martes, 4 de septiembre de 2012

Es grunge.



Llamaron el lunes por la tarde, pero no cogimos la llamada. Yo estaba dormido, qué más, y Al… Bueno, Al se había quedado en mi apartamento la noche anterior y cuando le pregunté por qué demonios no cogió la llamada dijo que no era su casa. En cierto modo tenía razón. Lo que me sorprendió es que se tomara esa clase de precauciones. Era Al, Dios.

 Afortunadamente llamaron después. Era D., nuestro manejador. Desde la última vez que hablé con D. había pasado tanto tiempo que no le reconocí la voz. Dije quién es y él dijo soy D., ¿es que no me recuerdas o qué? Hubo un silencio. Eso debió contestar a su pregunta. D. rió y dijo venga, hermano, tengo buenas noticas...

 Llamé al resto del grupo, que eran Al y Su, y les dije que D. había llamado y que quería vernos. Tenía un contrato en puerta para nosotros, con Sunshine Records o algo. Su no se emocionó, eso significaba volver a tocar. Su juró no tocar de nuevo; no desde la última vez. Vaya, la última vez. Lo habíamos hablado tantas veces, Dios, en algún momento debíamos superarlo. Para no echar rollo, la última vez que tocamos no éramos una banda de tres. Teníamos un tecladista, y desde aquella vez ese tecladista está muerto.

 Le dije a D. que contara con nosotros, que lo vería personalmente en Max´s.

 Al estaba contento, para él significaba tocar y eso es todo lo que deseaba ahora. Nunca deseó dejarlo y si lo hizo fue por respeto a Su, ni siquiera por respeto a Vi; Vi está muerto, al él le importa una mierda si seguimos tocando o no, me dijo una vez que estaba ebrio y le hice callar porque en parte yo compartía la opinión de Su: debíamos guardar luto al menos un año. Ese año fue lo que acabó por enterrarnos. El año se extendió a casi un lustro. No éramos tan buenos para que la gente, y sobre todo las disqueras, nos extrañasen. Si nos reusábamos a tocar porque la mosca vuela, estaba bien, nadie iba a rogarnos. Y eso es lo que Su no podía entender.

 Cuando me entrevisté con D., Su aún no estaba convencido, pero no se lo dije. D. no debió sospecharlo, y en todo caso, tampoco creo que le importase. De saberlo hubiese dicho: dile a ese mamón que si no coge las baquetas, habrá otro mamón que sí lo haga. Así que me mostré entusiasta en todo, y me comprometí a presentarme con la banda en el estudio de X., que era íntimo de D. y estaba dispuesto a darnos una oportunidad. La última, a decir verdad, aunque eso es algo que ni Al, ni Su, ni siquiera D., sabíamos. No estoy seguro que X. lo supiera pero dudo que de saberlo hubiese perdido el tiempo con nosotros.

 Hacer que Su se montara en el banquillo, al final, no fue tan complicado como pensamos en un principio. Bastó que llegara el sobre reclamando el pago de la hipoteca para que se mostrase más dispuesto. Tocar significaba, o se supone que significaba, cobrar unos buenos pesos por doce canciones grabadas en formato Disco Compacto, que era lo de hoy en día… en aquellos días. Sería nuestra primera grabación en dicho formato. Todas las bandas de renombre lo habían hecho ya, incluso algunas lo habían hecho un par de veces, y las bandas emergentes de la nueva ola del electro pop  estaban siendo llevadas al Disco Compacto desde sus primeras grabaciones.

 En el estudio las cosas no salieron como lo imaginamos. Tuvimos que aceptarlo: estábamos algo tiesos. D. pidió a X. que tuviera paciencia. X. deseaba grabar algo de valor cuanto antes; tenía las narices apuntadas hacía la nueva movida madrileña, y no iba a dejar que esos hijos de puta de Hispavox se comieran el mercado solos. Para demostrarlo, sacó de algún sitio uno de esos Discos Compactos, y lo nos lo aventó. Fue Su el que pudo cogerlo al aire. Era un disco muy pequeño. La portada era en general amarilla y había cinco tíos allí, unos marica, me parecen ahora; aunque supongo que cualquier joven actual que hubiese visto a Su o a Al o a mí mismo, no nos hubiese bajado de homosexuales. Yo tenía los glóbulos de las orejas perforados y llevaba el cabello al hombro. Al no dejaba de pintarse los ojos con delineador negro. Su era fanático de los pantalones sintéticos. El disco estaba sellado por Hispavox y el nombre de la banda era Radio Futura. La tipografía era la misma que usan los payasos para sus tarjetas de presentación. Cualquiera que mirase el disco ahora lo entendería como un mal chiste. Sin embargo, ésos serían el comienzo de la Nueva Ola. La primera canción se titulaba Enamorado  de la moda juvenil. Los integrantes de la banda eran Herminio Molero, Javier Pérez Grueso, Enrique Sierra, Luis Auserón y S. Auserón. Y una mierda…, exclamó Al.

