lunes, 8 de octubre de 2012

¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!


A Javier F.

En realidad yo nunca había necesitado un auto. En primer lugar porque disfrutaba de mis caminatas por la ciudad; y en segundo, porque yo no era un tío capacitado para tener uno. Lo perdería en la primera aparcada, no sabría arreglarlo, y además, la mayor parte del tiempo iba bebido. Bastarían dos días para que me encarcelaran por manejar en estado etílico. Por si fuera poco, nos mudamos a la colonia Roma (Simona y yo) y todo quedaba a unas cuantas cuadras: el restaurante, el centro comercial, el mercado… y los más importante: el bar. Definitivamente, yo no necesitaba un auto.

 Todo esto lo sabían de sobra mis amigos, quienes nunca obtuvieron algo positivo de sus insistencias. Decían: vamos, Petrozza, es tiempo de que compres un coche. Esto no lo decían con base en razones lógicas; sencillamente se pensaban que uno no puede tener veintisiete años y andar a pie. El sueño de todos ellos era comprar un departamento, pero antes, un coche. La mayoría lo habían logrado gracias a los créditos, y en parte, esclavizándose en un empleo para pagar esos créditos. A mí me parecía descabellado. No iba a coger un empleo y todo eso. Sin embargo, ellos pensaban que yo estaba loco. Sobre todo cuando les gritaba que me dejaran en paz, que no necesitaba un maldito coche.

 El colmo de todo este rollo fue Alberto, hijo de puta, quien no sólo se pensaba que yo necesitaba un coche, sino que él necesitaba cambiar el suyo. Por uno más nuevo. El que tenía era una vieja lata del 95.

 Llamó una tarde y me invitó a Tres gallos, un barecillo en la Glorieta de los Insurgentes (desde que me mudé acá no dejaba de ir allí). Bueno, el caso es que llegó en su viejo Shadow, color gris, y me lo mostró. Antes de ir al bar pasó por mí, a mi casa, y una vez abajo, en la calle, donde aparcó, me hizo que mirara dentro. Yo no entendía, pero miré. Dijo: es un buen auto, ¿no lo crees? Ya, dije, pues supongo. Tiene aire acondicionado, dijo. Bien, dije. Es amplio, ¿no lo crees?, preguntó. Asentí con la cabeza; la verdad, me importaba un carajo, ¿qué tan amplio puede ser un coche amplio? Luego me hizo ver el portaequipaje. Me llevó atrás y abrió la tapa del portaequipaje. Dentro había una maleta. Herramienta, dijo. Yo lo miré extrañado. Antes de que pudiera decir otra cosa, comentó que no me preocupara, lo que es él, jamás había tenido que hacer uso de la herramienta. Ya, dije. Lo siguiente que hizo fue mostrarme los neumáticos. Dio una patadita a uno de ellos, el trasero de lado derecho, y dijo: los cambié hace dos meses, tendrías llantas para cuatro años. Eso me alarmó, que dijera tendrías, pero no quise pensar mal. Me hizo mirar la pintura, no tenía un solo rayón y lo hizo notar. Ya me estaba cansado de mirar. Nunca había mirado un coche más de cinco segundos. Para mí todos eran el mismo traste. Finalmente abrió el cofre y me mostró el motor. Olvídalo, dije, no hay nada que yo pueda entender de un motor. Es igual, dijo, lo único que debes saber es que esto que ves es un motor de verdad, no como los que hacen ahora, ¿sabes? Bueno, dije, pues no, en realidad no lo sé. Confía en mí, dijo y me palmeó la espalda al tiempo que ambos mirábamos esa cosa. No dijo nada más, y estuvo bien porque de seguir lo hubiese mandado al diablo.

 Luego de aquel absurdo fuimos al bar, caminando, ya que advertí que no estaba más lejos de cuatro cuadras, y además, allá no habría donde aparcar. Alberto no estuvo de acuerdo, dijo que le interesaba que sintiera el motor. Este cabronazo quería que yo condujera, para que creyera en su palabra de que el auto era bueno, y que no se calentaba. Me negué rotundamente, casi a gritos. Dije que si había venido a hacerme perder el tiempo con esto, ya podía irse; yo iría a Tres gallos a beber unas cervezas. Está bien, está bien, dijo, vamos.

2

Una vez en Tres Gallos hablamos poco. Alberto andaba de un humor extraño. Deseaba decirme algo, podía sentirlo, pero no lucía atrevido de hacerlo. Había acabado la primera ronda, y tuve que animarlo (cosa de la que me arrepentí). Venga, le dije, ¿hay algo que quieras decirme? Alberto hizo una mueca, como diciendo: sí… pero… no estoy seguro que te vaya a gustar. Alcé la mano para llamar a Sergio, el mesero del bar, y ordenar un par de cervezas más. Cuando las trajo di un trago, dije a Alberto: venga, ¿qué es eso que traes atorado en la boca?

