastraba. Salimos a la calle, y dije: bueno, ¿por dónde quieres empezar? Estela no dijo nada, echó a andar en alguna dirección, y yo seguí detrás, maldiciendo mi suerte, porque siendo sinceros, no tenía la mínima esperanza de dar con Julia.

 Cuando Petrozza nos advirtió que Julia estaba quedándose con él, dejamos de ir a visitarlo. Julia siempre estaba en ese humor negro y extraño, no sé cómo Petrozza podía soportarla todo el tiempo, pero también pensaba que ese cabrón era capaz de soportarlo todo con tal de acostarse con una mujer.

 Peinamos la zona, caminado entre todas las calles, sin éxito. No sé qué mosca le picó a Estela, se lo tomaba muy en serio, eso de buscar y salvar a una persona. Es muy probable que no hiciera nada, como decía Petrozza. Petrozza nos platicó de cómo una vez, en casa suya, Julia se puso muy mal. Comenzó a llorar y a decir que iba a matarse. Le preguntamos por qué no llamó en ese momento, pero dijo, tranquilo, que no creía que lo hiciera. La crisis le vino durante la ducha. Ella y Petrozza habían echo el amor, y Julia tomó una ducha. Petrozza estaba fuera y entró porque la escuchó aventar cosas. Aventó la crema para el cuerpo, el envase de champú y todas las cosas. Rompió el espejo de baño, y cuando él entro ella estaba echada, llorando, en el suelo, con el chorro de agua cayéndole encima. Petrozza no se inmutó, encendió un cigarrillo desde la puerta del cuarto de baño, y le dijo qué había olvidado aventar la pasta dental. Julia no rio, iba en serio. Pero Petrozza no quería caer en el juego. Se acercó a ella y la levantó. Cerró las llaves del agua y le dijo que con él no iba a jugar a la niña incomprendida, si quería matarse ya podía hacerlo. Él mismo cogió un vidrio, de los que estaban en el suelo, y se lo estiró. Le dijo: anda, si quieres matarte, mátate, me importa un carajo. Esto hizo regresar a Julia a sus cabales. Abrazó a Petrozza con todas sus fuerzas y lloró a moco tendido. Luego de eso, pasaron unos días de tranquilidad. Julia estaba de buen humor y no hablaba más de quitarse la vida.

 Caminamos unos cuarenta minutos, metiéndonos en todas las calles que según Estela Julia pudo tomar. Hasta que me di por vencido, le pedí que descansáramos. Estela debió estar cansada también porque aceptó sin decir nada. Nos sentamos en una banca de parque. La abracé y le pedí perdón. Confesé que yo deseaba salir también, pero con mis amigos allí, tan apáticos… no sé. Le hice ver que ella era buena, que su bondad superaba por mucho a la mía y la de Petrozza y Guillermo, pero que no podíamos hacer nada. Estela se echó a llorar sobre mi hombro.

 La segunda escena fue un día en que Julia llegó a casa de su amante, totalmente drogada. Petrozza la recibió y le preparó café. Julia no hablaba. Se dejaba hacer. La sentó en el sofá y le estiró una taza con café. Julia dio un sorbo, pero luego aventó la taza. Quemó al bueno de Petrozza, en la pierna, y éste gritó que ya estaba bien de pendejadas. Deseó pegarle, por la quemada, pero se contuvo y la abrazó. Estuvieron así un rato. Abrazados. Julia llorando y Petrozza sobándole la espalda y susurrando que todo estaba bien, que ya había pasado. Entonces nos llamó, a Guillermo, a Verónica y a mí. Dijo que ya no soportaba a esta mujer, que un día sería él el que se quitase la vida para zafarse de Julia. Lo que es yo, lo calmé. Le dije que entendiera, que Julia estaba un poco loca, y que debía alejarse de ella poco a poco. En el instante siguiente me arrepentí. No debía alejarse ahora, eso es lo que menos necesitaba alguien como Julia. Así que le propuse que todos fuésemos a hablar con ella, a consolarla y hacerle ver que podía tener amigos en nosotros. Estuvo de acuerdo, porque, vamos… Petrozza es bueno el fondo, a pesar de su apatía. Así fue como aquel día llegamos todos (dejando a un lado a Verónica, que no llegó).

 Estela dejó de llorar y se calmó. Cuando estuvo bien le sugerí que regresáramos, ya habíamos hecho todo lo que podíamos hacer.

4

Una vez de regreso, Petrozza y Guillermo seguían bebiendo. Ahora hablaban, pero no de Julia, sino de cualquier cosa, como amigos, como si Julia no existiese.

 Guillermo nos preguntó si habías dado con ella. Estela no contestó, era obvio. Yo dije que no, y alcé los hombros. Espero que esté bien, fue todo lo que Guillermo pudo decir, y se echó un trago de cerveza. Habían bebido bastante, sobre la mesa y sobre el suelo había al menos quince latas de cerveza. Y en el sofá, un seis de Tecates nuevo. O sea, que habían salido, a la tienda, y habían comprado. Cuando Estela lo miró, dijo: no lo puedo creer.

 Rendido, bebí con ellos y hablé de cosas. No mencionamos a Julia en todo ese tiempo, hasta que, de improvisó, sonó el móvil de Petrozza. Lo dejó sonar un tiempo. Es Julia, dijo riendo, como diciendo: se los dije, no haría nada. Estela le gritó que contestara. Contestó, por la orden de estal más que por ganas. Todos paramos la oreja, deseábamos saber qué había pasado, dónde estaba y si estaba bien. Al menos, estaba viva.

 Petrozza se levantó y fue a la cocina, por instinto, pero también porque no quería que escucháramos. Sin embargo lo hicimos, las paredes de una casa no son tan fuertes como los gritos de Petrozza. Le escuchamos gritar ¡no quiero saber nada más de ti, ya te pueden dar por culo! Todos nos miramos, y dejamos de hacerlo, para mirar a Petrozza, cuando regresó a la sala. ¿Y bien?, preguntó Guillermo. Pues nada, respondió Petrozza, la he mandado al diablo. Estela brincó, dijo que cómo pudo. Petrozza se defendió diciendo que él no era su ángel de la guarda. Hubo un silencio, ni Guillermo ni yo deseábamos contrariarlo, después de todo era cosa suya.



6 comentarios:

  1. LA LOCURA ES MI ESTADO NORMAL : EL PINTOR DEL BARRIO ABAJO EFRAIN CORTES !!!!
    UN POCO DE PAZ A LOS ESPIRITUS : MARAVILLOSAMENTE FABULOSO !!!!

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  2. un nuevo escrito que me deja como siempre con ganas de saber mas, felicidades sigan escrbiendo!

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  3. bello,comienza bien el cuento.Me gusta .gracias por compartir.

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  4. Me quedé con ganas de conocer el chisme completo...

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