viernes, 21 de septiembre de 2012

Orgasmo.


Texto por: NiHiL
Sitio del autor, aquí.

Como dice la canción, la noche era nocturna. No había luna, las farolas apenas iluminaban la calle.

 Marian disfrutaba de unos tragos en la comodidad del bar local. Fumaba incesantemente a pesar de que sus pulmones ya pedían una tregua. Un trago, uno más, otra cerveza. La música inundaba sus oídos. Marian agitaba la cabeza con fuerza, gritaba, intentaba canalizar toda esa energía que le hormigueaba en los brazos, piernas, que le cosquilleaba en los ojos. Ya estaba ebrio.

 Le dieron ganas de ir al baño, pero algún cagón se había quedado dormido allí dentro, o por lo menos eso parecía. Ya tenía muchas ganas de desechar ese líquido que le acongojaba en el abdomen. No lo dudó y prefirió salir a orinar en la calle. Se dirigió a la salida, bajo las escaleras, y justo antes de salir, pudo divisar una puerta abierta de par en par. La luz estaba encendida. Esa puerta nunca estaba abierta. Era un baño de servicio que sólo podía usar el dueño del inmueble. Marian era un felino curioso por naturaleza, y no podía resistir a entrar ahí, además de que sus instintos le decían que muy probablemente ahí encontraría algo para saciar sus impulsos destructivos. Marian abrió la puerta... sus ojos destellaron, su cabeza se inclino levemente hacía un lado, y una pequeña sonrisa se le dibujo en el rostro.

 -Marian, muchacho, ¿qué haces aquí?, sal de inmediato.-

 La rasposa voz se escuchó salir de ese asqueroso cuerpo de mas de 100 kilos. No alcanzó a decir más cuando la mano de Marian le volteó la quijada de un tremendo bofetón. 

Sus puños se cerraron inconscientemente. Aquel miserable hombre apenas si podía con su propio ser. Tenía los pantalones abajo, no podía comprender lo que pasaba. Menos bajo los efectos del alcohol que por años le había estropeado el sentido común. Quiso responder con un puñetazo, pero Marian no hizo sino contener su risa al ver la estupidez notoria del irrisorio tipo, tan drogado, alcoholizado, tan estúpido y babeante agitando sus brazos al aire e intentando defenderse. Marian se divertía, era como un gato jugando con la presa antes de devorarlo. Un par de cachetadas más y el grotesco tipo quedó en un estado de aletargamiento tal que Marian tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener la risa. Lo mandó al suelo de una patada.

 En una fracción de segundo Marian vislumbro en imágenes mentales toda la vileza de ese sujeto. El hombre conocíale desde infante. Ya desde entonces un frío miedo le recorría por el cuerpo al encontrarlo los domingos, en la plaza pública, bebiendo empedernidamente, pidiendo dinero, buscando latas en la basura para fumarse su "mierda". Su historia era conocida, vivía de cobrar rentas, y se lo gastaba en alcohol y drogas, polvos, pastas, ácidos. Cuando estaba en casa era peor, golpeaba a su mujer, la violaba, y también se corría el rumor de que había violado a su hija. Eso de que ella se había mudado a otra ciudad porque ganó una beca era sólo una pantalla para ocultar el terror de la verdad. Dinero. Eso era lo único que buscaba este tipo, y su mujer también, quien prefiere soportar las golpizas a tener que trabajar ella misma, y volver a dormir en una habitación chica.

 Conforme Marian creció pudo ir madurando todo ese sentimiento de repugnancia y asco que este sujeto le provocaba. Ver y sufrir en carne propia los taloneos, los insultos. Le irritaba verlo a media semana tirado en alguna esquina bañado en sus jugos, sudando como marrano. Su cabeza pelona brillaba, segregaba una grasa asquerosa y se reía. Era un maldito amafiado del barrio, por eso podía seguir vivo, por eso efectuaba sus fechorías, por eso robaba oxigeno. Pero ya no más... 

 Arriba la música seguía sonando. La gente estaba en el clímax. Las chicas se excitaban sin saberlo lanzando señales inconscientes para aquellos que buscaran una noche de placer. El humo del cigarrillo formaba una densa nube. Otra cerveza.
 

 Marian se había demorado más de lo normal. Alberto pensó que quizá había ido a "quemar yerba", así que decidió alcanzarlo. Cuando bajó no había nadie en la estancia, no se escuchaba nada. Decidió sacar un cigarrillo y fumarlo, de todas formas, el ruido y la gente le había incomodado, necesitaba despejarse. Fue entonces que pudo escuchar esa risilla característica de Marian. Provenía del baño de servicio. Alberto sólo atinó a pensar que era otro de los destrozos de Marian. Se acercó y abrió la puerta del baño.
 

-Marian, ¿qué demonios hiciste?- los ojos casi se le salían de lo desorbitados. Marian, con una sonrisa de cabo a cabo se había posicionado sobre el inodoro y meaba la ahogada cabeza del sujeto ahogado en el retrete.
 

-¡Alberto! No debiste ver esto. - Se alarmó Marian, pero no dejaba de sonreír.- Vete, si no te convertirán en cómplice. Vete.
 

-¿es-es-está… muerto?- Tartamudeo Alberto. Marian no pudo evitar empezar a reír, le miró con asombro y le metió una patada en el culo al marrano que yacía tirado en cuatro patas.
 

-Pues me parece que no despertará en un buen rato. - lo dijo con un tono sarcástico.

Discutieron. Cosa que me parece más que natural. El punto es que el sujeto murió ahogado en su propia mierda. Marian encamino a Alberto a casa. De regreso al bar se lió un cigarro de "yerbabuena" y pasó a ver como estaba la "otra fiesta". Antes de entrar al bar se fumó su cigarrillo verde. Subió y preguntó con naturalidad por Alberto. Le informaron que había salido tras él, y contestó que no lo había visto, que se había ido a dar una vuelta a la otra fiesta.
 

-¿cómo está todo aquí?-
 
-pues normal, ya sabes.-

Esa noche, Alberto apenas pudo pegar los parpados, cuando lograba hacerlo lo despertaban pesadillas. Tenía el remordimiento que una muerte que no provocó. Esa noche, Marian eyaculaba sobre el rostro satisfecho de su novia. Tenia el goce de la vida que no prolongo.




Texto por: NiHiL
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