 No debí saberlo. Si lo hubiese sospechado, Dios. Alberto salió con el cuento de que estaba pensando en comprar un coche nuevo. Joder, dije yo, pero si ya tienes uno, ¿qué no?, y está bueno, como tú mismo dices. Alberto asintió, y agregó que eso era cierto, pero… no sé, dijo, creo que es tiempo de cambiar. Eso está bien, dije, lo de cambiar, siempre es bueno cambiar (idiota de mí). Sí, sí, dijo él. Me contó que deseaba actualizarse. Había buscado en Internet y encontró una oferta, un Golf 2004. Una joya, dijo, y una ganga. Ya, dije. El caso es que no tengo espacio en casa para dos autos, agregó. Ya, dije. Y… no sé… quiero vender el Shadow. Ya, dije. En realidad no lo sospeché, porque como todo mundo sabe, soy un roto. No tengo dinero para comprar una bici. Alberto lo sabía, sí, pero también sabía dos cosas: uno, que había colocado dos libros míos en librería, y que salía con Simona.

 La sorpresa me cayó de golpe. El hijo de las mil putas estaba allí, y me había mostrado el auto porque pensaba que yo estaría encantado de comprárselo. Vamos, Petrozza, dijo, necesitas un auto. La puta que te parió, exclamé, ya hemos hablado del asunto millones de veces: yo no necesito un auto. Todos necesitamos uno, exclamó él, y sobre todo tú. Dios, dije, ¿y por qué sobretodo yo? Pues porque no tienes uno, contestó como si fuese la cosa más obvia. Además, dijo, te lo doy barato.

Tuve que pararlo en seco, decirle, casi gritarle, que se dejase de juegos: yo no quería un coche, y menos el suyo, y menos aún si sólo era porque él no lo quería. ¡Pon un anuncio en el periódico, Dios, como todo el mundo!, grité. Calma, dijo, no te exasperes, verás, eso del anuncio es buena idea, excepto porque necesito vender ¡ya! Es igual, dije recuperando la calma, yo no tengo plata para comprar nada. Aquí Alberto recuperó los bríos, el mamarracho lo había planeado todo. No te preocupes, dijo, eso ya lo sé. ¿Entonces?, pregunté, sabrás que yo no puedo coger tu auto a menos que me lo regales. Eso es casi lo que haré, dijo Alberto en un tono de voz casi diabólico. Te lo daré a un precio que no podrás negarte: quince mil pesos. Soltó la última frase y se echó para atrás, sobre el respaldo de la silla, como si hubiese soltado un bife a un perro. La cosa es que este perro no come bife. Reí, sinceramente, porque hiciera lo que hiciera Alberto, yo no tenía quince mil pavos ni de chiste. Se lo dije, se lo dije muerto de la risa. No sé de dónde te has sacado que yo, maldita sea, ¡yo!, pueda tener ese dinero debajo del colchón. Alberto se asombró, el imbécil había creído que yo podría darle ese dinero, esa misma noche, y quedarme tan contento.

 Pedimos otra ronda más. La bebimos en silencio, Alberto se había quedado estupefacto. Supongo que se pensó que tenía resuelto el asunto del  Shadow. Que yo sería tan ingenuo para comprar una lata en lo que él consideraba casi un regalo, un favor de amigos. No me jodas, ningún favor me hacía ofreciéndome su mierda.

 Gracias al Cielo, hablamos de otras cosas. Le conté que había mandado unos cuantos textos a Anagrama. Alberto escuchaba, pero sin ganas. Le expliqué que los rechazaron, pero no del todo. Dijeron que estaban bien, pero no les interesaba publicar relatos. Alberto asintió con la cabeza, dijo: pues escribe una novela. Eso hago, tío, exclamé. Escribo una novela. Bien, dijo él, me da gusto. Sí, dije yo, será una bomba (o eso espero). Alberto asentía, como pensando en otra cosa. Lo hacía el cojonudo. Estaba pensando en cómo retomar el asunto del auto. Yo me entusiasmé contándole sobre la novela. Dije que sería una novela sobre mi vida con Simona, ya sabes, las altas y las bajas de una relación en pareja. Pero no de una pareja cualquiera, ¿sabes?, sino de Simona y de mí, es decir, de una mujer y un escritor. Te sorprendería leer todo lo que puede pasar entre nosotros dos. Aquí fue cuando Alberto me interrumpió. Salió con que ya lo sabía, lo del cómo podría comprarle su maldito Shadow. Sólo necesito cinco mil pesos, dijo, que es lo que me falta para pagar el nuevo. Puedes darme cinco ahora y el resto después. Di un trago a la cerveza, cabreado, y grité que no, que lo olvidara. Pero insistió. Ofreció dejarme el coche esta misma noche si yo le daba al menos tres mil. No, dije. Venga dijo, dame dos mil hoy y el resto luego, a pagos. No, repetí. Pagos de dos mil quinientos mensuales. No, repetí de nuevo. Dos mil mensuales. No. Dos mil ahora y el resto en pagos. Dios, era un hijo de puta desesperado. ¡Qué no, maldita sea! No importa si te atrasas en los pagos, continuó, seré paciente. No, no, no. Dame mil ahora, dijo al borde de un ataque, y el resto como puedas. Joder, dije, ¿no sabes lo que es no?

