jueves, 23 de agosto de 2012

Desmontando a Beatriz.



A la luz de un astrolabio se pasea desnuda por la habitación mientras las cortinas hacen movimientos fantasmagóricos  onduladas por el viento. Ella canta canciones y juega con la coreografía de esas cortinas gaseosas, se deja envolver, se pone ahora un turbante, ahora un velo, ahora un pareo o un vestido de novia,  canta habaneras y el tango Margot e improvisa en su indiferente deambular instrumentos musicales:  golpea un cajón, un sombrero, los hace percutir con sus propios dedos o con un lápiz,  emite sonidos de flautín como la nínfula que ya no es, como la nínfula que siempre será. El astrolabio es de juguete y casi no emite más que  una tenue luz insuficiente para iluminar la estancia pero ella conoce el rincón donde vive lo suficientemente bien como para no tropezar con la ropa acumulada en el suelo desde hace semanas  con el paso del quita y pon de cada día. Beatriz es guapa,  una invención de un demonio melancólico. Parece salida de un cómic, sus movimientos son de cómic, su tamborilear sobre cualquier objeto de la habitación es de cómic, sus tetas son de cómic, tetas dibujadas a carboncillo y difuminadas a dedo y algodón con el deleite del que las está inventando exactamente para su gusto y su disfrute. Beatriz coge su cámara fotográfica, apunta contra un espejo y dispara contra sí misma una foto de su imagen haciendo una foto contra un espejo que la multiplica hasta el infinito de su propia figura replicada por cámara y espejo. La foto queda velada por el flash de cuello para arriba y oculta la identidad de la fotógrafa; el resto de la silueta aparece en medio de la nebulosa de Orión. El flash durante un instante ha deslumbrado la estancia, la ha pintado de blanco con su luz cósmica e impertinente. Mira la foto en el display:  efectivamente  aparece desnuda y con la cara anulada por el fogonazo. Objetivo cumplido. Podría ser cualquiera pero cuando él reciba la imagen en su teléfono sabrá que era ella. Se la manda  y bebe un trago de vino blanco mientras sonríe y canturrea letras que desconoce. Sonríe por lo que acaba de hacer. Sonríe  ante su propia ocurrencia. Sonríe porque lo imagina mirándola a través del teléfono…  La canción, con el gesto de la sonrisa en los músculos de su cara en tensión emerge desde su garganta de otra manera más engolada y llorona. Hoy se siente guapa y está disfrutando de sí misma. Hoy soy la pera, se dice. Entra en el baño y pronto su cuerpo queda difuminado por la otra cortina de vapor en la que ahora se envuelve, disfruta de la ambigüedad, del sí pero no, de la insinuación y así actuará esta noche cuando llegue el momento del encuentro con él.


 Él viene del Norte y su caminar es lento y cansado. Tiene la espalda ancha pero es fácil observar cierto encorvamiento cuando camina. A veces, una mueca de dolor y una mano a los lumbares, no es nada, pero molesta, molesta el paso del tiempo sobre todo. Él viene del Norte y trae una pesada mochila consigo pese a haber pasado la mayor parte de  los últimos años tratando de sacar todo aquello que consideraba inservible pero, cómo renunciar a ciertas cosas, a ciertos recuerdos. Recuerdos que viajan de Liverpool a Barcelona y de Barcelona a Lisboa y después a cualquier otro sitio. Ahora ha vuelto a casa y también en casa se siente forastero. Madrid se ha vuelto extraño. Él tampoco es el mismo. Han pasado los años. Han pasado las vivencias, que pesan más aún que todos esos  años… La maquinilla raspa en su deambular por la nuez. Es imposible alcanzar los más profundos ángulos de su cara y el afeitado quedará lo mejor que sea posible, sin ostentaciones. Desnudo delante del espejo mira su cuerpo y se acaricia las pelotas con la yema de los dedos. La sensación le dice que está preparado, piensa en Beatriz, la imagina deslizándose sola y desnuda en su propio entorno y pronto se confirma que está definitivamente preparado para ella, para tenerla esta noche cerca. Ha recibido un mensaje en su teléfono móvil. Ella lo provoca. Él está de acuerdo con las reglas del juego de la provocación. Acepta su inocente desafío pero no quiere que lo traicione la ansiedad, no quiere que lo traicione el deseo y caer en la tentación del onanismo precipitado, a destiempo,  que lo pueda estropear todo. No ceder a la necesidad de sus hormonas y de sus vesículas le hace sentirse más libre y continúa haciendo su trabajo con la maquinilla. Se afeita la cara, se recorta el vello del pubis, se prepara para ella. Entra en la ducha y desaparece detrás de la cortina como el actor que desaparece tras un telón después de representar su parte de la obra. Toda una escenografía se abre ante él y, al otro lado del escenario ella recubre su cuerpo con alguna crema que recuerda lejanamente a la lavanda o a alguna madera noble: no quiere perder su propio olor, su secreta identidad sensitiva. Él no quiere perder el sendero de su libertad y camina por Castellana como si aquella fuese la primera vez.