 X. hizo sonar el disco y allí estaba: Molero en el teclado.

Lo intentamos una vez más pero había algo, como un sentimiento, o como un aura general, que nos dejaba en claro que no andábamos por buen camino. Incluso D. podía sentirlo. No estaba en nuestras manos, sencillamente, era así. Las canciones no estaban funcionando. Las habíamos compuesto hace más de cuatro años y cuando lo hicimos, bueno… sonaban bastante frescas. Ahora sonaban como un pedazo de ropero.

 Nos emborrachamos en el Hirax. Lo discutimos por más de un par de horas hasta que lo decidimos: componer nuevas canciones. Algo más adecuado al momento. Si logramos hacerlo antes, podríamos hacerlo ahora. La cosa era los sintetizadores. Las nuevas bandas los estaban explotando y nosotros no teníamos siquiera un teclado. Su se rehusó rotundamente a buscar un sustituto. Nadie ocupará el lugar de Vi, dijo y azotó sobre la mesa el vaso de su bebida. Yo no dije nada, esperaba la reacción de Al, que esta vez tampoco dijo nada. Nos dolía aceptarlo pero Vi continuaba siendo un clavo en nuestra alma. La forma en que murió… Dios mío.

 No había modo de arrancarle un buen ritmo a la guitarra de Al. Yo le seguía pero no daba por dónde. Había que parar y organizar la cosa. Al se disculpó, después de todo tenía en la cabeza el alquiler para la próxima semana. Desde lo de Vi, es decir, desde que dejamos la banda, Al ha sobrevivido dando clases de inglés a púberos que lo pasan mal en el colegio. Clases de regularización. Aprendió unas cuantas palabras en ese idioma y colgó un letrero en la puerta de su casa: CLASES BÁSICAS DE INGLÉS AVANZADO. Curiosamente atrapó algunas moscas. Pero el dinero de aquello no daba para mucho. No tenía un certificado así que debía cobrar muy poco. Las madres que pagaban a sus hijos las clases de Al, eran madres desesperadas. Más que nada les importaba mantener a sus hijos ocupados y lejos de casa.

 Su no estaba oxidado del todo, contrario a lo que podía esperarse, se conservaba en forma. Había que pulir los redobles y sacar más provecho a los platos, que es lo que se hacía en aquella época, o lo que pensamos que se hacía más en aquella época. Si lográbamos continuar por esa línea: ritmos recortados de Al, Su haciendo sonar los platillos el mayor tiempo posible y yo encajándolo todo en una línea punteada de bajo…

 Tuvimos nuestros primeros cinco temas listos en menos de cuatro meses. A decir verdad, mucho antes de lo previsto. D. se había comprometido a entregar diez temas en cinco meses; él no quedó muy satisfecho, pero le mostramos las pruebas a X. y dijo que no estaban mal. Eso fue lo que me dijo D. al teléfono luego de que le enviamos una cinta con nuestra música. Sin embargo, X. no estuvo dispuesto a grabar nada nuestro, y en vez de eso nos recomendó escuchar un manojo de bandas, entre las que estaban Alaskay Dinamarca, Paraíso, Los zombies, Los Elegantes, Parálisis Permanente, Las chinas, Glutamato Ye Ye, y un montón más, entre ellos, otra vez, los mamones de Radio Futura.

