viernes, 7 de septiembre de 2012

Mi carta.


Texto por: Roberto Araque.

Deja que mis palabras toquen la membrana más sensible de tu ser, acaricie tu cuello, fibrile tu pecho y roce tus labios; deseo ser el aire que en tus pulmones ha dejado todo y regresa vagabundo al mundo para luego volver a ti reciclado: cargado de oxigeno. Porque cuando ese reloj se detenga y observes que no marca la hora correcta, sino la del momento en que sin más alternativa se detuvo, podrás entender que nunca tuve mucho que darte. Sólo estás palabras que no son vacías, ni llenas; ni someras, ni profundas; ni vagas, ni intelectuales… sólo mías. Podrás hacerlas tuyas, gritarlas al mundo como verdad irrefutable, pues mi reloj ya no marca la hora, a ese desgraciado se le acabó la cuerda. 

 Ese reloj traqueteó justo en el instante que observó tus ojos; yacías radiante, sobre un lecho de felpa, semidesnuda y vibrante. Como un ángel caído, pero sin la honra perdida, has dejado una estela imborrable en él. Sí, traqueteó, tropezó y cayó el día en que se encandiló con la luz irradiada por el par de faroles que yacen en tu rostro. Pues no más, allí te he dejado mis relatos porque mi reloj no marca la hora para guiarte, se ha cansado de tanto vagar. Te dejo mis palabras, porque si estas son vida, las mías son tuyas para que no desfallezcas en momentos de angustias; te recomiendo grabarlas en algún recoveco inaccesible de tu mente, un lugar donde sólo tú la encuentres en el momento que las necesites.  A cambio (nada es gratis en esta vida, ni en la otra) entregarás tus penas, inquietudes, pecados, rencores, frustraciones, defectos y decepciones; pósalas sobre mis hombros sin reconcomios, las llevaré a un lugar flameante y lejano. No te preocupes por mí, porque como buen burro poseo un tronco duro y formado de tanto palo recibido; se ha vuelto tan fuerte que puede llevar cargas por empinadas colinas, bajo azote y sorteando tempestades sin mucho esfuerzo. Poseo la fuerza y determinación para cumplir mi meta, llevar todos los males que te aquejan sin pedir nada a cambio. 

 Pues que así sea. Porque me enamoré el día que te conocí: 

 Un 12 de septiembre, con la prisa de un condenado buscando la sentencia, me dirigía a una cita por largo tiempo postergada en un lugar que para muchos es temido. No podría decir que transitaría un largo trayecto, sin embargo, tardé mucho tiempo en llegar; la expectativa por lo que yacía en aquel lugar me hacía temer, al igual que cuando esperas un regalo para navidad y, justo en el momento que lo recibes, dudas al abrirlo; sabía que en algún lugar de ese edificio me esperabas, eso me aterraba. Tu presencia no sólo me sobrecogía, generaba en mí una sensación hasta entonces desconocida y difícil de describir; una mezcla de temor, odio, curiosidad y amor.

 Entré al edificio, me encontré con una infinidad de pasillos, pero sólo había uno que me llevaría a ti. Lo tomé y, mientras lo surcaba, podía escuchar un incesante cuchicheo, como si las paredes no fuesen confidentes, sino chismosos que, inocentemente, transpiran cada secreto concedido; en algunas partes se escuchaban voces de alegría, en otros lamentos...en todos había una historia que contar. Sin embargo, no me detuve a escuchar, simplemente a paso lento y seguro, continuaba con mi andar; veía el pasillo en toda su extensión con sus paredes blanquecidas, su piso de granito recién pulido, la pobre iluminación y, al final, una enorme puerta por donde imagino que, en brazos de algún anónimo, ingresaste a mi vida.

 El aire era frio y se tornaba más pesado a medida que me adentraba en el edificio. Cada paso dado resonaba por todos lados, dejaba entrever la llegada de un desconocido que por algún motivo se encontraba en la necesidad de surcar los rincones de ese - para mí indeseado - lugar.  A los lados se podían apreciar puertas, cada una representaba la entrada a una vida; en la primera se escuchaba gran alborozo; en la segunda, palabras confusas; en la tercera, un silencio apenas interrumpido por el goteo de un grifo medio abierto y así en muchas otras hasta llegar a la que me correspondía. La puerta de tu habitación no era diferente a las demás; de madera, pintada de blanco, con una cerradura plateada y un número dibujado sobre su superficie a nivel de mi pecho. Con mayor terror que entusiasmo posé mis manos sobre la cerradura y la halé. La habitación resultó ser más grande de lo esperando, en su interior podías encontrar algunos muebles y una cama ubicada frente a la única ventana a mano derecha. Allí, en esa cama, recostada junto a tu madre te observé por primera vez en mi vida…

 Ese día yacías radiante, sobre un lecho de felpa, semidesnuda y vibrante… me enamoré. Pero no más. Pues te jodiste. Que tu madre te mantenga pues no soy tu padre, creo que ni ella misma sabe quién es. Ya descubrí su engaño y no me la calo más. Me voy pa` el coño, PUTA.


Texto por: Roberto Araque.


4 comentarios:

  1. "A ESE DESGRACIADO SE LE ACABO LA CUERDA"..........Me gusto mucho su redaccion,FELICIDADES y gracias por compartirlo,saludos desde Mexico.

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  2. Muy bueno! Pero que nadie te quite tus palabras!

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  3. otalmente relajante y tiene algo especial, lo cual te hace continuar,.,, Bien por Roberto,.,.,.,,,,,..

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  4. Gracias...Saludos. Pero no sé, será que los escritores somos seres inconformes. Cada vez que lo leo le encuentro un error.

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