viernes, 14 de septiembre de 2012

La juventud tiene el sabor de la infancia muerta.


Texto por: Aleqs Garrigóz.

Pero mis brazos insisten en abrazar el mundo
porque nadie les ha enseñado
que ya es demasiado tarde.

A

Juventud sembrada de flores de cempasúchil,
iluminada por lámparas amarillentas y alejados crepúsculos.

Cuerpo de ciprés esbelto escarchado de rocío,
ceñido por un viento sensual y rumoroso,
pecho de melancólica paloma,
garganta ronca vociferando campanadas grises.

Juventud nimbada de cirios mortecinos y delgados espejos,
adornada de hojas de palma, con la flor de los labios aún intacta,
violenta en su rojez, hermosa en su aspereza.

Ciervo sacrificado en el altar de los sueños: yo.


B

I

No acierto a recordar de la infancia
más que mi mutismo apagado,
una presencia sigilosa y hermética que era mi cuerpo,
un miedo a pedir y a decir no, y aun más:
a alzarme entre los otros que ya entonces me parecían
como cadena de siluetas recortadas de un mismo cartón,
dotadas de abyectos y torpes movimientos.

Deambulaba de noche sin poder dormir
por un patio interior. Me columpiaba en él
bajo un cielo atravesado por desbandados murciélagos.

Enclaustrado, me internaba en los pastos crecidos del jardín
buscando un sapo, una canica azul.
Y mis ansias se estrellaban contra una alta reja enmarañada,
siempre deseando escapar, huir…

Escondía mi desamparo bajo la sábana de una conciencia tremenda:
la certeza del mañana sin arribo.
¿Qué iba a ser del niño tartamudo
que se extasiaba ya en las riveras de la emoción peligrosa?
¡Ay mis primeros años cumplidos en el circulo estrecho
de una labilidad que no termina de abandonarme!

(Y escapaba entre las páginas de libros despastados,
como escapa el desahuciado
en el sueño que precede a su muerte.)

II

Cantábamos en la escuela primaria un himno de guerra
frente a un redoblar de tambores, y entonábamos cantos
a la marcha de una bandera ensangrentada,
hecha de la tela de las tiendas más baratas:
“Y también por su amor morir”
Como ejemplo nos era impuesto el de un héroe ficticio
que arrojó su juventud al vacío.
(¿Defender qué?, ¿Una mentira colectiva?)

 ¿“Solidaridad”, “Ahora si vamos a progresar”?
Hablo de lo que vi: la infamia de mi pueblo
que se traiciona a sí mismo.

Pero yo tenía un universo conversacional conmigo mismo,
que yo mismo poblaba. Y donde me recreaba.

Así, ¿qué podía ser la adolescencia sino una sombría confusión,
una inseguridad mortuoria,
una distorsión constante de mi propio reflejo?

¡Ay ese pequeño muchacho distraído
tropezándose con las cuerdas de sus zapatos!

C

I

Antes pude salir de casa como quien sale a coger setas.
Decía la palabra sí y la palabra futuro.
La mano que me tocaba me segaba dulcemente, como a espiga tierna.
Era la inocencia del que cree, del que ama un amanecer;
y hacia mía la tarea de quien tiene el tiempo abierto
buscando un recinto repleto de canciones y de juegos.

¿Cómo fue mi garganta llenándose de lodo y de hiel?
¿Cómo fueron las vías torciéndose,
cuadrándose, hasta volverse un laberíntico manicomio?

Aquí me quedaré mirando siempre arriba, con ojos perplejos.
Extasiado contemplo la fuga irrevocable de las nubes,
la huida del cielo aún más allá.
Cavo las paredes con uñas gastadas,
chillo como la rata de las prisiones,
hago los ademanes monótonos y repetitivos del animal de jaula.

Aquí se quedarán mis poemas mecidos por un vientecillo preso
que tan tiernamente me favorece la combustión
en mi propio fuego, como a un cigarro artesanal.

Aquí me quedaré a veces tan cerca del tapiado umbral.


III

He aquí que el amor nos acuchilla en todas sus variantes.
Llevo aún abierta la herida de aquel, el último estrago.
Palpo mis miembros reconociendo las cicatrices
de aquellas guerras con fantasmas y lejanas presencias.

Si bien, agotado, dolorosamente, convalecí, me restauré.
¿Han valido la espera, el llanto en el pañuelo del cuaderno,
la mirada ruinosa en los espejos de desilusión,
la mirada oblicua en el ajedrez del mosaico?

De mis romances luctuosos casi al borde de un filo inapelable,
he recogido algunas gotas de un licor corrosivo
que conservo en mínimos contendores bibliográficos.

¿Han valido las penas?


D

Esto he querido hasta ahora, muchas veces:
primero que la dicha me apuñale;
pero no de espaldas, de espaldas jamás.
Quiero abrazarla y morir;
quiero bailar con ella la danza del final.
Luego el sueño deleitoso y cándido
de quien mira la realidad desde el revés del cristal.

¿Qué es lo que vendrá?
¿Por qué esta manía de inventar monólogos, a veces más?

Me invento ciudadelas alzadas con palabras,
compañías de papel para dialogar.
No tengo nada que decir
y me asalta siempre la misma necesidad
de estar sentado frente a frente con el papel en blanco
y decir lo que no he dicho,
lo que no volveré a decir jamás.

Rodeado de muros como de catacumba,
digo lo que dice con la mirada el moribundo.
Escribo largas cartas que borro
cuando la vergüenza expande mis mejillas.

¿A qué estas declaraciones de ternura estéril?

Esta escalera no sube a ningún lado.

Los muros se van cerrando.

Y esta ansia permanece en el corazón aturdido,
siempre queriendo escapar, huir…

II

Pero yo te invito a que respondas:
¿qué es la juventud si no un fuerza indestructible,
un grito interior brotando para dejar sobre el mundo su eco,
un ímpetu presto a arrebatarte hacia adelante como un huracán,
una potencia de gente hermosa,
de gente seductora y ágil? (Aunque a veces
se atavíe de terciopelo púrpura, se recame de crucifijos
y prefiera internarse en una mazmorra lírica
para expandir sus anhelos ojivales.)

Con la sangre de mi brazo inundo el tintero
y tapizo las paredes enmohecidas de reniegos.

Responde. Háblame desde tu juventud.
Y yo te hablaré desde la mía.



Texto por: Aleqs Garrigóz.

1 comentario:

  1. Este rela to,dice mucho para mi, coincide yrza la sensibilidad....

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