 Escuchamos las cintas en mi casa; yo era el único que no vivía en un diminuto apartamento donde los vecinos se quejaban hasta del ruido de echarte un pedo. Comparamos vino y aceitunas y escuchamos más de siete horas de música rock-pop. Lugo de ello, lo comprendimos. Estaba claro: sintetizadores. No había uno solo que no los estuviese utilizando, e incluso, al grado de prescindir de todo lo demás. Si continuamos así no hará falta que yo toque la batería, dijo Su. Al no lo consoló, era cierto. Bastaba una consola para controlarlo todo, hasta la voz. Ya no impresionaba un tío rasgando la guitarra hasta hacerla echar humo. La gente quería ver (le habían enseñado que quería ver) un hombre vestido de mujer bailando y cantando con una voz que no es suya. Una pista, eso era todo lo que había que hacer ahora.

 Lo discutamos con D. Le explicamos que Luxury jamás usaría sintetizadores. Al menos no del modo en que abusaban las nuevas bandas. Tratamos de convencerle que aún podía sacársele provecho a los instrumentos tradicionales, y sobre todo, que no íbamos a conseguir otro tecladista. Estoy seguro que D. confiaba en nosotros, pero no iba a perder su reputación como manejador y cazador de talentos por un trío de cuarentones sin talento ni futuro. Sobre todo, cuando estaban desperdiciando su última oportunidad de la manera más estúpida: rehusándose a evolucionar.

 No contentos con las palabras de D., que fueron sobre la línea de cancelar nuestra grabación con X., y tratando de hacerlos cambiar de opinión; aferrados como gatos, o como adolescentes, a nuestra idea de la música, nos metimos al garaje de la tía de Al, que era el garaje de una cabaña en los suburbios, y Dios, vaya si renovamos nuestra energía perdida hace tanto tiempo. Bebimos unas cuantas cervezas y con una guitarra, un bajo y una batería, incendiamos el Cielo.

 Nunca había escuchado a Al tocar así. Antes que nada, y como protesta a los malditos sintetizadores, distorsionó el amplificador de su guitarra al máximo. Era un pequeño y viejo Peavy. Yo hice mi parte con un maltrecho Marshall del 72. No teníamos idea de lo que estaba a punto de suceder. El primero fue Su, que dio pie a lo desconocido con un conteo y uno, y dos, y un dos tres… y se soltó a dar de tamborazos. No tardamos en reaccionar. Al rasgaba las cuerdas como un enajenado y encima cantaba canciones de protesta contra la música de moda. Estaba improvisando. Seguirlo no era complicado, sólo tenías que dejarte llevar.

 Al final tuvimos diez canciones grabadas con la energía de pura dinamita. No fue difícil, ninguna de ellas pasaba de los cuatro minutos ni se salía de un círculo corto de acordes. Tres o cuatro acordes tocados con toda la maldita furia que teníamos acumulada en los cojones desde hace tantos años. Era algo de locos, pero… D. nos exigió enviar la música a X., al menos para que no pensase que éramos unos incapaces de grabar un álbum en cinco meses.
 Enviamos la música a X. y fue nuestro acabose.

En el estudio, X. nos aventó la cinta a la cara. Dijo que estaba harto de nosotros. Dijo que había intentado darnos una oportunidad y hacernos millonarios, pero que nosotros habíamos estado jugando todo este tiempo. Dijo que nuestra grabación era una mierda y que le daba asco. Dijo que qué demonios era eso, por Dios… No lo sabíamos, pero Al, abrió la boca y dijo… eso es grungy. ¡Qué!, exclamó X. Gurngy, repitió Al, y X. vociferó, pero Al estaba ensimismado, no podía dejar de repetir grungy… grunge… grunge…

 D. llamó para decir que lo dejáramos, que olvidáramos el asunto y regresáramos a lo que fuese que estuvimos haciendo todo este tiempo para sobrevivir. Que olvidáramos la música por completo. Yo le debatí que el grunge podía tener futuro, pero… ni yo lo creía en realidad, era música para locos, salida desde el rencor y la frustración. Música para desahogar a los miembros frustrados de una banda. Nadie compartiría nuestro rencor. Eso era algo que definitivamente no pasaría. La cosa estaba en los sintetizadores, y nosotros no íbamos a entrar en ello. Para nosotros Vi estaba muerto, y con él toda nuestra carrera musical. Era 1982 y nadie podía adivinar el futuro.



4 comentarios:

  1. Maria Isabel Perez Rivera4 de septiembre de 2012, 14:50

    suerte amigo graciias♥♥♥♥♥♥<33♥

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  2. lo escrito es muy original,demasiado largo para leer,gracias por escriber aquí.

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