 Ella aparece en medio de una fantasmagoría de seres que hablan sin decir, que se fotografían al son de sus teléfonos móviles mientras hacen caso omiso al arte que cuelga de las paredes. Pollock no es importante y de su suicidio nadie sabe nada allí pero Pollock nos vigila como una premonición. Arte de vanguardia, arte del siglo XXI nacido en alguna mente evolucionada del difunto XX. Estamos asustados de perplejidad, de asombro, de incredulidad ante los protoseres. Pero parece que a ella no le afecta. Ella es uno de ellos pero  mantiene el disimulo, algo que odia. Si hay algo que detesta es disimular pero las circunstancias…  Ella mantiene la entereza cuando lo ve fotografiar a dos linarejas con cara de polvo fácil. No se descompone. La linareja es una mujer guapa por decreto. La linareja, dicen, puta hasta vieja. Él las fotografía como si no supiese que ella ya ha llegado. Da igual. No se descompondrá pase lo que pase. Él no sabe si la fotografía ha salido bien o mal porque ha notado su presencia cercana y todo se ha precipitado al ritmo del galope paroxístico de su corazón. Ella es tan alta como él, calcula, y es un espectáculo escénico. Tantea sus medidas por el rabillo del ojo mientras mantiene el otro puesto en la cámara y en las dos linarejas. Ellas hace un rato que dan igual pero a la llegada de ella se han saludado sin mirarse tratando de aparentar naturalidad y desenvoltura. Él la admira desde hace días, aunque no la había visto jamás. Ella es insoportable incertidumbre y amalgama de sabores: su piel está recubierta ahora por pecas, ahora por escamas ahora por terciopelo y su color muta con su estado de ánimo y él la escruta porque quiere tocarla y oler su aroma a jazmines de Tailandia. Bromean con el tantra y con el mantra para relajarse. Dialogan sobre ecología. No hay nada natural en la naturaleza, se aventura ella, todo pertenece al mundo de lo sagrado. Cuando la naturaleza te parezca natural, todo estará acabado y empezará algo distinto que no podrás identificar. No sabemos qué es pero puede estar bien.  Él se siente un insecto a su lado pero no se descompone  tampoco y trata de llevársela al terreno de las conversaciones que domina, las tantas veces ensayadas y entonces más bien es ella quien se tambalea un poco cuando le habla de foto astronomía o del big crunch o de la belleza de la estatua de un pequeño Peter Pan en un jardín de Londres rodeado de  niños perdidos que enredan sus brazos y piernas entre sus pies firmes clavados en el barro. Ella le pregunta por el material que utilizó el escultor para esculpirla y él, que no lo sabe, se pregunta porque le interesa precisamente eso. Luego, ella acude a la excusa del estrés y del cansancio y bebe rápida y precipitada su primera copa de vino. Luego llegarán otras más mientras escogen en la carta un menú improvisado. Ella adora el aguacate de Ecuador y él la contradice. Desestiman lo graso y perpetran un microscópico solomillo que es suficiente. Cena lezamiana en miniatura que ella ha sugerido con absoluta aparente y calculada indiferencia. Como quien lo pide todos los días. Él la tiene definitivamente a sus doce y detrás, en un abanico horario de nueve a tres se abre la Castellana entera en todo su esplendor, desenfocada ante su retina, como el resto de Madrid. Madrid lleva desenfocado para él mucho tiempo, demasiado ya y ha perdido la perspectiva de lo que Madrid es para él. Ella deslumbra y eclipsa, su pecho escotado, como una sugerencia,  resplandece más aún y a él le tiembla la mano izquierda, lítica. Pero no se descompone. Es la conjura: no descomponerse ante la belleza prepotente y aquella meta perfección y mostrar una relajación al menos ficticia o  fingida en la que los encuentros casuales como aquel parezcan los menos casuales de los encuentros.