 Al parecer se rindió. Soltó un par de excusas, de motivos por los cuales, según él, yo necesitaba comprar su coche. Cosas como la comodidad, el estatus, la practicidad, las distancias largas, las compras, etc. Pero nada logró convencerme. Dejamos el tema aparte, y bebimos. Salimos de allí hechos unas cubas.

3

Caminamos como pudimos hasta la calle de mi casa. Había llegado el momento de despedirse y yo estaba feliz de ver partir a Alberto y quitármelo de encima.

 Llegamos al viejo coche. Alberto lo abrió y se metió dentro, al asiento del piloto. Lo echó a andar, y… ya casi me libraba de ésta, pero, Dios, Alberto tuvo una idea más. Bajó del auto antes que pudiera entrar a casa. Me alcanzó, y estirándome las llaves, dijo: tenlas, yo estoy muy tomado. No sé por qué, pero cogí las llaves. Después de todo tenía razón, estaba tomado y atravesar la avenida de los Insurgentes en esa cosa era como atravesar un campo minado. Se había puesto de moda montar retenes policiales a lo largo de esa avenida, más hoy, que era viernes, parar a los conductores, hacerlos soplar a una máquina que mide el nivel de alcohol en el aliento, y bueno… enjaularlos y sacarles pasta. Ningún tío en el estado de Alberto saldría de una cosa así. Quizá por eso acepté. Dijo que tomaría un taxi, y que mañana pasaría a por el auto. Alcé los hombros y me embolsé las llaves. Lo vi largarse caminando en zigzag. Entré a casa, y me olvidé de todo.

4

Al día siguiente me levante por la tarde. Tenía ganas de unas cervezas, para curar las cervezas que bebí anoche. Dije a Simona que iría a por unas, y eso hice.

 Cuando lo vi frente a mí, lo recordé. Allí estaba esa cosa, aparcada en mi banqueta. Fui por las cervezas y cuando estuve sentado en mi viejo sofá, llamé a Alberto. Le dije que no olvidara venir por su viejo trasto. Contestó que lo sentía, no podría ir sino hasta el martes. Joder, dije, te lo van a robar. Hazme un favor, dijo, échale un ojo. Tosí, y respondí que no sabía, que yo no era capaz de recordar que afuera había un coche que debía cuidar. Además, no siempre estoy en casa, me excusé, puede que salga todo el maldito día y cuando regresé… Venga, Petrozza, interrumpió Alberto, puedes llevarlo contigo. ¡Úsalo!, quizá así te convenzas de comprarlo. ¡Y una mierda!, exclamé y colgué el teléfono.

 ¿Quién era?, preguntó Simona y le conté. Le conté todo el rollo, y dijo: no sería mala idea. Por Dios, dije, tú y yo no necesitamos un auto. Simona me miró, como diciendo: todo el mundo necesita un auto. Y para demostrarlo, apuntó que sería buena idea cogerlo y visitar a Garriosn, que seguía viviendo en el Sur. Así podremos regresar pasada la media noche, y no antes de que cierren el transporte público. Ya, dije.

 Esa misma noche fuimos a casa de Garrison. Todo salió de maravilla, no lo puedo negar. Llegamos a las nueve y salimos de allí pasadas las tres de la madrugada. Nos deslizamos sobre el asfalto, y en menos de treinta minutos estuvimos en cama. Sin necesidad de pagar un taxi, o de esperar el camión nocturno, que pasa cada media hora.

 Luego de aquello no lo volvimos a usar. Llegó el martes, y telefoneé a Alberto. ¡A qué no sabes!, exclamó. ¿Él qué?, pregunté sin ánimo. ¡He comprado el Golf!, exclamó Alberto. Ya, dije, ahora ven por tu maldito trasto, que ya no lo soporto. Alberto rio, dijo que yo era una mula. No puedo, dijo luego, no tengo dónde guardarlo. ¡No es asunto mío!, grité. Maldita sea, Petrozza, gritó él, no seas un necio y coge el auto, págamelo cuando puedas, hombre, que nadie va y te regala un coche. Acto seguido, colgó el desgraciado. Bueno, así fue como adquirí mi viejo Shadow.

