lunes, 24 de septiembre de 2012

Hijo de la mala vida.



Simona estaba hecha una furia, no podía creer que esto estuviese pasando. La noche anterior entré a un bar, y no salí de allí hasta que ella me sacó, casi a gatas, y me llevó a casa, donde me puso la surra de mi vida. Me gritó hasta de qué iba a morir, según ella, de cirrosis, si no la mataba antes de un coraje.

 No podía creerlo, principalmente, porque todo este tiempo había tratado de hacer de mí un hombre decente. Se había esforzado, no lo niego. Me había impulsado en mis proyecto de hacerme escritor y me había sacado de la mala vida que llevaba. Me instaló en un departamento en la colonia Roma, y me brindó cariño y paciencia. Desde que me ennovié con ella mi carrera había progresado más que nunca. Logré colocar un par de libros míos en librerías, y tenía a mi haber más de ciento cincuenta textos navegando sobre las olas de Internet. Por primera vez estaba recibiendo dinero de la literatura, esa hija de puta que ,me había arrancado los sesos, y sin embargo… algo no estaba funcionando. Algo dentro de mí no estaba funcionando. Supongo que era un buen momento para festejar, para sentirme realizado. La cosa era que no sentía dentro de mi pecho el fuego de la victoria. Es más, escribir me costaba más que nunca. Justo ahora que lo necesitaba, que las revistas y diarios telefoneaban solicitándome artículos sobre cualquier cosa; sobre las elecciones presidenciales, sobre el medio ambiente, sobre el futuro de mi país, o sobre la pobreza de mi país, o sobre el agigantado avance de la tecnología… Dios, yo no sabía nada de eso, ni me interesaba. Me habían buscado porque leyeron mis textos sobre mujeres, y ahora deseaban saber mi opinión sobre la muerte de Chabela Vargas. ¿Qué opinión podía tener? La gente muere, es todo.

 Tuve que mandar al trasto las más de las propuestas. No había luchado todos esos años por ser escritor para terminar escribiendo sobre todo lo que repudiaba. No hacía falta que yo lo dijera, podía decirlo quien sea: El futuro de México es una mierda. Encima, no me dejarían usar la palabra mierda. ¿Entonces, qué querían exactamente de mí? Fuese lo que fuera, estaban buscando en el lugar equivocado.

 No podía quejarme, ni tenía las palabras adecuadas a la pregunta de Simona: ¿por qué lo haces?

 Simona se levantó, deseaba prepararse un té, y de pasó, me haría uno a mí, a ver si con eso me baja la borrachera. No contesté... si deseaba darme té, lo aceptaría con gusto, total, el té no hacen daño, aunque tampoco haga bien al alma.

 Regresó al cuarto y preguntó si estaba de mal humor. Había refunfuñado todo el camino a casa y me había quejado de tantas cosas en el transcurso, que daba la impresión que no soportaba la vida. En parte era verdad, pero pertenezco a la clase de hombre que no soporta algo en absoluto, sin embargo, sigue. Por supuesto contesté a Simona que no. No mentí, mi humor normal era el de un frustrado.

 Lo último no significa que no tuviese momentos de alegría, los tenía, pero eran efímeros. Duraban lo que dura una copa en un bar. Había encontrado en la bebida el refugio a un malestar constante. Desgraciadamente, había abusado tanto de estas dosis de felicidad, que cada vez daban menos resultado. Beber se estaba haciendo rutina, y en las rutinas, no puede haber felicidad.

 Simona se acurrucó en la cama, estaba a punto de darse por vencida. Dijo que yo estaba loco. No podía comprender que estuviera así luego de la velada que pasamos. Fuimos al Palacio de las Bellas Artes, donde nos regalaban entradas porque yo era escritor ¿?. Escuchamos a la Orquesta Sinfónica Nacional interpretar la tercera sinfonía de Ludwig Van Beethoven. Saliendo cenamos en un restaurante elegante del centro de la ciudad. Ella iba con un vestido sensacional; yo era un hombre que consume cultura y cena y va de la mano de una bella dama, y encima, escribía, que es lo que más quería hacer en el mundo. Incluso así, no era capaz de llegar a casa con una sonrisa en el rostro y acostarme con el amor de mi vida y disfrutarlo. Antes, debía emborracharme en los Tres Gallos, que es un bar cerca de la Glorieta de los Insurgentes. Esto es lo que a Simona no le cabía en la cabeza.

