viernes, 10 de agosto de 2012

El Toto.


Texto por: Eduardo Ortiz.
Sitio del autor, aquí


Llegó un día; nadie supo de dónde venía o de dónde era. Corrían muchas historias sobre su origen, algunos en el rancho ya lo conocían de haberle visto en otra parte, pero la mayoría no. Yo era uno de ellos, y uno de los que alguna vez lo corretearon y lo apedrearon. 

 Mi primer recuerdo de él es sobre que vestía pantalones  demasiado grandes para cuerpo; amarrados con un pedazo de cuerda de ixtle, de esa que usábamos para amarrar los costales utilizados para los granos, maíz, ajonjolí o frijol cuando se levanta la cosecha. Camisa raída y desfajada, mal abotonada a veces, despeinado y sucio.  Era de piel blanca, pero cuando se reía o se enojaba (esto ultimo en muy raras ocasiones) se volvía roja, exageradamente roja. Cara delgada y llena de arrugas como si esa edad  entre 20 o 30 años ya hubiera vivido dos vidas.

 Cuando llegó causó sensación entre la plebada, que lo siguió desde su entrada al rancho. Llegó por las vías,  por la carretera, por la vereda… no lo sé. Sólo sé que cuando lo vi, un grupo de niños le gritaban y le toreaban. Él sólo reía; nos veía como a unas moscas, molestas pero incapaces de herir, y con ademanes quería espantarnos. Algunos niños eran crueles; con ramas le picaban las costillas al revolotear alrededor.

 Le decían el Toto, su nombre o apellidos, nadie supo jamás. Se decía que se había vuelto al morir su madre, que su padre era un trabajador ferrocarrilero, pero que lo dejó abandonado al morir la esposa.

 Poco a poco nos fuimos acostumbrando a su presencia. En realidad, era muy servicial, si lo mandaban a realizar alguna pequeña tarea, la hacia, pero no podía hacer cosas complicadas, pues de repente se quedaba mirando a ningún lado, como pensando. Reía sólo en ciertas ocasiones, sabe que pasaría por su extraviada mente.

 Recuerdo una ocasión en que se portó violento y el objeto de su violencia fue uno de mis hermanos, no se si  Toño el que me seguía, o Daniel que era mas chico. Mi hermano caminaba por una verdad a orillas del arrollo. Casi llegando a casa se encontró con el Toto. Nunca supimos por qué actuó de esa manera: de repente lo agarró del cuello y quiso estrangularlo. De eso se dio cuenta un tío mío que estaba sentado por fuera de la tienda de mis padres, tomándose una soda. Rápidamente corrió a quitárselo.

 Se hizo un escandalo muy grande. Arriba de una pequeña loma de Tucurubari estaba la casa de mi tía, a unos 50 metros de la nuestra. Abajo, junto al arroyo, un limón siempre lleno de limones en toda época del año, quizás por estar cerca del agua. Ahí, frente al limón, fue donde sucedió esto: la gente empezó a llegar y lo quisieron linchar, algunos lo golpearon, entre ellos mi tío. Lo amarraron y se lo llevaron a encerrar en la casa de don Jorge Carrasco, en la que vivía su hijo Armando, que tenía unos cuartos con unas puertas grandes de madre, y el de la esquina, frente a la iglesia, unos fuertes barrotes también de madera. Parecía una celda de prisión y de ello sirvió para resguardar a el Toto de la ira de la gente.

 No supe cómo se impidió que fuese asesinado por la turba. Quizás fue que la cordura volvió a todos, no lo sé, ni lo recuerdo. La cosa es que ahí duro muchos días. Tampoco recuerdo si se lo llevaron a la cárcel o se le corrió del rancho, solo sé que en esos días muchos íbamos y apedreábamos la ventana para querer pegarle, pues por ella se asomaba con sus ojos bien abiertos de vez en cuando el Toto. Sus ojos, que por cierto eran azules o gris verdosos, le daban agua y comida por la ventana.

 Los niños jamás volvimos a acercarnos al Toto, pues sabíamos ya que a pesar de su carácter apacible y risueño, podía volverse violento. De recordarlo se encargaban nuestro padres, quienes si veían a algún niño molestándole, le daban una buena paliza con una vara de chicura o guasima en las canias y verijas, no quedando a nadie ganas de volver a hacerlo; aunque había sus excepciones con los chamacos ingobernables del pueblo, como  el Titi y Miguel Ángel, los hijos del Churi, a quienes  les valía madre todo.

 Otra cosa que hoy a la distancia me vuelve a la mente, es que el Toto era muy limpio, solo la primera vez que lo vi, cuando recién llegó, estuvo sucio, después ya no. Cada mañana, antes de que amaneciera, incluso, él ya había tomado un baño en las heladas aguas del rio, o en el dique, que era una especie de presa pequeña  donde se retenían las aguas termales que en varias partes del rancho brotaban por el lado del rio, y que servían para que algunos vecinos como Pedro Pérez, don José Miranda y don Fidencio, regaran sus siembras en las arenas de orillas del rio, conducida el agua por un pequeño canal de tierra que finalizaba en las tierras de don José, quien tenía varios guayabos, los que cada vez que se llenaban de fruto los robábamos, y que cuando nos sorprendía nos correteaba echándonos madres.  Fue en este dique donde todos acudíamos en tiempo de frio a bañarnos antes de ir a la escuela, y el lugar donde algunas veces me tocó ver como se bañaba el toto. Nunca usaba jabón, pero se tallaba y volvía a tallar, a veces con tierra del fondo, o con piedras, hasta que su pile se ponía roja de tanto friccionarse. No sé qué le impulsaba a ello, pero así era, duraba mucho bañándose. Lavaba su ropa al mismo tiempo, y la ponía a secar en las espinas que Pedro Pérez ponía sobre el cerco de sus tierras para que no nos metiéramos a robar sandias, y esperaba dentro del agua hasta que estas secaban o les faltaba poco, no importándole ponerse la ropa húmeda.

 Desaparecía por temporadas pero siempre  volvía, nadie sabía adónde iba ni a qué, sólo sabíamos que el día menos pensado llegaría por las vías del tren o una vereda de cualquier parte. Vendría con su eterna sonrisa y a veces con una tonadilla, chiflando o tarareando. 




Texto por: Eduardo Ortiz.
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