viernes, 28 de septiembre de 2012

William McGonagall.


Texto por: Roberto Araque


En las tertulias literarias se habla de grandes escritores. Puede que alguien critique un libro en particular, pero raramente se cuestiona la genialidad del autor. La grandiosidad de éste opaca a sus contemporáneos, esto hace que su obra perdure. Ahora bien, en Inglaterra sucedió un caso muy particular, un hombre rompió los esquemas, se impuso contra todo pronóstico y legó su obra, para bien o para mal, a futuras generaciones. Lo extraordinario es que se ganó un lugar en la historia no por su genialidad, grandilocuencia o destreza, sino por todo lo contrario; fue el peor poeta de su tiempo y, tal vez, de la historia.

 William Topaz McGonagall nació en Greyfriars, Parish – Edimburgo- en marzo de 1825. Fue un tejedor británico que a la edad de 47 años y con cinco hijos que mantener, decidió incursionar en la poesía. Lejos de criticar su obra habría que admirar a este hombre. Hizo de tripas corazón y, a pesar de las críticas, rechazos y burlas, nunca dejó de cultivar su peculiar arte. Existen infinidad de anécdotas sobre su vida, pero habría que destacar las más relevantes, como cuando interpretó a Macbeth –también fue actor–. McGonagall creyó que el actor que interpretaba a Macduff estaba tratando de eclipsarlo, por lo que se negó a morir en el momento culminante de la obra, la cual fue un éxito, en taquilla y en carcajadas. Se tiene constancia que le escribió un poema a la Reina Victoria, recibió una carta de rechazo escrita por un funcionario real donde se le daban gracias por su interés. Esto no lo desanimó, es más, lo alentó. En un viaje a Dunfermline, alguien le dijo que su poesía era horrorosa y McGonagall respondió: Era tan mala que Su Majestad le había agradecido [a McGonagall] por lo que él había condenado.

 McGonagall nunca se inmutó ante las sátiras. Escribió e hizo una campaña contra el consumo excesivo del alcohol. Relataba sus poemas y discursos en bares, aunque su campaña contra el alcoholismo tuvo poco éxito, llegó a ser un poeta muy popular en la ciudad de Dundee –allí publicó la mayoría de sus trabajos–. Hacer poesía no es lo mismo que hacer buena poesía, y este es el caso más emblemático, mas eso no le quita méritos a este singular personaje. Si para no pocos grandes escritores la vida resultó dura, sin contar que su obra no fue apreciada y, en muchos casos, censurada, ¿cómo serían si hubiesen carecido de esa cualidad que los distinguió, esa pequeña cosa que denominamos talento? Este hombre lo sufrió en carne propia y, a pesar de eso, nunca se rindió. Vendía sus poemas en las calles, los recitaba en salas, teatros y bares.  Su carácter no le permitió desairarse aun cuando mostró su poesía en un circo local mientras la audiencia le tiraba huevos, sardinas, harina, papas y pan duro.

 Habría que tener mucho valor para  recitar poemas en un circo mientras la gente te tira de todo. Recitar un poema es como desnudar la parte más íntima de tu ser ante desconocidos, esa podría ser la razón por la que muchos poetas son muy susceptibles ante la críticas, sin contar que es un acto mental que requiere mucho esfuerzo y no todos los artistas tienen la capacidad para soportar malos tratos por algo tan laborioso y personal. Eso hace admirable a McGonagall. Existe la posibilidad que lo hiciera intencionalmente –crear poemas malos– para ganarse la vida, pero  de eso no se tiene constancia. Por otro lado, también pudo haber sido un hombre que creyó ciegamente en su talento y se vio al espejo como un genio incomprendido –No sé que es peor; ser un genio o creerse uno–. Indistintamente del motivo, el legado de este hombre es extraordinario, de una manera peculiar, claro está. Fue una diversión para sus contemporáneos por ser un pésimo poeta, tal vez por eso, a más de un siglo de su muerte, su nombre es bien conocido y sus poemas, a diferencia de los de sus contemporáneos, permanecen. William McGonagall murió el 29 de septiembre de 1902, fue enterrado en una tumba sin nombre en el Cementerio Greyfriars; nunca pudo salir de la pobreza. Sin embargo, hay una placa por encima de la calle 5 Soutt College Street –Edimburgo– que muestra su imagen y lleva la inscripción:

                                                        William McGonagall

Poeta y Trágico
Murió Aquí
29 de septiembre de 1902


Y en una tumba de la losa instalada en su memoria en 1909, se inscribe:


                                                        William McGonagall

Poeta y Trágico
"Yo soy su graciosa Majestad
siempre fiel a Ti,
William McGonagall, el pobre Poeta,
Que vive en Dundee."








2 comentarios:

  1. Un aplauso por los que luchan por sus sueños y no le dan bolas a los otros

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  2. Dicen que un sueño muere solo cuando muere su soñador...pero yo dirìa que si has caminado arduamente trás él siempre dejarás huellas.Felicitaciones Roberto por este interesante relato.

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