 Terminamos de beber el té, y eso fue todo. Simona se acostó en la cama, y no me dirigió la palabra una sola vez más en toda la noche. Por mi parte, caí rendido como un cadáver.

2

Al día siguiente, el desayuno estaba listo cuando abrí los ojos. Huevos rancheros, café, jugo de naranja y pan con mantequilla. Nos habíamos mudado recién y Simona aún tenía esos detalles.

 Bueno, ahora había pan sobre la mesa. No tenía que pasar más hambre de la que podía soportar, y, en general, no me faltaba nada. Si quería una comida la tenía, lo mismo que si deseaba emborracharme en cualquier bar. Incluso podía darme el lujo de invitar algún amigo. Mujeres no me faltaban, si había aprendido bien el arte de procurármelas en mis peores rachas, ahora, coger una mujer era como coger el caramelo de un niño. Además, estaba Simona, que era mi mujer y no necesitaba algo más. De algún modo lo estaba logrando: hacer una vida sin morir de hambre en el intento. Vivir con una mujer sin matarnos en el intento. Y lo más importante, escribir sin morir de hambre en el intento. El sueño de toda una vida se materializaba ante mis narices y yo seguía creyendo que no había sentido en nada.

 Desayunamos en silencio, todo lo que había que decir, lo habíamos dicho ya. Anoche, camino a casa,  y en el cuarto. En resumen, Simona no lo soportaría más. Me lo había advertido, que es lo mismo que decir: me había amenazado. Tenía en mis manos el futuro de la historia de un hombre y una mujer que se aman. Sólo yo podía reforestar el bosque, o talar el último árbol. Demasiada responsabilidad para un hombre que no logra estar en paz consigo mismo.

 Terminando el desayuno no deseaba saber nada más. Me levanté y recogí los trastos. Para ausentarme, anuncié que escribiría. Casi lo olvido, pero escribir ya no implicaba irme a la cantina, sentarme, ordenarme un whisky en las rocas, y escribir sobre mi vieja libreta. Los días de terminar la farra en una banca de parque habían terminado. Los días en que mendigar un trago era el reto de toda la noche, habían terminado. No habría más sed que quedase sin saciar, no más barrigas vacías, ni más noches de soledad. Ahora podía sentarme frente a un escritorio decente a escribir todo eso que yo escribía. Podía hacerlo mientras me zampaba un buen filete y un vaso de tinto. Al mismo tiempo, Simona podía darme un masaje de hombros y preguntar si el viento estaba bien, o cerraba la ventana. ¿Esto es lo que se llama ser un escritor de verdad?, le pregunté a Simona y alzó los hombros. Supongo que sí, contestó.

 Sin embargo, en toda esta opulencia no podía respirar. Extrañaba la pluma y el papel, y las meseras cuarentonas que te sirven de mala gana lo que ellas jamás podrán beber. La mayoría, madres solteras que luchan por el pan de cada día, mientras el pan sube de precio y los sueldos alcanzan para menos. Extrañaba vagar por la ciudad, fumar un cigarrillo en la banca de un parque, hablar con los mendigos, beber mezcal y liarme con mujeres de la más baja calaña. Extrañaba ser yo mismo, un renacuajo de agua puerca al que habían metido a una pecera. Los bares, que la gente suele denominar bares con clase, no me satisfacían. Tienen cualquier tipo de bebida que se te pueda ocurrir, y platillos y botanas estupendos. Son atendidos por mujeres hermosas y el servicio está siempre dispuesto a lamerte los zapatos. Incluso te dicen señor todo el maldito tiempo, y son capaces de soportar cualquier capricho (cosa que comprobé casi por diversión). A estos lugares no les falta nada, pero les sobra todo. Anhelaba una buena cerveza fría en la Puerta Negra, donde no entraban ni las moscas, y sólo se servía cerveza Sol.