 Croquetas de jamón, pseudo ceviche de gambas, foie con ternera cortada con un microscópico bisturí, cena lezamiana para dos infantes difuntos que han dejado de serlo al menos por un rato. Ella lo convence con el vino blanco, es la primera parte de la seducción y él lo saborea como si supiese algo de ello. En realidad busca la anestesia para su sistema nervioso, para que no haya traiciones en los gestos ni en las palabras pero mientras apura el vino devora croquetas con las que bromean y traban lazos con un futuro que todavía es incierto. Y en medio de todo aquello comienzan a llegar los roces, la necesidad de la piel y las manos se entrecruzan por instantes y luego él le agarra la suya y se la besa pensando en algún infinito. Ella recibe sus labios complacida y turbada. Él parece un ángel, un príncipe, un demonio y la hipnotiza a base de palabras y de besos en los nudillos. Su cabeza dice no pero su cuerpo se ha vuelto desobediente ante aquellas armas de seducción insospechadas. Definitivamente él es la diferencia entre un ángel y un idiota, lo que queda de ello… eso es él.

Y durante noches la amó y la hizo suya hasta la deshidratación de sus cuerpos. La recorrió y saboreó cada una de sus planicies como ella hizo con él y por un tiempo los ectoplasmas desaparecieron de sus firmamentos y no hubo más pesadillas ni llantos de bebés. Lo que convirtieron en la jaula-animal en la que ellos mismos se introdujeron los mantuvo en el simulacro del éxtasis mientras duró el calor y la última tormenta del verano. Mientras los periódicos siguieron llevando y trayendo noticias y las vieron pasar desde su ventana, páginas agitadas por el viento con noticias agitadas por el caos.

 Pero, como suele ocurrir, un día no la vio más y volvió a encontrarse fuera de su útero fantástico para amantes infantilizados sumidos en el desamparo más absoluto y peor aún. Su útero cobijante desapareció, explotó y volvió a la intemperie de la colectividad, del anonimato de almas varadas donde los paranoicos se comunican con los demás a través de sus propias mentes sin darse cuenta de su incomunicación.  Se terminaron los días de sentirse feto protegido en placenta y por placenta y todo volvió a ser hielo, tundra y verso acabado.  Beatriz fue  para él lo que él quería que fuese: caverna original, primero de los círculos concéntricos y lugar de partida. Ella bailaba conga y chachachá y él era infante extasiado que la miraba bañado por la placenta primordial. Al desaparecer ella de su esfera o al ser expectorado él de aquel lugar de protección experimentó en su retorno a la intemperie, fascinado y triste, cómo entre cielo y tierra hay más cosas muertas y exteriores de las que puede soñar hacer suyas cualquier niño del mundo. Al despedirse de aquel corazón que había sido suyo le invadió el  retorno al desasosiego aquel, mil veces vivido pero ya olvidado desde la llegada de Beatriz, la agorafobia de lo externo, la provocación de la soledad del individuo, que se cree indómito y que, sin saberlo, no ha sabido aún salir del rincón placentario.

 Ahora la ve todos los días. La ve a cada momento. La tiene gravada en su retina, palmo a palmo, centímetro a centímetro. Conoce sus sabores de madreselva y sus labios almibarados. Ella apoyó la cabeza en su pecho y la dejó allí durante lustros mientras  él le rascaba la nuca y le acariciaba el pelo y le hablaba de los peces de colores. Le recorría  las nalgas el pecho y el ombligo con el anverso y el reverso de su mano, ahora hacia arriba ahora hacia abajo en un movimiento de acuné.  Pero ella se marchó.

 Mucho tiempo después sigue recibiendo fotografías de una nínfula a la que el fogonazo de un flash le oculta la cara pero no la identidad, no para él. Ella cambia su ropa, a veces no la lleva, a veces no mucha, nunca demasiada. Jamás aparece su rostro pero él sabe quién es e insiste en la melancolía del objeto perdido como  una pérdida de su mismo yo. No hubo silenciosa tragedia en su pérdida y desaparición, tan sólo una muerte de la música que habían iniciado a componer, una ruptura del dueto de violines que componían en el que cuando uno perdía una nota era el otro el que reconducía la melodía. Tú me completas aún le dice, solo, mirándose en un espejo.

 Ahora vive vacío de sentido, con el tejado de su vieja casa derrumbado desde dentro y buscando nuevas formas de reestructuramiento de su propia identidad,  nuevos destinos, su habitación se constituye en la prolongación de su piel abrasada por la intemperie ante la soledad y espera a Beatriz llegar de vuelta en forma de fogonazo o de líquido nutricio, sabor y textura de almíbar. Allí vive, en el interior de una burbuja individualista esperando que la lágrima congelada de la mejilla se derrita para empezar a caer.



4 comentarios:

  1. Siempre es un placer leer tus cuentos, con ese estilo depurado, directo, que me recuerda de momento la narrativa de Raymond Chandler, pero con un sello muy personal tuyo...

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  2. Es una micro novela o un cuento Largo?

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