5

La cosa no estaba tan mal, incluso Simona estaba contenta. Ahora yo podía llevarla a ella a todos lados. Lo malo fue al quinto día, cuando salí de casa y lo vi: el coche estaba hecho un maldito asco. Había que lavarlo, así que cogí una cubeta, un trapo y agua con champú. Champú para humano, qué más, yo no tenía cosas de autos.

 Bueno, me dije, acabemos con esto de una buena vez. Lancé el primer trapazo, y lo entendí: no había nacido para lavar autos. Era más complicado de que luce cuando alguien lo hace por ti. Había que lavar y secar, y ser cuidadoso. Además era cansado. Sin embargo, lo logré. Dejé el trasto reluciendo de limpio. Ahora era un chofer, y un lavacoches. Al poco tiempo, también mecánico. Alberto había mentido sobre la duración de las llantas. Fue en avenida Reforma, donde no supe en qué momento pasó, pero pinché un clavo, joder. Tuve que bajarme, y hacer bajar a Simona, y cambiar la maldita llanta. Nunca antes había cambiado una llanta, así que tardé un buen rato. Tuvo que ayudarme una transeúnte que pasaba. Sí, una mujer. Una mujer metida en una falda. Me miró y preguntó si todo marchaba. No marcha, dije, estoy en un lío. La mujer me miró de arriba abajo. Supongo que pensó que yo era un pelmazo. Lo era. Luego miró a Simona, que estaba por allí, dando vueltas y maldiciendo la suerte que le tocó al ennoviarse conmigo: un pelmazo. Lo era, no la culpo. Y finalmente, esta mujer y yo (pero más la mujer que yo) sacamos el neumático. Apuesto que la gente al pasar y mirar se pensaba que yo era el que ayudaba a estas mujeres desvalidas. No hubiesen adivinado.

 El colmo fue cuando la mujer dijo que sacara la llanta de repuesto. ¿La llanta de repuesto?, pregunté asombrado. Pues sí, dijo riendo de coraje; coraje de toparse con un hombre tan… Alcé los hombros. Generalmente las ponen debajo del portaequipaje, anunció. Ya, dije, y fui a mirar debajo del portaequipaje. No, no hay nada, grité. La mujer fue a echar un vistazo. Tienes que abrir el portaequipaje, dijo. Dios, ¿en serio?, exclamé. Había mirado debajo del portaequipaje, por debajo del coche. Venga, dije, es mi primera vez. La mujer bufó, me pidió las llaves, y abrió la cajuela. Bueno, dije, pues tampoco hay nada. Me echó una mirada, y dijo: hay que alzar la tapa. La miré, porque no entendía cuál maldita tapa. Lo hizo ella, levantó una tapa camuflada por la alfombra del portaequipaje, y allí estaba: un hueco, y nada más. Bueno, dijo ella, pues no, no hay llanta de repuesto. ¿Y ahora?, pregunté alarmado. Ahora nada, dijo ella, llama una grúa o compra una llanta. Eso fue todo, la mujer se largó de allí sin despedirse.

 Dios, grandísimo Dios, ¡qué necesidad tenía yo de todo esto! Mi vida era dichosa antes de comprar un coche. 

¡Qué delito cometí contra vosotros naciendo!
¡Aunque si nací ya entiendo, qué delito he cometido!
¡Bastante causa ha tenido vuestra justicia y rigor;
pues el delito mayor del hombre es haber nacido!
¡Sólo quisiera saber, para apurar mis desvelos, dejando a una parte Cielos, el delito de nacer, ¿en qué más os pude ofender, para castigarme más?!
¡¿No nacieron los demás?!
¡Pues si los demás nacieron, ¿qué privilegios tuvieron, que no yo gocé jamás?!







11 comentarios:

  1. extraordinario, me senti totalmente identificada y llore de la risa, muy muy bueno!!!!!!!!!!!!arditi del popolo

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  2. Buenisimo, lean esto por favor!!!!!!!!

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  3. Petrozza rules, jajaja que hijo de puta te superás día a día.

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  4. Gustavo Latino Saa9 de octubre de 2012, 12:05

    sí cambias de opinión yo te ayudo a tener tú rodado, te doy 60000 en cuota fija max.plazo 3 años, saludos

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  5. Ruth Ana López Calderón9 de octubre de 2012, 12:06

    Ya extrañábamos leer algo de Martin Petrozza, gracias, por facilitarnos el material en el grupo. Un abrazo.

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  6. Steven Lizarazo Fisher9 de octubre de 2012, 12:11

    Que hermoso! gracias por compartirlo.

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  7. Pienso igual, uno es esclavo de lo que posee! bien por el texto Petrozza!

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