3

Tuve que explicárselo a Simona. La telefoneé desde el teléfono público y la invité a cenar. Le dije que necesitaba hablar con ella, urgentemente, y que por favor, no se demorara demasiado.

 Llegó pronto y nos sentamos a la mesa de un restaurante en la colonia Condesa. Venía de buen humor, preparada para afrontar cualquier cosa que yo tuviese que decir de la mejor manera. No importa si yo le pedía tiempo, lo tomaría con entusiasmo y optimismo, y me daría lo que yo necesitase para estar mejor. Era una mujer como ninguna, y la amaba con todas mis fuerzas, y me jodía tener que decir lo que iba a decir. Pero no había otro modo, era decirlo, o sufrir interminablemente momentos como el que sufrimos en los Tres Gallos.

 ¿Y bien?, ¿qué es lo que necesitas decir?, preguntó una vez servida la cena. Vale, dije, verás… Aquí se me trabó la lengua. Hasta aquí llegaron todas las palabras que había ensayado desde la mañana. ¿Cómo iba a explicarle que todos sus esfuerzos de darme una vida mejor eran vanos, pues lo que yo merecía era… todo lo contrario? Ni siquiera estaba seguro de que esto fuese verdad. Ahora, con Simona, con los ojos de Simona mirándome, y con la sonrisa de Simona, el olor de Simona, y con todo lo que ella representa… deseaba lárgame de inmediato, llevármela a casa y hacerle el amor en esa cama bien tendida y de sábanas limpias. Deseaba agradecerle todo lo que había hecho por mí, y sobarle los pies, y arrepentirme como el pecador se arrepiente ante la cruz. Pero las fuerzas de hacerlo también me faltaban. Estaba anonadado ante la encrucijada de mi vida. Deseaba tanto la Puerta Negra, como llegar a casa y encontrar la despensa llena. No tenía el valor de decidir entre el bien y el mal. Siempre he sido más bien mediocre, y esto es la prueba de mi mediocridad.

 Veras, dije… en realidad, estaba exagerando. No hay nada que necesite decir, estoy en paz contigo, te amo, y me alegro de todo lo que me das. Simona sonrió. Lo tomó como lo más obvio, me llamó bobo, y cenó como la que más, y no tocamos el tema en toda la noche, hasta el día siguiente, en que pasó de nuevo…

 Durante la cena mi alma estuvo tranquila, reímos y brindamos; pero llegados a casa, después de acostarnos y hacer el amor, sentí la necesidad imparable de irme de farra. Simona dormía, y haciendo el menor ruido posible, me metí en los pantalones y me calcé los zapatos. Cogí la billetera y salí del cuarto y del apartamento. Si me daba prisa aún encontraría la cantina abierta. Podría sentarme y beber, y reconciliarme conmigo mismo.


4

A las cuatro de la mañana entró Simona, a los Tres Gallos, y me sacó de allí a gritos y maldiciones, anunciando que esta era la última vez. El mesero ya no se inmutó, esta escena se estaba convirtiendo en el pan de cada día.

 Pedí perdón, cosa a la que estaba acostumbrado, y para remediar el mal, propuse a Simona que me quitara las llaves del apartamento y por las noches, cerrara la chapa grande. Era ridículo, pero no podía vivir sin ella, ni renunciar a mis instintos. En definitiva, yo era hijo de la mala vida. Y contra eso no hay algo que se pueda hacer. Uno no puede luchar en contra de toda su naturaleza. 


6 comentarios:

  1. Simona es una bala... no perdida, sino de tiro de precisión.

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  2. Dicen por ahí qué: Le puedes sacar al perro de la calle pero no le puedes sacar la calle al perro...

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  3. Interesante, fabuloso! Un aplauso!!

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  4. Maria Isabel Perez Rivera25 de septiembre de 2012, 2:11

    maravilloso gracias por compartilo ♥♥♥♥♥♥♥♥♥♥

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  5. me encanto gracias por compartir buenas noches

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  6. Genial, fantásticooooo, adelante Martín!!!!!!

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